viernes, 11 de septiembre de 2009

EL BOSQUE DE FONTAINEBLEAU

Los trenes llevan a Fontainebleau, como las canciones comunes y los recuerdos. Los trenes atraviesan la campiña, donde los cables eléctricos hacen juegos visuales uniéndose y desuniéndose, como si la vida fuese al fin y al cabo sólo eso: trenes y cables, constante unión y desencanto, paradas técnicas, estaciones terminales, despedidas y encuentros, avisos y revisores. Quedan atrás los barrios marginales que cambian de un año para otro, creciendo y menguando, mejorando infraestructuras, alargándose los tentáculos de la ciudad hacia donde engendra los últimos ramajes del continente.

Pero pasadas las estaciones de los arrabales, la placidez se encontraba en los pueblos de Francia y todo parecía dirigirse y estar hecho para el bosque de Fontainebleau, donde aguardaban los espectros de todo el tiempo a caballo, con calzas y levitas, pelucas blancas y miriñaques. Encuentro con un pasado, presente constante, siempre estacionada entre el quince y el veinte de septiembre.

Era conocida la hospedería como todos los años, y era reconfortante recubrirse con las sábanas del Duque, mirar fijamente los cuadros de monterías, los rostros antiguos y enfermizos de quienes habitasen aquel hotel, antes pequeño pabellón perteneciente a la corona, donde los descendientes del Rey Sol ejercitaban el adulterio en correrías nocturnas y la reina trataba a sus tiernas amantes, oculta en el desamor y el poder, pendiente la cuchilla próxima a su cuello. Preguntó al conserje por la visita esperada y le comunicaron que la mujer vagaba por los senderos cerca del río desde muy temprano.

Dispuso el poco equipaje en la cómoda y los enseres del aseo junto el lavabo: guardó como recuerdo las pequeñas pastillas de jabón de cada septiembre, y sintió un suave mareo al recogerlas. En ropa de lana y cuero bajó hasta el río, respirando hondo la fragancia y dando por iniciadas las pequeñas vacaciones que suponen siempre un paso más, el avance de otro año y ya casi los treinta. Ella estaba apoyada en la baranda de madera que protegía el pequeño embarcadero, mirando el agua oscura sembrada de grandes lirios flotando como si llevasen el cuerpo de una mujer. La brisa que abría las ramas acertaba en la melena rubia y ofrecía la imagen más joven que recordaba: diez años atrás en otra ciudad, cuando se perdían en la noche entre combinados de naranja y la conversación ambigua en frases de idioma variable, y esperaban terminar en el temblor de los huesos ante la presencia desnuda.

Se acercó acechante para susurrarle el buenos días, simple, en el oído y se repitió el saludo mantenido a través del tiempo, el abrazo como si el septiembre anterior hubiese concluido la semana pasada, en un vertiginoso juego de lo relativo, de la separación y la vida estanca, clasificada, como si no fuese esta todos los días, sino aquella de algunos.

Se preguntan sobre el trabajo rutinario, los viajes que dejó el verano, la llegada de nuevo a la antigua hospedería, el miedo en los rostros de óleo y cómo consiguieron otra y esta vez los mismos números en las habitaciones, para borrar los doce meses transcurridos y enganchar días como días, de años consecutivos crear otro. Retoman el paseo en la alameda, descubren la ligera llegada del otoño en las hojas que enmarcan el suelo, avanza una mano sobre la otra y los dedos se abren y se cierran asegurándose en el mismo tacto.

- Me casé el pasado abril. No me atreví siquiera a avisarte. De todas formas no habrías venido a Holanda, no hubiese querido que vinieses a Holanda.

El paisaje se hace gris a cada paso, cuando se añaden horas sobre horas y atardece. “Yo habría hecho lo mismo”, dice. Y vuelven a la conversación común que separa la distancia el resto de los días, las ocupaciones y los otros amores. Parece que todo lo tienen en común, que serán agradables las cinco tardes venideras paseando bajo los álamos que en todo coinciden.

- Estar cinco días junto a ti – piensa- es estar toda la vida; pero estar toda la vida junto a ti, no es estar este tiempo contigo.

Se comprueban en la textura de los troncos, las caricias en el dorso de la mano y la lengua buscando la palabra justa en la boca otra. Hablan de la difícil convivencia, de las miserias de cada día, de esa pequeña manía que al principio pasó inadvertida y pronto se hizo un mundo, un motivo de divorcio; coinciden en el reproche de la rutina, de los días repetidos, de la exigencia en la pareja, y se prometen felicidad eterna cinco días en Fontainebleau, allí donde nunca hay mañana y siempre próximo año. Allí donde nunca reside el amor empequeñecido por el paso de aliento de las mañanas y la queja constante, el dolor de cabeza y los críos.

- Estoy embarazada. Será en Febrero. Quisiera que estuvieras conmigo en Madrid, sigo viviendo sola en aquel apartamento enorme.

Ella promete el viaje, y se abrazan entonces buscándose la caricia tierna en los pechos, y la promesa de las noches que quedan.

(1994)

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