viernes, 26 de marzo de 2021

El Fargue, de Juan Carlos Friebe

 Era feliz o algo parecido.
 
Al menos tan feliz como pudiera ser
un crío bajo parras dormideras
al amor de su sombra perezosa,
con un viejo tebeo entre las manos
que ya se sabe casi de memoria.
 
Huele a vendimia y a fulgor de octubre.
 
O a algo parecido a tenue otoño,
a llovizna menuda y arcoíris,
a tierra húmeda y flama
como recién sacada de horno estío,
 
a tarde inexplorada,
                                a agua oxigenada,
                                                                tirita y regañina
 
por volver tarde a casa con la rodilla abierta
de perseguir ardillas con trampillas de nueces
y emborrachar avispas reventando las uvas
con su fiel tirachinas.
 
                                                    La hojarasca

cruje rota bajo mis pasos quedos,
y me detengo, y contengo hasta el aire,
y el corazón me late de puntillas
mientras mis pies se hunden en la tierra hojaldre,
pues recelo que el más leve sonido
delate mi presencia y, advertido del ruido
 
—de qué frágil sostén pende la dicha,
cuánto cuidado puse en que jamás me oyera—,
 
deja durmiendo a Sigrid, en la isla de Thule,
junto a un festón de tiernos pensamientos
y de amapolas lánguidas durmientes:
sus pupilas inquieren justo en mi dirección,
oculta en mi maleza sigilosa,
pero unas tiernas voces campanillas
distraen su atención y nos salvamos
de conocernos antes de saber quiénes somos.
 
(Tres zagalas del pueblo, camino del arroyo,
pasean tirabuzones y lazos, cuchicheos y
risas, secretitos del corazón que sus ojos
pregonan, bendita inocencia, amores
primeros. El tintineo de sus pulseritas
diluye, lentamente, mientras bajan a recalar
sus cestas de mimbre al arroyo, hasta que el
perfume de sus voces se pierde, cuesta abajo,
entre los brezos).

Husmea ahora curioso, con su mirada inquieta.
 
Percibe el movimiento de una sombra envuelta en matorral
muy seguro de que algo que le inquieta
está a su lado, tan tan cerca de él
que casi le hizo daño,
que casi casi, ay, que casi hería…
 
Hay algo que le aturde en la espesura:
presiento que sospecha de mí. Yo
también sospecharía de esta sombra umbría
que años más tarde
                                                        seremos nosotros.



(De Enseñando a nadar a la mujer casada, Esdrújula, 2021)

No hay comentarios:

Publicar un comentario