lunes, 14 de julio de 2008

LOS GÉNEROS DEL DOLOR Y EL ABANDONO: 01, TANGO MACHO

Julio Sosa apuntaba en su introducción a El Choclo que el tango es macho. Y así es el tango en la mayoría de sus letras. Las mismas que forjaron el mito del hombre dominante y despechado, de brazo delgado que reinventa la ley del asalto y la navaja. “La secta del cuchillo y el coraje”, según Borges. Pero siempre aparecerá detrás, como ocurre en todos los mitos, el lamento vigilante y desvestido de la virilidad, el llanto del ser solo, el estupor ante el rumbo de la vida.
Los grandes personajes del tango, que se vuelcan en una apasionada narración de su propia experiencia y nunca la ajena, son masculinos, dicen sufrir las vejaciones femeninas, se ven abocados al maltrato y el desengaño ante la vida como víctimas empedernidas. Gardel nos muestra el paradigma. Los personajes a los que ofrece su voz, por mano de Discépolo, Flores y tantos otros, son engañados continuamente por el paso del tiempo, por aquel amor que se fue, por el lapidario final de las épocas felices y los viejos tiempos. Casi siempre son objetos de una traición, una malquerencia que personifica una melena rubia y un andar canyengue. Si no son traicionados, ni se someten como aquel malevo a punto de entrar en la iglesia ya envenenado y sorprendido de sí -con el peregrino fin de rezar-, si son capaces de tomar las riendas de la situación, recibirán aún exentos de culpa y, de cualquier manera, tremendos vapuleos que soportarán con menguado estoicismo.
Otros muchos aspectos y por ende tangos, letras y letristas no pueden ser obviados.
Sobre el tango se erige una historia registral de cien años, una tradición que se extiende por cada ciudad y cada continente, de Japón a Finlandia, de Buenos Aires a París. Se distingue como una forma de contar válida en cualquier latitud. Tierna y comprensible a pesar del código lunfardo que hace insólita su expresión. El tango es mucho más: danza, música, literatura, un barrio para el mundo que recoge en los sucesos de su patio de vecinos las palpitaciones universales y fácilmente identificables que revestirá la pasión meridional.
Su comparación con el jazz, como músicas que parten de la localidad hacia la universalidad, no soporta las diferentes circunstancias de sus nacimientos, las venas del idioma, los ritmos. Aunque ambas manifestaciones constituyan un ciclorama euro-americano de entreguerras. Dejando a parte los puntos de inflexión de ambas manifestaciones, dejando a un lado la extensión de uno y otro y sus intersecciones, volvamos al punto basal del presente trabajo: el comportamiento de unos personajes y su vinculación ineludible a la interpretación y la creación, centrados por un dominio de género que las circunscribe. Es decir, el tango como texto interpretativo de su contemporaneidad.
El comportamiento del personaje masculino en el tango no es generalizado, es una virtud de las especies de amplio espectro. Por allí, el uno canta alegre el asunto adúltero de su mujer y el consiguiente abandono como quien se ha quitado un gran peso de encima -no sin mostrar una sutil dolencia que la mojiganga solapa-; el otro reconoce al amor de su vida en el amor reencontrado o vive en la continua evocación; aquel otro justifica el fin de la relación amorosa y turbulenta como la decisión más acertada, asumiendo la ruptura no sin cierto despecho. Otros tangos asaltan materias, disputan acerca de la amistad, cantan a la locura, al paredón o al último organito. Pero en muchos de ellos reposa el sedimento más amargo del destino fatal, desarraigado, irreversible. Aunque sea el individual destino del corazón machacado o el destino común que intenta sobrellevar alguna noche loca y rara de excepciones y borrachera.
El tango, cuando se hace más íntimo, resume al modelo de hombre en su soledad, borracho y desesperado, crispado, encendido en el lamento. Un grito de desesperación, forjado en su clase, para ser oído en el mundo. Y así lo canta. Aunque sea Malena quien cante “el tango como ninguna”.
Pero no sólo Malena. Muchas otras con nombres y apellidos se acercan al tango y cantan a la desesperación, sobrevolando los géneros. Desnudan el tango del pantalón rayado y el pañuelo al cuello, del sombrero ladeado y el acento gañán. Pero se adentran, por lo general, en los tangos que se nutren del paisaje urbano, la evocación melancólica de la juventud, el tango que canta y ensalza al Tango, las duras relaciones donde el género se diluye entre la lluvia. La voz femenina se encuadra en tangos sin precisión de género, pero se ve desasistida de tangos que le sean exclusivos, propios, intransferibles. Todo es posible, claro. Para la interpretación, dos cambios de género aquí y allá, como una manía que disipe cualquier capacidad transexual, consigue que algunos tangos puedan ser interpretados desde cualquier voz.
Vale. Pero hablamos del personaje que subyace, el que se identifica con la figura humana que pone la voz. Y no abundan los tangos que sólo puede cantar una mujer. Tangos acotados y reservados a timbres femeninos, cantados desde la mujer, existen. Pero quien vuelve una noche sólo puede ser ella y es él quien canta. Sólo es él quien se emborracha cuando no puede aguantar más, el mismo que deja la puerta abierta para hacerse la ilusión de que ella volverá. Él quien piensa no volver a apostar, quien deja a cada vuelta pedazos de corazón. Él quien promete ayuda y consejo para la eternidad.
Posiblemente estén los tangos condicionados por el sexo de sus autores -y su reconocimiento social en su entorno-, pues pasaría mucho tiempo hasta que la mujer irrumpiese en la composición del tango. Quizá la reafirmación de la condición masculina, el estereotipo fijado por el tango o simplemente como una manifestación de unas realidades sociales imperantes, el tango se asentó en la voz masculina y ahí se forjó.
Y esta es una observación a medias. Mucho son los tangos que no precisan de un género, como si fuesen tangos neutros que admiten la voz femenina o la masculina sin cambiar un ápice los adjetivos del dolor. Reside así su imagen fija en la voz cascada del hombre abandonado por enésima vez, que intenta transformar sin gran éxito su miseria, acrobáticamente, en una razón inevitable de la existencia.

Sobre cuchillos, Borges y Lorca

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