domingo, 27 de diciembre de 2020

De Hafsa bint al Hayy, al-Rakuniyya

Una mujer de mi rango no puede llorar
un amor de felonía.
Mis plañideras a sueldo
te llorarán por mí en el ocaso.
No me delatará mi garganta ya muerta,
ni podrá pronunciar nunca más tu nombre.
Las cantoras desmayarán las casidas
que bajo falso nombre te he escrito.
Enmohecidos laúdes se pudrirán de abandono
tras las celosía de los patios.
El ruiseñor de nuestros encuentros
será atravesado por flecha de mi ballesta.
Sólo la almohada de azahares
conocerá el amortiguado llanto
y la expiación de mi orgullo.

Quien te cantó entre los granados
es hoy mujer de zarza y ortiga,
por sus pezones rezuma
leche cuajada de adormidera.
¡Ay, qué muerte tan cuitada me diste!
¿Qué será de mí en las auroras
sin la brasa de tu piel
en el sepulcro frío mi lecho?
Por vestirme de luto me amenazan
por un amado que me han muerto con la espada.
¡Qué Dios tenga clemencia con quien sea
liberal con sus lágrimas,
o con quien llore por aquél que mataron sus rivales,
y que las nubes de la tarde,
con generosidad como la suya,
rieguen las tierras donde quiera que se vaya!

sábado, 26 de diciembre de 2020

INFINITO

Un reloj de arena caído,
un reloj de arena tumbado:
el tiempo no corre. Se para
el infinito.

Alfonso Salazar
(Una investigación antropológica. Inéditos)

INSOMNIO, de Gerardo Diego

Tú y tu desnudo sueño. No lo sabes.
Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo,
y tú, inocente, duermes bajo el cielo.
Tú por tu sueño, y por el mar las naves.

En cárceles de espacio, aéreas llaves
te me encierran, recluyen, roban. Hielo,
cristal de aire en mil hojas. No. No hay vuelo
que alce hasta ti las alas de mis aves.

Saber que duermes tú, cierta, segura
cauce fiel de abandono, línea pura,
tan cerca de mis brazos maniatados.

Qué pavorosa esclavitud de isleño,
yo, insomne, loco, en los acantilados,
las naves por el mar, tú por tu sueño.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

DIARIO DE ABORDO DEL ESPECTÁCULO

El presente trabajo es fruto de la observación entre los meses de marzo y julio 2020 de la evolución en el marco ejecutivo de las Artes Escénicas inmersas en una situación excepcional e inédita. Durante esos meses, profesionalmente, tuvimos la oportunidad de estar en primera línea de la producción cultural en tiempos de pandemia, observando los cambios que se produjeron en las organizaciones, las modificaciones de las normativas y las reacciones del público entre otros muchos aspectos.


LEER EN www.olvidosdegranada.es






domingo, 13 de diciembre de 2020

Diálogos desde la prehistoria

LEER EN LOS DIABLOS AZULES

La vida contada por un sapiens a un neandertal
Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga
Alfaguara
Madrid
2020

Portada de La vida contada por un sapiens a un neandertal, de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga.

Conocíamos las grandes virtudes como contador de historias y otras cosas de Juan José Millás. Conocíamos el vasto conocimiento de Juan Luis Arsuaga. En La vida contada por un sapiens a un neandertal se han conjuntado los planetas y ha nacido una unión que esperamos no se disuelva, ahora que le hemos cogido el gusto. Millás convierte al sabio Arsuaga en un personaje y se convierte a sí mismo en un sujeto de estudio. El libro tiene doble efecto, se degusta y se ingiere –se devora, se deglute—, a la vez: se degusta cuando resuena en el cerebro una frase, un hallazgo; cuando te ves a ti mismo haciendo esas pruebas físicas que Millás hace con su propio cuerpo para descubrir el milagro de la bipedestación, por ejemplo; y se ingiere porque los capítulos se hacen pocos, las páginas se hacen escasas para tanta sed, como el agua en la sabana.

Hay libros que cumplen otro doble papel, más allá del doble efecto, el neófito en el asunto, el seguidor de Millás que nada sabe de los arsuagas sapiens que hay por el mundo, disfrutará con esa prosa brillante, de fino espadachín, estilista de la idea, con sus ocurrencias en fin, con ese punto de vista puesto en el lugar más inesperado: esa cámara ingeniosa y prosística colocada donde el lector no la espera. Por otro lado, el aficionado a la divulgación de la paleontología –y de la antropología, incluso el estudioso— agradece el acercamiento, disfruta con esa sencilla manera de contar las grandes cosas. La divulgación bien hecha es un reto, y contar con dos homínidos como Arsuaga y Millás es un hito. A quien se le ocurriese acertó con la mezcla, como un cóctel inolvidable y trascendente: la pareja confiesa que fue una idea mutua: "―Tú y yo podríamos asociarnos para hablar de la vida; levantaríamos un gran relato sobre la existencia. ¿Lo hacemos? —dijo el escritor―. Lo hacemos —contestó el paleontólogo". 

Hay misterios enormes, que pueden ser comentados con humildad y sencillez, con la larga mirada de la curiosidad que tan bien maneja Millás. La vida contada por un sapiens a un neandertal cuenta lo complejo de manera tan entendible que nos termina por parecer imposible que la vida resulte un arcano, pero como toda historia bien contada, como toda ciencia bien mostrada, deja los marmolillos bien señalados: las explicaciones son solo fotos fijas de una película en movimiento, la de la evolución humana, y el sabio sapiens muestra sus dudas tal y como el aprendiz neandertal anota la relatividad.

Cada capítulo se abre con el personaje Millás ―neandertal convencido, pero que se ofrece como animal homínido de laboratorio― en su mundo ordinario, dispuesto a lanzarse a la aventura paleontológica que el sabio ―irremediablemente sapiens, siempre tan ocupado― le ofrecerá ya sea en una visita a un museo, en una caminata por la sierra, en un banco de un parque, una incursión en una juguetería o el paseo por un mercado. Porque toda la evolución humana está ahí: en el objeto más común, y en el vestigio más insólito; en el lugar más insólito y en el paraje más común.

Uno se va acercando al final con la esperanza de que existan conversaciones futuras ―hay una promesa al final, un rayito de esperanza para la divulgación más divertida― entre ese sapiens determinadamente sapiens y ese otro neandertal que tan neandertalmente nos cuenta la historia de la Humanidad. Gracias, sabios.

Alfonso Salazar

miércoles, 9 de diciembre de 2020

La demolición del centro

La Voz de Granada, 11 de diciembre 2020

Como si fuese una gran metáfora, el centro urbano de Granada ha sido este otoño un gran decorado sin personajes, un plató vacío, una demolición de comercio y hostelería. Digo metáfora, porque de la misma manera el centro político granadino camino va de convertirse en un solar, en un desierto, un lugar no lugar, donde si alguien transita no es para quedarse.

Esa cuestión del centro político ha sido una pieza codiciada en la política española desde la caída al vacío de Suárez. Por entonces, los dos partidos mayoritarios despedazaron el centro y mantuvieron con pulso la zona de nadie. Excepto la posición de los partidos periféricos (sí, los nacionalistas: PNV, aquella CiU...) que siempre remaron para ambas corrientes y negociaban lo mismo con su izquierda que con su derecha. Los inventos del centro salían rana: Roca i Junyent, Suárez redivivo, UPyD... Hasta que el retoño Rivera se hizo mayor y la fiebre naranja se extendió por el país, y aquellos que habían buscado refugio a izquierda y derecha, o aquellos que no eran ni profetas ni salvadores en su partido, se agruparon bajo la bandera del centro y marcharon todos juntos a la Plaza del carmen, a San Telmo y a la Carrera de San Jerónimo. Y sobre todo, al Palau del Parlament de Catalunya, porque ese centro surgió de la periferia donde nadie se entiende para tomar el país que no entiende nadie.

Cuando le fue propuesto a Rivera alcanzar la Moncloa (aquella vez, recuerden, en que contaba con tantos diputados) y pudo apoyarse en el PSOE para ser un vicepresidente hasta el infinito y más allá, quiso tomar la derecha al asalto. Prefirió ser presidente de la derecha que vicepresidente de un país. Ese es el problema del centro, que se suele tragar la derecha o la derecha se les mete en el cuerpo y los posee.

Ahora estamos en esa involución. Ahora que las izquierdas parecen entenderse, que incluso hablan con quien hasta hace bien poco queríamos (todos) que se pudiera hablar -habla, pueblo, habla: porque son aquellos a quienes pedíamos que enfundasen el jaleo a los pistoleros y enarbolasen la virtud de la palabra en el templo democrático-, es ahora cuando la derecha, que piensa que ha perdido dos brazos y solo mantiene una cabeza, recluta a los resistentes diputados de la aldea centrista, corteja a los consejeros imprescindibles de las comunidades, galantea con los alcaldes y ediles de cuando molaba el naranja.

Lo dijo Aznar, cuando vio que su legado monolítico, que lindaba en el centro con el PSOE de centro, estaba «troceado en tres, y eso es muy mala noticia»... Ahora que Ciudadanos puede convertirse en absoluta derecha, también conocido como “centroderecha” en su casa a la hora de comer, ahora que las coaliciones electorales se tornarán partidos unidos, ahora que los partidos naranjas y verdes serán solo corrientes en el gran mar azul de la derecha, hay que señalar que el centro es necesario para la salud democrática.

El retorno de VOX al tronco común es cuestión de tiempo: se trata de un contrapeso ahora poderoso que hace que el PP no olvide que hay un electorado que quiere trazo grueso, le gusta el brochazo de los mensajes populistas y el bailoteo en el filo de la navaja democrática.

Mucho se le debe a Catalunya, a los rebeldes oportunistas, a la desafección de la izquierda, capaz de convertirse en nacionalista por encima de socialista. El diálogo es el camino, pero el diálogo no encuentra su momento cuando se vive en campaña electoral y Catalunya está en continua campaña electoral. A Catalunya se le debe también la eclosión del centro, el hallazgo de Ciudadanos; quizá ese fue su losa: cargar con una bandera en vez de levantar el europeísmo, rechazar el fascismo, encarnar el motor de la reconciliación. Eso da votos, muchos votos a la larga, pero no es un rédito inmediato.

Así que, adiós al centro, adiós a las multitudes naranjas, adiós a los alcaldes que pueden negociar con unos y con otros, adiós a la derechita cobarde. Rebienvenidos al mundo del blanco o negro.


Alfonso Salazar

miércoles, 18 de noviembre de 2020

La caída, de Luisa Castro

Las montañas cristalizan en mil años
y el mar gana un centímetro a la tierra
cada dos milenios,
horada el viento la roca
en cuatro siglos
y la lluvia,
también la lluvia se toma su tiempo para caer.
Se paciente con mi corazón
que suspira por una obra duradera.
Como el viento,
como la lluvia,
también mi corazón
se toma su tiempo para caer.

martes, 10 de noviembre de 2020

Granada siglo XXII

  La Voz de Granada, 10 de noviembre 2020


Comenzamos a corroborar que no se podía hacer frente al puente de octubre con cincuenta policías en la calle. Comenzamos a confirmar las sospechas de que la resaca de la fiesta nos ha traído muerte y una Sanidad superada por la maldita circunstancia. Suben los números de hospitalizados, la curva de otoño mira desde la cresta de su ola a la de primavera. Cuando llegue el mes de enero seremos menos granadinos, con familias doloridas, paro y daño. En la fiesta del puente de octubre uno se imagina al coronavirus haciendo botellón, bailando hasta morir, de casa en casa, de barbacoa en barbacoa. Qué divertidos fuimos. Que nos quiten lo bailao.

Comenzamos a tener la convicción de que el modelo de ciudad se lo lleva el viento. El cierre de la hostelería, la caída del turismo, el entorpecimiento de la vida lectiva, hace que esta heroica ciudad que vive al pairo del turismo y la juerga no soporte el envite: no nos salva la actividad esencial, porque Granada, con el tiempo, se ha convertido en algo poco esencial. Ni la vacuna nos salvará del agujero en que nos metimos hace mucho tiempo. El turismo, la hostelería, es una digna y necesaria industria, pero también, una flaqueza, pues crea poca riqueza añadida y se tambalea ante pandemias, amenazas terroristas y otras calamidades. Nadie puede saber qué depara el futuro en un mundo incierto, pero obtenemos convicciones.

Tenemos ya la convicción de que Granada no puede ser el pub de España, la mayor disco conocida, la Ibiza rodeada de tierra. Hay que levantar la ciudad desde su cimiento, construir una ciudad que no solo viva del turismo y de la población universitaria, una ciudad que se hace a sí misma, apuesta por la Ciencia, el Conocimiento, la Cultura, la Creatividad, la Energía alternativa. Ese proyecto, estuvo ahí: el PTS es una de las consecuencias de un sueño que no ha cuajado por entero; el acelerador de partículas y todo su andamiaje industrial es otro sueño que alcanzar; la ciudad europea de la Cultura es solo un hito en el camino, un camino que debe ser más largo; esta tierra debe ser punta de lanza en la energía renovable. Abran ideas, abran el foro. Siéntense: hablen, piensen cuál debe ser la Granada de los granadinos del siglo XXII.

Quizá debiera sustentarse en la infraestructura que ofrece el turismo, la hostelería y una Universidad fuerte y reconocida. Hay Sierra y hay Alhambra, hay Costa y hay centro histórico de sobra. Pero hay que aprender de los tropiezos, hay que pensar un mundo futuro donde existen amenazas: estamos aprendiendo, tenemos la convicción, podemos comprobar que el mundo ya no volverá a ser lo que fue y que Granada debe arremangarse. Estamos en el camino que conduce a un futuro mejor. Hay lunes optimistas.


Alfonso Salazar




martes, 13 de octubre de 2020

Divino tesoro

 La Voz de Granada, 13 de octubre 2020


Desde no se sabe cuándo vivimos una contradicción antropológica: la opinión de los adultos respecto a la juventud. De la juventud bien se espera lo mejor -un perfeccionamiento de la especie optimistamente resuelto- o bien se le recrimina lo peor, en una suerte que mezcla envidia, rencor y escándalo. Abandonada la juventud –aunque en esta civilización hay tantos se aferran a la adolescencia, al espíritu que parece no crecer, que niega asumir su experiencia y los años-, se la mira con la extrañeza que se ve crecer a hijos y sobrinos, como esos elementos queridos que vienen a sustituirnos y concatenar esa larga fila de sucesión de genes en que nos encontramos. «Juventud, divino tesoro» dijo el divino Rubén con toda seriedad, pero el tiempo convirtió el verso en frase oportunista. Que los adultos recriminan costumbres a los jóvenes, que los padres discuten con los hijos sucedió mucho antes del rock, de la juventud desenfadada y de los pantalones por debajo de los calzoncillos. Es un lugar común la incomprensión entre generaciones: hay y siempre hubo jóvenes que se comportaron como viejos, incluso como sabios, y ancianos que se rebelaron frente a la cronología. Por eso es cuestión de mirada: ¿qué jóvenes son aquellos que no observan las esenciales normas de distancia social, no se colocan la mascarilla cuando toca ni se protegen los unos a los otros? No depende solamente de una edad biológica y mental, sino de unas costumbres sociales y una demanda comercial, de una educación y un descubrimiento del mundo.

Como si de la Fiesta de la primavera se tratase -aquel macrobotellón que se presentaba con aviso y sobreaviso pero siempre pillaba de improviso-, la llegada de estudiantes a Granada, la apertura del curso universitario parece que nos hubiese pillado por sorpresa. Habrá que ver qué adulto se coloca en el grupo de ‘es que van como locos’ o en el ‘ya me gustaría a mí tener tu edad’, que son, groseramente, las representaciones en chascarrillo de esa contradicción antropológica. ¿Pudieron darse soluciones? Sí, una instrucción pública sobre la pandemia que apenas se ha hecho. Quien más quien menos se salta a la torera normas y recomendaciones: hay quien solo la manifiesta de boquilla y siempre siempre se rebela ese negacionista que llevamos dentro. Hay quien lleva un negacionista pequeñito, apenas insurrecto, un negacionista con espíritu de sometido. Hay quien lleva consigo un negacionista bandido, un impetuoso rebelde que cree que a la norma se somete el cobarde y que a él nadie le dice lo que hay que hacer: «¿Me va a decir usted a mí lo que tengo yo que hacer?». Ese rebelde se cree liberal; se puede considerar a sí mismo hasta anarquista; se puede considerar hijo de un espíritu español rebelde, desobediente, alegre y vocinglero; puede considerarse símbolo del descreído y que lucha contra las conspiraciones, pero solamente tiene el ánimo del fascista, del egoísta, del miserable. Números cantan, más allá de la carroña que muchos medios de comunicación hacen de la noticia.

Que sea en la juventud donde abunden esos atrevidos e inconscientes quizá haya que medirlo más que presuponerlo. Y si estaba medido o presupuesto, debían haberse tomado decisiones con antelación. En eso se basa la política: en adelantarse al acontecimiento, en saber que los botellones venían, que la fiesta iba a estallar. Lo demás, números descontrolados, policías y vecinos hasta la coronilla, estadísticas alegremente jóvenes, criterios epidemiológicos en juerga sin fin.


Alfonso Salazar


viernes, 9 de octubre de 2020

Vida en casa

 LEER EN LOS DIABLOS AZULES

La caja de alegría. Federico García Lorca en la Huerta de San Vicente
Jesús Ortega
Comares
Granada
2020





Pocos lugares existen tan significativos para la historia española del último siglo como la Huerta de San Vicente, fue allí donde la familia García Lorca vivió sus últimos años y fue desde allí de donde salió Federico, para no volver, en el mes de agosto de 1936. En esa casa, campo cercano a la ciudad, escribió algunas de sus más reconocidas páginas. Jesús Ortega ha sido coordinador de las actividades culturales de la Huerta de San Vicente durante años y fue uno de los componentes de las primeras promociones de guías de la Casa-Museo, un lugar, casi secreto, de peregrinación para lorquistas desde los tiempos de la posguerra. Su conocimiento del espacio le habilita para poder reconstruir un lugar con historia que es mucho más que la historia de un lugar.

Cuenta Ortega que en julio de 2008 Pere Portabella intervino en la casa, en el marco de la exposición de arte contemporáneo Everstill/Siempretodavía comisariada por Hans Ulrich Obrist. 2008 sería la puerta de la crisis y de los desahucios que corrieron por España plasmando cómo la crisis la pagarían los menos afortunados. Portabella vació la casa de la Huerta de San Vicente, dejó exenta la casa y los enseres estuvieron un tiempo cuidadosamente celados en un guardamuebles. En ese momento, los asiduos visitantes descubrimos que Portabella desahució el museo y nos mostró la casa. Ante las paredes desnudas pudo el autor de La caja de la alegría sentir el valor del lugar antropológico, el cimiento de la familia, el espacio de la vida: la casa más allá de la vivienda. Por entonces Ortega comenzó el comisariado de una exposición sobre la Huerta que recuperó y agrupó la memoria fotográfica del lugar, una memoria fundada en las fotos de familia, de aficionado, y otras de mayor intención, documentalística, de personas que durante los años más oscuros cruzaron el umbral de la Huerta, máquina en mano, con la conciencia de llegar a un espacio sagrado para la literatura. De aquella exposición deriva este libro, una historia fundamental de la historia de Granada y de España, que recorre casi cien años de modificaciones, rupturas y asedios.

La Huerta de San Vicente fue una casa en el campo. El campo de Granada es vega fértil, hoy espantada y casi en desuso, que abría la ciudad a un mar verde. La conversación que hace cien años podía darse entre la ciudad y su vega, conectadas por un suave tránsito de la pequeña ciudad al vergel, despareció en los años del desarrollismo que levantó una muralla de hormigón separando para siempre esa íntima relación mantenida durante siglos: esa mirada desde la Torre de la Vela a los huertos y, viceversa, esa admiración del perfil de Granada desde la Vega. La familia García Lorca, una familia de origen y querencia campesina, sí pudo disfrutar de aquella comunión, y en los años veinte del siglo pasado adquirió una propiedad en la Vega que renombraron en homenaje a doña Vicenta, la matriarca familiar. Allí, cuando los García Lorca se asentaron en otras ciudades de España y Europa, volvía la familia para pasar los veranos: los veranos granadinos van del Corpus a la Patrona (el último domingo de septiembre) y agrupaban a la familia a partir de san Federico, 18 de julio. Aquellos veraneos de los años veinte y treinta son catalogados por Ortega dando cuenta, conforme al valor fotográfico y una concienzuda documentación, para poder reconstruir los años del lugar y la familia, el orden cronológico creativo de Federico García Lorca, la intimidad de las conversaciones por carta, las visitas de familiares y amigos, la vida bajo el emparrado. A partir del aciago 36, los asesinatos sufridos en la familia y el consiguiente exilio, la Huerta persistió, habitada por caseros, por familiares más o menos cercanos, que cuidaron del legado familiar, que custodiaron en voz baja la memoria de un poeta sin par, pero silenciado adecuadamente, que protegieron sus manuscritos llevados y traídos de un lugar a otro, escapando a la vengativa mirada de la autoridad.

La Huerta sufrió el asedio del desarrollismo, supo de la impiedad política que confundió progreso con destrucción y legó una ciudad diezmada, y se salvó, casi de milagro, en unas condiciones que no son las deseadas, cercada por los altos edificios, por los muros que la separan del rumor inquieto de la circunvalación, rodeada de un parque que no es vega sino un remedo desdibujado, nada más que una evocación del pasado, un parque urbano sin mayor mérito que alojar una casa que forma parte de nuestro orgullo. Y aún los granadinos deben quedar agradecidos de que la piqueta inmisericorde no acabase con ella como hizo con tantas otras huertas de alrededor que no tuvieron la suerte de poder argumentar ser parte de la literatura universal.

Aquel pedazo de terreno con tanta vida y demasiada muerte sobrevivió y si bien no cumplió los anhelos familiares ―que deseaban un lugar que acogiese los fondos familiares, un teatro donde ejecutar su obra, el papel que en la actualidad ha cubierto el Centro Federico García Lorca―, la Huerta ha quedado para nosotros como ese lugar donde queda museizada la vida de familia del poeta, la vida de una familia granadina. Casi todo rastro de Lorca ha sido borrado de la capital granadina ―queda su casa natal en el cercano pueblo de Fuentevaqueros y la casa familiar de Valderrubio como todos ustedes saben―, casi todo ha debido ser re-construido, re-inventado, por eso iniciativas como La caja de la alegría resultan imprescindibles. Bienvenida la recuperación de la memoria, bienvenida la reconciliación con nuestra historia y nuestros muertos.

Alfonso Salazar

domingo, 27 de septiembre de 2020

Genealogía, de Erika Martínez

El día que me atropellaron
mi madre, en la consulta,
sintió que le crujía
de pronto la cadera,
mi hermana la clavícula,
mi sobrina la tibia,
mi pobre prima la muñeca.
Les siguieron mis cuatro tías
y mis firmes abuelas,
con sus costillas y sus muelas,
con sus sorpresas respectivas.

Entre todas, aquel extraño día,
se repartieron
hueso por hueso
el esqueleto
que yo no me rompía.

Les quedo para siempre agradecida.


(Color carne, Pre-Textos, 2009)

Tan distinta compañía


Los autobuses pueden atestarse: los viajeros van, codo con codo, mascarilla contra mascarilla. Los aviones van de ciudad a ciudad, codo con codo, mascarilla contra mascarilla. Pero los cines, los teatros, exigen mascarillas, pero codos separados. ¿por qué no se trata por igual a los unos y a los otros? ¿Por qué la cultura y las artes escénicas mantienen un nivel de exigencia de aforo menor a los del transporte? No se trata sobre los negacionistas idiotas, los objetores que viven en el limbo. Quizá la pregunta es mucho más dura: solo se puede con los débiles. ¿Por qué se mantiene ese escaso cuidado en el transporte? Cultura y Artes Escénicas cumplen como la Educación y todas cumplen como debe cumplir el Ocio. Pero no debe confundirse, ya está bien, el ocio con la Cultura: quien lo confunde posiblemente ha vivido en uno y no ha disfrutado la otra. Por supuesto que la cultura puede entretener, pero la Cultura «da al ser humano la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el ser humano se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden». No lo digo yo, lo dice la Declaración de México de la UNESCO, uno de los pocos instrumentos que nos indican qué es Cultura y qué no. En ese ámbito definitorio se excluye el ocio por el ocio (sí, tan necesario, la cervecita en la terraza, el esparcimiento), porque no cumple los requisitos culturales: no existe una «cultura de la cerveza» en el sentido cultural, es una metáfora, como lo es la «cultura del pelotazo». Puede no ser importante: pero algo es muy probable, puede que en poco tiempo el teatro, la danza, la música en vivo, se extinga, y recordemos cuando vayamos ―en un futuro―, en autobús que algún día ―en el pasado―, fuimos al teatro.

Cuando uno asiste a actividades culturales, generalmente, nadie vocifera, nadie levanta la voz, nadie habla ―¿habla usted en el cine? ¿Grita usted en el teatro? ¿fuma usted en el museo?―, son cuestiones que suelen suceder en el ocio, en la industria del entretenimiento, en el deporte de masas, en las corridas de toros (¿cuánto aforo se admite para la anunciada corrida de la Patrona?). Todo ello, no es cultura, aunque nos empeñemos en demostrar que el toro es cultura o el fútbol es cultura. Los toros no nos hacen «racionales, críticos y éticamente comprometidos», ni el fútbol tampoco. Por más que nos gusten ‘mules’ y muletas, por muy bien que lo pasemos en los unos y los otros, por mucho estómago encogido y sangre ardiente que nos provoque, por más que nos hagan disfrutar, tanto como en una terraza de bar, un fiestón con los amigos, un subidón de adrenalina. Esta opinión sobre qué es cultura, no es amigable ―no, no me hará tener más amigos― ni pretende serlo: hay actividades humanas que no son culturales y son igualmente maravillosas. Tampoco es una opinión amigable decir que, si podemos ir en un avión, si podemos ir en un autobús atestado hasta la puerta del cine ¿por qué nos separamos en uno y nos agolpamos en otro? Quizá convendría que nos mantengamos separados en los medios de transporte, así nos tratarían a todos por igual. Pero está claro: puede más la compañía aeronáutica que la compañía teatral, aunque le demos un mismo sustantivo.


Alfonso Salazar


EL MUNDO HA CAMBIADO

El mundo ha cambiado. Hay sectores sociales y económicos que están en permanente alarma ante lo recientemente conocido y lo inmediatamente desconocido. Los cambios en el mundo de producción cultural no podemos augurar si son temporales o, en algunos aspectos, serán definitivos. Las circunstancias nos han colocado al sector en primera línea de la trinchera del descubrimiento, de la experimentación.

Cuando se anunció aquel desconfinamiento en fases, el pasado mes de mayo, comenzamos a investigar, entre normativas y recomendaciones, qué nos afectaba, y surgieron las primeras dudas ¿cómo podremos producir cultura con aforos restringidos? ¿cómo haremos de los teatros, museos y auditorios espacios seguros? ¿cómo controlar las actividades culturales callejeras para evitar aglomeraciones? ¿cómo evitar que el público se acumule en entradas y salidas?

Durante el confinamiento vimos cómo artistas de todo género (profesionales, aficionados) ofrecían su trabajo al público a través de las redes, pero no se trataba de un ‘trabajo’, de un ‘negocio’ (sin perjuicio de que alguien lo haya hecho) sino de una expresión de solidaridad, de apoyo mutuo, ahí donde el arte se hace necesario como bálsamo en la vida del ser humano. Pero la producción cultural y artística, es un trabajo que exige la profesionalización. Los símiles deportivos, a veces son comprensibles: también en la cultura, en el arte, se comienza en el campo amateur (se puede seguir toda la vida en el campo amateur) pero las grandes obras, los mejores productos (en el lenguaje del mercado) surgen de la dedicación, de la especialización, de contar con los más experimentados en el equipo creativo y técnico. Esa excelencia depende de la profesionalización, de que quienes participan hayan hecho de tal tarea su exclusivo oficio. En definitiva, otra pregunta: ¿cómo ingresarán su sustento los profesionales y cómo podrán seguir dedicándose a su profesión, en un mundo donde no existen la cultura ni el arte en vivo tal y como lo conocíamos hace un año?

Desde tiempo inmemorial el arte se sostiene a través del mecenazgo, de aquellos que ‘consumen’ arte, que encargan artes. El artista, el productor cultural, precisa de una atención a sus necesidades básicas que generalmente son cubiertas por esos propietarios del arte, los que adquieren la obra. En nuestro mundo actual, en nuestro entorno social, el papel del mecenas ha sido tomado por la Administración, quien promueve y sostiene la actividad de los agentes culturales como un bien democrático, accesible a todos y necesario para el bienestar humano; y apoyado por el público, que compra sus entradas, que opina, aplaude u olvida. Pero ambas fuentes son necesarias: solo la industria del entretenimiento puede mantenerse con la fuente del consumo privado. Por eso, no se trata tanto de que muchos aspectos de la cultura (aquella menos rentable económicamente, pero más precisa socialmente) se sostengan gracias a la subvención pública, sino de que la cultura y el arte, como la protección del medio ambiente, son una inversión en el futuro de la Humanidad, que hemos acordado (lo dicen las leyes) que sean promovidos por la Administración, sin perjuicio del apoyo de entidades privadas. La cultura, como los parques públicos, no se financian con la venta de entradas. Es la diferencia entre un parque y un vivero. En el vivero se venden árboles, en el parque se disfruta de la sombra. La Administración financia los parques, cada cual financia (si acaso lo tiene) su jardín privado, el césped de la urbanización. Pero sin apoyo estatal no hay parques ni hay cultura. A lo sumo, quedará una jungla, lo salvaje.

El mundo laboral de la producción cultural no incluye solo a artistas, músicos, actrices, actores, artistas plásticos, bailarines, directores, directoras o coreógrafos, sino que cuenta con iluminadores y sonidistas, personal de taquilla y atención al público, controladores, personal de limpieza, oficinistas, administrativos, gestores, periodistas, analistas, gerentes, comerciales, editores de vídeo, managers de redes… Ese habitual concepto de ‘la gente que hay detrás’ ―comparen los créditos artísticos de una película con sus créditos técnicos― constituye el bloque más voluminoso de trabajadores de la producción cultural.

Valga esta introducción para poner en perspectiva el mundo al que se enfrenta la producción cultural: sin teatros abiertos, sin museos abiertos, sin salas ni auditorios abiertos (o a medio abrir), hay que buscar alternativas de producción.

Ni siquiera el mundo audiovisual y el de la grabación musical, que puede sostenerse a través del consumo desde casa y se apoya en la reproducción industrial y sin fin del producto, es ajeno al desplome que conlleva la pandemia. Pero las artes en vivo, las que se consumen en una convivencia, casi litúrgica, en un entorno compartido por los espectadores con los artistas y técnicos productores, en una situación que es irrepetible, precisan de reinvención e ingenio en este mundo de extraña normalidad que no sabemos si es transitorio o devendrá definitivo. Este mundo no puede quedarse a la espera de una vacuna, de hecho, debe reinventarse por si en un futuro, otra pandemia viene a recolocarnos y situarnos en la espera de otra vacuna. No podemos vivir en el bucle de la eterna espera de la eterna vacuna.

El sector de la producción cultural tiene poco referentes: los eventos deportivos alcanzan aforos muy superiores a la media cultural y su eco económico resuena en los medios; la industria del entretenimiento cuenta con un poder económico que supera con creces los empeños culturales; la hostelería y el comercio no es comparable: en la producción cultural el público, generalmente, está quieto, no habla, no vocifera (otro asunto es la industria del entretenimiento, de los macro conciertos). En la producción cultural el espectador puede disfrutar en solitario de la función teatral, de la visión de un cuadro, de la escucha en directo de un concierto de jazz. La ventilación, higiene limpieza y desinfección de los espacios, el uso de mascarilla y gel hidroalcohólico, resolver la compatibilidad del distanciamiento y la reducción del aforo, la observación de los planes de laborales y de contingencia, deberían ser elementos suficientes para la seguridad del sector. Pero estamos en el camino.

¿Cuáles son esas mimbres que conducen a la reinvención? Las preguntas están sobre el tapete: a corto plazo, el impacto de la reducción de aforos debe mitigarse con la emisión en directo, la ampliación de la base de espectadores a través del streaming, e investigar la experimentación en las sensaciones del espectador casero para que no ‘sienta’ que, simplemente, consume un producto televisivo, sino para acercarle la sensación de lo vivo e irrepetible, la convivencia en directo con otros espectadores, con artistas y con técnicos. Esta ‘hemipresencialidad’ la estamos experimentando continua y recientemente: hay ya actividades que compatibilizan público online y público en vivo en una misma función. Hay reuniones donde personas, unas sentadas junto a otras, comparten ideas con otras personas a través de videoconferencia. Vemos también cómo en televisión y en eventos deportivos se ha incorporado la idea del ‘público-plasma’, un público en su casa, reproducida su imagen en las gradas, que forma parte del espectáculo, pues no hay espectáculo sin espectadores.

A corto plazo las empresas de venta de entradas deberán actualizar sus sistemas de venta para poder vender por grupos familiares y que sea más aprovechable el aforo existente, observando la normativa. Actualmente vivimos en la duda de si debe darse prioridad a la separación de metro y medio (o dos metros, depende) o al límite de tantos por ciento de ocupación de aforo, que muchas veces entran en contradicción. Además, hay un planteamiento de 17 normativas diferentes al respecto en el país, una por Comunidad Autónoma y la especificidad de espacios y circunstancias es exigua.

A corto plazo (y a medio, y a largo) el papel de la Administración debe ser primordial. Sabemos que (como en muchos otros sectores) la pandemia va a llevarse por delante muchos negocios, compañías, proyectos, pero debe mantenerse y protegerse un entorno cultural sano y productivo. Tal y como deben mantenerse las especies de flora y fauna que corren el riesgo de extinción. Quizá muchos artistas y técnicos de la producción cultural deban reciclarse en otros sectores, pero hay que proteger ese entorno profesionalizado para que no se agoste. La recuperación de este sector, delicado por sus características duales de creación y negocio, donde convergen el carácter laboral y el carácter imaginativo y placentero, puede ser difícil. No se debe desestimar el valor de la producción cultural en el rumbo humano ni debe quedar restringido al dominio de los gigantes del entretenimiento, que terminarían por uniformarse, hacia el discurso único.

A medio plazo quizá hay que repensar el diseño de los espacios escénicos. Esta pandemia ha impuesto la separación de las butacas, como si todos los espectadores hubiesen mejorado sus condiciones de confort, con mayor espacio físico a su alrededor fruto de la necesidad de distanciamiento. Pero este rediseño y ampliación de los patios de butacas (que conllevaría repensar las acústicas, la visión de los escenarios) no es nuevo: cuando visitamos un antiguo teatro podemos apreciar el progreso en su diseño, donde había asientos de piedra hoy hay mullidos y aterciopelados asientos; allí donde el público se agolpaba, de pie, hoy está ordenados, separados los unos de los otros, una persona, una butaca; allí donde las necesidades se hacían junto al escenario, hoy existen servicios limpios y amplios; donde el espectador vivía entre sudor propio y ajeno, hoy disfruta de climatización… Valga otra metáfora: hasta no hace mucho se escupía en el suelo, en el autobús, en el bar: hoy en día esta actitud está proscrita por costumbre insalubre. Otra más: hasta mediados de los noventa el condón era considerado, sobre todo, un medio anticonceptivo cuyo fin era evitar embarazos no deseados; hoy en día, además, es un medio de protección higiénica y profiláctico cuyo fin es prevenir enfermedades. Quizá las costumbres de ayer, esas butacas puestas unas al lado de las otras, con espectadores desconocidos entre sí ocupando un mismo reposabrazos, con personas pasando por delante de otros espectadores, arrimando obligadamente el cuerpo, colocando las posaderas a la altura de los ojos para entrar y salir de una fila, nos parezcan mañana insanas y extrañas costumbres del pasado.

Esa reflexión sobre cómo serán los espacios conllevará repensar las producciones. Quizá los escenarios circulares puedan aprovechar mejor los aforos; quizá la duración de las creaciones sea una variable que contemplar, que reduzca tiempos de trabajo (salarios) y, manteniendo el precio, aumente la rentabilidad. Quizá haya que incluir elementos tecnológicos en escena que reduzcan costes salariales, es decir, cierta y limitada robotización de la representación. Son cuestiones que condicionarán la creación más próxima. Quizá haya que pensar en ‘otros’ espacios, en espacios de aforos más verticales; en una actualización de los espacios (como en los autocines, como ‘parking-concert’) que permita la asistencia en grupos-burbuja o haga compatible la asistencia en vehículo y la asistencia en butaca; pensar en espacios donde el público se mueva, ‘pase’ a través de distintos boxes en grupos reducidos para ver el total de la representación. Todo es conjetura y ‘cultura-ficción’.

La batalla va a estar en el aprovechamiento de los aforos, en cumplir los distanciamientos, a los que quizá cada vez nos acostumbremos más y el público termine por exigir. Mayor comodidad, mayor salubridad, mayor precio, parece el axioma. La salubridad para todos, siempre ha sido un concepto poco pro-capitalista. Sí lo es la exclusivista comodidad para unos pocos, el signo de la distinción: los asientos de primera clase donde poder estirar las piernas son más caros; las habitaciones para un solo enfermo cuestan dinero; el palco privado, la autopista, la atención privilegiada por parte de un médico tiene un coste; si se quiere un reservado en una discoteca hay que pagarlo. Estamos camino de una ‘primera clase’, de la comodidad, de la salubridad. ¿Cómo se obtiene un rendimiento económico? Indiscutiblemente los defensores de los antiguos conceptos exigirán volver al uso intensivo del espacio. Los buses urbanos de los ochenta tenían poca regularidad e iban atiborrado; se fueron vaciando a fuerza de ampliar viajes y limitar aforos. Los cines pueden ampliar pases, pues los costes de repetir no implican multiplicar todos los salarios, pero ¿y el teatro y la música? Si la tecnología no viene a aportar soluciones, y, cuidado, hay un concepto de economía básica que nos señala que en este ámbito se da una llamada ‘enfermedad de costes’ (aumento de los salarios en trabajos que no han experimentado un aumento de la productividad laboral), pocas más soluciones quedan que ampliar los espacios, aumentar los precios o desaparecer.

Pero si hace unos meses el mundo era de una manera, si atravesamos ahora un rumbo hacia lo desconocido, solo nos salvará que cada día conocemos algo más, trazamos ese futuro inmediato conforme a la experiencia del pasado inmediato, paso a paso. Tiene mucho que ver con el futuro y con el pasado, como si el presente no existiese, ese espacio temporal de la reflexión. Una reflexión y un ingenio que ahora hacen más falta que nunca.


Alfonso Salazar

 

sábado, 18 de julio de 2020

Descubrir el truco

El cerebro ilusionista. La neurociencia desde la magia
Jordi Camí y Luis M. Martínez
RBA
Barcelona
2020



Al arte, nada humano le es ajeno. Si el ilusionismo participa de todas las materias humanas desde hace miles de años, es obviamente un arte. Ha sido vilipendiado y minusvalorado, considerado un arte menor, arrinconado por esa adultocéntrica visión de que las artes que incluyen a la infancia –o que, directamente, tiene facetas que la atienden con esmero— es arte sin importancia, banal, menguado. Ha sido defenestrado por vendedores de espiritualidad y por médiums, por su aparente cercanía a lo sobrenatural. Ha sido menospreciado por quienes buscan un truco, se sienten burlados y no aprecian la belleza del juego. Pero el ilusionismo, ya se celebre en los grandes teatros, en los circos o en las fiestas de cumpleaños –oficio honorable, como el de payaso, primer escalón en el contacto de la infancia con el arte y la ficción— supera ese desapego, con pátina de falsa intelectualidad, para soportarse en una amplia gama de conocimiento humano y seguir mostrando al público el arte de lo posible y de lo imposible.
En El cerebro ilusionista los científicos Jordi Camí Luis M. Martínez vienen a poner negro sobre blanco la implicación milenaria del ilusionismo en su constante búsqueda de respuestas, descubrimiento de habilidades, invención de soportes, instrumentos y técnicas. El ilusionismo no es ajeno a casi ninguna de las ciencias humanas, y es quizá el arte que mayor relación mantiene con el otro lado: traza el puente –a veces visible, a veces invisible— entre el arte y la ciencia. Psicología, física, química, matemática, óptica, son algunas de las ciencias que pueden vislumbrarse tras un sencillo juego de magia. Y por supuesto, narrativa, interpretación, habilidad, ensayo, práctica, esfuerzo, imaginación, seducción. En El cerebro ilusionista se muestran algunas de las razones y técnicas que los ilusionistas han trabajado, empíricamente, desde hace cientos de años y que ahora son iluminados por la neurociencia. Es un tratado capital sobre los efectos de la magia en el cerebro y del cerebro en la magia. No solo se muestra el esqueleto de las técnicas mágicas, y por tanto es de máximo interés para ilusionistas aficionados y profesionales (pues explican muchos aspectos que son aprendidos desde la práctica, no desde la teoría), sino que alumbra al profano para adentrarse en ese camino marcado por el ilusionismo que ha transitado espacios desconocidos de nuestro cerebro, hallando claves y métodos a los que ahora la ciencia da explicación. Explicación al profano, pues teóricos (como AscanioTamariz) han reflexionado sobre el ilusionismo y sus técnicas, dado nombre a lo que solo era práctica y ahondando en la senda indagada por otros magos desde la antigüedad.
El teórico Ramón Mayrata señalaba que la magia se reduce a unos cuantos efectos (desaparición, reconstrucción, adivinación, desafío de las leyes físicas y poco más), que lo mismo da hacer desparecer una carta que un elefante, pues en esencia es lo mismo. Tras esos efectos resuenan los deseos humanos de una vida que no respetase las leyes de la vida: desparecer, levitar, teletransportarse, resucitar, conocer el futuro. Ese latido de los deseos humanos es el alma del arte.
No nos consideramos engañados cuando el cerebro reconstruye una realidad, o una ficción, y el novelista nos deja, como lectores avezados, plantear nuestras hipótesis, aun a la espera del giro definitivo de la historia. Podemos maravillarnos ante el efecto literario. Así sucede con el efecto mágico cuando somos capaces de apreciar la habilidad y el atávico proceso que está tras de sí, cuando no nos atenemos, como espectadores, a la simplísima postura de averiguar dónde está el truco o sentirnos, erróneamente, engañados. Aplicar esta postura a la visión de un cuadro impresionista (desvelar el efecto engañoso del color y la forma, desconfiar de la transmisión de la información) nos conduciría a una indolencia que no nos permitiría disfrutar del arte de la pintura. Así sucedería con otras artes si nuestro empeño como receptores se centrase en desvelar la técnica del suspense cinematográfico o en sospechar, si es verdad o no, lo que narra el texto literario y acogernos solamente a las historias basadas en la realidad (que para frustración de quien solo soporta el arte de lo real, no es más verdad que lo ficticio). Con el ilusionismo sucede tal cual, hay quien se empeña en descubrir el truco, inconsciente de que es el arquitecto quien conoce el secreto de la cúpula por su formación y dedicación y es el músico quien conoce el efecto de la armonía por sus años de estudio. Es el mago quien conoce la técnica por sus años dedicados a la habilidad, la práctica, el tiempo invertido en una pasión. A los demás, como ante cualquier otra obra de arte, solo nos queda sentarnos, maravillarnos y disfrutar, permitir que nuestro cerebro construya una realidad diferente que desafía las leyes establecidas a través de la percepción.
Alfonso Salazar, julio 2020.

viernes, 12 de junio de 2020

Javier Egea y el sueño del vampiro

Leer en Los diablos azules de Infiolibre

Raro de luna
Esdrújula Ediciones 2020
Granada

Portada de Raro de luna, de Javier Egea.









Hace treinta años se publicó Raro de luna, de Javier Egea. Se convirtió en un libro raro: difícil de encontrar, pues su primera edición, en Hiperión, contaba con unos dibujos de Rafael Alberti y se convirtió en codiciada pieza de coleccionista; raro en su momento poético, pues abría una inesperada deriva en la poesía denominada de la experiencia; y raro porque procedía de un poeta excepcional, fronterizo y heterodoxo, quien de cada libro hacía una argumentación monumental de fondo y forma.
Raro de luna se ha reeditado este extraño y rarísimo mes de mayo de 2020 por la editorial Esdrújula, culminando un proceso iniciado hace unos años por el cual se han publicado todos los libros principales de Javier Egea: los tres primeros (Serena luz del vientoA boca de parir y Argentina 78) en e-book y los tres siguientes, los considerados libros principales (Troppo marePaseo de los tristes y Raro de luna) tanto en papel, como digital. Estas ediciones completan la antología realizada por Jairo García Jaramillo para la misma editorial, A pesar de sus ojos, y siguen la estela abierta por el estupendo trabajo realizado por Bartleby con la edición de la obra poética completa en la colección dirigida por Manuel Rico.
Cada libro de Javier Egea, insisto, es una tesis poética en sí mismo, un libro narrativo, completo, compacto, indagatorio, arriesgado. Si Troppo mare era un libro "desde la soledad y sobre la soledad", como indica el prologuista; Paseo de los tristes, en palabras del mismo, muestra "la rebeldía en forma de esperanza". En el primero el escenario es el mar (la almeriense Isleta del Moro, un fascinante paisaje adonde llega el autor a finales de los setenta); en el segundo la ciudad de Granada, con un recorrido urbano que se remata en la calle que da título al libro. En Raro de luna el escenario es el bosque (entrevistos los cipreses de la Alhambra), pero sobre todo el escenario es el sueño, o la construcción del sueño, en su sentido más psicoanalítico, en su sentido surrealista, que a veces parecen sinónimos en el poeta.La actual edición de Raro de luna se abre con una ilustración de Juan Vida e incluye el prólogo original de Antonio Jiménez Millán, de 1990; se cierra con un estudio del mismo profesor publicado hace pocos años y revisado para esta ocasión. Raro de luna es un libro que lleva treinta años esperando una oportunidad. Quizá fue un libro visionario, adelantado a su tiempo. Ojalá su tiempo sea ahora, o sea siempre. Javier Egea, fiel a su tradición abría una tesis, un estilo y un tono en cada libro y los cerraba con cada libro. Su anterior proyecto, que pudo facilitarle un tranquilo camino si hubiese explotado la veta, lo abandona para adentrarse en el inconsciente, en una aventura apasionante. Su posterior proyecto (Sonetos del diente de oro), inacabado, sería un reto de poesía narrativa, un homenaje a la estructura clásica del misterio (Simbad, Scherezade, un secreto), con una poética gráfica evocadora del cómic; pero han leído bien: en soneto.
Hay muchos guiños en la obra de Egea, un profundo conocimiento de los recursos clásicos, un magistral oído poético y un compromiso ideológico firme, inquebrantable. En Raro de luna se desarrolla un dominio de la estructura poética que tiene escasos referentes en la creación nacional de las últimas décadas: el contenido del libro es la construcción del sueño, trazando el camino que va del romanticismo al surrealismo ―ese "romanticismo de las profundidades" en palabras de Raymond― y deriva de la propia práctica psicoanalista del poeta ―el poeta reta al psicoanalista con una reproducción del "objeto sueño"―. Pero en sus formas, donde se abstiene la puntuación ―como en Chambres de Louis Aragon, quizá como en los sueños, donde no hay ni punto ni coma―, retoma estrofas del Siglo de Oro, como si el encofrado que aplicase el poeta no se correspondiese con el esperado por el lector habituado, ni por la crítica que le fue contemporánea. Esa contradicción aparente deambula y sonambula por el libro, alucinado por el sueño: irracionalidad ilusoria pues se trata de un ejercicio de absoluta consciencia creativa.
El guía del libro será el vampiro, siempre marginal, en potencia erótica, azogue del inconsciente, y este sí, vínculo entre románticos y surrealistas. Como señala el profesor Juan Carlos Rodríguez, una referencia imprescindible para la poesía de Egea (forman, de hecho, un díptico de teoría y práctica poética): "Vampiro es cuerpo ilimitado, rebelde, libre, sin formas ni sujeciones, no es reflejo de nada".
El destino del libro es un poema final adonde se llega desde la Escalera del agua del Generalife, y a través del bosque y de las Islas negras, evocadoras de piratería, aventuras y perlas ocultas. Tanto el prologuista como Paula Dvorakova señalan que los grandes libros de Egea se forjan en torno a un gran poema final, donde se repiten los motivos mostrados a lo largo de la obra, como sucede en los armazones musicales. Jiménez Millán apunta un importante hecho que da mayor relevancia al análisis: el poema final fue una construcción inicial, es el que dio pie a la elaboración de casi todo el libro. Descubrimos así el empeño orfebre de Egea, el cuidado exquisito de las formas y su absoluta coherencia, ahora desvelada, con los fondos: nada es casual porque en este mundo capitalista todo es causal.
Con estos elementos: los cautivadores bosques de la Alhambra, el vampiro nocturno, ese "raro de luna" que evoca el claro de luna musical, la escisión y la sombra, las claves del sicoanálisis y unas formas clásicas estrictas, sinuosas, no es de extrañar que el libro fuese fundacional pero insólito. Absolutamente raro pero imprescindible.
Alfonso Salazar


viernes, 5 de junio de 2020

Ritos de verano

La voz de Granada, 5 de junio 2020

Suenan las campanas. Una luz primaveral atraviesa las plazas casi vacías y por primera vez en la vida de muchos la expresión ‘aire limpio’ tiene cierto sentido. No hay rastro de Semana Santa ni Día de la Cruz, primavera extraña, pero la naturaleza ha hecho su trabajo y apenas nos dimos cuenta. Hace falta volver al trabajo, hace falta recordar quiénes somos y a qué hemos venido. El verano llega en pocos días y hay que desconfinar del armario la ropa ligera, los acarreos playeros, nuestro traje de vacaciones. Necesitamos que vuelva la gente a los aeropuertos, los puertos y las costas, aunque ahora sabemos, lamentablemente, que dependemos de un hilo, que nuestra economía se sustenta en el exterior, que necesitamos ser más motor y menos garaje.

Cada verano, desde hace siglo y pico, los granadinos y granadinas suben al monte de la Alhambra, como en romería nocturna, y allí se encuentran con el arte de la música y la danza. Un ritual que ha estado a punto de ser barrido de la historia, pero que resistirá, como no ha sucedido con tantos otros acontecimientos que marcan la rutina social del planeta: Juegos Olímpicos, singulares macroencuentros deportivos de toda disciplina, festivales al aire libre, que hacen el verano más verano, que dan sentido a las bajas tardes, al refresco de la noche, al runrún de las noticias y la televisión. Este año, el Festival de Música y Danza de Granada, arriesgando, llegará a su cita con la ciudad. Será un poco más tarde, será con un programa de contingencia, pero estará en Granada. El esfuerzo es formidable, hay que levantar un festival de la nada en pocas semanas, hay que poner cada cosa en su sitio, hacer que la máquina vuelva a funcionar. Hay que volver a tomar la ciudad y, como siempre, tras la cola de la primavera traer música, llevar danza.

Perder el símbolo de nuestro verano era un precio alto. Podría haberse pagado, pero los símbolos salen adelante y se imponen en la realidad, sea la nueva o sea la vieja, retando al desasosiego y los medrosos. Hay que someterse a medidas, normas que apenas se conocen, ratios que surgen mañana, presupuestos que son ayer, miedos que son hoy, tensiones, noches sin dormir, desvelos. Más allá, alrededor, mucha gente, muchísima, aporta su punto de vista, su reflexión, en este mundo de cultura y farándula para volver a los teatros y las calles. Por eso es el momento de que ninguna institución ceje, de que tomemos lo que fue nuestro y sigamos cumpliendo el rito veraniego de la celebración de la música y la danza. Puede ser con un aforo más limitado, pero no podemos dejar de ser lo que fuimos. Puede ser con lo inesperado, pero tenemos que ser la ciudad que somos.

Alfonso Salazar

viernes, 8 de mayo de 2020

Taberna Redes

La Voz de Granada 8 de mayo 2020

Echamos de menos el bar, y la terraza, y la caña, y los amigos. Natural, va en la costumbre. Esperamos que abran pronto -¡ya!- los bares, aunque sea con distanciamiento social, mamparas y aforos más reducidos. Entre tanto y desde hace tiempo, mucho antes del confinamiento, las redes sociales sustituyen, solo en algunas maneras, a los bares. La gente se cruza en las redes, se saluda, se observan, charlan, se añoran… Sucedáneos de bares.
En los bares, y en las tabernas, como todos los lugares donde nos frecuentamos hay de lo mejor y de lo peor. En los bares, y las tabernas, lo mejor y lo peor no tiene horario, pero el vocerío, las palabras gruesas y el insulto llega cuando se llevan unas copas de más y la hora de cierre está próxima.
Hemos pasado muchas horas en bares, conocemos de sobra la hora bruja, la figura rígida pero vacilante, la torpeza de lengua deslenguada, la exageración tabernaria. La red social como taberna abunda en ello, pero sin necesidad de haberse encajado cinco copazos. Se habla así de natural, con desparpajo, vaya el exabrupto por delante, porque no enmascara el alcohol y otras sustancias alegres sino el anonimato y la distancia. Hay una minoría vociferante que proviene de escuela de tertuliano mal deglutida.
Visitamos las redes sociales para saber, para conocer, para informarnos, para entender a los demás y entendernos. La mayoría del tiempo se disfruta con el ingenio, con la afilada mirada de los demás: brindamos un apunte certero, celebramos un comentario audaz, investigamos qué dijo quién. Pero otras veces, como en las tabernas, pisamos la cáscara en el suelo y sin serrín, nos pringamos las manos, nos salivan en la oreja, y comprobamos que el servicio de las redes sociales, como el de las tabernas descuidadas, está sucio e inservible, atorado de mierda, pestilente.
Lo que antes eran riñas de bar, chismes de taberna, murmuraciones sin fundamento, ahora se amplifican en bares abiertos veinte y cuatro horas, sin un camarero que pida bajar la voz y no molestar a los vecinos. Por eso, que una patraña, acerca del supuesto control gubernamental sobre los envíos de WhatsApp, haya sido llevada por una parlamentaria por Granada al Congreso deja la sensación de que las tabernas y sus engañifas, a través de las redes sociales, han entrado en las instituciones. Que un médico con proselitismo en redes vocifere patibulario, o que haya gente, mucha gente, que vive en una red de mentira continua, en un mundo paralelo para lelos, donde les meten bulos por la escuadra, es un fenómeno descomunal.
Dan ganas de dejar de escuchar el Congreso, leer las redes sociales y de ir al bar. Pero, al fin y al cabo, y más ahora, es en las redes donde podemos seguir viendo a los amigos y celebrar, así que andamos con cuidado, silenciamos al borrachín de la palabra, desconfiamos del cotilla a quien le salen bulos en los bolsillos y miramos con desconfianza a quien se nos acerca, vaya a ser que lleve un virus en su interior o es que se alegra de vernos. Quizá ese es el futuro: andar con cuidado por la vida y por las redes. Y como en la vida misma, no es plan esperar a que el Gobierno venga a sacarte del embrollo, ni que sea la policía quien localice al buloso y al bilioso, ni que la Guardia Civil persiga el fake y al navajero, ni que un tribunal distinga al memo que todo se lo cree, y todo bulo remata, del bribón que busca alarmar a la sociedad, quebrar la salud pública o, sencillamente, putear al prójimo. No hay que esperar a que alguien venga a salvarnos, sino que, como en la vida misma, uno pone de su parte: desmiente a quien miente, desoye a quien intoxica, compadece al que todo se traga, censura al grosero, bloquea al fanático y es, uno mismo, quien distingue la verdad de la mentira. Y si la cosa no amaina, pues recoges y te vas, como en los bares.

Alfonso Salazar

jueves, 23 de abril de 2020

Volver

La Voz de Granada, 10 de abril 2020

Las noticias están ocupadas por la guerra del siglo. En las guerras hay bombardeos, sí, reclutamiento, desabastecimiento y penuria. No es una guerra porque muchos vivimos un encierro con wifi y no hay un enemigo armado de misiles tras la frontera. Pero también las guerras suministran debacle económica, promueven tendencias fascistas y salvapatrias, retransmiten rumores y bulos, contabilizan pérdidas humanas, se excepcionan los derechos fundamentales, hay soldados mal pertrechados y se exige la reconstrucción social y económica. Las guerras también forjan solidaridad, sacrificio y heroísmo. Las guerras son inolvidables y marcan el recuerdo y la infancia para siempre. En las guerras también se piden certezas de futuro cuando el presente tiembla. Por eso parece una guerra.

Vivimos confinados, preocupados, unidos, atentos, aplaudiendo y aplaudidos. Las guerras terminan, y en esta no hay que negociar la paz con el enemigo. Todo pasará: volverán otras oscuras noticias los huecos de los noticiarios a ocupar. Las mascarillas volverán a ser un elemento laboral o la nueva indumentaria social, la ciencia vendrá a salvarnos, el papel higiénico dejará de ser el símbolo pueril de nuestros miedos, los trabajadores recuperarán sus trabajos, las familias regresarán a su ritmo cotidiano de vivir por separado, la televisión volverá al plató, las multitudes a los estadios, las casas de apuestas reaparecerán en el prime time, las drogas legales reocuparán la calle, los sueños volverán a ser solo sueños y no tanta pesadilla. Los perros saldrán a mear una vez al día para marcar un territorio disputado, los runners cruzarán veloces la noche y el día, los políticos retomarán la discusión bizantina donde la dejaron. Volveremos.

Todo pasará. La cuestión es si volveremos tal y como llegamos al confinamiento, indemnes, o bien volveremos arrebatados por la alegría de vivir. Esa será la reflexión: si necesitaremos más filósofos o más famosos. Si los psicólogos tendrán mucho trabajo o bien nos bastará refugiarnos en los strippers de la moral, los reyes del phishing y los tertulianos de voz en grito. Veremos si, sinceramente, nos acordaremos de aplaudir cada día al personal sanitario, el de limpieza, transportistas, cajeras, reponedores, policías, cuidadoras y cuidadores, la clase política que duerme poco… Veremos si realmente los seguimos considerando héroes, heroínas, o bien volveremos al redil, la admiración al mediocre, el perdón a la monarquía, el bandereo, la trifulca ideológica, la disputa política de baja mira, el cañoneo burdo y farlopero de quien desarma al rival con tres bufidos y dos insultos.

Sabemos que no volveremos tal cual, que los hábitos sociales pueden cambiar, que quizá nos acostumbremos a estar más anchos en los cines y los teatros, que el abrazo quizá se reserve a la intimidad. Puede ser que adquiramos hábitos que antes de ayer eran impensables. Hubo un tiempo, que los más jóvenes no conocen, en los que se fumaba en los lugares públicos, subíamos a un avión bebiendo un refresco en lata, no reciclábamos basura, llevábamos luto y velo un lustro, soltábamos a chorro humo por tubo de escape. Quizá a partir de pasado mañana adquiramos hábitos desconocidos, o infrecuentes, como cotidianos.

De todas maneras, ojalá volvamos como quien vuelve de un viaje transformador más que de una condena criminógena. Que realmente hayamos apreciado y reflexionado sobre lo importante, porque estas semanas ha quedado aparcado lo urgente, el intrascendente urgente del hoy por hoy, arrasado por la distancia social y la muerte. El mundo, el planeta, agradece aspectos que la economía deplora, que al sistema se le indigestan. Es cierto que algunos volverán con ganas de gastar lo que se están ahorrando estos días encerrados en casa. Que otros muchos no tendrán qué gastar porque lo han perdido todo. Que buscaremos la ayuda del Gobierno. Llegará el momento de valorar, ver quiénes hicieron lo que debían y quienes quisieron rapiñar, vender su mitin, sacar partido del dolor. Y será el momento de ver si, realmente, esta distancia entre nosotros ha servido para volver a acercarnos.

Alfonso Salazar

lunes, 30 de marzo de 2020

Miles de listos

La voz de Granada, 25 de marzo 2020

La pandemia del coronavirus ha hecho brotar, como fiebre, una plaga de listos. Los listos están detrás de un vídeo grabado modo ególatra, los listos amplifican una opinión de oídas como verdad irrefutable. Los listos van disfrazados de científicos alarmistas, están ocultos en nuestro propio miedo y afloran como si manifestando la tragedia pudiesen conjurarla.

Cada día aparecen nuevos listos, salvadores de la multitud, gentes que piensan que un gobernante pretende hacerlo mal, rematadamente mal, que el objetivo de quien gobierna es joder a la población. Los listos se dieron cuenta de la pandemia antes de que el virus apareciese, los listos se adelantan a su tiempo, anticipan los efectos a las causas, leen el pasado desde el futuro. Los listos –y las listas- sacan provecho de la muerte y se nutren de anciano muerto. Los listos comparan lo incomparable con tal de tener razón. Los listos no duermen porque piensan en cómo interpretar la realidad para asaltar la realidad. Los listos, aunque todo cambie cada día, aunque la comunidad científica aporte un grado de conocimiento a diario, se agarran a un dato y reman con él contracorriente. Los listos anuncian el apocalipsis para ayer.

Los listos se alían con los tontos para hacernos la vida más complicada. Los listos, y los tontos, creen que los virus paran en frontera. Los listos instan al sacrificio desde la oposición, reprenden a quien tome las decisiones, acusan a quien no les da lo que creen merecer. Los listos consideran que ellos sí, ellos sí que saben manejar esta situación. Los listos creen que con una sola pregunta en una sola rueda de prensa descubrirán una verdad. Los listos interpretan la parte como un todo. Los listos esperan con ansia lo peor para dar tensión y anuncios. Un listo achaca la gestión de una crisis a un interés partidista, tal y como el propio listo haría, tal y como el propio listo sueña que podría hacer si le diesen las riendas de esto. Un listo piensa que la acción de la política puede alcanzar y resolver cualquier asunto: incluso lo que escapa a la acción política. Un listo piensa que todo se reduce a una materia política tan gris como su alma.

Los listos, de dos modelos matemáticos, siempre elegirán el peor. Un listo no mide, un listo confina a tope o pide libertad de movimiento. Un listo no suele estar de acuerdo con otro listo, pero sí con un tonto que esté en su antípoda ideológica. Un listo emana mensajes por redes informando de lo peor, por si acaso pudiese salvar de no se sabe muy bien qué a no se sabe quién. Un listo informa de su reducido mundo como si fuese el mundo entero. Los listos consideran exageraciones los avisos y avisan de exageraciones. Ha llegado el momento de los listos, de los que se saltan los cauces, de los que se echan al monte pandémico, de los que prefieren decir en un futuro cercano el ‘ya te lo dije’. Un listo, una lista, no duda: jamás. Los listos nos tienen rodeados.

Alfonso Salazar