domingo, 26 de enero de 2020

VOLVER A LORCA

Lorca
Carlos Edmundo de Ory
Edición de Ana Sofía Pérez Bustamante 
El paseo
Sevilla
2019




Leer en Los Diablos Azules

La bibliografía sobre Federico García Lorca ha sido, y sigue siendo, rica y profusa. A veces incluso, confusa. Sin embargo, más allá de las obras concienzudas de análisis literario, hay tres obras que, posiblemente, reflejen el espíritu histórico de la obra del autor granadino. Histórico en dos sentidos: porque son obras escritas con cierta contemporaneidad (ninguna se aleja más de tres décadas desde la desaparición del poeta), y porque ubican al granadino en el momento histórico del franquismo, en la nebulosa de su muerte y la eclosión del derrame iluminador de su obra, exento de dimes y diretes, descubrimientos y memoria, legados y valores, y previas todas ellas a la crucial obra de Gibson y sus coetáneos. Estas tres obras son: en primer lugar, la monumental investigación Miedo, olvido y fantasía de Agustín Penón, reelaborado por Marta Osorio y publicado por Comares en el año 2000 (y completado por una sabrosísima correspondencia con Emilia Llanos publicada por la misma editorial en 2015). En segundo, Lorca, el poeta y su pueblo de Arturo Barea, publicado en los años cincuenta en Buenos Aires (con una precedente edición en inglés) y reeditado por el Instituto Cervantes en 2018; y la reciente Lorca de Carlos Edmundo de Ory, que agrupa diversos ensayos del autor gaditano, muchos de ellos inéditos en castellano y que han sido publicados recientemente por El Paseo en una versión al cuidado de Ana Sofía Pérez Bustamante, responsable del cabal estudio preliminar.


Este retrato progresivo en tres obras ofrece la posibilidad de conocer el pulso de la imagen de la obra lorquiana en los años cuarenta con Barea, en los cincuenta con Penón y en la década de los sesenta con Ory. En tanto que Barea hace un trabajo pionero de difusión de la obra lorquiana, que pretende poner al alcance del público inglés, Ory lo hace por encargo en Francia de Éditions Universitaires en 1966 con motivo del 30 aniversario de la sublevación que originó la Guerra Civil y conllevó el asesinato del poeta granadino. La obra de Penón es una obra sin remate, como hacia dentro, aspirada y asfixiante, que hubo que destejer y descubrir. En todo caso las tres coinciden en haber sido escritas en el tiempo inmediato posterior a la muerte del poeta, sin amplios soportes académicos (Ory puede consultar a Díaz-Plaja, Mora Guarnido, Morla Lynch y poco más), y son textos reconocidos con posterioridad, silenciados durante el franquismo y recuperados con tanta distancia que el interés en acometerlos los convierte en curiosos fósiles, como pensamientos que han permanecido en el ámbar de otras latitudes o en el exilio interior de los cajones y las librerías de viejo.

El Paseo ha recuperado esta serie de ensayos del gaditano Carlos Edmundo de Ory elaborados cuando ya vivía en París, adonde le lleva un exilio basado en el hastío más que en el convencimiento ideológico o el compromiso político, ansioso por descubrir nuevas formas, por profundizar en el mundo origen de todos los ismos brillantes del siglo XX. La afinidad de Ory con Lorca es sorprendente: fruto del encargo, el gaditano rebusca en su memoria (Carlos Edmundo supera los 40 cuando recibe el cometido) y parece que retornaran los ecos de la juvenilia, el influjo poderoso de la poesía neopopular lorquiana y viniesen a alumbrarle caminos antes hollados y ahora olvidados a los que el poeta se presta, ávido, volver a recorrer. Ory vive alejado de Lorca por entonces, investido de una postura ácrata, antitodo, desechada la dehesa andaluza, olvidado el origen y la canción de infancia. No hay paralelismo entre los recorridos de ambos andaluces: el uno de la baja, gaditana y luminosa; el otro de la alta, la granadina y frondosa: dos paisajes que marcan dos caracteres y culturas, a veces tan contradictorias que cuesta trabajo, para quien lo vive, conciliar la idea de un país común. Ni la edad, ni la guerra, ni la muerte permitieron el paralelismo, aunque ambas figuras –Lorca y Ory— formen parte de la pasión poética, en la defensa y ataque por parte de los lectores, en el carácter marcadísimo de su poesía y en su legado herético.

Ory trama una serie de ensayos determinados por temáticas que conforman una lección magistral sobre el devenir de la obra lorquiana, sus lugares comunes, sus debilidades y fortalezas, sus influjos e influencias. El libro avanza cronológicamente sobre la obra poética —aunque podamos apreciar, sin duda, pues somos sujeto de conocimiento, ecos de la vida del poeta que hemos conocido en otros libros, en otras historias, en otro relato—, desde los primeros poemas hasta la obra ultimísima, incluso en la reflexión, que siempre cabe, de una obra inacabada, inconclusa, decapitada antes de los 40 que prometía haber seguido revolucionando el mundo literario. En ese avance, Ory desmenuza el mito del Sur, el gitanismo, el orientalismo lorquiano que alumbrará el Romancero y todos sus epígonos; el misterio del color verde y la presencia de los animalillos en la obra del poeta (un alarde casi antropológico o ecológico); el uranismo adivinado y divino; la aventura surrealista; y dos sonadas concordancias que nos descubren al Ory más sagaz, minucioso y alerta: el débito de las imágenes lorquianas a las que trabajase el poeta premodernista Salvador Rueda y la sincronización del granadino con el trabajo que desarrolla simultáneamente Desnos en Francia, el poeta surrealista que tendría un desenlace tan fatal como Lorca en el campo de concentración de Terezín, víctima del tifus pocos días después de la liberación. A la relación entre Rueda y Lorca dedica una sorprendente y trabajadísima coda final muy afinada: una comparativa de léxico e imaginería que entronca contundentemente los ecos lorquianos en la tradición del Sur.

Si bien deja de lado toda la obra dramática y la obra en prosa (el encargo era sobre la poesía), no desatiende el cordón umbilical que hace a Ory lorquiano: la música, el sentido musical reflexionado y embebido de la obra del poeta granadino. Esa tonalidad, y la familiaridad de la muerte, los une a ambos poetas como miembros de los visionarios, de los sacerdotes malditos investidos por la palabra espiritual y alegre.

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