jueves, 23 de abril de 2020

Volver

La Voz de Granada, 10 de abril 2020

Las noticias están ocupadas por la guerra del siglo. En las guerras hay bombardeos, sí, reclutamiento, desabastecimiento y penuria. No es una guerra porque muchos vivimos un encierro con wifi y no hay un enemigo armado de misiles tras la frontera. Pero también las guerras suministran debacle económica, promueven tendencias fascistas y salvapatrias, retransmiten rumores y bulos, contabilizan pérdidas humanas, se excepcionan los derechos fundamentales, hay soldados mal pertrechados y se exige la reconstrucción social y económica. Las guerras también forjan solidaridad, sacrificio y heroísmo. Las guerras son inolvidables y marcan el recuerdo y la infancia para siempre. En las guerras también se piden certezas de futuro cuando el presente tiembla. Por eso parece una guerra.

Vivimos confinados, preocupados, unidos, atentos, aplaudiendo y aplaudidos. Las guerras terminan, y en esta no hay que negociar la paz con el enemigo. Todo pasará: volverán otras oscuras noticias los huecos de los noticiarios a ocupar. Las mascarillas volverán a ser un elemento laboral o la nueva indumentaria social, la ciencia vendrá a salvarnos, el papel higiénico dejará de ser el símbolo pueril de nuestros miedos, los trabajadores recuperarán sus trabajos, las familias regresarán a su ritmo cotidiano de vivir por separado, la televisión volverá al plató, las multitudes a los estadios, las casas de apuestas reaparecerán en el prime time, las drogas legales reocuparán la calle, los sueños volverán a ser solo sueños y no tanta pesadilla. Los perros saldrán a mear una vez al día para marcar un territorio disputado, los runners cruzarán veloces la noche y el día, los políticos retomarán la discusión bizantina donde la dejaron. Volveremos.

Todo pasará. La cuestión es si volveremos tal y como llegamos al confinamiento, indemnes, o bien volveremos arrebatados por la alegría de vivir. Esa será la reflexión: si necesitaremos más filósofos o más famosos. Si los psicólogos tendrán mucho trabajo o bien nos bastará refugiarnos en los strippers de la moral, los reyes del phishing y los tertulianos de voz en grito. Veremos si, sinceramente, nos acordaremos de aplaudir cada día al personal sanitario, el de limpieza, transportistas, cajeras, reponedores, policías, cuidadoras y cuidadores, la clase política que duerme poco… Veremos si realmente los seguimos considerando héroes, heroínas, o bien volveremos al redil, la admiración al mediocre, el perdón a la monarquía, el bandereo, la trifulca ideológica, la disputa política de baja mira, el cañoneo burdo y farlopero de quien desarma al rival con tres bufidos y dos insultos.

Sabemos que no volveremos tal cual, que los hábitos sociales pueden cambiar, que quizá nos acostumbremos a estar más anchos en los cines y los teatros, que el abrazo quizá se reserve a la intimidad. Puede ser que adquiramos hábitos que antes de ayer eran impensables. Hubo un tiempo, que los más jóvenes no conocen, en los que se fumaba en los lugares públicos, subíamos a un avión bebiendo un refresco en lata, no reciclábamos basura, llevábamos luto y velo un lustro, soltábamos a chorro humo por tubo de escape. Quizá a partir de pasado mañana adquiramos hábitos desconocidos, o infrecuentes, como cotidianos.

De todas maneras, ojalá volvamos como quien vuelve de un viaje transformador más que de una condena criminógena. Que realmente hayamos apreciado y reflexionado sobre lo importante, porque estas semanas ha quedado aparcado lo urgente, el intrascendente urgente del hoy por hoy, arrasado por la distancia social y la muerte. El mundo, el planeta, agradece aspectos que la economía deplora, que al sistema se le indigestan. Es cierto que algunos volverán con ganas de gastar lo que se están ahorrando estos días encerrados en casa. Que otros muchos no tendrán qué gastar porque lo han perdido todo. Que buscaremos la ayuda del Gobierno. Llegará el momento de valorar, ver quiénes hicieron lo que debían y quienes quisieron rapiñar, vender su mitin, sacar partido del dolor. Y será el momento de ver si, realmente, esta distancia entre nosotros ha servido para volver a acercarnos.

lunes, 30 de marzo de 2020

Miles de listos

La voz de Granada, 25 de marzo 2020

La pandemia del coronavirus ha hecho brotar, como fiebre, una plaga de listos. Los listos están detrás de un vídeo grabado modo ególatra, los listos amplifican una opinión de oídas como verdad irrefutable. Los listos van disfrazados de científicos alarmistas, están ocultos en nuestro propio miedo y afloran como si manifestando la tragedia pudiesen conjurarla.

Cada día aparecen nuevos listos, salvadores de la multitud, gentes que piensan que un gobernante pretende hacerlo mal, rematadamente mal, que el objetivo de quien gobierna es joder a la población. Los listos se dieron cuenta de la pandemia antes de que el virus apareciese, los listos se adelantan a su tiempo, anticipan los efectos a las causas, leen el pasado desde el futuro. Los listos –y las listas- sacan provecho de la muerte y se nutren de anciano muerto. Los listos comparan lo incomparable con tal de tener razón. Los listos no duermen porque piensan en cómo interpretar la realidad para asaltar la realidad. Los listos, aunque todo cambie cada día, aunque la comunidad científica aporte un grado de conocimiento a diario, se agarran a un dato y reman con él contracorriente. Los listos anuncian el apocalipsis para ayer.

Los listos se alían con los tontos para hacernos la vida más complicada. Los listos, y los tontos, creen que los virus paran en frontera. Los listos instan al sacrificio desde la oposición, reprenden a quien tome las decisiones, acusan a quien no les da lo que creen merecer. Los listos consideran que ellos sí, ellos sí que saben manejar esta situación. Los listos creen que con una sola pregunta en una sola rueda de prensa descubrirán una verdad. Los listos interpretan la parte como un todo. Los listos esperan con ansia lo peor para dar tensión y anuncios. Un listo achaca la gestión de una crisis a un interés partidista, tal y como el propio listo haría, tal y como el propio listo sueña que podría hacer si le diesen las riendas de esto. Un listo piensa que la acción de la política puede alcanzar y resolver cualquier asunto: incluso lo que escapa a la acción política. Un listo piensa que todo se reduce a una materia política tan gris como su alma.

Los listos, de dos modelos matemáticos, siempre elegirán el peor. Un listo no mide, un listo confina a tope o pide libertad de movimiento. Un listo no suele estar de acuerdo con otro listo, pero sí con un tonto que esté en su antípoda ideológica. Un listo emana mensajes por redes informando de lo peor, por si acaso pudiese salvar de no se sabe muy bien qué a no se sabe quién. Un listo informa de su reducido mundo como si fuese el mundo entero. Los listos consideran exageraciones los avisos y avisan de exageraciones. Ha llegado el momento de los listos, de los que se saltan los cauces, de los que se echan al monte pandémico, de los que prefieren decir en un futuro cercano el ‘ya te lo dije’. Un listo, una lista, no duda: jamás. Los listos nos tienen rodeados.

Alfonso Salazar

viernes, 21 de febrero de 2020

Un poema prestado


CREDO, de Juan Carlos Aragón

Creo en ti,
¡oh, todopoderoso Carnaval de Cádiz!
creador del cielo inmenso de los pobres
y creador de la tierra como calle.
Creo en el Tío de la Tiza, su hijo primero,
y en todos sus hijos, los otros, los chirigoteros,
que los concibieron por la obra y la gracia del divino espíritu
que el pueblo necesita,
el pueblo que aquí nació, de la virgen Tacita.

Creo en ti,
¡oh, todopoderoso Carnaval gaditano!
Que padeció el poder bajo tantos tiranos
hasta ser crucificado, muerto y sepultado.
Que desde lo profundo de los infiernos
resucitó al tercer siglo de entre los muertos
y ascendió a la Cruz Verde y allí está sentado a la izquierda del Falla.
A donde vive su reino para que la gente viva feliz
aunque no tenga gobierno.

Creo en el espíritu libre y santo,
en la iglesia de los compases celestiales,
en la comunión de la gente cantando,
en el perdón de los pecados inmorales.
En la resurrección de las caras pintadas de blanco
y creo en la vida eterna de los carnavales,
y creo en la vida eterna de los carnavales.

Juan Carlos Aragón (1967-2019)

LA MITAD IGNORADA

Madréporas
 Silvia Mistral
Ramón Gaya (Ilustrador); Mónica Jato (Prologuista)
Cuadernos del vigía, Madrid-Granada, 2020

Las olvidadas
Carlota O´Neill
Dioni Mora Macías (Ilustrador); Rocío González Naranjo (Prologuista)
Cuadernos del vigía, Madrid-Granada, 2020




Leer en Los Diablos Azules

La editorial Cuadernos del Vigía, en los últimos años, ha tomado el interesante rumbo de la recuperación de textos que se perdieron tras la derrota de la República. Al trabajo desarrollado en la reivindicación de la figura de Max Aub (con la reedición de sus ‘campos’ esa memoria de un hombre y de un país) se suma ahora la edición de ‘La mitad ignorada’, una colección de textos dirigida por Jairo García Jaramillo, que bucea y recupera textos de las autoras de la República y el exilio. Carmen de Burgos, Concha Méndez, Elisabeth Mulder y Carmen Conde han sido los primeros nombres elegidos para encabezar esta colección que está llamada a darnos grandes descubrimientos, gratos reencuentros y esperadas reconciliaciones con autoras olvidadas.


Las últimas autoras en añadirse a la lista son Carlota O´Neill y Silvia Mistral. La primera fue hija del diplomático Enrique O´Neill mexicano y la escritora Regina de Lamo. De Carlota, que fue confinada en la prisión del Fuerte de Victoria Grande de Melilla, tras la ejecución de su marido en julio de 1936 -el ingeniero y aviador republicano Virgilio Leret-, se publica el relato ‘Las olvidadas’. El relato fue escrito en aquel presidio militar del que fue liberada al final de la guerra tras sufrir diversos consejos de guerra. Tras su puesta en libertad tuvo que luchar por la custodia de sus hijas y vivió escribiendo bajo los seudónimos de Laura de Noves y Carlota Lionell. Es imprescindible no olvidar el empuje sindicalista y feminista de O´Neill, cómo promovió el teatro proletario durante la República, para no caer en la acusación simplista de colaboracionista del franquismo, cuando realmente escribió folletines y otros textos para sobrevivir y poder, finalmente, exiliarse a México y Venezuela. Quienes la acusan, no habrán leído ‘Una mujer en la guerra de España’, sin duda. O´Neill pertenece a una familia donde hay que destacar a Rosario Acuña, Regina Flavio y Lidia Falcón, pioneras del feminismo. 
‘Las olvidadas’ es un relato que refleja la vida en prisión, tal y como le sucede a la autora, donde convive con prostitutas y cabareteras, denunciadas por los propios militares que poco antes las visitaban en los antros donde eran explotadas. Allí narra la historia de la Oliva, modelo de Romero de Torres, y de su amiga Carmen, una historia cargada de amor, celos y pasiones que, quizá por esa razón, pudo sacar el cuaderno donde fue escrito, indemne, de la cárcel. Aunque el desenlace escabroso del relato hace dudar que, siquiera, leyeran el cuaderno los censores de la prisión. El relato cobra interés por su procedencia, lo que bien explica Rocío González Naranjo en el prefacio -cuando nos narra el descubrimiento de este texto escrito durante el cautiverio en el legado de la autora, diligentemente guardado por la familia Leret O´Neill-, pero también por su singularidad: hay un lenguaje alambicado en la narradora, jalonado de palabras imposibles o muy desconocidas, palabras técnicas aplicadas en situaciones cotidianas, que bien pudieran tener su razón en, como dicen los editores, una suerte de ejercicio léxico de la autora ‘para su cansado cerebro’. Pero este lenguaje, inaccesible a veces, contrasta con el llano de las protagonistas, con acento cordobés, sevillano, y reproducido tal cual. La fidelidad de la autora al lenguaje muy andaluz y el contraste con el lenguaje exclusivo hacen pensar en un modo de muletazo a la censura. No ha debido ser una edición fácil recuperar el texto, se percibe en el mismo cierta premura de la autora, pero estas pequeñas fallas dan al texto aún mayor vivacidad, como si fuese la transcripción de aquel cuaderno. Como si presenciásemos la escritura (y la toma de notas de sus conversaciones con las compañeras presas) en directo, en un banco del presidio. Así recuerda Carlota en sus memorias cómo escribía en prisión: ‘colocaba sobre las rodillas una caja de madera donde guardaba los peines y encima las cuartillas en el suelo, el tintero; brazos y codos al aire…’. 
De la segunda, Silvia Mistral, se publica una pequeña joya: ‘Madrépora’. Hay poquísimas muestras de literatura que aúnen maternidad y exilio. La vida de Silvia Mistral es una vida que va y viene por el Atlántico. Nacida en 1914 en La Habana, de padres españoles, emigró a la península y luego volvió a la isla caribeña, para, otra vez, volver de nuevo a España con su familia, impelida por la esperanza puesta en la España que nacía el 14 de abril de 1931. Aquella repatriación trajo de vuelta a casi 1000 españoles –‘sobrevivientes de la crisis económica norteamericana iniciada en 1929, del desempleo, la lucha contra el terror machadista’- que terminarían en su mayoría en las cunetas y las trincheras, o como Mistral, de vuelta al Caribe en el viaje del exilio vía Francia y México, acompañada del anarquista Ricardo Mestre. Cuando Silvia Mistral emprende el viaje del exilio está embarazada, y ‘Madrépora’ son las reflexiones y emociones transcritas de aquel viaje por la vida, que conducirá al nacimiento, ya en México, de su hija. Es un texto escrito para la recién llegada a la vida, pero donde se entrelazan la vivencia de la maternidad, la experiencia hermosa, con la prueba desgarradora del exilio. Mónica Jato lo explica acertadamente en el prólogo, donde expone la división en partes del texto, en un orden cronológico que conduce desde el embarazo al nacimiento, pero –y a la vez- ese viaje del pasado al presente, y de España a México, país de acogida y definitivamente, país de la familia Mestre-Mistral y de su hija, una madrépora que echa raíces en tierra nueva.
La maternidad es una experiencia única, irrepetible, pues cada embarazo y cada parto tienen una historia propia, la del ser humano que está llegando, la del ser humano que le da la vida y el viaje que inician desde ese preciso momento en que el cuerpo se abomba. Esa experiencia brillante en las palabras de Silvia Mistral no es solo una experiencia física –que también- sino que afina de tal manera el adjetivo y la metáfora que la convierte en una implosiva experiencia sentimental e histórica. El parto, que es la misma vida, se hace metáfora de la vida. Silvia Mistral habla de la vida que hay que vivir, de la vida que se muestra hacia delante: una vida futura que debe reconciliar con las ganas de vivir, el deseo y la esperanza de la superviviente agradecida, consciente y al fin libre.

lunes, 17 de febrero de 2020

2031

La Voz de Granada, 17 de febrero 2020

El Centro Federico García Lorca sufre carencia de personal y la respuesta de las instituciones que forman su consorcio es la rebaja de su presupuesto. La Orquesta Ciudad de Granada tira de la pesada bola de su deuda y entra en el peligroso bucle donde se pregunta sobre su utilidad. La gestión de las principales instituciones, como el Parque de las Ciencias, deviene en una discusión fútil que reagrupa el poder centralista en Sevilla y arrincona la iniciativa de la ciudad. Los festivales de Granada menguan, algunos desaparecen sin sustituto, otros solo se nutren de ilusión y lo que deje una taquilla, porque las instituciones han empezado a hacer mutis por el foro.

Con estas mimbres ¿se puede ser ciudad cultural europea en un plazo de once años? Difícilmente. El trabajo ni se hizo ni se hace, es una cuestión de la personalidad esquizofrénica de nuestra ciudad. Lo tenía todo, pero no lo trabaja. Y quien trabaja lo hace por cuenta propia con mayor ilusión que apoyo. No vamos a volver a hablar de cómo proyectos de otras ciudades, tan cercanas, abocadas a otros destinos como motores económicos han sabido gestionar, con un esfuerzo de años, el relumbrón cultural y hacer de la cultura un motor más añadido a las poderosas turbinas del turismo. Ese motor, el de la cultura, era el nuestro y anda gripado. Esas otras ciudades supieron copar, estratégicamente, los puestos del partido en el poder autonómico cuando de la cosa cultural se trataba, y se daba un engrase perfecto con los jerifaltes, de cualquier otro partido, que estuviesen en el poder local. Aquí nada de nada, ni acuerdo: gresca, pereza e inaninidad.

Es posible que aún se esté a tiempo, si acaso se plantea lo importante por encima de lo urgente, si acaso se remangan todas las fuerzas políticas y trazan un plan ambicioso, un camino que recorrer; si ponen los medios para que así sea. La labor de las instituciones en el campo de la cultura, desengáñense, no es facilitar. Su función es tirar del carro, porque la cultura, como los parques públicos no se financian con la venta de entradas. Es la diferencia entre un parque y un vivero. En el vivero se venden árboles, en el parque se disfruta de la sombra. Granada debía ser una ciudad de parques culturales, de árboles de cultura, de una enorme sombra cultural cubriéndola toda. Una sombra que alcanzase hasta 2031 y mucho más allá.

Para ello, el empeño de las instituciones todas, de los partidos todos, pasa por unirse, por entenderse, por empeñarse, por rebuscar, por equilibrar, por conseguir financiación, imaginación y dinero debajo de las piedras. Pasa porque los centros culturales de Granada irradien y trabajen con personal suficiente, porque la oferta cultural sea cada vez de mayor calidad, pasa porque los proyectos sean viables e indiscutibles, surgidos del acuerdo y el apoyo. Porque esa es la labor: liderar el proyecto, ponerse al frente. Ser Capital Europea de la Cultura no soporta la reducción de un presupuesto.

Alfonso Salazar

martes, 4 de febrero de 2020

TRIDIMENSIONAL

La Voz de Granada, 4 de febrero 2020

La dimisión de Sebastián Pérez como presidente provincial del PP, debe entenderse tridimensionalmente, desde tres coordenadas: la primera, desde la difusa línea que separa las opciones de la derecha española, que emborronadas por la cuestión catalana –y la entrega a la españolidad- y el auge del populismo de VOX, ni siquiera la argamasa del poder está siendo capaz de cuajar. El jarmazo de Ciudadanos debería haber reforzado la postura del PP, pero la duda entre los posibles adelantamientos desde su derecha y su más a la derecha, generan duda, plantean una refundación de la derecha; ya lo dijo Aznar en su momento: cuando él se fue dejó una derecha, y ahora cuando mira, se encuentra con tres.

La siguiente coordenada es la que se refiere a la municipalidad. Indudablemente, como dice, Granada fue utilizada como moneda de cambio (¿por Málaga? ¿Murcia?) en la elección del gobierno municipal: no es una ficción. No hay otra explicación plausible para que una fuerza como Ciudadanos, que no había apenas ascendido en votos municipalistas, que conservaba un número escaso de concejales, se aupase al bastón de mando. Han pasado muy pocos meses, pero hay que recordar que por entonces se vivía el idilio de la entente Moreno Bonilla y Martín (dicho así, seguido, parece un bufete de provincias o una delantera olvidable), Cs andaba como un cohete y el PP vivía momentos bajos, muy bajos (aún no había explotado el cohete, ni el PP estaba en remontada). Además, se dio un nudo gordiano: a este alcalde solo lo puede desbancar la antinatural unión de los contrarios.

La tercera coordenada pivota en la identidad territorial. Más allá de esas ataduras consistoriales que maniataron a Pérez, ha de tenerse en cuenta que los desplantes a Granada se suceden con contundencia y dejan en mal lugar a los delegados del gobierno sevillanero. Parque de las Ciencias, centros educativos, Escuela Andaluza de Salud Pública, siembran un constante alejamiento del capitaleo, que ya se calentó con el AVE y el PTS. Además, ahora que la Junta cambia el logo –como si no hubiese otras cuestiones en que abundar- por una ‘A’ grande, a Granada quizá le parezca aún más lejana la Junta y su imagen, casi irreconocible, y le sonará a la ‘A’ de Alcampo.

Eso sí, Pérez no se va, solamente lanza un órdago a la dirección andaluza del PP, manejada desde Málaga (¿Málaga) y a la Secretaría general del Partido dirigida por Murcia (¿Murcia?). Expone su nulo entendimiento con el acuerdo suscrito con CS por parte de los jefes; muestra la poquísima simpatía entre los dos políticos que estaban llamados a dirigir la ciudad. Pero se queda, seguirá en la Plaza del Carmen, atento, por si cualquier día hay que pasarse a la oposición, por si un Ciudadanos mermado, vapuleado, opta por eso que llaman ‘España Suma’ y todas las derechas aznaritas vuelven a la misma, prieta fila, y un Sebastián renacido porta el estandarte.

jueves, 30 de enero de 2020

Viviendas Fundación Benéfico-Social (Sector Sur, Córdoba, 1961-1965). Arquitecto: Rafael de la Hoz, de Isabel Pérez Montalbán

Teníamos un tiesto con claveles,
las coplas dedicadas por la radio
y un corazón de periferia
con vistas a la diáspora y al tizne.

Yo contaba dos años, tan blanca la memoria
que no recuerdo nada, pero he visto mi barrio
en una exposición de arquitectura
que muestra las vanguardias y el enjambre moderno.

La vivienda social era una huida
de los asentamientos marginales.
Así, pensando en los más pobres
y en nuestra natural inclinación
al revoltijo y a la bronca,
nos construyó el franquismo un polígono
de casas protegidas, de refugios al margen,
como nidos aislados de hipoteca.

En medio de un solar sin jardineras,
ni césped verde inglés ni toboganes,
se edificó una urdimbre de bloques tan idénticos,
con sus cubiertas de teja a dos aguas,
como idénticas jaulas de tristeza
para pájaros torpes o vidas que no logran
alzarse, y a ras de asfalto se mueven
con sus muros de carga paralelos.

Viviendas solidarias, dijeron los ministros.
No dijeron más dignas que nosotros,
criaturas sin modales ni costumbre,
casi bestias del campo a la intemperie.
Porque un techo no basta. Porque no hay dignidad
ni en la pobreza ni en el hambre.

Teníamos un cielo lapislázuli,
igual que en las películas.
Y un corazón a dos aguas de cauce turbulento,
y un corazón a dos lavas de volcán siciliano,
y un corazón a dos sangres fluyendo por los días.
Teníamos un arte de realismo puro:
fachadas de ladrillo visto,
polvaredas del natural,
secuencias al estilo de Vittorio de Sica.
Y un corazón al revés, a dos aguas.
Pero con una sola muerte.

miércoles, 29 de enero de 2020

Sobre el papel. Los libros de Javier Egea

Sobre el papel. Los libros de Javier Egea
Biblioteca del Hospital Real del 28 de enero al 22 de abril 2020











Fotos IDEAL.es

domingo, 26 de enero de 2020

VOLVER A LORCA

Lorca
Carlos Edmundo de Ory
Edición de Ana Sofía Pérez Bustamante 
El paseo
Sevilla
2019




Leer en Los Diablos Azules

La bibliografía sobre Federico García Lorca ha sido, y sigue siendo, rica y profusa. A veces incluso, confusa. Sin embargo, más allá de las obras concienzudas de análisis literario, hay tres obras que, posiblemente, reflejen el espíritu histórico de la obra del autor granadino. Histórico en dos sentidos: porque son obras escritas con cierta contemporaneidad (ninguna se aleja más de tres décadas desde la desaparición del poeta), y porque ubican al granadino en el momento histórico del franquismo, en la nebulosa de su muerte y la eclosión del derrame iluminador de su obra, exento de dimes y diretes, descubrimientos y memoria, legados y valores, y previas todas ellas a la crucial obra de Gibson y sus coetáneos. Estas tres obras son: en primer lugar, la monumental investigación Miedo, olvido y fantasía de Agustín Penón, reelaborado por Marta Osorio y publicado por Comares en el año 2000 (y completado por una sabrosísima correspondencia con Emilia Llanos publicada por la misma editorial en 2015). En segundo, Lorca, el poeta y su pueblo de Arturo Barea, publicado en los años cincuenta en Buenos Aires (con una precedente edición en inglés) y reeditado por el Instituto Cervantes en 2018; y la reciente Lorca de Carlos Edmundo de Ory, que agrupa diversos ensayos del autor gaditano, muchos de ellos inéditos en castellano y que han sido publicados recientemente por El Paseo en una versión al cuidado de Ana Sofía Pérez Bustamante, responsable del cabal estudio preliminar.


Este retrato progresivo en tres obras ofrece la posibilidad de conocer el pulso de la imagen de la obra lorquiana en los años cuarenta con Barea, en los cincuenta con Penón y en la década de los sesenta con Ory. En tanto que Barea hace un trabajo pionero de difusión de la obra lorquiana, que pretende poner al alcance del público inglés, Ory lo hace por encargo en Francia de Éditions Universitaires en 1966 con motivo del 30 aniversario de la sublevación que originó la Guerra Civil y conllevó el asesinato del poeta granadino. La obra de Penón es una obra sin remate, como hacia dentro, aspirada y asfixiante, que hubo que destejer y descubrir. En todo caso las tres coinciden en haber sido escritas en el tiempo inmediato posterior a la muerte del poeta, sin amplios soportes académicos (Ory puede consultar a Díaz-Plaja, Mora Guarnido, Morla Lynch y poco más), y son textos reconocidos con posterioridad, silenciados durante el franquismo y recuperados con tanta distancia que el interés en acometerlos los convierte en curiosos fósiles, como pensamientos que han permanecido en el ámbar de otras latitudes o en el exilio interior de los cajones y las librerías de viejo.

El Paseo ha recuperado esta serie de ensayos del gaditano Carlos Edmundo de Ory elaborados cuando ya vivía en París, adonde le lleva un exilio basado en el hastío más que en el convencimiento ideológico o el compromiso político, ansioso por descubrir nuevas formas, por profundizar en el mundo origen de todos los ismos brillantes del siglo XX. La afinidad de Ory con Lorca es sorprendente: fruto del encargo, el gaditano rebusca en su memoria (Carlos Edmundo supera los 40 cuando recibe el cometido) y parece que retornaran los ecos de la juvenilia, el influjo poderoso de la poesía neopopular lorquiana y viniesen a alumbrarle caminos antes hollados y ahora olvidados a los que el poeta se presta, ávido, volver a recorrer. Ory vive alejado de Lorca por entonces, investido de una postura ácrata, antitodo, desechada la dehesa andaluza, olvidado el origen y la canción de infancia. No hay paralelismo entre los recorridos de ambos andaluces: el uno de la baja, gaditana y luminosa; el otro de la alta, la granadina y frondosa: dos paisajes que marcan dos caracteres y culturas, a veces tan contradictorias que cuesta trabajo, para quien lo vive, conciliar la idea de un país común. Ni la edad, ni la guerra, ni la muerte permitieron el paralelismo, aunque ambas figuras –Lorca y Ory— formen parte de la pasión poética, en la defensa y ataque por parte de los lectores, en el carácter marcadísimo de su poesía y en su legado herético.

Ory trama una serie de ensayos determinados por temáticas que conforman una lección magistral sobre el devenir de la obra lorquiana, sus lugares comunes, sus debilidades y fortalezas, sus influjos e influencias. El libro avanza cronológicamente sobre la obra poética —aunque podamos apreciar, sin duda, pues somos sujeto de conocimiento, ecos de la vida del poeta que hemos conocido en otros libros, en otras historias, en otro relato—, desde los primeros poemas hasta la obra ultimísima, incluso en la reflexión, que siempre cabe, de una obra inacabada, inconclusa, decapitada antes de los 40 que prometía haber seguido revolucionando el mundo literario. En ese avance, Ory desmenuza el mito del Sur, el gitanismo, el orientalismo lorquiano que alumbrará el Romancero y todos sus epígonos; el misterio del color verde y la presencia de los animalillos en la obra del poeta (un alarde casi antropológico o ecológico); el uranismo adivinado y divino; la aventura surrealista; y dos sonadas concordancias que nos descubren al Ory más sagaz, minucioso y alerta: el débito de las imágenes lorquianas a las que trabajase el poeta premodernista Salvador Rueda y la sincronización del granadino con el trabajo que desarrolla simultáneamente Desnos en Francia, el poeta surrealista que tendría un desenlace tan fatal como Lorca en el campo de concentración de Terezín, víctima del tifus pocos días después de la liberación. A la relación entre Rueda y Lorca dedica una sorprendente y trabajadísima coda final muy afinada: una comparativa de léxico e imaginería que entronca contundentemente los ecos lorquianos en la tradición del Sur.

Si bien deja de lado toda la obra dramática y la obra en prosa (el encargo era sobre la poesía), no desatiende el cordón umbilical que hace a Ory lorquiano: la música, el sentido musical reflexionado y embebido de la obra del poeta granadino. Esa tonalidad, y la familiaridad de la muerte, los une a ambos poetas como miembros de los visionarios, de los sacerdotes malditos investidos por la palabra espiritual y alegre.