domingo, 29 de septiembre de 2019
viernes, 27 de septiembre de 2019
viernes, 20 de septiembre de 2019
LOS LIBROS LIBERADOS
Colección Los Galeotes
Instituto Cervantes
Madrid
2018-act
Instituto Cervantes
Madrid
2018-act
‘Lorca, poeta del pueblo’, de Arturo Barea
‘Vueltas sin regreso (Cartas)’, de Max Aub y Dionisio Ridruejo
‘Cien días de la vida de una mujer’, de Federica Montseny
‘Del surrealismo a Machupicchu’, de Juan Larrea
LEER EN LOS DIABLOS AZULES
Hay libros que merecen salvarse del olvido. Hay
libros que no tienen lugar en el mercado capitalista. Es el mantra de “es el
mercado, amigo”. En ese mercado hay productos que, ya, no tienen cabida. Libros
raros, libros que no serán best seller, libros para unos pocos, libros que debe
salvar la memoria común de los ciudadanos. Esa labor, desde tiempo inmemorial,
esa labor de luchar contra la ley de la oferta y la demanda y centrarse en la
labor de lo que es precioso para el arte y la memoria, es una labor que
afrontaron en otro tiempo los mecenas y que hoy en día afronta el Estado,
porque los mecenas –léase fundaciones, obras sociales- reculan.
El instituto Cervantes ha salvado diversos libros
de la quema del olvido y los está publicando desde el año pasado en una
interesante colección que lleva por título, espléndido, ‘Los Galeotes’. Como
aquellos galeotes salvados de galeras por el Quijote, esto títulos son salvados
del olvido por el Cervantes. Eternamente agradecidos. Entre los títulos se
trabaja el exquisito gusto de recuperar las voces del exilio español, voces
silenciadas que tuvieron su altavoz en el extranjero –sobre todo en la américa
hispana- y que ahora al fin, están a disposición del lector curioso.
Son cuatro los títulos publicados hasta el momento,
son cuatro autores que determinan la voluntad férrea de saltar las aguas del
olvido y retornarlos. El primero de los títulos es el inestimable ‘Lorca, el
poeta y su pueblo’ de Arturo Barea. Barea fue el autor de la sublime ‘La forja
de un rebelde’ ese libro que sufrió los avatares de la lengua (perdida su
versión en castellano, ahora solo tenemos su traducción del inglés al español
que hizo su esposa, Ilse Kulcsar). La edición de este primer acercamiento a la
figura de Lorca se hizo en Inglaterra en 1944, con las heridas de la Guerra
española supurando y bajo el eco de los bombardeos alemanes. Este libro fue la
espoleta para el arranque del estudio de la figura del poeta fusilado, así lo
confiesa Gibson en el prólogo, y no sabemos a ciencia cierta (al menos lo
desconozco) si Penón tuvo conocimiento.
El segundo libro de la colección, ‘Vueltas sin
regreso’ es un estudio sobre las cartas cruzadas entre Max Aub y Dionisio Ridruejo
en los años de la posguerra. Se trata de una afinadísima, aunque breve,
correspondencia que muestra las grandes sombras y las pocas luces del
franquismo, la lectura del exterior y la lectura del interior; el dolor de la
guerra, la revolución y los sueños fracasados; la historia de una España que
nunca pudo ser. La conversación entre el socialista y el falangista caído del
caballo de la dictadura enseña el camino que debió transitarse en la
Transición, a la que ni uno ni otro llegaron pues fallecieron ambos antes de la
muerte del dictador.
El tercer título es ‘Cien días en la vida de una
mujer’, la reunión de los opúsculos de la anarquista Federica Montseny en su
huida de la España de la victoria y la represión. A Montseny se la recuerda
como la primera ministra española de sanidad, una eficaz dirigente cenetista y
una mujer que, procedente de una familia comprometida con el movimiento obrero
–la familia Urales-Mañé-, tuvo que afrontar en momentos tan difíciles la
disyuntiva entre la revolución y la defensa. Pero Montseny también era una
curtida escritora que cuenta con la misma contundencia que otras autoras de su
época (pienso en Victoria Kent, pienso en Irene Némirovsky)
las absolutas dificultades que atraviesan en la Francia ocupada por el nazismo,
el dolor que desprende, su preocupación por los más desfavorecidos en mitad de
la catástrofe.
El cuarto libro reúne tres ensayos de Juan Larrea,
otro escritor del exilio, donde desgrana un encuadre histórico y filosófico de
los movimientos vanguardistas europeos a los que fue propenso, sobre todo el
surrealismo y sus vínculos con expresiones culturales y literarias de
Hispanoamérica, sobre todo en Argentina, donde termina sus días en el año 1980.
Gracias al Instituto Cervantes,
‘Los galeotes’ selecciona un esforzado elenco de remadores contra el olvido.
Avanti. No se lo pierdan si quieren comprender la España de hoy en la España
del ayer, aquella que estuvo repartida por el mundo.
Alfonso Salazar
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ANTRO,
INSTITUTO CERVANTES,
LOS DIABLOS AZULES
Lo que vale una vida, Rafael Juárez.
Estoy en esa edad en la que un hombre quiere,
por encima de todo ser feliz, cada día.
Y al júbilo prefiere la callada alegría
y a la pasión que mata, la renuncia que hiere.
Vivir entre las cosas, mientras que el tiempo pasa
-cada vez menos tiempo para las mismas cosas-
y elegir las que valen una vida: las rosas
y los libros de versos, y el viaje la casa.
Hasta ahora he vivido perdido en el mañana
-seré, seré, decía- o en el pasado -he sido
o pude ser, pensaba- y el mundo se me iba.
Ahora estoy en la edad en la que una ventana
es cualquier aventura, y un regalo el olvido.
Ya no quiero más luz que tu luz mientras viva.
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RAFAEL JUÁREZ,
SOLUCIONES POÉTICAS
miércoles, 18 de septiembre de 2019
martes, 30 de julio de 2019
ARANCINI
(Leer en InfoLibre)
En mi familia comemos arancini. Es una de los efectos maravillosos de la literatura: el influjo en los gustos y costumbres de los lectores. Disfrutamos en fechas señaladas de los arancini que hace Isabel, la Mama, unas bolas de ragú y arroz, rebozadas y fritas, porque es uno de los platos favoritos de Montalbano, el inspector siciliano creado por Andrea Camilleri. Hay quien come arancini en mi casa y jamás ha leído a Camilleri, pero se come a Camilleri.
Sicilia es una región señalada por la historia viscosa de la mafia, pero es una isla brillante, agreste y exuberante. Hay tres voces literarias que marcan, cada cual a su manera, la voz de la isla en las últimas cinco décadas. Son las voces de escritores que nacieron en los años veinte –cercano ya su primer centenario— y vivieron marcados por la dictadura fascista, la II Guerra Mundial, la Italia feliz de los cincuenta y la convulsa de los años setenta. Son: la poderosa y reflexiva voz de Leonardo Sciascia; la madura y frugal de Gesualdo Bufalino; y la ágil y prolífica de Andrea Camilleri. El maestro de Porto Empedocle ha fallecido de paro cardíaco el pasado miércoles en el hospital Santo Spirito de Roma, ciego desde hace unos años, padeciendo por una rotura de fémur, una afección propia de un nonagenario, pero qué noventa años.
Camilleri empezó a publicar tardíamente, como Bufalino, superada ya la cincuentena. Casi otros cincuenta años más nos ha ofrecido de publicaciones, como si la primera parte de su vida fuese una preparación para lo que estaba por llegar. Pero la intensidad creativa llegó en los años noventa. Hace un cuarto de siglo creó al comisario Salvo Montalbano, de la imaginaria ciudad de Vigàta, protagonista de más de treinta títulos y cuyo apellido es un explícito homenaje a ese otro escritor mediterráneo y negro, defensor de la justicia y la gastronomía, Manuel Vázquez Montalbán. Dudo que haya existido un premio más merecido que el Premio Carvalho que se otorgó a Camilleri en 2014.
La obra de Camilleri, en su país y en el extranjero, ha trascendido mucho más allá de la literatura. No sólo provoca cambios en la dieta de algunos lectores, sino que, paradójicamente, Montalbano ha alcanzado gran fama a través de una serie de televisión que disfrutan en más de cuarenta países. La paradoja es que Camilleri sobrevivió muchísimos años en la RAI, corrigiendo guiones televisivos, donde su manifiesta tendencia comunista le impidió, durante un tiempo, ser funcionario. El miércoles, el Senado italiano, con un largo aplauso, ha recordado a un autor cuya vejez nunca le ha impedido enfrentarse con acidez y sarcasmo a las últimas ocurrencias de Matteo Salvini.
Camilleri forma parte de otra tríada inigualable: con Montalbán y Petros Márkariscompone una generación de escritores de la ribera mediterránea, comprometidos, que encontraron —y buscaron— en la novela negra el campo donde mantener viva la novela social. Nos quedan aún guías —el propio Márkaris, o Madrid, Martín— y su simiente persiste en autores de posteriores generaciones que transitan el camino abierto por los maestros y exploran sus límites.
La obra de Camilleri es descomunal, sobre todo a partir de su jubilación. En el siglo XXI ha publicado más de cincuenta títulos que no protagoniza Montalbano. No hubo año en que al menos tres o cuatro libros no se añadiesen a su catálogo, si bien es cierto que en los tiempos más recientes hubo mayor pausa, menor número de dosis. Ahora que la larga y fructífera vida de Camilleri ha llegado a puerto verá la luz su novela póstuma, la que escribió hace casi quince años, que culmina la serie de Montalbano, y que solo podría ser publicada tras su fallecimiento. Esa novela se ha convertido para algunos en un mito, un juego especular, metaliterario. En tanto esperamos este golpe teatral final, en casa seguiremos leyendo sus libros, sus líricas e irónicas aventuras. Seguiremos comiendo arancini, es algo que ya ha quedado en la familia.
Alfonso Salazar
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ANTROPOLOGÍA EN ZAPATILLAS,
CAMILLERI,
NOVELA NEGRA
martes, 16 de julio de 2019
miércoles, 5 de junio de 2019
FELICIDAD, NO SATISFACCIÓN
Las pequeñas alegrías
Marc Augé
Traducción de Claudia Casanova
Ático de los libros
Barcelona
2019
Marc Augé
Traducción de Claudia Casanova
Ático de los libros
Barcelona
2019
LEER EN LOS DIABLOS AZULES
Puede haber vejez sin rebeldía como hay juventud rebelde. Puede existir el cliché. Pero cada vez conozco más a viejos rebeldes, que no son tan viejos —endiablada palabra—, a ancianos incombustibles, a veteranos de la vida que, al fin, dicen lo que quieren cuando quieren, que han decidido que el convencionalismo es una pérdida de tiempo. Hay quien hace memoria cuando llega a esa veteranía, y recientemente la voz de los viejos escritores —insisto, habrá que revisar la palabra 'viejo', porque no hace honor, porque no se trata del objeto apartado— rompe como fulgor sobre la historia, como si realmente el fin de la historia, nos anunciasen, no está, no ha llegado, es otro producto mendaz de los vendedores de la correcta y comercial política.
Sin aspaviento, sin voz grave, sin indignación, pero con sabiduría —admiremos la indignación de nuestros viejos, queramos ser como ellos, lleguemos a ser como nuestros mayores, envejezcamos así—, Marc Augé, el antropólogo que nos dio a conocer un concepto capital como el no lugar –que últimamente lo he visto retratado en alguna literatura blanda como lo que no es—, ha alumbrado un librito breve, como si para decir lo preciso solo se necesitara la precisión: equilicuá. La traductora lo ha tenido complicado en el título, Las pequeñas alegrías: el francés original hace referencia a les bonheurs du jour, un intraducible juego que evoca a la vez una pequeña felicidad burguesa y un mueble que las damas de la Francia prerrevolucionaria utilizaban como escritorio.
Marc Augé habla de la felicidad, de ese producto que ahora quieren embalarnos, que ahora puede usted comprar por Internet, para el que ahora la ONU crea un observatorio, cosa que ahora alguien le puede entrenar para obtener, de un producto que anuncia ser la tendencia de la industria futura cuando las tareas más enojosas sean cumplidas por robots y el ser humano pueda dedicarse por completo a la consecución de la felicidad. Pero Augé, que con 84 años ya puede decir lo que le venga en gana, nos desengaña: elabora un listado de experiencias personales donde localiza esos trazos de la felicidad, esa breve existencia de las pequeñas alegrías: compartir aficiones, recordar vivencias, disfrutar con intensidad instantes de amor consciente, una película en compañía, contemplar un paisaje con la constancia de que solo en ese momento, en ese instante se puede contemplar ese paisaje, comer y evocar los sabores, cantar, silbar las canciones que conocimos de niños, la que la abuela enseñó a la madre y la madre a la hija, y alumbran la memoria como las potentes bombillas que de improviso se encienden en un sótano. El antropólogo también nos enumera desgracias, y acierta cuando expone la diferencia entre la felicidad y la satisfacción.
Leyendo Las pequeñas alegrías uno elabora su propio catálogo de pequeñas alegrías a las que recurrir en el momento de las pequeñas desgracias. Como bien nos avisa Augé en el epílogo, el listado de unas y de otras no tiene fin. Bueno, no tiene más fin que la vida. Augé nos invita a la felicidad del instante, a la pequeña alegría que se consigue cuando se lee Las pequeñas alegrías.
Alfonso Salazar
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ANTROPOLOGÍA EN ZAPATILLAS,
LOS DIABLOS AZULES
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