miércoles, 1 de octubre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 7: JULIO, ATARDECERES (SUNLIGHT ON BROWNSTONES, 1956)



Los puedo imaginar juntos ahora que conozco los detalles. Los imagino mirando este horizonte, las escarpadas montañas, desde el porche de una casa de campo. Ella se sienta en la baranda y él fuma en el quicio. No hay atardecer más bello, y en la memoria se cierne, como un recuerdo maniatado, ya atado, ya hundido: como el olor del cabello tras la ducha fría. Ella acaricia la madera, pierde ahora la mirada entre los árboles y señala los murciélagos que empiezan a aparecer, los trasnochadores que conocen a qué distancia están sus cuerpos, cuánto queda entre ellos, cuánto por delante de ellos. Quizás el bosque vespertino los retiene, hasta el momento de la colilla mordiendo el suelo obligada por la suela. Parece que es la hora. La toma de la mano y le felicita julio, susurra en su oído, mide su cintura.
- Hoy hace dos meses -dice él.
Rebusca en el bolsillo la caja, se la muestra, sonríe, acaso le promete amor eterno, a cambio del silencio sobre el pasado, no nombrar aquello que te dije, iluminar así la noche que nos viene, sernos únicos, todo a la vez. Este anillo nos señala, nos circunda, nunca escapes a los círculos de mi abrazo.
Los imagino subiendo estas mismas escaleras, y tras de sí el atardecer que ahora mismo admiro. Ella murmura algo acerca de la felicidad, o las fronteras y las formas de la felicidad, sus secretos, la propensión escapista de la alegría, en lucha tremenda con la cerrazón del anillo en su dedo.
Lo llevaré para que lo ensanchen, no te preocupes -él habla mientras el anillo vuelve al algodón. Una sonrisa deshace el frío del anillo, el hierro del círculo- Es demasiado estrecho, lo arreglarán. Hay otros anillos, los que se sienten.
Ella siente el anillo en los brazos que le cercan ya en la habitación, en los abrazos desnudos que desabrochan la cremallera. Él se hace anillo y ella a su vez, concéntrica, interminable espiral de anillos cerrados y consecutivos.
- No hace el calor que esperábamos -susurra ella bajo la sábana.
Se esmeran los cuerpos en el suave frotamiento, investigan todos lo resortes, fuerzan el mecanismo necesario para cerrar el círculo, sumergirse en la espiral, carne con carne y que un momento todo se haga eterno, que suban y bajen por el muelle de los anillos, pierdan la conciencia, se derramen los líquidos. Las manos tientan, esperan el preciso instante las curvas, se acomoda un cuerpo en otro, se besan las bocas y hacen florituras los dedos. Es preciso el endurecimiento para cerrar el anillo.
- No es preciso -murmura ella.
Es preciso para sellar dos meses, para cerrar dos meses. Pero así como no hubo anillo en el dedo, no existe en el atardecer un dedo para el anillo.

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