domingo, 6 de noviembre de 2011

... Y LLEGÓ EL DÍA DE LA VENGANZA


El Ayuntamiento de La Zubia, Granada, gobernado con la mayoría absoluta del Partido Popular de la localidad, ha decidido por mayoría retirar ciertos nombres dados a calles de la ciudad, corrigiendo una decisión del año 1979. Los nombres que lucían en placas y ya no volverán a figurar en el Google Maps corresponden a Miguel Hernández, Ernesto “Che” Guevara y Buenaventura Durruti.

El acto en sí es un símbolo contra unos símbolos. La decisión se acoge, de manera subrepticia, a la recuperación de nombres tradicionales que las calles tenían en la localidad. De hecho, la Calle Real era tal antes que Calle del Poeta Miguel Hernández. Pero esa plaquita de azulejos recordaba al paso de los ciudadanos a unos y a otros. Pesa más la Realeza que la Poesía. A pocos meses de que se cumplan los setenta años de la muerte del poeta oriolano en la enfermería del Reformatorio de Adultos de Alicante, cumple La Zubia su desquite. Más allá de la significación política de Hernández, que tuvo sus luces y sus sombras; más allá de su compromiso con la causa democrática republicana; de su simpatía hacia guerreros como El Campesino; más allá de que más que un fusil siempre tuvo un lápiz entre las manos, el renombrado de la calle, en cuanto símbolo, es una afrenta a la memoria literaria hispánica.

La caída en desgracia del revolucionario Guevara, cuando la derecha más rancia se ha desquitado de los velos de disimulo que hasta ahora mantenía, es uno de los hechos de relumbrón que ha traído un torticero revisionismo histórico. Un concepto finalista conlleva que se midan los hechos por sus consecuencias más que por sus intenciones. Y puede ser cierto, y respetable, pero no exime de una tremenda agnosia histórica. El Ché significó esperanza para muchos pobres de la tierra, y creyó –no se debe perder de vista- en una revolución que abogaba por la igualdad, eso sí, antes que la libertad individual, en un momento histórico donde tal concepto resultaba irreprochable y fundamental. Confundir a un asesino con un revolucionario es un tendencioso marchamo de la ideología liberal. En ese cuadro de ignominia ponen a convivir a Hitler junto al Ché, Stalin junto a Miguel Hernández, los sindicatos anarquistas junto al Yihad Islámico y ETA .

De la Memoria Histórica deviene su Contramemoria, aquella que propicia que se mezclen asesinos con defensores de la igualdad en un batiburrillo de muertos injustos. Que la caída legal de placas y estatuas con nombres de asesinos y sediciosos conlleve la caída de los que fueron agredidos y se levantaron en armas, es el colmo de la desvergüenza histórica, social y antropológica. Paga así la derecha con el cobro que creen recibido. Pero no todos los que tomaron un fusil fueron asesinos, como no todos los que dieron su vida en el martirio, en la fidelidad y lealtad a sus ideas, son santos. Por esa sencilla regla de tres a cualquier militar –desde Aníbal a Napoleón-, a cualquier rey o conquistador –desde los Reyes Católicos a Pizarro-, le sería negado su nombre en calle para los restos. Se trata así de un juicio de intenciones. No duelen las consecuencias de los actos realmente, cuántos muertos en cada haber. Duelen las intenciones, la semilla sembrada: pues los tres tenían entre sus fines primordiales la emancipación del ser humano, y ya sabemos que los bueyes tiran a los yugos.

Pero ni Hernández, ni Guevara, ni Durruti precisaron jamás de una calle. De hecho es una costumbre burguesa algo desagradable. Un empeño simbólico de santificación totalmente innecesario y que tradicionalmente ha sido cultivado por las dictaduras y los tergiversadores. Durruti no necesitaba una calle, y posiblemente tampoco la merecía. Suya es esta frase: no nos asustan las ruinas, pues llevamos un mundo nuevo en los corazones. Y ante un mundo nuevo por venir, discutir por los nombres de calles se quedan en empeños de oligarcas, vendettas mafiosas, pasiones de cofradías avejentadas, sueños de prócer, vanos anhelos de gentes sin memoria, meadas de felino para marcar su territorio.

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