viernes, 31 de marzo de 2017

EL SOL SOBRE LA NIEVE

El sol sobre la nieve
Ángel Talián
Balduque
Cartagena 2017

LEER EN LOS DIABLOS AZULES


Ángel Talián es una voz fresca y generosa. Tiene un pie en cada uno de los lenguajes poéticos del siglo: la muestra clásica y la poesía del slam y la improvisación. La gruesa vena de la interpretación marca para bien a los poetas y Talián sabe navegar ambos mares porque es actor y es poeta. En su escritura resuenan los ritmos de la poesía dicha y bien recitada, exenta en su último trabajo de las trabazones de la puntuación, y así, deja las palabras y los versos al esfuerzo recompensado que conlleva localizar la voz del poeta a través de su gramática y su exposición de ideas.

El sol sobre la nieve es un libro liminar, por donde se pasa de la poesía de la juventud a la poesía del adulto, amenazada por la decencia que seduce en el camino que lleva a los cuarenta. Se estructura en dos partes bien diferenciadas en el paisaje, el tono, la estructura y el discurso. Diferenciada en los astros y los fenómenos meteorológicos. En la luz y el frío, en el calor y el invierno, en el verano y la oscuridad. La primera parte abre con un “marco”, un pórtico lúcido con un poema expuesto como calcetín reversible, en ida y vuelta. Tales experimentos estaban reservados a la poesía de los límites y a brillantísimas oportunidades carnavalescas (puedo recordar una versión de los “duros antiguos” gaditanos, cantados del revés). Se trata de componer un poema en dos direcciones, que se lea del derecho y del revés. El gran hallazgo de Talián es ubicarlo en una razón mayor, anuncia el viaje de ida y el viaje de vuelta en un avión, porque tal elemento hace exactamente eso: es decir, Talián ubica el hallazgo en la mecánica y cobra mayor sentido la forma que en el sencillo juego del surrealismo o la inventiva gaditana.
A partir de este pórtico, El sol sobre la nieve se centra en el sol, en un luminoso sol californiano ideal para la vivencia del último viaje, de cuando éramos jóvenes. Pueden hallarse muchos ecos. Todo autor necesita ecos, todo autor es un eslabón más, un relevista que recibe un texto y debe llevarlo, a través de los años, a la siguiente línea, la siguiente generación. Talián ha recibido múltiples relevos de muchas voces de la poesía granadina –desde d´Ors a José Carlos Rosales-, pero también de los autores de los cincuenta, especialmente de Gil de Biedma, creando en muchos casos injertos de versos en los versos que se muestran compactos y poderosos, como relevos bien entregados en una única carrera.
Talián ficciona el viaje de la juventud, el recorrido por las carreteras del oeste americano, con todas las resonancias culturales que debemos encontrar entre California y Nevada. Los enfermos de los mapas seguimos el itinerario con el Google Maps abierto: aquí San Francisco, allí Yosemite, más acá, cerca del final, Las Vegas. El ritmo se acelera como el viaje del dodge, cabalgando el grupo de forajidos desde Berkeley al Gran Cañón, 666 millas, mirando el azul y frío Pacífico, Auster incógnito, los ríos en catarata de los parques nacionales, moteles de carretera, antiguas ermitas españolas y el mosaico aterrador de las gentes de San Francisco cuando Talián, hábilmente, transforma el Aullido de Gingsberg (He visto a las mentes más maravillosas de mi generación…) en un Maullido que se adelanta en el tiempo a la empresa de la postverdad, del trumpismo y de la Norteamérica ombliguista, temerosa y violenta.
La segunda parte del poemario abandona la juventud en la Costa Oeste para pasar a un paisaje centroeuropeo, nevado, en un largo poema que anda por la ciudad en tanto nieva. A mí los largos paseos siempre me evocan el Paseo de los Tristes de Javier Egea. Por eso me gustan los poemas de paseos, de gente que piensa, sufre y ama mientras anda. Porque son esos paseos que conducen de la más sencilla situación cotidiana a la reflexión recóndita. Y además, incluye la hermosa metáfora del viaje de Shackleton, en el tiempo de los héroes.

Alfonso Salazar

sábado, 11 de marzo de 2017

Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y solo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.

Jorge Luis Borges (El Hacedor, 1960)

miércoles, 1 de marzo de 2017

O

O
Alejandro Pedregosa
Cuadernos del vigía
Granada
2017

LEER EN LOS DIABLOS AZULES


O es un título redondo. O es una exclamación sin hache. Exclamación, signo de interjección sobre la cabeza, es la consecuencia de leer O, tras leer las historias de O. Alejandro Pedregosa vuelve al cuento en esta cuidada edición de la granadina Cuadernos del Vigía, que sigue apostando por armar una selección absoluta con vocación mundial de cuentistas españoles. O sirve también al autor para exponer un juego de títulos. Siempre acompaña un personaje, una referencia, una guía para el lector, un juego de conocimiento y evocación en el nombre de los protagonistas. A un lado el protagonista –el nombre-, al otro el alto concepto. Separados por la “o”. Todos plantean la propuesta disyuntiva que ocasiona una íntima conexión de conceptos. En la antigüedad, y no tan atrás, ese “o” ponía a un lado el título oficial y al otro el que lo hizo conocido pero oficioso. O bien planteaba un segundo miembro aclaratorio. En O se combinan en el primer término del título personajes o nociones del imaginario cultural –de un muy amplio catálogo- con conceptos abstractos y absolutos en el segundo, combinación que propone, desde el inicio, un reto al lector: hallar ambas proposiciones en el relato y descubrir las implicaciones de la mitología de los comunes con la solemnidad conceptual que expone el título de cada cuento.


En la colección hay dos temas que el autor trabaja con sobriedad, a veces saludable comicidad, casi siempre con ternura. Uno, donde engloba la ayuda, el sacrificio, el compromiso, el cuidado. Personajes que cuidan de otros personajes. Sacrificios y compromisos con el otro. Jacob que cuida de Esaú, La Santa que cura al pastor, Sócrates arrepentido cuida al joven ejecutor, Fermín quisiera cuidar de Gretel… en casi todos los cuentos aparece una pareja, una dualidad que son multitud suficiente y se encuentran engarzados en su inicio y en su final.
El otro tema principal se refleja desde la mayoría de los títulos: triunfa el derrocamiento de las palabras generales, de los altos conceptos: Monarquía, Patriotismo, Vasallaje, que quedan reducidos a la cobardía, la trampa, la locura y el miedo. Tras el “o” disyuntivo aparece el descenso a las realidades cotidianas de la pobreza, la fraternidad, la esclavitud, la represión.
Para Alejandro Pedregosa no es nuevo el arte de contar relatos, relatar cuentos. A sus varias novelas publicadas (A pleno sol, Hotel Mediterráneo y la dupla de la España negra Un mal paso y Un extraño lugar para morir) y sus libros de poesía, hay que sumar que desde hace varios años colabora en periódicos como Ideal, Hoy, Sur, El correo o El Diario Vasco con una tradicional serie de relatos, habituales de estío. En ellos es frecuente que utilice las referencias culturalistas con cierta socarronería recurriendo tanto a mitos de los ochenta -como la canción del verano-, o a culturalismos de a pie, en la sana pretensión de que lo mítico también se encuentra en la sencillez de la cultura popular.
Técnicamente sus relatos no se sustentan en el juego de la sorpresa sino en el fundamento de remover la conciencia y suscitar la emoción, cosa que el lector siempre agradece, invitado al juego de la inteligencia y la ironía. Los ambientes son cuidados, dibujados con esmero y precisión. El trabajo de minería que exige el cuento, la búsqueda de la intensidad y el rechazo de lo extenso baldío se manifiesta con evidencia, sencillez y sin presión alguna. Acérquense a la galería, entren por los vericuetos del cuento. Disfruten de las reencarnaciones de Don Camilo y Peppone, de Herodes y Jonás, de Mambrú, Electra, Celestina y Patronio. Personajes que proceden de los cuatro puntos cardinales de la memoria literaria, de la tradición bíblica, de la mitología, la filosofía y el cuento infantil. Ellos han obtenido una nueva vida, tres páginas donde poner su nombre y su acervo al servicio de otros, en la piel de personajes del día de hoy. Tres páginas para recuperar su vida marcada por el destino irreversible. Tres páginas para que usted recupere la sonrisa y la confianza en la literatura. Ponga la boca redonda y diga “O”.

Alfonso Salazar