miércoles, 31 de diciembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 12: DICIEMBRE, EL DETECTIVE EN EL VESTÍBULO DE HOTEL, (LOBBY ROOM, 1943)


Algo que nunca entendí cuando empecé la investigación fue cómo la víctima pudo entrar y salir de la Facultad para aparecer muerta dentro de ella. Así me lo confirmó el conserje. Tras las cavilaciones, tras el trabajo moribundo de la noche, bebido, veía aparecer el muerto sonriendo en los bares alegres de la otra cara de la ciudad. Algo traía la impresión del suicidio, de la víctima muerta por la mano de la víctima, pero dice la experiencia que nadie puede asfixiarse a sí mismo, que hay que recurrir a objetos extraños antes de perder el conocimiento, sogas, barbitúricos o balcones elevados. No pudo estrangularse a sí. Pero estaba esa impresión de todo realizado por él mismo, entrar, matarse y volver a salir saludando. Sólo un detalle me condujo a la resolución. Quizá el orden no era el aparente. Quizá los meses no siguen su curso y yo me encontraba intentando ver la cara a un hombre que me daba la espalda, sin ser junio, pero siendo noviembre. Tardé en anudar las situaciones: un muerto con el pantalón por los suelos en los servicios de la Facultad a quien la faltaba un calcetín negro. Una secretaria compungida me contaba la aparición fatal de la muerte. Recordaba una cabaña en la costa donde pasaron juntos el verano y la aparición de un hermano de pronto. Y ese rostro que yo había visto en otro lugar. Elaboré las dificultades. Todo pudo empezar en una sala de cine donde la acomodadora no mira la pantalla. O en la casa de los asesinatos a cuchillo de un hombre poseído por su madre. O una oficina en una pequeña ciudad, un grupo de gente mirando el sol, y un encuentro sin palabras en una noche de verano. Así, todo debía estar en la salida de todo, en aquel bar nocturno donde un hombre me daba la espalda.
Visité el pequeño embarcadero, hablé con el viejo, pregunté por la secretaria y su muerto y me confirmaron su estancia allí el verano anterior. Y la llegada del visitante del cuál no quería hablar aquella mujer. El viejo actuaba como el conserje y no acertaba a diferenciar quién llegó y quién se marchó. Porque los rostros eran exactos: el hombre del bar era la cara del muerto amoratado que tenía el cabello entre el orín. Cuando llegué al vestíbulo del hotel, me confirmaron el apellido que esperaba y un hombre que huyó la noche anterior. El inspector ya se me había adelantado y charlaba con una señora sentada en los enormes sillones de entrada.


- Usted siempre llega tarde, Hopper.

Por mis conjeturas nunca corrió aquella idea: la carne entre los hermanos como motivo del fratricidio. Que se mantuviesen treinta años compartiendo la cama y el beso. Yo sabía desde luego, que los muertos con los pantalones bajados sobrevienen de los crímenes pasionales, pensé en la secretaria canija, agente doble, amante y bisagra, que sólo resultó ser un punzón en la cicatriz.


- ¿Y el tipo?

- Como si se lo hubiese tragado la tierra –fue lo único que dijo el inspector.

O el mar. Aquel hermano gemelo entró en la facultad, hizo el amor de pie en los servicios, como pago atrasado, como muestra de buena voluntad, de cariño que no se apaga, y tuvo la fuerza suficiente de romperle la tráquea a pesar. Después se sabría lo del embarcadero, una fotografía de un rostro arañado por los peces. Y una reseña mía, un lunar en el lado izquierdo, simétrico al de mi muerto.


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