domingo, 1 de diciembre de 2019

¿QUIÉN ES FASCISTA?

Quién es fascista
Emilio Gentile
Alianza Editorial
Madrid
2019




Leer en Los Diablos Azules

En nuestra adolescencia sabíamos quién era facha. Al menos lo deducíamos por ciertos comportamientos y exhibiciones de símbolos. Eran pocos los que se exhibían, otros muchos se avergonzaban. Aunque fuese reciente la identificación con la dictadura, nos parecía algo muy añejo. En el caso de los jóvenes —aquellos condiscípulos en el colegio que llevaban una plaquita metálica con el águila de San Juan en la pulsera del reloj— ser y parecer facha exigía no solo una educación adecuada y sesgada, sino cierto sectarismo y sentido de manada. El Jueves se reía de los fachas a través del personaje de Martínez, y con el tiempo, definitivamente, se convirtieron todos en caricatura, en patrones de colonia, patria y gomina. Luego llegó el elogio de la bandera nacional, el patrioterismo, volvió el reino de la testosterona y la historia más contemporánea es otra.

Alianza ha publicado un librito de Emilio Gentile, el profesor italiano de La Sapienza, donde reflexiona sobre el concepto de fascista. Gentile es un profesor de historia y considera que el fascismo, en distintas vertientes, es un concepto histórico irrepetible. Porque todos los fenómenos históricos, aunque la leyenda urbana diga otra cosa, son irrepetibles pues las condiciones (como en el experimento científico) no son reproducibles de manera idéntica. Gentile habla de ahistoriología cuando se comparan los movimientos de la derecha, demócratas o no, con el fascismo. Hace ahora cien años que se levantaron los primeros fascios de combate –en principio bastante ineficaces— en Italia, inspirados en modelos franceses, británicos, estadounidenses, y solo un par de años más tarde puede datarse el inicio del fascismo histórico, ese movimiento identificado con el Duce y que sí fue aplanador de la voluntad, vengativo, cruel y tenebroso.

En España el concepto fascista, más acá de las consideraciones históricas, tuvo otras connotaciones. Si el fascismo histórico mussoliniano miraba hacia delante y abominaba de la tradición, del carácter indolente del italiano, en España ese fascismo tuvo una manifestación hermana y émula, y otra manifestación torcida que se dedicó a ensalzar las glorias patrias perdidas, la camisa de una reina antiquísima, caudillos en sandalias y conquistadores de coraza y pelo en pecho. En España siempre hubo un temor a la modernidad, el deseo de cerrar puertas y ventanas, salvaguardar la(s) identidad(es) nacional(es) del invasor, eternamente rechazado en el imaginario colectivo.

Gentile plantea un libro de historia, montado sobre una falsa entrevista ante un auditorio de estudiantes, cosa que a veces peca de esa trampa notable de que la pregunta se hizo tras la respuesta —un cíclico encantado de que me haga esa pregunta: sí, muchas preguntas, pero hay que buscar en el título, y a lo largo del libro, muchos signos de interrogación—. Este método resta vivacidad y veracidad a un texto que debe ser un texto en busca de la verdad. Pero, más allá de esos detalles de planteamiento, que no de contenido, Gentile no defrauda, ya sea cuando muestra el populismo (popularismo) como una técnica más que una ideología, o cuando distingue entre el método democrático y el ideal democrático: este es una finalidad en sí misma recogida en los más universales documentos de acuerdo humanos; aquel es un método asumible por grupos autoritarios, totalitarios, reaccionarios, de cualquier índole que asaltan el poder a través del método democrático para abolir el ideal democrático desde dentro. Una historia conocida, un discurso de mitin que nos suena reciente. Y ese es el punto que prefiere Gentile, distinguir al fascista del neofascista, del neonazi, del conservador, del totalitario, del nacionalista antidemocrático, del nostálgico, del rancio, del vivan las cadenas. Solo nos falta considerar si el fascismo, ya, se ha convertido en nuestro lenguaje en el significante de una técnica más que en el significante de una ideología.

S. Díaz


La primera sentencia sobre el caso de los ERE ha llegado tarde, tardísimo. En eso sí que se parece al caso Gürtel, todo llega tarde, las cuentas no hay con quien ajustarlas. La diferencia principal entre ambos casos, cuya comparación se utiliza siempre según ascua y sardina, no solo reside en que uno enriqueció bolsillos privados con dinero y prebenda pública y otro engrasó el proverbial clientelismo andaluz (léase sevillano, por favor). También reside en que en los papeles de Gürtel siempre sobrevoló aquellas siglas “M. Rajoy” y en los ERE, “S. Díaz” era ‘solamente’ secretaria de organización de la, ahora demostrada, agrupación socialista más corrupta: la capitalina, socialista y muy sevillana.
Los parecidos son muy razonables: apestan igual, como apestará el caso Pujol, como apestó el de las tarjetas de Caja Madrid, como ha apestado la gestión del bien público en este país desde donde alcanza la memoria: hemos crecido entre casos de corrupción. Tal y como se ha dopado a los partidos políticos en su carrera electoral, desatados de ley y orden, campando los perros con correa de longaniza hacia la carrera loca del nuevo caciquismo. Por eso, solo nos queda confiar en que la ley sigue su camino, que la judicatura no se achanta y que llega San Martín. Y entre tanto ya nos vale pedir que las leyes se ajusten, se reciclen y se nos revelen para controlar los descontrolados, sin psicosis pública, con formalidad jurídica y constancia política.
Pedir la cabeza de Sánchez es pedir la cabecita de un concejal madrileño de entonces, un mindundi que no aspiraba a gran cosa cuando la comilona sevillana estaba en auge. El PSOE nacional ya dio su propio ‘sorpasso’ sobre el PSOE andaluz -de ahí, posiblemente, aquel ajuste de cuentas en la elección de secretario general de 2017, donde la militancia tuvo claro que despegarse del embadurne sevillano era lo conveniente y mandó a S. Díaz a la oposición del partido-, entonces el partido socialista no quiso mancharse las manos sobre el tejemaneje con que se manipulaba el famoso granero de votos y con inteligencia, buscaron la alternativa, el secretario menos pringado.
Pedir en 2018 la cabeza de Rajoy era pedir la de quien era jefe de los jefes. Y aunque Gürtel sigue, pues Valencia y Madrid aún tienen que ajustar sus cuentas, la nueva dirección del PP se ha alejado de aquellas manos tiznadas y lo ha hecho efectivamente, subido a la montaña rusa de votos que ha sufrido en este mismo año: gran castigo en abril, gran perdón en noviembre, gran enemigo en flanco derecho, atención.
Los dos grandes partidos ya no están en la dinámica de la corrupción –confiemos- y los nuevos partidos parecen haber aprendido de la historia –esperemos-, así que nos queda esperar que el PSOE andaluz occidental llegue al siglo XXI, y echar una cuenta: sumar al dinero que nunca nos devolverán los bancos rescatados, los millones que la Gürtel hizo desaparecer y el dineral que los ERE repartió por la campiña sevillana.

LA LUZ DEL SUR

Pequeña biografía de la luz
Alejandro Pedregosa
Esdrújula
Granada
2019




Leer en Los Diablos Azules

Hay un eco machadiano en el último libro de poesía de Alejandro Pedregosa, no solo en la cita de apertura, no solo en la observación de la naturaleza que contagia a quien canta sus emociones cuando mira un roble, sino en esa luz, la luz última, los días azules de Machado. Con Pequeña biografía de la luz el poeta marbellí, que desde hace tanto reside en Granada, entronca en una tradición que se perdió entre aceras, taxis y mazacotes grisáceos. También en el discurso natural está la poesía del trabajo bien hecho, la poesía que hila fino, como la araña, y no se improvisa, la que requiere tiempo, maduración y oficio.

Hasta hace bien poco los paisajes poéticos se convirtieron en una tediosa sucesión de la soledad urbanita. En este libro la luz, ese topos literario, se incorpora, baja a la vida de la biografía para marcar un rumbo hacia la memoria –la del yo poético, la de otros— que redescubre el mundo cercano y desaparecido, el mundo no globalizado de las adolescencias de hace nada, cuando la adolescencia no era una enfermedad eterna que amenaza con convertir en adolescentes a los adultos –poseídos por el espíritu adolescente de las poses— y era una etapa de la vida fundada en el crecimiento, en el descubrimiento, en el miedo y la alegría, en apoyo en los padres y en los amigos. Podría citar muchos ejemplos, pero resulta interesante confrontar "Vara de medir", donde el niño protagonista crece conforme a la medida del cuerpo de su madre (a la altura del corazón, los hombros después, las cumbres rizadas del pelo materno más tarde: es este un poema que recordaremos, siempre), con el consecutivo "Elegía del primer maestro", un poema este que alumbra al quinqui poético. O con el poema hacia el final del libro que evoca la luz de las fotografías de septiembre donde se reunían los amigos para despedir las vacaciones. En esos juegos de personajes abunda el poemario, desde el abuelo a la camarera, personajes imprescindibles para el crecimiento del niño, pero nunca tanto como el padre que le da el primer libro o la madre: "Amanecer en casa de la madre/—el único lugar que llamas patria—".

Hay un eco de poesía antigua pero nueva, de ecos en los giros del verso que parecen ser romance, pero no lo son ("Canta el mirlo infinito a las tres/y media de la tarde"), de cantinela chispeante ("dulce muchacha que me acercas/el vino hasta la mesa"), de ubi sunt ("¿recordáis/nuestros cuerpos alados/saltando sobre el mar/en las tardes finales de septiembre?") y deseos de buen viaje, que el viaje sea largo ("Que llegada la vida en su mitad/el aire sea limpio en tu mañana").

El acierto de dar biografía a esa luz, a esa luz del crecimiento, está en que abre la puerta a contar la vida. Hay libros de poesía que pueden resultar un documento de vida, pero de vida abstracta, de vida hacia dentro, vida sufrida, vida de diario, a veces con los mismos elementos aburridos de la vida cotidiana. Hay otros, como es el caso, que se congratulan de la vida sucedida, de la vida crecida y en marcha, la que celebra la naturaleza (a veces encerrada sí, entre las alturas de los edificios, pero allí, allí el pájaro canta, como en el paseo marítimo la palmera señala la luz del cielo, como el naranjo mira la pared encalada en la parte de atrás de la casa). No se trata de un aroma campestre, sino de un aroma entre campestre y urbano que fue y ya no es, de cuando la periferia inaudita, el descampado, estaba a la vuelta de la esquina (no se pierdan "Cuando todo era campo", también lo recordaremos tanto tiempo). Es, al fin y al cabo, un aroma de escuela andaluza en Andalucía, de sol de diciembre, de playa, de juegos en la arena, de recuerdo marcado por los geranios colgados en las paredes de cal, fuegos artificiales, azules los veranos, de luz del Sur.