miércoles, 14 de agosto de 2013

AUSCHWITZ VÍA TEREZÍN

Cuando la Compañía E, 506 Regimiento de Infantería Paracaidista, 101 División Aerotransportada, del Ejército de Estados Unidos pasó la noche del 28 de abril de 1945 en Buchloe, cerca de Landsberg am Lech, a los pies de los Alpes, se toparon con su primer campo de concentración. Dice Stephen E. Ambrose que no se trataba de un campo de exterminio, sino de trabajo, perteneciente al complejo de Dachau. Ante el desolador panorama de cuerpos enflaquecidos, rostros desencajados, el teniente Winters, de la Compañía Easy, intentó que unas ruedas de queso guardadas en un sótano del edificio fuesen entregadas a los prisioneros desnutridos. Los médicos del Regimiento se lo desaconsejaron: aquellas personas habían pasado tanto tiempo sin comer a penas que un atracón de queso podía acabar definitivamente con sus quebradizas vidas.

Winters comunicó al General Taylor lo que habían encontrado. Éste impuso la Ley Marcial y obligó, a todos los habitantes de la vecina ciudad de Landsberg entre los catorce y los ochenta años de edad, a que se armaran de rastrillos y escobas para enterrar los cadáveres que yacían a la intemperie en Kaufering. Fue en aquel momento cuando todos los rumores y sospechas acerca de qué pasaba tras las vallas metálicas de aquel campo se confirmaron. Los vencidos alemanes pudieron comprobar, escarbando con sus propias manos, qué había hecho el Estado Nacionalsocialista con todos aquellos que no comulgaban con su doctrina, o simplemente, con todos aquellos que podrían retrasar la consecución de la gran raza aria y el Reich de los mil años.

La Compañía E siguió su camino hacia el Pico del Águila, la lujosa residencia de Hitler, pero la escena descrita se repitió en multitud de ciudades de Alemania y de los países sometidos. “Mirad lo que habéis hecho”, decían los soldados a los aturdidos ciudadanos. Helen Vick, enfermera en Bergen Belsen, cuando vio las piscinas cubiertas de cadáveres, dejó su profesión para siempre. Lo primero que hicieron los alemanes tras la derrota, además de limpiar los campos de concentración, fue intentar borrar las huellas del pasado, dedicándose a la escueta tarea de tachar las pintadas nacionalsocialistas de las paredes en ruinas.

La población alemana había adquirido el comportamiento nazi con la sencillez que se adaptan los grupos humanos a las situaciones de terror. Los verdugos de los campos de concentración eran personas ordinarias, no aberraciones psicológicas, como señaló Browning. Pero como indica también la profesora Moreno Feliu en su espeluznante etnografía sobre Auschwitz, también las víctimas eran ordinary people, “ninguna de las cuáles eligió ser víctima, también eran ciudadanos ordinarios, en su mayor parte alejados de los sistemas penales, cumplidoras de las leyes y de las normas culturales de sus comunidades”. Feliu analiza Auschwitz desde el punto de vista de los ritos iniciáticos de Van Gennep. Todo rito se sucede en tres fases: una preliminar en que se abandona el antiguo estatus. Es el momento de la detención, del terror, de la indefensión. Una segunda es la transición, una fase de ambigüedad, de incertidumbre. Generalmente sucedía en los trenes que atravesaban el Reich de una a otra punta cargados de detenidos que no sabían a ciencia cierta a dónde iban, ni para qué. Al fin y al cabo los alemanes les obligaban a cargar con sus pertenencias, con lo cuál se vislumbraba un posible futuro. Nadie viaja con maleta si no es para pasar una temporada fuera, y sobre todo, para volver y poder deshacer la maleta en casa. Quien nunca va a volver, o fuese camino de la muerte, no lleva pertenencias, como bien se sabe en los pasillos de condenados a la pena capital. Ésta segunda fase era más terrible aún que la primera. Conocemos las descripciones de familias apiñadas en vagones de ganado, la asfixia, el agua de las mangueras entrando por las ranuras de las paredes cuando un samaritano decidía dar agua a los sedientos.

La tercera fase es la rampa. La rampa del campo de concentración, la fase de desvinculación definitiva, en la que los seres humanos que debían renacer -en la estructura de los ritos de paso-, terminaban muertos en vida unos y gaseados muchos. La rampa decidía la vida y la muerte de una manera instantánea, era el momento de la separación de familias, hombres de mujeres, mujeres de niños, ancianos de hombres. El comandante del campo de Auschwitz, Rudolf Höss relata qué sucedía en la rampa: “La ruptura de familias y la separación de los hombres de las mujeres y niños causaba mucha agitación y extendía la ansiedad a todo el transporte que se incrementaba por la posterior separación de los aptos para el trabajo. Las familias deseaban a toda costa permanecer juntas. Los seleccionados corrían para unirse a sus parientes. Las madres con niños intentaban ir con sus maridos o los ancianos intentaban ir con sus hijos que habían sido seleccionados como aptos para el trabajo. A menudo la confusión era tan enorme que la selección tenía que comenzar de nuevo”.

Esos “aptos para el trabajo” -para la explotación, en resumen- obtendrían la posibilidad de una reincorporación. Los mejor dotados, y los que tuvieron suerte, se integraron en el campo. Allí llegaban sin nada, pues sus pertenencias, al menos en el caso de Auschwitz, iban camino de Kanada, los barracones de almacenaje donde se separaban los bienes preciados de los personales, donde comenzaba el círculo de negocio del campo de concentración. Los bienes preciados irían directamente a manos de la SS para su distribución por Alemania. El resto de bienes era clasificado por unos ochocientos prisioneros. Los bienes de las víctimas provenían de la cámara de gas de Birkenau. Y parte de ellos pasaban de nuevo a los prisioneros, pues sisarlos era la manera poder sobrevivir en el campo.

Álvaro Lozano plantea que no tiene tanta importancia la cuestión de los supervivientes si es comparada con la cuestión de los desaparecidos. A su juicio la banalización que realiza del Holocausto Steven Spielberg en La lista de Schindler constituye una traición a los millones de víctimas del nazismo que no tuvieron la fortuna de ser salvadas. Hay una visión en la que coinciden muchos supervivientes: Auschwitz no se puede contar. Y esa es la conclusión que saca Claude Lanzmann en “Shoah”, esa visita fantasmagórica a los campos de Chelmno, Treblinka y otros en suelo polaco. Lanzmann no recreó los campos, sino que los visitó acompañado de supervivientes. Como dice Simone de Beauvoir: “una de las grandes habilidades de Claude Lanzmann, ha consistido, verdaderamente, en contarnos el Holocausto desde el punto de vista de las víctimas, y también de los “técnicos” que lo hicieron posible y que, no obstante, rechazan cualquier tipo de responsabilidad. Uno de los más característicos es el burócrata que organizaba los transportes (…) no niega que los convoyes que se dirigían a los campos fueran, también, trenes especiales. Pero tiene la pretensión de no haberse enterado de que los campos significaban exterminio. Aquellos eran, pensaba él, campos de trabajo donde los más débiles terminaban por morir.” Aquí reaparecen los “ordinary people” de Browning, gente normal que no se dio por enterada, hasta que tuvieron que coger rastrillo y pala para enterrar miles de cadáveres.

Por eso, dice Álvaro Lozano, Spielberg escogió a Amon Göth, el verdugo de Plaszow, que se dedicaba a disparar con su rifle a los prisioneros sin importarle qué fueran, “era un personaje muy alejado del hombre corriente por lo que se adaptaba de maravilla a las necesidades de un villano para la gran pantalla (…) Göth se convertía en el arquetipo del asesino del Holocausto por antonomasia en la iconografía contemporánea”. Una vez conseguido el verdugo -que no es una persona ordinaria, sino que retoma el axioma de la aberración psicológica-, toda el agua del odio vuelve a su cauce. Pero ya nos avisó Robert Proctor, cuando nos dijo que las teorías y política racial nazi no fue producto de una banda de psicóticos o marginales, sino de profesionales y científicos. La teoría racista nazi no se apoyó en charlatanes, sino en médicos y biólogos de alto nivel científico. Esto es: no eran máquinas de criminalidad, ni desviaciones malignas de la ciencia, sino seres humanos, sin vuelta de hoja.

Como dice Lozano en su artículo, la lectura desde Hollywood del Holocausto había pasado de la víctima Anna Frank, al superviviente Elie Wiesel, y de ahí al creador de la representación del Holocausto: Spielberg. Las películas de Hollywood se apoderan de la Historia, el Pensamiento Único re-interpreta para todos nosotros, y nosotros somos re-presentados a la Historia. Basta señalar la referencia que hace Lozano a cómo Hillary Clinton señaló en el Congreso el parecido entre la huida de los refugiados kosovares y La Lista de Schindler, a lo que un disidente serbio replicó sin ambages en The New York Times: “las personas que aprenden historia en las películas de Spielberg no deberían decirnos cómo tenemos que vivir”.

El uso de Schindler como icono, en palabras de Lozano, supone que, de todas las historias que pudo elegir Spielberg, “eligió la más marginal y exótica: un rescatador nazi-cristiano”. Pudieron ser otros: Wallenberg, Irene Sendler, Arístides de Souza, Sanz Briz o Tuvia Bielski. Otros rescatadores, con un mayor número de vidas salvadas a sus espaldas, aunque uno sueco, otra polaca, un portugués, un español, un partisano polaco judío... Pero el nazi-cristiano, era desde luego, una imagen más reconciliadora. Como si el Holocausto tuviese posibilidad alguna de conciliación.

Irène Némirovsky, escritora ucraniana asentada en Francia escribió Suite francesa, una novela que podemos llamar de proceso e inacabada. Ante la llegada de las fuerzas alemanas en 1940, miles de personas huyen de París a las provincias, pues como indica Eric Wolf, de un modo más general: “los hogares campesinos son como santuarios ante los estragos que afligen a la gente en las ciudades”. Hacia esos santuarios se dirige Némirovsky, con dos hijas de corta edad, hacia el sur, atravesando la línea de demarcación, intentando alcanzar una quimérica zona libre en la Borgoña, bajo el dominio perverso del Gobierno colaboracionista de Vichy. Se cruzaron con los despojos del ejército francés y con el paso triunfal de las columnas germanas. En el santuario campesino comenzó a escribir Suite Francesa, cuya primera parte Tempestad en Junio es un impresionante fresco de la atropellada marcha en fuga de las columnas de refugiados. La referencia inmediata era la Primera Guerra, donde se produjeron escenas que en aquel verano de 1940 ofrecían la sensación de déjà vu.

Irène Némirovsky no vería el final de aquello, el remate de la historia que conocemos: la derrota del ejército nazi y el desvelo de la barbarie. Sus notas, esas que reflexionan sobre el devenir de su novela y que intituló “Sobre la situación de Francia”, se interrumpen el 11 de julio de 1942. Comienza entonces la otra novela, esa que fue cruelmente real, la que le condujo a la gendarmería de Pithiviers y desde allí el largo viaje hasta Auschwitz-Birkenau. Su marido, Michel Epstein, movió todos sus precarios contactos para poder recuperarla, retornarla a Francia, e incluso propuso intercambiarse por ella. La respuesta del Gobierno francés fue entregarlo a él mismo a los alemanes. Irène moriría en agosto del mismo año 1942, posiblemente el asma crónico ayudó a hacer más difícil ese precario mes de vida última. Su esposo fue ejecutado en el mismo lugar tres meses más tarde. Sus dos hijas pequeñas fueron perseguidas en la propia Francia, siendo francesas pero judías, y salvaron la vida con fortuna y gracias a los desvelos de amigos cercanos a la familia.

Némirovsky no pudo tan siquiera imaginar Auschwitz, pero fue lo que vivió. Finalizada la guerra, sus hijas esperaron en vano la vuelta de sus padres en el andén de la estación. No pudo alcanzar la lista de los supervivientes, esos que en palabras de Primo Levi: “han experimentado remordimiento, vergüenza, dolor en resumen, por culpas que otros y no ellos habían cometido, y a los cuales se han sentido arrastrados, porque sentían que cuanto había sucedido a su alrededor en su presencia, y en ellos mismos, era irrevocable. No podría ser lavado jamás”. Levi terminó, aparentemente, suicidándose cuarenta años después, teniendo aún en su brazo un número -“nos quitarán hasta el nombre”, dijo-, inscrito con tinta Pelikan, el proveedor nazi.

Para Levi y otros muchos, las verdaderas víctimas no fueron los supervivientes, sino los muchísimos y muchísimas némirovskys, un listado que se nos antoja eterno. Que la población alemana –y la de sus aliados, y la de los neutrales, y la de sus enemigos- fuese o no consciente de la tremenda suspensión de moral que significaron los campos de concentración, es una cuestión que hizo sangre en la memoria de los alemanes durante la segunda mitad del siglo XX y que sigue haciéndola. Schlink reflexiona sobre ello en El lector. Sebald incluyó uno de los inquietantes reversos de la barbarie –el otro es la aniquilación atómica de Hiroshima y Nagasaki- en Sobre la historia natural de la destrucción, donde reflexiona sobre la destrucción de las ciudades alemanas y su exclusión de la memoria colectiva. En 1948 Marcuse y Heidegger se carteaban agriamente sobre la culpa. Casi cuarenta años después, en 1986, Habermas y Nolte discutían sobre el mismo asunto. Pero Jaspers en El problema de la culpa había dicho que “el terror produjo el sorprendente fenómeno de que el pueblo alemán participara en los crímenes del Führer. Los sometidos se convirtieron en cómplices. Desde luego, en una medida limitada pero, de forma tal, que personas de las cuales nunca uno lo hubiera esperado (…) asesinaron también concienzudamente y, siguiendo órdenes, cometieron los otros crímenes en los campos de concentración. (…) Nos robaron la libertad, primero la interna y luego la externa. Pero fueron posibles (los jefes nazis) porque tantas personas no querían ser libres, no querían ser autorresponsables. Hoy tenemos las consecuencias de esta renuncia”.

Como dijo Elliot, “el pasado está presente en el futuro”. Es la conclusión a la que llegan muchos de los historiadores, aunque su apuesta de cómo interpretar qué sucedió difiera tanto como lo hace la propuesta de Habermas de la de Nolte. Y es ésta la luz que guía Poemas a quemarropa.

Poemas a quemarropa vuelve la vista hacia Theriesenstadt, hoy Terezin, sesenta kilómetros al norte de Praga. Presentada como una ideal colonia judía, fue en realidad un campo de concentración, parada y maldita fonda camino de Auschwitz. La mascarada llegó hasta la grabación de un documental en 1944 con dirección de Kurt Gerron  que recogiese el bienestar que el Reich prestaba a los judíos. El director y su familia fueron asesinados en Auschwitz al finalizar el rodaje. Thesiesenstadt fue un campo extraño, quizá por la masiva presencia de judíos daneses –los que no pudieron huir a Suecia-, y el control que la Cruz Roja Internacional intentó mantener con una constante atención al Campo. La creación artística tuvo cabida en el campo, un fenómeno nada común en un espacio de tránsito hacia la suspensión del orden moral. Quizá su dimensión de estación intermedia hacia Auschwitz permitió que pudiera aflorar la más característica de las actividades humanas: la producción de cultura. Ahí está el estreno de Brundibar de Hans Krasa, que también morirá después en Auschwitz. Y las obras pictóricas infantiles que fueron posibles gracias a la implicación de la prisionera Federika Dicker Brandeis, una artista criada en la Bauhaus, que utilizó la enseñanza del Arte como terapia. Se recuperaron casi 4.500 obras, que fueron utilizadas como prueba en el Juicio de Nüremberg y expuestas en el Museo Judío de Praga y la Sinagoga Pinkas de la misma ciudad. Dicker Brandeis también fue asesinada en Auschwitz-Birkenau.

Quizá el dolor de las víctimas, la dimensión de la barbarie, tiene en las víctimas infantiles su manifestación más extrema. La maquinaria de muerte nunca hizo distingos. El orden moral estaba en suspenso en su concepción y la solidaridad humana no tenía lugar en el interior del campo, ni como humanidad, ni como mutuo apoyo, ni siquiera como el más sencillo respeto. Poemas a quemarropa recuerda a aquellos pequeños alumnos de Friedl Dicker Brandeis, discípulos-nietos de Paul Klee, que murieron en los campos de concentración. Los desaparecidos.

Alfonso Salazar, septiembre 2010.
Un epílogo a "Poemas a Quemarropa", de Juan Carlos Friebe

En este texto se citan frases de los libros En el corazón de la zona gris. Una lectura etnográfica de los campos de Auschwitz, de Paz Moreno Feliu, Trotta, 2010. Shoah de Claude Lanzmann, Tiempo al tiempo, 2003. El Holocausto y la cultura de masas de Álvaro Lozano, Melusina, 2010. El problema de la culpa de Karl Jaspers, Paidós, 1998. Y la trilogía de Primo Levi Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados, todas ellas editadas por Muchnik.



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