domingo, 30 de noviembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 10: OCTUBRE, LA CURVA DEL PUENTE (MANHATTAN BRIDGE LOOP, 1928)



Las ciudades se poseen en la constancia, en el paseo habitual, en un recodo conocido. Como cerrar los ojos en la esquina y saber qué paisaje hay que reconocer, qué cartel a la derecha, qué puerta con aldabones a la izquierda, qué dibujo el terrazo del piso, qué estrecha, qué ancha la calzada, un aroma cierto en aquel café, una situación en la memoria de aquel café. Pero hay viajes que sólo tienen sentido en la presencia, que sólo tienen sentido en la ausencia. Así ocurría en el puente. Porque más allá del puente, en la fachada marrón, cuadriculada, en una ventana del segundo piso debía aparecer el amor humanizado, esa obsesión, aquel arrastre que obliga los pasos, la dirección de los ojos. A cualquier hora esperaba el movimiento de las persianas, la luz apagada a las dos, el frío siempre presente, todo atormentado. Al otro lado del puente se consumía en el odio, y llegaba borracho, insultaba en la distancia, daba razones al abandono, quitaba razones a la ausencia, comprendía el dolor, se regocijaba en una traición más grande que el rechazo. Cuando tú vuelvas, murmuraba, cuando vuelvas hermano. Vinieron los meses a desvestir el razonamiento, haciendo más entrecortadas las visitas, ocupándose otro entretenimiento cerca de lo cotidiano, frecuentar otros bares muy nocturnos, y supo que nada tienen que ver entre sí, el deseo, los días y la generosidad. El puente fue paso obligado, terreno sin miedo, compañía de ratas, solidaridad en la podredumbre. Pero aquella caída de los meses, aquel trastorno del inevitable camino, no seguir ya su rostro, no pensar: ya pasó por aquí, pudiese pasar ahora. Conocer los automóviles del vecindario, los vagabundos, el olor acre del río, no esperar ya la luz para saberlo en casa. No querer ya volver a verlo, con un padre muerto, con una madre muerta.
Aquella caída de los meses deshizo el encanto de los alrededores. Evitaba entonces pasar junto el puente, temía su presencia, temblaba en la posibilidad de ver su ropa colgada en la ventana, o sus ojos mirando, desnudo en la vergüenza de ser descubierto. Pero el día de aquel aniversario, el luto de la madre muerta en una tumba sin lápida, aquel día fue el alcohol hasta el puente y estuvo de pronto mirando el río, recordando las tremendas riadas y traspasando el umbral que se prohibió a sí mismo. Cruzó tan trágico la curva hacia el puente con la mirada perdida. Gritó tan trágico en la curva hacia el puente con la mirada perdida. Gritó su nombre bajo la ventana, apedreó los cristales y un rostro de mujer desconocida apareció en el balcón mirando sereno al borracho. Supo entonces que el amor ya no vivía allí.

TODOS LOS CUADROS

martes, 25 de noviembre de 2008

NOCTURNO, DE LUIS GARCÍA MONTERO

Aplauden los semáforos más libres de la noche,
mientras cruzan cien motos y los frenos del coche
trabajan sin enfado. Es la noche más plena.
Ninguna cosa viva merece su condena.
¿Corazones o lobos? De pronto se ilumina
en el sillín con prisas la línea femenina
de un muslo. Las aceras, sin discrección ninguna,
persiguen ese muslo más blanco que la luna.
Pasan mil diez parejas derechas a la cama
para pagar el plazo de la primera llama
y firmar en las sábanas los consorcios más bellos.
Ellas van apoyadas en los hombros de ellos.
Una federación de extraños personajes,
minifaldas de cuero, chaquetas con herrajes,
y el hablador sonámbulo que va consigo mismo,
la sombra solitaria volviendo del abismo
Luces almacenadas que brotan de los bares
como hiedras contratan las perpendiculares
fachadas de cristal. Hay letreros que guiñan,
altovoces histéricos y cuerpos que se apiñan.
El día es impensable, no tiene voz ni voto
mientras tiemble en la calle el faro de una moto,
la carcajada blanca, los besos, la melena,
que el viento negro mueve, esparce y desordena.
Yo voy pensando en ti, buscando las palabras.
Llego a tu casa, llamo, te pido que me abras.
La ciudad de las cuatro tiene pasos de alcohólica.
Desde el balcón la veo y como tú, bucólica
geometría perfecta, se desnuda conmigo.
Agradezco tu vida, me acerco, te lo digo
y abrazados seguimos cuando un alba rayada
se desploma en la espalda violeta de Granada

miércoles, 19 de noviembre de 2008

PESSOA EN EL CORAZÓN DE LISBOA

Es difícil encontrar a lo largo del siglo XX una personalidad tan abrumadora y abrumada como la de Fernando Antonio Nogueira Pessoa, en el planeta de las letras ibéricas. Autor de poesía innumerable, prosista, ensayista heterodoxo, brillante y solitario, encarnó como nadie la imagen del poeta mítico en sí mismo. No sólo dedicó su persona a la personalidad del poeta, no sólo hizo de la poesía la única razón de vida, no sólo escudriñó en razonamientos panteístas y ocultistas en su acercamiento a un sentido mítico de la Poesía, sino que fundó e hizo creíble la existencia en sí mismo de diversas personalidades literarias y distintos poetas que se expresaban mediante el cuerpo de Fernando Pessoa, pero que no eran Fernando Pessoa.
Su enorme trabajo yacía en un baúl de la calle Coelho de Rocha. Sus escritos inéditos se elevan a más de tres mil hojas escritas a a mano. En el año 1954, apenas veinte años después de su muerte, Joao Gaspar Simoes publicaba Vida e Obra de Fernando Pessoa (Livraria Bertrand, SARL, Lisboa) y se levantaba la veda sobre una de las más vastas, enigmáticas e imprevista obra y vida del siglo. Su origen venía a demostrarnos, entre muchas otras aportaciones de extraordinario interés, que en la época de la revolución de las comunicaciones y del conocimiento universal, incluidos lugares centrales del mundo, existían oscuros oficinistas que tributaban el ancestral homenaje a la Poesía, empeñaban en ella su vida y la realizaban tal y como se hizo desde tiempo inmemorial, mediante el trabajo sordo pero pertinaz y obstinado en un solo crédito: si los poemas eran buenos serían publicados, sino, no.
Durante su vida (1888-1935) sólo publicó diversos artículos, poemas y cuentos en revistas de las cuales era fundador y motor - Orpheu, Athena, Contemporanea-, participó en todos los movimientos de la vanguardia lisboeta -Paulismo, Interseccionismo, Futurismo, Simbolismo, Sensacionismo, Decadentismo, Simulteanismo, Vertigismo- vieron la luz dos plaquettes y dos libros: 35 sonnets y Antinous (1918) y English poems I y English Poems II (1921 en la editorial Olisipo por él mismo fundada, todos ellos en inglés) y publicó Mensagem (1934) que obtuvo el segundo premio de propaganda nacional.
Posteriormente a su muerte acaecida el 30 de noviembre de 1935 en el Hospital de San Luis de los Franceses de Lisboa, se destaparía su impresionante legado, y en sus archivos se descubrirían las curiosas personalidades de sus heterónimos. Los heterónimos, más allá de personalidades literarias -como sí lo sería Bernardo Soares, autor del Libro del desasosiego (Seix Barral, 1984)- son personas en sí mismas, con biografía, fecha de nacimiento y muerte -aproximada-, que tienen una voz poética propia y diferenciada. Entre ellos se encuentran los prolíficos Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro do Campos. Estos tres conforman la columna vertebral de la obra pessoana, cada cual con sus naturalezas marcadamente genuinas y difícilmente caracterizables en este breve espacio. Los heterónimos se contestaban unos a otros en constante lucha dialéctica y estética, terciaban en polémicas de prensa, publicaron artículos propios y desarrollaron una obra personal e intransferible que podemos reconocer en cuanto se penetra en el mundo de Pessoa: Caeiro, el maestro, de raciocinio natural; Reis, el epicúreo, pagano a la nueva manera, vindicador de los dioses; Campos, futurista, de verso largo y moderno, compilador de onomatopeyas y poeta de la conciencia recobrada (así dice Octavio Paz acerca de Tabaquería). Un espacio dejó Fernando Pessoa para su ortónimo Fernando Pessoa, en quien se refugió tras sus crisis neurasténicas del 33.
Uno de los aspectos claves de la obra y vida de Pessoa se encuentra en la influencia que ejerció a su alrededor. No en vano, la obra citada de Joao Gaspar Simoes lleva por subtítulo Historia de una Generación. Así José Regio en la revista Presença en 1927 reclama a Fernando Pessoa como maestro de la generación modernista. Junto a él destacaron Almada Negreiros, Antonio Botto, Mario Sá Carneiro, Raúl Leal, Mario Sáa. Este aspecto ha sido plenamente salvado por la obra de Simoes, y otras posteriores, revalorizando la disposición de aquella generación de la vanguardia en Lisboa y de toda la obra del autor, recuperación de la cual Ángel Crespo ha sido en España su gran valedor.
El paisaje de Pessoa es triste y desolado -en el sentido de la soledad. Hemos dicho que Pessoa encarnó al poeta en sí, sin doblez, sin deslices, sin otra dedicación que la Poesía en sí. Estas actitudes forjaron su fracaso con Ophelia, ausentaron los viajes hacia otros faros poéticos de la modernidad -París, como Sá Carneiro donde buscó la muerte- y lo recluyeron como contable. Como un guerrero mítico dedicó su vida a un único ideal, aunque la travesía se pergeñase de dificultades, ademanes ambiguos, dudas y constante introspección que le hiciesen perder ciertos nortes políticos y artísticos. Se estableció, como se intuye en Erostratos, en un estamento por encima del momento, vinculado a una gloria y fama postrera que le consolase del silencio de su contemporaneidad. Mensagem nos habla de una historia nacionalista mística de Portugal que nunca existió pero él reinventó de manera casi esotérica, pleno de claves que nos llevan hasta los secretos de la fundación mítica de Lisboa por Ulises o los misterios de los Rosacruces -época que Simoes llama de iniciación esotérica y mesianismo político. Hay quien encuentra en su demanda de un super-camoens que revitalizase la poesía portuguesa, que retomase el quinto imperio -en sentido plenamente espiritual- una reivindicación de sí mismo y su obra, desde la lucidez de quien está realizando una tarea perdurable y última.
Sin embargo, sin esta circunstancia no habría sido, como lo es hoy en día, el poeta de Lisboa. Las pocas fotografías que de él se conservan nos lo encuadran paseando por el Chiado, tomando café con los amigos literarios en el Martinho da Arcada de la Rua Augusta, sentado en las mesas de A Brasileria de la Rua Garret. Es imagen inseparable de los cafés de Lisboa, de la conversación y la conspiración literaria contra la Lisboa pacata de principios de siglo. Aunque de formación anglosajona (no en vano se crió en Pretoria, Suráfrica) recoge toda la pesadumbre de la ciudad atlántica, sus tardes grises, las calles mojadas y hace de la saudade, esa suerte de nostalgia y melancolía intraducible: un credo y una razón de ser.

viernes, 14 de noviembre de 2008

ENTRE ESPAÑA Y MÉXICO, DE PEDRO GARFIAS

Qué hilo tan fino, qué delgado junco
-de acero fiel- nos une y nos separa
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.

Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el cielo y el mar ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas.

España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga
que un día volveremos, más veloces,
sobre la densa y poderosa espalda
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.

Y tú, México libre, pueblo abierto
al ágil viento y a la luz del alba,
indios de clara estirpe, campesinos
con tierras, con simientes y con máquinas;
proletarios gigantes de anchas manos
que forjan el destino de la Patria;
pueblo libre de México:
como otro tiempo por la mar salada
te va un río español de sangre roja
de generosa sangre desbordada.
Pero eres tú esta vez quien nos conquistas,
y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!

EL POETA PIDE A SU AMOR QUE LE ESCRIBA, DE FEDERICO GARCÍA LORCA

Amor de mis entrañas, viva muerte:
en vano espero tu palabra escrita
y pienso con la flor que se marchita
que si vivo sin mí quiero perderte.

El aire es inmortal. La piedra inerte
ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior, no necesita
la miel helada que la luna vierte.

Pero yo te sufrí, rasgué mis venas,
tigre y paloma sobre tu cintura,
en duelo de mordiscos y azucenas.

Llena pues de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura

domingo, 2 de noviembre de 2008

CONSEJOS, DE ANTONIO MACHADO

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
—así en la costa un barco— sin que al partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.

Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa

sábado, 1 de noviembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 9: SEPTIEMBRE, MAR DE FONDO (GROUND AWELL, 1939)



Avanzan botas entre las cañas. Ha dejado atrás el bosque pequeño y desnudo. El sendero de hojarasca lleva hasta el embarcadero. Puede reflexionar las sensaciones del otoño, la media tarde, cuando empieza el sudor a enfriarse y es necesario volver a la ropa de lana. La tradición asegura que el otoño es la estación de los muertos, la melancolía, la vida que deja caer su sentido. La experiencia asegura los muertos en cualquier estación, siempre pálidos y con los ojos empequeñecidos, y ese olor podrido que desprenden inconscientemente, momentos antes. El hombre se asegura en sus tradiciones y los muertos queridos: así avanza hacia la caseta. El viejo sigue en la mecedora, se duerme con la pipa, y tras el perfil de la gorra marinera se adivina esa tierra en marejada, ese oleaje de dentro, pero siempre azul. Los lugares se hacen comunes si aparecen en la memoria, sólo la memoria tiende el lazo, o la soga en su momento para estrangular el primer recuerdo en el embarcadero. Era la juventud y los dos juntos, unidos como siempre en la lealtad al destino truncado, al borbotón de traición en la infancia. Son esos amores, o llámalos tanto conocimiento, que crecen y se enredan y se confunden desde cuándo, cómo fue aquel beso primero, o sería como los grandes descubrimientos, poco a poco, esbozo a esbozo, prototipo a prototipo. Cada vez en mayor perfección. Aún así debió estar algún día el beso primero y profundo, el beso patente como un fantasma que se esconde en la memoria. El primer recuerdo de la juventud del embarcadero eran los cuerpos, desnudos los torsos, chillones los colores de la ropa, ajustado el bañador, aquélla época. Alquilaron al viejo el balandro y pasaron los día en el mar. Y espiaba el viejo qué hacían de noche en la cabaña los jóvenes del apellido común. Las mañanas eran la visita a la ciudad, visitaban el faro, conocían perfectamente el paseo marítimo, compraban el periódico y almorzaban en terrazas, mientras se iniciaba el desnudo del otoño como los cuerpos en la cabaña. Aquel septiembre amanece ahora, se da a conocer en las huellas sobre la hierba, sobre las cañas, así quedan las huellas de la primera visita.
El segundo recuerdo del embarcadero, no ha cumplido el año. Una visita rendida, fruto de la casualidad, cuando ambos creían que ya el tiempo hizo su trabajo, que estar cerca no despertaría la intención en su carne. Y aquella figurita menuda, aquella secretaria, invitada extraña al paseo en barco, un símbolo para decir ésta es la recuperación, he reiniciado mi vida, me he levantado de los escombros, ésta es ahora mi compañía. Quizá no sabías, hermano mío, el dolor de saber tu cuerpo en otras manos, otra mano en tu timón, en el timón mío y sólo mío, hermano. El segundo recuerdo se cierra en un portazo, en un dolor agudo y el tigre de los celos. Termina en la cara de sorpresa del viejo, en el grito histérico de la secretaria -casi no recuerda dónde tendría ella su lunar- termina en un camino de vuelta entre las cañas y los juramentos.
El hombre ha vuelto al embarcadero, habla con el testigo viejo y mudo, alquila aquel pequeño barco y parte al atardecer. Una maroma señala aquella soga. Las dos luces del faro, la guirnalda de luces del paseo marítimo es sólo el horizonte. O será también el horizonte los ojos del marino bajo la visera, uno el primer recuerdo dulce, otro el segundo recuerdo amargo. Ahora para nadie, piensa mientras clava el arpón en el fondo de la barca. Para nadie un tercer recuerdo, ahora, cuando desciende su cuerpo atado al ancla y ya sólo la quilla se señala en el oleaje.

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