lunes, 9 de noviembre de 2015

3 COLABORACIONES 3

Tres colaboraciones. Tres, rodas ellas con Esdrújula Ediciones, y muy variadas: un poema en la antología Todo es poesía en Granada, de José Martín de Vayas; un artículo sobre Roma Criminal (Romanzo criminale) en la selección de ensayos breves sobre series de televisión coordinado por Fernando Ángel Moreno Yo soy más de series; y un relato de ciencia ficción en El laberinto mecánico, Antología de ficciones, número 1. Lo he disfrutado.




domingo, 1 de noviembre de 2015

DE SANTOS Y DIFUNTOS: HALLOWEEN Y LA TRADICIÓN.

La relación íntima de cada cultura con la muerte ha tenido diversas manifestaciones a lo largo de los siglos y a lo ancho del redondo mundo. En estas fechas de principios de noviembre, que son las del final de la cosecha y las de la entrada en el declive del clima benigno que recluirá a los habitantes del hemisferio norte en sus casas, la relación íntima con los que ya no están fraguó en diversas manifestaciones que se han ido entrelazando entre sí ya sea por la vocación acaparadora de la Iglesia Católica, atenta siempre a cristianizar cualquier manifestación de jolgorio, como por la aculturación y aplanamiento de los medios de comunicación y entretenimiento que a principios del siglo XXI campan a sus anchas por el planeta entero.



Ahora y aquí se identifica con Halloween, una tradición de posible origen celta entroncada con la festividad cristiana de todos los santos, que fue trasplantada por los irlandeses a los Estados Unidos de América –como los alemanes trasplantaron su conejo de Pascua-. Esta tradición hunde sus raíces en el samhain celta, cuyo rastro puede también localizarse en el norte de la península ibérica. De la mezcla del samhain, fin de la cosecha, celebrada por los antiguos entre el equinoccio de septiembre y el solsticio de diciembre y la celebración del día de todos los santos instaurado por Gregorio IV allá por el siglo IX surgió en las islas británicas el “all how´eve” contracción de “víspera de todos los santos”.

Es curioso como las dos grandes celebraciones celtas, este samhain –que se identifica con el año nuevo celta- y el beltaine, el día del buen fuego, con su víspera de la noche de walpurgis, celebrado el 1 de mayo a caballo entre el equinoccio de marzo y el solsticio de junio, tienen entre sí, y no es capricho, una diferencia de seis meses y mientras aquel está dedicado al fin de la temporada agrícola, este lo está al inicio de la temporada ganadera. Ambas festividades siguen manteniéndose en el calendario: samhain en la festividad que atañe a esta artículo, y beltaine como día del trabajo –día internacional de los trabajadores desde 1886, por razones totalmente ajenas a la celebración pagana y asimilado por la mayoría de los países a lo largo del siglo XX-, una celebración que se dedicaba en la antigua Roma a  los Lares Tutelares (almas de los antepasados) y que se relacionaba con la actividad humana y el trabajo. Esta fue la que el cristianismo enredó con la celebración de la invención de la cruz. En nuestra península pervive también en muchas zonas como el culto precristiano de los mayos: consistente en la erección de un tronco o palo alto en plazas de los pueblos en una suerte de metáfora de rituales de fertilidad.



Pero dejemos mayo y volvamos a noviembre. También en Mesoamérica la fecha del 1 de noviembre tiene una capital importancia: es el sonado Día de los Muertos mexicano –y de las repúblicas centroamericanas-. Para honrar a los muertos, entre los aztecas, a mediados de julio se cortaba un árbol, se descortezaba y se le colocaban flores. Un par de semanas después se hacían grandes sacrificios y comidas abundantes. La llegada de los españoles, la prohibición y el sincretismo hicieron converger a las celebraciones en el Día de los Muertos con manifestaciones muy variadas en los distintos estados mexicanos y centroamericanos.



El catolicismo, allá por el siglo XVI, compuso una doble celebración sumando el día de todos los santos a la celebración de los fieles difuntos, celebración que se atribuye al francés San Odilón en la postrimerías del primer milenio y que Roma asumió siglos después. La iglesia ortodoxa mantiene las celebraciones de difuntos alrededor de la celebración del Pentecostés, como lo fue antiguamente.

En la península ibérica se celebran en esas mismas fechas el magosto magnus ustus, gran fuego- gallego, el magusto portugués, el magüestu asturiano, la magosta cántabra, el gaztainarre vasco, la castanyada catalana, la calbotá del Valle del Tiétar, la chaquetía extremeña, los tosantos gaditanos, donde en algunas modalidades de fiesta se suelen pedir frutos secos por las casas, pues todas ellas están  íntimamente relacionadas con los frutos de la cosecha. Suelen tener como límite la celebración de San Martín (importante día también entre los irlandeses), comienzo de la preparación de las matanzas del cerdo, extendidas por casi toda la península y México que tienen lugar generalmente de San Andrés (a fines de noviembre) a San Antón (a mediados de enero). En la Andalucía central en estas fechas de noviembre,  incluso se elaboran faroles de melones para ahuyentar a los espíritus, una tradición que con calabazas o “calaveras de melón” se celebra en el norte peninsular.



Halloween es así una mezcla de tradiciones sincrética que los grandes medios de entretenimiento del siglo XX adaptaron al discurso anglosajón. En las últimas décadas ha arrinconado en la península ibérica a otras celebraciones que como hemos vito, se le parecían tanto. La difusión del cine, la televisión, el imprescindible apoyo del estímulo que se ha hecho desde centros educativos, las redes sociales, la asunción por parte de las familias, y sobre todo, el importante beneficio económico que supone la celebración para múltiples empresas han conseguido colocar Halloween en el calendario.


Las evocaciones románticas de la celebración de difuntos con la representación de un don Juan Tenorio, las visitas a los cementerios para acicalar las tumbas y honrar a los antepasados, las leyendas de los montes de ánimas, de la santa compaña, y otras tantas que antes enumerábamos enraizadas en la celebración religiosa, gastronómica y festiva, son manifestaciones adquiridas con el tiempo, tradiciones sí. Como posiblemente la celebración de Halloween a la manera que se hace hoy en día, con la asunción del disfraz, la película de terror y el juego del truco o trato pueden con el tiempo afianzarse como tradición. Es lo que tiene presenciar el nacimiento de las tradiciones –cuando no sabemos si serán fallidas o triunfantes- que se las ve como faltas de la propia tradición que pretenden conseguir y que solo el tiempo les otorgará. La castanyada, la matanza o el magusto, el día de los difuntos o el día de los muertos mesoamericano fueron tradiciones nacientes, hace siglos. Y también hubo alguien que torció entonces el gesto ante aquellas extrañas costumbres.


Alfonso Salazar, 31 de octubre 2015

sábado, 31 de octubre de 2015

MARIANO

Hace unos días José Sánchez Montes nos invitó a ver un documental sobre el que ha estado trabajando los últimos años, titulado “Mariano Maresca: palabra a palabra”. Allí nos reunimos un grupo de personas, miembros de la familia Maresca y otros, cuyo nexo común y fundamental era y es la amistad o familiaridad con Mariano. Quien no conozca a Mariano Maresca no conoce a una de las instituciones primordiales de la Granada de la transición, un agitador intelectual del fin de siglo veinte y comienzos del veintiuno, un referente en la izquierda menos servil. Es un intelectual en el sentido de aquel que pone su intelecto al servicio de los demás. Durante más de cuatro décadas prestó servicio a la Universidad de Granada, en el Departamento de Filosofía del Derecho, y estuvo en todas las salsas culturales: las revistas Olvidos de Granada y La Fábrica del Sur, la trastienda de la otra sentimentalidad, fue columnista de El País, guionista de cine y televisión, presentador de libros sobresaliente y promotor de tantas y tantas cosas que tuvieron que ver en esta ciudad entre la música, el cine, la literatura y la reflexión. Siempre empuñó el raciocinio, el argumentario moral, la necesidad ineludible de no perder la postura ética, y la lupa brillante de una mirada crítica, competente.

Mariano tuvo hace unos años un ictus. Fue un mes de noviembre como el que se nos anuncia, pero en 2011. Entonces, aquel cerebro que tanto nos había sorprendido –sobre el que los amigos bromeábamos asombrados y llamábamos “disco duro”, pues no había película cuyos datos no pudiera ofrecer con fidelidad, canción cuya génesis desconociese o libro que no pudiese resumir en cuatro frases y con acierto- digo que aquel cerebro sufrió un apagón. Sin embargo, aquellas neuronas estaban acostumbradas a esfuerzos sobrehumanos desde la infancia, y desde el misterio de la neurología emergió la capacidad del ser humano que se sobrepone y comienza desde el principio a volver a andar sobre la palabra.


Palabra a palabra, como titula Sánchez Montes, Mariano Maresca volvió a la senda, pero de otra manera. Él lo define gráficamente como “la vida de antes” frente a la vida de ahora, donde todo es algo más difícil, pero es consciente del triunfo de la voluntad y la vida. Como amigos estábamos sorprendidos con el resultado de sus esfuerzos. Me contaba no hace mucho cómo una noche, de pronto, le llegó la comprensión del pensamiento de Locke, así como un chaparrón, como si unas cuantas neuronas hubiesen enlazado a través de un difícil paso y hubiesen recuperado ese filón de memoria escondido. Todos estamos orgullosos.

Jose ha tenido la paciencia y la visión clara de tomar nota con su cámara de todos esos avances, de montarlos y darles cuerpo, y a pesar de la rebeldía que pueda mostrar el homenajeado ante la crudeza de los ratos pasados y en virtud de su humildad, ha conseguido dejarnos para siempre la memoria de una batalla ganada a favor de la memoria. Gracias.


Alfonso Salazar, a punto de comenzar noviembre.
*La foto corresponde a los créditos del documental.




lunes, 7 de septiembre de 2015

viernes, 4 de septiembre de 2015

EL DETECTIVE DEL ZAIDÍN EN EL ZAIDÍN

Hace doce años el barrio del Zaidín cumplió cincuenta años. Era 2003, y Arial Ediciones publicaba Melodía de arrabal, la primera novela -que publica en estas fechas Palabaristas en ebook-, en la que aparecían Matías Verdón y todo el grupo de vecinos que lo han acompañado a lo largo de cuatro novelas, hasta la publicación de Para tan largo viaje, en 2014. Este año, por fin, Verdón y su corte de los milagros visitarán el Zaidín, gracia a la doble invitación que cursaron tanto la Biblioteca del Zaidín Francisco Ayala y los responsables de las Bibliotecas municipales de Granada, como la Asociación de Vecinos del barrio. Para quien escribe esto, es un honor que sus criaturas tenga tales oportunidades, primero la de encontrarse con los lectores y vecinos reales del Zaidín el próximo día 7 de septiembre, y además, disfrutar con ellos de una singular ruta literaria (como esas rutas que se suelen hacer en barrios vetustos y medio en ruinas) el sábado 11 de septiembre, en plenas fiestas de barrio.


domingo, 2 de agosto de 2015

CULTURA O AFICIÓN

Lo sabemos, pero hay que recordar una vez más que el sector cultural atraviesa desde hace seis años una crisis sin precedentes. Los planteamientos desde las administraciones públicas que se dieron desde mediados de los noventa germinaron en un potente sector que se nutría, esencialmente, del apoyo público -es cierto-, pero es que la cultura y las artes escénicas y vivas no tienen en nuestro sistema más viabilidad que el apoyo público. No solo la cultura, miren la agricultura, la industria automovilística o la bancaria. Sin embargo, en tanto en unos sectores el apoyo público se mantiene para evitar el desplome financiero o mantener puestos de trabajo –y ganancias empresariales-, en el sector cultural el apoyo público es la única vía de financiación. Algunas de las razones de ser del sistema subsisten en la carencia de una exigente educación que dé valor a la cultura y propicie que el espectador esté dispuesto a invertir las cantidades que son precisas en el consumo cultural –tanto como lo hace en el espectáculo del entretenimiento-, pero también persiste en sus cimientos una enfermedad de costes que se arrastra desde la eclosión del capitalismo y que se manifiesta en que los costes de las artes escénicas y vivas no son fácilmente reducibles a través de abaratamiento de los costes de producción con una producción en serie, como ocurre en el sector industrial de la cultura –el cine, la televisión y el libro-, y su valor aumenta sin posibilidad de minorar sus costes, como si fuese un fósil del mundo previo a la revolución industrial en un mundo postindustrial. Unan a ello que estas manifestaciones culturales se manejan entre la invención y la creación, con productos de riesgo que pueden fracasar para abrir la brecha de productos futuros, es decir, la cultura como inversión, no como gasto.


El caso es que el sector avanzó en los años noventa y principios de siglos hasta límites insospechados: en la Comunidad Andaluza, por ejemplo, se edificaron numerosos contenedores culturales –en su mayoría sin un plan de desarrollo artístico y humano-, dependientes de las instituciones públicas; se estimuló la creación de empresas y se premió el estricto cumplimiento de la legislación laboral y tributaria en un sector que hasta entonces se movía entre el amateurismo y la incipiente profesionalización; se abrieron vías de formación hasta entonces desconocidas, tanto en el sector de la interpretación como en el de la gestión y administración, con la implicación de las Universidades y de agencias públicas; se reflexionó, se pensó y se publicaron ríos de tinta entre el es y el debe ser de la cultura como sector.

Pero todo aquel sector que comenzaba a ser pujante, que podía vanagloriarse de su presentación política como motor económico del futuro, donde se mezclaron profesionales de la farándula y el espectáculo televisivo con tufo a Operación Triunfo con artesanos de la interpretación de las obras del Siglo de Oro y exploradores de músicas que estaban olvidadas en cajones de una sacristía cualquiera, aquel sector que vivía con el Estado como mecenas, de la implicación de las administraciones en su mantenimiento, despertó día a día en un mundo donde los recursos escaseaban y la coartada de las prioridades sociales funcionó como accionamiento para cerrar un grifo, que por otra parte nunca fue a mansalva.



Podríamos dedicar varias páginas a reflexionar sobre qué es cultura, pero nos desviaría del tema del presente artículo. Baste decir que cultura es lo que emancipa, lo que convierte al ciudadano en un ser crítico, emocionado, lo que en el lenguaje llano sería “nos hace ser más humanos”. No es aquello que sencillamente entretiene -¡qué importante es entretener!-, aquello que pertenece a un sector comercial y mercadeado que se sostiene con una globalización fundada en el modelo de las majors capitalistas. La cultura también entretiene, pero no solo entretiene.

El caso es que la ruina de esta microcultura, frente a esa macrocultura que comprendería el otro sector, el de las industrias culturales, y que siguen a menudo el modelo major entertainment, cristaliza en la programación de cualquier ciudad media: son las clases medias de intérpretes, gestores y empresarios -muy medianos y pequeños- de la cultura los que han visto cómo su medio de vida ha menguado, y les pueden decir ustedes que, al fin y al cabo, estaban haciendo cultura por encima de las posibilidades de la sociedad. Los síntomas del empobrecimiento no solo están en el ahogo y desaparición de las pequeñas empresas, en la escuálida resistencia a través de unos presupuestos públicos mermados, ante una ley de supervivencia donde los más fuertes, los menos dependientes o los mejor contactados perduran, sino en el panorama que se avecina: el campo del amateurismo campa a sus anchas donde antes había profesionales, sin que las administraciones –que parecen ahora desmemoriadas- hagan el más mínimo esfuerzo por corregir la situación. Más bien al contrario, la estimulan acuciados por unos presupuestos empobrecidos y una demanda que se mantiene.



Allí donde antes se programaba una compañía teatral forjada con esfuerzo, que cumplía con sus obligaciones tributarias y laborales, que generaba riqueza, se encuentra el espectador la labor de una compañía de aficionados –también encomiable e indiscutible cantera- que si bien cumple el expediente de la programación no aprueba en el estímulo económico del sector, sino que lo arruina. Allí donde antes se programaba una orquesta cuyo trabajo se esforzaba en el mantenimiento de un legado de siglos, encontramos orquestas jóvenes, que bajo el amparo y la justificación de la formación, vienen a sustituir a sus mayores abonando un terreno donde ellos mismos, en un futuro muy cercano, serán sustituidos por nuevos jóvenes en formación, en una espiral sin sentido. Allí donde los profesionales de la programación cultural, los productores, se esforzaban en diseñar nuevas propuestas y desbrozar el futuro de las artes escénicas encontramos programaciones hechas a salto de mata por funcionarios a los que muchas veces les cae encima una labor para la que no fueron preparados,  por la que no les contrataron, ni es por esa labor por la que realmente les pagan.

El apoyo público a este sector no tiene vuelta de página: bueno sí, su vuelta es una página en blanco, vacía. El IVA cultural –que si bien afecta sobremanera a la macrocultura, también incide en este sector microcultural, que pase lo que pase seguirá facturando sus servicios al 21 %-, las equivocadas ideas de algunas formaciones políticas emergentes que solamente optan por un sentido participativo de la cultura cuya accesibilidad se basa en la gratuidad para todos, y así olvidan las importantes bazas de la creación, la producción y la distribución, tanto como confunden accesibilidad con igualdad; los proyectos inconclusos de las leyes de mecenazgo que amenazan con verter por un mismo desagüe ayudas al cine, al deporte, a la investigación científica y al teatro –y sabemos hacia qué vertiente caerán las aguas, a buen seguro-, anuncian ya no solo un cambio rotundo de modelo, sino la desaparición de los viejos comediantes, de los músicos de cámara y de jazz, de los pedagogos artistas, de los diseñadores de una cultura del compromiso, que serán extinguidos por una apuesta por la cultura sin terminar de hacer, por un empoderamiento de la cultura como afición antes que como profesión.

Alfonso Salazar

jueves, 28 de mayo de 2015

CUATES NEGROS


GRANADA NOIR
28 DE MAYO 2015
19:30 horas. Conversación a dos: La ciudad, personaje literario. Salazar vs. Pedregosa Sinopsis de ‘Para tan largo viaje’ (Dauro): Año 1996. Recientemente el Partido Popular ha ganado las Elecciones Generales. Un crepuscular Matías Verdón, el detective del Zaidín, recibe el encargo de una anciana para hallar a su nieto desaparecido dos años atrás. Pero tras el escaparate de una familia recta, formal y célebre, se esconden misterios y secretos que el detective tendrá que desvelar con la ayuda de su inseparable Desastres. La historia de un largo viaje se cruza en la investigación de Matías Verdón, una historia que se hunde en la ciénaga de las guerras yugoslavas y que termina por tener unas implicaciones políticas que el detective no esperaba.
“Para tan largo viaje” es la cuarta entrega de la saga de ‘El Detective del Zaidín’.

ENLACE

domingo, 26 de abril de 2015

MESA REDONDA NOVELA NEGRA MEDITERRÁNEA

http://agenda.ideal.es/evento/la-novela-negra-mediterranea-471069.html


Con Juan Madrid, Clara Peñalver y Jesús Lens, el día 25 de abril 2015 en la Feria del Libro de Granada, sobre novela negra y mediterráneo.

PARA TAN LARGO VIAJE EN LA FERIA DEL LIBRO DE GRANADA

Con Jesús Lens y Juan Carlos Friebe en la Feria del Libro de Granada, 19 de abril 2015. Foto de Joaquín Puga.


lunes, 2 de marzo de 2015

CHAVS: CANIS DE GRAN BRETAÑA


Chavs: la demonización de la clase obrera es un libro de Owen Jones (Capitán Swing, 2012) que viene a profundizar en los fangos actuales de la brecha de la desigualdad, cuyo origen localiza en los lodos de las últimas décadas de neoliberalismo del siglo XX, aquellos que hundieron la política social en Europa, y específicamente en Gran Bretaña.

Owen Jones parte en su trabajo de una escena cotidiana: una cena de amigos donde se cuenta un chiste acerca de los “chavs”. Los “chavs”, parece ser, son aquellos descendientes de la orgullosa clase trabajadora británica de los años sesenta del siglo pasado: chicos y chicas con escaso futuro, sin trabajo fijo, una formación escolar exigua, que suelen vestir con ropa deportiva informal, pero de marca, lucen bisutería, pasean pitbulls, a veces llevan navaja, pueden procrear a los quince años, tienen nombres extraídos de culebrones o del mundo del espectáculo, exóticamente inapropiados para la sociedad seria (Wayne, Chantelle, Dazza, Britney) y a veces manifiestan comportamientos considerados agresivos. En España, conceptos como “choni” o “cani” pueden acercarse al concepto “chav”. Decimos que parece ser, porque Jones abre una polémica cuando bucea en la insondable procedencia de los términos que se han hecho recientemente populares y hacia los cuales no navegan los filólogos de la búsqueda del origen. Es un término de esos que están en evolución semántica, sin foto fija, que se desfigura, que abunda en los medios de comunicación, que comienza a aparecer en los modernos diccionarios y al que se atribuye un origen tan diverso como el inglés del siglo XIX, el romaní –chavó, chaval-, o simplemente se le achaca ser un acrónimo (de Council House Violent, o “violento de viviendas municipales”). Pero podemos estar de acuerdo en que es un término –como choni, como cani- esencialmente peyorativo.

En la cena de amigos que abre el libro, se hace un chiste sobre “chavs”. Pero ¿Y si en vez de “chav” el término utilizado en el chiste fuese otro? Como aquellos chistes de catetos o de gangosos que han caído en desgracia. Sería políticamente muy incorrecto y ahondaría en la risa injusta. Sin embargo, en Gran Bretaña, la caricatura del chav ha calado: un ejemplo de ello es Shameless, o ciertos personajes de Little Britain -que es humor, al fin y al cabo, donde no se deja títere incólume y caen bajo el martillo de la caricatura clases sociales, estereotipos y tópicos ingleses. El personaje “chav” existe en la cultura anglosajona del siglo XXI, puede identificarse en los barrios obreros, en el extrarradio de las grandes ciudades, y provoca además un rechazo que ha generado incluso páginas web donde se amenazan y localizan núcleos chavs por toda la isla, que han encontrado eco y seguidores en la prensa mayoritaria. Es un palmario ejemplo de odio de la clase media hacia la clase baja. El mensaje persistente es el paso del respeto, hasta el temor, en deriva a la condescendencia, y al fin el desprecio, hacia la clase trabajadora. Incluso, hay que huir de la clase baja si a ella se pertenece, no identificarse, repudiarla.

Famosos de la actual cultura popular británica se pueden identificar con esta imagen estereotipada: chicos y chicas que, procedentes de las capas menos afortunadas de la sociedad, triunfan y se colocan en el escaparate social y de los mass media, pero que mantienen esa imagen de chicos de barrio, entre el gamberrismo, la agresividad y con un pie encajado en la delincuencia juvenil. Ya sean Wayne Roonney, Lady Sovereign o participantes en Gran Hermano. Se les suponen “chavs” por su vestimenta, su comportamiento o sencillamente por sus intereses musicales y culturales. Y limitados a ciertos campos de la cultura: si desde tiempos de los Beatles –Stone Roses, Smiths, Verve- los grandes referentes del pop y el rock provenían de la clase trabajadora, a partir de los ochenta, con la irrupción de Oasis, proceden en su mayoría de la clase media.

Jones analiza el fenómeno desde el impacto de la figura chav en la prensa para pasar a investigar lo que considera la “demonización de la clase obrera”. Los medios de comunicación británicos se han centrado en difundir la idea de que entre las clases más bajas, a las que en muchos casos solo les queda recurrir a las ayudas sociales, abundan los parásitos sociales, gente que vive de subsidios, que no tienen ningún interés en emanciparse socialmente, en acceder a la escalera mecánica del ascenso social.


En un libro jalonado de datos, extractos de opiniones en prensa y con entrevistas tanto a miembros de antiguos gobiernos como a sencillos trabajadores de los barrios obreros británicos, Jones plantea preguntas que son muy incómodas: ¿Es el chav una consecuencia de la política neoliberal que inauguró el gobierno Thatcher y continuaron, sin mesura alguna, los gobiernos laboristas de entre siglo? ¿Dónde ha quedado aquella orgullosa clase obrera británica que organizada en sindicatos pudo poner de rodillas a gobiernos hace décadas? ¿Cuándo decidió Gran Bretaña convertirse en un país de consumidores sin productores?

“La demonización de la clase trabajadora no puede entenderse sin volver la mirada hacia el experimento thatcherista de los años ochenta que forjó la sociedad en la que hoy vivimos” escribe Owen Jones. La lucha emprendida por el gobierno de Margaret Thatcher a finales de los años setenta del siglo XX contra el que consideraba un excesivo control de los sindicatos obreros se saldó con una contundente victoria gubernamental. Se unieron muchos ingredientes en aquella década: el movimiento punk y el okupa; la poll-tax; la heroína y el aumento de la drogadicción en las zonas deprimidas; los hooligans, aguerridos hinchas de fútbol que se hicieron famosos y temidos en toda Europa por su agresividad y racismo; pero también la huelga minera, la prohibición gubernamental de construcción de vivienda social a los Ayuntamientos –en tanto el gobierno promovió que los inquilinos de viviendas protegidas pudiesen comprar sus casas a precios reducidos ofreciéndoles hipotecas al cien por cien-, la deslocalización de las empresas, el descenso de la sindicación, una reconversión industrial que trajo consigo el cierre de la potente industria siderúrgica inglesa, de su pujante industria del automóvil y el incremento de la inmigración procedente tanto de los países del este europeo como de las antiguas colonias del Imperio.


Con la distancia que dan los lustros pasados, podemos ver la mano de Friedman y la Escuela de Chicago tras las decisiones en política económica y monetaria de Thatcher –como también estaba sucediendo en el gobierno Reagan en EEUU. De aquellos tiempos viene el sarampión de la privatización de los servicios públicos y la desregulación financiera con el consiguiente incremento del sector financiero, el de la construcción y los servicios frente al alicaído sector manufacturero e industrial. Las finanzas y los servicios –la City- eran el futuro, producir era el pasado ¿Les suena?

El Gobierno Thatcher fomentó la cultura de que el éxito se medía por lo que uno poseía y glorificó la riqueza. En esta respuesta de Margaret Thatcher se encuentra sentido a gran parte de su legado: “Creo que hemos entrado a un periodo donde muchos niños
y gente han crecido con la idea de «¡Tengo un problema, es el trabajo del gobierno lidiar con ello!» o «¡Tengo un problema, iré y conseguiré una concesión para lidiar con ello!», «¡No tengo casa, el gobierno debe darme una!» y así le están arrojando a la sociedad sus problemas, pero ¿quién es la sociedad? ¡No existe tal cosa! Hay hombres y mujeres independientes y hay familias, y ningún gobierno puede hacer algo, excepto a través de la gente, y la gente primero tiene que luchar por sí misma. Es nuestro deber cuidar de nosotros y luego ayudar a nuestros vecinos y la vida es un negocio recíproco, donde la gente tiene sus derechos en mente, pero no sus obligaciones.” Al fin y al cabo, para Margaret Thatcher, “clase” solamente era un concepto comunista.

Los ataques thatcherianos a la industria y a los sindicatos propinaron un golpe mortal a la vieja clase obrera. En pocos años desparecieron los trabajos bien remunerados. Owen Jones rebusca dónde están los descendientes de aquellos duros y orgullosos trabajadores británicos del acero y el carbón, que fueron la vanguardia del movimiento obrero: trabajan en supermercados y centros de atención telefónica. Sí, trabajos menos duros y físicos, pero en grados de explotación similares a trabajos de hace más de cien años. La eliminación física del soporte laboral en los barrios obreros, la demolición del sistema de ayuda y vivienda social se emprendió simultáneamente con una política de desigualdad fiscal por la cual el desequilibrio impositivo favorecería cada vez más al segmento más rico de la población.

El vaciamiento de las propuestas socialdemocrátas de la tercera vía laborista tuvo en Tony
Blair un fiel continuador de la política thatcheriana, y así, pregonó en 1997 que la nueva Gran Bretaña era una meritocracia. Ello supone que los pobres y los desfavorecidos sean menospreciados. Hay una cuestión sociológica de fondo que el filósofo francés Pierre Bourdieu apuntó en Contrafuegos, 2 cuando se refería a una economía de la inteligencia: “De esta forma la nueva economía tiene todas las propiedades para aparecer como el mejor de los mundos (en el sentido de Huxley) (…) puede aparecer como una economía de la inteligencia, reservada a las personas «inteligentes» (lo que atrae la simpatía de los periodistas y de los cuadros «conectados»). La sociodicea adquiere aquí la forma de un racismo de la inteligencia. Desde ahora, los pobres no son pobres, como en el siglo XIX porque son poco previsores, malgastadores, intemperantes, etc. (por oposición el deserving poor), sino porque son imbéciles, incapaces intelectualmente, idiotas. En fin «solo tienen lo que se merecen», escolarmente”.

Entre la opinión de Thatcher, la declaración de Blair y el juicio visionario y doloroso de Bourdieu se encuentra ese sector de la sociedad considerado irresponsable, delincuente e ignorante, que ha desdeñado el ascenso social y es considerado en la actualidad una escoria. Para Jones, el estereotipo chav es utilizado por los gobiernos para justificar esa falta de compromiso que les obligaría a entrar en el fondo de los problemas sociales y económicos que generan la desigualdad.

El neolaborismo de Blair se empeñó en hacer desaparecer el concepto de clase social y por extensión la lucha de clases. Aunque el millonario Warren Buffet lo corrige con claridad: “La lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando”. Con el Nuevo Laborismo la desigualdad pasó a ser denominada “exclusión social”, en vez de “pobreza” (la clase social viene dada por las circunstancias, la “exclusión” es algo que sucede y donde la persona se implica como agente). Fue Blair quien propagó que “en Gran Bretaña ahora todos somos clase media”, en 2005, y por tanto la clase obrera pasaba a ser un concepto peyorativo, pues es la clase media la que implica cierta cultura y no es pobre. La idea es que cualquiera con talento puede progresar en la Gran Bretaña actual, pero lo diga Blair o Cameron, las clases sociales no desparecen por mor del ascenso social, y según Jones, todo está amañado en la sociedad británica con el objetivo de favorecer a la clase media. Educación y clase social siguen estando en íntima comunión.

Pero, si todos fuésemos clase media ¿cómo podría reconocerse ese mantra de la aspiración al ascenso social? En el concepto del nuevo laborismo hay una trampa, porque el punto medio de la escala salarial no está en la clase media, sino más abajo. No es ningún secreto que el Parlamento Británico –como casi todos los parlamentos europeos- no son un microcosmos de la sociedad y su sistema de clases. Abundan los representantes públicos criados en colegios privados, con contactos en la alta empresa y con un total desconocimiento de la vida real en los barrios reales.

El desmontaje de la clase obrera según Jones ha llegado al punto de identificar a este subgrupo social como un grupo étnico de excluidos sociales blancos, donde calan las apuestas nacionalistas radicales como el BNP, o el UKIP y la Liga de la Defensa Inglesa. Se trata de mirar la desigualdad y la pobreza con un enfoque racial. Hay un solo paso para decir que son los extranjeros los que quitan los puestos de trabajo a los trabajadores ingleses blancos. Ello implica que el multiculturalismo operante
enfrenta a grupos étnicos de trabajadores para que compitan por los mismos recursos y servicios públicos, cada vez más escasos. Así la clase blanca trabajadora quedaría retratada como pobre, vaga, racista, grosera y sucia. Un buen caladero para hacer chistes. Son considerados trabajadores, generalmente en paro y despreocupados por buscar trabajo, bastos y chabacanos, sin el discreto encanto de la burguesía, esa clase media que se reproduce a sí misma y se defiende, que mira con desprecio y escandalizada el burdo gusto televisivo, el ramplón estilo en el vestir y una incorrecta manera en el hablar.


La clase trabajadora, según Jones, ha sido demonizada, excluida del mundo de la política y de los medios de comunicación, confinada a Gran Hermano y la telerrealidad, una clase de la que hay que escapar. Los problemas sociales han sido convertidos en defectos personales: la pobreza es un vicio del carácter. Pueden así campar a sus anchas teorías como las de Charles Murray y Richard J. Herrnstein cuando propusieron que el cociente intelectual va a aparejado al nivel socieconómico. Los proletarios deben convertirse en emprendedores, para que corra por su cuenta el éxito o el fracaso.


Alfonso Salazar en www.olvidos.es, febrero 2015

sábado, 21 de febrero de 2015

CATÁLOGO DE POESÍA VISUAL

Poemas visuales 2000-2015. La Mitá de la Vida. Alfonso Salazar.


domingo, 18 de enero de 2015

ÁRABE, MUSULMÁN E ISLAMISTA

En algunos medios de comunicación se toma la parte por el todo. Los adjetivos que encabezan este post son a veces intercambiados alegremente en algunos medios –otros periodistas tienen buen cuidado en decir lo que quieren decir- y se extienden, fruto de la ignorancia, por las redes sociales, y por supuesto, en el habla cotidiana. Pero son tres adjetivos cuya coincidencia en una sola persona, precisa de una intensiva conjunción de accidentes culturales.

Árabes son aquellos naturales de Arabia, de la península arábiga y alrededores, y tradicionalmente han formado parte de etnias que el paso del tiempo ha desdibujado y vuelto a dibujar. En la actualidad en la península arábiga se ubican 10 nacionalidades distintas. No se trata de una raza –no existen las razas como categoría, ni biológica ni cultural en el ser humano-, aunque el concepto "racial" facilita, desde el desconocimiento, la categorización de los grupos humanos. Pero en sentido estricto, un árabe es aquel que comparte una tradición genealógica y cultural que nació en la península arábiga, antes del surgimiento del islam.


El idioma originario de estas tribus se llama también árabe, y es una idioma muy extendido (más vivo que el latín, pero más fragmentado que el español) que fue lingua franca en el medievo, por todo el Mediterráneo y que en la actualidad se extiende por los países arábigos -de la Península arábiga- y otros países en el  Magreb y Oriente Medio. Pero hay personas que hablan árabe en una esquina del mundo cuya habla del idioma es difícil de entender por otra persona que habla árabe en otra esquina del mundo. Esta macrolengua mantiene una forma estándar, pero las diferencias dialectales son tremendas. Es oficial en al menos veinte países del mundo y es el octavo en su extensión planetaria con 350 millones de hablantes, pero muchos de ellos nada tienen que ver con el concepto étnico, ni geopolítico del término “árabe”.

Algunos países de lengua árabe se identifican a sí mismos como árabes, en un rizo de concepto de identidad cultural, lo que dio como fruto la fundación en la Liga de Estados Árabes en 1945, donde se encuentran países que no son árabes étnicamente hablando –como Egipto o Marruecos, por ejemplo-, pero la identidad cultural y política es algo que uno determina para sí mismo (sea o no sea cierto) o en todo caso, son los “otros” los que la determinan como tal: la cultura es lo que uno hace visto desde fuera, ya sea porque uno mismo se la otorga o porque los demás la señalan. Así la Liga Árabe incluiría a somalíes, bereberes, egipcios, libaneses o kurdos, que no son árabes, pero hablan árabe, así como el mundo hispano hablante incluye a nacionalidades diversas y no exclusivamente a “españoles”. Es una cuestión de nacionalismo, manifestado en torno a una lengua, y ciertas coincidencias culturales y religiosas, pero sin u cuerpo cultural común.

En definitiva, hay pueblos que utilizan la lengua árabe, pero no son árabes en sentido estricto y hay grupos humanos que hablan árabe que no son musulmanes: coptos egipcios, maronitas libaneses, árabes israelíes, árabes drusos.


Musulmán es una categoría religiosa, con un número de practicantes en todo el planeta que ronda los 1200 millones de personas. Como hemos visto, hay árabes (que hablan árabe) que no son musulmanes, aunque sean pocos, y hay musulmanes que no son árabes, y son muchos: ni lo hablan ni viven en estados de la Liga Árabe, ni tienen relación genealógica alguna con las etnias originarias de Arabia. Además, como el islam no es una religión jerarquizada, como la católica, no hay una línea de orden de un “papa” musulmán a un “sacerdote” de mezquita. Como es tan extensa la territorialidad del Islam y tan amplia su historia, hay diversas interpretaciones del Corán que han sido generadas con el paso de los siglos por las diversas maneras de interpretarlo (suní, chií, sufí, entre otras muchas), y se da de un modo similar a la distinción que en el cristianismo se hace entre católicos, ortodoxos, protestantes y otros muchas profesiones de fe.

Hay multitud de países que, con una mayoría de habitantes que practican el islam, no son árabes ni por asomo: Pakistán, Irán, Turquía, Indonesia, Burkina Fasso o Turkmenistán por poner algunos casos. Entre ellos, hay países que se consideran islámicos, es decir, en los que el Corán forma parte de su corpus jurídico –la sharia, o derecho islámico-, ya sean repúblicas, monarquías absolutistas, dictaduras o regímenes teocrácticos. En estos países la separación Religión-Estado es uno de los nudos gordianos de la convivencia. Son estos casos Irán –que no es un país árabe, ni habla árabe-, el Afganistán de los talibanes, Libia desde 2011, Pakistán o Mauritania.




Los árabes-musulmanes constituyen solamente el 20 % de la población musulmana mundial. Así que si usted llama árabe a un egipcio, a un bereber o a un sudanés porque hablan la lengua árabe, podría usted llamar sin empacho “españoles” a los bolivianos, mejicanos o uruguayos porque hablan español. Si usted llama árabe a cualquier musulmán, es como si llamase “español” a cualquier cristiano, así que puede también ir por ahí llamando español a cualquier italiano, irlandés o bávaro. Y si llama musulmán a cualquier árabe es como si diese por supuesto que todo español es cristiano, católico, apostólico y romano. Y nunca denomine a una persona "islámica", porque islámico es el adjetivo que se aplica a los conceptos impregnados de islam: ya sea el arte, el Estado, o la cultura.



"Islámico", como adjetivo, no es aplicable a una persona, sino que en nuestro idioma utilizamos para ello el adjetivo “musulmán”. Islamista se refiere al concepto de islamismo, que es un término político, aunque nuestro diccionario reserve distinto conceptos para “islamismo” (conjunto de dogmas y preceptos morales que constituyen la religión de Mahoma) e “islamista” (relativo al integrismo musulmán). Dentro del islamismo hay posturas regeneradoras, moderadas, radicales, extremistas, según cómo se midan, pero que los medios (y al parecer, el diccionario) por lo general identifican, en su concepción violenta, con la asunción de normas como la “yihad”. La Yihad no es exclusivamente sinónimo de “guerra santa” para algunos estudiosos, puesto que englobaría también el concepto de “lucha interior”. No hay conceptos en el cristianismo que se le acerquen, aunque las prácticas evangelizadoras tenían un objetivo en común: la expansión de la religión. Estas posturas denominadas radicales pueden provenir del sunnismo –como los Hermanos Musulmanes egipcios, los talibanes o el salafismo- y otras del chiísmo –como el Irán de Jomeini o Hezbolá.


Por otro lado, hay conceptos culturales que se identifican en los medios de comunicación y en la divulgación popular con el islam -la lapidación, la flagelación pública, la mutilación genital, la poliginia, el matrimonio concertado de menores-, pero no son usos exclusivos de países musulmanes. En otros países, que nada tienen que ver con el islam, se practican. De hecho es muy probable que el arraigo cultural de estas prácticas sea anterior al islam, pero perduran en culturas islámicas e incluso algunos de ellos fueron recogidos en el Corán. Otra cosa es cómo se interprete el Corán…



Y otro día hablaremos sobre la confusión acerca del velo.


Alfonso Salazar

sábado, 10 de enero de 2015

EL MAPA DEL DETECTIVE DEL ZAIDÍN

Un completo mapa de todos los lugares donde sucede la saga del detective del Zaidín, Matías Verdón.

En azul, la última novela, Para tan largo viaje, publicado por Dauro en 2014 (figura en azul claro el viaje del protagonista yugoslavo)
En amarillo, El Detective del Zaidín, publicado por Ediciones B en 2009.
En verde, Golpes tan fuertes, publicado por Alhulia en 2013 (figura en verde claro la trama de los años 40-50)
En rojo Melodía de Arrabal, publicado por Arial en 2003.


domingo, 4 de enero de 2015

CAMBIO DE EJE

En la Antigüedad, el eje mediterráneo señalaba una diferencia profunda entre el Oriente y el Occidente, como si un meridiano –imaginario, como todos los meridianos- separase dos mundos. A la izquierda del mapa quedaban territorios misteriosos que los marinos fenicios y griegos transitaban y eran germen de leyendas: Tartessos, los bereberes, la Tingitana; a la derecha las estirpes de las civilizaciones occidentales: Egipto, Grecia, Palestina, Bizancio. El eje residiría en Roma, que separaba la riqueza opulenta de Oriente frente a la apenas hollada tierra de Occidente que Hércules abrió hacia el Atlántico. Con el tiempo, el Mediterráneo sufrió un importante cambio de eje, del corte vertical, al horizontal. En la actualidad, la riqueza reside en el norte, y la pobreza en el sur. La frontera se traza tumbada, cruzando el mar de oeste a este.

Este ejemplo es solo un gráfico sobre un mapa conocido: el eje vertical se tumba, la percepción de la diferencia gira sobre sí misma y pasa en unos cientos de años de una separación vertical a una horizontal.

Pienso en el cambio de eje mediterráneo cuando pienso en ese otro cambio de eje que se anuncia en las ideologías políticas. El siglo XX, siguiendo el camino que ya había abierto el siglo XIX, forjó una diferencia ideológica entre la izquierda y la derecha. Hace ciento cincuenta años, esas diferencias apenas eran perceptibles en los arcos parlamentarios: tuvo que ser la irrupción del pensamiento marxista la espoleta, la organización de los partidos socialistas apoyados en los sindicatos de clase; y posteriormente, a partir de la década de los treinta del pasado siglo, y la implantación del comunismo leninista cuajó la diferencia en el espectro. Fue entonces cuando se dibujó, con la claridad que ha sido vista en los últimos años –sobre todo en la Europa Occidental-, la división entre la izquierda y la derecha, conceptos cuyo origen se atribuye a  la ubicación de asientos en la Asamblea Nacional francesa de 1789 y que en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial tuvo su plasmación palmaria en el mapa europeo separado –gráficamente también- por el telón de acero que dividía Este/Oeste.

Izquierda y derecha han formado parte del imaginario del espectro político del capitalismo en la Europa Occidental, poco extrapolable a otros territorios: no soporta la aplicación somera a los Estados Unidos –dividido entre demócratas y republicanos-; o naufraga en otros terrenos como los países islámicos donde todo gira en torno a la división laicismo/religiosidad en la vida política; o países sudamericanos, como Argentina, donde el peronismo no admite el concepto. Sin embargo, Europa sí ha utilizado con profusión este concepto de izquierda/derecha como una garantía de claridad de ideas, otorgando a la izquierda la defensa de la propiedad pública, el fomento de la igualdad, el laicismo, el intervencionismo económico del gobierno, la solidaridad; y a la derecha el liberalismo económico, el mantenimiento del orden, la intervención ética del gobierno; figurando siempre dos grandes bloques totalitarios en los dos extremos del espectro, que coinciden en el planteamiento de una imposición autoritaria.




El análisis del espectro político se hace a través de artefactos, y los sociólogos no han encontrado para Europa una mejor respuesta que el eje izquierda/derecha a pesar de la aparición de fenómenos que saltan por encima de esta propuesta: ecologismo, feminismo, pacifismo, anticlericalismo, globalización, republicanismo y nacionalismo, por indicar algunos conceptos, marchan en todas las direcciones, y tanto ellos como sus contrarios, son proclives a ser hallados en discursos de la izquierda o de la derecha, sea en mayor o menor proporción, sin que podamos rastrear un patrón definido. En todo caso, no son fenómenos que tenga una exclusividad de marca izquierda, o de marca derecha. Hay derecha republicana y anticlerical, como hay izquierda autárquica y nacionalista. Muchos de estos fenómenos, en mayor o menor gradación, pues nunca serán monolíticos, pueden aparecer en cualquier discurso. Solo una mayor profusión tonal predican una probable ubicación en la escala.

Izquierdas y derechas participan del concepto de los modelos de un solo eje, que son excesivamente simplistas, y dejan siempre en las afueras a posturas como el anarquismo y el libertarismo. Como los mensajes sencillos son los que bien calan, y existe esa propensión a sabernos en un mapa bien trazado que no nos propugne perdernos en el proceloso camino del pensamiento político, el eje sigue siendo válido, se utiliza con exuberancia en los medios de comunicación, y sirve al ciudadano para ubicarse en ese imaginario de escala política, a pesar de que día tras día venga la realidad a reventar el papel estricto de tan sencilla separación.

Pero ha comenzado una crisis de la representación, del espectáculo: una parte de la ciudadanía –los gobernados habitualmente silentes- se enfrenta a la búsqueda de la democracia real empeñada en el hallazgo de la manera de hacer política de forma continuada: el asunto desborda la izquierda y la derecha, territorios que hoy por hoy parecen pertenecer solo al espectáculo mediático, territorios que pretenden ser asaltados, desmontados y reconstituidos ante el crudo ahondamiento de la brecha de la desigualdad social.


El cambio de eje se propone desde un giro de lo vertical a lo horizontal: los polos izquierda-derecha pretenden ser sustituidos por una partición que enfrenta al poder de la ciudadanía frente a la oligarquía, la ciudadanía sin privilegios frente a la ciudadanía privilegiada. Es curioso que este giro de eje plantea una separación simplista que recuerda a la división tradicional de las clases, pues alrededor del eje horizontal pulularía la clase media: más arriba del eje está la pirámide del poder, más abajo, aquellas que antes fueron consideradas las clases trabajadoras. En tanto, en el tradicional eje izquierda-derecha quien ocupa los aledaños del eje es el centro político, generalmente difuso en su compromiso, contemporizador, tibio y oportunista en sus propuestas.

¿Cómo llega Europa a esta situación en que el cambio de eje es sugerido, cada vez con más empeño, por propuestas políticas que terminarán, lógicamente, tachadas de ambiguas, populistas y traidoras a la izquierda? No es arriesgado decir que la dicotomía de este eje vertical ha sido propulsada más desde la izquierda -incluida la imaginaria- que desde la derecha. Al fin y al cabo, los principios de la derecha no son simbólicos, sino que ya estaban ahí –religión, propiedad y orden-, y es la izquierda la que ha pretendido diferenciarse y reivindicar su terreno en el espectro por negación.

Sin embargo, la evolución de la socialdemocracia europea, que partía de posiciones izquierdistas –de hecho es, posiblemente, la responsable del sostenimiento de la dicotomía desde hace seis décadas- ha derivado hacia una seria confusión del concepto al mantenerse dentro del sistema navegando a dos aguas, proponiendo política económicas identificadas con la derecha que intenta compaginar con la defensa de los derechos sociales, económicos y laborales, la igualdad y la democracia. En cuanto la socialdemocracia optó por la denominada “tercera vía”, una pirueta que intenta conjugar lo inconjugable, la sensación del ciudadano es que asiste a un turnismo en el gobierno, un bipartidismo de facto, donde las diferencias entre uno u otro gobernante son más simbólicas que reales, pues son coincidentes en las fundamentales políticas socioeconómicas.

No es un asunto banal que los bloques de concentración sean una respuesta, que nada escandaliza, ante este cambio de eje: partidos de izquierdas unidos a partidos de derechas ante una protesta que viene desde abajo, pues no tienen conflicto en los temas fundamentales que entrelazan al Estado y los poderes privados. Solamente ciertas exigencias de marketing para la polémica televisada les lleva a defender axiomáticos tonos ideológicos, poniendo en escena un discurso narrativo poco creíble -y tú más-, cuyo objetivo único es apacentar sus campos electorales simbólicos. En el campo electoral de la socialdemocracia, siguen en pie los valores de la justicia social, los derechos ciudadanos, la solidaridad y la democracia, pero si bien se mantienen en su discurso, no lo están en su ejecución. En el eje izquierda-derecha, la socialdemocracia deriva hacia el centro activo, y en su realización se confunde con los valores  de la derecha.



Gran parte de la población española, según el CIS, se identifican en el ámbito de la izquierda: un 40 %. En tanto un 30 % se ubica en el centro político y solo un 13 % en la derecha. El resto, casi un 17 %, no sabe, no contesta. El vaciamiento de la propuesta real en el seno de la socialdemocracia ha confundido el sentido electoral de las izquierdas. Los aparatos de la socialdemocracia comulgan con las políticas regresivas de la derecha europea, se aferran a un proyecto político social y económico que no se puede identificar con una izquierda simbólica, y además, el tiempo y el espacio les niegan la mayor: pertenecen a recientes legislaturas las políticas económicas de tinte derechista impulsadas por la socialdemocracia allí donde ahora está en la oposición, y allí en los territorios europeos donde gobierna, o en sus posturas en las instituciones europeas, consensúa con la derecha real las políticas socioeconómicas. Ese vaciamiento es el que alimenta el cambio de eje: la oposición establishment/ciudadanía pretende reventar el eje vertical.

Sin embargo, el cambio de eje se somete a una difícil prueba: el objetivo de la socialdemocracia –y del propio sistema capitalista, al menos en un valor simbólico- promulga el ascenso social como principio y fin. No solo el self made men del imaginario anglosajón, sino, también y sobre todo, el objetivo de ascenso en las clases sociales como psicodrama vital, que conlleva la conversión de las clases trabajadoras en clases medias, hasta el infinito y más allá. Ese es también el objetivo de este cambio de eje, el ansiado reparto de la riqueza frente a la igualación por la pobreza con que se amenaza desde el derechismo rancio –y a la vez, ubicado en las alturas.

Pero el círculo vicioso se mantiene como una imposible máquina de movimiento perpetuo. El ascenso de los de abajo hacia las posiciones de los de arriba fracasa tanto como en el eje izquierda-derecha, basado en la promoción social y la escalada vinculada al sistema económico. El cambio de eje puede ser el inicio de un derrumbe de una concepción imaginaria, pero si no ahonda en las estructuras sociales reales, en la brecha de la desigualdad, en el consumismo como motor económico, en la apariencia espectacular de la sociedad, en el concepto de la libertad y el cumplimiento del contrato jurídico y legal, solamente nos encontraremos ante un cambio de eje que no cambia la realidad sino que es solamente un cambio de mapa.



Alfonso Salazar

viernes, 2 de enero de 2015

BORGEN

Muchas series de televisión han incidido en mostrar el aspecto personal de los políticos en las democracias occidentales. Detrás de la imagen pública del servidor público puede existir una historia de ambición y sucia guerra que subleva al espectador cuando acerca la política a la práctica mafiosa como sucede en House of cards (en su versión americana y británica, o en la cancelada Boss). La lectura, casi siempre, ha sido desde la visión norteamericana del asunto –la muy exitosa y bucólica El ala oeste, la interrumpida Political animals, o las incidencias políticas muy relevantes de The Newsroom o Homeland. En otro barco viajan las caricaturas de la Casa Blanca de Veep o de Downing Street, la rompedora, Yes, Minister. Y para el barco de la historia queda Boardwalk Empire.





Flota en todas ellas ese halo de relaciones típicas de la política anglosajona, democracias estables desde hace siglos, donde los sistemas electorales no son los más extendidos –lo mismo nos sucede en las series de abogacía, donde el lenguaje jurídico y procesal anglosajón poco tiene que ver con el continental-, donde el color del partido es más importante que la ideología, la disciplina de partido no es un axioma y se suceden procesos, como primarias, en un régimen republicano presidencialista, como el estadounidense, que nos queda lejos. Por eso, que la visión proceda de un país no angloparlante, europeo, es algo que siempre se agradece, mostrando una cercanía que poco tiene que ver con el acoplamiento político de unos países que dirigen gran parte del mercado conocido pero cuyas estructuras de relación no son las que imperan en el mundo, más que en el imaginario cultural.



Borgen es una serie danesa que consta de tres temporadas, estrenada en el año 2010 que ha llegado a España (Canal +) con varios años de retraso pero sin perder un pico de vigencia. En ella se muestra la vida cotidiana de Borgen, el Palacio de Christianborg donde residen los tres poderes políticos daneses y la oficina del Primer Ministro. En pos de la actualidad, Borgen utiliza como personaje principal a una mujer, la primera Primera Ministra de Dinamarca, cosa que en el año 2010 era una invención y que en la actualidad es una realidad. Esa presencia de una mujer al frente del Estado ya había sido transitado en las series norteamericanas, cuya realidad aún no ha alcanzado a la ficción –Gran Bretaña, por mérito de Margaret Thatcher lleva décadas de ventaja.

Pero si la presencia de una mujer en el puente de mando pudiese ser suficiente argumento, Borgen no para ahí. De hecho, resulta casi irrelevante que sea la ficticia Birgitte Nyborg quien alcanza un acuerdo malabar con las distintas fuerzas parlamentarias para auparse en el Gobierno. Es al hálito de realidad de la serie lo que ha cautivado a los espectadores daneses, apoyado por esa coincidencia de realidad y ficción que obtuvo cuando la socialdemócrata Helle Thorning-Schmidt obtuvo el encargo de la reina para formar gobierno aunando a las fuerzas derrotadas en las elecciones de 2011. Borgen muestra una entrelazada relación de la prensa y la política que en los países del sur europeo nos puede parecer exagerada; y nos presenta vidas machacadas, familias a punto de deshacerse, pasados turbulentos, presentes escandalosos. Falta de humor, Borgen hace una representación casi ideal del político –como ser humano- en lucha constante entre su deber público y sus presiones privadas. Sin embargo, lo hace –al menos en su primera temporada, la estrenada recientemente en nuestro país- con maestría y dominio del género. No se dejan temas fuera de la bobina: la coacción de los lobbys, el reparto del poder como un juego de concesiones, los tejemanejes de los jefes de prensa, las presiones internacionales, el sacrificio de las amistades en favor del mantenimiento del poder, el mercado armamentístico, los nacionalismos periféricos, los conflictos de intereses, la delación, la traición, las escuchas ilegales, el sacrilegio del uso privado del recurso público…




Puestos a echar en falta aspectos como las movilizaciones sociales, la opinión del electorado y la implicación del resto de la administración del Estado, desde la práctica ausencia del aparato de la Justicia hasta el entramado de las entidades de gobierno local.

En España, donde la ficción se ha resumido a chistes largos como Moncloa, dígame o series de alta calidad pero de poca incidencia en la alta jefatura como Crematorio, el camino está bien abonado. Podríamos fabular con una serie que mostrase los entresijos de la época Aznar de la Guerra de Afganistán, otra dedicada íntegramente al seguimiento de los últimos veinte años de Bárcenas –auge y caída- o el clan Pujol en la ciudad de los prodigios.


Borgen, además, ha sido producida por la televisión pública danesa, lo que da para pensar. Y mucho.