domingo, 24 de abril de 2022

Nos vamos de paseo


 

PÁJAROS MOJADOS EN UN CABLE DE LUZ




 

El ajuste de cuentas de Marie-Hélène Lafon

  LEER EN LOS DIABLOS AZULES

Historia del hijo

Marie-Hélène Lafon (Traducción de Lluís Maria Todó)

Minúscula (2022)

 




Historia del hijo de la escritora francesa Marie-Hélène Lafon es un hermoso ajuste de cuentas. Un ajuste de cuentas con un mundo, campestre, que Lafon utiliza del mismo modo que se utiliza Macondo o Región, esos mundos entre lo ficticio, lo memorialístico y lo real. El suyo está en el corazón de Francia, entre Clermont y Toulouse, la feliz Francia entre Aurillac y Figeac. Campos, vida tranquila y apacible, que contrasta con la ajetreada vida parisina donde se van a vivir los personajes como en un éxodo. Aunque siempre vuelven: a morir, a permanecer bajo la lápida familiar, a pasear por los cementerios.

Esta es una novela de estructura compleja pero atractiva. No se dejen engañar por sus escasas ciento y pocas páginas. Es una historia conmovedora, profunda, una novela de actitudes, modos de vivir errores y asunción de responsabilidades. En Historia del hijo no hay nada más abrupto que la muerte —muertes tan familiares como la de la infancia a principios del siglo XX: ¿quién no tiene un hermano de bisabuelo muerto a pronta edad? ¿quién no ha oído hablar de la prima de la abuela, aquella que murió de tosferina?―. Subyace la idea de que los infortunios que los ancestros sufrieron en otro tiempo pueden condicionar los caracteres de los familiares del presente, pero siempre se evoca esa fuerza de voluntad, ese carácter de los seres humanos que se aúpan sobre la desgracia.

Lafon entreteje ―o desteje, depende desde donde miremos― la vida de una familia a través de cien años. Ese siglo lo atraviesa a lomos del flashback y en un continuo salto de fechas. Los menos atentos pueden perderse en nombres, en fechas, en veranos, en pueblos de la comarca. Los menos atentos deberían tener una libreta a mano y los obsesivos-compulsivos harán una genealogía. No se pierde la autora en una descripción de los personajes, en el uso de los epítetos, a los personajes los conoceremos por sus hechos y sus silencios: unos ricos en su ausencia, otros pobres por su complacencia, casi de perfección bucólica.

Los capítulos son pequeños fragmentos en los que la autora, asumiendo una voz cercana a cada personaje narra una escena, un día ―a veces un día preñado de recuerdos― en ese marasmo del siglo XX. Ese punto de vista a veces deriva de la cercanía y la empatía emocional, donde más se logra (por ejemplo en el uso de las frases que caracterizan a los personajes), hacia una suficiencia de mirada hacia pasado y futuro que supera al personaje. El estilo es compacto, largos párrafos, largas pausas, acciones limitadas, porque la vida pasa y nos quedamos mirándola. El lector tiene la sensación de asistir a la muestra de una historia escrita de la familia hacia dentro, donde la autora ha dejado caer claves que pertenecen al lenguaje más privado: con la sensación de que existe la casa de la calle Bergandine, las propiedades familiares de Chanterelle, el piso vaciado de la Roquette, la fachada del edificio del bulevar Arago… con la sensación de que Antoine, André, Juliette, Armand, Paul forman parte de la mitología familiar, de los manes de Marie-Hélène Lafon.

Si bien ese vaivén puede convertir la profundidad en espesura y grumosidad, la mezcla de personajes se aclara en el avance ―paciencia, en pocas páginas, todo se va descifrando― y la estructura misma (el retorno al futuro, el regreso al pasado) tira de la intriga, interacciona un breve capítulo con otro, nos aclimata a una familia que es tan nuevo modelo como fueron siempre las familias: a veces sin padre, a veces sin madre, a veces sin hijos. En todo caso, se trata de los hilos que unen familias que lo son sin parto, de padres que no lo son aun procreando, de madres que son madres de la manera que no se espera que sea una madre.

Historia del hijo trata de aquello que no se llega decir y cuánto nos podemos arrepentir. O no: quizá trate de asumir lo que no hemos dicho y seguir viviendo, aunque sea en aquel pudo ser y no fue.



Alfonso Salazar

Un paseo fotográfico por la memoria (Si los muros hablaran)

 LEER EN LOS DIABLOS AZULES

Si los muros hablaran

Carmen García Moreno (epílogo de Javier Bozalongo)

Sonámbulos Ediciones (2020)

 








Si la fotografía apresa, ya está dicho innumerables veces, es por la mirada: la mirada fundamental, tanto la del fotógrafo como la del modelo, que queda adherida luz sobre el papel. En el libro de Carmen García Moreno la mirada la devuelven las paredes. La mirada está también sobre las paredes que nos rodean, los muros y los paneles publicitarios que jalonan la ciudad. A quien esto escribe, un niño criado en un barrio, las paredes le hablaban continuamente, en aquellos años 70 y 80 las paredes insultaban, provocaban a través de sus pintadas y las paredes clamaban y gritaban a través de sus carteles, carteles a veces comprometidos, carteles a veces lúdicos: carteles que invitaban a ir al circo, o carteles que invitaban a manifestarse y ponerse en pie.

Decía Susan Sontag, que todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo. También los carteles son paso del tiempo. Carmen García Moreno ha buscado ese paso del tiempo, efímero, urgente; en esos carteles ha buscado esas miradas pegadas a la pared como un palimpsesto ­­―papel sobre papel, papel que oculta papel, mirada que oculta mirada—. García Moreno va rebuscando quién le mira y desde dónde, para ello ha recorrido diversas ciudades ―París, Madrid, Granada, Almería— donde ha mirado fijamente esas paredes y hallado esos rostros que quedan para siempre ahí, fijados. Quizás el modelo, cuando le hacen una fotografía, quizás el político, cuando sonríe a la cámara, quizás el músico cuando prepara la campaña publicitaria de su concierto, quizá quien hace promoción, no sabe que su rostro va a quedar ahí enmarcado a merced de las miradas ajenas, a merced de la cola de otro cartel, a merced del rasguño del tiempo.

Este libro opta entre otros muchos a un importante premio de Paris Photo, ojalá dentro de poco podamos hablar del libro de García Moreno como uno de esos libros españoles que han enseñado a mirar el mundo de otra manera y a mirar las paredes del barrio con otra mirada. Si los muros hablaran es un libro de fotografía, pero un libro, un libro extremadamente cuidado, editado en un papel excepcional y con una calidad de impresión envidiable: papel rugoso, no un papel cuché que confundiese con las revistas del corazón, que deslumbrase la luz. Ese papel que da el relieve que evoca la rugosidad de las paredes. Sonámbulos, una editorial dedicada sobre todo a la fotografía, hace una edición importante y Carmen García Moreno nos propone un paseo inolvidable por la memoria: porque los carteles de hoy, porque los carteles de anteayer ―como es el caso— serán la memoria de mañana.

Nos mira Ava Gardner, nos mira el Che, nos mira McCartney, aún sorprendido el músico, nos mira un grupo de políticos sonrientes esperanzados y embaucadores, nos miran las modelos de ropa cara, de soslayo. Y ahora los miramos nosotros, para siempre, porque ahí han quedado, en el papel, en esa luz hecha papel que es la fotografía. En libro.



Alfonso Salazar

sábado, 16 de abril de 2022

micros primavera

 


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Alhambra, de Jorge Luis Borges

Grata la voz del agua

a quien abrumaron negras arenas,

grato a la mano cóncava

el mármol circular de la columna,

gratos los finos laberintos del agua

entre los limoneros,

grata la música del zéjel,

grato el amor y grata la plegaria

dirigida a un Dios que está solo,

grato el jazmín.


Vano el alfanje

ante las largas lanzas de los muchos,

vano ser el mejor.

Grato sentir o presentir, rey doliente,

que tus dulzuras son adioses,

que te será negada la llave,

que la cruz del infiel borrará la luna,

que la tarde que miras es la última.