jueves, 14 de mayo de 2009

DETECTIVES EN LA GUANTERA 09: GERHARD SELB




Schlink es uno de esos autores que se convierten con el tiempo en piezas fundamentales de la literatura europea. El lector ajustó cuentas con toda la generación alemana del Milagro Económico y con la anterior –a veces, la misma- que encumbró el Horror Nazi. Llevada ahora al cine –cuyo resultado a día de hoy no puedo valorar*-, la novela resultó una sorpresa contundente: se podía hablar de la tragedia nazi desde la propia Alemania. Ya inició el ajuste de cuentas Sebald en su ensayo Sobre la historia natural de la destrucción. Ensayos sobre la memoria y la destrucción, no sólo de los vencidos, crueles, sino también de los triunfadores –cómo no, crueles también: al fin y al cabo. Aquí viene al pelo, salvando ciertas distancias, aquella recordada frase de Fernando Fernán Gómez en sus bicicletas son para el verano (Pero no ha llegado la paz, Luisito: ha llegado la victoria). La magnanimidad escasamente alumbra a los vencedores.

Alemania es un marco apetecible para el desarrollo de la novela negra. Aquí hemos hablado de la tetralogía de Kerr (con su detective Bernie Gunther), que se convirtió en el mes de marzo 2009 en pentalogía, y prosigue hacia la hexalogía, heptalogía. Las andanzas de Gunther, pasan por Perón, Evita y Mengele en el paquete, para seguir en las aventuras por el cono sur del detective más berlinés y más cáustico del planeta de la novela negra (suponemos que ahora huido a Montevideo). El marco alemán fue utilizado también en novelas como Berlín 1945 de Pierre Frei, una suerte de memorias y evocación de las ruinas alemanas, con trampa en el giro final.

Gerhard Selb abunda en esa revisión de los pasajes históricos alemanes que menos páginas ocupan: los nazis que renunciaron –u ocultaron- su pasado y a sí mismos. Al fin y al cabo, dentro y fuera del difícil ejercicio de la literatura, era inevitable que siguieran siendo seres humanos. La moral dictaría otra cosa. La Historia cuenta los cadáveres en las cámaras de gas –y fuera de las cámaras, ahí sí la terrible y escalofriante historia de Helga Lohmann en la novela de Frei. Y no olvidamos.

La lectura fácil del "todo es bondad y todo es maldad" no tiene lugar en la literatura que busca la reflexión y procura enseñarnos nuestra cara de conejo en el espejo. Es ahí donde caminamos por el filo de navaja que nos procura la reflexión. La trilogía de Selb tiene ese trasfondo: el protagonista es un sesentón que fue fiscal nazi, que fue apartado al final de la guerra y que, cuando llegó el momento de readmitir a aquellos funcionarios, no quiso volver al aparato de la justicia. Muchos compañeros, según dice el protagonista, se tomaron la readmisión como un proceso de reconocimiento: se equivocaron con ellos (pensaron) y las aguas podían volver a su cauce, expiadas las culpas en los procesos de Nuremberg.

No se podía responsabilizar a todo un país: unos pocos pagaron con su ejecución –o el suicidio en el búnker como pago anticipado-; algunos más con el encarcelamiento de por vida ya fuese en Spandau o enjaulados entre la persecución implacable del Mossad y el instinto de Wiesenthal. Otro segmento de la población fueron tamizados con la depuración –como Selb. Y los más estaban sometidos a leyes de obediencia debida y a la limpieza de manos pilatiana que ejerce la urna en un momento de arrebato –podríamos decir- como 1933, o bien, la debilidad de la República de Weimar, el miedo tras las noches de cristales, cuchillos e incendios, quién sabe. Y tantísimos quedaron bajo las ruinas engendradas por los bombarderos aliados. El resto es exterminio, exilio y apisonada resistencia.

Pero no fue así para Selb: él nunca volvió a reasumir su puesto en la fiscalía. Posiblemente estaba asqueado de los papeles asumidos durante los negros años del nazismo donde tantos pusieron de su parte o se dejaron llevar. Schlink ya nos condujo al camino que nos llevó a darnos de bruces con todo nuestro pasado en El lector. Allí el joven inocente no sabe –o no puede- tomar una postura en blanco y negro frente a su antigua amante. Todos grises. Tan gris como la decisión de Selb de mantenerse en su oficio de detective privado, que pudo antojársele una salida provisional en algún momento.

Selb muestra una ética propia que deambula siempre entre hitos capitales de su biografía: sus antiguos fantasmas de la II Guerra Mundial que proceden del frente de Polonia; la muerte de una mujer sobre la que siempre sobrevuela la ausencia del amor y esa ruta alfombrada de cariño que trae el trato; los amigos de la infancia y de la juventud que cambiaron la esvástica por el éxito social y económico…

Llegados los setenta años, casi, la moral hace aguas, la vida se contempla con una amargura que puede conducir peligrosamente a la igualación. En Berlín, en un viaje que le lleva a la extinta –siempre se dice extinta- República Democrática Alemana saqueada por los tiburones rusos y las pirañas de la muy notable y aseada Europa Occidental, un grupo de skinheads obligan al protagonista a jalear el saludo nazi, pero terminará arrojado al canal del Landwehr. Exactamente la misma escena que se producirá dos días después, esta vez lanzado por un Grupo antifascista. Es decir, todos abofetean a Selb. Quizá una cuenta pendiente con su pasado: fue nazi y no cumplió. Parece nazi para los comunistas y se muestra poco entusiasmado –sospechoso de izquierdismo ¿socialdemócrata quizá?- para gritar “Heil, Hitler”, según los jóvenes cabezas rapadas nazis.

Los personajes que acompañan a Selb en su trilogía se acomodan a ese panorama. Unos, personajes que pudieron estar en mitines de cervecería muniquesa: explotadores dueños de plantas químicas que escalaron gracias al nacionalsocialismo; banqueros de pocos escrúpulos que navegan siempre en cualquier agua; terroristas de la Bader Meinhof vendidos por treinta monedas de dólar; fieles guardaespaldas, compañeros de brazalete con cruz gamada hasta el final de sus días, dispuestos a crujirle el cuello a cualquier disidente por orden de su antiguo Oberfürher –o lo que fuese- de la Schutzstaffel; viejos jueces rehabilitados con ojos de cerdo… Y otros, fruto del crisol alemán, del milagro y la inmigración: Brigitte –pertinaz novia- y su hijo germanobrasileiro Manu; el siempre enhiesto sexagenario doctor Philipp con su novia turca Füruzan; Eberhard, el campeón de ajedrez y Willy el ornitólogo; la educada y melómana Babs; Nägelsbach, un policía retirado aficionado a reproducir el Coliseo de Roma con cerillas, y su señora, más perspicaz que él; Giovanni, el camarero italiano del Kleiner Rosengarten (con quien juega al “alemán-conversa-con-trabajador-emigrado”); Tyberg, el hombre de Estado capaz de perdonar a aquel fiscal que instruyó su causa y le llevó a la ruina y el exilio –y a otros como él al campo de concentración-; inocentes muchachas convencidas de que podrían acabar con la inmundicia capitalista a través de una bomba casera y cándidas secretarias de dirección incapaces de oler el pestazo de los sucios tejemanejes de sus jefes.

Entre menús grises que evocan la patata con col blanca, morcillas calientes –a veces solomillo stroganoff, sopa de gulasch caliente-, regado con sambuca y cerveza negra, Selb navega en la repulsión hacia la ausencia de toda conciencia de la propia culpa. Ese es el eje, la gama de grises donde se confundieron los gritos fervorosos hacia Hitler, ya reconvertidos en un silencio laborioso que puso a Alemania en la locomotora europea; o los brazaletes de la cruz gamada y las cruces de la Wehrmacht guardadas en el cajón para el retorno de los años terribles. Definitivamente, no hay fecha que más se repita a lo largo de las tres novelas de Selb: 1945, aquella que partió la historia en dos.

La seriede Selb:
La justicia de Selb, Anagrama, 2003
El engaño de Selb, Anagrama, 2004
El fin de Selb, Anagrama, 2005

Para más información:

Mis detectives favoritos
La gangstera total
Otis B. Driftwood

* Vista la película de Stephen Daldry, me rindo a la Winslet. Aunque mantengo mis dudas sobre el resultado del film.

(Abril 2009. Alfonso Salazar. Actualizado en diciembre 2011)

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