viernes, 2 de enero de 2015

BORGEN

Muchas series de televisión han incidido en mostrar el aspecto personal de los políticos en las democracias occidentales. Detrás de la imagen pública del servidor público puede existir una historia de ambición y sucia guerra que subleva al espectador cuando acerca la política a la práctica mafiosa como sucede en House of cards (en su versión americana y británica, o en la cancelada Boss). La lectura, casi siempre, ha sido desde la visión norteamericana del asunto –la muy exitosa y bucólica El ala oeste, la interrumpida Political animals, o las incidencias políticas muy relevantes de The Newsroom o Homeland. En otro barco viajan las caricaturas de la Casa Blanca de Veep o de Downing Street, la rompedora, Yes, Minister. Y para el barco de la historia queda Boardwalk Empire.





Flota en todas ellas ese halo de relaciones típicas de la política anglosajona, democracias estables desde hace siglos, donde los sistemas electorales no son los más extendidos –lo mismo nos sucede en las series de abogacía, donde el lenguaje jurídico y procesal anglosajón poco tiene que ver con el continental-, donde el color del partido es más importante que la ideología, la disciplina de partido no es un axioma y se suceden procesos, como primarias, en un régimen republicano presidencialista, como el estadounidense, que nos queda lejos. Por eso, que la visión proceda de un país no angloparlante, europeo, es algo que siempre se agradece, mostrando una cercanía que poco tiene que ver con el acoplamiento político de unos países que dirigen gran parte del mercado conocido pero cuyas estructuras de relación no son las que imperan en el mundo, más que en el imaginario cultural.



Borgen es una serie danesa que consta de tres temporadas, estrenada en el año 2010 que ha llegado a España (Canal +) con varios años de retraso pero sin perder un pico de vigencia. En ella se muestra la vida cotidiana de Borgen, el Palacio de Christianborg donde residen los tres poderes políticos daneses y la oficina del Primer Ministro. En pos de la actualidad, Borgen utiliza como personaje principal a una mujer, la primera Primera Ministra de Dinamarca, cosa que en el año 2010 era una invención y que en la actualidad es una realidad. Esa presencia de una mujer al frente del Estado ya había sido transitado en las series norteamericanas, cuya realidad aún no ha alcanzado a la ficción –Gran Bretaña, por mérito de Margaret Thatcher lleva décadas de ventaja.

Pero si la presencia de una mujer en el puente de mando pudiese ser suficiente argumento, Borgen no para ahí. De hecho, resulta casi irrelevante que sea la ficticia Birgitte Nyborg quien alcanza un acuerdo malabar con las distintas fuerzas parlamentarias para auparse en el Gobierno. Es al hálito de realidad de la serie lo que ha cautivado a los espectadores daneses, apoyado por esa coincidencia de realidad y ficción que obtuvo cuando la socialdemócrata Helle Thorning-Schmidt obtuvo el encargo de la reina para formar gobierno aunando a las fuerzas derrotadas en las elecciones de 2011. Borgen muestra una entrelazada relación de la prensa y la política que en los países del sur europeo nos puede parecer exagerada; y nos presenta vidas machacadas, familias a punto de deshacerse, pasados turbulentos, presentes escandalosos. Falta de humor, Borgen hace una representación casi ideal del político –como ser humano- en lucha constante entre su deber público y sus presiones privadas. Sin embargo, lo hace –al menos en su primera temporada, la estrenada recientemente en nuestro país- con maestría y dominio del género. No se dejan temas fuera de la bobina: la coacción de los lobbys, el reparto del poder como un juego de concesiones, los tejemanejes de los jefes de prensa, las presiones internacionales, el sacrificio de las amistades en favor del mantenimiento del poder, el mercado armamentístico, los nacionalismos periféricos, los conflictos de intereses, la delación, la traición, las escuchas ilegales, el sacrilegio del uso privado del recurso público…




Puestos a echar en falta aspectos como las movilizaciones sociales, la opinión del electorado y la implicación del resto de la administración del Estado, desde la práctica ausencia del aparato de la Justicia hasta el entramado de las entidades de gobierno local.

En España, donde la ficción se ha resumido a chistes largos como Moncloa, dígame o series de alta calidad pero de poca incidencia en la alta jefatura como Crematorio, el camino está bien abonado. Podríamos fabular con una serie que mostrase los entresijos de la época Aznar de la Guerra de Afganistán, otra dedicada íntegramente al seguimiento de los últimos veinte años de Bárcenas –auge y caída- o el clan Pujol en la ciudad de los prodigios.


Borgen, además, ha sido producida por la televisión pública danesa, lo que da para pensar. Y mucho.

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