viernes, 6 de febrero de 2009

LOS GÉNEROS DEL DOLOR Y EL ABANDONO: 06, MALENA

Cuando el tango se hace cuerpo, en unos muslos enrejados sedimenta una pasión antigua. Cuando el tango da forma a sus caderas, finge un paso arrabalero y deja entrever el corazón. El tango define así sus senos, qué tacón y el esbelto cabello que desafía el origen de un continente. Es entonces cuando el tango se encarama a las amígdalas y escapa envuelto en carmín. Puede entonces el tango denominarse a sí mismo y tomar nombre.Un barco navega cerca de la costa. Deambulan en cubierta polizones de una derrota, cada cabo sujeta la noche amarga y en la borda un destino. Es la noche desatenta, el Atlántico se atraganta en el vino mareado. Pueden entenderse los tumbos como un presagio en la vida del autor. Desde otra cubierta y otra imaginación un acento ronco deja escapar todo lo que trae la desembocadura del río. Cuando termina el baile, así, desprevenido como surge el amor tras una esquina, como aparece el coraje y la traición, aparece el suburbio en primera clase, se acerca el tango tropezando con esquifes y maromas que hacen nido en la madera. Borracho y nombrado a estas horas, el tango toma al autor de la cintura, y su melena, como un nombre de vocal equivocada esquiva el viento y toma el hombro. Ella, mestiza, ofrece un abrazo. Él, sumiso, lanza el brazo hacia el ensamblaje.Hay luces en el puerto cercano. Mulatas en toda la bahía. La mirada del tango surca nublada la aventura de las primeras redes y las chalupas, los motores del alba y todo lo que trajese la desembocadura del río. El brazo se ajusta temiendo la simbiosis con la costa americana: es la costa una sucesión de luces que alumbran los juegos solitarios de un deseo en la geografía de un solo cuerpo.Porque el tango exige más que uno, la mano asciende el costado de Malena. El tango hierve en los sentidos. Huele a mezcolanza. Sabe todo salado y dulce como las noches compartidas en la desembocadura. Se acerca al tacto del muslo que descansa en la baranda, acaricia las rodillas y desciende hacia el corazón, evita los flecos de seda y olvidan los ojos. Pero los labios guardan rencor. Se turba una historia hecha cuerpo. Como una memoria que es carne y voz, se le antoja al autor acariciar notas amargas y capilares que se enredan en el pecho. Que le traen y le llevan, de sílaba a sílaba con la imagen en su cuello de Malena. Recorren una evocación en blanco y negro, el barrio ya no es el barrio, está sobre cubierta y asciende los mástiles y las velas, convierte la madera en asfalto y polvo. Se dirigen temblorosos a proa, evitan los peligros del paseo ebrio por la memoria, por las cosas no nombradas, por el recuerdo que intraducible duele. Él se ofrece, ella ya está desnuda y comienza doblada a morder su propio nombre. La consciencia vaga la desembocadura. Entonces crea el autor un tango que quede.

Malena
Tango
1941
Música: Lucio Demare
Letra: Homero Manzi

Malena canta el tango como ninguna
y en cada verso pone su corazón.
A yuyo del suburbio su voz perfuma,
Malena tiene pena de bandoneón.
Tal vez allá en la infancia su voz de alondra
tomó ese tono oscuro de callejón,
o acaso aquel romance que sólo nombra
cuando se pone triste con el alcohol.

Malena canta el tango con voz de sombra,
Malena tiene pena de bandoneón.
Tu canción
tiene el frío del último encuentro.
Tu canción
se hace amarga en la sal del recuerdo.
Yo no sé
si tu voz es la flor de una pena,
sólo sé que al rumor de tus tangos, Malena,
te siento más buena,
más buena que yo.

Tus ojos son oscuros como el olvido,
tus labios apretados como el rencor,
tus manos dos palomas que sienten frío,
tus venas tienen sangre de bandoneón.
Tus tangos son criaturas abandonadas
que cruzan sobre el barro del callejón,
cuando todas las puertas están cerradas
y ladran los fantasmas de la canción.
Malena canta el tango con voz quebrada,
Malena tiene pena de bandoneón.

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