viernes, 12 de junio de 2020

Javier Egea y el sueño del vampiro

Leer en Los diablos azules de Infiolibre

Raro de luna
Esdrújula Ediciones 2020
Granada

Portada de Raro de luna, de Javier Egea.









Hace treinta años se publicó Raro de luna, de Javier Egea. Se convirtió en un libro raro: difícil de encontrar, pues su primera edición, en Hiperión, contaba con unos dibujos de Rafael Alberti y se convirtió en codiciada pieza de coleccionista; raro en su momento poético, pues abría una inesperada deriva en la poesía denominada de la experiencia; y raro porque procedía de un poeta excepcional, fronterizo y heterodoxo, quien de cada libro hacía una argumentación monumental de fondo y forma.
Raro de luna se ha reeditado este extraño y rarísimo mes de mayo de 2020 por la editorial Esdrújula, culminando un proceso iniciado hace unos años por el cual se han publicado todos los libros principales de Javier Egea: los tres primeros (Serena luz del vientoA boca de parir y Argentina 78) en e-book y los tres siguientes, los considerados libros principales (Troppo marePaseo de los tristes y Raro de luna) tanto en papel, como digital. Estas ediciones completan la antología realizada por Jairo García Jaramillo para la misma editorial, A pesar de sus ojos, y siguen la estela abierta por el estupendo trabajo realizado por Bartleby con la edición de la obra poética completa en la colección dirigida por Manuel Rico.
Cada libro de Javier Egea, insisto, es una tesis poética en sí mismo, un libro narrativo, completo, compacto, indagatorio, arriesgado. Si Troppo mare era un libro "desde la soledad y sobre la soledad", como indica el prologuista; Paseo de los tristes, en palabras del mismo, muestra "la rebeldía en forma de esperanza". En el primero el escenario es el mar (la almeriense Isleta del Moro, un fascinante paisaje adonde llega el autor a finales de los setenta); en el segundo la ciudad de Granada, con un recorrido urbano que se remata en la calle que da título al libro. En Raro de luna el escenario es el bosque (entrevistos los cipreses de la Alhambra), pero sobre todo el escenario es el sueño, o la construcción del sueño, en su sentido más psicoanalítico, en su sentido surrealista, que a veces parecen sinónimos en el poeta.La actual edición de Raro de luna se abre con una ilustración de Juan Vida e incluye el prólogo original de Antonio Jiménez Millán, de 1990; se cierra con un estudio del mismo profesor publicado hace pocos años y revisado para esta ocasión. Raro de luna es un libro que lleva treinta años esperando una oportunidad. Quizá fue un libro visionario, adelantado a su tiempo. Ojalá su tiempo sea ahora, o sea siempre. Javier Egea, fiel a su tradición abría una tesis, un estilo y un tono en cada libro y los cerraba con cada libro. Su anterior proyecto, que pudo facilitarle un tranquilo camino si hubiese explotado la veta, lo abandona para adentrarse en el inconsciente, en una aventura apasionante. Su posterior proyecto (Sonetos del diente de oro), inacabado, sería un reto de poesía narrativa, un homenaje a la estructura clásica del misterio (Simbad, Scherezade, un secreto), con una poética gráfica evocadora del cómic; pero han leído bien: en soneto.
Hay muchos guiños en la obra de Egea, un profundo conocimiento de los recursos clásicos, un magistral oído poético y un compromiso ideológico firme, inquebrantable. En Raro de luna se desarrolla un dominio de la estructura poética que tiene escasos referentes en la creación nacional de las últimas décadas: el contenido del libro es la construcción del sueño, trazando el camino que va del romanticismo al surrealismo ―ese "romanticismo de las profundidades" en palabras de Raymond― y deriva de la propia práctica psicoanalista del poeta ―el poeta reta al psicoanalista con una reproducción del "objeto sueño"―. Pero en sus formas, donde se abstiene la puntuación ―como en Chambres de Louis Aragon, quizá como en los sueños, donde no hay ni punto ni coma―, retoma estrofas del Siglo de Oro, como si el encofrado que aplicase el poeta no se correspondiese con el esperado por el lector habituado, ni por la crítica que le fue contemporánea. Esa contradicción aparente deambula y sonambula por el libro, alucinado por el sueño: irracionalidad ilusoria pues se trata de un ejercicio de absoluta consciencia creativa.
El guía del libro será el vampiro, siempre marginal, en potencia erótica, azogue del inconsciente, y este sí, vínculo entre románticos y surrealistas. Como señala el profesor Juan Carlos Rodríguez, una referencia imprescindible para la poesía de Egea (forman, de hecho, un díptico de teoría y práctica poética): "Vampiro es cuerpo ilimitado, rebelde, libre, sin formas ni sujeciones, no es reflejo de nada".
El destino del libro es un poema final adonde se llega desde la Escalera del agua del Generalife, y a través del bosque y de las Islas negras, evocadoras de piratería, aventuras y perlas ocultas. Tanto el prologuista como Paula Dvorakova señalan que los grandes libros de Egea se forjan en torno a un gran poema final, donde se repiten los motivos mostrados a lo largo de la obra, como sucede en los armazones musicales. Jiménez Millán apunta un importante hecho que da mayor relevancia al análisis: el poema final fue una construcción inicial, es el que dio pie a la elaboración de casi todo el libro. Descubrimos así el empeño orfebre de Egea, el cuidado exquisito de las formas y su absoluta coherencia, ahora desvelada, con los fondos: nada es casual porque en este mundo capitalista todo es causal.
Con estos elementos: los cautivadores bosques de la Alhambra, el vampiro nocturno, ese "raro de luna" que evoca el claro de luna musical, la escisión y la sombra, las claves del sicoanálisis y unas formas clásicas estrictas, sinuosas, no es de extrañar que el libro fuese fundacional pero insólito. Absolutamente raro pero imprescindible.
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Alfonso Salazar


viernes, 5 de junio de 2020

Ritos de verano

La voz de Granada, 5 de junio 2020


Suenan las campanas. Una luz primaveral atraviesa las plazas casi vacías y por primera vez en la vida de muchos la expresión ‘aire limpio’ tiene cierto sentido. No hay rastro de Semana Santa ni Día de la Cruz, primavera extraña, pero la naturaleza ha hecho su trabajo y apenas nos dimos cuenta. Hace falta volver al trabajo, hace falta recordar quiénes somos y a qué hemos venido. El verano llega en pocos días y hay que desconfinar del armario la ropa ligera, los acarreos playeros, nuestro traje de vacaciones. Necesitamos que vuelva la gente a los aeropuertos, los puertos y las costas, aunque ahora sabemos, lamentablemente, que dependemos de un hilo, que nuestra economía se sustenta en el exterior, que necesitamos ser más motor y menos garaje.
Cada verano, desde hace siglo y pico, los granadinos y granadinas suben al monte de la Alhambra, como en romería nocturna, y allí se encuentran con el arte de la música y la danza. Un ritual que ha estado a punto de ser barrido de la historia, pero que resistirá, como no ha sucedido con tantos otros acontecimientos que marcan la rutina social del planeta: Juegos Olímpicos, singulares macroencuentros deportivos de toda disciplina, festivales al aire libre, que hacen el verano más verano, que dan sentido a las bajas tardes, al refresco de la noche, al runrún de las noticias y la televisión. Este año, el Festival de Música y Danza de Granada, arriesgando, llegará a su cita con la ciudad. Será un poco más tarde, será con un programa de contingencia, pero estará en Granada. El esfuerzo es formidable, hay que levantar un festival de la nada en pocas semanas, hay que poner cada cosa en su sitio, hacer que la máquina vuelva a funcionar. Hay que volver a tomar la ciudad y, como siempre, tras la cola de la primavera traer música, llevar danza.
Perder el símbolo de nuestro verano era un precio alto. Podría haberse pagado, pero los símbolos salen adelante y se imponen en la realidad, sea la nueva o sea la vieja, retando al desasosiego y los medrosos. Hay que someterse a medidas, normas que apenas se conocen, ratios que surgen mañana, presupuestos que son ayer, miedos que son hoy, tensiones, noches sin dormir, desvelos. Más allá, alrededor, mucha gente, muchísima, aporta su punto de vista, su reflexión, en este mundo de cultura y farándula para volver a los teatros y las calles. Por eso es el momento de que ninguna institución ceje, de que tomemos lo que fue nuestro y sigamos cumpliendo el rito veraniego de la celebración de la música y la danza. Puede ser con un aforo más limitado, pero no podemos dejar de ser lo que fuimos. Puede ser con lo inesperado, pero tenemos que ser la ciudad que somos.

Alfonso Salazar

viernes, 8 de mayo de 2020

Taberna Redes

La Voz de Granada 8 de mayo 2020

Echamos de menos el bar, y la terraza, y la caña, y los amigos. Natural, va en la costumbre. Esperamos que abran pronto -¡ya!- los bares, aunque sea con distanciamiento social, mamparas y aforos más reducidos. Entre tanto y desde hace tiempo, mucho antes del confinamiento, las redes sociales sustituyen, solo en algunas maneras, a los bares. La gente se cruza en las redes, se saluda, se observan, charlan, se añoran… Sucedáneos de bares.
En los bares, y en las tabernas, como todos los lugares donde nos frecuentamos hay de lo mejor y de lo peor. En los bares, y las tabernas, lo mejor y lo peor no tiene horario, pero el vocerío, las palabras gruesas y el insulto llega cuando se llevan unas copas de más y la hora de cierre está próxima.
Hemos pasado muchas horas en bares, conocemos de sobra la hora bruja, la figura rígida pero vacilante, la torpeza de lengua deslenguada, la exageración tabernaria. La red social como taberna abunda en ello, pero sin necesidad de haberse encajado cinco copazos. Se habla así de natural, con desparpajo, vaya el exabrupto por delante, porque no enmascara el alcohol y otras sustancias alegres sino el anonimato y la distancia. Hay una minoría vociferante que proviene de escuela de tertuliano mal deglutida.
Visitamos las redes sociales para saber, para conocer, para informarnos, para entender a los demás y entendernos. La mayoría del tiempo se disfruta con el ingenio, con la afilada mirada de los demás: brindamos un apunte certero, celebramos un comentario audaz, investigamos qué dijo quién. Pero otras veces, como en las tabernas, pisamos la cáscara en el suelo y sin serrín, nos pringamos las manos, nos salivan en la oreja, y comprobamos que el servicio de las redes sociales, como el de las tabernas descuidadas, está sucio e inservible, atorado de mierda, pestilente.
Lo que antes eran riñas de bar, chismes de taberna, murmuraciones sin fundamento, ahora se amplifican en bares abiertos veinte y cuatro horas, sin un camarero que pida bajar la voz y no molestar a los vecinos. Por eso, que una patraña, acerca del supuesto control gubernamental sobre los envíos de WhatsApp, haya sido llevada por una parlamentaria por Granada al Congreso deja la sensación de que las tabernas y sus engañifas, a través de las redes sociales, han entrado en las instituciones. Que un médico con proselitismo en redes vocifere patibulario, o que haya gente, mucha gente, que vive en una red de mentira continua, en un mundo paralelo para lelos, donde les meten bulos por la escuadra, es un fenómeno descomunal.
Dan ganas de dejar de escuchar el Congreso, leer las redes sociales y de ir al bar. Pero, al fin y al cabo, y más ahora, es en las redes donde podemos seguir viendo a los amigos y celebrar, así que andamos con cuidado, silenciamos al borrachín de la palabra, desconfiamos del cotilla a quien le salen bulos en los bolsillos y miramos con desconfianza a quien se nos acerca, vaya a ser que lleve un virus en su interior o es que se alegra de vernos. Quizá ese es el futuro: andar con cuidado por la vida y por las redes. Y como en la vida misma, no es plan esperar a que el Gobierno venga a sacarte del embrollo, ni que sea la policía quien localice al buloso y al bilioso, ni que la Guardia Civil persiga el fake y al navajero, ni que un tribunal distinga al memo que todo se lo cree, y todo bulo remata, del bribón que busca alarmar a la sociedad, quebrar la salud pública o, sencillamente, putear al prójimo. No hay que esperar a que alguien venga a salvarnos, sino que, como en la vida misma, uno pone de su parte: desmiente a quien miente, desoye a quien intoxica, compadece al que todo se traga, censura al grosero, bloquea al fanático y es, uno mismo, quien distingue la verdad de la mentira. Y si la cosa no amaina, pues recoges y te vas, como en los bares.

Alfonso Salazar

jueves, 23 de abril de 2020

Volver

La Voz de Granada, 10 de abril 2020

Las noticias están ocupadas por la guerra del siglo. En las guerras hay bombardeos, sí, reclutamiento, desabastecimiento y penuria. No es una guerra porque muchos vivimos un encierro con wifi y no hay un enemigo armado de misiles tras la frontera. Pero también las guerras suministran debacle económica, promueven tendencias fascistas y salvapatrias, retransmiten rumores y bulos, contabilizan pérdidas humanas, se excepcionan los derechos fundamentales, hay soldados mal pertrechados y se exige la reconstrucción social y económica. Las guerras también forjan solidaridad, sacrificio y heroísmo. Las guerras son inolvidables y marcan el recuerdo y la infancia para siempre. En las guerras también se piden certezas de futuro cuando el presente tiembla. Por eso parece una guerra.

Vivimos confinados, preocupados, unidos, atentos, aplaudiendo y aplaudidos. Las guerras terminan, y en esta no hay que negociar la paz con el enemigo. Todo pasará: volverán otras oscuras noticias los huecos de los noticiarios a ocupar. Las mascarillas volverán a ser un elemento laboral o la nueva indumentaria social, la ciencia vendrá a salvarnos, el papel higiénico dejará de ser el símbolo pueril de nuestros miedos, los trabajadores recuperarán sus trabajos, las familias regresarán a su ritmo cotidiano de vivir por separado, la televisión volverá al plató, las multitudes a los estadios, las casas de apuestas reaparecerán en el prime time, las drogas legales reocuparán la calle, los sueños volverán a ser solo sueños y no tanta pesadilla. Los perros saldrán a mear una vez al día para marcar un territorio disputado, los runners cruzarán veloces la noche y el día, los políticos retomarán la discusión bizantina donde la dejaron. Volveremos.

Todo pasará. La cuestión es si volveremos tal y como llegamos al confinamiento, indemnes, o bien volveremos arrebatados por la alegría de vivir. Esa será la reflexión: si necesitaremos más filósofos o más famosos. Si los psicólogos tendrán mucho trabajo o bien nos bastará refugiarnos en los strippers de la moral, los reyes del phishing y los tertulianos de voz en grito. Veremos si, sinceramente, nos acordaremos de aplaudir cada día al personal sanitario, el de limpieza, transportistas, cajeras, reponedores, policías, cuidadoras y cuidadores, la clase política que duerme poco… Veremos si realmente los seguimos considerando héroes, heroínas, o bien volveremos al redil, la admiración al mediocre, el perdón a la monarquía, el bandereo, la trifulca ideológica, la disputa política de baja mira, el cañoneo burdo y farlopero de quien desarma al rival con tres bufidos y dos insultos.

Sabemos que no volveremos tal cual, que los hábitos sociales pueden cambiar, que quizá nos acostumbremos a estar más anchos en los cines y los teatros, que el abrazo quizá se reserve a la intimidad. Puede ser que adquiramos hábitos que antes de ayer eran impensables. Hubo un tiempo, que los más jóvenes no conocen, en los que se fumaba en los lugares públicos, subíamos a un avión bebiendo un refresco en lata, no reciclábamos basura, llevábamos luto y velo un lustro, soltábamos a chorro humo por tubo de escape. Quizá a partir de pasado mañana adquiramos hábitos desconocidos, o infrecuentes, como cotidianos.

De todas maneras, ojalá volvamos como quien vuelve de un viaje transformador más que de una condena criminógena. Que realmente hayamos apreciado y reflexionado sobre lo importante, porque estas semanas ha quedado aparcado lo urgente, el intrascendente urgente del hoy por hoy, arrasado por la distancia social y la muerte. El mundo, el planeta, agradece aspectos que la economía deplora, que al sistema se le indigestan. Es cierto que algunos volverán con ganas de gastar lo que se están ahorrando estos días encerrados en casa. Que otros muchos no tendrán qué gastar porque lo han perdido todo. Que buscaremos la ayuda del Gobierno. Llegará el momento de valorar, ver quiénes hicieron lo que debían y quienes quisieron rapiñar, vender su mitin, sacar partido del dolor. Y será el momento de ver si, realmente, esta distancia entre nosotros ha servido para volver a acercarnos.

lunes, 30 de marzo de 2020

Miles de listos

La voz de Granada, 25 de marzo 2020

La pandemia del coronavirus ha hecho brotar, como fiebre, una plaga de listos. Los listos están detrás de un vídeo grabado modo ególatra, los listos amplifican una opinión de oídas como verdad irrefutable. Los listos van disfrazados de científicos alarmistas, están ocultos en nuestro propio miedo y afloran como si manifestando la tragedia pudiesen conjurarla.

Cada día aparecen nuevos listos, salvadores de la multitud, gentes que piensan que un gobernante pretende hacerlo mal, rematadamente mal, que el objetivo de quien gobierna es joder a la población. Los listos se dieron cuenta de la pandemia antes de que el virus apareciese, los listos se adelantan a su tiempo, anticipan los efectos a las causas, leen el pasado desde el futuro. Los listos –y las listas- sacan provecho de la muerte y se nutren de anciano muerto. Los listos comparan lo incomparable con tal de tener razón. Los listos no duermen porque piensan en cómo interpretar la realidad para asaltar la realidad. Los listos, aunque todo cambie cada día, aunque la comunidad científica aporte un grado de conocimiento a diario, se agarran a un dato y reman con él contracorriente. Los listos anuncian el apocalipsis para ayer.

Los listos se alían con los tontos para hacernos la vida más complicada. Los listos, y los tontos, creen que los virus paran en frontera. Los listos instan al sacrificio desde la oposición, reprenden a quien tome las decisiones, acusan a quien no les da lo que creen merecer. Los listos consideran que ellos sí, ellos sí que saben manejar esta situación. Los listos creen que con una sola pregunta en una sola rueda de prensa descubrirán una verdad. Los listos interpretan la parte como un todo. Los listos esperan con ansia lo peor para dar tensión y anuncios. Un listo achaca la gestión de una crisis a un interés partidista, tal y como el propio listo haría, tal y como el propio listo sueña que podría hacer si le diesen las riendas de esto. Un listo piensa que la acción de la política puede alcanzar y resolver cualquier asunto: incluso lo que escapa a la acción política. Un listo piensa que todo se reduce a una materia política tan gris como su alma.

Los listos, de dos modelos matemáticos, siempre elegirán el peor. Un listo no mide, un listo confina a tope o pide libertad de movimiento. Un listo no suele estar de acuerdo con otro listo, pero sí con un tonto que esté en su antípoda ideológica. Un listo emana mensajes por redes informando de lo peor, por si acaso pudiese salvar de no se sabe muy bien qué a no se sabe quién. Un listo informa de su reducido mundo como si fuese el mundo entero. Los listos consideran exageraciones los avisos y avisan de exageraciones. Ha llegado el momento de los listos, de los que se saltan los cauces, de los que se echan al monte pandémico, de los que prefieren decir en un futuro cercano el ‘ya te lo dije’. Un listo, una lista, no duda: jamás. Los listos nos tienen rodeados.

Alfonso Salazar

viernes, 21 de febrero de 2020

Un poema prestado


CREDO, de Juan Carlos Aragón

Creo en ti,
¡oh, todopoderoso Carnaval de Cádiz!
creador del cielo inmenso de los pobres
y creador de la tierra como calle.
Creo en el Tío de la Tiza, su hijo primero,
y en todos sus hijos, los otros, los chirigoteros,
que los concibieron por la obra y la gracia del divino espíritu
que el pueblo necesita,
el pueblo que aquí nació, de la virgen Tacita.

Creo en ti,
¡oh, todopoderoso Carnaval gaditano!
Que padeció el poder bajo tantos tiranos
hasta ser crucificado, muerto y sepultado.
Que desde lo profundo de los infiernos
resucitó al tercer siglo de entre los muertos
y ascendió a la Cruz Verde y allí está sentado a la izquierda del Falla.
A donde vive su reino para que la gente viva feliz
aunque no tenga gobierno.

Creo en el espíritu libre y santo,
en la iglesia de los compases celestiales,
en la comunión de la gente cantando,
en el perdón de los pecados inmorales.
En la resurrección de las caras pintadas de blanco
y creo en la vida eterna de los carnavales,
y creo en la vida eterna de los carnavales.

Juan Carlos Aragón (1967-2019)

LA MITAD IGNORADA

Madréporas
 Silvia Mistral
Ramón Gaya (Ilustrador); Mónica Jato (Prologuista)
Cuadernos del vigía, Madrid-Granada, 2020

Las olvidadas
Carlota O´Neill
Dioni Mora Macías (Ilustrador); Rocío González Naranjo (Prologuista)
Cuadernos del vigía, Madrid-Granada, 2020




Leer en Los Diablos Azules

La editorial Cuadernos del Vigía, en los últimos años, ha tomado el interesante rumbo de la recuperación de textos que se perdieron tras la derrota de la República. Al trabajo desarrollado en la reivindicación de la figura de Max Aub (con la reedición de sus ‘campos’ esa memoria de un hombre y de un país) se suma ahora la edición de ‘La mitad ignorada’, una colección de textos dirigida por Jairo García Jaramillo, que bucea y recupera textos de las autoras de la República y el exilio. Carmen de Burgos, Concha Méndez, Elisabeth Mulder y Carmen Conde han sido los primeros nombres elegidos para encabezar esta colección que está llamada a darnos grandes descubrimientos, gratos reencuentros y esperadas reconciliaciones con autoras olvidadas.


Las últimas autoras en añadirse a la lista son Carlota O´Neill y Silvia Mistral. La primera fue hija del diplomático Enrique O´Neill mexicano y la escritora Regina de Lamo. De Carlota, que fue confinada en la prisión del Fuerte de Victoria Grande de Melilla, tras la ejecución de su marido en julio de 1936 -el ingeniero y aviador republicano Virgilio Leret-, se publica el relato ‘Las olvidadas’. El relato fue escrito en aquel presidio militar del que fue liberada al final de la guerra tras sufrir diversos consejos de guerra. Tras su puesta en libertad tuvo que luchar por la custodia de sus hijas y vivió escribiendo bajo los seudónimos de Laura de Noves y Carlota Lionell. Es imprescindible no olvidar el empuje sindicalista y feminista de O´Neill, cómo promovió el teatro proletario durante la República, para no caer en la acusación simplista de colaboracionista del franquismo, cuando realmente escribió folletines y otros textos para sobrevivir y poder, finalmente, exiliarse a México y Venezuela. Quienes la acusan, no habrán leído ‘Una mujer en la guerra de España’, sin duda. O´Neill pertenece a una familia donde hay que destacar a Rosario Acuña, Regina Flavio y Lidia Falcón, pioneras del feminismo. 
‘Las olvidadas’ es un relato que refleja la vida en prisión, tal y como le sucede a la autora, donde convive con prostitutas y cabareteras, denunciadas por los propios militares que poco antes las visitaban en los antros donde eran explotadas. Allí narra la historia de la Oliva, modelo de Romero de Torres, y de su amiga Carmen, una historia cargada de amor, celos y pasiones que, quizá por esa razón, pudo sacar el cuaderno donde fue escrito, indemne, de la cárcel. Aunque el desenlace escabroso del relato hace dudar que, siquiera, leyeran el cuaderno los censores de la prisión. El relato cobra interés por su procedencia, lo que bien explica Rocío González Naranjo en el prefacio -cuando nos narra el descubrimiento de este texto escrito durante el cautiverio en el legado de la autora, diligentemente guardado por la familia Leret O´Neill-, pero también por su singularidad: hay un lenguaje alambicado en la narradora, jalonado de palabras imposibles o muy desconocidas, palabras técnicas aplicadas en situaciones cotidianas, que bien pudieran tener su razón en, como dicen los editores, una suerte de ejercicio léxico de la autora ‘para su cansado cerebro’. Pero este lenguaje, inaccesible a veces, contrasta con el llano de las protagonistas, con acento cordobés, sevillano, y reproducido tal cual. La fidelidad de la autora al lenguaje muy andaluz y el contraste con el lenguaje exclusivo hacen pensar en un modo de muletazo a la censura. No ha debido ser una edición fácil recuperar el texto, se percibe en el mismo cierta premura de la autora, pero estas pequeñas fallas dan al texto aún mayor vivacidad, como si fuese la transcripción de aquel cuaderno. Como si presenciásemos la escritura (y la toma de notas de sus conversaciones con las compañeras presas) en directo, en un banco del presidio. Así recuerda Carlota en sus memorias cómo escribía en prisión: ‘colocaba sobre las rodillas una caja de madera donde guardaba los peines y encima las cuartillas en el suelo, el tintero; brazos y codos al aire…’. 
De la segunda, Silvia Mistral, se publica una pequeña joya: ‘Madrépora’. Hay poquísimas muestras de literatura que aúnen maternidad y exilio. La vida de Silvia Mistral es una vida que va y viene por el Atlántico. Nacida en 1914 en La Habana, de padres españoles, emigró a la península y luego volvió a la isla caribeña, para, otra vez, volver de nuevo a España con su familia, impelida por la esperanza puesta en la España que nacía el 14 de abril de 1931. Aquella repatriación trajo de vuelta a casi 1000 españoles –‘sobrevivientes de la crisis económica norteamericana iniciada en 1929, del desempleo, la lucha contra el terror machadista’- que terminarían en su mayoría en las cunetas y las trincheras, o como Mistral, de vuelta al Caribe en el viaje del exilio vía Francia y México, acompañada del anarquista Ricardo Mestre. Cuando Silvia Mistral emprende el viaje del exilio está embarazada, y ‘Madrépora’ son las reflexiones y emociones transcritas de aquel viaje por la vida, que conducirá al nacimiento, ya en México, de su hija. Es un texto escrito para la recién llegada a la vida, pero donde se entrelazan la vivencia de la maternidad, la experiencia hermosa, con la prueba desgarradora del exilio. Mónica Jato lo explica acertadamente en el prólogo, donde expone la división en partes del texto, en un orden cronológico que conduce desde el embarazo al nacimiento, pero –y a la vez- ese viaje del pasado al presente, y de España a México, país de acogida y definitivamente, país de la familia Mestre-Mistral y de su hija, una madrépora que echa raíces en tierra nueva.
La maternidad es una experiencia única, irrepetible, pues cada embarazo y cada parto tienen una historia propia, la del ser humano que está llegando, la del ser humano que le da la vida y el viaje que inician desde ese preciso momento en que el cuerpo se abomba. Esa experiencia brillante en las palabras de Silvia Mistral no es solo una experiencia física –que también- sino que afina de tal manera el adjetivo y la metáfora que la convierte en una implosiva experiencia sentimental e histórica. El parto, que es la misma vida, se hace metáfora de la vida. Silvia Mistral habla de la vida que hay que vivir, de la vida que se muestra hacia delante: una vida futura que debe reconciliar con las ganas de vivir, el deseo y la esperanza de la superviviente agradecida, consciente y al fin libre.

lunes, 17 de febrero de 2020

2031

La Voz de Granada, 17 de febrero 2020

El Centro Federico García Lorca sufre carencia de personal y la respuesta de las instituciones que forman su consorcio es la rebaja de su presupuesto. La Orquesta Ciudad de Granada tira de la pesada bola de su deuda y entra en el peligroso bucle donde se pregunta sobre su utilidad. La gestión de las principales instituciones, como el Parque de las Ciencias, deviene en una discusión fútil que reagrupa el poder centralista en Sevilla y arrincona la iniciativa de la ciudad. Los festivales de Granada menguan, algunos desaparecen sin sustituto, otros solo se nutren de ilusión y lo que deje una taquilla, porque las instituciones han empezado a hacer mutis por el foro.

Con estas mimbres ¿se puede ser ciudad cultural europea en un plazo de once años? Difícilmente. El trabajo ni se hizo ni se hace, es una cuestión de la personalidad esquizofrénica de nuestra ciudad. Lo tenía todo, pero no lo trabaja. Y quien trabaja lo hace por cuenta propia con mayor ilusión que apoyo. No vamos a volver a hablar de cómo proyectos de otras ciudades, tan cercanas, abocadas a otros destinos como motores económicos han sabido gestionar, con un esfuerzo de años, el relumbrón cultural y hacer de la cultura un motor más añadido a las poderosas turbinas del turismo. Ese motor, el de la cultura, era el nuestro y anda gripado. Esas otras ciudades supieron copar, estratégicamente, los puestos del partido en el poder autonómico cuando de la cosa cultural se trataba, y se daba un engrase perfecto con los jerifaltes, de cualquier otro partido, que estuviesen en el poder local. Aquí nada de nada, ni acuerdo: gresca, pereza e inaninidad.

Es posible que aún se esté a tiempo, si acaso se plantea lo importante por encima de lo urgente, si acaso se remangan todas las fuerzas políticas y trazan un plan ambicioso, un camino que recorrer; si ponen los medios para que así sea. La labor de las instituciones en el campo de la cultura, desengáñense, no es facilitar. Su función es tirar del carro, porque la cultura, como los parques públicos no se financian con la venta de entradas. Es la diferencia entre un parque y un vivero. En el vivero se venden árboles, en el parque se disfruta de la sombra. Granada debía ser una ciudad de parques culturales, de árboles de cultura, de una enorme sombra cultural cubriéndola toda. Una sombra que alcanzase hasta 2031 y mucho más allá.

Para ello, el empeño de las instituciones todas, de los partidos todos, pasa por unirse, por entenderse, por empeñarse, por rebuscar, por equilibrar, por conseguir financiación, imaginación y dinero debajo de las piedras. Pasa porque los centros culturales de Granada irradien y trabajen con personal suficiente, porque la oferta cultural sea cada vez de mayor calidad, pasa porque los proyectos sean viables e indiscutibles, surgidos del acuerdo y el apoyo. Porque esa es la labor: liderar el proyecto, ponerse al frente. Ser Capital Europea de la Cultura no soporta la reducción de un presupuesto.

Alfonso Salazar