sábado, 21 de marzo de 2009

LOS GÉNEROS DEL DOLOR Y EL ABANDONO: 07, LA PRIMERA PERSONA DEL PLURAL

Bien. Tango y copla. Copla y tango. Melodías que adornaron los tendederos de la posguerra, que resbalaron por el fango de las plazas donde una orquesta hacía palpitar los farolillos de verbena. El tango de los hombres lastimeros y la copla de las mujeres sometidas. El tango del giro enérgico, la media de rejilla, el borsalino ladeado. La copla de abanico y volantes, pañuelo al cuello y sombrero cordobés. Tangos de letras infinitamente tristes, abandonos, cuerpos doloridos de miseria y calle oscura. Coplas también de rufianes, amores no correspondidos, mujeres enamoradas sin reja adonde dirigir un susurro de besos.
Pero también el bolero. Si el tango se hacía baile -en un juego de sexo, piernas abiertas, cintura exprimida-, la copla taconeaba, se balanceaba y sonreía de lado a una cámara nazi en los años treinta. En el bolero se dio la oportunidad del encuentro de los cuerpos. Las quejas del bandoneón o el redoble de las castañuelas se convertían en un abrazo oscuro al ritmo impenitente de la tumbadora y el bongó.
Si el tango era el hombre y la copla la mujer, el bolero se manifestó como la consecución de la primera persona del plural, el Nosotros.
Frente a la desgarradora cantinela del tango y el cimentado raigón de la copla, el bolero traía el tufo de la ternura, de la esperanza en el amor eterno. Ese que, aunque se haya acabado, persiste.
Toda una vida me estaría contigo. Con ellas quiero decir te quiero, te adoro, mi vida. Como si fuera esta noche la última vez. Que cuando digo tu nombre tengo envidia de mi voz. No existe un momento del día en que pueda apartarme de ti. Aunque el bolero también nos muestre la cara del final, un final más de drama romántico que de tragedia griega, como nos mostraría el tango. Fue tu amor una mentira. Yo confiaba ciegamente en la fiebre de tus besos. En la boca llevarás sabor a mí. Lo dudo, que halles un amor tan puro, como el que tienes en mí.
El bolero parte casi siempre de la experiencia compartida, de un tú y yo que conforman un nosotros, mientras los y yo de la copla y el tango pueden tender a tríos insospechados, soledades tremendas o muertes sangrientas que deshacen los dúos.

Hice referencia en pasados artículos al abandono. La cumbre de los cantos del dolor. Diseccionamos tangos y nombramos coplas: Fuimos y Confesión, Falsa Monea, Victoria… Sin embargo, el adiós de los boleros es siempre una despedida con melaza de caña, saxofón y trompeta, martirios interiores y convencimientos de haber dejado una indeleble señal en el alma de la persona amada, que jamás será olvidada. Esa señal indeleble se muestra como una participación del corazón, algo que se compartió y deja la marca. El rencor se amordaza ante el fulgor de un pasado siempre tan hermoso, de unas heridas que ya no matan aunque tanto duelan.
Compasión, resignación, optimismo, candidez, serían los adjetivos que ilustrasen el bolero. En el bolero unas gardenias se mueren cuando el amor es traicionado por otro querer (aunque la tuna mantendría vivos sus clavelitos en un mismo accidente botánico). En el bolero la renuncia al amor disputado se manifiesta en una entrega mercantil, como hará Llévatela. O en un hermoso resbalón hacia el final sin profundo lamento como canta La Mentira al decir tras el magistral y hoy resulta que no soy de la estatura de tu vida, un manso ni siquiera tengas pena por dejarme.
El bamboleo de la orquestina no deja caer en la frustración. Un amor perdido se convierte así en un canto gallardo. Mostrando además en un fabuloso rizo aquello que dice Cuando vuelva a tu lado: No me preguntes nada, que nada he de explicarte. Al fin y al cabo, como nadie podría esperar de un tango, o de una copla, el amor ha vuelto y promete quedarse toda una vida.

sábado, 14 de marzo de 2009

INMOLACIÓN DE JACQUES DE MOLAY

No sucedió que en la mañana del 18 de marzo de 1314 el Papa Clemente V se revolvía en su cama y le asaltaron tremendas pesadillas. Un ángel colocaba un pie sobre la tierra y otro sobre el mar. Sonaba la séptima trompeta. Las visiones del Apocalipsis atronaron como un presagio.

Clemente oyó la voz de San Juan, convertida en la de Hugo de Payns fundador de la Orden del temple casi dos siglos antes, anunciarle su muerte en no menos de un mes si su sucesor, Jacques de Molay era enviado finalmente a la hoguera tal y como había resuelto el Concilio de Vienne.

Bertrand de Got se revolvió de nuevo en su cama y le asaltaron tremendas alucinaciones. Se acercó al balcón para aspirar aire fresco con la voz de Hugo de Payns en sus oídos y transformado en San Gabriel anunciando a todo el cielo de Avignon el último paso del templario. Los tremendos secretos escuchados en la confesión de los procesados caballeros del Temple en la ciudad de Poitiers, adonde fueron convocados, dejaban en la frente del Papa el sudor del devenir de la Historia sin detención posible. Así se consumía el calvario del sucesor de Benedicto IX, aquel pontífice que murió de empacho de higos en la silla de Pedro, desde que empezó la pesadilla siete años atrás.

Un viernes trece de octubre el rey Felipe de Francia lanzó como perros de presa a sus senescales y gobernadores sobre los caballeros del Temple. Y detuvo entre ellos a Jacques de Molay, padrino de su hijo y que el día anterior acompañaba a Su Majestad en el entierro de la princesa, llevando cintas al unísono. Clemente, sobrino del Gran Maestre Bertrand de Blanquefort y anguila de la laboriosa política de Europa concibió despavorido cómo su aliado francés deseaba desquitarse de un Estado que dentro del Estado de Francia era el gran acreedor del rey –pródigo en su gobierno- y abalanzarse sobre las propiedades de la Orden que Pedro del Bosque hizo valorar en 800.000 libras tornesas ante los ávidos oídos del soberano.

Pero el proceso había sido concluyente. El Gran Inquisidor de París Guillermo Huberto debía cumplir la farsa. No en vano, conminados los caballeros a abjurar de la confesión de atrocidades, sus veladas de sodomía con los jóvenes iniciados y los escupitajos sobre la Cruz de Cristo, se confesaban esta noche inocentes, y mañana culpables, ante el rostro estupefacto de los enviados del Papa que todo intentaban -consideraba Bertrand de Got-, por salvar aquellos cuerpos, que no las almas, de la perdición terrena. Nada era más imperdonable que la retractación.

La mañana del 18 de marzo de 1314 Felipe el Hermoso contemplaba agradecido el fin de remate de su trazado y no sabía de los sufrimientos de Clemente V, amenazado por el propio Primer Gran Maestre.

Bajo el arco del ángel, con un pie en la tierra de Francia y otro en el mar de Francia, Bertrand de Got, el Papa Clemente V, contempló el día de su coronación en Lyon, cuando el rey Felipe sujetaba la brida de su caballo y una pared se desplomó matando a diez invitados, cuando en la borrachera del banquete la familia de los Orsini, que pujaban por la memoria del infausto Bonifacio sacaron sus dagas y la clavaron en el pecho del hermano del Papa. No pudo empezar peor, se decía Bertrand de Got viéndose con la tiara en la mano, empequeñecido, mientras el Primer Gran maestre hacía pasar su ábaco entre las piernas del ángel, amenazando con un solo mes de vida si Jacques de Molay muere en la hoguera de París.

Clemente V envió su última comitiva. Tres legados avisaron en Palacio. Era el último intento del Papa desesperado por salvar la cabeza. Nos hemos tenido una revelación, se murmuró convencido. Los enviados debían juzgarles y perdonarles la vida. Se sentaron ante los caballeros: allí estaban el vigésimo segundo maestre de la Orden, Jacques de Molay, el Gran Visitador Hugo de Piraud, el comendador de la orden de Normandía Geoffrey de Charnay y el hermano del Delfín de Auvernia. Los legados papales abrieron los ojos pasmados. Tras la lectura de la sentencia confesaron, luego se levantaron, se retractaron, volvieron a confesar, proclamaron su inocencia, desenmascararon sus vicios, los repudiaron, confesaron de nuevo su vileza. El cardenal Albano se levantó turulato. Debería condenar a quienes él debía salvar. Sólo Hugo de Piraud callaba, consciente de la voluntad de la sentencia. El silencio significaba sólo pena en prisión.

Treinta y nueve caballeros avanzaron hacia el cadalso. El Gran Maestre se desnudó y rogó ser atado al poste con las manos entrelazadas para ser recibido por Dios. Giró su rostro a Notre-Dame cuando el fuego comenzó a cubrir sus piernas. La voz de Hugo de Payns susurró al oído del Rey que moriría nueve meses después de caer de un caballo, si Jacques de Molay, su compadre, era inmolado. Felipe el Hermoso palideció. La muerte les llegó con dulzura, extasiados ante la visión de la Virgen, la muchedumbre acalló sus calumnias ante imagen tan sublime.

Un mes más tarde no sucedió que Clemente V moría en Rochemaure, Provenza, ni Felipe IV el hermoso, rey de Francia caía de un caballo. Pues fue el Gran Visitador Hugo de Piraud, silencioso, quien montó en el carruaje del holocausto bajo la toga del Gran Maestre. Con su silencio había comprado la vida de Jacques de Molay, que cabalgaba hacia Portugal

miércoles, 11 de marzo de 2009

EL DETECTIVE DEL ZAIDÍN

PRÓXIMA APARICIÓN: 18 DE MARZO 2009 (SERIE LA TRAMA, EDICIONES B)
Por un barrio de obreros de la ciudad de Granada pasea su barriga el detective Matías Verdón, un entrañable cincuentón que no sobresale precisamente por su instinto. Su inseparable Desastres es un ex cartero escuchimizado más pendiente de los chatos de vino que del reparto de certificados. La muerte de un tío lejano de su compadre en un psiquiátrico de la ciudad sumerge a Verdón en una investigación más compleja de lo previsto. Por una parte, tendrá que desvelar los pormenores de la muerte del tío del Desastres. Por otra, se enfrentará al asesinato de una joven doctora. Contratado por el gerente del sanatorio, Verdón llegará hasta Sevilla en sus pesquisas. Eso sí, en plena Semana Santa y pocos días antes del alumbramiento de la EXPO´92.Con Matías Verdón y el Desastres llegan a la novela negra dos antihéroes inolvidables. Una aventura llena de asesinatos, peligros, acción y, sobre todo, mucho humor.

jueves, 5 de marzo de 2009

ANDREU BUENAFUENTE A PEPE RUBIANES

Tal como está el mundo en estos momentos (hecho una mierda), no podemos permitirnos que Pepe Rubianes se haya marchado. Pero habrá que hacerse a la maldita idea de su desaparición porque la vida es un mal guión en el que, al final, te mueres. Todos los que queremos y seguimos a Rubianes, estamos desorientados, tristes y nos resistimos a hablar en pasado. Personalmente, voy a pensar que se ha ido a uno de sus innumerables viajes, -posiblemente África- y que cuando vuelva, nos comeremos un arrocito en su Barceloneta y luego daremos un paseo y me preguntará si tengo novia y si todavía tengo programa. Recordaré toda la vida un paseo nocturno de más de dos horas “parecemos maricones nene”, en el que aprendí más que en cuatro años de carrera que, por otro lado, no tengo.
No quiero pensar en un Rubianes ausente, porque la huella que ha dejado en todos nosotros es de tal dimensión que siempre, repito, siempre estará presente en nuestra vida, en nuestros recuerdos, en mi oficio, en algunos de mis gestos, en unos cuantos cabreos contra los intransigentes de turno y en mil detalles más que están ahí o irán apareciendo.Pepe era, sobretodo, un hombre libre. El más libre que he conocido jamás. Pensaba y decía lo que le daba la gana. Vivió la posguerra y la democracia, era culto y sensible, así que veía venir a los gilipollas de turno, una hora antes. Todo eso, mezclado con su propia vida y una observación ácida y crítica del mundo, era la materia de la que estaba hecho su teatro: genialmente autobiográfico.
Tenía unos cuantos amigos y miles de seguidores. Al primer grupo nos cuidaba como un hermano mayor. Al segundo grupo, les daba lo mejor. Su sonrisa de jocker, sus subidas de tono, su afilada puntería contra el facherío y las imposturas de una sociedad demasiada preocupada por el que dirán. A Pepe le importaba un huevo lo que dijesen, porque cuando la gente decía chorradas, él ya no estaba. “Cuando no hablo yo me aburro”, solía bromear. Tenía razón y tenía motivos.Lo primero que he pensado es que hay que dignificar su memoria. Vale ya del asunto de Tv3 y su crítica a la unidad de España. El que resuma su carrera con ese episodio es un simplista. Además, Pepe reconoció su salida de tono pero dijo lo que muchos pensamos: que ya está bien de que den lecciones los más sospechosos del pueblo. Que la gente es libre para pensar, sentir, reír, follar, beber, fumar y volver a empezar si quiere. Que los valores de uno mismo se demuestran en privado y que, al final, solo quedan los buenos momentos.
Pepe, con su herencia de risas, nos ha hecho millonarios. No es dinero. Es mejor. Se trata de la comedia en estado puro que hoy despide al maestro. Esperemos estar a tu altura Pepe. Y llama cuando llegues, deja de fumar y guárdame un asiento a tu lado. Yo quiero ver el juicio final contigo, partiéndome el culo.

martes, 3 de marzo de 2009

UNO DE MARZO, EN EL CALDERÓN OTRA VEZ

El 1 de marzo de 2008 el Barcelona visitaba el Vicente Calderón. Mediada la primera parte el club catalán alcanzaba el liderato. Ronaldinho había hecho crujir el Manzanares con un golazo de chilena. El Madrid parecía un equipo que por fin se iba a hundir. El Gaúcho parecía resurgir de sus cenizas. La segunda parte hizo que el Barça atravesase finalmente el espejo. Se marchaba con una derrota por 4-2 y dejaba al Madrid como líder, tras remontar en Huelva.
A partir de aquella jornada 26 de la liga 2007-2008 comenzó un calvario blaugrana. ya sabemos como terminó el asunto: con Ronaldinho saliendo con su sonrisa infeliz por la puerta de atrás, Deco con los galones perdidos y Eto´o en un salgo me quedo que duró hasta septiembre.
Esta vez ha sido la jornada 25, el mismo día y un año después. Aún el Madrid no está por encima, pero han saltado las dudas. Aquel equipo invencible de hace menos de un mes se dejó el control del partido en el Calderón, aunque empezase como un año antes, pero con un golazo de Henry esta vez, que podría competir con la chilena de Ronaldinho.
Hay grandes diferencias: si bien fue extraña la impresionante primera vuelta del Barcelona, que sorprendió a España, Europa y medio mundo, esta temporada el equipo tiene mimbres para levantarse -como dice Guardiola. No se trata del fin de un ciclo, de aquellas boqueadas del 1 de marzo de 2008. Debe ser el principio de una nueva era que ha pecado de fanatismo. Sin embargo, ha bastado esa primera vuelta de esplendor para que cualquier equipo sepa cómo afrontar el juego azulgrana. Secar a Xavi, atacar la banda de Alves - que para nuestro placer siempre atacará mejor que defender- y atar en corto a Messi. Henry y Eto´o pueden hartarse de correr. Ya los pararán los centrales. Con el centro del campo maniatado, Touré tiene que multiplicarse. Quizá habría que pensar, en algunos momentos en dejar que el rival jugase la pelota y demuestre qué sabe hacer. Liberaría al centro del campo creativo, posibilitaría la llegada de la línea de controcampistas y explotaría las condiciones de la delantera. Pero este Barcelona no sabe, ni quiere, jugar sin balón. Esa es la filosofía bruja.
Y un dato escalofriante: ocho goles encajados en tres partidos supone un gol y pico cada 45 minutos. Hasta ese momento sólo habían encajado dieciseis en veinte y dos partidos, un tercio de gol cada 45 minutos, esto es, que la defensa ha cuadriplicado sus agujeros. Y eso que jugaban Puyol y Márquez.

lunes, 2 de marzo de 2009

EL TEMA DE LA HORA

Interesante reflexión. Resulta que el Spain is different reside en una cuestión de husos horarios. Cosas de Franco…

EN PORTUGAL, NI LLUEVE, NI HACE SOL

Basta con ver la mayoría de los “mapas del tiempo” de cualquier cadena de TV española. En Portugal nunca pasa nada: una mancha marrón, o gris. Allí ni llega el anticiclón ni martillea la borrasca. Luego, algunas cadenas, nos dicen el clima previsto en EEUU o el Perú. Pero de Portugal ni mijita. Viva que viva la Península. Saramago, perdónanos.

jueves, 26 de febrero de 2009

PROPUESTA PARA EL VALLE DE LOS CÁIDOS

La piedra dura no sabe la peste.
Los hombres que escarbaron en la tierra
escombran la espalda quebrada del general.

Valle, lugar de flores, donde banderas se alzan
victoriosas: paso alegre de la paz
sobre el río escuálido de voces amortajadas.

Con la cartuchera del Generalísimo
un camafeo para una costurera
que se dejó la vida en un arcén.

Con condecoraciones y con insignias
un sonajero, con las charreteras
birretes para autómatas de feria.

Y con los fajines morados, cintas
de balcón a balcón, de calle a calle.
Con la piedra, piedra molida,
como fertilizante. Con un cartel que diga:
aquí yacen los hombres y la infamia,
durmieron juntos bajo la losa del dictador.

domingo, 15 de febrero de 2009

ERROR DE CÁLCULO

VISTO EN LA WEB

*Reflexión y sencillo cálculo enviado a CNN por un espectador : *El plan de rescate a los bancos con dinero de los contribuyentes, que aún se discute en el congreso de USA, costará la indimensionable cifra de 700.000 millones de dólares, más los 500.000 millones que ya se le ha entregado a la banca, más los miles de millones que entregarán los gobiernos de Europa a los bancos en crisis en ese continente. Pero para tratar de dimensionar sólo en algo las cifras involucradas, el televidente hace el siguiente cálculo: ‘El planeta tiene 6.700 millones de habitantes; si se dividen ’sólo’ los 700.000 millones de dólares entre los 6.700 millones de personas que habitan el planeta, equivale a entregarle 104 MILLONES DE DOLARES A CADA UNO’. ‘Con eso no sólo se erradica de inmediato toda la pobreza del mundo, sino que automáticamente se convierte en MILLONARIOS a TODOS LOS HABITANTES de la Tierra’. Concluye diciendo : ‘Parece que realmente hay un pequeño problema en la distribución de la riqueza’
LÁSTIMA, porque “sólo” los 700.000.000.000 de dólares entre 6.700.000.000 de habitantes arroja un cociente de 104,47 dólares por habitante… Para hacer millonario a cada habitante se necesitarían 700.000.000.000 millones de dólares, que parece no ser la cifra… (y contando en billones europeos)
Aunque sea cierto que hay un pequeño problema en la distribución de la riqueza…

martes, 10 de febrero de 2009

ALBAICÍN, BARRIO CON CRUCES

Desde la loma donde se asentaba el cementerio musulmán llamado del Jardín Alto –Arrauda el‑Oleya–, el visitante descubre una panorámica desconocida del Albaicín: el barrio se descuelga hacia el cauce del río Darro y, más allá, se levanta la colina roja, cuajada de vegetación, que sirve de pedestal a la omnipresente Alhambra. El corte transversal del barrio resulta inédito para una vista acostumbrada a la perspectiva de las tarjetas postales. En aquel cementerio, al cual se accedía por la desaparecida Puerta del Osario, los cristianos erigieron a principios del siglo XV la llamada Cruz de la Rauda, al pie del promontorio que sirve de mirador.

Granada es ciudad de colinas y cuestas: en su accidentado terreno reside su belleza. Granada es también una ciudad que ofrece diversos puntos de vista, alturas, panorámicas variadas y callejones que descubren siempre una nueva visión del enorme monumento rojo –«esqueleto de sultana» que decía García Lorca–. En la ciudad de las colinas, a la que algunos buscaron la fundación mítica de las siete reservada a Roma, una tiene fama mundial por acoger en su cumbre el inevitable e impresionante conjunto monumental de la Alhambra –en la colina roja–, el más importante de los palacios árabes conservados en Occidente. Frente a la Alhambra se yergue otra colina donde descansan unos barrios, con más antigüedad que el propio Palacio Nazarí. Este grupo de barrios, de estructura musulmana, con calles estrechas –difíciles, pero que propocionan sombra– es conocido como el Albaicín. Barrios que en otros tiempos gozaron de los colores azules, rojos y verdes en sus tejados, puertas y persianas y que actualmente se ciñen a la imagen, poco fiel a su tradición, de los pueblos blancos, encalados e impolutos.

La historia del Albaicín, y por extensión la de Granada, llegó a su punto crucial en la instauración de iglesias en mezquitas y cruces diseminadas por el barrio. La llegada de los castellanos –y su enfrentamiento con los moriscos a lo largo del siglo XVI– marcó la fisonomía del Albaicín. Se conservan los aljibes –depósitos de agua subterránea– anejos a las ubicaciones de las mezquitas –hasta treinta en la época nazarí– y sobre ellas se edificaron los templos cristianos, reconvirtiendo los alminares en campanarios. Así permanece el Albaicín, a pesar de la brutalidad ejercida en el recinto por parte del moderno urbanismo, sobre estratos de civilizaciones.

El devenir del barrio se pierde en siglos y leyendas. Allí debió ubicarse el foro romano de la antigua ciudad de Ilíberis, municipio del Imperio y sede de un famoso concilio. Así pretendieron probarlo unos improvisados arqueólogos autóctonos en el siglo XVIII, cuyos alocados trabajos les acarrearon más de un juicio por falsificación. Sería allí donde se dieron los primeros asentamientos árabes en Granada, inicio de lo que sería la época dorada de la ciudad. Pocos años después de la derrota visigoda junto al Guadalete, el wali de Ilbira Ased ben Abderrahman el Xeibani ordenaría obrar en el recinto de la colina que se eleva en la margen derecha del río Darro. Allí se elevó la Alcazaba –llamada Casbah Cadima, o Alcazaba vieja tras la construcción de la Alhambra– que aún pervive, en lamentables condiciones. La casbah determinó el crecimiento del barrio, comenzaron a fundirse los barrios originales. Uno de ellos, el Albaicín tomaría su nombre al ser lugar de acogida y refugio de los musulmanes expulsados de Baeza y Úbeda tras la conquista castellana por las tropas del rey Fernando III en el año 1227 y que se asentaron en los extrarradios, al noroeste de la antigua ciudadela, llamándose así «Rabad al Baecín» –arrabal de los baezanos–. Pero parece ser que la filología no soporta esta hipótesis. Más bien, su origen reside en la denominación de Arrabal de los halconeros. El impulso, sin embargo, que toman los asentamientos en esta época es capital. La vieja ciudadela se amplía y toma la forma que mantiene en la actualidad: la muralla construida entonces sólo se mantiene algunos trechos en pie. Pero se conservan puertas de acceso de la época, e incluso anteriores: Arco de Elvira, de Monaita, de Fajalauza, de las Pesas o Puerta Nueva, del Postigo...

Si la dinastía Nazarí en el siglo XIII emplazó en la colina contigua su palacio real –la Alhambra–, dos siglos antes la dinastía Zirí se decidió por la colina del Albaicín, la embelleció y elevó sobre esta sus residencias reales. La dinastía Zirí, tras la caída del califato, erigió Granada en capital de su reino y rehízo las antiguas murallas de Xeibaní. El fundador de la dinastía, Zawi ben Ziri, promovió el traslado definitivo de la población de la vecina ciudad de Elvira hacia el nuevo recinto. La ciudad ya se había apropiado del nombre que recibía el asentamiento   judío del Mauror, pequeña colina más al sur de la Sabika –o Barranco de la Plata derretida– junto a la colina donde se levantaría posteriormente la Alhambra. Tal asentamiento tenía por denominación «Garnatha al Yeud» –villa de los judíos–. El tercer monarca Zirí, Badis ben Habús, edificó un espléndido palacio que recibió el nombre de la Casa del Gallo del Viento. Su ubicación sería reutilizada por los nazaríes para erigir el Palacio de Daralhorra –residencia de Aixa, la madre de Boabdil– y por los castellanos para el uso de la Casa de la Lona, lugar de mercadería de sedas y lienzos. La mítica Casa del Gallo del viento estaba rematada por una veleta con la imagen de un guerrero a caballo. Dice la leyenda, que sería recogida por Washington Irving en su colección de Cuentos de la Alhambra, que el rey Badis consideraba al guerrero un talismán, el guardián de al Ándalus, que poco pudo hacer ante las invasiones beréberes que terminaron con el poder zirí en el siglo XI.

La posterior historia del barrio enlaza con el esplendor de la dinastía nazarí y el progresivo ensanche del amurallamiento que vino a unir el recinto del Albaicín genuino con la vieja casbah. Ni siquiera la construcción de la Alhambra en el siglo XIV restó importancia a un barrio que contaba con una población cercana a los 30.000 vecinos.

La llegada de las tropas castellanas conllevó la reforma de las mezquitas, la fundación de iglesias, la construcción de las bellísimas torres de los mudéjares –de los moriscos, o musulmanes respetados por los castellanos y con la categoría de vasallos– y el derrumbe de parte de la muralla y algunas antiguas puertas de acceso a la ciudadela. Fue el Albaicín quien alimentó las rebeliones moriscas del siglo XVI. Eran frecuentes los altercados entre los mudéjares y las guarniciones de soldados castellanos. La leyenda refiere el inicio de un motín a fines del siglo XV cuando unos alguaciles prendieron a una morisca que fue liberada por un grupo de moriscos armados. Estos, envalentonados, cercaron la casa del Cardenal Cisneros y fueron disueltos por las tropas del Conde de Tendilla establecidas en la Alhambra. Pero sería la orden de cierre de los baños públicos y la obligación del cambio de indumentaria mudéjar la que encendería definitivamente la mecha de la rebelión en la navidad del año 1568.

Moriscos de la comarca de la Alpujarra, al sur de la ciudad, iniciaron la revuelta. En el Albaicín se fraguaba un plan que se pondría en marcha el mismo 2 de enero, aniversario de la entrada de los Reyes Católicos en la ciudad. El plan pretendía atacar simultáneamente, desde tres puntos del Albaicín, la cárcel, la Chancillería y la sede de la inquisición. El impulsivo Abén Farax, tintorero, y uno de los principales conjurados, entró con sus tropas reclutadas en pueblos cercanos, de noche en el barrio. Pocos fueron los vecinos que respondieron a su llamada rebelde. Abén Farax dio al traste con el plan del motín y hubo de huir ante la terrible respuesta castellana. Las consecuencias de la frustrada rebelión –y el posterior castigo– fue la ruina del Albaicín. Casi toda su población fue expulsada, y a principios del siglo XVII, no tenía más de un millar de vecinos. La Chancillería facilitó a todos aquellos que estuviesen dispuestos al cuidado de las casas, el acceso a la propiedad. Este fue el momento del abandono definitivo de la población mudéjar y el asentamiento de la población cristiana otorgó otro de los rasgos característicos del barrio, que se extendió en los siglos siguientes: las hornacinas con imágenes de vírgenes y santos repartidos por las fachadas.

En los siglos siguientes, el Albaicín se adornaría con nuevas construcciones: la Casa de la Lona, la Casa de los Mascarones –que fue habitada por el poeta Soto de Rojas y el imaginero José de Mora– y otras casas solariegas, e iglesias donde aparece la mano de Diego de Siloé. Desde entonces hasta ahora, muchos han sido los edificios derruidos, las obras urbanísticas inconvenientes, el abandono paulatino del barrio a lo largo del siglo XX, el irreparable daño del tráfico rodado, pavimentaciones inadecuadas, tala de árboles, ruina de antiguas casas de moriscos ante la indiferencia y desconocimiento de sus dueños y tantas otras calamidades.

Aquel barrio que cautivó a los visitantes europeos –escritores, grabadores, pintores, músicos– a fines del siglo XIX y principios del XX sobrevive en el XXI visitado por turistas y bohemios, a duras penas, a pesar de ser Patrimonio de la Humanidad desde el año 1995. Se mantiene en pie y, poco, a poco pretende recuperar el esplendor perdido, sigue ofreciendo esa imagen inédita de la ciudad; un monumento y un barrio siempre presente en los tratados de Arte. No en vano, los habitantes del Albaicín, cuando bajan la Cuesta de San Gregorio hacia el corazón de Granada, siguen diciendo «Bajo a Granada». Como si el barrio fuese otra ciudad. Como hace mil años.


ÚLTIMA ACTUALIZACIÓN, 2023