sábado, 19 de julio de 2014

Propiedades del dinero. Estrofas 490-514. Libro de Buen Amor. Arcipreste de Hita.

Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar;
Al torpe hace discreto, hombre de respetar,
hace correr al cojo al mudo le hace hablar;
el que no tiene manos bien lo quiere tomar.

También al hombre necio y rudo labrador
dineros le convierten hidalgo doctor;
Cuanto más rico es uno, más grande es su valor,
quien no tiene dinero no es de si señor.

Y si tienes dinero tendrás consolación,
placeres y alegrías y del Papa ración,
comprarás Paraíso, ganarás la salvación:
donde hay mucho dinero hay mucha bendición.

Él crea los priores, los obispos, los abades,
arzobispos, doctores, patriarcas, potestades
a los clérigos necios da muchas dignidades,
de verdad hace mentiras, de mentiras hace verdades.

Él hace muchos clérigos y mucho ordenados,
muchos monjes y monjas, religiosos sagrados,
el dinero les da por bien examinados,
a los pobres les dicen que no son ilustrados.

Yo he visto a muchos curas en sus predicaciones,
despreciar el dinero, también sus tentaciones,
pero, al fin, por dinero otorgan los perdones,
absuelven los ayunos y ofrecen oraciones.

Dicen frailes y clérigos que aman a Dios servir,
más si hueles que el rico está para morir,
y oyen que su dinero empieza a retiñir,
por quién ha de cogerlo empiezan a reñir.

En resumen lo digo, entiéndelo mejor,
el dinero es del mundo el gran agitador,
hace señor al siervo y siervo hace al señor,

toda cosa del siglo se hace por su amor.

sábado, 12 de julio de 2014

WM3

El efecto de una trilogía de documentales sobre el conocido como Juicio de los Tres de West Memphis, sirve para reflexionar sobre las consecuencias que puede tener el cine en el entorno social. El trabajo de los cineastas Joe Berlinger y Bruce Sinofsky que realizaron tres documentales para la HBO sobre aquel juicio, entre 1994 y 2012, son presentados por Alfonso Salazar.


En 1994 se inició un curioso experimento sociológico, sin pretenderlo. Joe Berlinger y Bruce Sinofsky, dos documentalistas estadounidenses con escasa experiencia y una recién estrenada pequeña productora (Maysles Films), prestaron atención al juicio que se iniciaría en West Memphis (Arkansas) donde serían procesados tres adolescentes. La acusación acusaba a Damien Echols, Jason Baldwin, y Jessie Misskelley de ejecutar un ritual satánico con resultado de muerte en las personas de Christopher Byers, Michael Moore y Stevie Branch, tres niños de ocho años de edad.

Berlinger y Sinofsky se trasladaron con su equipo a una ciudad sureña del medio oeste americano que no supera los veinticinco mil habitantes. Es una pequeña población al otro lado del río Misisipi, frente a Memphis (en el vecino estado de Tennessee). La ciudad fundada por Hernando Soto en territorio chickasaw y afamada por su densidad musical en la historia reciente: fue el criadero de Elvis, BB King, John Lee Hooker, Alex Chilton, Roy Orbison… West Memphis es en la práctica un suburbio del gran centro de transportes que es su vecina homónima. Una localidad con un tanto por ciento de población negra superior al 50 % que progresó con la industria maderera y sobre todo con la estratégica situación en la red de tránsito rodado estadounidense, lo que le procura un importante papel en las operaciones de distribución y montaje. Sin embargo, West Memphis mantiene tasas de delincuencia por encima de la media nacional, con una cuarta parte de la población por debajo del umbral de la pobreza. Se encuentra en la zona que en EEUU es denominada el “cinturón de la Biblia”, que engloba el sureste y centro-sur del país, donde predomina socialmente el conservadurismo evangélico.

Los tres adolescentes -conocidos como “los tres de West Memphis“ (WM3) para la historia-, fueron acusados del asesinato y la mutilación sexual de tres niños en una frondosa zona alrededor de la ciudad, conocida como Robin Hood Hills. Los chicos habían desaparecido a principios de mayo de 1993 y fueron hallados sus cadáveres al día siguiente, en una zanja, casi desnudos y atadas sus extremidades por la espalda, como los cerdos. El diagnóstico del forense determinó que Moore y Branch habían muerto por ahogamiento y a Byers, además, le habían seccionado el pene y el escroto.

Tras algunos indicios que fueron desechados, Jessie Miskelley fue interrogado a principios del mes de junio durante doce horas y sin la obtención por parte de la policía de un permiso paterno. Miskelley tenía diecisiete años, un coeficiente intelectual de 72 y había abandonado la escolarización. Solo se grabó un amínima parte, una hora y media, de aquel interrogatorio. Tras la confesión, la policía decidió detener a Damian Echols, un joven de dieciocho años, con un historial donde figuraban una estancia en una institución mental, diagnósticos de depresión y tendencias suicidas. Echols, cuya familia era asidua usuaria de los servicios sociales, esperaba por entonces un hijo de su novia y había sido detenido anteriormente por vandalismo y hurto. Solía llevar camisetas de heavy, vestía con estética “gótica”, practicaba la wicca –una religión neopagana- y leía novelas de Stephen King. Tales argumentos fueron utilizados en el juicio. También fue detenido su amigo Jason Baldwin, dos años menor que Damian, un chico que destacaba en la escuela por su afición al diseño gráfico y coincidía con Echols en sus aficiones y en la aversión por el asfixiante clima social de la ciudad.

En cuanto los tres fueron acusados de la matanza, los ciudadanos de West Memphis se sintieron aliviados. Existían unos monstruos que habían cometido los atroces crímenes y se haría justicia. Se dirigió la ira de la comunidad hacia estos tres adolescentes, aparentemente involucrados en cultos satánicos. Los rumores sobre las actividades de grupos satánicos abundaban en esta comunidad predominantemente baptista desde décadas atrás. Los periódicos locales alimentaron la sed de sangre de la comunidad ,desde el momento en que se realizaron las detenciones hasta que los chicos fueron juzgados. Corrían por las tiendas de comestibles, bares y gasolineras historias de abominaciones satánicas, rumores, conclusiones de demostrada culpabilidad.

Fue en ese momento cuando Berlinger y Sinofsky se presentaron en West Memphis. Primero sería juzgado Misskelley de manera separada, y posteriormente Echols y Baldwin. Los cineastas recogieron en sus grabaciones el esperpento que supusieron ambos juicios: Misskelley fue condenado a cadena perpetua en el primer proceso. Baldwin obtuvo la misma pena en el segundo, mientras Damian Echols fue condenado a pena de muerte por inyección letal. Era abril de 1994. No había pasado ni un año del hallazgo de los cuerpos mutilados de los niños.

Lo que recogieron en su primer documental (Paradise Lost 1: The child murder in Robin Hood Hills, con música de Metallica) recoge un despropósito tras otro. Sinofsky y Berlinger solo mostraron respuestas de los implicados, sin preguntas: de los padres de los niños asesinados, de la policía, de periodistas locales, abogados y fiscales, de sencillos ciudadanos. Algunos de los protagonistas del documental tomaron un papel fundamental. En tanto filmaban el documental los directores recibieron, a través del cameraman Doug Cooper, una navaja entregada por John Mark Byers, padrastro de una de las víctimas. Examinaron la navaja y encontraron rastros de sangre, así que la entregaron a la policía.

La película tuvo éxito, y provocó acusaciones de una instrucción policial nefasta, de conclusiones extraídas sin fundamento, de interrogatorios ilegales y obtenidos bajo amenaza, de filtraciones, registros desastrosos, retractos, hipótesis alternativas que fueron desechadas despreocupadamente…

Los documentalistas volvieron en el año 2000 para grabar Paradise Lost 2: Revelations. La gran resonancia y buenas críticas de la primera entrega, la publicación de libros, había provocado una movilización en el resto del país cristalizada en grupos que consideraban que el juicio no había sido justo. Sinofsky y Berlinger, es cierto, no encontraron para su segunda entrega las mismas facilidades, por parte de las autoridades, que habían encontrado en la primera visita. Pero ciertos personajes, como John Mark Byers asumieron un papel inesperado, pues se rumoreaba sobre su posible implicación en el crimen. Byers, como inmerso en un reality show, asumió el rol protagonista, elucubraba hipótesis, teatralizaba, cantaba salmos religiosos, hacía prácticas de tiro sobre calabazas, como si fueran las cabezas de los condenados, a quienes condenaba con un cuidado y vengativo discurso bíblico. Bruce Sinofsky lo denominó "una de las figuras más interesantes de la historia del cine." 

En la segunda entrega, conocemos que Echols ha recurrido su sentencia a muerte y es apoyado por grupos llegados de todo el país. Se toman en cuenta nuevas pruebas y queda patente la chapucera gestión que una policía, sobrepasada, había llevado a cabo siete años atrás. Se publican libros, conocidas figuras del cine y la música toman partido, las redes sociales hierven en posturas encontradas, aquellos que apoyan a los WM3 contra quienes los consideran psicópatas culpables: los “suporters”, contra los “nons”.

Hubo una secuela más, Paradise Lost, 3: Purgatory, en 2011. Aquellos jóvenes han pasado dieciocho años encarcelados. El efecto propagandístico de la trilogía de los documentalistas ha procurado que Echols pueda recurrir a reconocidos forenses para realizar pruebas de ADN, que no se pudieron realizar en su momento, y espera poder obtener la celebración de un nuevo juicio. El equipo de abogados de los tres de West Memphis, que nada tiene que ver con la actitud del original, plantea las contradicciones y graves errores procesales cometidos en el año 1994. Entra en escena otro de los padrastros, Terry Hobbs, sobre quien también se centran sospechas. Testigos, familiares, implicados en la investigación comienzan a manifestar serias dudas sobre la comisión del delito. El propio John Mark –que ha perdido el halo de iluminado que exhibió- manifiesta sus incertidumbres.

Con la oposición de los juzgados menores, la Corte Suprema de Arkansas admite a trámite la apelación para decidir si debe celebrarse un nuevo juicio. Cuatro meses después se aplica una complicada argucia legal denominada Doctrina Alford, por el cual el acusado afirma su inocencia, pero admite que existen suficientes pruebas para condenarlo por el delito. De esta manera se alcanzó un acuerdo con la fiscalía, eso sí, sin poder iniciar una acción civil contra el Estado por encarcelamiento injusto. Fueron condenados por el juez a dieciocho años y setenta y ocho días, justo el tiempo que habían pasado en la cárcel, y a un incremento de diez años en libertad condicional.

Este último documental fue nominado en la entrega de los premios Oscar de 2012, tras recibir el Nacional Borrad of Review. Pero ganó otro documental (Undefeated), que sucedía en la vecina Memphis, en torno a un entrenador de fútbol americano que conseguía que una escuela del centro de la ciudad jugase por primera vez en 110 años un partido de playoff. Curiosa competición en Hollywood.

La triología de Berlinger y Sinofsky, iniciada en la era predigital, antes de la efervescencia de información a través de las redes, es un notable ejemplo de impacto del cine documental en la opinión pública. Si los cineastas no hubiesen tomado sus pertrechos y se hubiesen plantado en la puerta de los juzgados de West Memphis, la historia podría haber sido otra, muy distinta. Y es un documento impagable que muestra la fina línea que divide la verdad de los hechos del deseo comunitario, que mezcla las convicciones religiosas y el fanatismo con los procesos policiales y judiciales. Un experimento casual que, en definitiva, enseña cuánto de espectáculo tiene nuestra sociedad y la pervivencia de la caza de brujas en el umbral del siglo XXI.


Alfonso Salazar 

 

 

 


sábado, 28 de junio de 2014

LÁGRIMAS NEGRAS, de MIGUEL MATAMOROS (1894-1971)

Aunque tú me has dejado en el abandono
Aunque tú has muerto todas mis ilusiones
En vez de maldecirte con justo encono
En mis sueños te colmo,
En mis sueños te colmo de bendiciones

Sufro la inmensa pena de tu extravío
Siento el dolor profundo de tu partida
Y lloro sin que sepas que el llanto mío
Tiene lágrimas negras,
Tiene lágrimas negras como mi vida

Tú me quieres dejar
Yo no quiero sufrir
Contigo me voy mi santa
Aunque me cueste morir
Tú me quieres dejar
Yo no quiero sufrir
Contigo me voy mi santa
Aunque me cueste morir



jueves, 19 de junio de 2014

LA ESPAÑA REAL

Las estructuras pueden desvanecerse, pero son símbolos mientras están en pie y en tanto se hunden y se pudren. Incluso siguen siendo símbolos cuando el tiempo ha pasado sobre ellas, como apisonadora.

Este territorio que ahora algún político trasnochado, borracho de consejos de administración, llama “espacio público compartido” se le conoce en el resto del mundo como España, y antes se llamó las Españas, Imperio Español, Hispania, “este país” y otros muchas otras denominaciones. Siempre desde la trampa, que un buen filósofo desvelaría, de que juzgamos desde aquí y ahora lo que fue en otro tiempo y otro lugar. Por eso el resultado actual ha tenido distribuciones varias, flexibles extensiones, anexos, colonias, islas, tierras donde no se ponía el sol… Por aquí hubo guerras, conquistas, revoluciones, dictaduras y dictablandas, explotación, golpes de estado, persecuciones, expolios, exilios, expulsiones -muchas palabras con “ex”. Este territorio, este resultado casual, se resume actualmente en su vertebración espacial en una parte de la península ibérica, dos archipiélagos y dos ciudades norteafricanas. Pero como no puede presumir de una historia de buen gobierno, sigue dando vueltas en el sideral espacio del entendimiento en la busca de un acuerdo, un consenso que entronque sus realidades, sus lenguas diversas, sus sentimientos y sus banderas.


La disposición del planeta en países trazados por fronteras, en administraciones y gobernanzas más o menos afortunadas, parece a veces un sueño con indigestión. En las fronteras todo se filtra y se confunde, y ni siquiera en los centros de los territorios puede identificarse algo tan incorpóreo como la esencia nacional. Son estructuras pretendidamente sólidas –los estados- que se empeñan en pervivir, en un mundo fluido y cambiante, que se parapetan tras la unión de la Cultura, la Historia, la Lengua o las costumbres, y tratan de mantenerse firmes desde la convicción y la convención de que existe una administración que gobierna. El tema, lo sé, es mucho más complejo y hay cientos de sesudas obras que intentan explicar la cuestión del Estado y la Nación.



Pero sea como sea, cuando se trata de estructuras que se apoyan en conceptos democráticos de convivencia, es la suma de las opiniones de los ciudadanos quienes sustentan, aparentemente, y legitiman, oportunamente, el establecimiento de los poderes, y su simbología.

España es una monarquía constitucional. Hasta la fecha. No es una contradicción: una constitución no es inevitablemente una garantía de democracia. Plantear que el modo en que los ciudadanos se organizan es inamovible, es luchar contra el avance fatal del tiempo. La Historia ha demostrado que todo cambia, muchas veces a conveniencia de las generaciones de humanos coincidentes en tiempo y territorio.


La bifurcación Monarquía-República es un asunto con el que España brega desde hace siglos. Hace doscientos años el ejemplo francés y norteamericano cundió por parte del mundo entonces conocido. España llegó con retraso al empeño, con un caldo de cultivo propio, que muchas veces se ha juzgado deshilachado por sus variantes culturales y otras veces ha sido elogiado en su diversidad: según cante el gallo, según sirva para mostrar la marca del país, identificar individuales genios de la cultura o modernos héroes del deporte. Como las estructuras son símbolos, desde antes que nazcan y hasta después que mueran, levantar una u otra bandera, significa mucho más que el aprecio a un color u otro. No es nada nuevo.


La Constitución de 1978 aprobó, con el voto favorable de la mayoría de los españoles de entonces, un modelo de Estado, y una bandera. Ponen puertas al campo quienes pretenden que todo es inamovible. Juegan a las comparaciones odiosas quienes defienden que en la tradición vive la virtud y que constituciones tiene el planeta que han sobrevivido cientos de años. Es cuestión de cintura, de oportunidad de nacimiento. La gran mayoría de las constituciones surgieron de la revolución, de la demanda, de la exigencia a los poderes constituidos. La española surgió de una concesión a la calma, del miedo y de una herencia envenenada.

Plantear si la una es más cara que la otra es comparar géneros que nada tienen que ver: hay repúblicas baratas y monarquías caras, hay repúblicas costosas y monarquías de saldo. Todo depende de cuánto se quiere gastar la ciudadanía.

Sustentar que un modelo u otro es el más consensual, es algo que solo demuestra la máxima expresión de acuerdo, que es la suma matemática de la opinión de todos sus ciudadanos y sacar conclusiones.

Defender que la república es un proyecto exclusivamente de izquierdas, y democrático, es desconocer la historia de las repúblicas: hay repúblicas que no son democráticas y hay repúblicas que son dictaduras, de izquierda o de derecha. Y presumir que en las monarquías no existen políticas sociales es dar a esa cristalización simbólica de poder unas características de las que no goza.

En más de un país europeo los reyes son floreros, más o menos caros. A veces los reyes, que son símbolos siempre, plasman el orgullo de la historia y la esencia de la nación. Pero es muy probable que no sea el caso de España. Los vaivenes que fundaron este estado moderno así lo atestiguan. En cuanto la monarquía es un sencillo asunto sentimental, de cariño popular, donde la identificación se soporta en vítores del pueblo, souvenirs, escudos, selección nacional y procesiones por la capital, solo pervive tras esas manifestaciones la devoción del besamanos. El único besamanos decente se hace, por ahora, en las urnas y, siempre, en la política ciudadana activa y comprometida.


Promover que solo existe esa alternativa bifurcada de Jefe de Estado y Presidente de Gobierno, es escasez de miras. Hay estados sin doble representación, donde el jefe del gobierno es quien gobierna y representa el Estado, y punto.

Mantener una familia primus inter pares es una cuestión de estética con poca ética, con un tufo medieval, o si se apura, de Antiguo Régimen. Las monarquías modernas, constitucionales y decorativas son estructuras débiles, carne de papel cuché, dinosaurios en el museo. La igualdad se trabaja desde abajo.

Pero el símbolo es el símbolo. Y la aristocracia, los títulos nobiliarios, las dotaciones presupuestarias, la corte de banqueros exitosos, aforamientos y arbitrariedades, cabezas agachadas, reverencias, símbolos religiosos y militares, panegíricos unánimes de prensa y palacios vacíos e inútiles, súbditos frente a ciudadanos, desasosiegan. La inestabilidad que supondría la caída de la Monarquía preocupa por su simbología, por el miedo que provoca que las cosas cambien irremediablemente. Por si acaso lo establecido no es lo estable, y tras el descabezamiento de una antigua institución venga la de tantísimas otras que viven y perviven de prebendas e impunidades.


Temer los procesos constituyentes y pacíficos, más próximos o más futuros, es el reverso de la misma moneda que temió la primera transición hacia la democracia. Temer que la ciudadanía opine sobre los temas que le afectan, sobre los símbolos y las estructuras que se tambalean es un importante carácter de inmadurez. No todo ha de ser consultado, pero hay cuestiones que bien merecen una consulta. Sin miedo.

domingo, 1 de junio de 2014

LA DIGNIDAD Y LA INDIGNACIÓN

Que en las últimas elecciones ha ganado el Partido Popular y que el sostén de votos de los dos grandes partidos ha menguado de manera ostensible, lo dicen los números. Es cierto que los resultados no son extrapolables a la composición futura del Parlamento nacional, que pasará por las estrechas miras de la circunscripción provincial, esa que ahora parece más que nunca una estructura añeja y trasnochada. Al descenso del bipartidismo –cuya pujanza va por autonomías-, se ha unido una bocanada extraña al sistema tradicional cristalizada en Podemos, y otros partidos minoritarios. Los pequeños partidos suben, los grandes bajan.



Pero es muy probable que no se trate tanto de qué y mucho del cómo. No sabemos con cierta exactitud cuánto tiene que ver la revolución digital que ha reconvertido las relaciones sociales, y su espectro de modos de comunicación y participación, así como la crisis económica y social. Pero sí es cierto que ante las posibles respuestas de la ciudadanía, entre las que se podía esperar la del voto ultraderechista a la francesa, el censo electoral español ha optado por apostar escorado a la izquierda, y sobre todo, con más de un millón de personas prefiriendo un modelo diferente de participación.

El bandazo ha llevado al PSOE a reconvertir su método de elección de liderazgo -aunque, como siempre, a medias- y a las ofertas de izquierda clásica a mirar con otros ojos la herencia del 15M. Ya no se trata de quitar de en medio a la Vieja Guardia, sino de quitar la Guardia en sí, el partido enrocado. El Partido Político como instrumento entró en crisis y el galope de la abstención hizo el resto. Los partidos se quedaron en un castillo alejado de la realidad, criando y reproduciendo sus generaciones futuras, con el censo electoral en el tendido mirando y callando. A falta de análisis más profundos, uno tiene la impresión de que la movilización del voto hacia formaciones de diferente modo de acción, como Podemos, ha reclamado a muchos desengañados, al ofrecer la tenue esperanza de un modo diferente de hacer las cosas.



Las acusaciones, hacia una formación tan reciente -que poco ha mostrado, demostrado y que ahora toca levemente el poder, un poder singular y de arraigado escaso eco en la ciudadanía-, van desde el populismo al bolivarianismo, desde el acercamiento a las posiciones lepenistas como a la utopía programática. Pero el movimiento se demuestra andando: si estamos ante el inicio de un cambio en el modo político es algo que todavía no sabemos. Pero sí se percibe una movilización callejera, donde la política ha vuelto a la barra de los bares y las charlas de cigarrillo.

El populismo y la utopía programática son habituales reproches que los partidos tradicionales han enarbolado (junto al voto útil) para desmarcar las tendencias que no siguen los dictados de la partitocracia. Pero la utopía programática se sustenta muchas veces en una lectura radical (desde la raíz) de algunos presupuestos constitucionales y tratados internacionales. La ciudadanía organizada en Podemos cita a menudo el texto constitucional, aquel articulado progresista que nunca ha sido puesto en práctica. Y cita artículos de tratados firmados por el Estado en los últimos cincuenta años. Su implantación ha sido rápida y lo bastante dispersa para no considerarla un fenómeno local, sino una muestra de ecos unánimes. En casi todas las autonomías, la opción figura como cuarta o quinta fuerza de voto, y parece que por inesperada es más temible y un sinfín de salidas de tono corre por las tertulias de los medios de comunicación.



Podemos está pidiendo una reconversión de las más afiladas y contradictorias aristas del sistema: y es cierto, puede llamarse populismo a lo que la gente quiere oír, pero eso, no lo hace menos válido. El arte de la política tradicionalista enarbola la bandera de que lo justo es complicado e imposible, que desde fuera las cosas se ven fáciles, que los resortes del poder son complicados. Quizá la condena populista solamente camufla el temor y manifiesta el cautiverio. Pero ha de demostrarse en la práctica que la utopía es imposible, para que siga siendo utopía.

Su mercadotecnia ha utilizado las redes sociales, los presupuestos de campaña más austeros de la historia, el soporte de televisión, la figura emergente de jóvenes de treinta y tantos, y términos generalizadores -e inexactos, ambiguos, a veces-, pero de los que calan, como “la casta política”. En el electorado de Podemos, es probable, se mezclan decepcionados votantes del PSOE, abstencionistas recalcitrantes, votos antisistema de la derecha o la izquierda y votantes a quienes las propuestas de Izquierda Plural o Equo se le quedan cortas. Por eso, lo importante reside en el cómo antes que en el qué. Porque la propuesta de reorganización ciudadana, de participación activa, es un cambio de paradigma político.


La asimilación con los fenómenos políticos chavistas o lepenistas es un atrevimiento, o una lectura apresurada en todo caso. Podemos tiene un programa que se redactó para unas elecciones, la europeas. Pero es un proceso en marcha, vivo. La coincidencia de algunos de sus miembros en proyectos que hayan tenido relación con Venezuela, o la de postulados políticos que utiliza también la ultraderecha francesa son accidentes en un panorama que aún no se ha desenvuelto en su totalidad, donde abundan los espejismos, y donde se desarrollan las técnicas de enganche y camuflaje que suele utilizar el nacionalismo y la extrema derecha. A buen seguro, entre un millón doscientos mil votos pueden darse esas coincidencias ideológicas en algunos casos –o en bastantes-, pero es arriesgado presuponer que esos modelos (tan alejados, pero a la vez coincidentes en algunos aspectos) sean los que rijan en el futuro. Tan heterogéneo como fue el fenómeno del 15M, que permitió reconocer muchos movimientos que llevaban años fraguándose, de distintas procedencias e ideologías, es el proceso de Podemos.



Poner los recursos al servicio del ciudadano a través de recuperaciones estatales de sectores económicos, lucha contra el fraude y delito fiscal de las grandes empresas y los paraísos fiscales, una tributación más justa y redistributiva, la renta básica, los presupuestos participativos, la limitación de la acción de los lobbies y los oligopolios, la no discriminación, la garantía de los derechos fundamentales, la eliminación de las desigualdades, garantizar la educación, la vivienda, la ayuda a las personas dependientes, librar a los servicios públicos de los principios de competencia y mercantilización, replantear los referendums vinculantes,  promover medidas anticorrupción, incompatibilidad de los cargos públicos, limitación salarial de los cargos electos, el acceso al agua, la alimentación saludable, el sector energético al servicio de la sociedad … son principios básicos ante los que hay que retratarse y sobre los que se puede discutir largamente. Pueden ser populistas, por lo genérico. Pueden coincidir limitadamente con aspectos restringidos de dictaduras y grupos de ultraderecha –incluso la más siniestra dictadura tiene coincidencias puntuales y limitadas con la más inocente de las democracias. Puede ser un planteamiento utópico, por las cortas miras que lo juzguen. Pero en todo caso, sugieren que parte de la ciudadanía  ha dado un paso y quiere hacer de sus objetivos, Política.


Alfonso Salazar

domingo, 18 de mayo de 2014

Algunas greguerías, de Ramón Gómez de la Serna

Los globos de los niños van por la calle muertos de miedo.

El bebé se saluda a sí mismo dando la mano a su pie.

El sueño es un depósito de objetos extraviados.

Los recuerdos encogen como las camisetas.

La prisa es lo que nos lleva a la muerte.

En cada día amanece todo el tiempo.

El más sorprendido por la herencia es el que tiene que dejarla.

Es sorprendente cómo se mete la fiebre en el tiralíneas del termómetro.

La medicina ofrece curar dentro de cien años a los que se están muriendo ahora mismo.

En lo que más avanza la civilización es en la perfección de los envases.

El ventilador debía dar aire caliente en invierno.

Un país donde los que juegan al toro siempre encuentran quien haga de toro es un país paradójico progresivo.

La historia es un pretexto para seguir equivocando a la humanidad.

En las grandes solemnidades llenas de personajes uniformados parece que hay algunos repetidos.

No importa que nuestro vaso sea pequeño, pues lo importante es que la botella esté llena.

La gasolina es el incienso de la civilización.

Durante la noche, el gobierno está en crisis total.

Donde el tiempo está más unido al polvo es en las bibliotecas.


No se deben dejar las tijeras abiertas porque así podrán cortar el hilo del destino.

jueves, 1 de mayo de 2014

BIENVENIDA A UNA WEB

El pasado 29 de abril, se cumplieron 29 años del nacimiento del poeta Javier Egea (1952-1999). Esa fue la fecha elegida para abrir al público la web www.javieregea.com, con la que se pretende crear un punto de encuentro para los seguidores del poeta y un espacio para la difusión de su obra. Han pasado casi quince años de su fallecimiento, así que es una buena noticia que, al fin, tenga el lugar que se merece en la web.







LEER El capital

Hipócrita lector, hermano, camarada,
hoy me atrevo a contar tus años y los míos:
mira tanta ceniza
como una herencia gris entre las manos,
mira sangre o asombro tu corazón y el mío tiritando
sobre el extraño hedor de las palabras muertas.

Aventada la vida –sus pavesas–,
es urgente romper hacia otro norte
aun llevando en los pasos
la certeza diaria de la muerte.

Hoy es preciso un alto en la derrota.

¿Acaso en tu costado no latía,
no era la misma cicatriz en todos?
¿Por qué la soledad, cómo la muerte,
sino muérdago en flor de tanto expolio?

Hoy parece imposible aquella historia,
imposible y brutal tanto mar a lo lejos,
rosetta de los muros descifrados,
los raíles brillantes bajo el puente y miguel,
la ciudad adentrada en el estrago
y yo desnudo aquí y en público sangrando
como si nunca nada me hubiera sucedido.


Hoy sólo sé que existo y amanece.

Javier Egea (Coda, en Troppo Mare)