martes, 15 de diciembre de 2009

LOS GÉNEROS DEL DOLOR Y EL ABANDONO, 10: PICADITAS DE VIRUELA

La señal indeleble sobre la mujer se muestra con virulencia en los géneros de la canción sentimental. Copla y tango hicieron de la mujer objeto inexcusable de sus letras. Si bien, como hemos dicho en más de una ocasión, la copla se nutre de una voz femenina –es la mujer quien canta- y el tango se nutre de la masculina. Pero tanto una como otro –en el propio término de cada género musical se manifiesta su género sexual- hicieron de la mujer una bandera. En las primeras décadas del siglo XX, donde ambos mostraran el desarrollo que desemboca en su configuración definitiva, la mujer atravesaba el desierto del la emancipación social. La situación de siglos anteriores había desaguado en una de las peores épocas para el sexo femenino: la irrupción de la Revolución Industrial y la consiguiente irrupción de la clase trabajadora –y su explotación- se había cebado en las mujeres que pasaban ahora de la dura vida en los campos a las durísimas condiciones de los barrios obreros.

En este ambiente, la copla y el tango vienen a ofrecer el testimonio de la situación social. Una y otro ofrecerán la visión sociológica del denigrado estatus femenino que le es contemporáneo. Los estereotipos en una y otra orilla del Atlántico no son tan distintos. Al fin y al cabo la Argentina, país de aluvión, se forjaba con emigración. Una emigración que reproducía los modelos europeos en el arenal del Mar de la Plata. La ubicación de la mujer como objeto sexual y, en muchos casos, posesión doméstica tomaba en la canción, como un pueril intento de contrapeso, su elevación al altar del mito de belleza arrebatadora y venenosa, con un deje de falsa sumisión masculina - que no fue más que verte y perder/ la fe, el coraje,/ el ansia de guapear./ No me has dejado ni el pucho en la oreja/ de aquel pasado malevo y feroz (Malevaje)- y una simulación de un matriarcado interior imposible que en realidad se sometía a la paliza -¡no te rompo de un tortazo,/ por no pegarte en la calle! (en la milonga Tortazos).

Tango y copla reproducirán una de las mayores condenas de la mujer. Su camino marcado preveía el matrimonio como finalidad inexcusable. A él se resumía todo posible desarrollo personal. La soltería era un descalabro infinito. La mujer soltera, con resabio a sociedad agraria, era una pérdida económica, una inversión desgraciada, una carga para la familia, que contaba con la soltera como una leprosa social. Picadita de viruela es quizá una de las coplas que mejor enmarcan esta referencia. La lacra de la soltería se manifiesta en la piel asaeteada por la enfermedad. Las propias huellas en el rostro de la muchacha hacen huir a los hombres en cuanto se descorre el visillo de la reja y la mujer deja mostrar sus señales. La pérdida de la virginidad –como le ocurre a Lola Puñales- viene a corroborar cómo las cicatrices físicas se manifiestan, como la exudación del drama interior de la mujer.

Y al alimón, A la lima y al limón, nos mostrará a la mujer desafortunada, porque no es hermosa –no tiene el talle de espiga, ni son sus labios de sangre- condenada a la soltería. Sin embargo, ambas coplas, en el retruécano del culebrón feliz, conseguirán un novio final para cada una de ellas, salvando a la picadita –que al final parirá una rosa, símbolo de una virginidad transformada- y enorgulleciendo a la vecinita de enfrente –y con ironía siempre tararea/ el mismo estribillo de la rueda rueda.

El tango, más cruel, dejó sin novio para los restos a la protagonista de Nunca tuvo novio, encerrada en la lectura de novelas sentimentales, esperando príncipes azules. Tan encerrada como las novias de El último organito. Porque la mujer que pisaba la calle pasaba a ser considerada maleva, a un paso de la prostitución, y si bien era un imprescindible factor en las calles de arrabal bailongo, buscaba habitualmente convertirse en mantenida de algún individuo ricachón (figura, ésta de la amante, repetida hasta la saciedad en tangos y coplas, sobre lo que volveremos algún día, como Mano a mano, La Bien pagá, Muñeca brava, Margot, Yo no me quiero enterar, Romance de la Otra, Yo soy ésa).

La descarriada, podía terminar desplumada y marchita como la protagonista de Esta noche me emborracho -que esto que hoy es un cascajo/ fue la dulce metedura/ donde yo perdí el honor- o recuperada y vuelta al hogar como La Maleva, tango de Mario Pardo. No salgas de tu barrio, tango con música de Delfino, es toda una declaración de principios: en él aparece la voz femenina, que tan poco se prodiga, manifestando a una muchacha, susceptible de perderse en el camino oscuro de las peligrosas calles que conducen al cabaré, los peligros del extravío y así, escarmentar en cabeza ajena, pues la quehabla dejó el muchacho sencillote, buen novio, por el niño engominado que le enseñó todos los vicios, cásate con un hombre que sea como vos/ y aún en la miseria sabrás vencer tu pena/ y ya llegará un día en que te ayude Dios, dice finalmente la consejera.

No lo indica así Mamá yo quiero un novio, tango de Fontaina, donde el autor oye cantar a una muchacha cómo reclama un novio milonguero, guapo y compadrón a quien entregar todo –y si mi novio precisa, empeño hasta la camisa y si eso es poco, el colchón- y huir al fin del hogar.

En el ambiente triste de la soltería, de ese miedo a quedarse para vestir santos y quedar señalada con una flor marchita en el vientre, sólo la copla y el genio finísmo de Rafael de León dieron la vuelta a la tortilla y en la excepcional Compuesta y sin novio la mujer se enorgullece de su condición de soltera, enumerando con desparpajo y frescura los inconvenientes del matrimonio –que la plaza, que la gripe, que tu madre, que la mía, son muchas complicaciones, ¡Soltera para toda la vida!. Pero es una línea cómica, con retranca, en el agua procelosa del machismo imperante en la sociedad de la época.

Como dice Vázquez Montalbán en su Crónica Sentimental de España, catecismo para quien se acerca a la copla y la canción, el verso (de la copla) había que oírlo cantado por las mujeres de la posguerra, por las mujeres que más padecían la posguerra, por las mujeres que siempre han padecido todas las posguerras de la Historia, sin ganar ninguna guerra. Ojalá venzan en la guerra que libran a diario por su dignidad.

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