jueves, 24 de enero de 2013

LAS PIELES DEL VAMPIRO


La interpretación del simbolismo sexual en Drácula (1897) ha sido escrita y dicha. Incluso llevada al cine bajo clasificaciones X. La versión cinematográfica de Francis Ford Coppola de 1992 nos remite a una relación amorosa a través de los siglos que busca una nueva culminación corporal, una invitación del Conde hacia la supuesta reencarnación de su amada, para así hacerse eternos en una vida otra –una muerte no-muerte, una vida no-vida. Sin embargo todo es falsario. Ni el Drácula de Stoker es Vlad Tepes, llamado el empalador, ni éste fue sospechoso de vampirismo, ni la novela que fraguó la imagen universal y aún vigente del vampiro hace comentario alguno al pasado amoroso, si lo hubo, del Conde Drácula. No concebimos esta vinculación amor-tiempo en la novela. Pero es posible diferenciar la pulsión en la obra, diversos estadios de plasmación sexual.

A FLOR DE PIEL: EPIDERMIS
El primero de ellos nos conduce al erotismo más patente. Drácula ha muerto sin haber muerto, habitando un extraño mundo que no se somete a las reglas vitales. Un aristócrata sin criados que malvive en un castillo perdido en los Cárpatos. Como reverso de la espiritualidad benigna del anacoreta, todo lo corpóreo es el sentido de su universo. Incluimos el sexo entre una de las maneras básicas de su vivencia. Es mostrado por Stoker, dudamos de que pretenda escandalizar a la sociedad de su época, como un ingrediente de la bestia, de lo incivilizado. La realización de la unión carnal se nos figura: son los colmillos quienes realizan la penetración, es el cuello la carne abierta, la sangre el fluido. El peligro en la sangre, interpretaciones más actuales que posteriores, nos pueden llevar a aseveraciones en este sentido: enfermedades de transmisión sexual, el binomio moralista SIDA/Sexo insano, etc... La presencia del sexo y el elemento erótico es evidente en un pasaje de la novela: Jonathan Harker, preso en el castillo de Drácula es asediado por tres libidinosas vampiresas. Harker se encuentra medio alelado en el sopor, en una enorme habitación con un palmo de polvo, mientras las mujeres se acercan hacia él sibilinamente. La relación con la sangre se hace patente:

- Es fuerte y joven, hay sangre para todas.

La muchacha rubia avanzó y se inclinó sobre mí, hasta que sentí su aliento. En un sentido era dulce, dulce como la miel, y recorría los nervios con el mismo estremecimiento que su voz, pero con un fondo amargo en su dulzura, una amargura desazonada como la que se huele en la sangre.

La mujer se relame y parece decidida a hincar sus dientes. Harker disfruta tremendamente en el momento (una voluptuosidad que resulta excitante y repulsiva a la vez), le roza la barbilla, el aliento es cálido en el cuello –símil de otros cuellos- la piel empieza a atestarse de hormigas, como paso previo a las cosquillas y siente una caricia suave en los labios, el contacto duro de los dientes. Harker se deja llevar por el éxtasis y su corazón palpita. Pero aparece el Conde y echa todo a perder. Drácula desea al hombre para él:

- ¿Cómo os atrevéis a tocarle ninguna de vosotras? ¿Cómo os atrevéis a poner los ojos en él, habiéndooslo prohibido? Este hombre me pertenece.


La muchacha rubia le replica



- ¡Tú nunca has amado! ¡Tú nunca amas!


Drácula negará la acusación (Sí, yo también sé amar). Por tanto toda la escena descrita no es sino una disputa de amor, la afección del Conde hacia su rehén, más allá de la apetencia sanguínea, a medio camino entre el amor y el sexo.

ESTACAS Y MORDISCOS: DERMIS
En un segundo plano, mucho más cercano a la metáfora, se nos indican otras connotaciones sexuales. En otro pasaje de la novela la camarilla del bien se dirige al cementerio para enviar a Lucy Westenra –muerta pero no muerta, envenenada por Drácula- al mundo de los muertos-muertos, aquellos que no vagan la noche buscando la sangre de los vivos. El prometido de la muchacha es el elegido para llevar a cabo la liturgia. La representación erótica de la estaca que se utilizará para el sacrificio (que hay que atravesar en su cuerpo) es evidente. El cadáver se estremece, gime, chirría, se agota, se retuerce tras el encaje en una esperpéntica necrofilia. Con su firme brazo que bajaba y subía, hundiendo más la estaca misericordiosa. Y ahora vuelve la sangre, ese símbolo oscuro, símbolo de vida, desfloramientos, menstruaciones, abortos, desgarros, juramentos, linajes. Mientras manaba la sangre del corazón traspasado y lo salpicaba todo. Por supuesto, tras la espantosa tarea, el cadáver de la mujer vuelve a ser puro y dulce. Y puede entonces el prometido besarla por última vez.

En otro cuadro, Drácula  se ceba en su víctima, la impoluta Mina Harker y mediante colmillo y cuello comete violación. Me sujetó con fuerza y me desnudó el cuello con la otra mano, al tiempo que decía: en primer lugar será mejor que no te muevas.

Mina no desea estorbar la acción: todas las víctimas femeninas de Drácula –todas las víctimas son femeninas- están en la alternancia de pureza e impureza, de voluntad y sometimiento, instrumentos en mano de los hombres que llevan la voz cantante de la lucha. Incluso, se sienten culpables de haber sido mancilladas, como si fuesen causantes de su propia deshonra. El personaje decidido y resolutivo es siempre el masculino. Y el elogio a Mina Harker por parte de sus compañeros será alabar las condiciones masculinas que ésta muestre. La mujer llega a aparecer incluso estigmatizada –cuando una hostia consagrada toca su frente y ya ha sido ultrajada por el vampiro. Drácula ha poseído y así se lo hace saber a Mina, parafraseando a su manera la Biblia: eres ahora carne de mi carne, sangre de mi sangre y así se lo hará saber a los defensores del bien, los hombres que a él se enfrentan. Les dirá: Las mujeres que tanto amáis son ya mías, y vosotros seréis míos por mediación de ellas.
Y podemos así pasar a un tercer plano.

EN LO MÁS PROFUNDO DE LA PIEL
El autor de la novela, Bram Stoker, conoce a la edad de veinte y tantos años a una de las grandes figuras de la escena inglesa de finales del XIX: Henry Irving. Histriónico personaje, al parecer le inspiró la caracterización del Conde Drácula y para él preparaba una versión teatral que Irving desdeñó. Fue una larga, profunda y confusa amistad. Stoker ejerció de consejero, administrador del Lyceum (el teatro de Irving), confidente. Stoker publicaría poco después de la muerte del actor Personal Reminiscences of Henry Irving. Una amistad oscura que bascula entre la admiración de Stoker, la tiranía de Irving y el vasallaje (¿no podríamos encontrar aquí reflejado al loco Renfield que llama a Drácula “amo”?). Cuando el actor, ya Sir Henry Irving, muere en 1906, Bram Stoker cae enfermo y muere tras seis años de convalecencia sin poder superar la muerte del amigo.

Tomemos un apunte previo antes de introducirnos en más presunciones: el representante del bien, el aunador de la tradición y la ciencia, personaje anatemizador, implacable, tentado que no cae en la tentación  es Van Helsing. Abraham, por más señas, nombre del padre del autor. Y del propio Stoker. Ya otros han querido ver en Drácula  rescoldos de las primeras teorías sicoanalíticas (que el autor conocía por su admiración hacia los maestros de Freud): la teoría del placer/realidad, el parricidio, enamoramientos reprimidos, inconscientes dañados por la infancia convaleciente del autor...

Retomemos la frase del Conde antedicha: Éste hombre me pertenece. Toda víctima pertenece a Drácula, sin embargo, se cuida mucho Stoker de que aparezca agresión a una pieza masculina. Jonathan Harker, sin excusa, escapa incólume siendo la víctima más fácil. Seréis míos por mediación de ellas, repetimos que dice el Conde. Y lo ha hecho realidad. La agonía de Lucy, ya envenenada, intentan solventarla con repetidas transfusiones sanguíneas  de todos los hombres que la veneran. Y esa es la sangre que cada noche ingiere Drácula. Cada mañana por la mañana, la muchacha está desangrada.

Quizá fue la única manera posible de manifestar el deseo homosexual latente. Quizá Stoker desconocía ese deseo. Su esposa, Florence, fue cortejada por el mismísimo Óscar Wilde (y se dice que Stoker le prestó apoyo financiero cuando Wilde languidecía en París). Pero Stoker, un hombre discreto hasta el extremo, no buscó el escándalo como su compatriota.

Se manifiesta la pulsión por debajo de todas las pieles en una sociedad que aunque se enfrenta a grandes convulsiones sociales (colonialismo, auge del proletariado, sindicalismo y marxismo, crisis económica, el beneficio burgués puesto en solfa) y se maravilla ante los descubrimientos e inventos que aporta el progreso científico (la luz eléctrica, esbozos del avión, automóvil y radio, fotografía, cine, la vacuna, el teléfono, fonógrafos, máquinas de escribir, muchos de ellos presentes en la novela). Se entonces aplicó una educación y una moral donde predominó la represión sexual y la imposición de la hipocresía social, donde sólo existía lo reconocido y lo escrito, y cristalizó en el puritanismo. Pero el mensaje final nos retumba: el sexo mal encaminado, el sexo voraz del animal, lleva a la perdición. Mírese si no al Conde, parece decir Stoker.

(Publicado en El Erizo Abierto, núm 2, Granada, 1994)

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