martes, 10 de junio de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 1: ENERO, UNA CHARLA NOCTURNA (CONFERENCE AT NOGHT, 1949)



Hay ciertas propiedades que sólo tiene el invierno: un temblor repentino, una aguja en los huesos, pero estos desarreglos intestinales que sólo encuentran soluciones en otras formas de la soledad pertenecen a todas las estaciones. La sensación se fraguó en la ginebra, veinte horas antes, de madrugada y en el despacho. Son estas las noches donde no admiten las vísceras insistir en las experiencias. Una huelga de brazos caídos, desprendidos todos los miembros. Pero trae el invierno la propiedad más tremenda: un círculo alrededor se hace más grande. Como si el frío endureciese, o quizá la ropa de abrigo interioriza la cercanía y los demás están más alejados. Al fin y al cabo también hibernan las cosas y todo se resuelve cuando un cuerpo se acerca.

Con el círculo endurecido, el deseo de la liberación intestinal, con la nocturnidad de los pasos en los pasillos de las aulas: los ojos no se cruzan, no encuentran nadie en la facultad. En la habitación del fondo esperan el profesor y la mujer rubia. Habrá un ventanal proyectando luz en el interior. El conserje olvidó el recambio de las lámparas fundidas en este aulario, olvidó ese poder contra la noche, la sucesión interminable de las cosas, el redescubrimiento del fuego. Las maderas proclaman olor de tiempo, resabio de barricas que niega la bilis, o la afición a retomar los lápices de colores y las virutas del sacapuntas.

Están hablando antes de mi llegada. Quisiera decirles este círculo más ancho, qué está tanto más alejado, aquel lápiz que prefería en la infancia, dónde está el retrete por favor, posponer la conversación hasta la mañana siguiente, cuando fumar ya no provoca dolor de cabeza, o cáncer, enfermedades cardiovasculares, complicaciones con la anestesia en una operación urgente. Y la queja del cirujano, echando en cara los años que se multiplican en cigarrillos, en ese consumo del aburrimiento.

- Les ruego la máxima brevedad posible, me esperan en otro lugar -yo miento sin quitarme el sombrero.

El profesor gesticula, pretende mayores importancias, desconoce que hay muertos sin sentido, que acudo por inercia a las llamadas en el contestador, que ni siquiera tengo intención de tomar asiento, ni dejar el abrigo para desnudar más aún el círculo duro que me impide llegar hasta ellos.

- La situación es complicada -el profesor mueve las manos sentado sobre la mesa y prefiero las ranuras del pupitre, la genealogía de la creación: qué alumno aburrido, qué explicación soporífera, qué tribulación llevó el estilete a la madera.

- Comprenda nuestra urgencia, señor Hopper -la mujer rubia habla, enciendo un cigarro, cruzo su escote, me pierdo en un canal-. Nos dirá que es preferible acudir a la policía. Lo hemos hecho. Pensamos que es lo mejor.

Yo lo afirmo: y piensan ustedes bien, pero en virtud de mis intestinos y mi dolor de cabeza. Me callo los dolores y propongo que ellos son los más adecuados para decidir. Pienso huir, pero hago acopio de mi profesionalidad. No puedo prometer nada, digo, encontrar las causas de un muerto no es fácil. No puedo prometerles nada, repito. Quizá no entenderían la influencia del invierno, todas las propiedades afectivas del frío, porque les parecería absurdo, una incoherencia el muerto desnudo en los servicios y la relación de la temperatura en la calle. Lo encontraron esta mañana, explica el profesor. Estaba desnudo desde la cintura y con la violencia en el cuello.

- ¿Cómo han explicado la muerte del muerto?

El forense hizo el acta de defunción. Miraría los dedos marcados, los morados de la vena obturada con tanta fuerza humana, calcularía el tremendo apretón, la rotura de la tráquea en los oídos del asesino y quedaría todo sobre su firma.

- Hubo de ser alguien de aquí, no había nadie en el edificio. El portero no vio nada extraño, sólo afirma que el contable entró y salió. Pero no es de fiar -tampoco el profesor parece de fiar con negaciones dobles en las manos- Todo es muy violento, puede haber escándalo, aunque no tuviese familia. Él no tenía familia.

Mientras la mujer rubia miente, a mí me parece que he olvidado todo. Que por un momento he olvidado todo y se presentan como fogonazos las conversaciones sin sentido que mantengo, las noches perdidas, los casos sin solución, las vidas sin problemas y sin solución. Supe entonces qué tenía que decir.

- ¿Qué quieren exactamente de mí?

Y supuse: una cabeza en el sentido de la visita, alguien rápido y culpable, una explicación a los dedos en la garganta, todo lo anterior al muerto, los momentos antes, la vida oscura, los años antes.

- Nuestra facultad no puede verse mezclada en un asunto así -el profesor deja la mano en el aire- no nos mueve la curiosidad, sino la depuración. Si nuestro contable ha muerto, si nuestro contable ha sido asesinado, queremos saber por qué y por quién.

Vinieron entonces las preguntas: con quién andaba el muerto, qué hacía, dónde vivía, quienes son los enemigos -como pregunta de la insistencia-, hora y copia de la defunción. La posibilidad de visitar el depósito y el precio de las horas perdidas. Acepté el caso, llevado por esa inercia, conducido por el malestar del cuerpo y la prisa: funcionamos así mi cuerpo y yo. Todo lo supe por la intérprete rubia, quizá era esa la explicación del absurdo: el profesor gesticulaba solamente y yo no sé el acento de los mudos.

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