http://agenda.ideal.es/evento/la-novela-negra-mediterranea-471069.html
Con Juan Madrid, Clara Peñalver y Jesús Lens, el día 25 de abril 2015 en la Feria del Libro de Granada, sobre novela negra y mediterráneo.
domingo, 26 de abril de 2015
PARA TAN LARGO VIAJE EN LA FERIA DEL LIBRO DE GRANADA
Con Jesús Lens y Juan Carlos Friebe en la Feria del Libro de Granada, 19 de abril 2015. Foto de Joaquín Puga.
viernes, 13 de marzo de 2015
lunes, 2 de marzo de 2015
CHAVS: CANIS DE GRAN BRETAÑA
Chavs: la demonización de la clase obrera es un libro de Owen Jones (Capitán Swing, 2012) que viene a profundizar en los fangos actuales de la brecha de la desigualdad, cuyo origen localiza en los lodos de las últimas décadas de neoliberalismo del siglo XX, aquellos que hundieron la política social en Europa, y específicamente en Gran Bretaña.
Owen Jones parte en su trabajo de una escena cotidiana: una cena de amigos donde se cuenta un chiste acerca de los “chavs”. Los “chavs”, parece ser, son aquellos descendientes de la orgullosa clase trabajadora británica de los años sesenta del siglo pasado: chicos y chicas con escaso futuro, sin trabajo fijo, una formación escolar exigua, que suelen vestir con ropa deportiva informal, pero de marca, lucen bisutería, pasean pitbulls, a veces llevan navaja, pueden procrear a los quince años, tienen nombres extraídos de culebrones o del mundo del espectáculo, exóticamente inapropiados para la sociedad seria (Wayne, Chantelle, Dazza, Britney) y a veces manifiestan comportamientos considerados agresivos. En España, conceptos como “choni” o “cani” pueden acercarse al concepto “chav”. Decimos que parece ser, porque Jones abre una polémica cuando bucea en la insondable procedencia de los términos que se han hecho recientemente populares y hacia los cuales no navegan los filólogos de la búsqueda del origen. Es un término de esos que están en evolución semántica, sin foto fija, que se desfigura, que abunda en los medios de comunicación, que comienza a aparecer en los modernos diccionarios y al que se atribuye un origen tan diverso como el inglés del siglo XIX, el romaní –chavó, chaval-, o simplemente se le achaca ser un acrónimo (de Council House Violent, o “violento de viviendas municipales”). Pero podemos estar de acuerdo en que es un término –como choni, como cani- esencialmente peyorativo.
En la cena de amigos que abre el libro, se hace un chiste sobre “chavs”. Pero ¿Y si en vez de “chav” el término utilizado en el chiste fuese otro? Como aquellos chistes de catetos o de gangosos que han caído en desgracia. Sería políticamente muy incorrecto y ahondaría en la risa injusta. Sin embargo, en Gran Bretaña, la caricatura del chav ha calado: un ejemplo de ello es Shameless, o ciertos personajes de Little Britain -que es humor, al fin y al cabo, donde no se deja títere incólume y caen bajo el martillo de la caricatura clases sociales, estereotipos y tópicos ingleses. El personaje “chav” existe en la cultura anglosajona del siglo XXI, puede identificarse en los barrios obreros, en el extrarradio de las grandes ciudades, y provoca además un rechazo que ha generado incluso páginas web donde se amenazan y localizan núcleos chavs por toda la isla, que han encontrado eco y seguidores en la prensa mayoritaria. Es un palmario ejemplo de odio de la clase media hacia la clase baja. El mensaje persistente es el paso del respeto, hasta el temor, en deriva a la condescendencia, y al fin el desprecio, hacia la clase trabajadora. Incluso, hay que huir de la clase baja si a ella se pertenece, no identificarse, repudiarla.
Jones analiza el fenómeno desde el impacto de la figura chav en la prensa para pasar a investigar lo que considera la “demonización de la clase obrera”. Los medios de comunicación británicos se han centrado en difundir la idea de que entre las clases más bajas, a las que en muchos casos solo les queda recurrir a las ayudas sociales, abundan los parásitos sociales, gente que vive de subsidios, que no tienen ningún interés en emanciparse socialmente, en acceder a la escalera mecánica del ascenso social.
En un libro jalonado de datos, extractos de opiniones en prensa y con entrevistas tanto a miembros de antiguos gobiernos como a sencillos trabajadores de los barrios obreros británicos, Jones plantea preguntas que son muy incómodas: ¿Es el chav una consecuencia de la política neoliberal que inauguró el gobierno Thatcher y continuaron, sin mesura alguna, los gobiernos laboristas de entre siglo? ¿Dónde ha quedado aquella orgullosa clase obrera británica que organizada en sindicatos pudo poner de rodillas a gobiernos hace décadas? ¿Cuándo decidió Gran Bretaña convertirse en un país de consumidores sin productores?
En un libro jalonado de datos, extractos de opiniones en prensa y con entrevistas tanto a miembros de antiguos gobiernos como a sencillos trabajadores de los barrios obreros británicos, Jones plantea preguntas que son muy incómodas: ¿Es el chav una consecuencia de la política neoliberal que inauguró el gobierno Thatcher y continuaron, sin mesura alguna, los gobiernos laboristas de entre siglo? ¿Dónde ha quedado aquella orgullosa clase obrera británica que organizada en sindicatos pudo poner de rodillas a gobiernos hace décadas? ¿Cuándo decidió Gran Bretaña convertirse en un país de consumidores sin productores?
“La demonización de la clase trabajadora no puede entenderse sin volver la mirada hacia el experimento thatcherista de los años ochenta que forjó la sociedad en la que hoy vivimos” escribe Owen Jones. La lucha emprendida por el gobierno de Margaret Thatcher a finales de los años setenta del siglo XX contra el que consideraba un excesivo control de los sindicatos obreros se saldó con una contundente victoria gubernamental. Se unieron muchos ingredientes en aquella década: el movimiento punk y el okupa; la poll-tax; la heroína y el aumento de la drogadicción en las zonas deprimidas; los hooligans, aguerridos hinchas de fútbol que se hicieron famosos y temidos en toda Europa por su agresividad y racismo; pero también la huelga minera, la prohibición gubernamental de construcción de vivienda social a los Ayuntamientos –en tanto el gobierno promovió que los inquilinos de viviendas protegidas pudiesen comprar sus casas a precios reducidos ofreciéndoles hipotecas al cien por cien-, la deslocalización de las empresas, el descenso de la sindicación, una reconversión industrial que trajo consigo el cierre de la potente industria siderúrgica inglesa, de su pujante industria del automóvil y el incremento de la inmigración procedente tanto de los países del este europeo como de las antiguas colonias del Imperio.
Con la distancia que dan los lustros pasados, podemos ver la mano de Friedman y la Escuela de Chicago tras las decisiones en política económica y monetaria de Thatcher –como también estaba sucediendo en el gobierno Reagan en EEUU. De aquellos tiempos viene el sarampión de la privatización de los servicios públicos y la desregulación financiera con el consiguiente incremento del sector financiero, el de la construcción y los servicios frente al alicaído sector manufacturero e industrial. Las finanzas y los servicios –la City- eran el futuro, producir era el pasado ¿Les suena?
El Gobierno Thatcher fomentó la cultura de que el éxito se medía por lo que uno poseía y glorificó la riqueza. En esta respuesta de Margaret Thatcher se encuentra sentido a gran parte de su legado: “Creo que hemos entrado a un periodo donde muchos niños
y gente han crecido con la idea de «¡Tengo un problema, es el trabajo del gobierno lidiar con ello!» o «¡Tengo un problema, iré y conseguiré una concesión para lidiar con ello!», «¡No tengo casa, el gobierno debe darme una!» y así le están arrojando a la sociedad sus problemas, pero ¿quién es la sociedad? ¡No existe tal cosa! Hay hombres y mujeres independientes y hay familias, y ningún gobierno puede hacer algo, excepto a través de la gente, y la gente primero tiene que luchar por sí misma. Es nuestro deber cuidar de nosotros y luego ayudar a nuestros vecinos y la vida es un negocio recíproco, donde la gente tiene sus derechos en mente, pero no sus obligaciones.” Al fin y al cabo, para Margaret Thatcher, “clase” solamente era un concepto comunista.
Los ataques thatcherianos a la industria y a los sindicatos propinaron un golpe mortal a la vieja clase obrera. En pocos años desparecieron los trabajos bien remunerados. Owen Jones rebusca dónde están los descendientes de aquellos duros y orgullosos trabajadores británicos del acero y el carbón, que fueron la vanguardia del movimiento obrero: trabajan en supermercados y centros de atención telefónica. Sí, trabajos menos duros y físicos, pero en grados de explotación similares a trabajos de hace más de cien años. La eliminación física del soporte laboral en los barrios obreros, la demolición del sistema de ayuda y vivienda social se emprendió simultáneamente con una política de desigualdad fiscal por la cual el desequilibrio impositivo favorecería cada vez más al segmento más rico de la población.
El vaciamiento de las propuestas socialdemocrátas de la tercera vía laborista tuvo en Tony
Blair un fiel continuador de la política thatcheriana, y así, pregonó en 1997 que la nueva Gran Bretaña era una meritocracia. Ello supone que los pobres y los desfavorecidos sean menospreciados. Hay una cuestión sociológica de fondo que el filósofo francés Pierre Bourdieu apuntó en Contrafuegos, 2 cuando se refería a una economía de la inteligencia: “De esta forma la nueva economía tiene todas las propiedades para aparecer como el mejor de los mundos (en el sentido de Huxley) (…) puede aparecer como una economía de la inteligencia, reservada a las personas «inteligentes» (lo que atrae la simpatía de los periodistas y de los cuadros «conectados»). La sociodicea adquiere aquí la forma de un racismo de la inteligencia. Desde ahora, los pobres no son pobres, como en el siglo XIX porque son poco previsores, malgastadores, intemperantes, etc. (por oposición el deserving poor), sino porque son imbéciles, incapaces intelectualmente, idiotas. En fin «solo tienen lo que se merecen», escolarmente”.
Blair un fiel continuador de la política thatcheriana, y así, pregonó en 1997 que la nueva Gran Bretaña era una meritocracia. Ello supone que los pobres y los desfavorecidos sean menospreciados. Hay una cuestión sociológica de fondo que el filósofo francés Pierre Bourdieu apuntó en Contrafuegos, 2 cuando se refería a una economía de la inteligencia: “De esta forma la nueva economía tiene todas las propiedades para aparecer como el mejor de los mundos (en el sentido de Huxley) (…) puede aparecer como una economía de la inteligencia, reservada a las personas «inteligentes» (lo que atrae la simpatía de los periodistas y de los cuadros «conectados»). La sociodicea adquiere aquí la forma de un racismo de la inteligencia. Desde ahora, los pobres no son pobres, como en el siglo XIX porque son poco previsores, malgastadores, intemperantes, etc. (por oposición el deserving poor), sino porque son imbéciles, incapaces intelectualmente, idiotas. En fin «solo tienen lo que se merecen», escolarmente”.
Entre la opinión de Thatcher, la declaración de Blair y el juicio visionario y doloroso de Bourdieu se encuentra ese sector de la sociedad considerado irresponsable, delincuente e ignorante, que ha desdeñado el ascenso social y es considerado en la actualidad una escoria. Para Jones, el estereotipo chav es utilizado por los gobiernos para justificar esa falta de compromiso que les obligaría a entrar en el fondo de los problemas sociales y económicos que generan la desigualdad.
El neolaborismo de Blair se empeñó en hacer desaparecer el concepto de clase social y por extensión la lucha de clases. Aunque el millonario Warren Buffet lo corrige con claridad: “La lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando”. Con el Nuevo Laborismo la desigualdad pasó a ser denominada “exclusión social”, en vez de “pobreza” (la clase social viene dada por las circunstancias, la “exclusión” es algo que sucede y donde la persona se implica como agente). Fue Blair quien propagó que “en Gran Bretaña ahora todos somos clase media”, en 2005, y por tanto la clase obrera pasaba a ser un concepto peyorativo, pues es la clase media la que implica cierta cultura y no es pobre. La idea es que cualquiera con talento puede progresar en la Gran Bretaña actual, pero lo diga Blair o Cameron, las clases sociales no desparecen por mor del ascenso social, y según Jones, todo está amañado en la sociedad británica con el objetivo de favorecer a la clase media. Educación y clase social siguen estando en íntima comunión.
Pero, si todos fuésemos clase media ¿cómo podría reconocerse ese mantra de la aspiración al ascenso social? En el concepto del nuevo laborismo hay una trampa, porque el punto medio de la escala salarial no está en la clase media, sino más abajo. No es ningún secreto que el Parlamento Británico –como casi todos los parlamentos europeos- no son un microcosmos de la sociedad y su sistema de clases. Abundan los representantes públicos criados en colegios privados, con contactos en la alta empresa y con un total desconocimiento de la vida real en los barrios reales.
El desmontaje de la clase obrera según Jones ha llegado al punto de identificar a este subgrupo social como un grupo étnico de excluidos sociales blancos, donde calan las apuestas nacionalistas radicales como el BNP, o el UKIP y la Liga de la Defensa Inglesa. Se trata de mirar la desigualdad y la pobreza con un enfoque racial. Hay un solo paso para decir que son los extranjeros los que quitan los puestos de trabajo a los trabajadores ingleses blancos. Ello implica que el multiculturalismo operante
enfrenta a grupos étnicos de trabajadores para que compitan por los mismos recursos y servicios públicos, cada vez más escasos. Así la clase blanca trabajadora quedaría retratada como pobre, vaga, racista, grosera y sucia. Un buen caladero para hacer chistes. Son considerados trabajadores, generalmente en paro y despreocupados por buscar trabajo, bastos y chabacanos, sin el discreto encanto de la burguesía, esa clase media que se reproduce a sí misma y se defiende, que mira con desprecio y escandalizada el burdo gusto televisivo, el ramplón estilo en el vestir y una incorrecta manera en el hablar.
La clase trabajadora, según Jones, ha sido demonizada, excluida del mundo de la política y de los medios de comunicación, confinada a Gran Hermano y la telerrealidad, una clase de la que hay que escapar. Los problemas sociales han sido convertidos en defectos personales: la pobreza es un vicio del carácter. Pueden así campar a sus anchas teorías como las de Charles Murray y Richard J. Herrnstein cuando propusieron que el cociente intelectual va a aparejado al nivel socieconómico. Los proletarios deben convertirse en emprendedores, para que corra por su cuenta el éxito o el fracaso.
Alfonso Salazar en www.olvidos.es, febrero 2015
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BREVES ENSAYOS
sábado, 21 de febrero de 2015
CATÁLOGO DE POESÍA VISUAL
Poemas visuales 2000-2015. La Mitá de la Vida. Alfonso Salazar.

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POESÍA VISUAL,
SOLUCIONES POÉTICAS PROPIAS SL
domingo, 18 de enero de 2015
ÁRABE, MUSULMÁN E ISLAMISTA
En algunos medios de
comunicación se toma la parte por el todo. Los adjetivos que encabezan este
post son a veces intercambiados alegremente en algunos medios –otros periodistas
tienen buen cuidado en decir lo que quieren decir- y se extienden, fruto de la
ignorancia, por las redes sociales, y por supuesto, en el habla cotidiana. Pero
son tres adjetivos cuya coincidencia en una sola persona, precisa de una intensiva
conjunción de accidentes culturales.
Árabes
son aquellos naturales de Arabia, de la península arábiga y
alrededores, y tradicionalmente han formado parte de etnias que el paso del
tiempo ha desdibujado y vuelto a dibujar. En la actualidad en la península arábiga
se ubican 10 nacionalidades distintas. No se trata de una raza –no existen las
razas como categoría, ni biológica ni cultural en el ser humano-, aunque el concepto "racial" facilita, desde el desconocimiento, la categorización de los grupos
humanos. Pero en sentido estricto, un árabe es aquel que comparte una tradición
genealógica y cultural que nació en la península arábiga, antes del
surgimiento del islam.
El
idioma originario de estas tribus se llama también árabe, y
es una idioma muy extendido (más vivo que el latín, pero más fragmentado que el
español) que fue lingua franca en el medievo, por todo el Mediterráneo y que en
la actualidad se extiende por los países arábigos -de la Península arábiga- y otros países en
el Magreb y Oriente Medio. Pero hay
personas que hablan árabe en una esquina del mundo cuya habla del idioma es difícil de entender por otra persona que habla árabe en otra esquina del mundo. Esta macrolengua
mantiene una forma estándar, pero las diferencias dialectales son tremendas. Es
oficial en al menos veinte países del mundo y es el octavo en su extensión
planetaria con 350 millones de hablantes, pero muchos de ellos nada tienen que
ver con el concepto étnico, ni geopolítico del término “árabe”.
Algunos países de lengua
árabe se identifican a sí mismos como árabes, en un rizo de concepto de
identidad cultural, lo que dio como fruto la fundación en la Liga de Estados Árabes en 1945, donde
se encuentran países que no son árabes étnicamente hablando –como Egipto o
Marruecos, por ejemplo-, pero la identidad cultural y política es algo que uno
determina para sí mismo (sea o no sea cierto) o en todo caso, son los “otros”
los que la determinan como tal: la cultura es lo que uno hace visto desde
fuera, ya sea porque uno mismo se la otorga o porque los demás la señalan. Así
la Liga Árabe incluiría a somalíes, bereberes, egipcios, libaneses o kurdos, que
no son árabes, pero hablan árabe, así como el mundo hispano hablante incluye a
nacionalidades diversas y no exclusivamente a “españoles”. Es una cuestión de
nacionalismo, manifestado en torno a una lengua, y ciertas coincidencias
culturales y religiosas, pero sin u cuerpo cultural común.
En definitiva, hay pueblos que utilizan la lengua árabe,
pero no son árabes en sentido estricto y hay grupos humanos que hablan árabe
que no son musulmanes: coptos
egipcios, maronitas libaneses, árabes israelíes, árabes drusos.
Musulmán es una categoría religiosa, con un número de practicantes en todo el planeta que ronda los 1200 millones de personas. Como hemos visto, hay árabes (que hablan árabe) que no son musulmanes, aunque sean pocos, y hay musulmanes que no son árabes, y son muchos: ni lo hablan ni viven en estados de la Liga Árabe, ni tienen relación genealógica alguna con las etnias originarias de Arabia. Además, como el islam no es una religión jerarquizada, como la católica, no hay una línea de orden de un “papa” musulmán a un “sacerdote” de mezquita. Como es tan extensa la territorialidad del Islam y tan amplia su historia, hay diversas interpretaciones del Corán que han sido generadas con el paso de los siglos por las diversas maneras de interpretarlo (suní, chií, sufí, entre otras muchas), y se da de un modo similar a la distinción que en el cristianismo se hace entre católicos, ortodoxos, protestantes y otros muchas profesiones de fe.
Hay multitud de países que,
con una mayoría de habitantes que practican el islam, no son árabes ni por
asomo: Pakistán, Irán, Turquía, Indonesia, Burkina Fasso o Turkmenistán por
poner algunos casos. Entre ellos, hay países
que se consideran islámicos, es decir, en los que el Corán forma parte de
su corpus jurídico –la sharia, o
derecho islámico-, ya sean repúblicas, monarquías absolutistas, dictaduras o
regímenes teocrácticos. En estos países la separación Religión-Estado es uno de
los nudos gordianos de la convivencia. Son estos casos Irán –que no es un país árabe,
ni habla árabe-, el Afganistán de los talibanes, Libia desde 2011, Pakistán o
Mauritania.
Los árabes-musulmanes constituyen solamente el 20 % de la población musulmana mundial. Así que si usted llama árabe a un egipcio, a un bereber o a un sudanés porque hablan la lengua árabe, podría usted llamar sin empacho “españoles” a los bolivianos, mejicanos o uruguayos porque hablan español. Si usted llama árabe a cualquier musulmán, es como si llamase “español” a cualquier cristiano, así que puede también ir por ahí llamando español a cualquier italiano, irlandés o bávaro. Y si llama musulmán a cualquier árabe es como si diese por supuesto que todo español es cristiano, católico, apostólico y romano. Y nunca denomine a una persona "islámica", porque islámico es el adjetivo que se aplica a los conceptos impregnados de islam: ya sea el arte, el Estado, o la cultura.
"Islámico", como adjetivo, no es aplicable a una persona, sino que en nuestro idioma utilizamos para ello el adjetivo “musulmán”. Islamista se refiere al concepto de islamismo, que es un término político, aunque nuestro diccionario reserve distinto conceptos para “islamismo” (conjunto de dogmas y preceptos morales que constituyen la religión de Mahoma) e “islamista” (relativo al integrismo musulmán). Dentro del islamismo hay posturas regeneradoras, moderadas, radicales, extremistas, según cómo se midan, pero que los medios (y al parecer, el diccionario) por lo general identifican, en su concepción violenta, con la asunción de normas como la “yihad”. La Yihad no es exclusivamente sinónimo de “guerra santa” para algunos estudiosos, puesto que englobaría también el concepto de “lucha interior”. No hay conceptos en el cristianismo que se le acerquen, aunque las prácticas evangelizadoras tenían un objetivo en común: la expansión de la religión. Estas posturas denominadas radicales pueden provenir del sunnismo –como los Hermanos Musulmanes egipcios, los talibanes o el salafismo- y otras del chiísmo –como el Irán de Jomeini o Hezbolá.
Por otro lado, hay conceptos culturales que se identifican en los medios de comunicación y en la divulgación popular con el islam -la lapidación, la flagelación pública, la mutilación genital, la poliginia, el matrimonio concertado de menores-, pero no son usos exclusivos de países musulmanes. En otros países, que nada tienen que ver con el islam, se practican. De hecho es muy probable que el arraigo cultural de estas prácticas sea anterior al islam, pero perduran en culturas islámicas e incluso algunos de ellos fueron recogidos en el Corán. Otra cosa es cómo se interprete el Corán…
Y otro día hablaremos sobre la confusión acerca del velo.
Alfonso Salazar
sábado, 10 de enero de 2015
EL MAPA DEL DETECTIVE DEL ZAIDÍN
Un completo mapa de todos los lugares donde sucede la saga del detective del Zaidín, Matías Verdón.
En azul, la última novela, Para tan largo viaje, publicado por Dauro en 2014 (figura en azul claro el viaje del protagonista yugoslavo)
En amarillo, El Detective del Zaidín, publicado por Ediciones B en 2009.
En verde, Golpes tan fuertes, publicado por Alhulia en 2013 (figura en verde claro la trama de los años 40-50)
En rojo Melodía de Arrabal, publicado por Arial en 2003.
En azul, la última novela, Para tan largo viaje, publicado por Dauro en 2014 (figura en azul claro el viaje del protagonista yugoslavo)
En amarillo, El Detective del Zaidín, publicado por Ediciones B en 2009.
En verde, Golpes tan fuertes, publicado por Alhulia en 2013 (figura en verde claro la trama de los años 40-50)
En rojo Melodía de Arrabal, publicado por Arial en 2003.
viernes, 9 de enero de 2015
domingo, 4 de enero de 2015
CAMBIO DE EJE
En la Antigüedad, el eje mediterráneo señalaba una
diferencia profunda entre el Oriente y el Occidente, como si un meridiano
–imaginario, como todos los meridianos- separase dos mundos. A la izquierda del
mapa quedaban territorios misteriosos que los marinos fenicios y griegos
transitaban y eran germen de leyendas: Tartessos, los bereberes, la Tingitana;
a la derecha las estirpes de las civilizaciones occidentales: Egipto, Grecia,
Palestina, Bizancio. El eje residiría en
Roma, que separaba la riqueza opulenta de Oriente frente a la apenas hollada
tierra de Occidente que Hércules abrió hacia el Atlántico. Con el tiempo, el
Mediterráneo sufrió un importante cambio de eje, del corte vertical, al
horizontal. En la actualidad, la riqueza reside en el norte, y la pobreza en el
sur. La frontera se traza tumbada, cruzando el mar de oeste a este.
Este ejemplo es solo un gráfico sobre un mapa
conocido: el eje vertical se tumba, la percepción de la diferencia gira sobre
sí misma y pasa en unos cientos de años de una separación vertical a una
horizontal.
Pienso en el cambio de eje mediterráneo cuando
pienso en ese otro cambio de eje que se anuncia en las ideologías políticas. El
siglo XX, siguiendo el camino que ya había abierto el siglo XIX, forjó una diferencia
ideológica entre la izquierda y la derecha. Hace ciento cincuenta años, esas
diferencias apenas eran perceptibles en los arcos parlamentarios: tuvo que ser
la irrupción del pensamiento marxista la espoleta, la organización de los
partidos socialistas apoyados en los sindicatos de clase; y posteriormente, a
partir de la década de los treinta del pasado siglo, y la implantación del
comunismo leninista cuajó la diferencia en el espectro. Fue entonces cuando se
dibujó, con la claridad que ha sido vista en los últimos años –sobre todo en la
Europa Occidental-, la división entre la izquierda y la derecha, conceptos cuyo
origen se atribuye a la ubicación de
asientos en la Asamblea Nacional francesa de 1789 y que en la Europa posterior
a la Segunda Guerra Mundial tuvo su plasmación palmaria en el mapa europeo separado
–gráficamente también- por el telón de acero que dividía Este/Oeste.
Izquierda y derecha han formado parte del
imaginario del espectro político del capitalismo en la Europa Occidental, poco
extrapolable a otros territorios: no soporta la aplicación somera a los Estados
Unidos –dividido entre demócratas y republicanos-; o naufraga en otros terrenos
como los países islámicos donde todo gira en torno a la división laicismo/religiosidad
en la vida política; o países sudamericanos, como Argentina, donde el peronismo
no admite el concepto. Sin embargo, Europa sí ha utilizado con profusión este
concepto de izquierda/derecha como una garantía de claridad de ideas, otorgando
a la izquierda la defensa de la propiedad pública, el fomento de la igualdad,
el laicismo, el intervencionismo económico del gobierno, la solidaridad; y a la
derecha el liberalismo económico, el mantenimiento del orden, la intervención
ética del gobierno; figurando siempre dos grandes bloques totalitarios en los
dos extremos del espectro, que coinciden en el planteamiento de una imposición
autoritaria.
El análisis del espectro político se hace a través
de artefactos, y los sociólogos no han encontrado para Europa una mejor
respuesta que el eje izquierda/derecha a pesar de la aparición de fenómenos que
saltan por encima de esta propuesta: ecologismo, feminismo, pacifismo,
anticlericalismo, globalización, republicanismo y nacionalismo, por indicar
algunos conceptos, marchan en todas las direcciones, y tanto ellos como sus
contrarios, son proclives a ser hallados en discursos de la izquierda o de la
derecha, sea en mayor o menor proporción, sin que podamos rastrear un patrón
definido. En todo caso, no son fenómenos que tenga una exclusividad de marca
izquierda, o de marca derecha. Hay derecha republicana y anticlerical, como hay
izquierda autárquica y nacionalista. Muchos de estos fenómenos, en mayor o
menor gradación, pues nunca serán monolíticos, pueden aparecer en cualquier
discurso. Solo una mayor profusión tonal predican una probable ubicación en la
escala.
Izquierdas y derechas participan
del concepto de los modelos de un solo eje, que son excesivamente simplistas, y
dejan siempre en las afueras a posturas como el anarquismo y el libertarismo.
Como los mensajes sencillos son los que bien calan, y existe esa propensión a
sabernos en un mapa bien trazado que no nos propugne perdernos en el proceloso
camino del pensamiento político, el eje sigue siendo válido, se utiliza con exuberancia
en los medios de comunicación, y sirve al ciudadano para ubicarse en ese
imaginario de escala política, a pesar de que día tras día venga la realidad a
reventar el papel estricto de tan sencilla separación.
Pero ha comenzado una crisis de la representación, del espectáculo: una parte de la ciudadanía –los gobernados habitualmente silentes- se enfrenta a la búsqueda de la democracia real empeñada en el hallazgo de la manera de hacer política de forma continuada: el asunto desborda la izquierda y la derecha, territorios que hoy por hoy parecen pertenecer solo al espectáculo mediático, territorios que pretenden ser asaltados, desmontados y reconstituidos ante el crudo ahondamiento de la brecha de la desigualdad social.
Pero ha comenzado una crisis de la representación, del espectáculo: una parte de la ciudadanía –los gobernados habitualmente silentes- se enfrenta a la búsqueda de la democracia real empeñada en el hallazgo de la manera de hacer política de forma continuada: el asunto desborda la izquierda y la derecha, territorios que hoy por hoy parecen pertenecer solo al espectáculo mediático, territorios que pretenden ser asaltados, desmontados y reconstituidos ante el crudo ahondamiento de la brecha de la desigualdad social.

El cambio de eje se propone desde un giro de lo
vertical a lo horizontal: los polos izquierda-derecha pretenden ser sustituidos
por una partición que enfrenta al poder de la ciudadanía frente a la
oligarquía, la ciudadanía sin privilegios frente a la ciudadanía privilegiada.
Es curioso que este giro de eje plantea una separación simplista que recuerda a
la división tradicional de las clases, pues alrededor del eje horizontal pulularía la clase media: más arriba del eje está la pirámide del poder, más abajo, aquellas
que antes fueron consideradas las clases trabajadoras. En tanto, en el tradicional
eje izquierda-derecha quien ocupa los aledaños del eje es el centro político,
generalmente difuso en su compromiso, contemporizador, tibio y oportunista en sus
propuestas.
¿Cómo llega Europa a esta situación en que el
cambio de eje es sugerido, cada vez con más empeño, por propuestas políticas
que terminarán, lógicamente, tachadas de ambiguas, populistas y traidoras a la
izquierda? No es arriesgado decir que la dicotomía de este eje vertical ha sido
propulsada más desde la izquierda -incluida la imaginaria- que desde la derecha. Al fin y al
cabo, los principios de la derecha no son simbólicos, sino que ya estaban ahí –religión,
propiedad y orden-, y es la izquierda la que ha pretendido diferenciarse y
reivindicar su terreno en el espectro por negación.
Sin embargo, la evolución de la socialdemocracia
europea, que partía de posiciones izquierdistas –de hecho es, posiblemente, la
responsable del sostenimiento de la dicotomía desde hace seis décadas- ha
derivado hacia una seria confusión del concepto al mantenerse dentro del
sistema navegando a dos aguas, proponiendo política económicas identificadas
con la derecha que intenta compaginar con la defensa de los derechos sociales,
económicos y laborales, la igualdad y la democracia. En cuanto la
socialdemocracia optó por la denominada “tercera vía”, una pirueta que intenta
conjugar lo inconjugable, la sensación del ciudadano es que asiste a un turnismo
en el gobierno, un bipartidismo de facto, donde las diferencias entre uno u
otro gobernante son más simbólicas que reales, pues son coincidentes en las
fundamentales políticas socioeconómicas.
No es un asunto banal que los bloques de
concentración sean una respuesta, que nada escandaliza, ante este cambio de
eje: partidos de izquierdas unidos a partidos de derechas ante una protesta que
viene desde abajo, pues no tienen conflicto en los temas fundamentales que
entrelazan al Estado y los poderes privados. Solamente ciertas exigencias de
marketing para la polémica televisada les lleva a defender axiomáticos tonos
ideológicos, poniendo en escena un discurso narrativo poco creíble -y tú más-,
cuyo objetivo único es apacentar sus campos electorales simbólicos. En el campo
electoral de la socialdemocracia, siguen en pie los valores de la justicia
social, los derechos ciudadanos, la solidaridad y la democracia, pero si bien
se mantienen en su discurso, no lo están en su ejecución. En el eje
izquierda-derecha, la socialdemocracia deriva hacia el centro activo, y en su realización
se confunde con los valores de la
derecha.
Gran parte de la población española, según el CIS,
se identifican en el ámbito de la izquierda: un 40 %. En tanto un 30 % se ubica
en el centro político y solo un 13 % en la derecha. El resto, casi un 17 %, no
sabe, no contesta. El vaciamiento de la propuesta real en el
seno de la socialdemocracia ha confundido el sentido electoral de las izquierdas.
Los aparatos de la socialdemocracia comulgan con las políticas regresivas de la
derecha europea, se aferran a un proyecto político social y económico que no se
puede identificar con una izquierda simbólica, y además, el tiempo y el espacio
les niegan la mayor: pertenecen a recientes legislaturas las políticas
económicas de tinte derechista impulsadas por la socialdemocracia allí donde ahora
está en la oposición, y allí en los territorios europeos donde gobierna, o en
sus posturas en las instituciones europeas, consensúa con la derecha real las
políticas socioeconómicas. Ese vaciamiento es el que alimenta el cambio de eje:
la oposición establishment/ciudadanía pretende reventar el eje vertical.
Sin embargo, el cambio de eje se somete a una
difícil prueba: el objetivo de la socialdemocracia –y del propio sistema
capitalista, al menos en un valor simbólico- promulga el ascenso social como principio
y fin. No solo el self made men del
imaginario anglosajón, sino, también y sobre todo, el objetivo de ascenso en
las clases sociales como psicodrama vital, que conlleva la conversión de las
clases trabajadoras en clases medias, hasta el infinito y más allá. Ese es
también el objetivo de este cambio de eje, el ansiado reparto de la riqueza frente
a la igualación por la pobreza con que se amenaza desde el derechismo rancio –y
a la vez, ubicado en las alturas.
Pero el círculo vicioso se mantiene como una
imposible máquina de movimiento perpetuo. El ascenso de los de abajo hacia las
posiciones de los de arriba fracasa tanto como en el eje izquierda-derecha,
basado en la promoción social y la escalada vinculada al sistema económico. El
cambio de eje puede ser el inicio de un derrumbe de una concepción imaginaria,
pero si no ahonda en las estructuras sociales reales, en la brecha de la
desigualdad, en el consumismo como motor económico, en la apariencia
espectacular de la sociedad, en el concepto de la libertad y el cumplimiento
del contrato jurídico y legal, solamente nos encontraremos ante un cambio de
eje que no cambia la realidad sino que es solamente un cambio de mapa.
Alfonso Salazar
viernes, 2 de enero de 2015
BORGEN
Muchas series de televisión han incidido en mostrar el
aspecto personal de los políticos en las democracias occidentales. Detrás de la
imagen pública del servidor público puede existir una historia de ambición y
sucia guerra que subleva al espectador cuando acerca la política a la práctica mafiosa como sucede en House of
cards (en su versión americana y británica, o en la cancelada Boss). La lectura, casi siempre, ha sido
desde la visión norteamericana del asunto –la muy exitosa y bucólica El ala oeste, la interrumpida Political animals, o las incidencias
políticas muy relevantes de The Newsroom
o Homeland. En otro barco viajan las
caricaturas de la Casa Blanca de Veep
o de Downing Street, la rompedora, Yes,
Minister. Y para el barco de la historia queda Boardwalk Empire.
Flota en todas ellas ese halo de relaciones típicas de la
política anglosajona, democracias estables desde hace siglos, donde los
sistemas electorales no son los más extendidos –lo mismo nos sucede en las
series de abogacía, donde el lenguaje jurídico y procesal anglosajón poco tiene
que ver con el continental-, donde el color del partido es más importante que
la ideología, la disciplina de partido no es un axioma y se suceden procesos,
como primarias, en un régimen republicano presidencialista, como el
estadounidense, que nos queda lejos. Por eso, que la visión proceda de un país
no angloparlante, europeo, es algo que siempre se agradece, mostrando una
cercanía que poco tiene que ver con el acoplamiento político de unos países que
dirigen gran parte del mercado conocido pero cuyas estructuras de relación no
son las que imperan en el mundo, más que en el imaginario cultural.
Borgen es una serie danesa que consta de
tres temporadas, estrenada en el año 2010 que ha llegado a España (Canal +) con
varios años de retraso pero sin perder un pico de vigencia. En ella se muestra
la vida cotidiana de Borgen, el Palacio de Christianborg donde residen los tres
poderes políticos daneses y la oficina del Primer Ministro. En pos de la
actualidad, Borgen utiliza como personaje principal a una mujer, la primera
Primera Ministra de Dinamarca, cosa que en el año 2010 era una invención y que
en la actualidad es una realidad. Esa presencia de una mujer al frente del
Estado ya había sido transitado en las series norteamericanas, cuya realidad
aún no ha alcanzado a la ficción –Gran Bretaña, por mérito de Margaret Thatcher
lleva décadas de ventaja.
Pero si la presencia de una mujer en el puente de mando
pudiese ser suficiente argumento, Borgen no para ahí. De hecho, resulta casi
irrelevante que sea la ficticia Birgitte Nyborg quien alcanza un acuerdo
malabar con las distintas fuerzas parlamentarias para auparse en el Gobierno.
Es al hálito de realidad de la serie lo que ha cautivado a los espectadores
daneses, apoyado por esa coincidencia de realidad y ficción que obtuvo cuando
la socialdemócrata Helle
Thorning-Schmidt obtuvo el
encargo de la reina para formar gobierno aunando a las fuerzas derrotadas en
las elecciones de 2011. Borgen muestra una entrelazada relación de la prensa y
la política que en los países del sur europeo nos puede parecer exagerada; y
nos presenta vidas machacadas, familias a punto de deshacerse, pasados
turbulentos, presentes escandalosos. Falta de humor, Borgen hace una representación casi ideal del político –como ser
humano- en lucha constante entre su deber público y sus presiones privadas. Sin
embargo, lo hace –al menos en su primera temporada, la estrenada recientemente
en nuestro país- con maestría y dominio del género. No se dejan temas fuera de
la bobina: la coacción de los lobbys, el reparto del poder como un juego de
concesiones, los tejemanejes de los jefes de prensa, las presiones
internacionales, el sacrificio de las amistades en favor del mantenimiento del
poder, el mercado armamentístico, los nacionalismos periféricos, los conflictos
de intereses, la delación, la traición, las escuchas ilegales, el sacrilegio
del uso privado del recurso público…


Puestos a echar en
falta aspectos como las movilizaciones sociales, la opinión del electorado
y la implicación del resto de la administración del Estado, desde la práctica
ausencia del aparato de la Justicia hasta el entramado de las entidades de
gobierno local.
En España, donde la
ficción se ha resumido a chistes largos como Moncloa, dígame o series de alta calidad pero de poca incidencia en
la alta jefatura como Crematorio, el
camino está bien abonado. Podríamos fabular con una serie que mostrase los
entresijos de la época Aznar de la Guerra de Afganistán, otra dedicada
íntegramente al seguimiento de los últimos veinte años de Bárcenas –auge y
caída- o el clan Pujol en la ciudad de los prodigios.
Borgen, además, ha sido producida por la televisión pública danesa,
lo que da para pensar. Y mucho.
Etiquetas:
ANTROPOLOGÍA EN ZAPATILLAS,
SERIES TV
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