domingo, 12 de junio de 2016

GOTAS DE SICILIA

Gotas de Sicilia
Andrea Camilleri
Gallo Nero, 2016

Por Alfonso Salazar en Los diablos Azules, de Infolibre

LEER EN LOS DIABLOS AZULES




Hay escritores conocidos por sus criaturas literarias. Vázquez Montalbán irá por siempre unido al nombre de Carvalho, como Miguel de Cervantes lo está a Quijote y Sancho o Conan Doyle a Sherlock. Apasionantes binomios, trinomios. También hay criaturas que devoraron a sus padres, como Pinoccio, Alicia o Frankenstein. En todo caso, el éxito de un personaje si no termina por oscurecer a su autor, pone en umbría el resto de su producción, y por extensión sus fuentes, sus trabajos experimentales, sus caminos menos conocidos. La poesía de Stevenson o de Nabokov caen bajo la sombra del Doctor Jekyll, John Silver y Lolita. Por eso, aunque Andrea Camilleri nos dio a Montalbano, hay más literatura, y mucha más Sicilia, más allá de Montalbano. Gotas de Sicilia es un librito publicado por Gallo Nero, en arriesgada y exitosa traducción de David Paradela, que ha sido recientemente publicado en la colección piccola.
Nacido en Porto Empedocle, 1925 (es decir, entrando en la décima década de vida), Camilleri forma parte de una maravillosa generación de escritores sicilianos. Con él forman una tríada asombrosa el enorme Leonardo Sciascia (1921-1989) y el sorprendente Gesualdo Bufalino (1920-1996). Camilleri practica una pasión casi prohibida, a la que muchos novelistas ponen mala cara: participar de la novela de género, practicar la saga continuada que fideliza lectores. Por eso no emplea el bisturí de Sciascia ni el vuelo majestuoso de Bufalino. Con ese fin creó a Montalbano -nombre de comisario que debe su nombre, valga su redundancia, al maestro Manuel Vázquez Montalbán-, un tipo que vive entre Vigàta y Montelusa, ficticias denominaciones del propio Porto Empedocle y Agrigento, quizá Ragusa. Estas novelas suceden en una cercana época, con móviles, ordenadores, televisiones locales; pero sí, y siempre, en amables trattorias con suculentos menús, personajes con reservado acento siciliano, cordiales cafés de media tarde y señores oscuros que dirigen el tejemaneje de la política y la realidad social.
Camilleri debe su fama a las aventuras de Montalbano y sobre todo desde que la RAI las llevó a la televisión, cosa que sucede casi anualmente desde 1999, pero tiene predilección por los ires y venires de un Sur que finalmente tomó el tren de la modernidad. Camilleri celebra Sicilia en varios libros memorables donde recoge el choque del progreso con la isla secularmente atrasada, sometida con toda naturalidad a la Mafia. En España se ha publicado parte de ese universo siciliano como La Pensión Eva o El Movimiento del Caballo, y su muy merecida, reconocida y deliciosa La concesión del teléfono.
Gotas de Sicilia fue publicado en Italia, originalmente, en 2001 como una breve colección de relatos que habían ido apareciendo en diversos medios en la década anterior. En ella Camilleri presenta cuentos y argumentos, concebidos algunos en los albores de la literatura camilleriana. Ahora, la publicación de Gallo Nero nos recobra al Camilleri brillante que cosecha Sicilia.
La colección es tan variada como deliciosa. Comienza con un discurso siciliano, sobre el que el traductor David Paradela trata en la nota final, inevitablemente. Ha afrontado el reto de traducir esa mixtura de dialecto e italiano que muestra el monólogo titulado El tío Cola, «pirsona limpia», donde el autor rememora, jura que es verídico, el discurso en confianza de un jefe mafioso (Nicola «Nick» Gentile), un tipo cuya vida recuerda a la de Lucky Luciano, pues como este volvió de EEUU a Italia para ayudar a las tropas norteamericanas en su desembarco siciliano y colaboró en la Operación Husky. Resaltamos la gran creación del traductor, el esfuerzo cristalizado en un parlamento vivaz y lustroso.
Le sigue un relato donde se rememora la infancia en Sicilia y el descubrimiento de la literatura en casa de uzz´Arfredo, un relato trabajado desde la sinceridad y donde se vive el homenaje a los grandes novelistas –Conrad, Maupassant, Melville, Flaubert, Dumas- que aguardaban a los adolescentes en las bibliotecas de sus mayores y que son la herencia recibida por el propio Camilleri.
El vino gusta a san Caló es una parte revisada de una novela de 1978 (El curso de la cosas) y un fresquísimo panorama de la devoción sureña y el difícil encaje de tradición y religiosidad, tan propio del Mediterráneo. Para muchas personas del norte esa convivencia entre costumbre pagana y religiosidad, plasmado sobre todo en las romerías, las procesiones de patrones, y por supuesto en la Semana Santa, es un hermético misterio o una chifladura. Pero quienes vivimos el Sur sabemos que es perfectamente compatible ser del Betis, concejal comunista y cofrade de la Macarena, en una suerte de conjunción ideológica que tiene mucho de alineación planetaria. Esta confluencia, muestra bien Camilleri, no solo puede generar una justificada extrañeza en el juicio del foráneo, sino que exige un continuo equilibrio y desequilibrio entre la religión formal y litúrgica, vertical y correcta, de la Iglesia Católica y el acervo pagano, callejero, social, colectivo y jaranero de la celebración popular. Uno lee el relato y puede sustituir a san Calogero por la virgen del Rocío o por cualquier cristo de la Andalucía subbética, interior y mítica.
Los primeros comicios es otra parábola sobre la fortaleza de las imágenes religiosas, y cómo un cristo hizo que la candidatura comunista ganase las elecciones en el pueblo de Camilleri en el año 1947. Un ejemplo más de la línea abierta por el anterior relato donde los aparentes choques culturales son balanceos armoniosos, muy alejados del mundo partido en dos y del tono anticomunista de los relatos de Guareschi que protagonizaron Don Camilo y el alcalde Peppone.
La tendencia de Borges a la falsa biografía, a la investigación de hechos fantásticos o irrelevantes con la aplicación de las más depuradas y científicas técnicas parecen apadrinar la Hipótesis sobre la desaparición de Antonio Patò, relato que fecundaría el libro La desaparición de Antonio Patò (Mondadori, 2000). Camilleri cita por segunda vez a Sciascia y trata un hecho intrascendente con la seriedad de un historiador para, cómicamente, deshacerse de las explicaciones más sencillas y dejar arrinconada la navaja de Ockam. De nuevo Viernes Santo, de nuevo la expresión popular preñada de afanes aparentemente religiosos deviene en asuntos más terrenales que divinos. Fascinante la explicación de la arquitectura teatral, su sagaz vinculación con Escher y la escalera de Penrose.
El sencillo microcuento El sombrero y la boina es de un nítido simbolismo que insiste en la resignación y entrega de los serviles hacia los poderosos, como sucede ante los bancos y la Mafia, y finalmente, Andanzas de un lunario presenta las vicisitudes de la prensa tradicionalista y antropológica de la época fascista, de cómo el Almanacco per il popolo siciliano derivó en el Lunario siciliano «periódico literario atento a los valores y las aportaciones isleñas». No exento de cierto humor y guasa Camilleri entrelaza el espíritu de toda la colección de relatos, de estas gotas sicilianas, en una frase que hace manifiesto el contraste norte-sur que ha inspirado la muestra: «Es hora de repudiar la mitología del Norte que redime al Sur», aforismo apuntado al hilo de la propuesta del periodista Telesio Interlandi (quien posteriormente «caería en la aberración antisemita») de que los italianos le den la vuelta al mapa, queden los Alpes en la base y tenga por cielo el Mediterráneo. Esto es, arriba Sicilia.

sábado, 4 de junio de 2016

LA NUEVA LUCHA DE CLASES

La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror.
Slavoj Žižek
Anagrama, 2016

Por Alfonso Salazar, Los Diablos Azules, Infolibre

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Žižek ha sentado a Europa frente a sí misma y la ha zarandeado. Parece que la presencia de miles de personas  apiñadas más allá de sus fronteras no ha sido suficiente aviso, parece que los atentados islamofascistas que irrumpen en los espacios de cotidianeidad europea, en la placentera vida corriente de algunos europeos, no es bastante. Acierta el filósofo esloveno en la apertura de La nueva lucha de clases -subtitulado «Los refugiados y el terror» y editado por Anagrama recientemente- cuando parte de las conocidas cinco fases del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. La Unión Europea persiste entre la segunda y la cuarta fase, según qué países, según qué ministros, políticos, medios de comunicación o sesudos tertulianos escuchemos. Hay europeos que siguen entre la ira y el miedo, hay otros que prefieren negociar, aunque sea a costa de engordar las arcas turcas que a su vez servirán para luchar contra los kurdos, que luchan contra el DAESH, que es uno de los motivos fundamentales del éxodo sirio, y vuelta a empezar. Algunos han entrado en depresión y no encuentran salida. Muy pocos alcanzan el estadio de la aceptación y resuelven que deben mirar, observar, trazar planes, puentes, salidas. Žižek está entre esos últimos, aquellos que ya han pasado -o se saltaron- las fases de negación del problema, la declaración de ira del racismo, la negociación sin camino y la depresión exánime.
El inmovilismo europeo no reside solo en los intereses ciertos del establishment que encuentra en la explotación del próximo y medio Oriente un negocio más, ni en el miedo y parálisis de los movimientos antiinmigratorios que amenazan con encaramarse al poder, sobre todo, en los países septentrionales. El inmovilismo no es fruto de los discursos populistas de esa derecha que emplaza a las clases populares europeas a una ilusoria lucha contra el inmigrante que ocupa sus imaginarios puestos de trabajo, sus imaginarios recursos públicos educativos y sanitarios, su imaginario lugar en la escala social de su imaginaria nación. El inmovilismo europeo reside también en el equivocado análisis que realiza la izquierda europea, que se escuda en las prácticas solidarias para calmar sus conciencias y se autoflagela con el látigo del legado europeo de igualdad y libertad. Žižek enumera diversos tabúes que esta izquierda debe superar: empezando por la idea de que el Islam sea una resistencia eficaz al capitalismo, pues basta echar un vistazo a la muy adelantada adaptación de los países del Golfo al capitalismo, sintonizado perfectamente con el Islam. Sigue con el tabú la extendida idea progresista de que “todo enemigo es alguien con una historia que no hemos escuchado”, con el mantra de que el emancipador legado europeo es imperialista, racista, que la defensa del modo de vida europeo es protofascista. Sin embargo, es desde ese mismo legado desde donde se puede hacer la crítica: hermosa paradoja. Son los laicos izquierdistas quienes terminan tolerando a los extremistas católicos y musulmanes. Žižek avisa: no debemos confundir la crítica al Islam con la islamofobia, como no debe confundirse el respeto a la libertad religiosa con la permisividad de la presencia religiosa en la vida pública hasta el punto de que condicione las decisiones que nos afectan a todos y el Islam puede ser respetuoso con la creencia privada pero es nada tolerante con la manifestación pública disidente. La historia europea es una historia de liberación de la sociedad civil del peso judeocristiano en la cultura y la vida pública. La Ilustración, aunque Žižek no lo diga, fue el punto de partida de un laicismo que durante dos siglos ha forjado la conciencia de Europa. La misma conciencia que ahora le lleva a un círculo vicioso y relativista.
Tal y como los fundamentalistas no se toleran entre ellos, islamofobia y eurofobia son las dos caras de la misma moneda, en el teatro de las potencias enfrentadas la lucha no va en serio. USA y Rusia no hacen lo que dicen que deben hacer, como no lo hacen turcos, saudíes, israelíes… Hay tantas divisiones dentro del Islam militante y fanático entre suníes y chiíes como los hay entre las potencias del otro lado del choque de civilizaciones. Hay un reparto de intereses que ocasiona que un exiguo ejército en una franja del mundo esencialmente desértica, rodeada de ejércitos curtidos y voluminosos, resista sin problema. Hay algo de pantomima, de sospecha.
En La nueva lucha de clases, Žižek se explica con meridiana claridad. Expone con sencillez el efecto del capitalismo global y del neocolonialismo económico y sus efectos en los países africanos y asiáticos, la irrupción de nuevos modelos de explotación que tanto se parecen a los modelos esclavistas y que recorren todo el mundo del capitalismo global desde Shanghái a Dubái, pasando por ciertos barrios y polígonos industriales del primer mundo.
El éxodo de refugiados hacia Europa tiene mucho que ver con el deseo de una vida mejor. Toda esperanza de mejorar de vida tiene sentido en la lucha de clases. Ante un mundo cambiante, donde las grandes migraciones parecen su futuro, en un planeta donde los nuevos climas, la escasez de agua y de energía puede ser su hábitat, cabe preguntarse si el capitalismo es el hecho de naturaleza humana que nos dicen que es o no se trata de un modelo de reproducción indefinida. Habla Žižek de cuatro grandes antagonismos: la amenaza de la catástrofe ecológica, el fracaso de la propiedad privada (que excluye el “capital cognitivo” y la infraestructura compartida), los nuevos descubrimientos biogenéticos y las nuevas formas de apartheid –nuevas esclavitudes en suburbios-. En definitiva, la brecha entre Excluidos e Incluidos, brecha que puede abrirse sin fondo con la profundización en la privatización de la sustancia compartida de nuestro ser social, camino de la autodestrucción.
Un antiguo dicho hopi dice: «Nosotros somos aquellos a los que estábamos esperando». Para Žižek es la respuesta adecuada para los intelectuales de izquierda que esperan un nuevo agente revolucionario externo (un desastre ecológico que despierte a las multitudes), pero esa esperanza no es una señal divina del destino marcada en la izquierda, sino la constatación de que no va a venir nadie a hacer el trabajo que nos compete. El texto de Žižek analiza una escena en movimiento: el deseo emancipador que hace un año recorría Europa y refería la lucha de clases insistía en la solidaridad global con los explotados y oprimidos, de dentro y de fuera. Ese discruso ha sido suplantado por una cuestión liberal-cultural de tolerancia y solidaridad, de comprensión de culturas diferentes, de temor paranoico y de lucha contra el terror en un «espíritu permanente de emergencia». Al final las víctimas de los ataques terroristas serán los refugiados y los vencedores los partidarios de la guerra total: los racistas antiinmigración europeos y su reverso islamofascista.