miércoles, 16 de septiembre de 2009

HISTORIAS IMPERFECTAS DE FRANCIA: JEAN GENET

Había llegado a la ciudad milenaria, frente a él imaginaba que se elevaba en el horizonte la silueta de otro continente. Se paró a mirar fijamente esperando diferenciar en el viento los cuerpos delgados de los jóvenes árabes de los que tanto hablaban en los suburbios de París. El manco lo tomó por la cintura y lo condujo por las estrechas calles mal iluminadas. Marineros borrachos se paraban en las esquinas, se acariciaban unos a otros las nalgas y pretendías masturbarse haciendo piruetas y acrobacias para mantener en pie el pene y la postura. Stilitano lo condujo a una taberna maloliente. “Sube con el señor Norberto”, dijo. El patrón de la taberna salió de la barra y le palpó con manos blandas. Ya en la habitación. Norberto lo aplastó. Penetró tranquilamente hasta que lo tocó con su barriga, lo atraía contra sí con ambas manos, súbitamente horrorosas y potentes; se asombraba de sufrir tan poco. “No duele, no hay nada que decir, sabe tocar”.

Condujo instintivamente el movimiento preciso, como descubriendo una naturaleza casi olvidada desde los tiempos del reformatorio y las durezas corporales del joven Villeroy. Sabía exquisitamente que estaba produciéndose una alteración que hacía de él un hombre en manos de otro hombre. El patrón babeaba y gemía cuando él se apartó delicadamente y empezó a acariciar el vientre enorme de aquel desgraciado que hacía por ocultar un miembro ya gastado. Fue cuando rebuscó el enorme machete entre sus ropas y lo rajó entero. Mientras el patrón se retorcía como queriendo cerrarse en la herida, el joven Jean vio al manco Stilitano en el umbral. “Recoge”, ordenó. Se vistió como pudo, pisando el cuerpo ya casi inerte. “No era preciso que dejases que te la metiese”. Jean quiso no oír la recriminación. “Yo soy tu chulo”. El manco casi lloraba cuando volvieron a la oscuridad del puerto de Cádiz.

(El Erizo Abierto, número 5, abril 1995)

sábado, 12 de septiembre de 2009

DETECTIVES EN LA GUANTERA 12: ERLENDUR SVEINSSON




Los autores nórdicos suelen utilizar, como personajes, individuos solos y solitarios. La luminosidad familiar del Mediterráneo, o la pasión por su pareja, sólo pierde la color en la Barcelona cosmopolita, a veces deshumanizada, de Carvalho y Méndez. La familia es un concepto universal (en todas su formas: de la nuclear a la extensa, de la monoparental a la liderada por la abuela) que tiende a desvanecerse en la literatura anglosajona, sobre todo en los detectives de bajos fondos de los cuarenta-cincuenta del Siglo XX, que parieron la novela negra con culos de güisqui y resacas en gabardina.
El Mediterráneo alumbró los detectives con mujer e hijos, con problemas caseros y desplantes conyugales. Cuanto más ascendemos en latitud más solitarios parecen los detectives: Gunther viudo y con infelices noviazgos; Fandorin con la novia asesinada aún de blanco; Gunnarstranda y Frolich hacen pinitos torpones en citas de café; Blomkvist y Salander comen precocinados; el viejo Selb intenta rehacer una familia con una mujer, hijo incluido, para justificar el árbol de Navidad con adornos de latas de sardina; Wallander sólo tiene una hija (y un padre que sueña con viajar a Egipto); Poirot decía que tenía un hermano, Aquiles, otro nombre de héroe. La excepción más relevante la constituye el impávido Martin Beck de Sjöwall y Walhöö, con matrimonio infeliz e hijos con los que apenas habla, pero vacaciones en las islas: hasta que llegue el día de la separación.

Más abajo, hacia el Sur, Carvalho sólo tiene como familia al minúsculo Biscúter y la sufridora Charo; a Méndez no se le conoce; al Innombrado detective casual de Mendoza, una hermana puta. Pero es típica la situación de Montalbano, en constante involución con Livia, la norteña: detectives con pareja, y a ser posible con empleada de hogar. Mario, el Conde de La Habana, recupera a su amor de juventud y tiene la amplia familia de entrañables amigos, y sus madres. Similar a Montale, amigos, amores y vecinos. Jaritos sufre con los devaneos estudiantiles y amorosos de su hija y ve por las tardes aburridos seriales con Adrianí. El romano Gordiano aumenta su familia constantemente con la manumisión de sus esclavos. Brunetti es el modélico padre veneciano. Es decir, al Sur de París existe vida más allá del trabajo, hay tramas que no conducen al cadáver. Hay desayunos, almuerzos en familia, complicaciones domésticas, exámenes de la prole, compras en el mercado.

Ya que Erlendur Sveinsson, el personaje de Arnaldur Indridason, es islandés, su familia está descompuesta. Con la cincuentena cumplida aún no sabe porqué abandonó a su mujer y sus hijos hace veinte años. Eva Lind, su hija, pasea por el céntrico barrio del caballo, preñada y enganchada. Su otro hijo sólo aparece por teléfono. Su ex mujer, lo hace fugazmente, para recriminarle el abandono conyugal.

Islandia, a los ojos del Sur, resulta exótica. Una isla con una exigua población, bastante homogénea (como buen campo de pruebas para hacer experimentos de transmisión de enfermedades genéticas). Con noches largas como meses y días que cumplen las dos funciones del término (veinte y cuatro horas y claridad diurna). Historias de desaparecidos en la ventisca siguiendo sus ganados, rudos marineros hundidos cerca del círculo polar ártico. Gente que se habla de tú y por el nombre de pila, ya sea con los desconocidos o con los superiores jerárquicos.

Indridason trabaja desde cierto lenguaje poético. Si bien sus tramas no son contundentes, los temas de fondo contraen la dureza de la infancia, los recuerdos insepultos, la violencia de género (cuando no se llamaba así), y como una suerte de “Cold Case”, mucho más congelado, se resuelven casos de décadas atrás. Al menos en las novelas publicadas en España, recientemente, por RBA. Hay otra sociedad debajo de la nieve y el hielo, en la tierra fresca de la podredumbre. La pequeña isla que era envidia del capitalismo ahora anda en bancarrota. Reikavik es una capital de aluvión: gentes de pueblos llenaron barrios de obreros y braceros, se extiende por los valles y los lagos. En ese sótano social deambula Eva Lind. Hasta allí va Erlendur, intentando limpiar la culpa del abandono de sus hijos, allí conoce a niñas con quemaduras de cigarro, traficantes y asesinos a sueldo, frecuenta bujíos de opio y apestosas viviendas de squatters.

Otra Islandia. Como en un mantra, Indridason vuelve continuamente a otra Islandia. No sólo aquella subterránea donde posiblemente aparezca algún día muerta la esquelética hija de Erlendur, sino hacia la Islandia de antes: la del aluvión; la de la ocupación aliada (con permiso gubernamental, ante el temor nazi) que fue utilizada como base por ingleses y americanos; la de la fiesta orgiástica en el gasómetro, el día que se esperaba el fin del mundo con la llegada del cometa Halley; la de la fiesta de Thingvellir, trigésimo aniversario de la República. Erlendur termina por chocar con crímenes antiguos, en los que emplea una amplia serie de recursos policiales, que resulta altamente sospechoso.

Indridason peca de un artificioso manejo de los tempos de la narración. Retrasa el desvelo al lector de manera a veces más engorrosa que inquietante. Desplaza por los capítulos resoluciones que estaban a pique de un remate, de modo innecesario, quitando caramelos de la boca, sin arte ni motivo. Sucede sobre todo en La mujer de verde, donde el doble desarrollo de la trama confluye al final: un final desplazado de manera constante y sin justificación. Queda así la sensación de haber asistido a un juego de manos del autor, más que a un despliegue de contundencia narrativa y suspense.

Pocos son los secundarios en el ambiente frío de la soledad. Sigurdur Óli, antipático y joven compañero de Erlendur; Elínborg, policía curtida, creyente en médiums y eficaz. Y poco más, un jefe caradura que se da de baja para escaquearse y antiguos colaboradores de Jefatura. Una hija drogadicta y un hijo que no aparece. Una ex-mujer vengativa y tan desmejorada. Un hermano muerto, en la infancia, entre la tormenta. Y nada más. Qué vida más triste.

Libros publicados de Arnaldur Indridason, serie Erlendur, en castellano:

Las Marismas, RBA, 2009
La mujer de verde, RBA, 2009
La voz, RBA, 2010
El hombre del lago, RBA 2010

Artículos relacionados:
1001 libros
La Vanguardia
El País

(Septiembre 2009. Alfonso Salazar. Actualizado en diciembre 2011)

viernes, 11 de septiembre de 2009

EL BOSQUE DE FONTAINEBLEAU

Los trenes llevan a Fontainebleau, como las canciones comunes y los recuerdos. Los trenes atraviesan la campiña, donde los cables eléctricos hacen juegos visuales uniéndose y desuniéndose, como si la vida fuese al fin y al cabo sólo eso: trenes y cables, constante unión y desencanto, paradas técnicas, estaciones terminales, despedidas y encuentros, avisos y revisores. Quedan atrás los barrios marginales que cambian de un año para otro, creciendo y menguando, mejorando infraestructuras, alargándose los tentáculos de la ciudad hacia donde engendra los últimos ramajes del continente.

Pero pasadas las estaciones de los arrabales, la placidez se encontraba en los pueblos de Francia y todo parecía dirigirse y estar hecho para el bosque de Fontainebleau, donde aguardaban los espectros de todo el tiempo a caballo, con calzas y levitas, pelucas blancas y miriñaques. Encuentro con un pasado, presente constante, siempre estacionada entre el quince y el veinte de septiembre.

Era conocida la hospedería como todos los años, y era reconfortante recubrirse con las sábanas del Duque, mirar fijamente los cuadros de monterías, los rostros antiguos y enfermizos de quienes habitasen aquel hotel, antes pequeño pabellón perteneciente a la corona, donde los descendientes del Rey Sol ejercitaban el adulterio en correrías nocturnas y la reina trataba a sus tiernas amantes, oculta en el desamor y el poder, pendiente la cuchilla próxima a su cuello. Preguntó al conserje por la visita esperada y le comunicaron que la mujer vagaba por los senderos cerca del río desde muy temprano.

Dispuso el poco equipaje en la cómoda y los enseres del aseo junto el lavabo: guardó como recuerdo las pequeñas pastillas de jabón de cada septiembre, y sintió un suave mareo al recogerlas. En ropa de lana y cuero bajó hasta el río, respirando hondo la fragancia y dando por iniciadas las pequeñas vacaciones que suponen siempre un paso más, el avance de otro año y ya casi los treinta. Ella estaba apoyada en la baranda de madera que protegía el pequeño embarcadero, mirando el agua oscura sembrada de grandes lirios flotando como si llevasen el cuerpo de una mujer. La brisa que abría las ramas acertaba en la melena rubia y ofrecía la imagen más joven que recordaba: diez años atrás en otra ciudad, cuando se perdían en la noche entre combinados de naranja y la conversación ambigua en frases de idioma variable, y esperaban terminar en el temblor de los huesos ante la presencia desnuda.

Se acercó acechante para susurrarle el buenos días, simple, en el oído y se repitió el saludo mantenido a través del tiempo, el abrazo como si el septiembre anterior hubiese concluido la semana pasada, en un vertiginoso juego de lo relativo, de la separación y la vida estanca, clasificada, como si no fuese esta todos los días, sino aquella de algunos.

Se preguntan sobre el trabajo rutinario, los viajes que dejó el verano, la llegada de nuevo a la antigua hospedería, el miedo en los rostros de óleo y cómo consiguieron otra y esta vez los mismos números en las habitaciones, para borrar los doce meses transcurridos y enganchar días como días, de años consecutivos crear otro. Retoman el paseo en la alameda, descubren la ligera llegada del otoño en las hojas que enmarcan el suelo, avanza una mano sobre la otra y los dedos se abren y se cierran asegurándose en el mismo tacto.

- Me casé el pasado abril. No me atreví siquiera a avisarte. De todas formas no habrías venido a Holanda, no hubiese querido que vinieses a Holanda.

El paisaje se hace gris a cada paso, cuando se añaden horas sobre horas y atardece. “Yo habría hecho lo mismo”, dice. Y vuelven a la conversación común que separa la distancia el resto de los días, las ocupaciones y los otros amores. Parece que todo lo tienen en común, que serán agradables las cinco tardes venideras paseando bajo los álamos que en todo coinciden.

- Estar cinco días junto a ti – piensa- es estar toda la vida; pero estar toda la vida junto a ti, no es estar este tiempo contigo.

Se comprueban en la textura de los troncos, las caricias en el dorso de la mano y la lengua buscando la palabra justa en la boca otra. Hablan de la difícil convivencia, de las miserias de cada día, de esa pequeña manía que al principio pasó inadvertida y pronto se hizo un mundo, un motivo de divorcio; coinciden en el reproche de la rutina, de los días repetidos, de la exigencia en la pareja, y se prometen felicidad eterna cinco días en Fontainebleau, allí donde nunca hay mañana y siempre próximo año. Allí donde nunca reside el amor empequeñecido por el paso de aliento de las mañanas y la queja constante, el dolor de cabeza y los críos.

- Estoy embarazada. Será en Febrero. Quisiera que estuvieras conmigo en Madrid, sigo viviendo sola en aquel apartamento enorme.

Ella promete el viaje, y se abrazan entonces buscándose la caricia tierna en los pechos, y la promesa de las noches que quedan.

(1994)

jueves, 10 de septiembre de 2009

"EL DETECTIVE DEL ZAIDÍN" EN EL CLAVO EN LA PARED, POR JESÚS ORTEGA

Desde que el Lazarillo de Tormes alcanzase la cúspide del éxito social como pregonero malcasado, y sobre todo desde que un cincuentón loco y su gordo ayudante salieran por la Mancha a buscar aventuras y hacer el ridículo, la literatura castellana dejó establecidas algunas de las coordenadas impostergables de su tradición. Algunas de ellas -incluso desde antes, desde siempre- son el inveterado realismo (el terrenal Cid Campeador frente al mágico rey Arturo), el costumbrismo (el buscón Pablos con su vestido de escupitajos) y la sátira social (del Arcipreste de Hita a Rafael Azcona: la risa amarga que señala los vicios y distingue entre verdad y mentirosa apariencia, entre lo que se es y lo que se pretende ser).
LEER MÁS

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Otro "listo" al volante. Apañados estamos.

Alguersuari se une al tópico: "Las mujeres conducen bastante peor que nosotros"
El piloto de Fórmula Uno Jaime Alguersuari atendió al Diario 'Marca' y respondió a algunas cuestiones tan delicadas como la de "¿quién conduce mejor, hombres o mujeres?


Sport.es BARCELONA
"Definitivamente, las mujeres conducen bastante peor que nosotros. Lo siento", opinó el joven piloto de Toro Rosso. LEER MÁS

lunes, 7 de septiembre de 2009

Bateson

Así como existe una ecología de las malas hierbas, existe una ecología de las malas ideas.

Gregory Bateson

(Cita de Vers l´ècologie de l´ésprit, tomo II, París, Le Senil, 1980, citado por Félix Guattari en Las Tres ecologías, Pre-textos, 1996)

martes, 25 de agosto de 2009

DETECTIVES EN LA GUANTERA 11: KOSTAS JARITOS




El detective creado por Petros Markaris, el griego Kostas Jaritos, comisario de la Dirección de Seguridad del Ática, reúne todas las condiciones del tipo poco relevante en su vida privada, sencillo, marcado por la historia del país. Decía Juan Carlos Rodríguez que en España no podía haber novelas policíacas porque sólo había torturadores. Y en Grecia tres cuartos de lo mismo: la dictadura fascista de Metaxás de 1936, que acabó con la bamboleante República de 1924 con restauraciones monárquicas por medio, la pertenencia al Tercer Reich, la división entre partisanos y colaboracionistas y la consiguiente guerra civil al fin de la II Guerra Mundial, la instauración de reyes marionetas de generales, la represión hacia los comunistas, la dictadura de los coroneles y una situación política que se estabilizó en los años setenta-ochenta. ¿No les suena la historia? No es idéntica al otro país europeo que mete los pies en el Mediterráneo, en el extremo oeste, pero casi. La historia de aquí.

De ese panorama procede Kostas Jaritos, de una policía que siempre fue sospechosa de convidarse con el poder de los militares y que contaba con una largo historial de represiones, de cárceles y sótanos con el sudor del miedo pegado a las paredes (Makrónisos, Jaidari, Bubulinas). Para aquella policía tuvo que trabajar Jaritos, hijo de un carabinero, y allí conoció a compañeros sin piedad y enemigos con nobleza. Pero no todo en las aventuras de Jaritos es la mirada hacia atrás: ése es sólo un ciclorama desteñido. La historia de la policía griega dejó atrás a sus torturadores, y sólo aparecerán como una terrible pesadilla, que incluso a veces –el retorno de aquellos fantasmas- posibilitarán al comisario desbrozar algún enrevesado caso.

Hay más, porque la ciudad que los acoge, Atenas, es tan sabrosa en matices como para facilitar al autor un riquísimo repertorio del que echar mano: desde la proverbial burocracia mediterránea hasta el tráfico imposible de largas caravanas, bocinazos e insultos. Desde la vital importancia del fútbol al paraíso de las islas griegas y la placidez de las tabernas de El Pireo. Del sol y calor de agosto a los chubascos impredecibles de otoño. Todo ello en las calles retorcidas de Platka, en las avenidas señoriales de Kolonaki, por las carreteras siempre atestadas que llevan a Corinto o Salónica, las cuestas de Likavitos y los barrios y pueblos menos turísticos de Nea Filadelfia, Rentis o Kiffisiá. Y definitivamente, las instalaciones abandonadas del sueño de las Olimpiadas de 2004, ahora refugio de inmigrantes ilegales, lugar ideal para ejecutar un asesinato o irse de pesca a los canales de remo.

El fabuloso paisaje descrito por Markáris se completa con una serie de secundarios impecables. En su familia (un detective mediterráneo como debe ser, con familia), su esposa abnegada Adrianí, enganchada a las telenovelas y especialista en cocinar tomates rellenos. Y su hija Katerina, doctoranda en Derecho y amancebada –para desesperación de Adrianí- con Fanis Uzunidis, el médico que salvó a Kostas de morir infartado. Y en comisaría, con el poliédrico Guikas, Director General de la Policía, arribista, servil con los superiores y cruel con los subalternos; el policía Zanasis, que le salió rana en la primera novela; Kula, la secretaria del jefe, y sus colaboradores Dermitzakis y Vlasópulos, desesperados por esa manía del comisario Jaritos de seguir utilizando su Mirafiori, un vehículo ya anacrónico y sin aire acondicionado con el que resulta imposible combatir el desesperante calor de las avenidas atenienses repletas de coches. Y personajes del pasado: Zisis el comunista a quién vigiló en Bubulinas y Kostarás, el policía asesino que terminó recluido en un asilo.
Si hay dos asuntos que preocupan a Markáris son la recepción de la inmigración y los medios de comunicación. Muchas de sus víctimas pertenecen a uno u otro colectivo. Mientras para unos reserva cierta misericordia, para los otros, los personajes vinculados con la televisión (sobre todo) aplica sus peores calificativos. Especialmente hacia el pijo periodista Sotirópulos –personaje continuo en la serie- o para los dueños de las cadenas de televisión reunidos de manera patética en “El accionista mayoritario”. La televisión, en las novelas de Markaris preside las vidas de los ciudadanos, los absorbe, los hipnotiza. Con ella convive Kostas Jaritos, mirándola siempre de soslayo, temiéndose lo peor: el ataque de los buitres sobre los pedazos sanguinolentos de los cadáveres, de almas destrozadas, de condenados que cumplieron condena y que ahora sólo deben preocuparse de la persecución de las cámaras.

En su primera novela, una periodista es asesinada; en su tercera un suicidio se realiza ante las cámaras; en la cuarta alguien intenta terminar con la publicidad en televisión asesinando a los modelos publicitarios. Inevitablemente, y a la espera de que Internet lo remate, la televisión y sus tejemanejes terminan por hacer la vida aún más difícil al Comisario Jaritos.

La última entrega publicada en España (“Muerte en Estambul”) evoca un viaje que tiene mucho de sentimental. Al fin y al cabo, Markáris es un griego nacido en Estambul. Por allí anda Jaritos, y como la inevitable Jessica Fletcher se tropieza con un asesinato (un cadáver en Grecia, una asesina en Estambul) y buceará en las calles turcas, acompañando a un grupo turístico en el que le enredó Adrianí, redescubriendo la historia de los griegos de Turquía. Otro homenaje a la historia griega.

En conclusión, y sólo tratando de detectives euromediterráneos frente a los adustos detectives españoles –aunque Carvalho disfrute de las habilidades culinarias de Biscúter-; frente al elegíaco, melancólico y marsellés Fabio Montale; frente a los italianos –el aburguesado Brunetti, un cínico Montalbano-, aparece el familiar y preocupado Jaritos, un tipo, tal y como lo define el propio Markáris, (...) de lo más corriente, que gana un mal sueldo, que tiene una familia a la que quiere y a la que tiene que alimentar y un jefe que le impone respeto y al que teme.


Novelas de Jaritos publicadas en castellano:
Noticias de la noche (Ediciones B, 2006)
Defensa cerrada (Ediciones B, 2006)
Suicidio perfecto (Ediciones B, 2004). Descatalogado.
Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos (Ediciones B, 2006)
El accionista mayoritario (Tusquets, 2006)
Muerte en Estambul (Tusquets, 2009)
Con el agua al cuello (Tusquets, 2011)

Mapa de "Muerte en Estambul"

(Agosto 2008. Alfonso Salazar. Actualizado en diciembre 2011)

martes, 18 de agosto de 2009

CRÍTICA DE MIGUEL ÁVILA CABEZAS A "EL DETECTIVE DEL ZAIDÍN"

EL DETECTIVE DEL ZAIDÍN: TODO ES POSIBLE EN GRANADA
por Miguel Ávila Cabezas

Me viene a la memoria (como anillo al dedo neuroemocional) aquel eslogan que allá por los promisorios 60 ó 70 (no sé, ahora no me acuerdo) presentaba la levítica Granada como una ciudad en la que todo, pero que todo, era posible. Y en verdad que no anduvo muy descaminado el posibilista utópico que ideó la frasecita en cuestión pretendiendo ayuntar -no sé si a caso hecho- el Todo y la Nada, esto es, el Alfa y el Omega entre los que se contempla ufano el universo entero. Ya lo vemos, con tan sólo cinco (5) palabras de las que únicamente tres poseen eso que el lingüista de guardia apuntaría como “pertinencia semántica”. Que todo es posible en Granada lo pueden certificar, digo yo, más de uno e, incluso, más de dos. (...) LEER COMPLETO

sábado, 8 de agosto de 2009

COSTURERILLAS (13 ROSAS ROJAS)

Costurerillas del 36,
hijas del no pasarán.
Cigarreras de Sevilla
del Partido Liberal.

Enfermeras de Devonshire
Segunda Guerra Mundial.
Mignones que cantan Edith Piaf
en la Plaza de Pigalle.

Mujeres de pólvora y carmín
de rabia y libertad.
Esas sí, Comuna de París,
van dejando estelas en el mar.

Las que dijeron que no
cuando hablar estaba mal.
Las que dijeron sí
y guardaban un puñal.

Las que tienen velo sin querer.
Las que cuidan viejos sin quejar.
La que no fue madre
pero acuna hasta dormir.

Mujeres de plazas y de pan.
De colas largas y costal.
Esas sí, madres del maquís,
van dejando estelas en el mar.

A LA GREÑA

Socialistas y Comunistas se disputan su memoria. Como hace 70 años. Así nos va.

Estas son, de nuevo las 13 rosas (rojas), como decíamos en un post de hace un año.

(Información tomada de Público)

Las 13 rosas
Carmen Barrero Aguero (20 años, modista). Trabajaba desde los 12 años, tras la muerte de su padre, para ayudar a mantener a su familia, que contaba con 8 hermanos más, 4 menores que ella. Militante del PCE, tras la guerra, fue la responsable femenina del partido en Madrid. Fue detenida el 16 de mayo de 1939.
Martina Barroso García (24 años, modista). Al acabar la guerra empezó a participar en la organización de las JSU de Chamartín. Iba al abandonado frente de la Ciudad Universitaria a buscar armas y municiones (lo que estaba prohibido). Se conservan algunas de las cartas originales que escribió a su novio y a su familia desde la prisión.
Blanca Brisac Vázquez (29 años, pianista). La mayor de las trece. Tenía un hijo. No tenía ninguna militancia política. Era católica y votante de las derechas. Fue detenida por relacionarse con un músico perteneciente al Partido Comunista. Escribió una carta a su hijo la madrugada del 5 de agosto de 1939, que le fue entregada por su familia (todos de derechas) 16 años después. La carta aun se conserva.
Pilar Bueno Ibáñez (27 años, modista). Al iniciarse la guerra se afilió al PCE y trabajó como voluntaria en las casas-cuna (donde se recogía a huérfanos y a hijos de milicianos que iban al frente). Fue nombrada secretaria de organización del radio Norte. Al acabar la guerra se encargó de la reorganización del PCE en ocho sectores de Madrid. Fue detenida el 16 de mayo de 1939.
Julia Conesa Conesa (19 años, modista). Nacida en Oviedo. Vivía en Madrid con su madre y sus dos hermanas. Una de ellas murió de pena (por la muerte de su novio en las guerrillas) estando ella detenida. Se afilió a las JSU por las instalaciones deportivas que presentaban a finales de 1937 donde se ocupó de la monitorización de estas. Pronto se empleó como cobradora de tranvías, ya que su familia necesitaba dinero, y dejó el contacto con las JSU. Fue detenida en mayo de 1939 siendo denunciada por un compañero de su "novio". La detuvieron cosiendo en su casa.
Adelina García Casillas (19 años). Militante de las JSU. Hija de un guardia civil viudo. Le mandaron una carta a su casa afirmando que sólo querían hacerle un interrogatorio rutinario. Se presentó de manera voluntaria, pero no regresó a su casa. Ingresó en prisión el 18 de mayo de 1939.
Elena Gil Olaya (20 años). Ingresó en las JSU en 1937. Al acabar la guerra comenzó a trabajar en el grupo de Chamartín.
Virtudes González García (18 años, modista). Amiga de María del Carmen Cuesta (15 años, perteneciente a las JSU y superviviente de la prisión de Ventas). En 1936 se afilió a las JSU, donde conoció a Vicente Ollero, que terminó siendo su novio. Fue detenida el 16 de mayo de 1939 denunciada por un compañero suyo bajo tortura.
Ana López Gallego (21 años, modista). Militante de las JSU. Fue secretaria del radio de Chamartín durante la Guerra. Su novio, que también era comunista, le propuso irse a Francia, pero ella decidió quedarse con sus tres hermanos menores en Madrid. Fue detenida el 16 de mayo, pero no fue llevada a la cárcel de Ventas hasta el 6 de junio. Se cuenta que no murió en la primera descarga y que preguntó "¿Es que a mi no me matan?".
Joaquina López Laffite (23 años). En septiembre de 1936 se afilió a las JSU. Se le encomendó la secretaría femenina del Comité Provincial clandestino. Fue denunciada por Severino Rodríguez (número dos en las JSU). La detuvieron el 18 de abril de 1939 en su casa, junto a sus hermanos. La llevaron a un chalet. La acusaron de ser comunista, pero ignoraban el cargo que ostentaba. Joaquina reconoció su militancia durante la guerra, pero no la actual. No fue conducida a Ventas hasta el 3 de junio, a pesar de ser de las primeras detenidas.
Dionisia Manzanero Salas (20 años, modista). Se afilió al Partido Comunista en abril de 1938 después de que un obús matara a su hermana y a unos chicos que jugaban en un descampado. Al acabar la guerra fue el enlace entre los dirigentes comunistas en Madrid. Fue detenida el 16 de mayo de 1939.
Victoria Muñoz García (18 años). Se afilió con 15 años a las JSU. Pertenecía al grupo de Chamartín. Era la hermana de Gregorio Muñoz, responsable militar del grupo del sector de Chamartin de la Rosa. Llegó a Ventas el 6 de junio de 1939.
Luisa Rodriguez de la Fuente (18 años, sastra). Entró en las JSU en 1937 sin ocupar ningún cargo. Le propusieron crear un grupo, pero no había convencido aun a nadie más que a su primo cuando la detuvieron. Reconoció su militancia durante la guerra, pero no la actual. En abril la trasladaron a Ventas, siendo la primera de las Trece Rosas en entrar en la prisión.