martes, 30 de julio de 2019

ARANCINI


(Leer en InfoLibre)

En mi familia comemos arancini. Es una de los efectos maravillosos de la literatura: el influjo en los gustos y costumbres de los lectores. Disfrutamos en fechas señaladas de los arancini que hace Isabel, la Mama, unas bolas de ragú y arroz, rebozadas y fritas, porque es uno de los platos favoritos de Montalbano, el inspector siciliano creado por Andrea Camilleri. Hay quien come arancini en mi casa y jamás ha leído a Camilleri, pero se come a Camilleri.



Sicilia es una región señalada por la historia viscosa de la mafia, pero es una isla brillante, agreste y exuberante. Hay tres voces literarias que marcan, cada cual a su manera, la voz de la isla en las últimas cinco décadas. Son las voces de escritores que nacieron en los años veinte –cercano ya su primer centenario— y vivieron marcados por la dictadura fascista, la II Guerra Mundial, la Italia feliz de los cincuenta y la convulsa de los años setenta. Son: la poderosa y reflexiva voz de Leonardo Sciascia; la madura y frugal de Gesualdo Bufalino; y la ágil y prolífica de Andrea Camilleri. El maestro de Porto Empedocle ha fallecido de paro cardíaco el pasado miércoles en el hospital Santo Spirito de Roma, ciego desde hace unos años, padeciendo por una rotura de fémur, una afección propia de un nonagenario, pero qué noventa años.




Camilleri empezó a publicar tardíamente, como Bufalino, superada ya la cincuentena. Casi otros cincuenta años más nos ha ofrecido de publicaciones, como si la primera parte de su vida fuese una preparación para lo que estaba por llegar. Pero la intensidad creativa llegó en los años noventa. Hace un cuarto de siglo creó al comisario Salvo Montalbano, de la imaginaria ciudad de Vigàta, protagonista de más de treinta títulos y cuyo apellido es un explícito homenaje a ese otro escritor mediterráneo y negro, defensor de la justicia y la gastronomía, Manuel Vázquez Montalbán. Dudo que haya existido un premio más merecido que el Premio Carvalho que se otorgó a Camilleri en 2014.




La obra de Camilleri, en su país y en el extranjero, ha trascendido mucho más allá de la literatura. No sólo provoca cambios en la dieta de algunos lectores, sino que, paradójicamente, Montalbano ha alcanzado gran fama a través de una serie de televisión que disfrutan en más de cuarenta países. La paradoja es que Camilleri sobrevivió muchísimos años en la RAI, corrigiendo guiones televisivos, donde su manifiesta tendencia comunista le impidió, durante un tiempo, ser funcionario. El miércoles, el Senado italiano, con un largo aplauso, ha recordado a un autor cuya vejez nunca le ha impedido enfrentarse con acidez y sarcasmo a las últimas ocurrencias de Matteo Salvini.



Camilleri forma parte de otra tríada inigualable: con Montalbán y Petros Márkariscompone una generación de escritores de la ribera mediterránea, comprometidos, que encontraron —y buscaron— en la novela negra el campo donde mantener viva la novela social. Nos quedan aún guías —el propio Márkaris, o MadridMartín— y su simiente persiste en autores de posteriores generaciones que transitan el camino abierto por los maestros y exploran sus límites.



La obra de Camilleri es descomunal, sobre todo a partir de su jubilación. En el siglo XXI ha publicado más de cincuenta títulos que no protagoniza Montalbano. No hubo año en que al menos tres o cuatro libros no se añadiesen a su catálogo, si bien es cierto que en los tiempos más recientes hubo mayor pausa, menor número de dosis. Ahora que la larga y fructífera vida de Camilleri ha llegado a puerto verá la luz su novela póstuma, la que escribió hace casi quince años, que culmina la serie de Montalbano, y que solo podría ser publicada tras su fallecimiento. Esa novela se ha convertido para algunos en un mito, un juego especular, metaliterario. En tanto esperamos este golpe teatral final, en casa seguiremos leyendo sus libros, sus líricas e irónicas aventuras. Seguiremos comiendo arancini, es algo que ya ha quedado en la familia.




miércoles, 5 de junio de 2019

FELICIDAD, NO SATISFACCIÓN

Las pequeñas alegrías
Marc Augé
Traducción de Claudia Casanova
Ático de los libros
Barcelona
2019

LEER EN LOS DIABLOS AZULES



Puede haber vejez sin rebeldía como hay juventud rebelde. Puede existir el cliché. Pero cada vez conozco más a viejos rebeldes, que no son tan viejos —endiablada palabra—, a ancianos incombustibles, a veteranos de la vida que, al fin, dicen lo que quieren cuando quieren, que han decidido que el convencionalismo es una pérdida de tiempo. Hay quien hace memoria cuando llega a esa veteranía, y recientemente la voz de los viejos escritores —insisto, habrá que revisar la palabra 'viejo', porque no hace honor, porque no se trata del objeto apartado— rompe como fulgor sobre la historia, como si realmente el fin de la historia, nos anunciasen, no está, no ha llegado, es otro producto mendaz de los vendedores de la correcta y comercial política.

Sin aspaviento, sin voz grave, sin indignación, pero con sabiduría —admiremos la indignación de nuestros viejos, queramos ser como ellos, lleguemos a ser como nuestros mayores, envejezcamos así—, Marc Augé, el antropólogo que nos dio a conocer un concepto capital como el no lugar –que últimamente lo he visto retratado en alguna literatura blanda como lo que no es—, ha alumbrado un librito breve, como si para decir lo preciso solo se necesitara la precisión: equilicuá. La traductora lo ha tenido complicado en el título, Las pequeñas alegrías: el francés original hace referencia a les bonheurs du jour, un intraducible juego que evoca a la vez una pequeña felicidad burguesa y un mueble que las damas de la Francia prerrevolucionaria utilizaban como escritorio.

Marc Augé habla de la felicidad, de ese producto que ahora quieren embalarnos, que ahora puede usted comprar por Internet, para el que ahora la ONU crea un observatorio, cosa que ahora alguien le puede entrenar para obtener, de un producto que anuncia ser la tendencia de la industria futura cuando las tareas más enojosas sean cumplidas por robots y el ser humano pueda dedicarse por completo a la consecución de la felicidad. Pero Augé, que con 84 años ya puede decir lo que le venga en gana, nos desengaña: elabora un listado de experiencias personales donde localiza esos trazos de la felicidad, esa breve existencia de las pequeñas alegrías: compartir aficiones, recordar vivencias, disfrutar con intensidad instantes de amor consciente, una película en compañía, contemplar un paisaje con la constancia de que solo en ese momento, en ese instante se puede contemplar ese paisaje, comer y evocar los sabores, cantar, silbar las canciones que conocimos de niños, la que la abuela enseñó a la madre y la madre a la hija, y alumbran la memoria como las potentes bombillas que de improviso se encienden en un sótano. El antropólogo también nos enumera desgracias, y acierta cuando expone la diferencia entre la felicidad y la satisfacción.

Leyendo Las pequeñas alegrías uno elabora su propio catálogo de pequeñas alegrías a las que recurrir en el momento de las pequeñas desgracias. Como bien nos avisa Augé en el epílogo, el listado de unas y de otras no tiene fin. Bueno, no tiene más fin que la vida. Augé nos invita a la felicidad del instante, a la pequeña alegría que se consigue cuando se lee Las pequeñas alegrías.

domingo, 19 de mayo de 2019

CUARTO GÉNERO

Los pescadores de perlas
Los microrrelatos de Quimera
Edición de Ginés S. Cutillas
Montesinos
Vilassar de Dalt (Barcelona)
2019

LEER EN LOS DIABLOS AZULES



La historia del microrrelato en español es una historia en construcción, una escalera abierta y cada vez más transitada. Quimera y Ginés S. Cutillas, son dos de los pilares de esta historia en marcha y del esfuerzo de ambos se ha nutrido la bibliografía del microcuento en las ultimas décadas. Cutillas abrió su particular veda en 2010 con Un koala en el armario (Cuadernos del Vigía) y la prosiguió con Vosotros, los muertos, en la misma editorial, en 2016. Además, es autor de Lo bueno si breve, etc… (Base, 2016), un texto referencial en la reflexión sobre una especie literaria que cada vez ocupa mayor espacio en los medios de publicación, a pesar de su escueta extensión. Quimera comenzó su andadura en este género hace más de quince años —tiempo de pioneros— y ya elaboró en 2005 la antología Ciempiés, editada en aquella ocasión por Neus Rotger y Fernando Valls, uno de los imprescindibles en esta historia, artífice de la promoción de la hiperbrevedad y promotor de encuentros, entre otras muchas tareas. De la sección existente en la revista y del compromiso con el micro de Cutillas —que pertenece al consejo de redacción— surge la edición de Los pescadores de perlas. Los microrrelatos de Quimera, editado por Montesinos, que es una gran noticia para el género en particular y un estupendo síntoma del vigor de la revista barcelonesa en un momento en el que las revistas literarias caen y las revistas en general pasan a la gratuidad alegremente, sostenidas en la publicidad: Quimera aguanta a un precio muy asequible y una web eficaz, sin limosnas ni mayor débito que el literario, una flor en los quioscos.

Concursos, congresos, encuentros, premios, la clara apuesta de algunas editoriales —señeras Páginas de espuma, Talentura, Menoscuarto y tantas otras…—, de publicaciones regulares —como esta misma, Los diablos azules, en una continua atención a la producción— han hecho del siglo XXI el siglo del microrrelato. El tiempo, un análisis con mayor perspectiva, nos dirá cuánto han tenido que ver el desarrollo de Internet y de las nuevas redes sociales en la divulgación de un género que, una vez descubierto por el lector, se convierte en un potente adictivo. En cuanto el lector pierde sus melindres y se familiariza con la precisión de lenguaje, el uso de la elipsis (y de la cultura ímplicita), los guiños metaliterarios, la preeminencia del hecho sobre el personaje, los inicios de altura y los finales asombrosos, ya no dejará de volver, en cuanto pueda, a la hiperbrevedad y su asombro. La continua interpelación a la inteligencia del lector convierten la lectura del microrrelato en una lectura alerta, dispuesta, diligente y afanosa.

Los pescadores de perlas es una completa panorámica del género que abarca hasta 80 autores distribuidos por España y América, con mayor presencia de Argentina, México y Chile. Entre ellos, autores consagradísimos y autores debutantes con primera monografía, autores premiados y experimentales, cuya exigencia para su selección ha estribado en la calidad de los textos antologados. El orden de aparición de los textos mantiene el seguido en la revista durante 75 números y la compilación agrupa más de 200 microrrelatos que, huelga señalarlo, muestran todas las tendencias y tipologías de una categoría literaria en absoluta expansión y que, si bien podemos confirmar que ha encontrado su definición y características —como determinan los estudios, tesis doctorales y ensayos publicados durante este siglo—, incluye la experimentalidad de lo hiperbreve, los híbridos, los productos en frontera.

Esta colección de perlas es el resultado de seis años de construcción en una sección vital y vitalista en Quimera que pone un nuevo peldaño en la escalera cada vez más alta de la hiperbrevedad.

sábado, 16 de marzo de 2019

viernes, 15 de marzo de 2019

martes, 12 de marzo de 2019

El instante, de Jorge Luis Borges

¿Dónde estarán los siglos, dónde el sueño
de espadas que los tártaros soñaron,
dónde los fuertes muros que allanaron,
dónde el Árbol de Adán y el otro Leño?

El presente está solo. La memoria
erige el tiempo. Sucesión y engaño
es la rutina del reloj. El año
no es menos vano que la vana historia.

Entre el alba y la noche hay un abismo
de agonías, de luces, de cuidados;
el rostro que se mira en los gastados

espejos de la noche no es el mismo.
El hoy fugaz es tenue y es eterno;
otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.

domingo, 3 de marzo de 2019

VOLVER A ESCARCHA

Escarcha
Ernesto Pérez Zúñiga 
Galaxia Gutenberg
Madrid
2018

LEER EN LOS DIABLOS AZULES


La novela de aprendizaje, a la que se aplica el germanismo de Bildungsroman —es decir, en la que un personaje evoluciona, se forma, se educa en el paso de la niñez a la juventud— es una práctica que cultivaron autores como Jean Paul, Mann o Hesse en la tradición alemana y de la que es ejemplo estadounidense la muy gamberra y clásica novela El guardián entre el centeno de Sallinger. Aunque de la tradición alemana procede la línea fundadora —al menos fue la tradición que acuñó el término— es en las novelas de aventuras donde podemos rastrear ese paso liminar del adolescente que crece, como le sucedió a Jimmy en La isla del tesoro, a Huckleberry Finn, Tom Sawyer, David Copperfield —y a Harry Potter, claro—. Estoy convencido de que Escarcha debe a ambos mundos su existencia: a la tradición de las aventuras de adolescencia y a la introspección del crecimiento, a la reflexión que aportó la tradición alemana al género.

Escarcha es una ciudad muy reconocible en un tiempo muy memorable. Así, Escarcha es más que una sencilla novela de aprendizaje y pasa a ser una novela para una generación, para la generación de los chicos y chicas que lo fueron en los ochenta y ahora andan cincuentones. Las ciudades medianas se parecen mucho a los barrios, por ello, raro es que las identificaciones del lector puedan sustraerse al ambiente narrado por Ernesto Pérez Zúñiga, a los hitos, los rumores y los hechos que jalonan el crecimiento de Manuel Montenegro, quien entra niño en las primeras páginas y saldrá a punto de alcanzar la razón de los adultos en las últimas, tras avatares, lutos, abusos, alegrías, besos y mucha amistad.

Monte, Manuel Montenegro, es hijo de una tradición instaurada por el propio Ernesto Pérez Zúñiga. La familia de Monte hunde sus raíces en Santo Diablo y en Nunca cantaremos en tierra de extraños, dos novelas anteriores del autor, donde se traza una línea genealógica diáfana que lleva desde Ronda hasta Granada —ambas ciudades entre la fantasía y la magia, apenas nombradas, totalmente identificables— señaladas por la conmoción de una guerra civil y el exilio como cicatrices familiares, como señales del pasado que condicionan el futuro de los personajes. Entre ellos, los abuelos que provienen de ambos bandos, los que se enfrentaron cuarenta años antes; donde aparecen amigos de los vencidos que vuelven de Francia en la esperanza de que esta España fuese otra España. Entre ellos, los curas que controlan la educación y la formación; los profesores, los inolvidables y los que quisiéramos olvidar; los padres y madres, aprendiendo cada día; los amantes que viven horas a escondidas, un par de veces a la semana; los hermanos, tan parecidos y tan diferentes; los delincuentes, tan cerca y tan lejos. Y los amigos, porque Escarcha es un canto a la amistad, a ese soporte que sujeta a los individuos en la edad en que la familia se diluye, en la edad en que el héroe que todos somos —y la heroína— sale al mundo y comienza a andar y nadar por su cuenta: es entonces cuando los amigos iluminan y apagan los pasillos de la adolescencia, ayudan y hunden los pasos en ese mundo nuevo donde se comienza a jugar a ser adulto.

Yo viví en Escarcha, y usted también lo hizo. Era una ciudad de silencios y pactos, donde solo se podía confiar en los amigos, donde los peligros acechaban en la noche y la calle, donde los colegios olían a incienso, a sudor y madera vieja; una ciudad con bares embozados llenos de humo y risa; una ciudad que reside ahí, al fondo de la infancia, con un pie en la juventud. Una ciudad que ya no existe pero que todos recordamos.

Alfonso Salazar