sábado, 4 de diciembre de 2021

 

Este mes de diciembre seguimos con unos talleres de escritura creativa gratuitos.



 LEER EN LOS DIABLOS AZULES

Cenizas
Alfonso Salazar
Sonámbulos Ediciones
Granada
2021



Ángel Olgoso.
Ya era hora de que Alfonso Salazar se decidiera a disparar sobre el género del cuento. Todos hemos disfrutado la frescura de sus novelas negras y de su poesía visual, pero el hecho de que su propuesta más seria (según su propia expresión) la haya dirigido hacia el relato resulta del todo admirable, en especial para los amantes de un género tradicionalmente menospreciado que hoy, con la publicación de este libro en una editorial tan elegante y rigurosa como Sonámbulos, están de enhorabuena.

Cenizas es un libro extraordinario, de un realismo simbólico, con piezas tersas y bien trabadas, escritas con pulso magistral y con un plástico y rítmico fraseo por un conocedor de las hechuras clásicas, un libro muy trabajado sin que se note, un volumen redondo e inevitablemente crepuscular, que desprende un aire de vida en retirada, donde el destino semeja una araña que tejiera implacable una tela de muerte en el pecho de los protagonistas. Por fortuna, Salazar sabe paliar el lado macabro, casi agónico, de sus historias con el contrapunto vívido del humor, la ternura o la melancolía. La galería de estas lecturas no se abre a jardines salvajes, a mansiones misteriosas, a frondas agitadas por la brisa de los mares del Sur o al vaporoso río de los sueños; no entra en ellas a raudales un sol ebrio, tampoco esa luz órfica, fantasmal, en noches de escalofrío, ni esa otra luz de farolillos llorados por una lluvia que difumina la realidad. Los soportales de este libro se abren a panoramas más cercanos, a un territorio eminentemente ibérico, a un verismo de mercerías y pensiones, rellanos y hospitales, desguaces y gasolineras, pandillas y braceros, borracheras y coches que se estrellan, pobres ilusos y cuartelillos de la Guardia Civil, altercados en la playa y cementerios ineludibles, un piso en Hortaleza y el aroma de azahar en los bancales del valle de Lecrín, conversaciones triviales y dignidades marchitas, camareros y fotocopias, malos presagios y encrucijadas, barrios y jornales, “tragedias que se quedan marcadas adentro”, ya que los humanos —como escribió Cunqueiro— no dejamos de ser una flor que crece al borde del camino y que puede acabar sepultada bajo las ruedas de un coche o coronando un hermoso ramo.

Alguien dijo también que el mundo es un manicomio de cuerdos, levantado con una cucharadita de seriedad y otra de jocosidad. Si sumamos a esta argamasa materiales como el absurdo, el azar y un humor literalmente negro, obtenemos una certera radiografía de este libro. Sus personajes, al igual que todos nosotros, caminan hacia la nada llevando dentro de sí un incendio y propagándolo. Algunos son incinerados tras la muerte, pero muchos se chamuscan poco a poco, se van cremando en vida. De hecho, y el rotundo y despojado título lo anuncia explícitamente, la ceniza es el cuerpo extraño alrededor del cual crece la perla de cada uno de sus cuentos. Como por ejemplo la nube de cenizas en que se convierte la protagonista del relato “Amadísima”, “una misionera de bobinas, dedales y botones”. Como la ceniza de los perdedores en el relato “Una docena de filosofías hundidas”, esa ceniza de la vergüenza de los hijos de los vencidos, esa ceniza de las mentiras para sobrevivir. Como las cenizas del recuerdo en la límpida evocación del amor y la juventud, eternos en su fugacidad, que es el relato “No sé qué estrellas son esas”. Como la ceniza y unos cuantos muelles que quedan del muñeco quemado en una pira para conjurar los miedos y el silencio de los pueblos pequeños en el relato “La voz del ventrílocuo”. Como los restos de una vida ardiendo en una papelera en el relato “Heredera”. Como la ceniza de los naipes del mago Aristóteles Arreola en el relato “Vuelta de Cuba”. Como el paradero final de las cenizas del vetusto escritor en el relato “Enterrar al padre, paradero gestionado por la venganza. O como esos estados residuales en el relato “Mil pesetas”: de la capa de polvo de unos zapatos ajados por la precariedad hasta la ceniza de un billete de diez mil pesetas con el que se enciende dispendiosamente un puro habano.

No cabe duda de que, en estos cuentos, Alfonso Salazar sabe cebar los anzuelos de la historia y consigue el ideal de todo creador: suspender las leyes naturales del tiempo y el espacio (leyes que Lovecraft calificaba no sin razón de mortificantes) mientras engarza lugares, pensamientos, objetos, anhelos, desavenencias y relaciones personales a una realidad incontrolable que dinamita cualquier convicción, convirtiendo dichas certezas en desechos terribles de nuestro pasado. El lenguaje aquilatado y las voces narrativas refuerzan la sensación inmersiva del lector. Véanse esos tour de force del costumbrismo y del registro oral en el relato “Estelas en el mar” y del monólogo del taxista en el relato “Sueños cumplidos”, así como el lenguaje de los atestados, minucioso y deliciosamente arcaico, en el relato “Pirómano”. Encontramos además equívocos y escenas que hubieran encantado a Berlanga o a Rafael Azcona, como en el relato La mortaja”, donde un vestido rojo de faralaes demuestra que la vida es en ocasiones un astracán siniestro, pura serendipia. A destacar también la efectividad con que Alfonso narra -en el relato “Anemoticónico”- los vínculos emocionales previos y posteriores tras una muerte inesperada, atento a los detalles, a las volutas inasibles de los pensamientos y a las migas de pan de los emoticonos. O el memorable relato “El mejor poeta de su generación”, cuyo protagonista “ya no es un pichón de escritor”, sino que anhela formar parte de esa larga cadena que llega al eslabón primigenio de Homero, a través de la cual se va pasando de mano en mano el dardo de fuego de la palabra.

Cada uno de los diecisiete cuentos del libro están ligados a la categoría de ceniza y enfocan, de manera delicada o violenta, sobre esa “herencia gris” de la cita inicial de Javier Egea, sobre las cenizas que todos custodiamos, impalpables todavía, apuntan a la esencia verdaderamente íntima que ignoramos dónde acabará, a la raíz, el núcleo, el tallo, el centro exacto de nuestro ser, del vórtice humano, a las cenizas futuras, ajenas a nuestra experiencia presente y cambiante del mundo, aguardándonos impertérritas e inmisericordes, cuando seamos apenas médula, caparazones vacíos, hollejos sin peso, remolinos de fosfato, umbría.

La literatura, que es incómoda o no lo es, trata de arrojar luz sobre el sentido de todo esto, sobre la finitud, sobre para qué hemos nacido y por qué tenemos que morir, sobre la reducción de nuestra errática materia a simples restos mortales. Y la imaginación (de la que se sirve la literatura, junto con el esmero formal y la misteriosa conmoción estética, para constituirse como tal) quizá no sea sino un rodeo para llegar a la verdad, que parece escapar siempre a nuestro control. Con este título, Cenizas, con este primer y magnífico libro de relatos acerca del destino final de cada existencia, todo belleza y terror, acerca de nuestra azarosa fragilidad, de nuestra identidad concluyente, a la vez despojo yacente y grácil reliquia, al tiempo hechizo y pavor, acerca de nuestra redención o nuestra condena, con este libro Alfonso Salazar ha demostrado ser un talento a la espera de un tema, estableciendo un tono para cada texto que no puede ser otro más que ése, y logra dar por cabales las palabras del cineasta ruso Andréi Tarkovski: “Cuando una obra nos conmueve, escuchamos en nuestro interior la misma llamada de la verdad que impulsó al artista a crearla”

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Ángel Olgoso es escritor. Su último libro de relatos es Ángel OlgosoDevoraluces (Madrid, Reino de Cordelia, 2021).

jueves, 3 de junio de 2021

viernes, 9 de abril de 2021

sábado, 27 de marzo de 2021

Poesía, de Gabriel Aresti

 Dirán
que esto
no es
poesía,
pero
yo les diré
que la poesía
es
un martillo.

viernes, 26 de marzo de 2021

Lo Poeta

LEER EN LOS DIABLOS AZULES

Enseñando a nadar a la mujer casada

Juan Carlos Friebe

Esdrújula, Granada, 2021

 


«Enseñando a nadar a la mujer casada» es una de esas obras poéticas de las que uno oyó mucho antes de su existencia. Poco a poco, Juan Carlos Friebe iba diseminando poemas e ideas por recitales diversos (antes de la pandemia, cuando podíamos sentarnos juntos y juntas, nos convocó a una primera lectura, completa, de aquellas que hacen época). Friebe tiene una confianza ciega en la capacidad de esfuerzo y soporte de la estructura del verso, y esa fe, ese atrevimiento, tiene su recompensa. Sabemos que es un poeta extraño en el marasmo del siglo XXI, que afiló su estilete durante mucho tiempo en la piedra amolar de la tradición, pero que su discurso es atrevido, y valiente.

Conforme a un libro de atestado, Friebe somete a instrucción penal la ejecución de mujeres, por ser mujeres, a lo largo de la historia. Para ello elige cuatro nombres de ejecutadas: Margarita Porete, Juana de Arco, Mariana Pineda y Aisha Ibrahim Duhulow, para que nadie olvide sus nombres: santas, doncellas, místicas, heroínas, niñas, mujeres. La arquitectura narrativa del libro se estructura conforme a varias tramas: las actas del juicio a Juana de Arco en 1431; las fases de instrucción policial de un caso de asesinato machista; y las voces de las mujeres ejecutadas. Se trata de un libro de historia, pero también de un juicio a la historia, que comienza en el siglo XIV, pero termina en el siglo XXI. Pero no, no termina, continúa.

Las actas del juicio (tomadas a pie de letra), narran el proceso a la pucella, extraen las lecciones de las acusaciones a la mujer que se atrevió a hacer cosas de hombre y su proceso. En tanto otras obras tomaron a Juana como la figura de la tragedia y la injusticia (pienso en «Juana de Arco en la hoguera», por ejemplo, el oratorio de Claudel), aquí Juana es todas las juanas y todas las mujeres del mundo que son y fueron y serán: quemadas en la hoguera, ajusticiadas por garrote vil en el cadalso, asesinadas por navajazos en la cocina (‘Una mujer tendida como un trapo en el suelo,/rosado el camisón’), apedreadas en un estadio, muertas en el mar junto a una patera… Juana es la excusa del juicio anotado, del acta levantada, de la desfachatez de tomar nota del asesinato.

Simultáneamente, se ha cometido un crimen. El agente, el sargento, el comisario, protagonizan la pesquisa (‘Es como si la Historia se repitiese siempre. No sé si Usted me entiende’). En el lugar de trabajo de la asesinada alguien la echa de menos, y otros muchos (y muchas) ignoran y siguen su vida, como si nada, como la noticia de todos los días que cae y resbala y toman café con cruasán. En la parte que toca al atestado, también lo público, los medios de comunicación que entrevistan cómicamente, a la testigo, a la vecina que nada sabe, y aparece siempre al fondo la testigo muda, la perrilla preñada que todo lo vio, el fotógrafo que nada comprende.

El estilo pericial conduce la investigación: el proceso a Juana avanza en paralelo a los procesos pautados del atestado policial, que establece desde antecedentes de hecho hasta la autopsia, pasando por el levantamiento del cadáver, las inspecciones oculares… La sucesión de citas –eclécticas- iluminan el camino, porque no es sencillo trazar la investigación a través de los siglos, y poder conducir al lector por los vericuetos de la emoción que florece. Friebe hace fácil lo complejo. Cuando el poeta interviene en escena, cuando toma partido definitivo, amanece con la observación y el recuerdo: con brillantez brota la voz del poeta hacia el niño, como sucede en el fundamental (desde ya) «El Fargue», para la memoria poética de Granada y desde Granada, que no es mala plaza para esto de la poesía.

Friebe hace narrativa con el pulso poético más formal. Porque en lo formal, hace uso de un ramillete que va desde la perfección sonora de la cuaderna vía, al romance castizo, pasando por incursiones en la prosa poética, la conversación, el tono dramatúrgico de algunos textos. Es una virtud del poeta desde hace libros: formalismo y eclecticismo todo en uno, al servicio del mensaje por la vigilancia de la forma.

El poeta instructor, el poeta implicado, hace ajuste con la Historia y con todos nosotros, y en estos poemas se instaura la definitiva madurez y la ideología vital del poeta. O no debería decir ni el poeta ni la poeta, sino ‘lo’ poeta, como expone en ‘Patio de luces desde el río’, pues en el poemario trasluce la disolución de los sexos y el juego de los géneros, como en Juana. Así que, lo poeta ha llegado, porque ‘Haber sido querido no se paga./Haber sido feliz jamás se olvida.//Guardad este poema como prenda’.



Alfonso Salazar

Enseñando a nadar a la mujer casada


 

El Fargue, de Juan Carlos Friebe

 Era feliz o algo parecido.
 
Al menos tan feliz como pudiera ser
un crío bajo parras dormideras
al amor de su sombra perezosa,
con un viejo tebeo entre las manos
que ya se sabe casi de memoria.
 
Huele a vendimia y a fulgor de octubre.
 
O a algo parecido a tenue otoño,
a llovizna menuda y arcoíris,
a tierra húmeda y flama
como recién sacada de horno estío,
 
a tarde inexplorada,
                                a agua oxigenada,
                                                                tirita y regañina
 
por volver tarde a casa con la rodilla abierta
de perseguir ardillas con trampillas de nueces
y emborrachar avispas reventando las uvas
con su fiel tirachinas.
 
                                                    La hojarasca

cruje rota bajo mis pasos quedos,
y me detengo, y contengo hasta el aire,
y el corazón me late de puntillas
mientras mis pies se hunden en la tierra hojaldre,
pues recelo que el más leve sonido
delate mi presencia y, advertido del ruido
 
—de qué frágil sostén pende la dicha,
cuánto cuidado puse en que jamás me oyera—,
 
deja durmiendo a Sigrid, en la isla de Thule,
junto a un festón de tiernos pensamientos
y de amapolas lánguidas durmientes:
sus pupilas inquieren justo en mi dirección,
oculta en mi maleza sigilosa,
pero unas tiernas voces campanillas
distraen su atención y nos salvamos
de conocernos antes de saber quiénes somos.
 
(Tres zagalas del pueblo, camino del arroyo,
pasean tirabuzones y lazos, cuchicheos y
risas, secretitos del corazón que sus ojos
pregonan, bendita inocencia, amores
primeros. El tintineo de sus pulseritas
diluye, lentamente, mientras bajan a recalar
sus cestas de mimbre al arroyo, hasta que el
perfume de sus voces se pierde, cuesta abajo,
entre los brezos).

Husmea ahora curioso, con su mirada inquieta.
 
Percibe el movimiento de una sombra envuelta en matorral
muy seguro de que algo que le inquieta
está a su lado, tan tan cerca de él
que casi le hizo daño,
que casi casi, ay, que casi hería…
 
Hay algo que le aturde en la espesura:
presiento que sospecha de mí. Yo
también sospecharía de esta sombra umbría
que años más tarde
                                                        seremos nosotros.



(De Enseñando a nadar a la mujer casada, Esdrújula, 2021)

viernes, 5 de febrero de 2021

'De piedra, de metal...' Luis Vaz de Camoes

De piedra, de metal, de cosa dura,
el alma, dura ninfa, os ha vestido,
pues el cabello es oro endurecido,
y mármol es la frente en su blancura.

Los ojos, esmeralda verde y escura;
granata las mejillas; no fingido,
el labio es un rubí no poseído,
los blancos dientes son de perla pura.

La mano de marfil, y la garganta
de alabastro, por donde como yedra
las venas van de azul muy rutilante.

Mas lo que más en toda vos me espanta,
es ver que, por que todo fuese piedra,
tenéis el corazón como diamante.

miércoles, 27 de enero de 2021

Ya no quiero más bien que sólo amaros, de Lope de Vega

Ya no quiero más bien que sólo amaros
ni más vida, Lucinda, que ofreceros
la que me dais, cuando merezco veros,
ni ver más luz que vuestros ojos claros.

Para vivir me basta desearos,
para ser venturoso conoceros,
para admirar el mundo engrandeceros
y para ser Eróstrato abrasaros.

La pluma y lengua respondiendo a coros
quieren al cielo espléndido subiros
donde están los espíritus más puros.

Que entre tales riquezas y tesoros
mis lágrimas, mis versos, mis suspiros

de olvido y tiempo vivirán seguros.

domingo, 10 de enero de 2021

Los cobardes y los valientes

La Voz de Granada, 9 de enero 2021


Una turba se abalanza sobre el Capitolio, rompe cristales y límites, grita libertad y denuncia mentira. La multitud avanza sin mascarilla, a cara descubierta, investida de una valentía abrazada a una bandera, una camiseta serigrafiada y dos cojones. Muchos hombres, muchos blancos. El Hollywood del cine de catástrofes como una tormenta sobre el Congreso. Faltaban tiburones de ‘Sharknado’ en los pasillos que van de la Cámara de representantes al Senado. Se consideran valientes porque desafían las reglas. Se consideran enterados porque creen en la conspiración, convencidos de que los medios mienten, pero las redes dicen la verdad. No les importa la contradicción.

La libertad se identifica como patrimonio de los valientes, pero los valientes de hoy están en una sala de laboratorio, en un centro de salud, en un camión que atraviesa el Canal de la Mancha. Los valientes no están desafiando las normas, a pecho abierto en la calle, bebiendo cerveza tras el toque de queda. Los valientes deducen qué es verdad y qué es mentira. Los valientes se lo piensan muy bien antes de difundir sus creencias, cuando no son certezas, en el grupo de WhatsApp. Los valientes no incitan el desaliento para curar su débil ánimo.

Ha tocado la época de los valientes que se comportan como cobardes, la época de taparse la boca, de recogerse. El momento de la valentía llama a la contención, a tomar café a partir de las 18:00 h. La economía se destruye: sí; y ha tocado a los que gestionaban la alegría, el esparcimiento, esos son los negocios elegidos para un sacrificio necesario. La nieve cae por todo el país, cada cual en su cueva, cada cual cerca de su hoguera para seis: y hay lugares donde no hay hoguera donde calentarse.

Con la vacuna debería llegar la primavera. Poco a poco, en una de las mayores operaciones logísticas mundiales comprenderemos que es necesario poner la parte de cada uno para hacer el todo. Esa es una muestra de la valentía de hoy: la libertad se gana entre todos, se gana con el servicio público, con la solidaridad y el apoyo mutuo. El cobarde tuitea, se queja, protesta, grita «libertad», pero para sí mismo. El cobarde es un avaro de Navidad que aún no ha sido visitado por el fantasma del tiempo futuro.

Hay quien supone que los valientes se echan a la calle contra viento, nieve y virus. Que demuestran su hombría desafiando todos los elementos. Pero la valentía de hoy es conocer los límites. La cobardía es poner el interés propio por encima del ajeno. La valentía es contener la emoción propia de hoy para emocionarse juntos mañana. La cobardía es vivir hoy como si fuese el último día ocasionando que sea el último día de otro. Los valientes llevan mascarilla, a su pesar; los cobardes la llevan por debajo de la nariz, babean en el bar y vociferan en el callejón. Los cobardes creen que viven en la alegría, pero, bien mirados, solo viven en su tristeza. La alegría no está en el abrazo derrochado y el exceso, no está en quien celebra hoy, sacrificando hoy, sino en quien sabe hasta dónde y cuándo.