viernes, 9 de octubre de 2020

Vida en casa

 LEER EN LOS DIABLOS AZULES

La caja de alegría. Federico García Lorca en la Huerta de San Vicente
Jesús Ortega
Comares
Granada
2020





Pocos lugares existen tan significativos para la historia española del último siglo como la Huerta de San Vicente, fue allí donde la familia García Lorca vivió sus últimos años y fue desde allí de donde salió Federico, para no volver, en el mes de agosto de 1936. En esa casa, campo cercano a la ciudad, escribió algunas de sus más reconocidas páginas. Jesús Ortega ha sido coordinador de las actividades culturales de la Huerta de San Vicente durante años y fue uno de los componentes de las primeras promociones de guías de la Casa-Museo, un lugar, casi secreto, de peregrinación para lorquistas desde los tiempos de la posguerra. Su conocimiento del espacio le habilita para poder reconstruir un lugar con historia que es mucho más que la historia de un lugar.

Cuenta Ortega que en julio de 2008 Pere Portabella intervino en la casa, en el marco de la exposición de arte contemporáneo Everstill/Siempretodavía comisariada por Hans Ulrich Obrist. 2008 sería la puerta de la crisis y de los desahucios que corrieron por España plasmando cómo la crisis la pagarían los menos afortunados. Portabella vació la casa de la Huerta de San Vicente, dejó exenta la casa y los enseres estuvieron un tiempo cuidadosamente celados en un guardamuebles. En ese momento, los asiduos visitantes descubrimos que Portabella desahució el museo y nos mostró la casa. Ante las paredes desnudas pudo el autor de La caja de la alegría sentir el valor del lugar antropológico, el cimiento de la familia, el espacio de la vida: la casa más allá de la vivienda. Por entonces Ortega comenzó el comisariado de una exposición sobre la Huerta que recuperó y agrupó la memoria fotográfica del lugar, una memoria fundada en las fotos de familia, de aficionado, y otras de mayor intención, documentalística, de personas que durante los años más oscuros cruzaron el umbral de la Huerta, máquina en mano, con la conciencia de llegar a un espacio sagrado para la literatura. De aquella exposición deriva este libro, una historia fundamental de la historia de Granada y de España, que recorre casi cien años de modificaciones, rupturas y asedios.

La Huerta de San Vicente fue una casa en el campo. El campo de Granada es vega fértil, hoy espantada y casi en desuso, que abría la ciudad a un mar verde. La conversación que hace cien años podía darse entre la ciudad y su vega, conectadas por un suave tránsito de la pequeña ciudad al vergel, despareció en los años del desarrollismo que levantó una muralla de hormigón separando para siempre esa íntima relación mantenida durante siglos: esa mirada desde la Torre de la Vela a los huertos y, viceversa, esa admiración del perfil de Granada desde la Vega. La familia García Lorca, una familia de origen y querencia campesina, sí pudo disfrutar de aquella comunión, y en los años veinte del siglo pasado adquirió una propiedad en la Vega que renombraron en homenaje a doña Vicenta, la matriarca familiar. Allí, cuando los García Lorca se asentaron en otras ciudades de España y Europa, volvía la familia para pasar los veranos: los veranos granadinos van del Corpus a la Patrona (el último domingo de septiembre) y agrupaban a la familia a partir de san Federico, 18 de julio. Aquellos veraneos de los años veinte y treinta son catalogados por Ortega dando cuenta, conforme al valor fotográfico y una concienzuda documentación, para poder reconstruir los años del lugar y la familia, el orden cronológico creativo de Federico García Lorca, la intimidad de las conversaciones por carta, las visitas de familiares y amigos, la vida bajo el emparrado. A partir del aciago 36, los asesinatos sufridos en la familia y el consiguiente exilio, la Huerta persistió, habitada por caseros, por familiares más o menos cercanos, que cuidaron del legado familiar, que custodiaron en voz baja la memoria de un poeta sin par, pero silenciado adecuadamente, que protegieron sus manuscritos llevados y traídos de un lugar a otro, escapando a la vengativa mirada de la autoridad.

La Huerta sufrió el asedio del desarrollismo, supo de la impiedad política que confundió progreso con destrucción y legó una ciudad diezmada, y se salvó, casi de milagro, en unas condiciones que no son las deseadas, cercada por los altos edificios, por los muros que la separan del rumor inquieto de la circunvalación, rodeada de un parque que no es vega sino un remedo desdibujado, nada más que una evocación del pasado, un parque urbano sin mayor mérito que alojar una casa que forma parte de nuestro orgullo. Y aún los granadinos deben quedar agradecidos de que la piqueta inmisericorde no acabase con ella como hizo con tantas otras huertas de alrededor que no tuvieron la suerte de poder argumentar ser parte de la literatura universal.

Aquel pedazo de terreno con tanta vida y demasiada muerte sobrevivió y si bien no cumplió los anhelos familiares ―que deseaban un lugar que acogiese los fondos familiares, un teatro donde ejecutar su obra, el papel que en la actualidad ha cubierto el Centro Federico García Lorca―, la Huerta ha quedado para nosotros como ese lugar donde queda museizada la vida de familia del poeta, la vida de una familia granadina. Casi todo rastro de Lorca ha sido borrado de la capital granadina ―queda su casa natal en el cercano pueblo de Fuentevaqueros y la casa familiar de Valderrubio como todos ustedes saben―, casi todo ha debido ser re-construido, re-inventado, por eso iniciativas como La caja de la alegría resultan imprescindibles. Bienvenida la recuperación de la memoria, bienvenida la reconciliación con nuestra historia y nuestros muertos.

Alfonso Salazar

domingo, 27 de septiembre de 2020

Genealogía, de Erika Martínez

El día que me atropellaron
mi madre, en la consulta,
sintió que le crujía
de pronto la cadera,
mi hermana la clavícula,
mi sobrina la tibia,
mi pobre prima la muñeca.
Les siguieron mis cuatro tías
y mis firmes abuelas,
con sus costillas y sus muelas,
con sus sorpresas respectivas.

Entre todas, aquel extraño día,
se repartieron
hueso por hueso
el esqueleto
que yo no me rompía.

Les quedo para siempre agradecida.


(Color carne, Pre-Textos, 2009)

Tan distinta compañía


Los autobuses pueden atestarse: los viajeros van, codo con codo, mascarilla contra mascarilla. Los aviones van de ciudad a ciudad, codo con codo, mascarilla contra mascarilla. Pero los cines, los teatros, exigen mascarillas, pero codos separados. ¿por qué no se trata por igual a los unos y a los otros? ¿Por qué la cultura y las artes escénicas mantienen un nivel de exigencia de aforo menor a los del transporte? No se trata sobre los negacionistas idiotas, los objetores que viven en el limbo. Quizá la pregunta es mucho más dura: solo se puede con los débiles. ¿Por qué se mantiene ese escaso cuidado en el transporte? Cultura y Artes Escénicas cumplen como la Educación y todas cumplen como debe cumplir el Ocio. Pero no debe confundirse, ya está bien, el ocio con la Cultura: quien lo confunde posiblemente ha vivido en uno y no ha disfrutado la otra. Por supuesto que la cultura puede entretener, pero la Cultura «da al ser humano la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el ser humano se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden». No lo digo yo, lo dice la Declaración de México de la UNESCO, uno de los pocos instrumentos que nos indican qué es Cultura y qué no. En ese ámbito definitorio se excluye el ocio por el ocio (sí, tan necesario, la cervecita en la terraza, el esparcimiento), porque no cumple los requisitos culturales: no existe una «cultura de la cerveza» en el sentido cultural, es una metáfora, como lo es la «cultura del pelotazo». Puede no ser importante: pero algo es muy probable, puede que en poco tiempo el teatro, la danza, la música en vivo, se extinga, y recordemos cuando vayamos ―en un futuro―, en autobús que algún día ―en el pasado―, fuimos al teatro.

Cuando uno asiste a actividades culturales, generalmente, nadie vocifera, nadie levanta la voz, nadie habla ―¿habla usted en el cine? ¿Grita usted en el teatro? ¿fuma usted en el museo?―, son cuestiones que suelen suceder en el ocio, en la industria del entretenimiento, en el deporte de masas, en las corridas de toros (¿cuánto aforo se admite para la anunciada corrida de la Patrona?). Todo ello, no es cultura, aunque nos empeñemos en demostrar que el toro es cultura o el fútbol es cultura. Los toros no nos hacen «racionales, críticos y éticamente comprometidos», ni el fútbol tampoco. Por más que nos gusten ‘mules’ y muletas, por muy bien que lo pasemos en los unos y los otros, por mucho estómago encogido y sangre ardiente que nos provoque, por más que nos hagan disfrutar, tanto como en una terraza de bar, un fiestón con los amigos, un subidón de adrenalina. Esta opinión sobre qué es cultura, no es amigable ―no, no me hará tener más amigos― ni pretende serlo: hay actividades humanas que no son culturales y son igualmente maravillosas. Tampoco es una opinión amigable decir que, si podemos ir en un avión, si podemos ir en un autobús atestado hasta la puerta del cine ¿por qué nos separamos en uno y nos agolpamos en otro? Quizá convendría que nos mantengamos separados en los medios de transporte, así nos tratarían a todos por igual. Pero está claro: puede más la compañía aeronáutica que la compañía teatral, aunque le demos un mismo sustantivo.


EL MUNDO HA CAMBIADO

El mundo ha cambiado. Hay sectores sociales y económicos que están en permanente alarma ante lo recientemente conocido y lo inmediatamente desconocido. Los cambios en el mundo de producción cultural no podemos augurar si son temporales o, en algunos aspectos, serán definitivos. Las circunstancias nos han colocado al sector en primera línea de la trinchera del descubrimiento, de la experimentación.

Cuando se anunció aquel desconfinamiento en fases, el pasado mes de mayo, comenzamos a investigar, entre normativas y recomendaciones, qué nos afectaba, y surgieron las primeras dudas ¿cómo podremos producir cultura con aforos restringidos? ¿cómo haremos de los teatros, museos y auditorios espacios seguros? ¿cómo controlar las actividades culturales callejeras para evitar aglomeraciones? ¿cómo evitar que el público se acumule en entradas y salidas?

Durante el confinamiento vimos cómo artistas de todo género (profesionales, aficionados) ofrecían su trabajo al público a través de las redes, pero no se trataba de un ‘trabajo’, de un ‘negocio’ (sin perjuicio de que alguien lo haya hecho) sino de una expresión de solidaridad, de apoyo mutuo, ahí donde el arte se hace necesario como bálsamo en la vida del ser humano. Pero la producción cultural y artística, es un trabajo que exige la profesionalización. Los símiles deportivos, a veces son comprensibles: también en la cultura, en el arte, se comienza en el campo amateur (se puede seguir toda la vida en el campo amateur) pero las grandes obras, los mejores productos (en el lenguaje del mercado) surgen de la dedicación, de la especialización, de contar con los más experimentados en el equipo creativo y técnico. Esa excelencia depende de la profesionalización, de que quienes participan hayan hecho de tal tarea su exclusivo oficio. En definitiva, otra pregunta: ¿cómo ingresarán su sustento los profesionales y cómo podrán seguir dedicándose a su profesión, en un mundo donde no existen la cultura ni el arte en vivo tal y como lo conocíamos hace un año?

Desde tiempo inmemorial el arte se sostiene a través del mecenazgo, de aquellos que ‘consumen’ arte, que encargan artes. El artista, el productor cultural, precisa de una atención a sus necesidades básicas que generalmente son cubiertas por esos propietarios del arte, los que adquieren la obra. En nuestro mundo actual, en nuestro entorno social, el papel del mecenas ha sido tomado por la Administración, quien promueve y sostiene la actividad de los agentes culturales como un bien democrático, accesible a todos y necesario para el bienestar humano; y apoyado por el público, que compra sus entradas, que opina, aplaude u olvida. Pero ambas fuentes son necesarias: solo la industria del entretenimiento puede mantenerse con la fuente del consumo privado. Por eso, no se trata tanto de que muchos aspectos de la cultura (aquella menos rentable económicamente, pero más precisa socialmente) se sostengan gracias a la subvención pública, sino de que la cultura y el arte, como la protección del medio ambiente, son una inversión en el futuro de la Humanidad, que hemos acordado (lo dicen las leyes) que sean promovidos por la Administración, sin perjuicio del apoyo de entidades privadas. La cultura, como los parques públicos, no se financian con la venta de entradas. Es la diferencia entre un parque y un vivero. En el vivero se venden árboles, en el parque se disfruta de la sombra. La Administración financia los parques, cada cual financia (si acaso lo tiene) su jardín privado, el césped de la urbanización. Pero sin apoyo estatal no hay parques ni hay cultura. A lo sumo, quedará una jungla, lo salvaje.

El mundo laboral de la producción cultural no incluye solo a artistas, músicos, actrices, actores, artistas plásticos, bailarines, directores, directoras o coreógrafos, sino que cuenta con iluminadores y sonidistas, personal de taquilla y atención al público, controladores, personal de limpieza, oficinistas, administrativos, gestores, periodistas, analistas, gerentes, comerciales, editores de vídeo, managers de redes… Ese habitual concepto de ‘la gente que hay detrás’ ―comparen los créditos artísticos de una película con sus créditos técnicos― constituye el bloque más voluminoso de trabajadores de la producción cultural.

Valga esta introducción para poner en perspectiva el mundo al que se enfrenta la producción cultural: sin teatros abiertos, sin museos abiertos, sin salas ni auditorios abiertos (o a medio abrir), hay que buscar alternativas de producción.

Ni siquiera el mundo audiovisual y el de la grabación musical, que puede sostenerse a través del consumo desde casa y se apoya en la reproducción industrial y sin fin del producto, es ajeno al desplome que conlleva la pandemia. Pero las artes en vivo, las que se consumen en una convivencia, casi litúrgica, en un entorno compartido por los espectadores con los artistas y técnicos productores, en una situación que es irrepetible, precisan de reinvención e ingenio en este mundo de extraña normalidad que no sabemos si es transitorio o devendrá definitivo. Este mundo no puede quedarse a la espera de una vacuna, de hecho, debe reinventarse por si en un futuro, otra pandemia viene a recolocarnos y situarnos en la espera de otra vacuna. No podemos vivir en el bucle de la eterna espera de la eterna vacuna.

El sector de la producción cultural tiene poco referentes: los eventos deportivos alcanzan aforos muy superiores a la media cultural y su eco económico resuena en los medios; la industria del entretenimiento cuenta con un poder económico que supera con creces los empeños culturales; la hostelería y el comercio no es comparable: en la producción cultural el público, generalmente, está quieto, no habla, no vocifera (otro asunto es la industria del entretenimiento, de los macro conciertos). En la producción cultural el espectador puede disfrutar en solitario de la función teatral, de la visión de un cuadro, de la escucha en directo de un concierto de jazz. La ventilación, higiene limpieza y desinfección de los espacios, el uso de mascarilla y gel hidroalcohólico, resolver la compatibilidad del distanciamiento y la reducción del aforo, la observación de los planes de laborales y de contingencia, deberían ser elementos suficientes para la seguridad del sector. Pero estamos en el camino.

¿Cuáles son esas mimbres que conducen a la reinvención? Las preguntas están sobre el tapete: a corto plazo, el impacto de la reducción de aforos debe mitigarse con la emisión en directo, la ampliación de la base de espectadores a través del streaming, e investigar la experimentación en las sensaciones del espectador casero para que no ‘sienta’ que, simplemente, consume un producto televisivo, sino para acercarle la sensación de lo vivo e irrepetible, la convivencia en directo con otros espectadores, con artistas y con técnicos. Esta ‘hemipresencialidad’ la estamos experimentando continua y recientemente: hay ya actividades que compatibilizan público online y público en vivo en una misma función. Hay reuniones donde personas, unas sentadas junto a otras, comparten ideas con otras personas a través de videoconferencia. Vemos también cómo en televisión y en eventos deportivos se ha incorporado la idea del ‘público-plasma’, un público en su casa, reproducida su imagen en las gradas, que forma parte del espectáculo, pues no hay espectáculo sin espectadores.

A corto plazo las empresas de venta de entradas deberán actualizar sus sistemas de venta para poder vender por grupos familiares y que sea más aprovechable el aforo existente, observando la normativa. Actualmente vivimos en la duda de si debe darse prioridad a la separación de metro y medio (o dos metros, depende) o al límite de tantos por ciento de ocupación de aforo, que muchas veces entran en contradicción. Además, hay un planteamiento de 17 normativas diferentes al respecto en el país, una por Comunidad Autónoma y la especificidad de espacios y circunstancias es exigua.

A corto plazo (y a medio, y a largo) el papel de la Administración debe ser primordial. Sabemos que (como en muchos otros sectores) la pandemia va a llevarse por delante muchos negocios, compañías, proyectos, pero debe mantenerse y protegerse un entorno cultural sano y productivo. Tal y como deben mantenerse las especies de flora y fauna que corren el riesgo de extinción. Quizá muchos artistas y técnicos de la producción cultural deban reciclarse en otros sectores, pero hay que proteger ese entorno profesionalizado para que no se agoste. La recuperación de este sector, delicado por sus características duales de creación y negocio, donde convergen el carácter laboral y el carácter imaginativo y placentero, puede ser difícil. No se debe desestimar el valor de la producción cultural en el rumbo humano ni debe quedar restringido al dominio de los gigantes del entretenimiento, que terminarían por uniformarse, hacia el discurso único.

A medio plazo quizá hay que repensar el diseño de los espacios escénicos. Esta pandemia ha impuesto la separación de las butacas, como si todos los espectadores hubiesen mejorado sus condiciones de confort, con mayor espacio físico a su alrededor fruto de la necesidad de distanciamiento. Pero este rediseño y ampliación de los patios de butacas (que conllevaría repensar las acústicas, la visión de los escenarios) no es nuevo: cuando visitamos un antiguo teatro podemos apreciar el progreso en su diseño, donde había asientos de piedra hoy hay mullidos y aterciopelados asientos; allí donde el público se agolpaba, de pie, hoy está ordenados, separados los unos de los otros, una persona, una butaca; allí donde las necesidades se hacían junto al escenario, hoy existen servicios limpios y amplios; donde el espectador vivía entre sudor propio y ajeno, hoy disfruta de climatización… Valga otra metáfora: hasta no hace mucho se escupía en el suelo, en el autobús, en el bar: hoy en día esta actitud está proscrita por costumbre insalubre. Otra más: hasta mediados de los noventa el condón era considerado, sobre todo, un medio anticonceptivo cuyo fin era evitar embarazos no deseados; hoy en día, además, es un medio de protección higiénica y profiláctico cuyo fin es prevenir enfermedades. Quizá las costumbres de ayer, esas butacas puestas unas al lado de las otras, con espectadores desconocidos entre sí ocupando un mismo reposabrazos, con personas pasando por delante de otros espectadores, arrimando obligadamente el cuerpo, colocando las posaderas a la altura de los ojos para entrar y salir de una fila, nos parezcan mañana insanas y extrañas costumbres del pasado.

Esa reflexión sobre cómo serán los espacios conllevará repensar las producciones. Quizá los escenarios circulares puedan aprovechar mejor los aforos; quizá la duración de las creaciones sea una variable que contemplar, que reduzca tiempos de trabajo (salarios) y, manteniendo el precio, aumente la rentabilidad. Quizá haya que incluir elementos tecnológicos en escena que reduzcan costes salariales, es decir, cierta y limitada robotización de la representación. Son cuestiones que condicionarán la creación más próxima. Quizá haya que pensar en ‘otros’ espacios, en espacios de aforos más verticales; en una actualización de los espacios (como en los autocines, como ‘parking-concert’) que permita la asistencia en grupos-burbuja o haga compatible la asistencia en vehículo y la asistencia en butaca; pensar en espacios donde el público se mueva, ‘pase’ a través de distintos boxes en grupos reducidos para ver el total de la representación. Todo es conjetura y ‘cultura-ficción’.

La batalla va a estar en el aprovechamiento de los aforos, en cumplir los distanciamientos, a los que quizá cada vez nos acostumbremos más y el público termine por exigir. Mayor comodidad, mayor salubridad, mayor precio, parece el axioma. La salubridad para todos, siempre ha sido un concepto poco pro-capitalista. Sí lo es la exclusivista comodidad para unos pocos, el signo de la distinción: los asientos de primera clase donde poder estirar las piernas son más caros; las habitaciones para un solo enfermo cuestan dinero; el palco privado, la autopista, la atención privilegiada por parte de un médico tiene un coste; si se quiere un reservado en una discoteca hay que pagarlo. Estamos camino de una ‘primera clase’, de la comodidad, de la salubridad. ¿Cómo se obtiene un rendimiento económico? Indiscutiblemente los defensores de los antiguos conceptos exigirán volver al uso intensivo del espacio. Los buses urbanos de los ochenta tenían poca regularidad e iban atiborrado; se fueron vaciando a fuerza de ampliar viajes y limitar aforos. Los cines pueden ampliar pases, pues los costes de repetir no implican multiplicar todos los salarios, pero ¿y el teatro y la música? Si la tecnología no viene a aportar soluciones, y, cuidado, hay un concepto de economía básica que nos señala que en este ámbito se da una llamada ‘enfermedad de costes’ (aumento de los salarios en trabajos que no han experimentado un aumento de la productividad laboral), pocas más soluciones quedan que ampliar los espacios, aumentar los precios o desaparecer.

Pero si hace unos meses el mundo era de una manera, si atravesamos ahora un rumbo hacia lo desconocido, solo nos salvará que cada día conocemos algo más, trazamos ese futuro inmediato conforme a la experiencia del pasado inmediato, paso a paso. Tiene mucho que ver con el futuro y con el pasado, como si el presente no existiese, ese espacio temporal de la reflexión. Una reflexión y un ingenio que ahora hacen más falta que nunca.

 

sábado, 18 de julio de 2020

Descubrir el truco

El cerebro ilusionista. La neurociencia desde la magia
Jordi Camí y Luis M. Martínez
RBA
Barcelona
2020



Al arte, nada humano le es ajeno. Si el ilusionismo participa de todas las materias humanas desde hace miles de años, es obviamente un arte. Ha sido vilipendiado y minusvalorado, considerado un arte menor, arrinconado por esa adultocéntrica visión de que las artes que incluyen a la infancia –o que, directamente, tiene facetas que la atienden con esmero— es arte sin importancia, banal, menguado. Ha sido defenestrado por vendedores de espiritualidad y por médiums, por su aparente cercanía a lo sobrenatural. Ha sido menospreciado por quienes buscan un truco, se sienten burlados y no aprecian la belleza del juego. Pero el ilusionismo, ya se celebre en los grandes teatros, en los circos o en las fiestas de cumpleaños –oficio honorable, como el de payaso, primer escalón en el contacto de la infancia con el arte y la ficción— supera ese desapego, con pátina de falsa intelectualidad, para soportarse en una amplia gama de conocimiento humano y seguir mostrando al público el arte de lo posible y de lo imposible.
En El cerebro ilusionista los científicos Jordi Camí Luis M. Martínez vienen a poner negro sobre blanco la implicación milenaria del ilusionismo en su constante búsqueda de respuestas, descubrimiento de habilidades, invención de soportes, instrumentos y técnicas. El ilusionismo no es ajeno a casi ninguna de las ciencias humanas, y es quizá el arte que mayor relación mantiene con el otro lado: traza el puente –a veces visible, a veces invisible— entre el arte y la ciencia. Psicología, física, química, matemática, óptica, son algunas de las ciencias que pueden vislumbrarse tras un sencillo juego de magia. Y por supuesto, narrativa, interpretación, habilidad, ensayo, práctica, esfuerzo, imaginación, seducción. En El cerebro ilusionista se muestran algunas de las razones y técnicas que los ilusionistas han trabajado, empíricamente, desde hace cientos de años y que ahora son iluminados por la neurociencia. Es un tratado capital sobre los efectos de la magia en el cerebro y del cerebro en la magia. No solo se muestra el esqueleto de las técnicas mágicas, y por tanto es de máximo interés para ilusionistas aficionados y profesionales (pues explican muchos aspectos que son aprendidos desde la práctica, no desde la teoría), sino que alumbra al profano para adentrarse en ese camino marcado por el ilusionismo que ha transitado espacios desconocidos de nuestro cerebro, hallando claves y métodos a los que ahora la ciencia da explicación. Explicación al profano, pues teóricos (como AscanioTamariz) han reflexionado sobre el ilusionismo y sus técnicas, dado nombre a lo que solo era práctica y ahondando en la senda indagada por otros magos desde la antigüedad.
El teórico Ramón Mayrata señalaba que la magia se reduce a unos cuantos efectos (desaparición, reconstrucción, adivinación, desafío de las leyes físicas y poco más), que lo mismo da hacer desparecer una carta que un elefante, pues en esencia es lo mismo. Tras esos efectos resuenan los deseos humanos de una vida que no respetase las leyes de la vida: desparecer, levitar, teletransportarse, resucitar, conocer el futuro. Ese latido de los deseos humanos es el alma del arte.
No nos consideramos engañados cuando el cerebro reconstruye una realidad, o una ficción, y el novelista nos deja, como lectores avezados, plantear nuestras hipótesis, aun a la espera del giro definitivo de la historia. Podemos maravillarnos ante el efecto literario. Así sucede con el efecto mágico cuando somos capaces de apreciar la habilidad y el atávico proceso que está tras de sí, cuando no nos atenemos, como espectadores, a la simplísima postura de averiguar dónde está el truco o sentirnos, erróneamente, engañados. Aplicar esta postura a la visión de un cuadro impresionista (desvelar el efecto engañoso del color y la forma, desconfiar de la transmisión de la información) nos conduciría a una indolencia que no nos permitiría disfrutar del arte de la pintura. Así sucedería con otras artes si nuestro empeño como receptores se centrase en desvelar la técnica del suspense cinematográfico o en sospechar, si es verdad o no, lo que narra el texto literario y acogernos solamente a las historias basadas en la realidad (que para frustración de quien solo soporta el arte de lo real, no es más verdad que lo ficticio). Con el ilusionismo sucede tal cual, hay quien se empeña en descubrir el truco, inconsciente de que es el arquitecto quien conoce el secreto de la cúpula por su formación y dedicación y es el músico quien conoce el efecto de la armonía por sus años de estudio. Es el mago quien conoce la técnica por sus años dedicados a la habilidad, la práctica, el tiempo invertido en una pasión. A los demás, como ante cualquier otra obra de arte, solo nos queda sentarnos, maravillarnos y disfrutar, permitir que nuestro cerebro construya una realidad diferente que desafía las leyes establecidas a través de la percepción.
Alfonso Salazar, julio 2020.

viernes, 12 de junio de 2020

Javier Egea y el sueño del vampiro

Leer en Los diablos azules de Infiolibre

Raro de luna
Esdrújula Ediciones 2020
Granada

Portada de Raro de luna, de Javier Egea.









Hace treinta años se publicó Raro de luna, de Javier Egea. Se convirtió en un libro raro: difícil de encontrar, pues su primera edición, en Hiperión, contaba con unos dibujos de Rafael Alberti y se convirtió en codiciada pieza de coleccionista; raro en su momento poético, pues abría una inesperada deriva en la poesía denominada de la experiencia; y raro porque procedía de un poeta excepcional, fronterizo y heterodoxo, quien de cada libro hacía una argumentación monumental de fondo y forma.
Raro de luna se ha reeditado este extraño y rarísimo mes de mayo de 2020 por la editorial Esdrújula, culminando un proceso iniciado hace unos años por el cual se han publicado todos los libros principales de Javier Egea: los tres primeros (Serena luz del vientoA boca de parir y Argentina 78) en e-book y los tres siguientes, los considerados libros principales (Troppo marePaseo de los tristes y Raro de luna) tanto en papel, como digital. Estas ediciones completan la antología realizada por Jairo García Jaramillo para la misma editorial, A pesar de sus ojos, y siguen la estela abierta por el estupendo trabajo realizado por Bartleby con la edición de la obra poética completa en la colección dirigida por Manuel Rico.
Cada libro de Javier Egea, insisto, es una tesis poética en sí mismo, un libro narrativo, completo, compacto, indagatorio, arriesgado. Si Troppo mare era un libro "desde la soledad y sobre la soledad", como indica el prologuista; Paseo de los tristes, en palabras del mismo, muestra "la rebeldía en forma de esperanza". En el primero el escenario es el mar (la almeriense Isleta del Moro, un fascinante paisaje adonde llega el autor a finales de los setenta); en el segundo la ciudad de Granada, con un recorrido urbano que se remata en la calle que da título al libro. En Raro de luna el escenario es el bosque (entrevistos los cipreses de la Alhambra), pero sobre todo el escenario es el sueño, o la construcción del sueño, en su sentido más psicoanalítico, en su sentido surrealista, que a veces parecen sinónimos en el poeta.La actual edición de Raro de luna se abre con una ilustración de Juan Vida e incluye el prólogo original de Antonio Jiménez Millán, de 1990; se cierra con un estudio del mismo profesor publicado hace pocos años y revisado para esta ocasión. Raro de luna es un libro que lleva treinta años esperando una oportunidad. Quizá fue un libro visionario, adelantado a su tiempo. Ojalá su tiempo sea ahora, o sea siempre. Javier Egea, fiel a su tradición abría una tesis, un estilo y un tono en cada libro y los cerraba con cada libro. Su anterior proyecto, que pudo facilitarle un tranquilo camino si hubiese explotado la veta, lo abandona para adentrarse en el inconsciente, en una aventura apasionante. Su posterior proyecto (Sonetos del diente de oro), inacabado, sería un reto de poesía narrativa, un homenaje a la estructura clásica del misterio (Simbad, Scherezade, un secreto), con una poética gráfica evocadora del cómic; pero han leído bien: en soneto.
Hay muchos guiños en la obra de Egea, un profundo conocimiento de los recursos clásicos, un magistral oído poético y un compromiso ideológico firme, inquebrantable. En Raro de luna se desarrolla un dominio de la estructura poética que tiene escasos referentes en la creación nacional de las últimas décadas: el contenido del libro es la construcción del sueño, trazando el camino que va del romanticismo al surrealismo ―ese "romanticismo de las profundidades" en palabras de Raymond― y deriva de la propia práctica psicoanalista del poeta ―el poeta reta al psicoanalista con una reproducción del "objeto sueño"―. Pero en sus formas, donde se abstiene la puntuación ―como en Chambres de Louis Aragon, quizá como en los sueños, donde no hay ni punto ni coma―, retoma estrofas del Siglo de Oro, como si el encofrado que aplicase el poeta no se correspondiese con el esperado por el lector habituado, ni por la crítica que le fue contemporánea. Esa contradicción aparente deambula y sonambula por el libro, alucinado por el sueño: irracionalidad ilusoria pues se trata de un ejercicio de absoluta consciencia creativa.
El guía del libro será el vampiro, siempre marginal, en potencia erótica, azogue del inconsciente, y este sí, vínculo entre románticos y surrealistas. Como señala el profesor Juan Carlos Rodríguez, una referencia imprescindible para la poesía de Egea (forman, de hecho, un díptico de teoría y práctica poética): "Vampiro es cuerpo ilimitado, rebelde, libre, sin formas ni sujeciones, no es reflejo de nada".
El destino del libro es un poema final adonde se llega desde la Escalera del agua del Generalife, y a través del bosque y de las Islas negras, evocadoras de piratería, aventuras y perlas ocultas. Tanto el prologuista como Paula Dvorakova señalan que los grandes libros de Egea se forjan en torno a un gran poema final, donde se repiten los motivos mostrados a lo largo de la obra, como sucede en los armazones musicales. Jiménez Millán apunta un importante hecho que da mayor relevancia al análisis: el poema final fue una construcción inicial, es el que dio pie a la elaboración de casi todo el libro. Descubrimos así el empeño orfebre de Egea, el cuidado exquisito de las formas y su absoluta coherencia, ahora desvelada, con los fondos: nada es casual porque en este mundo capitalista todo es causal.
Con estos elementos: los cautivadores bosques de la Alhambra, el vampiro nocturno, ese "raro de luna" que evoca el claro de luna musical, la escisión y la sombra, las claves del sicoanálisis y unas formas clásicas estrictas, sinuosas, no es de extrañar que el libro fuese fundacional pero insólito. Absolutamente raro pero imprescindible.
Alfonso Salazar


viernes, 5 de junio de 2020

Ritos de verano

La voz de Granada, 5 de junio 2020

Suenan las campanas. Una luz primaveral atraviesa las plazas casi vacías y por primera vez en la vida de muchos la expresión ‘aire limpio’ tiene cierto sentido. No hay rastro de Semana Santa ni Día de la Cruz, primavera extraña, pero la naturaleza ha hecho su trabajo y apenas nos dimos cuenta. Hace falta volver al trabajo, hace falta recordar quiénes somos y a qué hemos venido. El verano llega en pocos días y hay que desconfinar del armario la ropa ligera, los acarreos playeros, nuestro traje de vacaciones. Necesitamos que vuelva la gente a los aeropuertos, los puertos y las costas, aunque ahora sabemos, lamentablemente, que dependemos de un hilo, que nuestra economía se sustenta en el exterior, que necesitamos ser más motor y menos garaje.

Cada verano, desde hace siglo y pico, los granadinos y granadinas suben al monte de la Alhambra, como en romería nocturna, y allí se encuentran con el arte de la música y la danza. Un ritual que ha estado a punto de ser barrido de la historia, pero que resistirá, como no ha sucedido con tantos otros acontecimientos que marcan la rutina social del planeta: Juegos Olímpicos, singulares macroencuentros deportivos de toda disciplina, festivales al aire libre, que hacen el verano más verano, que dan sentido a las bajas tardes, al refresco de la noche, al runrún de las noticias y la televisión. Este año, el Festival de Música y Danza de Granada, arriesgando, llegará a su cita con la ciudad. Será un poco más tarde, será con un programa de contingencia, pero estará en Granada. El esfuerzo es formidable, hay que levantar un festival de la nada en pocas semanas, hay que poner cada cosa en su sitio, hacer que la máquina vuelva a funcionar. Hay que volver a tomar la ciudad y, como siempre, tras la cola de la primavera traer música, llevar danza.

Perder el símbolo de nuestro verano era un precio alto. Podría haberse pagado, pero los símbolos salen adelante y se imponen en la realidad, sea la nueva o sea la vieja, retando al desasosiego y los medrosos. Hay que someterse a medidas, normas que apenas se conocen, ratios que surgen mañana, presupuestos que son ayer, miedos que son hoy, tensiones, noches sin dormir, desvelos. Más allá, alrededor, mucha gente, muchísima, aporta su punto de vista, su reflexión, en este mundo de cultura y farándula para volver a los teatros y las calles. Por eso es el momento de que ninguna institución ceje, de que tomemos lo que fue nuestro y sigamos cumpliendo el rito veraniego de la celebración de la música y la danza. Puede ser con un aforo más limitado, pero no podemos dejar de ser lo que fuimos. Puede ser con lo inesperado, pero tenemos que ser la ciudad que somos.

Alfonso Salazar

viernes, 8 de mayo de 2020

Taberna Redes

La Voz de Granada 8 de mayo 2020

Echamos de menos el bar, y la terraza, y la caña, y los amigos. Natural, va en la costumbre. Esperamos que abran pronto -¡ya!- los bares, aunque sea con distanciamiento social, mamparas y aforos más reducidos. Entre tanto y desde hace tiempo, mucho antes del confinamiento, las redes sociales sustituyen, solo en algunas maneras, a los bares. La gente se cruza en las redes, se saluda, se observan, charlan, se añoran… Sucedáneos de bares.
En los bares, y en las tabernas, como todos los lugares donde nos frecuentamos hay de lo mejor y de lo peor. En los bares, y las tabernas, lo mejor y lo peor no tiene horario, pero el vocerío, las palabras gruesas y el insulto llega cuando se llevan unas copas de más y la hora de cierre está próxima.
Hemos pasado muchas horas en bares, conocemos de sobra la hora bruja, la figura rígida pero vacilante, la torpeza de lengua deslenguada, la exageración tabernaria. La red social como taberna abunda en ello, pero sin necesidad de haberse encajado cinco copazos. Se habla así de natural, con desparpajo, vaya el exabrupto por delante, porque no enmascara el alcohol y otras sustancias alegres sino el anonimato y la distancia. Hay una minoría vociferante que proviene de escuela de tertuliano mal deglutida.
Visitamos las redes sociales para saber, para conocer, para informarnos, para entender a los demás y entendernos. La mayoría del tiempo se disfruta con el ingenio, con la afilada mirada de los demás: brindamos un apunte certero, celebramos un comentario audaz, investigamos qué dijo quién. Pero otras veces, como en las tabernas, pisamos la cáscara en el suelo y sin serrín, nos pringamos las manos, nos salivan en la oreja, y comprobamos que el servicio de las redes sociales, como el de las tabernas descuidadas, está sucio e inservible, atorado de mierda, pestilente.
Lo que antes eran riñas de bar, chismes de taberna, murmuraciones sin fundamento, ahora se amplifican en bares abiertos veinte y cuatro horas, sin un camarero que pida bajar la voz y no molestar a los vecinos. Por eso, que una patraña, acerca del supuesto control gubernamental sobre los envíos de WhatsApp, haya sido llevada por una parlamentaria por Granada al Congreso deja la sensación de que las tabernas y sus engañifas, a través de las redes sociales, han entrado en las instituciones. Que un médico con proselitismo en redes vocifere patibulario, o que haya gente, mucha gente, que vive en una red de mentira continua, en un mundo paralelo para lelos, donde les meten bulos por la escuadra, es un fenómeno descomunal.
Dan ganas de dejar de escuchar el Congreso, leer las redes sociales y de ir al bar. Pero, al fin y al cabo, y más ahora, es en las redes donde podemos seguir viendo a los amigos y celebrar, así que andamos con cuidado, silenciamos al borrachín de la palabra, desconfiamos del cotilla a quien le salen bulos en los bolsillos y miramos con desconfianza a quien se nos acerca, vaya a ser que lleve un virus en su interior o es que se alegra de vernos. Quizá ese es el futuro: andar con cuidado por la vida y por las redes. Y como en la vida misma, no es plan esperar a que el Gobierno venga a sacarte del embrollo, ni que sea la policía quien localice al buloso y al bilioso, ni que la Guardia Civil persiga el fake y al navajero, ni que un tribunal distinga al memo que todo se lo cree, y todo bulo remata, del bribón que busca alarmar a la sociedad, quebrar la salud pública o, sencillamente, putear al prójimo. No hay que esperar a que alguien venga a salvarnos, sino que, como en la vida misma, uno pone de su parte: desmiente a quien miente, desoye a quien intoxica, compadece al que todo se traga, censura al grosero, bloquea al fanático y es, uno mismo, quien distingue la verdad de la mentira. Y si la cosa no amaina, pues recoges y te vas, como en los bares.

Alfonso Salazar

jueves, 23 de abril de 2020

Volver

La Voz de Granada, 10 de abril 2020

Las noticias están ocupadas por la guerra del siglo. En las guerras hay bombardeos, sí, reclutamiento, desabastecimiento y penuria. No es una guerra porque muchos vivimos un encierro con wifi y no hay un enemigo armado de misiles tras la frontera. Pero también las guerras suministran debacle económica, promueven tendencias fascistas y salvapatrias, retransmiten rumores y bulos, contabilizan pérdidas humanas, se excepcionan los derechos fundamentales, hay soldados mal pertrechados y se exige la reconstrucción social y económica. Las guerras también forjan solidaridad, sacrificio y heroísmo. Las guerras son inolvidables y marcan el recuerdo y la infancia para siempre. En las guerras también se piden certezas de futuro cuando el presente tiembla. Por eso parece una guerra.

Vivimos confinados, preocupados, unidos, atentos, aplaudiendo y aplaudidos. Las guerras terminan, y en esta no hay que negociar la paz con el enemigo. Todo pasará: volverán otras oscuras noticias los huecos de los noticiarios a ocupar. Las mascarillas volverán a ser un elemento laboral o la nueva indumentaria social, la ciencia vendrá a salvarnos, el papel higiénico dejará de ser el símbolo pueril de nuestros miedos, los trabajadores recuperarán sus trabajos, las familias regresarán a su ritmo cotidiano de vivir por separado, la televisión volverá al plató, las multitudes a los estadios, las casas de apuestas reaparecerán en el prime time, las drogas legales reocuparán la calle, los sueños volverán a ser solo sueños y no tanta pesadilla. Los perros saldrán a mear una vez al día para marcar un territorio disputado, los runners cruzarán veloces la noche y el día, los políticos retomarán la discusión bizantina donde la dejaron. Volveremos.

Todo pasará. La cuestión es si volveremos tal y como llegamos al confinamiento, indemnes, o bien volveremos arrebatados por la alegría de vivir. Esa será la reflexión: si necesitaremos más filósofos o más famosos. Si los psicólogos tendrán mucho trabajo o bien nos bastará refugiarnos en los strippers de la moral, los reyes del phishing y los tertulianos de voz en grito. Veremos si, sinceramente, nos acordaremos de aplaudir cada día al personal sanitario, el de limpieza, transportistas, cajeras, reponedores, policías, cuidadoras y cuidadores, la clase política que duerme poco… Veremos si realmente los seguimos considerando héroes, heroínas, o bien volveremos al redil, la admiración al mediocre, el perdón a la monarquía, el bandereo, la trifulca ideológica, la disputa política de baja mira, el cañoneo burdo y farlopero de quien desarma al rival con tres bufidos y dos insultos.

Sabemos que no volveremos tal cual, que los hábitos sociales pueden cambiar, que quizá nos acostumbremos a estar más anchos en los cines y los teatros, que el abrazo quizá se reserve a la intimidad. Puede ser que adquiramos hábitos que antes de ayer eran impensables. Hubo un tiempo, que los más jóvenes no conocen, en los que se fumaba en los lugares públicos, subíamos a un avión bebiendo un refresco en lata, no reciclábamos basura, llevábamos luto y velo un lustro, soltábamos a chorro humo por tubo de escape. Quizá a partir de pasado mañana adquiramos hábitos desconocidos, o infrecuentes, como cotidianos.

De todas maneras, ojalá volvamos como quien vuelve de un viaje transformador más que de una condena criminógena. Que realmente hayamos apreciado y reflexionado sobre lo importante, porque estas semanas ha quedado aparcado lo urgente, el intrascendente urgente del hoy por hoy, arrasado por la distancia social y la muerte. El mundo, el planeta, agradece aspectos que la economía deplora, que al sistema se le indigestan. Es cierto que algunos volverán con ganas de gastar lo que se están ahorrando estos días encerrados en casa. Que otros muchos no tendrán qué gastar porque lo han perdido todo. Que buscaremos la ayuda del Gobierno. Llegará el momento de valorar, ver quiénes hicieron lo que debían y quienes quisieron rapiñar, vender su mitin, sacar partido del dolor. Y será el momento de ver si, realmente, esta distancia entre nosotros ha servido para volver a acercarnos.

Alfonso Salazar