domingo, 19 de enero de 2014

CURSO DE ESCRITURA CREATIVA

Esta semana empezamos ESCRIBIR Y EXPRESAR en CajaGranada, el segundo módulo del Curso de Escritura Creativa que impartimos este año, y aún hay plazas (pocas, pero quedan) para este y el siguiente módulo.




viernes, 3 de enero de 2014

DIGRESIONES SOBRE LA TOMA

Hay celebraciones en muchas naciones que tienen por objeto celebrar un cambio de gobernantes. Los franceses celebran con una religiosidad laica el 14 de julio. Los estadounidenses su 4 de julio. Son estas fiestas  ejemplos de celebración de hechos que justifican en los libros de texto la separación entre el concepto de Historia Moderna e Historia Contemporánea. Jalones temporales donde el cambio en las formas de gobierno abrieron el camino del asentamiento de las democracias constitucionales y la independencia de las colonias, y con ello un cambio en los sistemas sociales.

Pero no dejan de celebrar un primario cambio de gobernantes, lo que resulta siempre pueril para los gobernados cuya mejora solo va en el tiempo y cuyo mediano cumplimiento no podemos asegurar a estas alturas de la Historia. Si se trata de jalear las cadenas, la celebración en Granada del Día de La Toma, es aún más ejemplar, pues en todo caso celebra en esos mismos libros de texto el paso de la Historia Medieval a la Historia Moderna, es decir, un paso por detrás (o un paso atrás en la tradición) de Francia o EEUU.

 



Ciertas fiestas se empeñan en recordar al sometido el hecho de que sigue estando sometido, pero a otros. Considerar que la Toma de Granada celebra la unión de lo que queda del Reino de España es una inexactitud: faltaban por unirse las Islas Canarias, las plazas del norte de África y el Reino de Navarra. Ni siquiera una unión peninsular, el gran anhelo, que con Portugal solo tuvo vigor en algunos años del siglo siguiente. Todo ello, sin que tengamos en cuenta los vaivenes territoriales que tuvieron las Españas en el  tengo no tengo que contemplaron los siglos, desde América y Nápoles a Filipinas y Cuba, pasando por Gibraltar y Menorca. Pero aún aceptando esta trasgresión histórica, esta Toma no se celebra como un hecho nacional, sino particular, en una ciudad. “Toma” no fue conquista sino cesión y entrega de unas plazas, y ni coinciden las fechas. El acuerdo de cesión fue anterior, y la entrada de los nuevos gobernantes -a quienes hay que suponer con esfuerzo, legatarios de gobernantes actuales, por mucho que intente alguno identificarse-, fue posterior. Una disposición del rey católico (consorte del reino de Castilla, pero sobre todo monarca de aragoneses, catalanes, valencianos, baleares y algunos italianos), estableció la celebración, por recordar el sacrosanto momento en que el último reino de casta gobernante musulmana cambió de manos.

Proyectar qué hubiera sucedido si este territorio no hubiese cambiado de gobierno, es un ejercicio divertido de historia ficción, pero solo eso, un pasatiempo que no puede asegurar si el Islam hubiese derivado en la forma de gobierno o sistema social (y derechos) actual que mantienen otros países del área, o no. Existirían a buen seguro diferencias culturales, como existen en la actualidad, y parecidos culturales, que tan poco se toman en cuenta. También sería divertido suponer qué habría pasado en caso de derrota castellano-aragonesa en su disputa con los castellano-portugueses en la guerra civil castellana del siglo XV, es decir si entonces el Portugal de ahora sería un Aragón de entonces o el Oporto sería un vino español. A saber, si los reyes portugueses hubiesen prestado oídos a Colón, si Río de Janeiro hablaría castellano o Buenos Aires se pronunciaría en galego. O si a Felipe II le hubiese salido bien la jugada de emparentar con María Tudor, la Liga BBVA sería la Premier inglesa o al revés.




Pero la mitificación hace estragos en las posturas más irreconciliables. Es lo malo de beber Historia adulterada. En un extremo, la construcción de una identidad nacional ha hecho ímprobos esfuerzos a través de los siglos, con resultados poco alentadores y escasos: para su menoscabo, la variedad peninsular apenas ha sido tomada como un valor, sino como un escollo. Por ello, el hálito de una España que no fue casi nunca (excepto en ciertos periodos fugaces del Antiguo Régimen y en la propaganda de las dictaduras) quiere resarcirse en esa celebración mítica de la Unión Nacional, que no deja de ser un sueño –o pesadilla- romántico, reinventado y mixtificado. La rebeldía de los territorios peninsulares, desde las germanías a los comuneros, del carlismo a las aspiraciones independentistas, han sido reflejo de luchas de poder amparadas en los temperamentos nacionales frente a un temperamento nacional único. Y tras ella, la lucha de clases de las revueltas campesinas y jornaleras, los proyectos cantonalistas y los anhelos afrancesados cabriolearon con el caciquismo, los rescoldos feudales  y la voracidad terrena del poder espiritual.

Pero tampoco los tiempos de la Granada medieval debieron ser un paraíso de tolerancia y pacífica convivencia: no era propio de la época ni constaba en el libro de estilo. La tolerancia hacia los judíos, que rompen sus católicas majestades, era eso, obligada tolerancia. Toda tolerancia nace de la diferencia, no del respeto a todos los iguales, y es un mal menor. También fue tolerancia, la mostrada hacia los cristianos de origen hispano-godo, que si se resistían conformaban los mozárabes -y que con los descendientes de hebreos y extranjeros constituían, a buen seguro, el grupo dominado-, y que si se integraban en los grupos de poder eran considerados muladíes. Dependía de la cuna que te vio nacer. Una condición nada exótica a nuestro tiempo.




La famosa frase de Federico García Lorca, en referencia al antisemitismo e islamofobia, acerca de la celebración de la Toma (se perdieron una civilización admirable, una poesía, una astronomía, una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo…) es una frase que se encuadra en una visión idealista que pasaba por encima de las estructuras de explotación de la época que tanto el musulmán como el cristiano cumplían, y tanto el musulmán como el cristiano sufrían. Pero si el valor del pasado es el Arte no podríamos deducir de esta frase que la arquitectura o la poesía de los territorios norteños, no tuviesen la admiración del poeta, como sí lo tuvo el romance castellano o la tauromaquia, que tan poca trascendencia tuvo en la época islámica de la península. Al fin y al cabo, a la gloria de Dios, de Alá o de Yahvé ha sido levantada gran parte de la creatividad humana en el Occidente, y el Oriente menos lejano, y escasas obras se libran de su vocación divina.

El proceso denominado Reconquista, así como las continuas guerras entre los Reinos de Taifas, son solo una línea más en las guerras civiles peninsulares. En la batalla de las Navas de Tolosa (1212), la diferencia étnica entre contendientes era mínima, aunque se pudiese abundar en unas diferencias culturales y religiosas que se daban tanto en los bandos enfrentados como en el interior de cualquiera de los bandos. Cinco siglos después del advenimiento de la tropas norteafricanas, que se presentaron con una importante escasez de mujeres, la diferencia entre unos y otros residía en temas tan fortuitos como la manera de vestir o el idioma, el dios a quien se oraba o la preparación de los platos. Razones que también se distinguían entre los propios cristianos, y entre los propios musulmanes, entonces, después, y ahora. Al fin y al cabo, se trataba de hispanos, “andalouch”, de aquellos habitantes de la península que habían visto pasar a todos y quedarse con algunos.




Si es pueril, en el sentido en que Einstein consideraba al nacionalismo como el sarampión de la humanidad, la celebración del cambio de gobierno, para seguir en la dominación y recordarlo, podría también parecernos ridículo celebrar la batalla del Guadalete, la victoria de Octavio Augusto que remataba medianamente la romanización, o rebuscar una fecha para celebrar la llegada al trono de Ataúlfo, rey de los visigodos. Por eso, la reciente celebración de los mil años del reino de Granada sigue la misma estela: celebrar el advenimiento de una dinastía, la zirí, para celebración de fastos, cuando la estructura política de ese reino de entonces, quedó con el tiempo reducido a una provincia en el siglo XIX y poco hay de que enorgullecerse. A menos que se pretenda recuperar la memoria de los granadinos de hace mil años, y considerarlos finalmente tan indiscutibles antepasados como los castellanos que repoblaron el sureste en el siglo XVI, cosa que debería calar en el imaginario a través de los manuales de educación, de los conceptos de los medios de comunicación de masas y el talante político.




Quizá, si la festividad del Día de la Toma cayese en la indiferencia o la chufla -como merece la celebración de un cambio de gobernantes que realizaron lo que los gobernantes de entonces solían hacer: expulsiones de moriscos, judíos, gitanos, jesuitas, extraños, raros, rebeldes, republicanos, inmigrantes, y esquilmaciones, explotación y fomento de la miseria-, entonces la extrema derecha, perdería la oportunidad de tomar la celebración como una de las escasísimas posibilidades de reivindicación del concepto España –o llamémoslo Marca- que les queda en el calendario. Desafortunadamente, no se estuvo en su tiempo al tanto de reconvertir el asunto en una cabalgata de moros y cristianos o en un partido de fútbol… A estas alturas no es necesaria una alternativa. No es preciso celebrar un elemental cambio de bandera.




La suspensión de la festividad es una solución plausible, y apropiada en los tiempos que corren, pues Granada dormita en su resaca de fin de año durante dos días y a veces no despierta hasta pasado el día de Reyes. No es propio para tiempos de crisis, donde se derrochan medios humanos policiales y se parten por la mitad las vacaciones de los concejales. Aunque viene estupendamente, para quien no sea concejal, tomarse un día más de descanso. Este es uno de los puntos fuertes de la celebración: hacer el agosto en enero. Pero la suspensión de la festividad no implica la eliminación del protocolo. Una procesión más, aunque sea civil, no estorba en el cargado calendario granadino. Podría hacerse en día laborable, como sucede con la Tarasca, o como el desfile cívico que recuerda a Mariana Pineda, y que quedase tan deslucido como hoy en día lo es el que recuerda a la heroína y lleva sus restos del Consistorio a la Catedral. Por absurdo que quede celebrar la muerte y la ejecución infame, el 26 de mayo conmemora, al fin y al cabo, la deshonra de los gobernantes.

Eso sí, quien reniega de lo acaecido antes de 1492 o quien reniega del devenir posterior, de cualquier modo, se pierde una parte importante de cómo se constituye la historia de la península, los acontecimientos que aquí nos trajeron. Cuesta tanto renegar del vino y el jamón como de la más que posible creación sefardí del cocido con garbanzos. O de decir Ojalá.

Alfonso Salazar

miércoles, 25 de diciembre de 2013

LOS ALEGRES SOVIETS

Una de mis última aportaciones a la aventura de El Erizo Abierto.


Aunque perteneciente a la edición del muy reciente octavo Erizo (Erizo20), el colorido de las ilustraciones nos obliga a colocarlo en este blog, ya que la edición en papel nos obligó a su reproducción en blanco y negro. Tropezamos en la web con esta pequeña joya soviética, y metimos las imágenes -no muy cuidadas- en nuestro taller para restaurarlas. Aquí tenéis LOS ALEGRES SOVIETS.



lunes, 23 de diciembre de 2013

ITALO CALVINO: SOBRE EL ABORTO

Carta del escritor italiano Italo Calvino sobre el aborto.



Cuando la segunda ola de feminismo se encontraba en su momento de plenitud, en 1975, el escritor Italo Calvino envió una carta al intelectual Claudio Magris, como respuesta a su artículo en contra del aborto llamado “The Deluded”, publicado en el periódico italiano Corriere della sera.

A continuación las palabras de Calvino:


Traer a un niño al mundo tiene sentido sólo si el niño es deseado consciente y libremente por sus padres. Si no, se trata simplemente de comportamiento animal y criminal. Un ser humano se convierte en humano no sólo por la convergencia causal de ciertas condiciones biológicas, sino a través del acto de voluntad y amor de otras personas. Si este no es el caso, la humanidad se vuelve —lo cual ya ocurre— no más que una madriguera de conejos. Una madriguera no libre sino constreñida a las condiciones de artificialidad en las que existe, con luz artificial y alimentos químicos.


Sólo aquellas personas que están 100% convencidas de poseer la capacidad moral y física no sólo de mantener a un hijo sino de acogerlo y amarlo, tienen derecho a procrear. Si no es el caso, deben primeramente hacer todo lo posible para no concebir y si conciben, el aborto no representa sólo una triste necesidad sino una decisión altamente moral que debe ser tomada con completa libertad de conciencia. No entiendo cómo puedes asociar la idea del aborto con el concepto de hedonismo o de la buena vida. El aborto es un hecho espeluznante.


En el aborto la persona que es vulnerada física y moralmente es la mujer. También para cualquier hombre con conciencia cada aborto es dilema moral que deja una marca, pero ciertamente aquí el destino de una mujer se encuentra en una situación desproporcionada de desigualdad con el hombre, que cada hombre debería morderse la lengua tres veces antes de hablar de estas cosas. Justo en el momento en que intentamos hacer menos bárbara una situación en la cual la mujer está verdaderamente aterrada, un intelectual usa su autoridad para que esa mujer permanezca en este infierno. Déjame decirte que eres verdaderamente responsable, por decir lo mínimo. Yo no me burlaría tanto de las “medidas de higiene profiláctica”, ciertamente nunca te has sometido a rasgarte el vientre. Pero me encantaría ver tu cara si te forzaran a una operación en la mugre y sin los recursos que hay en los hospitales.


Lamento que tal divergencia de opiniones en estas cuestiones éticas básicas haya interrumpido nuestra amistad.



(extraído de http://www.mamanatural.com.mx)

viernes, 6 de diciembre de 2013

CASTRADOS

Entonces Gea le entregó una hoz de acero muy afilada y cuando al llegar la noche, Urano se acercó a Gea y la envolvió por todas partes, Crono cortó de un solo golpe los testículos de su padre y los arrojó detrás de él.
Pierre Grimal

El noble Pedro Abelardo, tras dejar encinta a su bella discípula Eloísa, recibió la visita más lamentable. El tío de Eloísa, feroz canónigo llamado Fulberto, mandó a sus sicarios para que castraran al famoso teólogo. Ello hizo que no dudase Abelardo en tomar los hábitos y recibir la tonsura, para redimir así el nefando pecado cometido cuyo castigo divino tuvo en la espada de Fulberto su instrumento. Era en el París del siglo XII. Pero no era Pedro Abelardo el primer castrado insigne. Ya lo fueron, Narsete, general de Justiniano, el exégeta Orígenes y el mismísimo Urano, abuelo de los dioses.


La castración fue asumida desde tiempo inmemorial como uno de los más graves castigos ejercibles. No sólo utilizable sobre los prisioneros de guerra, sino como privilegio concedido al marido que sorprendiese a hombre ajeno en lecho propio y copulando con su esposa legítima. Así lo refiere Covarrubias:

Privadamente la hacía el hombre casado, satisfaciéndose del que le había puesto el cuerno con su mujer, si no lo quería matar.

Y de la misma manera amenaza Marcial a un jovenzuelo presto a gozar con casadas:

Serán gentes armadas por la esposa del tribuno, pequeño Hyle,
y el suplicio será tal, que debes temer como un niño.
Ay tú, que todavía juegas, de castrar me dices ahora
que no es lícito: ¿el qué? lo que tú haces, Hyle, ¿sí está permitido?

Pero la amputación de las glándulas genitales -ya sean testículos, clítoris, ovarios- causa distintos efectos según sea el momento de su ejercicio. La castración prepuberal frena generalmente el proceso hormonal. Así, en el hombre suelen quedar los caracteres sexuales fijos: el pene mengua su desarrollo, la pilosidad decrece, se tiende a la obesidad, el ensanchamiento de las caderas, la voluminosidad de las nalgas, la ausencia de caracteres secundarios, el timbre de voz se atipla, la esperanza de vida se establece alrededor de los cuarenta y cinco años y se posee un prematuro aspecto anciano. La castración realizada en adultos permite mantener una apariencia de virilidad. Vallejo-Nágera distingue al menos tres tipos de castrados masculinos: un tipo femenino y desproporcionado; otro alto y de grandes extremidades; y un tercero apenas deforme. Dependiendo de la gravedad de la castración, puede el capón mantener erecciones. En la mujer, era común en la época dorada musulmana la extirpación del clítoris (ablación) para evitar el placer, así se aseguraban los maridos desconfiados el goce unilateral y reprimían (o así lo creían) la posibilidad del adulterio. Algunos autores de la época justifican la ablación con fines terapeúticos, en aquellas mujeres afectadas de hipertrofia (así refiere un cirujano cordobés del siglo décimo que habla de mujeres dotadas de un clítoris descomunal que en erección semejaba un pene y eran capaces de copular con él). Aún se practica esta costumbre en algunos países musulmanes al cumplir la niña nueve años. En Europa era usual para sanar a las muchachas enfermas de hipermasturbación. Covarrubias refiere la introducción de la ablación a un tal Andrómito, rey de Lidia, para mayor vicio y continuo uso dellas.... Pero es a Semíramis, la reina asiria fundadora de Babilonia, a quien la leyenda atribuye esta práctica.


La castración ha sido fruto de distintas motivaciones. Desde el sacrificio (para acceder a altos cargos en la corte egipcia, sectas de sacerdotes, o para mantenerse en una castidad inevitable) y el castigo (los guerreros cristianos hechos prisioneros en al-Andalus terminaban como guardianes del harén especializados en servicios domésticos, felaciones y cunilingus), hasta cierta castración voluntaria relacionada con dos aspectos fundamentales: el cambio de sexo y la tradición afeminada en el teatro y el canto. Al-Andalus fue especialista en operaciones de cambio de sexo y mantenía verdaderas factorías de castrados en las cercanías de Almería, según refiere Eslava Galán. Éste toma de al Muqaddasi la narración de una operación:

Se le cortaba el pene de un tajo, sobre un madero. Después se le hendían las bolsas y se les sacaban los testículos (...). Pero a veces el testículo más pequeño escapaba hacia el vientre y no se extirpaba, por lo que éstos tenían después apetito sexual, les salía barba y eyaculaban (...). Para que cicatrizara la herida se les ponía durante unos días un tubo de plomo por el que evacuaban la orina.

En cuanto a la costumbre de conseguir voces atipladas, en aquellos niños que despuntaban en facultades para el canto, se realizaba la castración para lograr un timbre de voz agudo y potente. Se dio sobre todo en Italia y España, siendo sus finalidades los coros de la Capilla Sixtina del Vaticano y el de los Seises de la Catedral de Sevilla. Así conservaban voces de contralto y soprano capaces de registros portentosos que podían abarcar tres escalas y media. Ya en el año 325, el Primer Concilio de Nicea prohibió la castración, como lo había hecho la Lege Corneliae de Domiciano, al extenderse el negocio de los pueri delicati (niños castrados para su uso en gineceos). Sería León XIII (1877-1903) quien prohibiese la utilización de castrados en el Vaticano. Moreschi uno de los últimos castrati murió en 1922.

La castración ha tenido varias formas de ejecución. Desde la extirpación radical referida por al Muqaddasi, al maznamiento (estrujamiento o quemazón) que describe Covarrubias, el cual consistía en el desmenuzamiento manual de los testículos. O las castraciones accidentales que aparecen en las Partidas de Alfonso X, donde también es definida la castración: los que pierden por alguna ocasión que les aviene, aquellos miembros que son menester para engendrar: así como si alguno saltase algún seto de palos, que trabase en ellos, y que los rompiese; o que se los arrebatase algún oso, o puerco, o can, o que se los cortase algún hombre, o que se los sacase, o por otra manera cualquiera los perdiese. Para finalizar, la castración ha sido también uso propio del masoquismo, o la febrilidad religiosa extrema: los hijras hindúes se vestían con ropas de mujer y reclutaban niños para su correspondiente castra; la secta de los Skoptzys rusos se castraban para así no pecar contra el sexto mandamiento y hacer uso indebido de su cuerpo. Posiblemente ello se deduzca de un pasaje del Nuevo Testamento (Mateo, 19,12): Et sunt eunnuchi, qui se pisos castraverunt propter regnum coelorum. Hay eunucos que se castraron por el reino de los cielos.

Alfonso Salazar

BIBLIOGRAFIA
Historia secreta del sexo en España. Juan Eslava Galán. Ed. Temas de Hoy SA. Madrid,1991.
Enciclopedia del Erotismo. Camilo José Cela, Ed. Destino SA. Barcelona,1990.
Una de legislación comparada. Inocencio Albo Sañudo. Revista Noviembre nº 8. Oviedo,1992.
La Santa Biblia. AAVV. Ed. Paulinas. Madrid, 1979.
Pequeños epigramas latinos versionados. Ausonio de Oviedo. Ed. Vértigo, 1995.

viernes, 15 de noviembre de 2013

MIS IMPRESCINDIBLES

Aún siendo consciente de los difícil y arbitrario de una lista de preferencias, mis alumnos del Curso de Escritura Creativa, del módulo ESCRIBIR Y SENTIR, me piden que elabore una lista de aquellas obras literarias que considero imprescindibles. Se entiende que para la formación de un lector. Y como ese lector soy yo, aquí van mis preferencias. Uno con esto, queda retratado.

(solo 150 y no están todos)



¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick
13 barras y 48 estrellas, de Rafael Alberti
A sangre fría, de Truman Capote
Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll
Azul, de Rubén Darío
Bartleby, el escribiente, de Herman Melville
Canto a mí mismo, de Walt Whitman
Carmilla, de Joseph Sheridan Le Fanu
Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez
Cinco horas con  Mario, de Miguel Delibes
Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique
Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievsky
Crónicas marcianas, de Ray Bradbury
Cuaderno de Nueva York, de José Hierro
Cuentos completos, de Edgar Allan Poe
Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga
Cuentos, de Antón Chéjov
Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand
Diez negritos, de Agatha Christie
Don Juan Tenorio, de José de Zorrilla
Drácula, de Bram Stoker
El Aleph, de Jorge Luis Borges
El almuerzo desnudo, de William Burroughs
El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez
El baile, de Irène Némirovsky
El caballero y la muerte, de Leonardo Sciascia
El collar de la Paloma de Ibn Hazm
El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas
El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad
El crimen del cine Oriente, de Javier Tomeo
El decamerón, de Giovanni Bocaccio
El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce
El evangelio según Jesucristo, de José Saramago
El extranjero, de Albert Camus
El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa
El gran Gatsby, de Scout Fitzgerald
El guardián entre el centeno, de JD Sallinger
El hombre delgado, de Dashiell Hammet
El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes
El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina
El lamento de Portnoy, de Philip Roth
El lector, de Bernhard Schlink
El libro de la selva, de Rudyard Kipling
El libro de las maravillas, de Marco polo
El mal poema, de Manuel Machado
El mundo de Juan Lobón, de Luis Berenguer
El nombre de la rosa, de Umberto Eco
El poema de la rosa als llavis, de Joan Salvat Papasseit
El policía que ríe, de Maj Sjöwall y Per Walhöö
El rayo que no cesa, de Miguel Hernández
El señor de los anillos, de JRR Tolkien
El tercer hombre, de Graham Green
El topo, de John Le Carré
El túnel, de Ernesto Sábato
El viejo y el mar, de Ernest Hemingway
Epigramas, de Ernesto Cardenal
Epístolas morales a Lucilio, de Séneca
Ese dulce mal, de Patricia Highsmith
España, aparta de mí este cáliz, de César Vallejo
Expedición de catalanes y aragoneses contra turcos y griegos, de Francisco de Moncada
Ficciones, de Jorge Luis Borges
Follas novas, de Rosalía de Castro
Frankenstein, de Mary Shelley
Guerra y Paz, de Leon Tolstoi
Habitaciones, de Louis Aragon
Hamlet, de William Shakespeare
Historia Universal de la infamia, de Jorge Luis Borges
Historias de cronopios y famas, de Julio Cortázar
Huérfanos de Brooklyn, de Jonathan Lethem
Iluminaciones, de Arthur Rimbaud
Inventarios, de Mario Benedetti
La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender
La canción del verdugo, de Norman Mailer
La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca
La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza
La conciencia de Zeno, de Italo Svevo
La conjura de los necios, de John Kennedy Toole
La divina comedia, de Dante
La espuma de los días, de Boris Vian
La fuga, de Eduardo Mignogna
La hora estelar de los asesinos, de Pavel Kohout
La Ilíada, de Homero
La isla del tesoro, de Robert L. Stevenson
La máscara de Dimitrios, de Eric Ambler
La metamorfosis, de Franz Kafka
La Odisea, de Homero
La plaza del Diamante, de Mercé Rodoreda
La promesa, de Friedrich Dürrenmatt
La realidad y el deseo, Luis Cernuda
La vida es sueño, de Calderón de la Barca
Las aventuras de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle
Las cenizas de Ángela, de Frank McCourt
Las cenizas de Gramsci, de Pier Paolo Passolini
Las flores del mal, de Charles Baudelaire
Las mentiras de la noche, de Gesualdo Bufalino
Las moradas, Teresa de Jesús
Las personas del verbo, de Jaime Gil de Biedma
Lectura fácil, Cristina Morales
Libro del Buen Amor, de Arcipreste de Hita
Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa
Lolita, de Vladimir Nabokov
Los armarios vacíos, Annie Ernaux
Los fantasmas del sombrero, de Georges Simenon
Los jinetes del alba, de Jesús Fernández Santos
Los mares del sur, de Manuel Vázquez Montalbán
Los niños tontos, Ana María Matute
Los pazos de Ulloa, Emilia Pardo Bazán
Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift
Luces de Bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán
Madame Bovary, de Gustave Flaubert
Miss Lonelyhearth, de Nathanael West
Moby Dick, de Herman Melville
Mystic River, de Dennos Lehane
Nada, Carmen Laforet
Niebla, de Miguel de Unamuno
Nuestros antepasados, de Italo Calvino
Obras incompletas, de Gloria Fuertes
Oliver Twist, de Charles Dickens
Otra vuelta de tuerca, de Henry James
Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa
Paroles, de Jacques Prevert
Paseo de los tristes, de Javier Egea
Persuasión de los días, de Oliverio Girondo
Peter Pan, de J. M. Barrie
Pisando los talones, de Henning Mankell
Plata quemada, de Ricardo Piglia
Poemas, de Heinrich Böll
Poemas, de Vladimir Maiakovsky
Poesía completa, Conde de Villamediana
Poesía completa, de San Juan de la Cruz
Poesía completa, Gabriel Bocángel
Poesía completa, Garcilaso de la Vega
Poeta de guardia, Gloria Fuertes
Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca
Primavera en Eaton Hastings, de Pedro Garfias
Rayuela, de Julio Cortázar
Rebelión en la granja, de George Orwell
Rimas, de Gustavo Adolfo Bécquer
Robinson Crusoe, de Daniel Defoe
Rubayat, de Omar Kheyyam
Si esto es un hombre, de Primo Levi
Si te dicen que caí, de Juan Marsé
Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino
Soleá, de Jean-Claude Izzo
Soledades, de Antonio Machado
Sonetos del portugués, de Elizabeth Barret-Browning
Sonetos, de Francisco de Quevedo
Suite francesa, de Irène Némirovsky
Todos nosotros, de Raymond Carver
Tristana, de Benito Pérez Galdós
Un día volveré, de Juan Marsé
Un mundo feliz, de Aldous Huxley
Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain
Una habitación propia, Virginia Woolf
Una investigación filosófica, de Philip Kerr
Veinte poemas de amor, de Pablo Neruda
Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne
Vida de este chico, de Tobias Wolf