jueves, 30 de octubre de 2008

POR UN USO ECOLÓGICO DE LA CULTURA

Consideramos que las Artes Escénicas y Musicales deberían ser protegidas en cuanto que se enmarcan en el concepto de Cultura, tal y como la define la UNESCO en la Declaración de México de 1982[1], que actualmente no tiene amparo alguno ecológico. La Ecología como ciencia indica que el mantenimiento de la biodiversidad ha provisto la base científica para expresar los objetivos del ecologismo[2] y la capacidad para expresar los problemas ambientales. Es decir, en referencia al Medio Ambiente se establecen normas de limitación del consumo, búsqueda de un equilibrio entre el aprovechamiento de recursos naturales y el coste de los mismos para el Planeta y la Humanidad, e incluso acuerdos internacionales para la lucha contra el cambio climático; sin embargo, en el ámbito de la Cultura no existe ninguna defensa ecológica.
La actual espectacularización de la sociedad[3] hace necesaria la intervención en el fomento de aquellos aspectos de la cultura que incidan en la participación libre del ciudadano, su formación crítica y su acceso al conocimiento del patrimonio cultural mundial. Este sentido ecológico de la cultura puede concebirse estableciendo un paralelismo entre la esquilmación del Medio Ambiente a través del crecimiento económico, el consumo exacerbado y sus consecuencias en un entorno, entorno que debe ser legado por una generación en mejores condiciones en las que esa misma generación lo recibió. Empleamos así una metáfora entre la comida basura y la cultura basura, plena de toxinas comerciales y que se vehiculan a través de los medios de comunicación, especialmente la televisión, y los grandes grupos de dominio económico establecidos en el Medio Cultural. El consumo cultural ecológico no sólo contempla el ocio y el espectáculo, sino que insiste en la formación del espíritu crítico y el estímulo del conocimiento.
Si establecemos controles sobre el Medio Ambiente, quizá ha llegado el momento de establecer límites en el Medio Cultural. No en el sentido de la expresión y la creación artística sino en el de la producción comercial inserta en el ámbito cultural, en virtud de la salud intelectual social, así como la protección del Medio Ambiente se centra en la salud física colectiva. Los límites se establecen a través del fomento de aquellas otras expresiones artísticas que promueven la biodiversidad cultural y la heterogeneidad. Por ejemplo, la música denominada clásica ya no se presenta como una actividad de élites, sino como una práctica abocada a un peor final, como un residuo, irreciclable, que el mercado envía al hiperespacio cultural, o bien entierra en museos sin interactividad y cuyo valor sólo reside en el prestigio, como proveniente de un pasado que hay que olvidar frente al triunfo del espectáculo comercial para el consumo. Existen pues prácticas en las Artes Escénicas y Musicales que son arrinconadas, a pesar de sus virtudes –como práctica intelectual saludable, como patrimonio de la diversidad cultural- y otras que son perjudiciales para el Medio Cultural, el cuál debería ser ecológicamente protegido.
Así como en los medios naturales se establecen intervenciones por parte de diferentes administraciones (Parques naturales, reservas de la biosfera, por ejemplo), en el ámbito cultural estas intervenciones no deben limitarse solamente a espacios patrimoniales concretos (tangibles o intangibles) como la Declaración de Patrimonio de la Humanidad, sino hacia una defensa y protección de la diversidad cultural como biodiversidad humana ante las prácticas de la industria. Las acciones de los poderes públicos limitan los intereses de empresarios de toda índole (turística, agrícola, alimentaria, industrial, inmobiliaria) en pos de un mantenimiento de la vida en unos baremos aceptables ante la degradación de la ecología planetaria. El Protocolo de Kyoto supone un ejemplo de nivel internacional, pero se asumen prácticas habituales e interiorizadas en pequeñas administraciones públicas (impulso del reciclaje, limitación de emisiones, aprovechamiento del agua…) De la misma manera se debería procurar la defensa de la biodiversidad cultural y proteger de los muy probables intereses especulativos de la Industria Cultural, la cual puede explotar el Medio Cultural en su interés a través de la homogeneización del consumo y la búsqueda del rendimiento económico puro y simple. Tal industria no debe ser ajena a una ética en defensa de la ecología de la cultura. Ni la industria, ni los pequeños artesanos, punto en el cual se encuentra gran parte de la producción cultural de nuestro entorno. De este modo, muchos de estos pequeños artesanos son los que toman conciencia de la necesidad de un comportamiento cultural ecológico, tal y como sucede con muchos pequeños agricultores, por ejemplo.
En el mismo sentido, los responsables de la Administración cultural, en todos sus niveles, deben procurar una asunción de esta ética de la diversidad cultural, frente al riesgo industrial que tiende a la uniformación de la creación y por ende a la explotación de los creadores y los trabajadores de la cultura, ya sea generando subeconomías de la cultura o creando de la cultura un valor de cambio antes que un valor social. Los poderes públicos no sólo deben establecer los límites de la protección ecológica del Medio Cultural, a través del estudio de sus programaciones conforme a criterios adecuados, sino vigilar el estricto cumplimiento de unas prácticas saludables en el propio Medio Cultural, a través del estímulo de las empresas, los profesionales y la Industria que cumplen tales objetivos. De otra manera, las Artes Escénicas y Musicales ponen en peligro su biodiversidad, incluida en ella lo que fue en el pasado y lo que puede ser en el futuro.

[1] (…) la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden.(Declaración de México, 1982, UNESCO).
[2] Entendidos los movimientos ecologistas como aquellos que abogan por la protección del medio ambiente para satisfacción de necesidades humanas no sólo económicas, sino incluyendo necesidades sociales. Así, una postura ecologista se propone reformas legales que consigan una mayor concienciación de gobiernos, entidades privadas y cualquier otro tipo de organización social, a la búsqueda de un equilibrio entre la salud del individuo, de la colectividad humana y de los ecosistemas de su entorno.
[3] El espectáculo somete a los seres humanos en la medida en que la economía los ha sometido ya totalmente. No es otra cosa que la economía que se desarrolla por sí sola. Es el reflejo de la producción material y la objetivación infiel de los productores. (Guy Debord, La Sociedad del Espectáculo, Pre-textos, 1999, pg 42)

sábado, 25 de octubre de 2008

HOMBRES HOMOSEXUALES VALIENTES (HHV)

Primero fueron las pintadas.
Después gritos por el balcón.
Pero no iban por él. Dijeron.

Segundo fueron injurias leves,
gritos graves, malas maneras.
Pero no iban por él. Decían.

Tercero fue la amenaza de que te veo,
buscar un abogado, firmar papeles.
Pero no irían por él. Decíamos.

Al final, golpes en la cabeza,
hospitales, grajos en motocicleta.
Pero iban a por él. Dijimos.

Y se quedó en su casa.
Y nos callamos.

jueves, 23 de octubre de 2008

VIUDAS Y POLILLAS

Ya dijo el maestro Manuel Alcántara que lo peor para las bibliotecas de los poetas no son las polillas, sino algunas viudas…
La herencia de Alberti y El Alba del Alhelí Sociedad Mercantil

jueves, 16 de octubre de 2008

DETECTIVES EN LA GUANTERA 06: KURT WALLANDER




Hasta la aparición estelar de la pareja Lisbeth Salander-Mikael Blomqvist de la mano de Stieg Larsson, el rey de la intriga en Suecia se llamaba Kurt Wallander, personaje de abundante y variada serie de aventuras firmadas por Henning Mankell. Ambos autores, aún en ciertas distancias biográficas que luego reseñamos, tienden a un curioso paralelismo. En la misma fría Suecia ambos autores se dedican, a través de sus personajes, a despellejar la costra de sociedad reluciente y perfecta a la que los países nórdicos están abonados: herencia de la siembra de Maj Sjöwall y Per Wahlöö, pioneros en los sesenta. En aquel radiante y perfecto Estado del Bienestar llevado a su extrema expresión, un detective de la policía de Ystad, en la dulce y sureña -pero amoratada- Escania, resuelve casos escabrosos, que pueden conducir a conexiones con la inmigración ilegal, el fraude por internet, la confabulación internacional o el asesinato en grupo en apacibles e inocentes parques del incipiente verano.

Los paralelismos persisten en la azarosa peripecia del testamento de Larsson. Fallecido poco antes de la publicación de su exitosa primera novela –mal traducida en España como Los hombres que no amaban a las mujeres-, Larsson era un escritor sin los cincuenta cumplidos que llevaba adelante una revista de investigación política, emparejado sin casar con una arquitecta. Murió sin testamento en 2004, y prácticamente sin nada que testar, excepto su saga “Milenio”, protagonizada por los antedichos Blomqvist y Salander, prevista para siete entregas, cumplidas tres y dormitando una en su ordenador. Su padre y su hermano son los únicos herederos. Su mujer, la que compartió años con él, se ha quedado a dos velas y con el manuscrito –en el ordenador, dice- de la cuarta entrega. Esperen en España: como pronto, se anuncia la publicación de la segunda para otoño. En Francia, es un poner, ya conocen las tres finalizadas.

Centremos el asunto: Larsson, experto en movimientos neofascistas europeos e incluso consultado repetidas veces por la INTERPOL sobre el asunto, viaja a Etiopía a finales de la pasada década, y dicen algunos reputados periódicos que escribió entonces un testamento donde legaba todo a un sindicato comunista sueco. Stieg parece elaborar un nuevo giro de thriller desde su tumba.
He aquí una similitud, una conexión nórdico-africana: Mankell también es un habitual de África. Dirige un teatro en Mozambique. Casado con una hija del gran Bergman, es un tipo sencillo que cumple los setenta y vive en la mismísima ciudad que su inspector seis meses el año. El resto en el África meridional.

El argumento del testamento de Larsson sería un caso perfecto para Wallander, no por lo que haya que investigar, sino por sacar a la superficie la miseria moral de Occidente. A eso se dedica Mankell, a casos de asesinato que suceden en la calima de los Mundiales de Fútbol, mientras los suecos felices admiran la melena de Larsson –pero éste no es Stieg, sino Henrik, el jugador que fue del Barça-, en cualquier lugar del mundo.

Porque Mankell es un pionero de la globalización del asesinato y como en un efecto mariposa lo sucedido en una esquina de África o la sufrida Centromérica, repercute con toda su malandanza en un pueblo aparentemente feliz de la feliz Suecia.

Pero el personaje de Wallander, es un detective a la antigua usanza, al que incluso Federico Jiménez Losantos –el conspicuo- le ha sacado virtudes conforme a su puesta en solfa del Estado del Bienestar frente a los “radicales” detectives mediterráneos. La singularidad de Mankell proviene del punto de vista socialdemócrata de su reflexión, bien distinto del abiertamente comunista o pérfidamente nostálgico de las certidumbres totalitarias derrumbadas con el Muro de Berlín que exhiben los autores mediterráneos como Montalbán, Montalbano, Markaris y demás (ahí va eso, apunto).
La pifia el ínclito Losantos en que Montalbano no es un autor, pero dejémoslo pasar porque, en parte, es cierto. Sin el agradable ambiente familiar de algunos de sus colegas mediterráneos –Brunetti, Jaritos-, sin el gusto por la gastronomía y la admiración de la vida –Carvalho, Montalbano-, Wallander anda en la tristeza del hombre solo con hija adolescente, la que va a seguir su saga, necesitado de amor, de amigos, de novia y de esperanza.

Porque, a pesar de Losantos (siempre me coloca Lozanitos el corrector automático del ordenador, qué perfidia) esa reflexión sobre la socialdemocracia huérfana de Palme, conduce a la ausencia de esperanza, lo que sufre nuestro detective. Las novelas de Wallander destacan por su desesperanza total. En el idílico ambiente de su Escania subyace la mierda insepulta. De entre todas sus novelas Pisando los talones es quizá la obra maestra. Un Wallander envejecido, posiblemente enfermo, con su sorprendente, anciano y emprendedor padre recientemente fallecido –que se empeñó en ver Egipto antes de morir: siempre África- tiene que enfrentarse a la muerte de varios jóvenes y a la desaparición de uno de sus compañeros de Comisaría, cuya vida privada descubrirá en su investigación, una vez muerto. Hermosa metáfora: conocer a los cercanos cuando ya, definitivamente, no estarán.

Mankell tardó en acariciar el éxito, veinte y pico años de esfuerzo hasta que empezó a agarrar los tres pelos de la ocasión casi calva, cercano a los cincuenta. Pero ese brío, esa constancia es una recompensa para los lectores. Mantiene una literatura tan depurada, con una sencillez para forjar la dependencia del lector que nosotros, los masoquistas que nos leemos doscientas páginas de una sentada, agradecemos.

En el escenario, como los grandes detectives, un formidable elenco de secundarios: una mujer que es su superior –Suecia es, por suerte, Suecia-, compañeros de todo pelaje, asesinos de empeño gratuito en el dolor y la sordidez, descerebrados y luminosos jóvenes, inmigrantes esclavizados, y como condimento mucha mugre bajo la opulencia, a flor de piel, permítase la imagen.

Paisajes lluviosos, tardes grises, poca alegría. Pero una escritura corajuda y contundente. Mankell no traiciona la esperanza de enfrentarse a una novela con vocales en mayúscula. Un maestro. De aquellos Mankell estos Larsson. O como disfrutar lo que viene del norte.


La serie de Wallander (todos publicados en Tusquets, en rústica o bolsillo):
Asesinos sin rostro (2005), sucede en 1990.
Los perros de Riga (2005), sucede en 1991.
La leona blanca (2004), sucede en 1992.
La quinta mujer (2004), sucede en mayo de 1993.
El hombre sonriente (2005), sucede en octubre de 1993.
La falsa pista (2003), sucede en 1994.
Pisando los talones (2004), sucede en 1996.
Cortafuegos (2006), sucede en 1997.
La Pirámide (2006), recopilación de varios relatos.

Con la inclusión de Linda Wallander, su hija, como detective:
Antes de que hiele (2006), sucede en 2001.

Para más información:
Lo que dice Federico Jiménez Losantos
Librería negra
Ojos de papel
Cinco Días

Y de Stieg Larsson
Los hombres que no amaban a la mujeres (Destino, 2008, y también Círculo de Lectores, 2008)

Sobre Stieg Larsson:
La Vanguardia
El País
Ediciones Destino
Negra y criminal

Sobre el testamento de Larsson ver:
http://www.parasaber.com/ocio/libros/mundo-libro/articulo/hombres-amaban-mujeres-stieg-larsson-millennium-fenomeno/10603/
http://www.estocolmo.se/cultura08/080531-STIEG.htm

Agosto 2008, Alfonso Salazar.

martes, 14 de octubre de 2008

PEDRO GARFIAS EN EL SINAIA

Era primavera cuando uno de los poetas más viscerales de la poesía española partió al exilio. Pedro Garfias, cordobés nacido en Castilla atravesó poco antes la frontera de los Pirineos. Extrañamente olvidado en la nombrada antología de Diego que dio pie a la Generación del 27, Garfias pasó por el anarquismo en lo político y el ultraísmo en lo artístico, como tantos, que buscaban la radicalidad de la vida en la plasmación de la obra. Se retiró de la poesía en los años veinte para volver en la guerra y consiguió mientras tanto un empleo suficiente en la Córdoba familiar, pues parece ser poco podía el trabajo rutinario en su vida, pues según nos dice Giner de los Ríos, en su exilio mejicano le bastó su destreza en el dominó para sacar los pesos suficientes para su casa.

Pero aquella Primavera de 1939 Pedro Garfias, voz ineludible de Andalucía, el poeta que parió ese poema llamado Asturias que homenajeó a la revolución del 34 y el cantautor Víctor Manuel casi presenta como de su cosecha -recordemos su inicio yo soy un hombre del Sur como prueba a los indecisos-, digo, que Pedro Garfias atravesó la frontera y nos dice que “la Junquera está invadida por una multitud famélica y andrajosa que escapa del fascismo. Carruajes de todas las dimensiones y todos los tiempos. Todos queriendo escapar de la muerte”. Y él escapa también.

Y de allí pasó a los tremendos campos de refugiados de Francia donde se hacinaron los republicanos y revolucionarios españoles: Argelès-Sur-Mer, Saint Cyprien, nombres de la más ignominiosa memoria de España. Porque era España lo que perdía Pedro Garfias, un país en el sentido más extenso de su nombre, no el que enarbolaba y dejaba manco el franquismo que se extendía por la península. Dice Francisco Moreno en su prólogo a la obra completa de Garfias: "La última imagen que conservo del recuerdo de Pedro Garfias es la de un hombre acurrucado, agachado por el techo bajo de la chabola, casi permanentemente envuelto en una especie de capotón azul marino, casi sin moverse. Evocando aquel estado de postración, yo siempre he pensado que le faltaba, no sólo el vino, sino sobre todo la tierra y el aire de España”. Entender a estas alturas, en otro siglo, el sentido que a la palabra “España” podía darle un hombre de la cosecha más profunda que forjó la izquierda es difícil en los tiempos que corren. La palabra sería secuestrada por toda la jauría que se avecinaba sobre el país que paría el vino que Garfias siempre añoraría.

Con suerte, contactos a tiempo y tras vivir el hedor que tantos españoles se llevaron en su cuerpo a las tumbas improvisadas de Argelès o a los campos de concentración nazis, que con el tiempo serían también destino, Garfias alcanzó con el apoyo de comités de ayuda a la España Leal llegar a Gran Bretaña, país a quien tanto había atacado por su tibia y conjurada postura frente a la rebelión de los militares españoles. Así, dice Max Aub, que no había nada más sorprendente que Garfias en Gran Bretaña. Pérdida y destierro en el país de la traición.

Allí, saturado de exilio, conoció Garfias, cuenta Neruda, a un tabernero escocés y con él pasaba noches y noches, bebiendo juntos, llorando juntos, mirando juntos el fuego sin entender el uno lo que el otro decía. Ni falta que hacía. Le bastaba el convencimiento de entenderse y compartir.

El día 9 de mayo de 1939, Garfias abandona Inglaterra y consigue llegar hasta Sète, de donde parte el Sinaia, un barco fletado por el SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles ) que parte mar por medio hacia Méjico. Y con él Juan Rejano, Ontañón… Allí, a bordo del Sinaia quedaron fuerzas para publicar una revista, y escribió el conmovedor poema Entre España y Méjico.

En Méjico, dominó, chabola, una mano a tiempo para republicar Primavera en Eaton Heastings, el libro donde el autor lo encabezó escribiendo: “Escrito en Inglaterra, durante los meses de abril y mayo de 1939, a raíz de la pérdida de España”, por no poder olvidar vino, olivos, camino y río de aguas amargas.

Ésa fue la historia: fue un martes del mes junio de 1939 hace casi setenta años, el Sinaia atracaba en el puerto de Veracruz de México. Tras 19 días de travesía quedaban dolorosas en la memoria las vicisitudes de la guerra civil la derrota republicana y revolucionaria y el deshonroso desgarro de los primeros meses del exilio en Francia. Mil setecientos españoles desembarcaban acogiéndose a la oferta del Gobierno mexicano y su Presidente Lázaro Cárdenas. Allí podrían reemprender sus vidas. Excepto para los muy ancianos, como el profesor Zolaya que lloró cuando el barco abandonó el estrecho de Gibraltar, la gran mayoría de los pasajeros entendían su exilio como un paréntesis. Pronto caería el fascismo y el régimen de Franco y volverían a España. No podían saber que aquel barco, el Sinaia, sería el símbolo de un exilio que se alargó durante casi cuarenta años.

Definitivamente, Pedro Garfias fue un vencido de la vida, en el sentido quijotesco y en plena interpretación de León Felipe, quien le buscó cobijo en Méjico. Pedro Garfias, nacido en Salamanca, pero criado en Córdoba la llana, fue un vencido de la vida familiar, huérfano de madre y con hermanos que murieron jóvenes, un vencido de la profesión pues nunca se adaptó a los empleos estables y un vencido del ideario político, pues aquella causa de la España libre del 36 sucumbió y lo envió al exilio mejicano a bordo de aquel barco fletado para conducir a los españoles vencidos a la separación del cuerpo y las almas.
Finalmente, marginado. En su propia generación (excepto por aquel otro acreedor: Juan Rejano), en el amor que si matrimonio fracasado, si amores no correspondidos y vencido definitivamente en el propio aspecto físico, la salud enfermiza, la propensión al alcohol. Pero seguro que aún pueden recordar en las sombras eternas de las cantinas de Méjico distrito federal, quien sabe si servido por un tabernero escocés, la enorme figura de Pedro Garfias, casi tuerto de un ojo, sentado frente a un fuego que recuerda la blanca Andalucía, garabateando un verso en una servilleta.

HA FALLECIDO RAMIRO FONTE

Fallece con 51 años el poeta Ramiro Fonte, El País
El poeta coruñés Ramiro Fonte muere de cáncer… La Opinión de La Coruña
Ramiro Fonte, poeta gallego por Suso del Toro en El País

sábado, 11 de octubre de 2008

EL POETA RECUERDA ALGÚN LUGAR DEL SUR, DE RAMIRO FONTE

Si dejasen los dioses
hurtar algún lugar entre el que duerme
del lado de esos días que dimos, impacientes,
al calendario gris de los olvidos
para vivir en desamparo
de la memoria y de la vida,
diría que es allí, en un pequeño patio
donde crecen de noche los naranjos,
y prende en un gran aire
aroma de azahar, a donde quiero
volver para sentirme
el más feliz de los grandes viajeros.
Digo quizás porque este viento norte
pone excesiva luz en la ciudad,
en este mar brumoso,
en esta tierra nuestra que nos duele
como sus hombres viejos.

Si dejasen los dioses
soñar allí contigo, partiría.

(De Adiós Norte, Renacimiento, 1992, traducción de X. Rodríguez Baixeras)

viernes, 10 de octubre de 2008

TABACARIA (FRAGMENTO), DE FERNANDO PESSOA

Pero el dueño del estanco llegó a la puerta y se quedó a la puerta.
Ojo con el desaliento de la cabeza mal vuelta
y con el desconsuelo del alma mal-entendiendo.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá el letrero también, y los versos también.
Después de cierto tiempo morirá la calle donde estuvo el letrero.
Y la lengua en que fueron escritos estos versos.
Morirá después el planeta que gira en que todo esto sucedió.
En otros satélites, de otros sistemas, cualquier cosa como gente
continuará haciendo cosas como versos,
viviendo por debajo de cosas como letreros,
siempre una cosa enfrente de otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño de misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.

Pero un hombre entró en el estanco (¿a comprar tabaco?)
,y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo casi enérgico, convencido, humano,
y voy a intentar escribir estos versos en que digo lo contrario.
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como una ruta propia,
y gozo, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de estar malhumorado.
Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda, continuaré fumando.

(Trad. Alfonso Salazar)

EL AÑO DE HOPPER, 8: AGOSTO, EN LA CIUDAD (AUGUST IN THE CITY, 1945)



Eran ciudades sin costa, calles de olor seco en verano, asfixiante, y la única humedad se manifestaba en nuestro cuerpo, cuando volvíamos tras recorrer kilómetros en bicicleta, subir y bajar cuestas interminables. Entrábamos corriendo en casa -él siempre más ágil- para adueñarnos de los litros de leche y zumos de la nevera, para tirar la camiseta sudada al suelo de la cocina y reclamar pedazos de pan y chocolate.
Nuestra casa lindaba con el parque y aprovechábamos a veces la tarde bajo los tilos, o contradecíamos órdenes y nos sumergíamos en el río sucio, siempre con el peligro del tifus en los oídos. Aparecía entonces el viaje guarda tras el bastón y éramos ardillas escalando árboles, tirando bellotas al tosco sombrero marrón que nos esperaba abajo. Otro chapuzón, otro niño proscrito desviaba la atención del guarda que emprendía la otra carrera, bastonazos y pasos hacia otra sombra escurridiza del parque. Los años y las fuerzas, dejaban el juego en tres persecuciones, y el viejo volvía a la pequeña garita, o se sentaba en el taburete del quiosco y pedía cerveza. Nosotros, presas sin juego, acechábamos desde lejos y contábamos las horas necesarias para la recuperación del viejo corazón acelerado del guarda. Podía pagarse nuestra crueldad con un tirón de orejas en el descuido, si caminábamos despistados diferenciando piedras blancas y negras, buscando formas en el barro seco junto al estanque. Y la consecuencia era la denuncia ante tus padres, el sermón del viejo, la amenaza del tifus -que suponíamos era un animal que buceaba el río- y dos o tres tardes de agosto mirando desde la ventana correr la vetusta figura del guarda, los compañeros encaramados a los árboles y siempre el descanso en el quiosco. Mi hermano y yo, gozábamos de gran ventaja. Exactos nuestros rostros, el viejo no acertaba a distinguirnos. Si alguno resultaba sorprendido, denunciaba al otro, imploraba perdón, juraba que la víctima del tifus era el otro. Daba igual qué nombre diéramos. El viejo jamás identificaría nuestros lunares simétricos. Así nos dejaba marchar una de cada dos y nos regocijábamos en el engaño.
Pero aquel verano fue distinto. Quizá por el acoso y derribo de las carreras, por los litros de cerveza del quiosco, quizá por que le mordió el tifus, el guardia viejo desapareció un invierno. El sustituto era el bandido de cada película, el más atroz enemigo, rápido en la carrera, capaz de trepar a los árboles para alcanzarnos, brutal en el tirón de orejas que nos marcaba con un pitido irresistible. Llegamos a identificar a aquel guarda joven con el terrible tifus que dominaba el río, como si el tifus hubiese abandonado las aguas y se arrastrase ahora como un lagarto por todo el parque. Nos acorralaba en el momento que pensábamos ganada la huida, cuando a punto estábamos de alcanzar la rama salvadora, la guarida última. Era nuestra pesadilla. Todo enemigo terrible nos sorprende continuamente: el guarda joven aprendió pronto a distinguir nuestros lunares simétricos, identificó cada lunar con un nombre, con el más mínimo detalle que mi hermano y yo hubiésemos olvidado. Siempre intentábamos vestir igual, despistar así el halcón del parque. Pero quizá el gesto, un acento, el dedo escarbando más en la nariz -como hacía él- una forma de mirar atrás, nos delataba. Y éramos víctimas diferenciables.
Soñábamos con él y su muerte, espiábamos sus movimientos, ideábamos maneras para deshacernos de él, envenenar la cerveza que no bebía, asesinarlo por la espalda. Pero lo veíamos marchar tranquilo todas las tardes en su motocicleta cuando no podríamos ya perseguirlo, sabiendo que al día siguiente volvería para ocupar nuestra inventiva. Nadar en el río y desafiar al tifus ya no tenía sentido alguno, el tifus se había adueñado de nuestro territorio y en él nos declaraba la guerra. Por eso nos extrañó no encontrarlo aquella tarde en el parque. Preguntamos en el quiosco y no sabían nada. Desesperados por no poder cometer un atentado más, volvimos más temprano que de costumbre a casa. Cuando vimos la moto del guarda cerca de nuestra puerta nos echamos a temblar. Mi hermano y yo nos dimos la mano. Estábamos perdidos, quizá el guarda contaba a nuestro padre todos nuestros planes de asesinato frustrado. Respiramos más tranquilos cuando no estaba el coche de papá en los alrededores. Subimos las escaleras esperando ver al guarda denunciarnos ante nuestra madre. Pero no nos denunciaba: cuando entreabrimos la puerta vimos el cuerpo desnudo del enemigo sobre el cuerpo desnudo de ella.
TODOS LOS CUADROS

miércoles, 8 de octubre de 2008

LOS GÉNEROS DEL DOLOR Y EL ABANDONO: 03, TATUAJE, TANGO PORTUARIO

Según el profesor Juan Carlos Rodríguez, Tatuaje figura entre los mejores tangos de la historia. Y no es un simple juego de ideas. Tatuaje se circunscribe a la tónica de la historia contada, tratada y desenvuelta, como si se cantase un tango. Cumple todos los requisitos. No sólo por cierto resabio a bandoneón, evocador de los acordeones portuarios y en las camisetas a rayas marineras. La historia de la tabernera de puerto enamorada del marinero nos traslada a una Madama Butterfly occidental cautiva ante el marinero anglosajón, o nórdico, que no le promete amor eterno, sino que muy al contrario, le confiesa la existencia de un amor perpetuo, grabado en la piel. Nos trasladará ese nombre tatuado del dengue a la sequedad de la sordidez.
Pero al contrario que en tantas coplas no existe el despecho. La tabernera se envenena, y como en un juego de espejos, se metamorfosea y se convierte en protagonista de una historia calcada íntegramente a la de aquel que le cautivó y la condujo a tal situación. Será ella quien deambule por los puertos buscando aquel amor, tatuado ahora en su piel. Como una ronda, como un contagio constante, la mordedura del vampiro, ella cuenta por las barras su desesperación y desconsuelo, proponiendo una reinvención, una continuación del ciclo. La voz femenina cuenta el pasado sufrido ajeno y el presente sufriente propio en idénticos pasajes. He aquí donde el nombre, ese nombre desconocido, secreto, mágico como un conjuro, es la ligazón que denota la dolencia. Es el propio nombre el que daña y quema hasta quedar grabado a sangre, junto al corazón.
La presencia del nombre es el elemento imprescindible de Tatuaje y queda avisado en la primera referencia al nombre extranjero de un barco que lleva a un marino hasta la barra de una taberna donde se inicia el calvario bífido de la copla. Si fuese un tango, el puerto sería el Río de la Plata, donde atracan continuos barcos europeos, donde un alemán abandona un bandoneón, unos marineros finlandeses se llevan para siempre a su país unas partituras y una tabernera puede allí lidiar con hombretones altos y fuertes que se derrumban ante los amores perdidos y abandonados en otros puertos. Pero esa liviandad que el tango perfora en los personajes femeninos no aparece. Ese irreversible destino de herir al macho está ausente. Ni una Ivette loca, ni una Margot deslumbrada por las riquezas aparentes, ni la que hizo perder la cabeza, la juventud, los amigos… Es el marino quien va arrastrado por un destino, por la fatalidad y la fidelidad del nombre grabado. Es la mujer la que sin error es infectada. Sin voluntad, o contra ella. De ser un tango sería un tabernero rudo pero enamorado y una marinera rubia fumando en pipa, como las soñase Dalí. Pero no. El tabernero habría tomado el rumbo del convicto de cabeza gacha, sin un desplante al cielo para limpiarse las narices en las estrellas, como pregonaba Brel. La marinera nos habría aparecido indemne, sometida al destino fatal e irreversible del amor cautivo.
El paso subterráneo de la copla al tango reside en el ciclo. No en los roles de género, que se hallan trastocados. Está en el juego de espejos, en la repetición estrófica de la misma historia, en el contagio y el veneno. En la fatalidad de un mismo destino ante el que sucumben ambos personajes. Y al fondo, el nombre grabado, un nombre que no puede ser el mismo, como se empeñan en apuntar los adjetivos posesivos, pero que ataca al mismo lugar: el centro del corazón.

viernes, 3 de octubre de 2008

PONEDME A ESCOGER

Me salto los horarios, amigos míos,
hijos míos, tú,
que os levantáis a las ocho
todas las mañanas.

Y esa gota de sangre de pato en el calendario.
Rara, sí, pero gota en un sueño
de otro sueño.

Porque nadie dijo que sí y todos hacemos que vale.
Como las grandes cosas del mundo: la Empresa,
la Administración, la Explotación,
la Prensa, el Desayuno, la Oficina,
el Hospital, el Ejército, la Necesidad,
los sueños partidos a mitad de la mañana.

A las ocho duermen los camareros
y a las ocho despiertan los funcionarios.
Unos sirven malagua con hielo
y otros devoluciones de IRPF.

Ponedme a escoger.

miércoles, 1 de octubre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 7: JULIO, ATARDECERES (SUNLIGHT ON BROWNSTONES, 1956)



Los puedo imaginar juntos ahora que conozco los detalles. Los imagino mirando este horizonte, las escarpadas montañas, desde el porche de una casa de campo. Ella se sienta en la baranda y él fuma en el quicio. No hay atardecer más bello, y en la memoria se cierne, como un recuerdo maniatado, ya atado, ya hundido: como el olor del cabello tras la ducha fría. Ella acaricia la madera, pierde ahora la mirada entre los árboles y señala los murciélagos que empiezan a aparecer, los trasnochadores que conocen a qué distancia están sus cuerpos, cuánto queda entre ellos, cuánto por delante de ellos. Quizás el bosque vespertino los retiene, hasta el momento de la colilla mordiendo el suelo obligada por la suela. Parece que es la hora. La toma de la mano y le felicita julio, susurra en su oído, mide su cintura.
- Hoy hace dos meses -dice él.
Rebusca en el bolsillo la caja, se la muestra, sonríe, acaso le promete amor eterno, a cambio del silencio sobre el pasado, no nombrar aquello que te dije, iluminar así la noche que nos viene, sernos únicos, todo a la vez. Este anillo nos señala, nos circunda, nunca escapes a los círculos de mi abrazo.
Los imagino subiendo estas mismas escaleras, y tras de sí el atardecer que ahora mismo admiro. Ella murmura algo acerca de la felicidad, o las fronteras y las formas de la felicidad, sus secretos, la propensión escapista de la alegría, en lucha tremenda con la cerrazón del anillo en su dedo.
Lo llevaré para que lo ensanchen, no te preocupes -él habla mientras el anillo vuelve al algodón. Una sonrisa deshace el frío del anillo, el hierro del círculo- Es demasiado estrecho, lo arreglarán. Hay otros anillos, los que se sienten.
Ella siente el anillo en los brazos que le cercan ya en la habitación, en los abrazos desnudos que desabrochan la cremallera. Él se hace anillo y ella a su vez, concéntrica, interminable espiral de anillos cerrados y consecutivos.
- No hace el calor que esperábamos -susurra ella bajo la sábana.
Se esmeran los cuerpos en el suave frotamiento, investigan todos lo resortes, fuerzan el mecanismo necesario para cerrar el círculo, sumergirse en la espiral, carne con carne y que un momento todo se haga eterno, que suban y bajen por el muelle de los anillos, pierdan la conciencia, se derramen los líquidos. Las manos tientan, esperan el preciso instante las curvas, se acomoda un cuerpo en otro, se besan las bocas y hacen florituras los dedos. Es preciso el endurecimiento para cerrar el anillo.
- No es preciso -murmura ella.
Es preciso para sellar dos meses, para cerrar dos meses. Pero así como no hubo anillo en el dedo, no existe en el atardecer un dedo para el anillo.

TODOS LOS CUADROS

CONSTRUCCIÓN DE UNA CASA

Primero fue echar abajo el techo
para construir nuestro suelo al sol.
Ahí, con toda la casa descapotable
miramos el cielo: dijimos que era nuestro.

Después distribuimos: la escalera aquí,
allí la habitación de los niños,
pon en un rincón la confianza,
en otro el cariño, como pelusa,
que siempre hace falta.

Más allá, que levanten los albañiles
un tabique, por prudencia,
otro por un santo, aquel por necesidad.

Faltaron enchufes, como la misma vida
-pasa con autónomos en familia.
Y dijiste: tiren tuberías allí y acá,
como fuegos artificiales,
porque nuestra forma de ser
necesita de darros que sonrían,
qué le vamos a hacer.

Pero en esta pared, pared, pared
poned un sueño dibujado,
sin luz de gas,
porque somos somos en toda la casa.