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miércoles, 31 de diciembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 12: DICIEMBRE, EL DETECTIVE EN EL VESTÍBULO DE HOTEL, (LOBBY ROOM, 1943)






Algo que nunca entendí cuando empecé la investigación fue cómo la víctima pudo entrar y salir de la Facultad para aparecer muerta dentro de ella. Así me lo confirmó el conserje. Tras las cavilaciones, tras el trabajo moribundo de la noche, bebido, veía aparecer el muerto sonriendo en los bares alegres de la otra cara de la ciudad. Algo traía la impresión del suicidio, de la víctima muerta por la mano de la víctima, pero dice la experiencia que nadie puede asfixiarse a sí mismo, que hay que recurrir a objetos extraños antes de perder el conocimiento, sogas, barbitúricos o balcones elevados. No pudo estrangularse a sí. Pero estaba esa impresión de todo realizado por él mismo, entrar, matarse y volver a salir saludando. Sólo un detalle me condujo a la resolución. Quizá el orden no era el aparente. Quizá los meses no siguen su curso y yo me encontraba intentando ver la cara a un hombre que me daba la espalda, sin ser junio, pero siendo noviembre. Tardé en anudar las situaciones: un muerto con el pantalón por los suelos en los servicios de la Facultad a quien la faltaba un calcetín negro. Una secretaria compungida me contaba la aparición fatal de la muerte. Recordaba una cabaña en la costa donde pasaron juntos el verano y la aparición de un hermano de pronto. Y ese rostro que yo había visto en otro lugar. Elaboré las dificultades. Todo pudo empezar en una sala de cine donde la acomodadora no mira la pantalla. O en la casa de los asesinatos a cuchillo de un hombre poseído por su madre. O una oficina en una pequeña ciudad, un grupo de gente mirando el sol, y un encuentro sin palabras en una noche de verano. Así, todo debía estar en la salida de todo, en aquel bar nocturno donde un hombre me daba la espalda. Visité el pequeño embarcadero, hablé con el viejo, pregunté por la secretaria y su muerto y me confirmaron su estancia allí el verano anterior. Y la llegada del visitante del cuál no quería hablar aquella mujer. El viejo actuaba como el conserje y no acertaba a diferenciar quién llegó y quién se marchó. Porque los rostros eran exactos: el hombre del bar era la cara del muerto amoratado que tenía el cabello entre el orín. Cuando llegué al vestíbulo del hotel, me confirmaron el apellido que esperaba y un hombre que huyó la noche anterior. El inspector ya se me había adelantado y charlaba con una señora sentada en los enormes sillones de entrada. - Usted siempre llega tarde, Hopper. Por mis conjeturas nunca corrió aquella idea: la carne entre los hermanos como motivo del fratricidio. Que se mantuviesen treinta años compartiendo la cama y el beso. Yo sabía desde luego, que los muertos con los pantalones bajados sobrevienen de los crímenes pasionales, pensé en la secretaria canija, agente doble, amante y bisagra, que sólo resultó ser un punzón en la cicatriz. - ¿Y el tipo? - Como si se lo hubiese tragado la tierra –fue lo único que dijo el inspector. O el mar. Aquel hermano gemelo entró en la facultad, hizo el amor de pie en los servicios, como pago atrasado, como muestra de buena voluntad, de cariño que no se apaga, y tuvo la fuerza suficiente de romperle la tráquea a pesar. Después se sabría lo del embarcadero, una fotografía de un rostro arañado por los peces. Y una reseña mía, un lunar en el lado izquierdo, simétrico al de mi muerto.

martes, 2 de diciembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 11: NOVIEMBRE, HABITACIÓN DE HOTEL (HOTEL ROOM, 1931)




Le dolían las articulaciones de los dedos. Sudaba el cuerpo y dejó la ropa a los pies de la cama; se desnudaba entonces despacio, para notar su cuerpo, pasando el dorso de la mano por su cintura, con los dedos doloridos en las trabillas del pantalón. Se quitó despacio los calcetines, como él hiciese en aquella fotografía. La calefacción es insoportable en el cuerpo acostumbrado a las temperaturas rígidas de las ranuras de su casa. Habría sido imposible volver al hogar de siempre, donde esperaba la llegada de la sangre, de golpe en el pecho, a pesar de los años transcurridos. Habría sido imposible convivir en la misma ciudad con su hermano amancebado, con su hermano acompañado en la puerta de unos grandes almacenes, con una mujer que se le antojaba mancharía su cuerpo -tan exacto a él mismo- y que rasgaba con las uñas el pasado infantil, el encierro de la adolescencia en el amor mutuo, más que fraterno. Nadie puede concebir el dolor que siente el otro. Ni la mueca extraña que trae la muerte violenta, sin lo apacible del padre muerto. Por eso se refugiaba en el lugar tan común, un hotel tan parecido a todos los hoteles, todo simple y austero, vacío el armario del cuarto de baño con una sola y antigua pastilla de jabón. Una toalla que reponer. Sólo papel de membrete en la mesita, una tarifa de precios en temporada alta y baja. Sus ojos recorrían las imágenes que ya viese en la pantalla o leyese en los libros, novelas de los hoteles comunes, poemas de los lugares comunes, todos los detalles iguales como la realidad, intentando expresar la soledad en las habitaciones de hotel. Le pareció torpe el intento de enmascarar la soledad en las habitaciones de hotel y las fotografías. Pero él no tenía fotografía alguna, porque se encerró con lo puesto. Ni siquiera podía deshacer lamentable la maleta como los protagonistas de los viajes románticos, cada patria donde cayese el sombrero, fracasados, sin un lugar donde caerse muertos. El sí tenía un lugar donde caerse muerto -y nunca más cierto: caerse, hundirse, penetrar profunda y lánguidamente- un lugar donde morir y perderse de recuerdos. No era necesaria aquella fotografía del amor quitándose los calcetines negros, pues todos los espejos están en las habitaciones de hotel. Era la ventaja del huevo materno. Cuando se miró en el espejo, con la rodilla en la barbilla casi, flexionado sobre el calcetín, era su hermano en la fotografía. Delataba el lunar, su lunar en el espejo era simétrico, el lunar que tuviese el amor de los calcetines, aquel que no enrojeció como el rostro sin aire, en un forcejeo tan equilibrado. Nadie puede saber qué siente el trágico. Pensó en el embarcadero de los juegos adolescentes, el lugar de comunidad de la muerte. Se enfrentó así a la crueldad del suicidio, a la cobardía en el pensamiento, la valentía en la decisión y las consecuencias. Se acordó del familiar del cuello rajado, del padre llevado por los ojos empequeñecidos, de tantos que se fueron por la puerta. Sintió el deseo de unirse a la comitiva, tomar la antorcha y encabezar la procesión nocturna por los senderos del bosque que llevan al embarcadero. Quiso dejarse ir en el arranque y no tener que explicar a nadie historias oscuras y causas que el tiempo llevaba. Quiso romper el espejo poco a poco y terminó dibujando lunares con un lápiz de labios olvidado. Volvió a vestirse y tomó rumbo a la costa. Había decidido elaborar un recuerdo silencioso que nadie conociese: la muerte sola. TODOS LOS CUADROS

domingo, 30 de noviembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 10: OCTUBRE, LA CURVA DEL PUENTE (MANHATTAN BRIDGE LOOP, 1928)




Las ciudades se poseen en la constancia, en el paseo habitual, en un recodo conocido. Como cerrar los ojos en la esquina y saber qué paisaje hay que reconocer, qué cartel a la derecha, qué puerta con aldabones a la izquierda, qué dibujo el terrazo del piso, qué estrecha, qué ancha la calzada, un aroma cierto en aquel café, una situación en la memoria de aquel café. Pero hay viajes que sólo tienen sentido en la presencia, que sólo tienen sentido en la ausencia. Así ocurría en el puente. Porque más allá del puente, en la fachada marrón, cuadriculada, en una ventana del segundo piso debía aparecer el amor humanizado, esa obsesión, aquel arrastre que obliga los pasos, la dirección de los ojos. A cualquier hora esperaba el movimiento de las persianas, la luz apagada a las dos, el frío siempre presente, todo atormentado. Al otro lado del puente se consumía en el odio, y llegaba borracho, insultaba en la distancia, daba razones al abandono, quitaba razones a la ausencia, comprendía el dolor, se regocijaba en una traición más grande que el rechazo. Cuando tú vuelvas, murmuraba, cuando vuelvas hermano. Vinieron los meses a desvestir el razonamiento, haciendo más entrecortadas las visitas, ocupándose otro entretenimiento cerca de lo cotidiano, frecuentar otros bares muy nocturnos, y supo que nada tienen que ver entre sí, el deseo, los días y la generosidad. El puente fue paso obligado, terreno sin miedo, compañía de ratas, solidaridad en la podredumbre. Pero aquella caída de los meses, aquel trastorno del inevitable camino, no seguir ya su rostro, no pensar: ya pasó por aquí, pudiese pasar ahora. Conocer los automóviles del vecindario, los vagabundos, el olor acre del río, no esperar ya la luz para saberlo en casa. No querer ya volver a verlo, con un padre muerto, con una madre muerta. Aquella caída de los meses deshizo el encanto de los alrededores. Evitaba entonces pasar junto el puente, temía su presencia, temblaba en la posibilidad de ver su ropa colgada en la ventana, o sus ojos mirando, desnudo en la vergüenza de ser descubierto. Pero el día de aquel aniversario, el luto de la madre muerta en una tumba sin lápida, aquel día fue el alcohol hasta el puente y estuvo de pronto mirando el río, recordando las tremendas riadas y traspasando el umbral que se prohibió a sí mismo. Cruzó tan trágico la curva hacia el puente con la mirada perdida. Gritó tan trágico en la curva hacia el puente con la mirada perdida. Gritó su nombre bajo la ventana, apedreó los cristales y un rostro de mujer desconocida apareció en el balcón mirando sereno al borracho. Supo entonces que el amor ya no vivía allí.

sábado, 1 de noviembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 9: SEPTIEMBRE, MAR DE FONDO (GROUND SWELL, 1939)




Avanzan botas entre las cañas. Ha dejado atrás el bosque pequeño y desnudo. El sendero de hojarasca lleva hasta el embarcadero. Puede reflexionar las sensaciones del otoño, la media tarde, cuando empieza el sudor a enfriarse y es necesario volver a la ropa de lana. La tradición asegura que el otoño es la estación de los muertos, la melancolía, la vida que deja caer su sentido. La experiencia asegura los muertos en cualquier estación, siempre pálidos y con los ojos empequeñecidos, y ese olor podrido que desprenden inconscientemente, momentos antes. El hombre se asegura en sus tradiciones y los muertos queridos: así avanza hacia la caseta. El viejo sigue en la mecedora, se duerme con la pipa, y tras el perfil de la gorra marinera se adivina esa tierra en marejada, ese oleaje de dentro, pero siempre azul. Los lugares se hacen comunes si aparecen en la memoria, sólo la memoria tiende el lazo, o la soga en su momento para estrangular el primer recuerdo en el embarcadero. Era la juventud y los dos juntos, unidos como siempre en la lealtad al destino truncado, al borbotón de traición en la infancia. Son esos amores, o llámalos tanto conocimiento, que crecen y se enredan y se confunden desde cuándo, cómo fue aquel beso primero, o sería como los grandes descubrimientos, poco a poco, esbozo a esbozo, prototipo a prototipo. Cada vez en mayor perfección. Aún así debió estar algún día el beso primero y profundo, el beso patente como un fantasma que se esconde en la memoria. El primer recuerdo de la juventud del embarcadero eran los cuerpos, desnudos los torsos, chillones los colores de la ropa, ajustado el bañador, aquélla época. Alquilaron al viejo el balandro y pasaron los día en el mar. Y espiaba el viejo qué hacían de noche en la cabaña los jóvenes del apellido común. Las mañanas eran la visita a la ciudad, visitaban el faro, conocían perfectamente el paseo marítimo, compraban el periódico y almorzaban en terrazas, mientras se iniciaba el desnudo del otoño como los cuerpos en la cabaña. Aquel septiembre amanece ahora, se da a conocer en las huellas sobre la hierba, sobre las cañas, así quedan las huellas de la primera visita. El segundo recuerdo del embarcadero, no ha cumplido el año. Una visita rendida, fruto de la casualidad, cuando ambos creían que ya el tiempo hizo su trabajo, que estar cerca no despertaría la intención en su carne. Y aquella figurita menuda, aquella secretaria, invitada extraña al paseo en barco, un símbolo para decir ésta es la recuperación, he reiniciado mi vida, me he levantado de los escombros, ésta es ahora mi compañía. Quizá no sabías, hermano mío, el dolor de saber tu cuerpo en otras manos, otra mano en tu timón, en el timón mío y sólo mío, hermano. El segundo recuerdo se cierra en un portazo, en un dolor agudo y el tigre de los celos. Termina en la cara de sorpresa del viejo, en el grito histérico de la secretaria -casi no recuerda dónde tendría ella su lunar- termina en un camino de vuelta entre las cañas y los juramentos. El hombre ha vuelto al embarcadero, habla con el testigo viejo y mudo, alquila aquel pequeño barco y parte al atardecer. Una maroma señala aquella soga. Las dos luces del faro, la guirnalda de luces del paseo marítimo es sólo el horizonte. O será también el horizonte los ojos del marino bajo la visera, uno el primer recuerdo dulce, otro el segundo recuerdo amargo. Ahora para nadie, piensa mientras clava el arpón en el fondo de la barca. Para nadie un tercer recuerdo, ahora, cuando desciende su cuerpo atado al ancla y ya sólo la quilla se señala en el oleaje.

viernes, 10 de octubre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 8: AGOSTO, EN LA CIUDAD (AUGUST IN THE CITY, 1945)




Eran ciudades sin costa, calles de olor seco en verano, asfixiante, y la única humedad se manifestaba en nuestro cuerpo, cuando volvíamos tras recorrer kilómetros en bicicleta, subir y bajar cuestas interminables. Entrábamos corriendo en casa -él siempre más ágil- para adueñarnos de los litros de leche y zumos de la nevera, para tirar la camiseta sudada al suelo de la cocina y reclamar pedazos de pan y chocolate. Nuestra casa lindaba con el parque y aprovechábamos a veces la tarde bajo los tilos, o contradecíamos órdenes y nos sumergíamos en el río sucio, siempre con el peligro del tifus en los oídos. Aparecía entonces el viaje guarda tras el bastón y éramos ardillas escalando árboles, tirando bellotas al tosco sombrero marrón que nos esperaba abajo. Otro chapuzón, otro niño proscrito desviaba la atención del guarda que emprendía la otra carrera, bastonazos y pasos hacia otra sombra escurridiza del parque. Los años y las fuerzas, dejaban el juego en tres persecuciones, y el viejo volvía a la pequeña garita, o se sentaba en el taburete del quiosco y pedía cerveza. Nosotros, presas sin juego, acechábamos desde lejos y contábamos las horas necesarias para la recuperación del viejo corazón acelerado del guarda. Podía pagarse nuestra crueldad con un tirón de orejas en el descuido, si caminábamos despistados diferenciando piedras blancas y negras, buscando formas en el barro seco junto al estanque. Y la consecuencia era la denuncia ante tus padres, el sermón del viejo, la amenaza del tifus -que suponíamos era un animal que buceaba el río- y dos o tres tardes de agosto mirando desde la ventana correr la vetusta figura del guarda, los compañeros encaramados a los árboles y siempre el descanso en el quiosco. Mi hermano y yo, gozábamos de gran ventaja. Exactos nuestros rostros, el viejo no acertaba a distinguirnos. Si alguno resultaba sorprendido, denunciaba al otro, imploraba perdón, juraba que la víctima del tifus era el otro. Daba igual qué nombre diéramos. El viejo jamás identificaría nuestros lunares simétricos. Así nos dejaba marchar una de cada dos y nos regocijábamos en el engaño. Pero aquel verano fue distinto. Quizá por el acoso y derribo de las carreras, por los litros de cerveza del quiosco, quizá por que le mordió el tifus, el guardia viejo desapareció un invierno. El sustituto era el bandido de cada película, el más atroz enemigo, rápido en la carrera, capaz de trepar a los árboles para alcanzarnos, brutal en el tirón de orejas que nos marcaba con un pitido irresistible. Llegamos a identificar a aquel guarda joven con el terrible tifus que dominaba el río, como si el tifus hubiese abandonado las aguas y se arrastrase ahora como un lagarto por todo el parque. Nos acorralaba en el momento que pensábamos ganada la huida, cuando a punto estábamos de alcanzar la rama salvadora, la guarida última. Era nuestra pesadilla. Todo enemigo terrible nos sorprende continuamente: el guarda joven aprendió pronto a distinguir nuestros lunares simétricos, identificó cada lunar con un nombre, con el más mínimo detalle que mi hermano y yo hubiésemos olvidado. Siempre intentábamos vestir igual, despistar así el halcón del parque. Pero quizá el gesto, un acento, el dedo escarbando más en la nariz -como hacía él- una forma de mirar atrás, nos delataba. Y éramos víctimas diferenciables. Soñábamos con él y su muerte, espiábamos sus movimientos, ideábamos maneras para deshacernos de él, envenenar la cerveza que no bebía, asesinarlo por la espalda. Pero lo veíamos marchar tranquilo todas las tardes en su motocicleta cuando no podríamos ya perseguirlo, sabiendo que al día siguiente volvería para ocupar nuestra inventiva. Nadar en el río y desafiar al tifus ya no tenía sentido alguno, el tifus se había adueñado de nuestro territorio y en él nos declaraba la guerra. Por eso nos extrañó no encontrarlo aquella tarde en el parque. Preguntamos en el quiosco y no sabían nada. Desesperados por no poder cometer un atentado más, volvimos más temprano que de costumbre a casa. Cuando vimos la moto del guarda cerca de nuestra puerta nos echamos a temblar. Mi hermano y yo nos dimos la mano. Estábamos perdidos, quizá el guarda contaba a nuestro padre todos nuestros planes de asesinato frustrado. Respiramos más tranquilos cuando no estaba el coche de papá en los alrededores. Subimos las escaleras esperando ver al guarda denunciarnos ante nuestra madre. Pero no nos denunciaba: cuando entreabrimos la puerta vimos el cuerpo desnudo del enemigo sobre el cuerpo desnudo de ella.

miércoles, 1 de octubre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 7: JULIO, ATARDECERES (SUNLIGHT ON BROWNSTONES, 1956)




Los puedo imaginar juntos ahora que conozco los detalles. Los imagino mirando este horizonte, las escarpadas montañas, desde el porche de una casa de campo. Ella se sienta en la baranda y él fuma en el quicio. No hay atardecer más bello, y en la memoria se cierne, como un recuerdo maniatado, ya atado, ya hundido: como el olor del cabello tras la ducha fría. Ella acaricia la madera, pierde ahora la mirada entre los árboles y señala los murciélagos que empiezan a aparecer, los trasnochadores que conocen a qué distancia están sus cuerpos, cuánto queda entre ellos, cuánto por delante de ellos. Quizás el bosque vespertino los retiene, hasta el momento de la colilla mordiendo el suelo obligada por la suela. Parece que es la hora. La toma de la mano y le felicita julio, susurra en su oído, mide su cintura. - Hoy hace dos meses -dice él. Rebusca en el bolsillo la caja, se la muestra, sonríe, acaso le promete amor eterno, a cambio del silencio sobre el pasado, no nombrar aquello que te dije, iluminar así la noche que nos viene, sernos únicos, todo a la vez. Este anillo nos señala, nos circunda, nunca escapes a los círculos de mi abrazo. Los imagino subiendo estas mismas escaleras, y tras de sí el atardecer que ahora mismo admiro. Ella murmura algo acerca de la felicidad, o las fronteras y las formas de la felicidad, sus secretos, la propensión escapista de la alegría, en lucha tremenda con la cerrazón del anillo en su dedo. Lo llevaré para que lo ensanchen, no te preocupes -él habla mientras el anillo vuelve al algodón. Una sonrisa deshace el frío del anillo, el hierro del círculo- Es demasiado estrecho, lo arreglarán. Hay otros anillos, los que se sienten. Ella siente el anillo en los brazos que le cercan ya en la habitación, en los abrazos desnudos que desabrochan la cremallera. Él se hace anillo y ella a su vez, concéntrica, interminable espiral de anillos cerrados y consecutivos. - No hace el calor que esperábamos -susurra ella bajo la sábana. Se esmeran los cuerpos en el suave frotamiento, investigan todos lo resortes, fuerzan el mecanismo necesario para cerrar el círculo, sumergirse en la espiral, carne con carne y que un momento todo se haga eterno, que suban y bajen por el muelle de los anillos, pierdan la conciencia, se derramen los líquidos. Las manos tientan, esperan el preciso instante las curvas, se acomoda un cuerpo en otro, se besan las bocas y hacen florituras los dedos. Es preciso el endurecimiento para cerrar el anillo. - No es preciso -murmura ella. Es preciso para sellar dos meses, para cerrar dos meses. Pero así como no hubo anillo en el dedo, no existe en el atardecer un dedo para el anillo.

viernes, 26 de septiembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 06: JUNIO, TRASNOCHADORES (PRETTY PENNY, 1939 Y NIGHTHAWKS, 1942)







Pero esta imagen no estaba en la sucesión de la historia. Era la única convicción que arrastraba en la noche. Durante años creí que la noche era tan voluble como yo, y con el tiempo supe que nadie debe vencer a su enemigo, que las retiradas a tiempo son derrotas, que los príncipes de la noche también tienen cuarteles de invierno, días de descanso entresemana, territorios incontrolables, víctimas, compañeros y extrañas formas del amor. Estaba la convicción en el estómago, serían maneras hepáticas de decir adiós para siempre. Yo debía estar en una gran casa, luminosa, a plena luz de la mañana de junio, atravesar una verja, pisar el césped, encontrar a quien busco -en pantalones deportivos, con una raqueta en la mano, con una sonrisa feliz y una mala noticia por mi parte. Pero yo estaba en una calle sorda, en el desasosiego nocturno. Yo introducía en el devenir de las cosas una imagen de un bar que encontré en un bar, y la calle estaba sola a esas horas. Esperaba que allí en la barra, los personajes recordasen algo que no les pertenecía, que nada tuvo que ver en sus vidas. La casualidad los puso lejos del engarce de las situaciones, y cerca del sentido de mi imaginación. Los trasnochadores estaban tan relajados como de costumbre y bajo ellos una acumulación de tabaco y fotografías antiguas, calendarios, provocaciones, bocetos, taburetes fijos y servilleteros. Todo estaba a través del cristal. No puedo aún explicar cómo llegué hasta allí. Sólo puedo hablar del bar y la calle oscura. Lo cierto es que traspasé el cristal y las caras eran conocidas después de tanta mirada fija durante tanto tiempo. Pedí café como los demás y comentamos, el camarero y yo, el clima extraño que nos trajo junio. Nadie podía confiar en mí. Reconozco sus facciones precisas y los colores vivos, la mujer atractiva y el camarero lavando vasos. Y aquel tipo a quién no conseguía ver el rostro, aquel que me evitaba. Luego supe que ya conocía su cara, pues era igual a la de ciertos muertos que pude conocer. Todo el relato está roto, porque siempre aparece de espaldas aquel a quien busco. Cuando el hombre y la mujer rubia iniciaron con el barman otra conversación sobre los yankees, el tipo que yo buscaba hundió su barbilla y quedó excluido para siempre de la charla. Si al menos hubiese reconocido su voz, el año habría terminado en ese momento. Fue entonces cuando la imagen quedó perdurable, con la sensación de quietud de los museos y los cuadros, abandoné a través del ventanal aquel café. Estaba de nuevo al inicio de la investigación. Definitivamente, no debí salir de las historias prefijadas, de aquello que debió suceder: la visita a la enorme casa luminosa del hombre sin rostro, o con el mismo rostro de los muertos que a veces acierto a recordar. Pero aquella salida de tono, aquella visita otra me llevó a la convicción que corresponde a los noctámbulos. La solución debió estar allí, como diciendo adiós desde el hígado.

viernes, 5 de septiembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 5: MAYO, OFICINA DE NOCHE (OFFICE AT NIGHT, 1940)




Él anotaba cuidadoso los números, afilaba el lápiz con el sacapuntas y me hacía estremecer. Se me pone la piel de gallina recordando el cuidado que ponía en las cosas, esa atención de la que no todos son capaces señor detective, creando un ambiente de delicadeza, retirando las virutas, poniéndolas en el cenicero, tomando la página siguiente entre sus manos, como yo las quería para mis caderas. Yo buscaba entonces en los archivos, casi distraída, mirando de reojo cómo se movían sus labios repitiendo en voz baja palabras escritas, como yo los quería para mi boca. Y era atronador esos puede usted marcharse, es muy tarde, ya seguirá usted mañana, no es preciso que haga eso ahora. Yo resistía hasta el último momento: tardaba minutos en tapar con la funda la máquina de escribir, me demoraba en el cierre de los archivadores, ordenando papeles que ya tuviesen orden, recogiendo un sobre olvidado en la silla, bajando cuidadosamente las persianas, eterna me hacía recogiendo el paraguas, poniéndome el abrigo y los guantes aunque fuese mayo, y me atrevía a comentar que hacía frío, que las anginas estaban aún inflamadas. Sería que la calle, en la luz de la avenida, tenía la ventisca de sentirse sola, saber que él, estaba allá arriba, tras la ventana y su sombra. Yo andaba despacio, esperando su voz cruzando de acera, recordándome a gritos que hubiese olvidado algo como siempre pretendí olvidar. Y hacerme la despistada, subir las escaleras con el corazón fuera ya y encontrar sus ojos tras la puerta perforándome. Pero sucedió sin olvido y a última hora. Algún asunto nos retuvo hasta medianoche en la oficina. Yo miraba continua sus manos sobre el escritorio, y las mías accionaban las teclas como si estuviesen en su pecho, la “A” un pezón, la “M” otro pezón, había ojos, bocas, partes blandas en el teclado que acariciaba mirando la rigidez del nudo de corbata, aquel cuello que tiembla en el recuerdo. Me levanté hasta el archivador sin dejar de mirar la sombra de sus manos en los libros contables. Supe su mirada de soslayo en mis nalgas. Y las sucesivas que ascendían mi cuerpo, cada vez menos separadas en el tiempo y de mí. Quizá fue mi boca el paso siguiente, cuando sus ojos despertaron o vinieron del desierto de los últimos meses, desde que empecé a trabajar en la facultad y mi cuerpo soñaba con el suyo. Sucedió el abrazo, la lengua profunda, la mano fuerte y desesperada en la carne, y todo se movía en la mesa de trabajo: el desnudo de los botones, la corbata desatada y su cuello para mí, los zapatos de tacón que caían, y la ropa descolocada en el suelo. Mis manos estaban sujetas al teléfono cuando nos dejamos ir, y me ardía el vientre, y él era una sombra que me dejó quieta y como muerta. Esto y los meses siguientes, las noches siguientes, una cabaña y un diván es lo único que sé.

domingo, 10 de agosto de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 4: ABRIL, DOS LUCES (LIGHT AT TWO LIGHTS, 1927)





Ellos no eran por la noche. Por la noche estaba una sustancia casi gaseosa que impregnaba sábanas y colchas de sexo. Luego, a las seis de la mañana, finalizados, se introducía la sustancia en grandes bolsas de plástico con formas humanas y colores chillones. Podían así, de mañana, ser ellos, pasear el bulevar, llegar hasta el faro y comprar el periódico. Ambiguos se acompañaban del extraño ser del sexo por el Paseo, tomadas las manos, pensando cómo de nuevo estar la noche, sustancia en un solo cuerpo, entrelazados piernas y brazos, pecho y espalda, como la sustancia única que eran, como la descarga salvaje, el temblor previo de unos músculos pequeños y tirantes. Luego la noche en su sustancia, la disolución de azúcares de una misma rama que surgía de sangre hecha en común. Así, abrazados, como transcurriese la infancia, ciudades sin costa, con la tranquilidad de la travesura vista por la madre, subían y bajaban el bulevar como tiras de color, banderas del faro, brazos de mar en todos sus tonos verdes y azules, reflejos del sol y barcas granates. Todo el día. Desde la temprana mañana el periódico en una mano, la mirada confusa del barquero cuando abandonaban la cabaña, el periódico en una mano, y en la otra ellos, uno y uno, sangre y sangre que vigilaban y untaban como mantequilla. Todo el día. Hasta la noche pensando qué nuevo vello descubrir, defecto, detalle, olvidar que fuesen conocidos en la adolescencia, cuando hermanos se miraban los cuerpos estallar. Esperar en qué momento eran todo sustancia y ni siquiera ellos se distinguían de tan conocidas las caricias, las manos que no se hicieron duras, el rostro tan similar, siempre confundidos a primera vista en sus paseos continuos por el paseo, de todo el día mano y mano, pensando pecho y espalda y todas las palabras que despreciaron: daño y amor fraterno. Porque no era el amor fraterno venido en sus sangres, sino amor de sangres que vino de lo fraterno, irremediable y en sus apellidos.

jueves, 31 de julio de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 3: MARZO, APARTAMENTOS (APARTMENT HOUSES, 1923)




La víctima de esta historia estudiaba en un piso compartido y espiaba por las ventanas las horas libres. Coleccionaba cada recuerdo, cada mirada, cada escena que hurtase a la vida otra y las guardaba con mimo en el pequeño almacén de lo propio y lo ajeno. La variedad de lo visto, la falta de criterio en la compilación, el apilamiento desordenado, la otra vertiente de su distinguido orden cuando se enfrentaba a las cosas, aparecían violentos si se asomaba tras los visillos. Nunca discriminaba en los recuerdos a elegir. Nunca tuvo la virtud del olvido, ni cultivó la voluntad de fijar lo deseado en la memoria. No pudo, o no quiso, así, construir la historia de sus recuerdos. La víctima de esta historia compilaba con urgencia y no reflexionó la diferencia entre el recuerdo propio y el recuerdo del recuerdo ajeno donde él figuraba. Lo tomaba como con los dientes y lo hacía suyo, y nunca quiso saber que hay recuerdos que no nos pertenecen. Recuerdos de la vida de otro, que sólo conocemos por narración ajena a pesar de la inflexión en la vida propia, aunque fuesen vividos por un mismo cuerpo. Y aquí se tradujo el olvido en la biografía, la confusión de los años y lo sucedido, la experiencia sin reglas de aprendizaje, la acumulación de imágenes -ficticias si no le pertenecían, en la envidia si las anotaba. Desde la ventana escrutaba las fachadas de enfrente y veía a un ama de llaves hacer las camas, a un criado llegar por detrás y levantarle las faldas, palpar los pechos turgentes y excesivos, agarrar los muslos bajo el delantal, y la cara de placer del ama cuando en arranques de lucidez corría las cortinas. Comenzaba entonces el goce de la inventiva en el protagonista tumbado, retomaba la escena y siendo él tan presente, animaba el cuerpo del criado, rozaba los pezones del ama. Y lo recordó como si siempre hubiese estado allí, como si no existiese la masturbación simultánea solo en su cama. Sumaba recuerdos extraños que viniesen de los áticos, o de los balcones inferiores de jovencitas, su mano alargándose a las cinturas de ellas, como cables eléctricos que pueden ir de acera a acera, en las alturas. Pero todo es el desnudo del joven cada noche. Como si se viese a sí mismo. La ventana abierta en verano, hombre en camiseta, torsos morenos e insultantes, mujeres en cortos camisones dejaban descansar sus muslos en el sudor de las rejas y las barandas. El protagonista apaga la luz y enciende un cigarro, suda también y deja a un lado la camisa y los libros. El joven de enfrente inicia el desnudo con la belleza de quien no es observado. Una respiración se hace fuerte. Engañan las estaciones aunque sea marzo, porque el recuerdo se fija en los meses de julio, todas las noches es julio y caen el pantalón y la correa al suelo, y no existen los pijamas. Descorre el protagonista levemente la cortina y mira el cuerpo desnudo a través de los cristales empañados. Será esta vez el recuerdo enredado al cuerpo del joven, quizá desatado en el delantal del ama, indiscriminados unos sobre otros. Anudados difícilmente los recuerdos, enferman las invenciones, la ficción duerme en el protagonista que anota uno a uno los recuerdos, que no ubica el espacio y el tiempo. Se elabora la biografía en los instintos. Nunca supo qué deseaba.

jueves, 3 de julio de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 2: FEBRERO, CARRETERA SEXTA (ROUTE SIX, 1941)




Nunca recorriste la carretera sexta como aquella mañana. Mantuviste entonces la reflexión posible acerca de los postes de la luz, el teléfono y la perspectiva. Cómo un huerto se viste de febrero y se inicia un cultivo profundo, un cuidado certero de los detalles en las rosaledas -dentro de unos meses, las rosas un estallido, diversos colores, recuérdame amor en primavera, cantas- toda la reflexión inútil sobre esos detalles de la mañana y los alrededores. Fue como siempre el paseo previo a la tostada y el café, el zumo de naranjas y la ducha. Tan temprano, habitualmente la casa sola blanqueada, el garaje trasero, ni un automóvil circulando. Aquí surge la reflexión en los postes, qué serías sin teléfono. Cómo se acercaría por sorpresa el amor, una noche los faros en el cambio de rasante, o en la curva más alejada, cuando tú desde la ventana superior intentas aclarar oscuros libros, encontrar un sentido en los números anotados entrelíneas, con el cuidado que se maneja el sexo. Sin teléfono el amor sería más impaciente. Casi apuñalando por la espalda te cegarían los faros en ese lance de la sorpresa, conocería tu memoria el ruido del motor. Conocerá tu intuición el momento previo, los brazos que vienen, los labios que se acercan, este abrazo esta noche, este domingo de la tarde sola. A mediodía cortas la cebolla sobre la mesa, aliñas la verdura, se asa lento el pescado, analizas la vitamina (o la falta de vitamina en la sangre), el peligro navegando en la sangre, secretos inconfesables, sangre común. Directas al corazón las vitaminas para mantenerlo fuerte, para susurrarle continuo no pares, no pares, tú eres mi vida, te prefiero a él, yo no sería sin ti mi corazón, yo no sería. Cantas otra vez. Has vuelto la tarde de domingo al paseo, con la tierra algo empapada, un olor lejano de humo verdoso, del humo húmedo de febrero, de las pisadas en el barro, las ropas cubiertas de moho, cuero, pura lana virgen, tonos marrones austeros aunque la mañana fuese luminosa. Tiemblas ante los pasos del cazador, de un guarda más allá de la carretera sexta –en los cotos vecinos perdigones ascienden al cielo, penetran los matorrales– y piensas quizá el amor esta tarde, cuando te decides entre la chimenea y el café, si posiblemente una copa de brandy y volver al tabaco por esta vez, la música apropiada para esperar los faros de ese coche, los brazos que se llegan, y en su cara traerá el frío del invierno, pasa y caliéntate, te sienta tan bien la barba a medioafeitar, tan dejado en el fin de semana, antes del lunes, cuando nos conozcan las corbatas en el trabajo, los trajes grises, los abrigos de tres cuartos, el olor de la colonia por encima de este profundo olor de la madera que se quema entre tú y yo y ahora. Sentaos en la alfombra, lejos de la mirada imperdonable y cerca del fuego. Desnúdate hermano y pon las manos en su cuello, besa las heridas que siembran su cabeza y su frente. Todo lo haces por la mañana para esperarme de noche, para consumirnos en la alfombra y recordar que fueron nuestros cuerpos jóvenes. Tremendos y jóvenes los músculos y este amor que llega más allá del otro lado.

martes, 10 de junio de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 1: ENERO, UNA CHARLA NOCTURNA (CONFERENCE AT NIGHT, 1949)





Hay ciertas propiedades que únicamente tiene el invierno: un temblor repentino, una aguja en los huesos, pero estos desarreglos intestinales que sólo encuentran soluciones en otras formas de la soledad pertenecen a todas las estaciones. La sensación se fraguó en la ginebra, veinte horas antes, de madrugada y en el despacho. Son estas las noches donde no admiten las vísceras insistir en las experiencias. Una huelga de brazos caídos, desprendidos todos los miembros. Pero trae el invierno la propiedad más tremenda: un círculo alrededor se hace más grande. Como si el frío endureciese, o quizá la ropa de abrigo interioriza la cercanía y los demás están más alejados. Al fin y al cabo también hibernan las cosas y todo se resuelve cuando un cuerpo se acerca. Con el círculo endurecido, el deseo de la liberación intestinal, con la nocturnidad de los pasos en los pasillos de las aulas: los ojos no se cruzan, no encuentran nadie en la facultad. En la habitación del fondo esperan el profesor y la mujer rubia. Habrá un ventanal proyectando luz en el interior. El conserje olvidó el recambio de las lámparas fundidas en este aulario, olvidó ese poder contra la noche, la sucesión interminable de las cosas, el redescubrimiento del fuego. Las maderas proclaman olor de tiempo, resabio de barricas que niega la bilis, o la afición a retomar los lápices de colores y las virutas del sacapuntas. Están hablando antes de mi llegada. Quisiera decirles este círculo más ancho, qué está tanto más alejado, aquel lápiz que prefería en la infancia, dónde está el retrete por favor, posponer la conversación hasta la mañana siguiente, cuando fumar ya no provoca dolor de cabeza, o cáncer, enfermedades cardiovasculares, complicaciones con la anestesia en una operación urgente. Y la queja del cirujano, echando en cara los años que se multiplican en cigarrillos, en ese consumo del aburrimiento. - Les ruego la máxima brevedad posible, me esperan en otro lugar -yo miento sin quitarme el sombrero. El profesor gesticula, pretende mayores importancias, desconoce que hay muertos sin sentido, que acudo por inercia a las llamadas en el contestador, que ni siquiera tengo intención de tomar asiento, ni dejar el abrigo para desnudar más aún el círculo duro que me impide llegar hasta ellos. - La situación es complicada -el profesor mueve las manos sentado sobre la mesa y prefiero las ranuras del pupitre, la genealogía de la creación: qué alumno aburrido, qué explicación soporífera, qué tribulación llevó el estilete a la madera. - Comprenda nuestra urgencia, señor Hopper -la mujer rubia habla, enciendo un cigarro, cruzo su escote, me pierdo en un canal-. Nos dirá que es preferible acudir a la policía. Lo hemos hecho. Pensamos que es lo mejor. Yo lo afirmo: y piensan ustedes bien, pero en virtud de mis intestinos y mi dolor de cabeza. Me callo los dolores y propongo que ellos son los más adecuados para decidir. Pienso huir, pero hago acopio de mi profesionalidad. No puedo prometer nada, digo, encontrar las causas de un muerto no es fácil. No puedo prometerles nada, repito. Quizá no entenderían la influencia del invierno, todas las propiedades afectivas del frío, porque les parecería absurdo, una incoherencia el muerto desnudo en los servicios y la relación de la temperatura en la calle. Lo encontraron esta mañana, explica el profesor. Estaba desnudo desde la cintura y con la violencia en el cuello. - ¿Cómo han explicado la muerte del muerto? El forense hizo el acta de defunción. Miraría los dedos marcados, los morados de la vena obturada con tanta fuerza humana, calcularía el tremendo apretón, la rotura de la tráquea en los oídos del asesino y quedaría todo sobre su firma. - Hubo de ser alguien de aquí, no había nadie en el edificio. El portero no vio nada extraño, sólo afirma que el contable entró y salió. Pero no es de fiar -tampoco el profesor parece de fiar con negaciones dobles en las manos- Todo es muy violento, puede haber escándalo, aunque no tuviese familia. Él no tenía familia. Mientras la mujer rubia miente, a mí me parece que he olvidado todo. Que por un momento he olvidado todo y se presentan como fogonazos las conversaciones sin sentido que mantengo, las noches perdidas, los casos sin solución, las vidas sin problemas y sin solución. Supe entonces qué tenía que decir. - ¿Qué quieren exactamente de mí? Y supuse: una cabeza en el sentido de la visita, alguien rápido y culpable, una explicación a los dedos en la garganta, todo lo anterior al muerto, los momentos antes, la vida oscura, los años antes. - Nuestra facultad no puede verse mezclada en un asunto así -el profesor deja la mano en el aire- no nos mueve la curiosidad, sino la depuración. Si nuestro contable ha muerto, si nuestro contable ha sido asesinado, queremos saber por qué y por quién. Vinieron entonces las preguntas: con quién andaba el muerto, qué hacía, dónde vivía, quienes son los enemigos -como pregunta de la insistencia-, hora y copia de la defunción. La posibilidad de visitar el depósito y el precio de las horas perdidas. Acepté el caso, llevado por esa inercia, conducido por el malestar del cuerpo y la prisa: funcionamos así mi cuerpo y yo. Todo lo supe por la intérprete rubia, quizá era esa la explicación del absurdo: el profesor gesticulaba solamente y yo no sé el acento de los mudos.

lunes, 9 de junio de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 0

Cuando Mariano Maresca, boqueando 1993, me regaló un calendario que reproducía doce cuadros del pintor norteamericano Edward Hopper (1882-1967) me propuso, como juego, escribir un cuento cada mes, basado en cada una de las imágenes. Así me lo propuse y lo hice. Pero no serían doce cuentos sino un sólo cuento, un cuento de intriga, de asesinatos, víctimas de amores inconfesados y traiciones desbrozado en doce escenas. Y lo seguí al pie de la letra. Casi. Cada relato, escrito uno cada mes, era independiente, lo cuál aporta una coral de personajes -un hombre muerto, una secretaria, un detective llamado Hopper y el extraño y escurridizo hermano de la víctima- de narradores que se suceden y a veces se desdibujan en el relato total. Pero faltaba un cuadro que resolviese la intriga. Ése cuadro me deslumbró una noche colocado como tarjeta postal sobre una barra de bar. Era junio y se añadió a los doce del calendario: Nighthawks. Ése no estaba en el calendario.







ENERO