jueves, 16 de octubre de 2008

DETECTIVES EN LA GUANTERA 06: KURT WALLANDER




Hasta la aparición estelar de la pareja Lisbeth Salander-Mikael Blomqvist de la mano de Stieg Larsson, el rey de la intriga en Suecia se llamaba Kurt Wallander, personaje de abundante y variada serie de aventuras firmadas por Henning Mankell. Ambos autores, aún en ciertas distancias biográficas que luego reseñamos, tienden a un curioso paralelismo. En la misma fría Suecia ambos autores se dedican, a través de sus personajes, a despellejar la costra de sociedad reluciente y perfecta a la que los países nórdicos están abonados: herencia de la siembra de Maj Sjöwall y Per Wahlöö, pioneros en los sesenta. En aquel radiante y perfecto Estado del Bienestar llevado a su extrema expresión, un detective de la policía de Ystad, en la dulce y sureña -pero amoratada- Escania, resuelve casos escabrosos, que pueden conducir a conexiones con la inmigración ilegal, el fraude por internet, la confabulación internacional o el asesinato en grupo en apacibles e inocentes parques del incipiente verano.

Los paralelismos persisten en la azarosa peripecia del testamento de Larsson. Fallecido poco antes de la publicación de su exitosa primera novela –mal traducida en España como Los hombres que no amaban a las mujeres-, Larsson era un escritor sin los cincuenta cumplidos que llevaba adelante una revista de investigación política, emparejado sin casar con una arquitecta. Murió sin testamento en 2004, y prácticamente sin nada que testar, excepto su saga “Milenio”, protagonizada por los antedichos Blomqvist y Salander, prevista para siete entregas, cumplidas tres y dormitando una en su ordenador. Su padre y su hermano son los únicos herederos. Su mujer, la que compartió años con él, se ha quedado a dos velas y con el manuscrito –en el ordenador, dice- de la cuarta entrega. Esperen en España: como pronto, se anuncia la publicación de la segunda para otoño. En Francia, es un poner, ya conocen las tres finalizadas.

Centremos el asunto: Larsson, experto en movimientos neofascistas europeos e incluso consultado repetidas veces por la INTERPOL sobre el asunto, viaja a Etiopía a finales de la pasada década, y dicen algunos reputados periódicos que escribió entonces un testamento donde legaba todo a un sindicato comunista sueco. Stieg parece elaborar un nuevo giro de thriller desde su tumba.
He aquí una similitud, una conexión nórdico-africana: Mankell también es un habitual de África. Dirige un teatro en Mozambique. Casado con una hija del gran Bergman, es un tipo sencillo que cumple los setenta y vive en la mismísima ciudad que su inspector seis meses el año. El resto en el África meridional.

El argumento del testamento de Larsson sería un caso perfecto para Wallander, no por lo que haya que investigar, sino por sacar a la superficie la miseria moral de Occidente. A eso se dedica Mankell, a casos de asesinato que suceden en la calima de los Mundiales de Fútbol, mientras los suecos felices admiran la melena de Larsson –pero éste no es Stieg, sino Henrik, el jugador que fue del Barça-, en cualquier lugar del mundo.

Porque Mankell es un pionero de la globalización del asesinato y como en un efecto mariposa lo sucedido en una esquina de África o la sufrida Centromérica, repercute con toda su malandanza en un pueblo aparentemente feliz de la feliz Suecia.

Pero el personaje de Wallander, es un detective a la antigua usanza, al que incluso Federico Jiménez Losantos –el conspicuo- le ha sacado virtudes conforme a su puesta en solfa del Estado del Bienestar frente a los “radicales” detectives mediterráneos. La singularidad de Mankell proviene del punto de vista socialdemócrata de su reflexión, bien distinto del abiertamente comunista o pérfidamente nostálgico de las certidumbres totalitarias derrumbadas con el Muro de Berlín que exhiben los autores mediterráneos como Montalbán, Montalbano, Markaris y demás (ahí va eso, apunto).
La pifia el ínclito Losantos en que Montalbano no es un autor, pero dejémoslo pasar porque, en parte, es cierto. Sin el agradable ambiente familiar de algunos de sus colegas mediterráneos –Brunetti, Jaritos-, sin el gusto por la gastronomía y la admiración de la vida –Carvalho, Montalbano-, Wallander anda en la tristeza del hombre solo con hija adolescente, la que va a seguir su saga, necesitado de amor, de amigos, de novia y de esperanza.

Porque, a pesar de Losantos (siempre me coloca Lozanitos el corrector automático del ordenador, qué perfidia) esa reflexión sobre la socialdemocracia huérfana de Palme, conduce a la ausencia de esperanza, lo que sufre nuestro detective. Las novelas de Wallander destacan por su desesperanza total. En el idílico ambiente de su Escania subyace la mierda insepulta. De entre todas sus novelas Pisando los talones es quizá la obra maestra. Un Wallander envejecido, posiblemente enfermo, con su sorprendente, anciano y emprendedor padre recientemente fallecido –que se empeñó en ver Egipto antes de morir: siempre África- tiene que enfrentarse a la muerte de varios jóvenes y a la desaparición de uno de sus compañeros de Comisaría, cuya vida privada descubrirá en su investigación, una vez muerto. Hermosa metáfora: conocer a los cercanos cuando ya, definitivamente, no estarán.

Mankell tardó en acariciar el éxito, veinte y pico años de esfuerzo hasta que empezó a agarrar los tres pelos de la ocasión casi calva, cercano a los cincuenta. Pero ese brío, esa constancia es una recompensa para los lectores. Mantiene una literatura tan depurada, con una sencillez para forjar la dependencia del lector que nosotros, los masoquistas que nos leemos doscientas páginas de una sentada, agradecemos.

En el escenario, como los grandes detectives, un formidable elenco de secundarios: una mujer que es su superior –Suecia es, por suerte, Suecia-, compañeros de todo pelaje, asesinos de empeño gratuito en el dolor y la sordidez, descerebrados y luminosos jóvenes, inmigrantes esclavizados, y como condimento mucha mugre bajo la opulencia, a flor de piel, permítase la imagen.

Paisajes lluviosos, tardes grises, poca alegría. Pero una escritura corajuda y contundente. Mankell no traiciona la esperanza de enfrentarse a una novela con vocales en mayúscula. Un maestro. De aquellos Mankell estos Larsson. O como disfrutar lo que viene del norte.


La serie de Wallander (todos publicados en Tusquets, en rústica o bolsillo):
Asesinos sin rostro (2005), sucede en 1990.
Los perros de Riga (2005), sucede en 1991.
La leona blanca (2004), sucede en 1992.
La quinta mujer (2004), sucede en mayo de 1993.
El hombre sonriente (2005), sucede en octubre de 1993.
La falsa pista (2003), sucede en 1994.
Pisando los talones (2004), sucede en 1996.
Cortafuegos (2006), sucede en 1997.
La Pirámide (2006), recopilación de varios relatos.

Con la inclusión de Linda Wallander, su hija, como detective:
Antes de que hiele (2006), sucede en 2001.

Para más información:
Lo que dice Federico Jiménez Losantos
Librería negra
Ojos de papel
Cinco Días

Y de Stieg Larsson
Los hombres que no amaban a la mujeres (Destino, 2008, y también Círculo de Lectores, 2008)

Sobre Stieg Larsson:
La Vanguardia
El País
Ediciones Destino
Negra y criminal

Sobre el testamento de Larsson ver:
http://www.parasaber.com/ocio/libros/mundo-libro/articulo/hombres-amaban-mujeres-stieg-larsson-millennium-fenomeno/10603/
http://www.estocolmo.se/cultura08/080531-STIEG.htm

Agosto 2008, Alfonso Salazar.

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