sábado, 27 de marzo de 2021

Poesía, de Gabriel Aresti

 Dirán
que esto
no es
poesía,
pero
yo les diré
que la poesía
es
un martillo.

viernes, 26 de marzo de 2021

Lo Poeta

Enseñando a nadar a la mujer casada

Juan Carlos Friebe

Esdrújula, Granada, 2021

 


«Enseñando a nadar a la mujer casada» es una de esas obras poéticas de las que uno oyó mucho antes de su existencia. Poco a poco, Juan Carlos Friebe iba diseminando poemas e ideas por recitales diversos (antes de la pandemia, cuando podíamos sentarnos juntos y juntas, nos convocó a una primera lectura, completa, de aquellas que hacen época). Friebe tiene una confianza ciega en la capacidad de esfuerzo y soporte de la estructura del verso, y esa fe, ese atrevimiento, tiene su recompensa. Sabemos que es un poeta extraño en el marasmo del siglo XXI, que afiló su estilete durante mucho tiempo en la piedra amolar de la tradición, pero que su discurso es atrevido, y valiente.

Conforme a un libro de atestado, Friebe somete a instrucción penal la ejecución de mujeres, por ser mujeres, a lo largo de la historia. Para ello elige cuatro nombres de ejecutadas: Margarita Porete, Juana de Arco, Mariana Pineda y Aisha Ibrahim Duhulow, para que nadie olvide sus nombres: santas, doncellas, místicas, heroínas, niñas, mujeres. La arquitectura narrativa del libro se estructura conforme a varias tramas: las actas del juicio a Juana de Arco en 1431; las fases de instrucción policial de un caso de asesinato machista; y las voces de las mujeres ejecutadas. Se trata de un libro de historia, pero también de un juicio a la historia, que comienza en el siglo XIV, pero termina en el siglo XXI. Pero no, no termina, continúa.

Las actas del juicio (tomadas a pie de letra), narran el proceso a la pucella, extraen las lecciones de las acusaciones a la mujer que se atrevió a hacer cosas de hombre y su proceso. En tanto otras obras tomaron a Juana como la figura de la tragedia y la injusticia (pienso en «Juana de Arco en la hoguera», por ejemplo, el oratorio de Claudel), aquí Juana es todas las juanas y todas las mujeres del mundo que son y fueron y serán: quemadas en la hoguera, ajusticiadas por garrote vil en el cadalso, asesinadas por navajazos en la cocina (‘Una mujer tendida como un trapo en el suelo,/rosado el camisón’), apedreadas en un estadio, muertas en el mar junto a una patera… Juana es la excusa del juicio anotado, del acta levantada, de la desfachatez de tomar nota del asesinato.

Simultáneamente, se ha cometido un crimen. El agente, el sargento, el comisario, protagonizan la pesquisa (‘Es como si la Historia se repitiese siempre. No sé si Usted me entiende’). En el lugar de trabajo de la asesinada alguien la echa de menos, y otros muchos (y muchas) ignoran y siguen su vida, como si nada, como la noticia de todos los días que cae y resbala y toman café con cruasán. En la parte que toca al atestado, también lo público, los medios de comunicación que entrevistan cómicamente, a la testigo, a la vecina que nada sabe, y aparece siempre al fondo la testigo muda, la perrilla preñada que todo lo vio, el fotógrafo que nada comprende.

El estilo pericial conduce la investigación: el proceso a Juana avanza en paralelo a los procesos pautados del atestado policial, que establece desde antecedentes de hecho hasta la autopsia, pasando por el levantamiento del cadáver, las inspecciones oculares… La sucesión de citas –eclécticas- iluminan el camino, porque no es sencillo trazar la investigación a través de los siglos, y poder conducir al lector por los vericuetos de la emoción que florece. Friebe hace fácil lo complejo. Cuando el poeta interviene en escena, cuando toma partido definitivo, amanece con la observación y el recuerdo: con brillantez brota la voz del poeta hacia el niño, como sucede en el fundamental (desde ya) «El Fargue», para la memoria poética de Granada y desde Granada, que no es mala plaza para esto de la poesía.

Friebe hace narrativa con el pulso poético más formal. Porque en lo formal, hace uso de un ramillete que va desde la perfección sonora de la cuaderna vía, al romance castizo, pasando por incursiones en la prosa poética, la conversación, el tono dramatúrgico de algunos textos. Es una virtud del poeta desde hace libros: formalismo y eclecticismo todo en uno, al servicio del mensaje por la vigilancia de la forma.

El poeta instructor, el poeta implicado, hace ajuste con la Historia y con todos nosotros, y en estos poemas se instaura la definitiva madurez y la ideología vital del poeta. O no debería decir ni el poeta ni la poeta, sino ‘lo’ poeta, como expone en ‘Patio de luces desde el río’, pues en el poemario trasluce la disolución de los sexos y el juego de los géneros, como en Juana. Así que, lo poeta ha llegado, porque ‘Haber sido querido no se paga./Haber sido feliz jamás se olvida.//Guardad este poema como prenda’.



Alfonso Salazar

Enseñando a nadar a la mujer casada


 

El Fargue, de Juan Carlos Friebe

 Era feliz o algo parecido.
 
Al menos tan feliz como pudiera ser
un crío bajo parras dormideras
al amor de su sombra perezosa,
con un viejo tebeo entre las manos
que ya se sabe casi de memoria.
 
Huele a vendimia y a fulgor de octubre.
 
O a algo parecido a tenue otoño,
a llovizna menuda y arcoíris,
a tierra húmeda y flama
como recién sacada de horno estío,
 
a tarde inexplorada,
                                a agua oxigenada,
                                                                tirita y regañina
 
por volver tarde a casa con la rodilla abierta
de perseguir ardillas con trampillas de nueces
y emborrachar avispas reventando las uvas
con su fiel tirachinas.
 
                                                    La hojarasca

cruje rota bajo mis pasos quedos,
y me detengo, y contengo hasta el aire,
y el corazón me late de puntillas
mientras mis pies se hunden en la tierra hojaldre,
pues recelo que el más leve sonido
delate mi presencia y, advertido del ruido
 
—de qué frágil sostén pende la dicha,
cuánto cuidado puse en que jamás me oyera—,
 
deja durmiendo a Sigrid, en la isla de Thule,
junto a un festón de tiernos pensamientos
y de amapolas lánguidas durmientes:
sus pupilas inquieren justo en mi dirección,
oculta en mi maleza sigilosa,
pero unas tiernas voces campanillas
distraen su atención y nos salvamos
de conocernos antes de saber quiénes somos.
 
(Tres zagalas del pueblo, camino del arroyo,
pasean tirabuzones y lazos, cuchicheos y
risas, secretitos del corazón que sus ojos
pregonan, bendita inocencia, amores
primeros. El tintineo de sus pulseritas
diluye, lentamente, mientras bajan a recalar
sus cestas de mimbre al arroyo, hasta que el
perfume de sus voces se pierde, cuesta abajo,
entre los brezos).

Husmea ahora curioso, con su mirada inquieta.
 
Percibe el movimiento de una sombra envuelta en matorral
muy seguro de que algo que le inquieta
está a su lado, tan tan cerca de él
que casi le hizo daño,
que casi casi, ay, que casi hería…
 
Hay algo que le aturde en la espesura:
presiento que sospecha de mí. Yo
también sospecharía de esta sombra umbría
que años más tarde
                                                        seremos nosotros.



(De Enseñando a nadar a la mujer casada, Esdrújula, 2021)