jueves, 10 de julio de 2008

MARAVILLAS BAJO TIERRA

El reverendo Charles Lutwidge Dogdson, nacido en el año 1832 en Cheshire era amigo de los cuentos, un tusitala de río inglés que acompañaba impunemente a discípulas jovencitas para encontrar lugares recónditos en orillas sombrías donde merendar. El precoz literato Dogdson, luego Carroll, fue un insistente estudioso de matemáticas: puras, algebra, geometría, materias en la cual era dado a publicar panfletos. Poeta, cuentista, pionero fotográfico, mago aficionado, pulcro anotador de todas sus actividades en diarios totalmente confesables, Carroll debía destilar olor a cura y aire de filósofo griego con levita.

El cuento de Alicia fue una inspiración: todos los presentes contaron que fue un 4 de julio de 1862. Todos coinciden en que estaban presentes las tres hermanas Lidddell: Lorina, Alice y Edith; el reverendo Duckworth y el propio Carroll. El lugar, una barca por el Támesis, cerca de Oxford, de cuyo Trinity College el padre de las niñas era decano.
Alice insistió en un cuento y aquel día el cuento se convertiría en inolvidable. Quizá sea demostración de los curiosos poderes de la inspiración, o lecciones bien aprendidas que hicieron en aquel momento de Carroll un iluminado paseando en barca y del exiguo auditorio afortunados oyentes de un médium-escarabajo negro literario. El cuento fluía con facilidad, y Alice se obstinó en conservarlo por escrito: aquella misma navidad, Carroll entregó a su pequeña devota el cuento escrito a mano e ilustrado. Este mismo manuscrito fue publicado veinte y cuatro años más tarde, cuando Alice ya era señora y con hijos.
No fue esta la primera versión publicada. En 1865, Carroll fue sometido a insistencias amigas y publicó una versión enriquecida en juegos y episodios (cerdo y pimienta, la merienda de locos) que se llamó Alicia en el País de las maravillas, a diferencia del manuscrito llamado Aventuras de Alicia bajo tierra, título que nos podría resultar algo tétrico en nuestro castellano y hoy en día, a dos metros bajo tierra.
En el mundo anglosajón fue un cuento que destapó la caja cerrada de la mente victoriana. Las inesperadas situaciones por las que atraviesa la protagonista desmembran la realidad, asientan el mundo de lo impredecible, nos sumerge en el estadio del sueño contado: animales que, por supuesto, hablan, desaparecen, vuelan sin alas; monarcas convertidos en juegos de azar cuya única ley es el nepotismo más grotesco; el tiempo como concepción alocada. Sin embargo, todas estas maravillas están unidas por una secreta ligazón: la fijación matemática de Dogdson consigue que lo ilógico se desarrolle en una sucesión lógica, matemática, pura lógica, estableciendo la plena diferencia entre lógica y realidad, sometida en aquel momento la segunda a la primera. Fortuna y voluntad se entrelazan en una carrera que describe el halo de lo que es en el mundo de las maravillas. Un lugar donde todo puede decirse.
Alicia pasa de un estadio a otro, en una inquebrantable superación de pruebas, inmutable muestra del cuento infantil, conducida por el lenguaje preciso y demoledor de Carroll, desbancando la realidad aburrida, escabulléndose hacia la diversión de los instintos y el derrumbe del miedo a lo desconocido. Estos elementos hicieron de un cuento infantil, nacida de peculiar inspiración estival, una tormenta para liberar espíritus y cerebros agarrotados. Todo el panorama de la felicidad se hizo posible en Alicia, las preguntas más incomprensibles encontraron su respuesta. Al fin y al cabo, los niños crecían y crecen en un mundo de preguntas incomprensibles a las que el adulto da una contestación enigmática. Sólo Carroll se atrevió a hallar respuesta dándole la vuelta al espejo. Los juegos de equívocos, las versiones de canciones en boga y propias de la tradición inglesa, nos confunden en las traducciones castellanas, algunas de ellas muy meritorias.

Pero ¿y la relación impúdica entre el reverendo y la pequeña Liddell? No dudo de que Carroll soñase con Alicia (¿o con Alice?)desde su jergón de cura. De las tres niñas la eligió a ella. Una muerte prematura de la madre, un puritanismo exasperado, solterón intachable, una asexualidad militante, aversión hacia los niños varones. Casi nada nos justifica la injerencia en la vida privada de Dogdson. Posiblemente todo es más fácil: Lewis Carroll, el pobre reverendo Dogdson, amó a Alice Liddell profundamente. Pero es, que no es poco: la amó

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