viernes, 12 de junio de 2020

Javier Egea y el sueño del vampiro

Leer en Los diablos azules de Infiolibre

Raro de luna
Esdrújula Ediciones 2020
Granada

Portada de Raro de luna, de Javier Egea.









Hace treinta años se publicó Raro de luna, de Javier Egea. Se convirtió en un libro raro: difícil de encontrar, pues su primera edición, en Hiperión, contaba con unos dibujos de Rafael Alberti y se convirtió en codiciada pieza de coleccionista; raro en su momento poético, pues abría una inesperada deriva en la poesía denominada de la experiencia; y raro porque procedía de un poeta excepcional, fronterizo y heterodoxo, quien de cada libro hacía una argumentación monumental de fondo y forma.
Raro de luna se ha reeditado este extraño y rarísimo mes de mayo de 2020 por la editorial Esdrújula, culminando un proceso iniciado hace unos años por el cual se han publicado todos los libros principales de Javier Egea: los tres primeros (Serena luz del vientoA boca de parir y Argentina 78) en e-book y los tres siguientes, los considerados libros principales (Troppo marePaseo de los tristes y Raro de luna) tanto en papel, como digital. Estas ediciones completan la antología realizada por Jairo García Jaramillo para la misma editorial, A pesar de sus ojos, y siguen la estela abierta por el estupendo trabajo realizado por Bartleby con la edición de la obra poética completa en la colección dirigida por Manuel Rico.
Cada libro de Javier Egea, insisto, es una tesis poética en sí mismo, un libro narrativo, completo, compacto, indagatorio, arriesgado. Si Troppo mare era un libro "desde la soledad y sobre la soledad", como indica el prologuista; Paseo de los tristes, en palabras del mismo, muestra "la rebeldía en forma de esperanza". En el primero el escenario es el mar (la almeriense Isleta del Moro, un fascinante paisaje adonde llega el autor a finales de los setenta); en el segundo la ciudad de Granada, con un recorrido urbano que se remata en la calle que da título al libro. En Raro de luna el escenario es el bosque (entrevistos los cipreses de la Alhambra), pero sobre todo el escenario es el sueño, o la construcción del sueño, en su sentido más psicoanalítico, en su sentido surrealista, que a veces parecen sinónimos en el poeta.La actual edición de Raro de luna se abre con una ilustración de Juan Vida e incluye el prólogo original de Antonio Jiménez Millán, de 1990; se cierra con un estudio del mismo profesor publicado hace pocos años y revisado para esta ocasión. Raro de luna es un libro que lleva treinta años esperando una oportunidad. Quizá fue un libro visionario, adelantado a su tiempo. Ojalá su tiempo sea ahora, o sea siempre. Javier Egea, fiel a su tradición abría una tesis, un estilo y un tono en cada libro y los cerraba con cada libro. Su anterior proyecto, que pudo facilitarle un tranquilo camino si hubiese explotado la veta, lo abandona para adentrarse en el inconsciente, en una aventura apasionante. Su posterior proyecto (Sonetos del diente de oro), inacabado, sería un reto de poesía narrativa, un homenaje a la estructura clásica del misterio (Simbad, Scherezade, un secreto), con una poética gráfica evocadora del cómic; pero han leído bien: en soneto.
Hay muchos guiños en la obra de Egea, un profundo conocimiento de los recursos clásicos, un magistral oído poético y un compromiso ideológico firme, inquebrantable. En Raro de luna se desarrolla un dominio de la estructura poética que tiene escasos referentes en la creación nacional de las últimas décadas: el contenido del libro es la construcción del sueño, trazando el camino que va del romanticismo al surrealismo ―ese "romanticismo de las profundidades" en palabras de Raymond― y deriva de la propia práctica psicoanalista del poeta ―el poeta reta al psicoanalista con una reproducción del "objeto sueño"―. Pero en sus formas, donde se abstiene la puntuación ―como en Chambres de Louis Aragon, quizá como en los sueños, donde no hay ni punto ni coma―, retoma estrofas del Siglo de Oro, como si el encofrado que aplicase el poeta no se correspondiese con el esperado por el lector habituado, ni por la crítica que le fue contemporánea. Esa contradicción aparente deambula y sonambula por el libro, alucinado por el sueño: irracionalidad ilusoria pues se trata de un ejercicio de absoluta consciencia creativa.
El guía del libro será el vampiro, siempre marginal, en potencia erótica, azogue del inconsciente, y este sí, vínculo entre románticos y surrealistas. Como señala el profesor Juan Carlos Rodríguez, una referencia imprescindible para la poesía de Egea (forman, de hecho, un díptico de teoría y práctica poética): "Vampiro es cuerpo ilimitado, rebelde, libre, sin formas ni sujeciones, no es reflejo de nada".
El destino del libro es un poema final adonde se llega desde la Escalera del agua del Generalife, y a través del bosque y de las Islas negras, evocadoras de piratería, aventuras y perlas ocultas. Tanto el prologuista como Paula Dvorakova señalan que los grandes libros de Egea se forjan en torno a un gran poema final, donde se repiten los motivos mostrados a lo largo de la obra, como sucede en los armazones musicales. Jiménez Millán apunta un importante hecho que da mayor relevancia al análisis: el poema final fue una construcción inicial, es el que dio pie a la elaboración de casi todo el libro. Descubrimos así el empeño orfebre de Egea, el cuidado exquisito de las formas y su absoluta coherencia, ahora desvelada, con los fondos: nada es casual porque en este mundo capitalista todo es causal.
Con estos elementos: los cautivadores bosques de la Alhambra, el vampiro nocturno, ese "raro de luna" que evoca el claro de luna musical, la escisión y la sombra, las claves del sicoanálisis y unas formas clásicas estrictas, sinuosas, no es de extrañar que el libro fuese fundacional pero insólito. Absolutamente raro pero imprescindible.
Alfonso Salazar


viernes, 5 de junio de 2020

Ritos de verano

La voz de Granada, 5 de junio 2020

Suenan las campanas. Una luz primaveral atraviesa las plazas casi vacías y por primera vez en la vida de muchos la expresión ‘aire limpio’ tiene cierto sentido. No hay rastro de Semana Santa ni Día de la Cruz, primavera extraña, pero la naturaleza ha hecho su trabajo y apenas nos dimos cuenta. Hace falta volver al trabajo, hace falta recordar quiénes somos y a qué hemos venido. El verano llega en pocos días y hay que desconfinar del armario la ropa ligera, los acarreos playeros, nuestro traje de vacaciones. Necesitamos que vuelva la gente a los aeropuertos, los puertos y las costas, aunque ahora sabemos, lamentablemente, que dependemos de un hilo, que nuestra economía se sustenta en el exterior, que necesitamos ser más motor y menos garaje.

Cada verano, desde hace siglo y pico, los granadinos y granadinas suben al monte de la Alhambra, como en romería nocturna, y allí se encuentran con el arte de la música y la danza. Un ritual que ha estado a punto de ser barrido de la historia, pero que resistirá, como no ha sucedido con tantos otros acontecimientos que marcan la rutina social del planeta: Juegos Olímpicos, singulares macroencuentros deportivos de toda disciplina, festivales al aire libre, que hacen el verano más verano, que dan sentido a las bajas tardes, al refresco de la noche, al runrún de las noticias y la televisión. Este año, el Festival de Música y Danza de Granada, arriesgando, llegará a su cita con la ciudad. Será un poco más tarde, será con un programa de contingencia, pero estará en Granada. El esfuerzo es formidable, hay que levantar un festival de la nada en pocas semanas, hay que poner cada cosa en su sitio, hacer que la máquina vuelva a funcionar. Hay que volver a tomar la ciudad y, como siempre, tras la cola de la primavera traer música, llevar danza.

Perder el símbolo de nuestro verano era un precio alto. Podría haberse pagado, pero los símbolos salen adelante y se imponen en la realidad, sea la nueva o sea la vieja, retando al desasosiego y los medrosos. Hay que someterse a medidas, normas que apenas se conocen, ratios que surgen mañana, presupuestos que son ayer, miedos que son hoy, tensiones, noches sin dormir, desvelos. Más allá, alrededor, mucha gente, muchísima, aporta su punto de vista, su reflexión, en este mundo de cultura y farándula para volver a los teatros y las calles. Por eso es el momento de que ninguna institución ceje, de que tomemos lo que fue nuestro y sigamos cumpliendo el rito veraniego de la celebración de la música y la danza. Puede ser con un aforo más limitado, pero no podemos dejar de ser lo que fuimos. Puede ser con lo inesperado, pero tenemos que ser la ciudad que somos.

Alfonso Salazar