viernes, 26 de septiembre de 2008

DETECTIVES EN LA GUANTERA (EXTRA 1): NOVELA NEGRA MEDITERRÁNEA

Charla realizada por Alfonso Salazar en el encuentro Homenaje a la Novela Negra, Mesa redonda ¿Hay una novela negra mediterránea?, Atenas, Instituto Francés, 31 de mayo 2006



El sencillo planteamiento del título de esta charla parece una contradicción: negro y Mediterráneo. Generalmente se asocia el Mediterráneo a la luz, al color, a los cielos claros y azules. Pero Chester Himes murió en Benisssa, Valencia, mirando el Mediterráneo. Tan negro como su literatura, aquel de quien Jean Giono dijo que cambiaba todo Hemingway, Dos Passos y Fitzgerald a cambio de Chester Himes, era la esencia de la novela negra, el perfil último de los bajos fondos preñados para la literatura. En ese escenario surge la novela negra, Nueva Cork, Chicago, años 20, cine negro. Denominaciones con origen francés. Blanco y negro, inseparables del rostro de Humphrey Bogart predestinado a ser Marlowe. Iconos que se levantaron desde los cimientos de entreguerras de Hollywood.

Vinieron esos benditos lodos de la novela policial, donde se cultivaron los jardines de Poe, Conan Doyle y Ágatha Christie. En esos barros afloraron Hammet, Chandler y el mismísimo Himes. Decía Chandler que el tránsito de la novela policíaca tradicional a la novela negra ocurre cuando el crimen se aleja de los jarrones venecianos (ojo, de marca mediterránea, pregúntenle a Donna Leon o Brunetti) y es arrojado al callejón de mala muerte de las grandes ciudades. Eso fue así durante años del siglo XX. El adjetivo “negro” es un rizo editorial. En EEUU desconocen el término.

Esa es quizá la primera piedra a derivar sobre Novela Negra y Mediterráneo. Fruto del Grand Tour, aquellos viajes iniciáticos de los jóvenes cachorros de la alta burguesía angloamericana por las románticas ruinas italianas, egipcias y griegas, que fueron moda durante el siglo XIX. Muerte en el Nilo utilizó esta ubicación, donde nunca llegamos a saber qué resulta más exótico, si el paisaje de las Pirámides o un detective belga. Con la salvedad que traza el uso de la Historia en la novela negra (larga discusión podría aquí abrirse que los secretos esotéricos, como herramienta, siempre enturbian), muchos escritores se sintieron atraídos por el Mediterráneo como turistas ocasionales o como residentes enamorados del paisaje, las gentes y la buena vida. El icono que hoy en día puede ser el Caribe lo era el Mediterráneo, centro de pasiones, mitos del turismo. Como lo fue la Costa Azul en Simenon, quien realizó su grand tour en 1934.

>Pero el mejor ejemplo de uso de la escenografía mediterránea lo haría Eric Ambler en La máscara de Dimitrios, considerada la novela fundacional del thriller. Su influencia en autores como John Le Carré o Frederick  Forsyth es patente. Pero la riqueza de Eric Ambler es difícil de igualar. El descubrimiento del cuerpo muerto de un hombre (Dimitiros) conduce por un terrible recorrido por la Europa de entreguerras, que recuerda al teatro diseñado por Boris Akunin para su Gambito Turco del inefable Fandorin, salvadas sean las distancias históricas.

>Aparte de la escenografía, podemos contar con consumados actores mediterráneos envueltos en turbios asuntos. Personajes, la mayoría de las veces paridos por anglosajones: así son pioneros en el devenir histórico el Marco Didio Falco de Lindsey Davies y  Gordiano el sabueso de Steven Taylor en la Roma de hace dos mil años.

La novela negra mediterránea, objeto de este encuentro, ¿podría centrarse en la muestra de una “forma de ser”?. Sabemos que hay que transitar con mucho cuidado por esos términos en el resbaladizo sistema antropológico y cultural. No hay siempre Historia común de mediterráneos, ni religión, ni idioma, siquiera un mar común, una enorme plaza acuática, una dieta semejante que prefiere los sabores con carácter, el aceite, el vino y las brasas a la manteca, la cerveza y las cocciones. El Mediterráneo es un espacio histórico de lucha, masacre, miedo, hostilidad y explotación –aún en nuestros días. La antropología –cuyo objeto es la cultura- con Kroeber, Mead y Benedict a la cabeza, ha dicho mucho sobre la personalidad de “los pueblos”. Incluso ha trazado estudios bufonescos, como aquel de Gorer en que se empeñó en relacionar el adiestramiento de los japoneses en los hábitos de limpieza con brutalidad y sadismo durante la Segunda Guerra Mundial o cómo el uso de fajas en los bebés rusos del XIX provoca la propensión revolucionaria en el siglo XX. Deberíamos investigar quién pagó y encargó aquel estudio. El psicoanálisis de las culturas es un precipicio sin baranda.

Pero sí podemos hablar del mito mediterráneo, su iconografía trascendente. No es asunto vano que Highsmith busque ubicar personajes en el Mediterráneo: lugar de placeres, exotismo para gentes del norte, sol, alegría de vivir, anuncios de agencias de viajes. Un entorno ideal para que los viajeros adinerados, protagonistas de sus novelas, dieran rienda suelta a su depravación: culpa, mentira y crimen.

El cine de Hollywood, ese que encumbró el rostro de Marlowe en el afilado perfil de Bogart, es un referente de identificación. En las imágenes subsiste el mito. ¿Existen referentes suficientes en el cine europeo para la novela mediterránea? Hay excepciones como A pleno sol de Climent de la antedicha Highsmith. Pero en general, resulta un fraude (aunque hay tantos gustos como dominios de Internet). Baste una breve referencia a Vázquez Montalbán, que tras la aplicación de algunas de sus novelas a una serie de televisión, mató al director Aristiráin en una de sus novelas, como venganza. Montalbán quería a Philippe Noiret como Carvalho y a Anna Galiena como Charo. Claro, que también Chandler quería a Cary Grant para Marlowe... Pero la conclusión es que, por el momento, no ha habido ningún halcón maltés en el cine mediterráneo, a pesar del adjetivo.

Entrando en faena, hay tres aspectos que me interesan acerca del planteamiento de este seminario y que se suelen plantear como aspectos propios de la novela negra mediterránea: el social, la atención al placer de los sentidos y una dicotomía barrio urbano-entorno rural.

Predomina una suerte de serial de muchas novelas negras realizadas en el Mediterráneo. Como los grandes folletines que se nutrieron de una sucesión de casos (los grandes narradores del siglo XIX, las novelas por entregas, los pulp, las novela de kiosco que se cambiaban…), el entorno social y la preocupación por reflejar la injusticia –más que la realidad norteamericana de exposición de la podredumbre- se plantea como marca de la casa mediterránea. Podemos comprobarlo, por poner dos joyas fuera de series detectivescas, en El crimen del Cine Oriente de Tomeo o en Tarántula de Jonquet.

Muchas novelas negras mediterráneas se desarrollan en ambientes casi rurales (por ejemplo en la Vigatá de Camilleri), y cuando sucede en ciudades (la Atenas de Markáris, la Jerusalén de Batya Gur) la presencia de los barrios es capital. Pero son barrios que podrían estar en el Mediterráneo, y con poco maquillaje, en cualquier lugar del mundo. El hard boiled estadounidense se centra en los corazones decrépitos de las grandes ciudades, la vida bajo los puentes de los scalextric –pero también pueden ser los cayos de Florida, o el bullicio de Nueva Orleans-.

El ejemplo rural en la novela negra española se inicia con el Plinio de García Pavón, maltrecho en los anales por su vinculación a la derecha –a la época de la peor derecha española, los años del franquismo-. Pero no hay que remontarse tan atrás, los escenarios rurales son también abono para Bevilacqua y Chamorro, los guardia civiles de Lorenzo Silva. Esos ambientes, propensos a la tragicomedia negra, tienen algo de realismo mágico, de asesinos chapuceros, más en ristra que en serie, poniendo algo dulce al cóctel del mal trago.

Se dice que los criminales de las novelas mediterráneas se mueven por algo más que herencias, ajustes de cuentas o intereses económicos muestran la sociedad irrespirable de Mankell y el dúo Sjöwall-Wahlöö. Se mueven por pasiones oscuras y lealtades embrolladas. Cada cual escribe de lo que conoce: la influencia de los entornos sociales determinan argumentos, ambientes. El escritor mediterráneo que escribe en el escenario mediterráneo recurre a la predominancia social, a sus aspectos principales. Irremediablamente, el entorno de familia extensa, de amistades, de vida en la calle y el bar aflora en la novela que toma esta referencia social.

Entre los placeres que se destacan en la novela negra mediterránea está la gastronomía. Carvalho disfruta de su propia capacidad culinaria, Montalbano de la trattoria de Calogero, Jaritos del arte de Adrianí, Brunetti (aunque de madre literaria americana) de la sorpresiva capacidad de Paola. Los asesinos mediterráneos –que hasta pueden disfrutar de la gastronomía- parecen ser apasionados, menos psicóticos y perversos que brazos ejecutores de tradiciones y creencias. El origen está más en el adjetivo carvalliano que en el adjetivo mediterráneo. En el Mediterráneo también se puede comer mal, como hace el Méndez de González Ledesma. La realidad, que todo lo pisa, ha introducido –y cada vez con mayor presencia- los negocios inmobiliarios, el fútbol, la corrupción política, la inmigración, convirtiendo muchas novelas negras en la voz de su tiempo, práctica dickensiana. Pero podríamos contemplar un no sé qué poético y sentimental –tan presente en la obra de Izzo-, con algo más de fatum que de maldad en algunas de las novelas agrupadas bajo el aroma del mediterráneo.

“En España no podía haber novelas policíacas porque sólo había torturadores”. Lo dice el catedrático de la Universidad de Granada Juan Carlos Rodríguez. Existe un toque sociopolítico de izquierdas –o descreídos, hastiados, cínico, nihilistas, desencantados- en muchos detectives mediterráneos. Los detectives reestablecen el orden, pero ese orden puede ser un orden conservador (como el de Conan Doyle o Christie) o un orden democrático formal. En España, Plinio era un jefe de la guardia municipal del Ayuntamiento de Tomelloso, una pequeña ciudad de La Mancha. Sus novelas tuvieron éxito en los años 60, principios de los 70, justo casi hasta la muerte del dictador. Plinio –y Pavón- no eran franquistas, pero sí de alguna manera, no eran antifranquistas. Se trata de por qué hay detectives, frente a policías. Carvalho no es policía –si acaso algo parecido en un pasado siempre muy umbrío-, es un detective que va por su cuenta, como los duros del cine negro. No es en vano que Carvalho viaje hasta Argentina y se vea envuelto en casos referidos a los “desaparecidos” de la dictadura, pro sensibilidad ideológica. Pero es que Carvalho es de izquierdas, y eso le dio cierta prestancia de más en el ambiente literario. Los detectives y policía de herencia carvalliana, si no son de izquierdas, alguna querencia manifiestan aunque sean tipos que sobreviven a su oficio. A parte de la calidad literaria, Plinio nunca militó, y no trascendió. Tony Romano abandonó la policía, o la policía le abandonó. Hasta los guardiaciviles de Lorenzo Silva, no encontramos el toque demócrata en las fuerzas del orden. Era inevitable.

Este aspecto ideológico también remarcó la novela clásica negra: mirar hacia atrás, hacia los cimientos de estos lodos. Ross McDonald siempre mira hacia la Depresión, en constantes flashbacks, donde se incubaron todos los males. Carvalho, y en cierta manera Plinio, lo hacen hacia los restos de la Guerra Civil Española y la Dictadura Franquista. El propio Carvalho mirará, después, hacia el naufragio del gobierno socialista, Camilleri hacia la Mafia y la Segunda Guerra Mundial, Brunetti hacia la descomposición de la moral política. Todo muy mediterráneo. Como la aceituna negra, cargada de aceite. Como el naranjal que vio Chester Himes por última vez.

Fuentes

Encuentro de Novela Negra en Barcelona 2005 (El País)

Mesa redonda ¿hay una novela negra mediterránea?, 31 de mayo 2006

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