martes, 2 de diciembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 11: NOVIEMBRE, HABITACIÓN DE HOTEL (HOTEL ROOM, 1931)



Le dolían las articulaciones de los dedos. Sudaba el cuerpo y dejó la ropa a los pies de la cama; se desnudaba entonces despacio, para notar su cuerpo, pasando el dorso de la mano por su cintura, con los dedos doloridos en las trabillas del pantalón. Se quitó despacio los calcetines, como él hiciese en aquella fotografía. La calefacción es insoportable en el cuerpo acostumbrado a las temperaturas rígidas de las ranuras de su casa. Habría sido imposible volver al hogar de siempre, donde esperaba la llegada de la sangre, de golpe en el pecho, a pesar de los años transcurridos. Habría sido imposible convivir en la misma ciudad con su hermano amancebado, con su hermano acompañado en la puerta de unos grandes almacenes, con una mujer que se le antojaba mancharía su cuerpo -tan exacto a él mismo- y que rasgaba con las uñas el pasado infantil, el encierro de la adolescencia en el amor mutuo, más que fraterno. Nadie puede concebir el dolor que siente el otro. Ni la mueca extraña que trae la muerte violenta, sin lo apacible del padre muerto. Por eso se refugiaba en el lugar tan común, un hotel tan parecido a todos los hoteles, todo simple y austero, vacío el armario del cuarto de baño con una sola y antigua pastilla de jabón. Una toalla que reponer. Sólo papel de membrete en la mesita, una tarifa de precios en temporada alta y baja. Sus ojos recorrían las imágenes que ya viese en la pantalla o leyese en los libros, novelas de los hoteles comunes, poemas de los lugares comunes, todos los detalles iguales como la realidad, intentando expresar la soledad en las habitaciones de hotel. Le pareció torpe el intento de enmascarar la soledad en las habitaciones de hotel y las fotografías. Pero él no tenía fotografía alguna, porque se encerró con lo puesto. Ni siquiera podía deshacer lamentable la maleta como los protagonistas de los viajes románticos, cada patria donde cayese el sombrero, fracasados, sin un lugar donde caerse muertos. El sí tenía un lugar donde caerse muerto -y nunca más cierto: caerse, hundirse, penetrar profunda y lánguidamente- un lugar donde morir y perderse de recuerdos. No era necesaria aquella fotografía del amor quitándose los calcetines negros, pues todos los espejos están en las habitaciones de hotel. Era la ventaja del huevo materno. Cuando se miró en el espejo, con la rodilla en la barbilla casi, flexionado sobre el calcetín, era su hermano en la fotografía. Delataba el lunar, su lunar en el espejo era simétrico, el lunar que tuviese el amor de los calcetines, aquel que no enrojeció como el rostro sin aire, en un forcejeo tan equilibrado. Nadie puede saber qué siente el trágico. Pensó en el embarcadero de los juegos adolescentes, el lugar de comunidad de la muerte. Se enfrentó así a la crueldad del suicidio, a la cobardía en el pensamiento, la valentía en la decisión y las consecuencias. Se acordó del familiar del cuello rajado, del padre llevado por los ojos empequeñecidos, de tantos que se fueron por la puerta. Sintió el deseo de unirse a la comitiva, tomar la antorcha y encabezar la procesión nocturna por los senderos del bosque que llevan al embarcadero. Quiso dejarse ir en el arranque y no tener que explicar a nadie historias oscuras y causas que el tiempo llevaba. Quiso romper el espejo poco a poco y terminó dibujando lunares con un lápiz de labios olvidado. Volvió a vestirse y tomó rumbo a la costa. Había decidido elaborar un recuerdo silencioso que nadie conociese: la muerte sola.

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