domingo, 5 de abril de 2009

DETECTIVES EN LA GUANTERA (EXTRA 2): EL DÍA DE LA MUERTE DE VÁZQUEZ MONTALBÁN

Los pájaros de Bangkok




Ha tenido que ser Bangkok. Carvalho no era excesivamente aficionado a viajar, a menos que en Milenio, como promete su próxima novela nos haga recorrer el mundo como si de Phileas Fogg acompañado de Picaporte se tratase (¿habría sido Cantinflas un buen Biscuter?).

Carvalho se bastaba con el paisaje trillado de las Ramblas, una visita al mercado de la Boquería, la subida empinada hacia Vallvidrera camino del Tibidabo o el Vallés para cenar amigablemente con su vecino Fuster y quemar un buen par de libros. Y en cuanto a viajes, como mucho y tras aquella inicial aventura en EE UU, Carvalho se inclinó por la siempre añorada Buenos Aires, lugar perfecto donde un detective privado español puede esconderse para oír tangos cantados por Adriana Varela y buscar desaparecidos. Bueno, y Bangkok, en un viaje para confirmar que la Tierra es redonda. O saber el nombre de los pájaros de Bangkok.

Aquel viaje de Carvalho del año 83 se debió a la travesura de la amiga Teresa Marsé, una niña pija barcelonesa. Pero una parada técnica en la misma capital tailandesa, veinte años después, nos deja a los seguidores de Carvalho sin el maestro, sin el padre de la moderna novela negra –y mucho más-, Manuel Vázquez Montalbán.

Paradigma del compromiso ético, de la hermosa contradicción entre la solidaridad y el disfrute de los placeres que otorga la vida y la buena mesa, Vázquez Montalbán ha ejercido de imprescindible preceptor en las generaciones de escritores posteriores al año ochenta.

La impresionante creación de Carvalho, ese detective descreído, intelectual, siempre de vuelta, supuso la primera piedra de toque para la aparición de una nueva novela española, que desde la perspectiva de un género menor -tantas veces desdeñada- elevase al altar literario las andanzas de un detective donde tras el golpe, la persecución o la cavilación ante un cadáver hubiese algo más que la pura invención y tanto más como la seria reflexión sobre el presente, la historia de este país y la línea de flotación de la sociedad.

Subió la novela a ese altar reservado a la novela de introspección, al canto a sí mismo. Y no sólo fue Carvalho: también los entresijos del asesinato de Galíndez, o el maravilloso paisaje de infancia de El pianista, sus lúcidas disecciones del pasado inmediato (Autobiografía del General Franco y un jugoso estudio sobre Aznar de próxima aparición). Y en muy contadas ocasiones dio un salto hacia atrás, para desde la figura de César Borgia, hablarnos de los Borgia que actualmente se suman al carro del poder (César o nada).

Su ejercicio literario nos deja más logros de enaltecimiento. Sus ensayos sobre la canción sentimental española de posguerra confinó el rancio estigma de la copla y descubrió los trasfondos sociales, incluido el bolero y el tango, para ofrecer una visión menos torpe que la de muchos críticos al uso, supuestamente progresistas, que se perdían empeñados en un absurdo maniqueísmo sobre el pasado y el futuro, en una ceremonia de confusión que mezclaba las pretensiones de la dictadura y los cantos del pueblo llano.

Y qué decir de su manía gastronómica, donde la cocina es una metáfora de la digestión intelectual. Se acostumbró a digerir a los tapados del franquismo que se subieron a la noria de la democracia. Pero el bacalao al pil-pil era de mayor gusto.

Junto a Marsé –y quizá La ciudad de los prodigios de Mendoza o los paisajes urbanos de González Ledesma- es difícil encontrar alguien que hiciese vivir la Barcelona del siglo veinte con tanta miga como Montalbán. Curiosamente, todos ellos, escribiendo desde el castellano a una ciudad fruto de la multiculturalidad, ahora tan llevada, del xarnego y el pan con tomate frente a la política nacionalista, tanto la de la propia Barcelona como la de Madrid.

Poeta, ensayista, pensador desde la ética y el compromiso, narrador implacable y riguroso, corredor de la banda literaria desde fuera de las academias, entusiasta de un barco actualmente tan perdido como el FC Barcelona de sus entrañas (al que dedicó algunos de sus artículos más perspicaces iniciando el hermoso género de la reflexión intelectual sobre el terreno de juego mucho antes de Valdano), la obra de Vázquez Montalbán queda a nuestra disposición para el disfrute y la fascinación, mirando siempre más allá, desde las atalayas que llevan a la montaña del Tibidabo.

Al parecer entregó su última novela, esa vuelta al mundo jalonado de desgracias y guerras, la última aventura de Carvalho, ex agente del FBI, de la KGB, barceloní puro, mezclado, gallego del Raval. Ojalá fuese justo a tiempo y ambos marchen de la mano. Con seguridad Carvalho, esa madrugada de aeropuerto, le indicaba a Vázquez Montalbán el nombre de los pájaros de Bangkok, por fin.

(Publicado en IDEAL de Granada, el 18 DE OCTUBRE DE 2003)

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