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viernes, 13 de octubre de 2017

LA VIDA DE RAYMOND CHANDLER

La vida de Raymond Chandler
Frank Macshane
Alrevés, 2017

LEER EN LOS DIABLOS AZULES


De un tiempo a esta parte, afortunadamente, el género Noir suscita tanto interés como para que no quede circunscrito a la celebración de la veteranísima Semana Negra de Gijón. Granada Noir, Pamplona Negra, Getafe Negro, Las Casas Ahorcadas de Cuenca, el Congreso de Novela y Cine Negro de Salamanca y Valencia Negra se han hecho un hueco en la programación cultural española trazando un muy interesante circuito donde los escritores del género, cineastas, guionistas y sobre todo lectores, se encuentran y disfrutan de uno de los géneros más disruptivos de la historia literaria del siglo XX (y XXI). Si hay un nombre que aúna esa ascensión al reconocimiento artístico y la lealtad a una creación de género ese es el de Raymond Chandler.

Con motivo de la programación de Granada Noir (del 29 de septiembre al 8 de octubre de este año) se presenta la reedición de la biografía de Raymond Chandler publicada por Bruguera originalmente en 1977. El completísimo trabajo de Frank MacShane, La vida de Raymond Chandler, con traducción de Piral Giralt lo recupera la editorial barcelonesa Alrevés, cuando se cumplen cuarenta años de su primera edición.

Chandler fue un escritor que no fue escritor durante gran parte de su vida. Americano de nacimiento, por accidente, británico por formación y afecto, fue californiano nómada que inquieto, vivió en una continua mudanza. De carácter arisco, se casó con la mujer de un amigo –cuyo hijo luchó junto a él en la Gran Guerra- que tenía casi veinte años más que él. Borracho y mujeriego en diversas etapas, contable y aburrido oficinista, el pulp y Hollywood le dieron la oportunidad –y la aprovechó- de poder dedicarse en los últimos veinte años de su vida de sufrir y disfrutar de la creación de historias.

De su exigente trabajo surgió Philip Marlowe, ese detective duro y sentimental que desbrozó la senda abierta por Hammet y elevó el género Noir, lo puso en los anaqueles de las bibliotecas y los escaparates de las librerías –ya no solo en los kioskos-, lo editó en rústica y tapa dura, y forjó la idea –un continuo que llega hasta hoy- por el cual el crimen es cuestión social: corrupción política, dinero público para negocio privado, odio racial, violencia machista; no solo un juego de ingenio que reta al lector. Los jarrones venecianos expulsados al callejón fue la imagen recurrente (Chandler se la aplicó a Hammet en su ensayo El simple arte de matar, 1944). Aquellos jarrones de los saloncitos de palacetes londinenses de Agatha Christie que presenciaban los crímenes eran sustituidos por los gatos mudos que sobreviven entre la basura y la podredumbre de los callejones de los bajos fondos.
Junto con Hammett –con quien tan poco coincidió- son renovadores y maestros indiscutidos del género policiaco. Las siete novelas de Chandler son de una categoría literaria sorprendente en un campo en el que ningún lector, hasta aquel momento, esperaba tal calidad. Europa supo reconocérselo pronto. Chandler reveló el lado oscuro de la opulenta sociedad californiana en novelas como El sueño eterno, La hermana pequeña y El largo adiós. Ni es habitual en el perfil su tardía llegada al mundo literario ni su vida de insólito aislamiento. Por ello, porque muy poco se sabía de Chandler resulta imprescindible el estudio de Frank MacShane, quien se nutre del testimonio de quienes conocieron al escritor, de su correspondencia y sus textos inéditos.

El libro de Alrevés, una de las editoriales españolas que mejor catálogo negro presenta en España y que con más decisión apuesta por autores jóvenes, explica mucho sobre la evolución del hardboiled y sobre la vida exigente del escritor exigido de sí mismo. La vida de Chandler no fue apasionante, es cierto, pero hizo de la pasión su vida.

Alfonso Salazar

sábado, 8 de octubre de 2016

GRANADA NOIR, 2

Con Clara Pelalver, Alejandro Pedregosa y Antonio Lozano, el día de apertura de Granada Noir, 2, en la Biblioteca de Las Palomas del Zaidín (Granada), de charla sobre el noir y la mala follá.


Foto de Laura Muñoz Hermida

jueves, 6 de febrero de 2014

PAN, EDUCACIÓN, LIBERTAD

La última trilogía del Comisario Kostas Jaritos, el personaje creado por Petros Márkaris, ajusta cuentas con la crisis y la realidad social. Se ha desatado la ira de Márkaris.
Decía el profesor Juan Carlos Rodríguez que en España no pudo haber novelas policíacas porque sólo había torturadores. Y en Grecia ocurre tres cuartos de lo mismo: la dictadura fascista de Metaxás de 1936, que acabó con la bamboleante República de 1924 -con restauraciones monárquicas por medio-, la pertenencia al Tercer Reich, la división entre partisanos y colaboracionistas y la consiguiente guerra civil al fin de la II Guerra Mundial, la instauración de reyes marionetas de generales, la represión hacia los comunistas, la dictadura de los coroneles y una situación política que se estabilizó en los años setenta-ochenta. ¿No les suena la historia? Muy parecida a la del otro país europeo que mete los pies en el Mediterráneo, pero en el extremo oeste.
Para Márkaris, los policías eran algo análogo a la Derecha, así lo explicaba el propio autor en una interesente entrevista realizada por Achim Engelberg, titulada “Los extranjeros no deseados”, donde analizaba por qué eligió el perfil de un comisario de policía, Kostas Jaritos, para hacer lo que él denomina “crítica brechtiana” de la sociedad actual: Being a long-time left-wing activist, I had no sympathy for cops. In Greece, they had been a synonym for the fascists. But here I was with this petty bourgeois family. And then, for the first time, I realised that these poor policemen are petty bourgeois. They have the same dreams that their children can study to become doctors or lawyers. And that was the way this construction developed. A crime and a family story told in parallel, without being interwoven. (Durante largo tiempo fui un activista de izquierda, y no tenía ninguna simpatía por los policías. En Grecia, habían sido sinónimo de fascistas. Pero me encontré con una pequeña burguesía familiar. Y entonces, por primera vez, me di cuenta de que esos pobres policías son pequeños burgueses. Tienen los mismos sueños de que sus hijos puedan estudiar para convertirse en doctores o abogados. Así se comenzó a desarrollar esta construcción. Un crimen y una historia familiar contados en paralelo, sin que se entrelacen).

De ese panorama procede Kostas Jaritos, de un cuerpo policial que siempre fue sospechoso de convidarse con el poder de los militares y que contaba con un largo historial de represiones, cárceles y sótanos con el sudor del miedo pegado a las paredes (Makrónisos, Jaidari, Bubulinas). Para aquella policía tuvo que trabajar Jaritos, hijo de un carabinero, y allí conoció a compañeros sin piedad y enemigos con nobleza. Pero no todo en las aventuras de Jaritos es la mirada hacia atrás. La historia de la policía griega dejó en el camino a sus torturadores, y sólo aparecen como una terrible pesadilla, que incluso a veces –el retorno de aquellos fantasmas- posibilitan al comisario desbrozar algún enrevesado caso.

La ciudad que acoge a los personajes, Atenas, es tan sabrosa en matices, que facilita al autor un riquísimo repertorio del que echar mano: desde la proverbial burocracia mediterránea hasta el tráfico imposible de largas caravanas, claxonazos e insultos. Desde la vital importancia del fútbol al paraíso de las islas griegas y la placidez de las tabernas de El Pireo. Del sol y calor de agosto a los chubascos impredecibles de otoño. Todo ello en las calles retorcidas de Platka, en las avenidas señoriales de Monastiraki, por las carreteras siempre atestadas que llevan a Corinto o Salónica, las cuestas de Likavitos y los barrios y pueblos menos turísticos de Nea Filadelfia, Rentis o Kiffisiá. Y definitivamente, las instalaciones abandonadas de aquel sueño de las Olimpiadas de 2004, ahora refugio de inmigrantes ilegales, lugar ideal para ejecutar un asesinato 

Si hay dos asuntos que preocupan a Márkaris en sus primeras novelas son la recepción que se dispensa a los inmigrantes y el efecto de los medios de comunicación. Muchas de sus víctimas pertenecen a uno u otro colectivo. Mientras para unos reserva cierta misericordia, para los personajes vinculados con la televisión (sobre todo) aplica sus peores calificativos. Especialmente hacia el pijo periodista Sotirópulos o para los dueños de las cadenas de televisión reunidos de manera patética en El accionista mayoritario. La televisión, en las novelas de Márkaris, preside las vidas de los ciudadanos, los absorbe, los hipnotiza. Con ella convive Kostas Jaritos, mirándola siempre de soslayo, temiéndose lo peor: el ataque de los buitres sobre los pedazos sanguinolentos de los cadáveres, de almas destrozadas, de condenados que cumplieron condena y que ahora sólo deben preocuparse de la persecución de las cámaras.

Pareciese que Márkaris , un autor comprometido con su ideología, utilizase sus novelas para ajustar cuentas. Ha desatado su ira en su última trilogía (Con el agua al cuelloLiquidación finalPan, educación, libertad) que lleva por subtítulo “de la crisis”. Si ya se sospechaba que en la serie de Jaritos no tratábamos ante una colección de asesinatos planteados y resueltos -como la novela anglosajona entretenida en el perfil de los asesinos, en la integridad de los investigadores y en la arquitectura interna de la trama-, sino que nos hallábamos ante una suerte de novela costumbrista que ahonda en las razones sociales, Márkaris ahora toma nota y acta de la realidad actual y alimenta la ficción con la crónica. Maestros como los suecos Per Wahlöö y Maj Swöjall, en las antípodas geográficas europeas, iniciaron ese camino en los años sesenta. Montalbán lo hizo en la novela negra española. Y Márkaris ha tomado las riendas de una novela que ya no es negra por sus contenidos enrevesados, criminales o que generen suspense, sino negra por la realidad social que narra, por la fotografía de un momento crucial que intenta ser explicado y al que intenta aportar la necesaria luz.

En esta trilogía encolerizada aparecen los ultras de Aurora Dorada, los banqueros corruptos, la mayor tasa de desempleo joven de Europa, la crisis del ladrillo, y aquellos luchadores contra la dictadura –aquella generación de los setenta que copó el poder en los ochenta, tal y como nuestra clase política salida de la Transición- que instauraron un sistema de prebenda política, de colocación del amigo y de manoseo del dominio público. En la última entrega, cuyo diáfano título (Pan, educación, libertad) es el lema de lucha que derrocó a la dictadura, Márkaris dibuja un futuro posible y cercano donde el euro desaparece del Sur y los salarios prácticamente se esfuman, en tanto aquella generación política, que fue la esperanza del país, paga con su vida las consecuencias en tres perfiles bien reconocibles: un sindicalista, un catedrático y un constructor. 

Hijas de un costumbrismo mediterráneo, Márkaris nos muestra en sus novelas a su comisario, un familiar y desencantado Jaritos, un tipo, tal y como lo define el propio maestro turcogriego:Es un hombre de lo más corriente, que gana un mal sueldo, que tiene una familia a la que quiere y a la que tiene que alimentar y un jefe que le impone respeto y al que teme. Mediterráneo en la práctica, la mirada del Sur.


Alfonso Salazar


Noticias de la noche (Ediciones B, 2006)

Defensa cerrada (Ediciones B, 2006) 

Suicidio perfecto (Ediciones B, 2004)

Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos (Ediciones B, 2006)

El accionista mayoritario (Tusquets, 2006)

Muerte en Estambul (Tusquets, 2009)

Con el agua al cuello (Tusquets, 2010)

Liquidación final (Tusquets, 2011)

Pan, educación, libertad (Tusquets, 2013)

martes, 29 de noviembre de 2011

DETECTIVES EN LA GUANTERA, 13: MÉNDEZ




El policía más procaz de España -y Jerez- vive en el Barrio Chino, ése que ahora se llama Raval, de Barcelona. Su territorio linda con el Paralelo y las Ramblas. En su hábitat, el aire es tufo; y los alimentos llevan en su interior la legionela, la salmonella y otros nombres que podrían ser apodos de fulanas. Se trata de Méndez, el intratable. Un tipo que pasea con un pistolón de antes de la guerra y que utiliza, tan de cuando en cuando, que precisaría de una buena limpieza al inicio de cada novela.

Amó el individuo a todas las putas de la calle Mayor de las Ramblas, y alrededores. Se codea con lo más granado de la aristocracia del barrio. Pero el más canalla de la policía, tiene corazón. Y halitosis, fijo. Méndez es un espécimen que mezcla lo rancio de la policía franquista con el desengaño de los ochenta, reúne el pasmo de los noventa con un romanticismo premoderno, y en sus postreras aventuras se convierte en un ser tierno por dentro, duro por fuera, y no es una adivinanza.

Nació de los mejores delirios literarios del enorme Francisco González Ledesma. Al principio apareció como un secundario de lujo, y luego (a codazos con una copa de orujo barato en la mano), se hizo con serie literaria fija. Desde su aparición estelar de starring en Las calles de nuestros padres, y su asentamiento en la premiada "planetariamente" Crónica sentimental en rojo, nos ha concedido la gracia de su presencia en seis historias subsiguientes y una serie de relatos cortos.

Francisco González Ledesma es una de las gemas de alto calibre y de larga duración de la literatura española. Fajado en las novelas del Oeste, -aquellas de intercambio en los quioscos, cuando el libro era una vital materia de reciclaje de los sueños-, y bruñido en el periodismo, forma parte principal de la nómina de autores negros barceloneses. Hombre versátil, une a las profesiones dichas, la de abogado. Con Vázquez Montalbán y Eduardo Mendoza establece el triunvirato de la Barcelona de las Realidades, la de un esperpento con regusto a pasodoble. Aunque pudiese compartir un segundo triunvirato con Andreu Martín y Giménez Barlett, como hizo Julio César. Si se tratase de tres mosqueteros, Carvalho, hombre mucho más serio haría el papel del Aramis de este trío. Al Innombrado de Mendoza no le cabría otro papel que el del juerguista y pendenciero Porthos. A Méndez, inexorablemente, le queda el papel de Athos, viejo curtido, herido por el amor imposible, aquella Anne de Breuil del Paral·lel, pero ¿dónde quedó Milady de Winter?

Esas barcelonas paridas en los libros de esta, o aquella terna, tienen en común el paisaje retorcido y en desbandada de los barrios antiguos: sea Raval o Poble Sec. Lindan con el Exaimple de la burguesía melosa y sin humor, y con el restaurante exótico regentado por pijos que se dan ínfulas de viajes por el mundo y largo viaje en la bragueta. Son barrios que tienen siempre por delante, y por detrás, un antes y un después del año 92. Y conservan el amor por los cuchitriles donde sirven callos, por el vino en porrón, y muestran mucho respeto por los orines que mantienen en pie los vetustos edificios. A esas barcelonas se unen, sin remedio y para siempre, los escenarios de Marsé. Inolvidables. Maestrías Industriales.

Méndez, entre Aramis-Carvalho y Porthos-Innombrado, goza de uno y otro carácter. La canción cheli española debería rendirle pleitesía. En los textos de Ledesma rezuman retahílas, de la misma leche poética que ha chupado Joaquín Sabina. Porque Madrid es también, en los casos nombrados de triunvirato, un referente esencial para un polaco, sin más lealtad que la que el Barça le mantiene al Real Madrid: no son nada el uno sin el otro. Ricardo Méndez es el tipo que vimos girar la esquina del barrio vencido, el único policía que se apiadó de Puig Antich, el padrino que todo ángel con cara sucia debería tener.

La lista de secundarios en sus novelas sería interminable: como esos créditos que nunca acaban al final de una película y que nos impulsa a abandonar el cine, aunque creamos ser capaces de aguantar hasta el cartelito de “second unit”. Por ejemplo La Superioridad, el jefe de turno (han sido muchos los jefes que ha tenido Méndez, y todos terminaron por enviarlo a investigar los tocamientos masculinos en los urinarios públicos), varía y desvaría. Burgueses y advenedizos, chorizos recién salidos de la Modelo, padres justicieros que amamantan una venganza. Los periodistas son personajes inevitables (de casta le viene al autor) y entre ellos destaca Amores, quizá el personaje con más mala suerte del firmamento literario. Mala suerte que se adereza habitualmente con el hallazgo por casualidad de un cadáver, cuando a punto está el plumilla de mojar la minga por lo baratuno.

En escena siempre personajes desdichados: asesinos a sueldo con remilgos, contratantes inductores con mucho dinero y pocos escrúpulos, niñas asesinadas cuando deberían estar jugando a la comba, mujeres con un pasado enraizado en el maquis o un futuro a la sombra de Wad-Ras. Y casas de putas que ya no lo son y meublés que fueron. Inmigrantes sustitutos del cañí maleante, chavales descarriados antes de pasar el sarampión, cafés-bodegas abiertos veinte y tantas horas al día y todas las horas de la noche.

Méndez vive (si es que puede aplicársele verbo tan dinámico) en la trastienda de un bar. Sufre alergia al aire limpio de la parte alta de la ciudad. Aún desconocemos como pudo sobrevivir a París y Egipto: sí, como Poirot, tuvo su crucero por el Nilo. Olfatea el terreno podrido donde debió transcurrir su infancia -si acaso Méndez fue niño alguna vez-, en solitario. Los compañeros de Méndez reniegan del viejo perro sarnoso que consideran más un aparador en comisaría que un camarada. Un tipo con clase. Clase baja, pero clase. "Sospechoso para los franquistas porque cuidaba de los rojos en la cárcel, sospechoso para los demócratas porque había sido policía franquista, sospechoso para sus jefes porque siempre actuaba por su cuenta, sospechoso para los jueces porque no creía en la ley, sospechoso para los macarras porque protegía a las putas, sospechoso para las putas porque éstas no acababan de creer en lo de su impotencia y temían que se presentase hecho un tigre." Sospechoso.

Ledesma conserva una formidable pluma con más de ochenta años. Látigo del poder, cirujano de la podredumbre y la injusticia, segador de la ambición inmobiliaria, de la negra araña de la Iglesia y taladrador de la costra capital con dosis de acracia. Méndez es el personaje modelo de esa novela negra que bucea en la crítica social, con desparpajo, mala leche y mucho dolor. Si atravesó el desierto del franquismo -ése desierto que le inscribió en una lista negra, como un Dalton Trumbo a la española-, de la censura y la prohibición, fue para llegar hasta aquí, para legarnos a un personaje imperecedero. En Francia lo veneran. En España, muchos quisiéramos ser sus hijos. O sus nietos.


Las novelas de Méndez:

Expediente Barcelona, como personaje incidental. 1983
Las calles de nuestros padres. 1984
Crónica sentimental en rojo. 1984
La Dama de Cachemira. 1986
Historia de Dios en una esquina. 1991
El pecado o algo parecido. 2002
Cinco mujeres y media. 2005
Méndez. Serie de relatos, 2006
Una novela de barrio. 2007
No hay que morir dos veces. 2009

Blogspot
La Gangstera

(Octubre 2009. Alfonso Salazar)

miércoles, 23 de noviembre de 2011

APUNTES SOBRE LA NOVELA NEGRA: EL REALISMO DEL SIGLO XXI


Martes, día 29 de noviembre, 19:30 h
Mesa Redonda
Colegio Oficial de Arquitectos de Granada. Plaza de San Agustín s/n.
Alejandro Pedregosa y Alfonso Salazar mantendrán una conversación en torno a la novela negra y policíaca, en la que se hablará sobre los orígenes del género y su desarrollo, hasta llegar al momento de auge editorial que la novela negra vive actualmente,
Serán presentados y moderará el coloquio José Luis Serrano.

Sobre el tema, en este mismo Blog:
DETECTIVES EN LA GUANTERA
MÉNDEZ, 14
ERLENDUR, 13
KOSTAS JARITOS, 12
SALANDER Y BLOMQVIST, 11
SELB, 10
VÁZQUEZ MONTALBÁN, 09
MARIO, EL CONDE, 08
FABIO MONTALE, 07
KURT WALLANDER, 06
NOVELA NEGRA MEDITERRÁNEA
ERAST FANDORIN, 05
GORDIANO, EL SABUESO, 04
BERNIE GUNTHER, 03
GUIDO BRUNETTI, 02
SALVO MONTALBANO, 01



sábado, 12 de septiembre de 2009

DETECTIVES EN LA GUANTERA 12: ERLENDUR SVEINSSON




Los autores nórdicos suelen utilizar, como personajes, individuos solos y solitarios. La luminosidad familiar del Mediterráneo, o la pasión por su pareja, sólo pierde la color en la Barcelona cosmopolita, a veces deshumanizada, de Carvalho y Méndez. La familia es un concepto universal (en todas su formas: de la nuclear a la extensa, de la monoparental a la liderada por la abuela) que tiende a desvanecerse en la literatura anglosajona, sobre todo en los detectives de bajos fondos de los cuarenta-cincuenta del Siglo XX, que parieron la novela negra con culos de güisqui y resacas en gabardina.
El Mediterráneo alumbró los detectives con mujer e hijos, con problemas caseros y desplantes conyugales. Cuanto más ascendemos en latitud más solitarios parecen los detectives: Gunther viudo y con infelices noviazgos; Fandorin con la novia asesinada aún de blanco; Gunnarstranda y Frolich hacen pinitos torpones en citas de café; Blomkvist y Salander comen precocinados; el viejo Selb intenta rehacer una familia con una mujer, hijo incluido, para justificar el árbol de Navidad con adornos de latas de sardina; Wallander sólo tiene una hija (y un padre que sueña con viajar a Egipto); Poirot decía que tenía un hermano, Aquiles, otro nombre de héroe. La excepción más relevante la constituye el impávido Martin Beck de Sjöwall y Walhöö, con matrimonio infeliz e hijos con los que apenas habla, pero vacaciones en las islas: hasta que llegue el día de la separación.

Más abajo, hacia el Sur, Carvalho sólo tiene como familia al minúsculo Biscúter y la sufridora Charo; a Méndez no se le conoce; al Innombrado detective casual de Mendoza, una hermana puta. Pero es típica la situación de Montalbano, en constante involución con Livia, la norteña: detectives con pareja, y a ser posible con empleada de hogar. Mario, el Conde de La Habana, recupera a su amor de juventud y tiene la amplia familia de entrañables amigos, y sus madres. Similar a Montale, amigos, amores y vecinos. Jaritos sufre con los devaneos estudiantiles y amorosos de su hija y ve por las tardes aburridos seriales con Adrianí. El romano Gordiano aumenta su familia constantemente con la manumisión de sus esclavos. Brunetti es el modélico padre veneciano. Es decir, al Sur de París existe vida más allá del trabajo, hay tramas que no conducen al cadáver. Hay desayunos, almuerzos en familia, complicaciones domésticas, exámenes de la prole, compras en el mercado.

Ya que Erlendur Sveinsson, el personaje de Arnaldur Indridason, es islandés, su familia está descompuesta. Con la cincuentena cumplida aún no sabe porqué abandonó a su mujer y sus hijos hace veinte años. Eva Lind, su hija, pasea por el céntrico barrio del caballo, preñada y enganchada. Su otro hijo sólo aparece por teléfono. Su ex mujer, lo hace fugazmente, para recriminarle el abandono conyugal.

Islandia, a los ojos del Sur, resulta exótica. Una isla con una exigua población, bastante homogénea (como buen campo de pruebas para hacer experimentos de transmisión de enfermedades genéticas). Con noches largas como meses y días que cumplen las dos funciones del término (veinte y cuatro horas y claridad diurna). Historias de desaparecidos en la ventisca siguiendo sus ganados, rudos marineros hundidos cerca del círculo polar ártico. Gente que se habla de tú y por el nombre de pila, ya sea con los desconocidos o con los superiores jerárquicos.

Indridason trabaja desde cierto lenguaje poético. Si bien sus tramas no son contundentes, los temas de fondo contraen la dureza de la infancia, los recuerdos insepultos, la violencia de género (cuando no se llamaba así), y como una suerte de “Cold Case”, mucho más congelado, se resuelven casos de décadas atrás. Al menos en las novelas publicadas en España, recientemente, por RBA. Hay otra sociedad debajo de la nieve y el hielo, en la tierra fresca de la podredumbre. La pequeña isla que era envidia del capitalismo ahora anda en bancarrota. Reikavik es una capital de aluvión: gentes de pueblos llenaron barrios de obreros y braceros, se extiende por los valles y los lagos. En ese sótano social deambula Eva Lind. Hasta allí va Erlendur, intentando limpiar la culpa del abandono de sus hijos, allí conoce a niñas con quemaduras de cigarro, traficantes y asesinos a sueldo, frecuenta bujíos de opio y apestosas viviendas de squatters.

Otra Islandia. Como en un mantra, Indridason vuelve continuamente a otra Islandia. No sólo aquella subterránea donde posiblemente aparezca algún día muerta la esquelética hija de Erlendur, sino hacia la Islandia de antes: la del aluvión; la de la ocupación aliada (con permiso gubernamental, ante el temor nazi) que fue utilizada como base por ingleses y americanos; la de la fiesta orgiástica en el gasómetro, el día que se esperaba el fin del mundo con la llegada del cometa Halley; la de la fiesta de Thingvellir, trigésimo aniversario de la República. Erlendur termina por chocar con crímenes antiguos, en los que emplea una amplia serie de recursos policiales, que resulta altamente sospechoso.

Indridason peca de un artificioso manejo de los tempos de la narración. Retrasa el desvelo al lector de manera a veces más engorrosa que inquietante. Desplaza por los capítulos resoluciones que estaban a pique de un remate, de modo innecesario, quitando caramelos de la boca, sin arte ni motivo. Sucede sobre todo en La mujer de verde, donde el doble desarrollo de la trama confluye al final: un final desplazado de manera constante y sin justificación. Queda así la sensación de haber asistido a un juego de manos del autor, más que a un despliegue de contundencia narrativa y suspense.

Pocos son los secundarios en el ambiente frío de la soledad. Sigurdur Óli, antipático y joven compañero de Erlendur; Elínborg, policía curtida, creyente en médiums y eficaz. Y poco más, un jefe caradura que se da de baja para escaquearse y antiguos colaboradores de Jefatura. Una hija drogadicta y un hijo que no aparece. Una ex-mujer vengativa y tan desmejorada. Un hermano muerto, en la infancia, entre la tormenta. Y nada más. Qué vida más triste.

Libros publicados de Arnaldur Indridason, serie Erlendur, en castellano:

Las Marismas, RBA, 2009
La mujer de verde, RBA, 2009
La voz, RBA, 2010
El hombre del lago, RBA 2010

Artículos relacionados:
1001 libros
La Vanguardia
El País

(Septiembre 2009. Alfonso Salazar. Actualizado en diciembre 2011)

martes, 25 de agosto de 2009

DETECTIVES EN LA GUANTERA 11: KOSTAS JARITOS




El detective creado por Petros Markaris, el griego Kostas Jaritos, comisario de la Dirección de Seguridad del Ática, reúne todas las condiciones del tipo poco relevante en su vida privada, sencillo, marcado por la historia del país. Decía Juan Carlos Rodríguez que en España no podía haber novelas policíacas porque sólo había torturadores. Y en Grecia tres cuartos de lo mismo: la dictadura fascista de Metaxás de 1936, que acabó con la bamboleante República de 1924 con restauraciones monárquicas por medio, la pertenencia al Tercer Reich, la división entre partisanos y colaboracionistas y la consiguiente guerra civil al fin de la II Guerra Mundial, la instauración de reyes marionetas de generales, la represión hacia los comunistas, la dictadura de los coroneles y una situación política que se estabilizó en los años setenta-ochenta. ¿No les suena la historia? No es idéntica al otro país europeo que mete los pies en el Mediterráneo, en el extremo oeste, pero casi. La historia de aquí.

De ese panorama procede Kostas Jaritos, de una policía que siempre fue sospechosa de convidarse con el poder de los militares y que contaba con una largo historial de represiones, de cárceles y sótanos con el sudor del miedo pegado a las paredes (Makrónisos, Jaidari, Bubulinas). Para aquella policía tuvo que trabajar Jaritos, hijo de un carabinero, y allí conoció a compañeros sin piedad y enemigos con nobleza. Pero no todo en las aventuras de Jaritos es la mirada hacia atrás: ése es sólo un ciclorama desteñido. La historia de la policía griega dejó atrás a sus torturadores, y sólo aparecerán como una terrible pesadilla, que incluso a veces –el retorno de aquellos fantasmas- posibilitarán al comisario desbrozar algún enrevesado caso.

Hay más, porque la ciudad que los acoge, Atenas, es tan sabrosa en matices como para facilitar al autor un riquísimo repertorio del que echar mano: desde la proverbial burocracia mediterránea hasta el tráfico imposible de largas caravanas, bocinazos e insultos. Desde la vital importancia del fútbol al paraíso de las islas griegas y la placidez de las tabernas de El Pireo. Del sol y calor de agosto a los chubascos impredecibles de otoño. Todo ello en las calles retorcidas de Platka, en las avenidas señoriales de Kolonaki, por las carreteras siempre atestadas que llevan a Corinto o Salónica, las cuestas de Likavitos y los barrios y pueblos menos turísticos de Nea Filadelfia, Rentis o Kiffisiá. Y definitivamente, las instalaciones abandonadas del sueño de las Olimpiadas de 2004, ahora refugio de inmigrantes ilegales, lugar ideal para ejecutar un asesinato o irse de pesca a los canales de remo.

El fabuloso paisaje descrito por Markáris se completa con una serie de secundarios impecables. En su familia (un detective mediterráneo como debe ser, con familia), su esposa abnegada Adrianí, enganchada a las telenovelas y especialista en cocinar tomates rellenos. Y su hija Katerina, doctoranda en Derecho y amancebada –para desesperación de Adrianí- con Fanis Uzunidis, el médico que salvó a Kostas de morir infartado. Y en comisaría, con el poliédrico Guikas, Director General de la Policía, arribista, servil con los superiores y cruel con los subalternos; el policía Zanasis, que le salió rana en la primera novela; Kula, la secretaria del jefe, y sus colaboradores Dermitzakis y Vlasópulos, desesperados por esa manía del comisario Jaritos de seguir utilizando su Mirafiori, un vehículo ya anacrónico y sin aire acondicionado con el que resulta imposible combatir el desesperante calor de las avenidas atenienses repletas de coches. Y personajes del pasado: Zisis el comunista a quién vigiló en Bubulinas y Kostarás, el policía asesino que terminó recluido en un asilo.
Si hay dos asuntos que preocupan a Markáris son la recepción de la inmigración y los medios de comunicación. Muchas de sus víctimas pertenecen a uno u otro colectivo. Mientras para unos reserva cierta misericordia, para los otros, los personajes vinculados con la televisión (sobre todo) aplica sus peores calificativos. Especialmente hacia el pijo periodista Sotirópulos –personaje continuo en la serie- o para los dueños de las cadenas de televisión reunidos de manera patética en “El accionista mayoritario”. La televisión, en las novelas de Markaris preside las vidas de los ciudadanos, los absorbe, los hipnotiza. Con ella convive Kostas Jaritos, mirándola siempre de soslayo, temiéndose lo peor: el ataque de los buitres sobre los pedazos sanguinolentos de los cadáveres, de almas destrozadas, de condenados que cumplieron condena y que ahora sólo deben preocuparse de la persecución de las cámaras.

En su primera novela, una periodista es asesinada; en su tercera un suicidio se realiza ante las cámaras; en la cuarta alguien intenta terminar con la publicidad en televisión asesinando a los modelos publicitarios. Inevitablemente, y a la espera de que Internet lo remate, la televisión y sus tejemanejes terminan por hacer la vida aún más difícil al Comisario Jaritos.

La última entrega publicada en España (“Muerte en Estambul”) evoca un viaje que tiene mucho de sentimental. Al fin y al cabo, Markáris es un griego nacido en Estambul. Por allí anda Jaritos, y como la inevitable Jessica Fletcher se tropieza con un asesinato (un cadáver en Grecia, una asesina en Estambul) y buceará en las calles turcas, acompañando a un grupo turístico en el que le enredó Adrianí, redescubriendo la historia de los griegos de Turquía. Otro homenaje a la historia griega.

En conclusión, y sólo tratando de detectives euromediterráneos frente a los adustos detectives españoles –aunque Carvalho disfrute de las habilidades culinarias de Biscúter-; frente al elegíaco, melancólico y marsellés Fabio Montale; frente a los italianos –el aburguesado Brunetti, un cínico Montalbano-, aparece el familiar y preocupado Jaritos, un tipo, tal y como lo define el propio Markáris, (...) de lo más corriente, que gana un mal sueldo, que tiene una familia a la que quiere y a la que tiene que alimentar y un jefe que le impone respeto y al que teme.


Novelas de Jaritos publicadas en castellano:
Noticias de la noche (Ediciones B, 2006)
Defensa cerrada (Ediciones B, 2006)
Suicidio perfecto (Ediciones B, 2004). Descatalogado.
Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos (Ediciones B, 2006)
El accionista mayoritario (Tusquets, 2006)
Muerte en Estambul (Tusquets, 2009)
Con el agua al cuello (Tusquets, 2011)

Mapa de "Muerte en Estambul"

(Agosto 2008. Alfonso Salazar. Actualizado en diciembre 2011)

lunes, 27 de julio de 2009

DETECTIVES EN LA GUANTERA 10: SALANDER Y BLOMKVIST




Escribir sobre Larsson es una tarea que se hace perezosa. En los últimos meses (no años: su primer libro lleva, en castellano, año y poco en las librerías) se ha escrito tanto, incluso en este blog (Detectives en la guantera, 6), que parece casi todo dicho. Para rematar, tenemos incluso versión en cine del primer título, que la crítica no demuele, quizá porque la zarpa de Hollywood anda lenta o no dio el tiempo suficiente para triunfar saltando el océano.

Ya se ha dicho y escrito sobre el patético final del legado de Larsson, sobre su muerte al filo de inicio del éxito, del enorme ciclorama desplegado sobre la podredumbre del Estado del Bienestar… Sobrevuela la trilogía Millenium la posibilidad de una tetralogía, con esa coda sin terminar, con un proyecto de siete pensado desde que en el año 2001, parece ser, empezó Stieg a pasar las noches aficionándose a escribir novela negra, inspirándose en los personajes de Astrid Lindgren (Pippi Calzaslargas Salander y Mikael Kalle Blomqvist).

Las poéticas traducciones de los títulos de sus libros al castellano, otorgándole un hálito del que carece en los originales, se aprecia como una estrategia editorial inapelable. Aunque en la primera entrega cambiasen el incisivo “hombres que odian mujeres” por el lírico y compasivo “hombres que no amaban…” Hay cosas que es mejor no plantear desde el principio, debió pensar Destino, que encargó tan apresuradamente las traducciones –el tirón no podía perderse- que los equipos de traductores cometieron deslices imperdonables que sólo las reediciones podrán dispensar.

Finalizada la lectura de la saga en unos tremendos libros de varios kilos que me han provocado incluso una tendinitis (dos noches, a doce horas cada una, cargando con un libro en cama, es mucho peso), las conclusiones caen por el mismo peso de encuadernación. Es cierto que estamos ante un fenómeno editorial. Cabe preguntarse si se trata de un fenómeno literario. Los efectos no son nada perniciosos. Leerse tres ejemplares de ochocientas páginas, venderlos por kilos, como si se tratase de aquellas antiguas novelas del oeste, ha obligado, sin duda, a que el número de páginas leídas por español al año alcancen un nuevo récord. Eso debería decir la estadística a esa sensación que sobrecoge las librerías reales y virtuales.

Sin embargo, anida al lector un extraño estremecimiento al rematar la trilogía. La primera entrega fue como una tormenta tremenda en el páramo de la literatura. Una historia larga y tan bien trenzada, unos personajes con definición más que digital-HD, un panorama de desolación trazado sobre el mapa feliz de Occidente, un escritor de raza surgido de la nada helada del norte. Una alternativa a Mankell, un nieto de Sjöwall y Wahlöö, bien parecido literariamente, heredero de postín. Una novela, en definitiva, con lo mejor de la novela: agarra del cerebro con fuerza, aprieta las horas de la noche y el día, agota al lector físicamente en ese esfuerzo por no abandonar la trama, cueste lo que cueste, arañando momentos a la ocupación diaria. Es la mejor sintonía que puede ofrecer la literatura: ser feliz en ese secuestro que propone una novela, un Síndrome de Estocolmo (qué acertado al caso) cuya única pesadilla es que termine, que haya que abandonar el zulo de la narrativa.

Lo consiguió a la primera, aunque ciertas jergas informáticas y largos discursos de ingeniería financiera internacional dejasen regusto a ciencia ficción. Consiguió hacerse un hueco en la apretada sala de espera del éxito, donde colocó a Salander la asocial y a Blomkvist –sonriente y apañado, qué buen chico-, con asiento de primera fila, a punto de alcanzar la rampa. La segunda entrega –La chica que jugaba con fuego en el original, ahí se perdió una metáfora para el título en castellano-, mantuvo el tono, aunque comenzó a desvariar en una larga trama de conspiraciones del Estado, de planes secretos ejercidos por pandillas de policías al margen del control democrático, de cómo los psiquiatras venden el juramento hipocrático a cambio de hacer la vida imposible a una niña… Esperábamos que la tercera diese el giro hacia una realidad más cercana, hacia ese regusto que dejó la primera entrega. Pero La reina en el palacio de las corrientes de aire, es una sencilla consecución de la segunda novela -una segunda parte de la segunda parte contratante-, una extensión de la misma trama llevada hasta las últimas y decepcionantes consecuencias.

Dos y Tres forman una sola y la Uno se queda sola, más sola que la una, manteniendo enhiesto el baluarte de la buena novela. Quizá las excepcionales expectativas trazadas en Los hombres que no amaban a las mujeres, haya supuesto una aduana excesiva. Muchos avisaron de que podíamos estar ante un bluf. Yo he caído en ese desaliento. Y con tendinitis.

Novelas de Stieg Larsson

Los hombres que no amaban a las mujeres. Destino, 2008. También en Círculo de Lectores.
La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Destino, 2008. También en Círculo de Lectores.
La reina en el palacio de las corrientes de aire. Destino, 2009. También en Círculo de Lectores.

Más sobre Stieg Larsson

La serie Larsson
La Vanguardia, septiembre 2008
Artículo de Lorenzo Silva en El País
Visitar Estocolmo con Larsson, en ABC

Mapa de Millenium, 2

Julio 2009. Alfonso Salazar

jueves, 14 de mayo de 2009

DETECTIVES EN LA GUANTERA 09: GERHARD SELB




Schlink es uno de esos autores que se convierten con el tiempo en piezas fundamentales de la literatura europea. El lector ajustó cuentas con toda la generación alemana del Milagro Económico y con la anterior –a veces, la misma- que encumbró el Horror Nazi. Llevada ahora al cine –cuyo resultado a día de hoy no puedo valorar*-, la novela resultó una sorpresa contundente: se podía hablar de la tragedia nazi desde la propia Alemania. Ya inició el ajuste de cuentas Sebald en su ensayo Sobre la historia natural de la destrucción. Ensayos sobre la memoria y la destrucción, no sólo de los vencidos, crueles, sino también de los triunfadores –cómo no, crueles también: al fin y al cabo. Aquí viene al pelo, salvando ciertas distancias, aquella recordada frase de Fernando Fernán Gómez en sus bicicletas son para el verano (Pero no ha llegado la paz, Luisito: ha llegado la victoria). La magnanimidad escasamente alumbra a los vencedores.

Alemania es un marco apetecible para el desarrollo de la novela negra. Aquí hemos hablado de la tetralogía de Kerr (con su detective Bernie Gunther), que se convirtió en el mes de marzo 2009 en pentalogía, y prosigue hacia la hexalogía, heptalogía. Las andanzas de Gunther, pasan por Perón, Evita y Mengele en el paquete, para seguir en las aventuras por el cono sur del detective más berlinés y más cáustico del planeta de la novela negra (suponemos que ahora huido a Montevideo). El marco alemán fue utilizado también en novelas como Berlín 1945 de Pierre Frei, una suerte de memorias y evocación de las ruinas alemanas, con trampa en el giro final.

Gerhard Selb abunda en esa revisión de los pasajes históricos alemanes que menos páginas ocupan: los nazis que renunciaron –u ocultaron- su pasado y a sí mismos. Al fin y al cabo, dentro y fuera del difícil ejercicio de la literatura, era inevitable que siguieran siendo seres humanos. La moral dictaría otra cosa. La Historia cuenta los cadáveres en las cámaras de gas –y fuera de las cámaras, ahí sí la terrible y escalofriante historia de Helga Lohmann en la novela de Frei. Y no olvidamos.

La lectura fácil del "todo es bondad y todo es maldad" no tiene lugar en la literatura que busca la reflexión y procura enseñarnos nuestra cara de conejo en el espejo. Es ahí donde caminamos por el filo de navaja que nos procura la reflexión. La trilogía de Selb tiene ese trasfondo: el protagonista es un sesentón que fue fiscal nazi, que fue apartado al final de la guerra y que, cuando llegó el momento de readmitir a aquellos funcionarios, no quiso volver al aparato de la justicia. Muchos compañeros, según dice el protagonista, se tomaron la readmisión como un proceso de reconocimiento: se equivocaron con ellos (pensaron) y las aguas podían volver a su cauce, expiadas las culpas en los procesos de Nuremberg.

No se podía responsabilizar a todo un país: unos pocos pagaron con su ejecución –o el suicidio en el búnker como pago anticipado-; algunos más con el encarcelamiento de por vida ya fuese en Spandau o enjaulados entre la persecución implacable del Mossad y el instinto de Wiesenthal. Otro segmento de la población fueron tamizados con la depuración –como Selb. Y los más estaban sometidos a leyes de obediencia debida y a la limpieza de manos pilatiana que ejerce la urna en un momento de arrebato –podríamos decir- como 1933, o bien, la debilidad de la República de Weimar, el miedo tras las noches de cristales, cuchillos e incendios, quién sabe. Y tantísimos quedaron bajo las ruinas engendradas por los bombarderos aliados. El resto es exterminio, exilio y apisonada resistencia.

Pero no fue así para Selb: él nunca volvió a reasumir su puesto en la fiscalía. Posiblemente estaba asqueado de los papeles asumidos durante los negros años del nazismo donde tantos pusieron de su parte o se dejaron llevar. Schlink ya nos condujo al camino que nos llevó a darnos de bruces con todo nuestro pasado en El lector. Allí el joven inocente no sabe –o no puede- tomar una postura en blanco y negro frente a su antigua amante. Todos grises. Tan gris como la decisión de Selb de mantenerse en su oficio de detective privado, que pudo antojársele una salida provisional en algún momento.

Selb muestra una ética propia que deambula siempre entre hitos capitales de su biografía: sus antiguos fantasmas de la II Guerra Mundial que proceden del frente de Polonia; la muerte de una mujer sobre la que siempre sobrevuela la ausencia del amor y esa ruta alfombrada de cariño que trae el trato; los amigos de la infancia y de la juventud que cambiaron la esvástica por el éxito social y económico…

Llegados los setenta años, casi, la moral hace aguas, la vida se contempla con una amargura que puede conducir peligrosamente a la igualación. En Berlín, en un viaje que le lleva a la extinta –siempre se dice extinta- República Democrática Alemana saqueada por los tiburones rusos y las pirañas de la muy notable y aseada Europa Occidental, un grupo de skinheads obligan al protagonista a jalear el saludo nazi, pero terminará arrojado al canal del Landwehr. Exactamente la misma escena que se producirá dos días después, esta vez lanzado por un Grupo antifascista. Es decir, todos abofetean a Selb. Quizá una cuenta pendiente con su pasado: fue nazi y no cumplió. Parece nazi para los comunistas y se muestra poco entusiasmado –sospechoso de izquierdismo ¿socialdemócrata quizá?- para gritar “Heil, Hitler”, según los jóvenes cabezas rapadas nazis.

Los personajes que acompañan a Selb en su trilogía se acomodan a ese panorama. Unos, personajes que pudieron estar en mitines de cervecería muniquesa: explotadores dueños de plantas químicas que escalaron gracias al nacionalsocialismo; banqueros de pocos escrúpulos que navegan siempre en cualquier agua; terroristas de la Bader Meinhof vendidos por treinta monedas de dólar; fieles guardaespaldas, compañeros de brazalete con cruz gamada hasta el final de sus días, dispuestos a crujirle el cuello a cualquier disidente por orden de su antiguo Oberfürher –o lo que fuese- de la Schutzstaffel; viejos jueces rehabilitados con ojos de cerdo… Y otros, fruto del crisol alemán, del milagro y la inmigración: Brigitte –pertinaz novia- y su hijo germanobrasileiro Manu; el siempre enhiesto sexagenario doctor Philipp con su novia turca Füruzan; Eberhard, el campeón de ajedrez y Willy el ornitólogo; la educada y melómana Babs; Nägelsbach, un policía retirado aficionado a reproducir el Coliseo de Roma con cerillas, y su señora, más perspicaz que él; Giovanni, el camarero italiano del Kleiner Rosengarten (con quien juega al “alemán-conversa-con-trabajador-emigrado”); Tyberg, el hombre de Estado capaz de perdonar a aquel fiscal que instruyó su causa y le llevó a la ruina y el exilio –y a otros como él al campo de concentración-; inocentes muchachas convencidas de que podrían acabar con la inmundicia capitalista a través de una bomba casera y cándidas secretarias de dirección incapaces de oler el pestazo de los sucios tejemanejes de sus jefes.

Entre menús grises que evocan la patata con col blanca, morcillas calientes –a veces solomillo stroganoff, sopa de gulasch caliente-, regado con sambuca y cerveza negra, Selb navega en la repulsión hacia la ausencia de toda conciencia de la propia culpa. Ese es el eje, la gama de grises donde se confundieron los gritos fervorosos hacia Hitler, ya reconvertidos en un silencio laborioso que puso a Alemania en la locomotora europea; o los brazaletes de la cruz gamada y las cruces de la Wehrmacht guardadas en el cajón para el retorno de los años terribles. Definitivamente, no hay fecha que más se repita a lo largo de las tres novelas de Selb: 1945, aquella que partió la historia en dos.

La seriede Selb:
La justicia de Selb, Anagrama, 2003
El engaño de Selb, Anagrama, 2004
El fin de Selb, Anagrama, 2005

Para más información:

Mis detectives favoritos
La gangstera total
Otis B. Driftwood

* Vista la película de Stephen Daldry, me rindo a la Winslet. Aunque mantengo mis dudas sobre el resultado del film.

(Abril 2009. Alfonso Salazar. Actualizado en diciembre 2011)

domingo, 5 de abril de 2009

DETECTIVES EN LA GUANTERA (EXTRA 2): EL DÍA DE LA MUERTE DE VÁZQUEZ MONTALBÁN

Los pájaros de Bangkok




Ha tenido que ser Bangkok. Carvalho no era excesivamente aficionado a viajar, a menos que en Milenio, como promete su próxima novela nos haga recorrer el mundo como si de Phileas Fogg acompañado de Picaporte se tratase (¿habría sido Cantinflas un buen Biscuter?).

Carvalho se bastaba con el paisaje trillado de las Ramblas, una visita al mercado de la Boquería, la subida empinada hacia Vallvidrera camino del Tibidabo o el Vallés para cenar amigablemente con su vecino Fuster y quemar un buen par de libros. Y en cuanto a viajes, como mucho y tras aquella inicial aventura en EE UU, Carvalho se inclinó por la siempre añorada Buenos Aires, lugar perfecto donde un detective privado español puede esconderse para oír tangos cantados por Adriana Varela y buscar desaparecidos. Bueno, y Bangkok, en un viaje para confirmar que la Tierra es redonda. O saber el nombre de los pájaros de Bangkok.

Aquel viaje de Carvalho del año 83 se debió a la travesura de la amiga Teresa Marsé, una niña pija barcelonesa. Pero una parada técnica en la misma capital tailandesa, veinte años después, nos deja a los seguidores de Carvalho sin el maestro, sin el padre de la moderna novela negra –y mucho más-, Manuel Vázquez Montalbán.

Paradigma del compromiso ético, de la hermosa contradicción entre la solidaridad y el disfrute de los placeres que otorga la vida y la buena mesa, Vázquez Montalbán ha ejercido de imprescindible preceptor en las generaciones de escritores posteriores al año ochenta.

La impresionante creación de Carvalho, ese detective descreído, intelectual, siempre de vuelta, supuso la primera piedra de toque para la aparición de una nueva novela española, que desde la perspectiva de un género menor -tantas veces desdeñada- elevase al altar literario las andanzas de un detective donde tras el golpe, la persecución o la cavilación ante un cadáver hubiese algo más que la pura invención y tanto más como la seria reflexión sobre el presente, la historia de este país y la línea de flotación de la sociedad.

Subió la novela a ese altar reservado a la novela de introspección, al canto a sí mismo. Y no sólo fue Carvalho: también los entresijos del asesinato de Galíndez, o el maravilloso paisaje de infancia de El pianista, sus lúcidas disecciones del pasado inmediato (Autobiografía del General Franco y un jugoso estudio sobre Aznar de próxima aparición). Y en muy contadas ocasiones dio un salto hacia atrás, para desde la figura de César Borgia, hablarnos de los Borgia que actualmente se suman al carro del poder (César o nada).

Su ejercicio literario nos deja más logros de enaltecimiento. Sus ensayos sobre la canción sentimental española de posguerra confinó el rancio estigma de la copla y descubrió los trasfondos sociales, incluido el bolero y el tango, para ofrecer una visión menos torpe que la de muchos críticos al uso, supuestamente progresistas, que se perdían empeñados en un absurdo maniqueísmo sobre el pasado y el futuro, en una ceremonia de confusión que mezclaba las pretensiones de la dictadura y los cantos del pueblo llano.

Y qué decir de su manía gastronómica, donde la cocina es una metáfora de la digestión intelectual. Se acostumbró a digerir a los tapados del franquismo que se subieron a la noria de la democracia. Pero el bacalao al pil-pil era de mayor gusto.

Junto a Marsé –y quizá La ciudad de los prodigios de Mendoza o los paisajes urbanos de González Ledesma- es difícil encontrar alguien que hiciese vivir la Barcelona del siglo veinte con tanta miga como Montalbán. Curiosamente, todos ellos, escribiendo desde el castellano a una ciudad fruto de la multiculturalidad, ahora tan llevada, del xarnego y el pan con tomate frente a la política nacionalista, tanto la de la propia Barcelona como la de Madrid.

Poeta, ensayista, pensador desde la ética y el compromiso, narrador implacable y riguroso, corredor de la banda literaria desde fuera de las academias, entusiasta de un barco actualmente tan perdido como el FC Barcelona de sus entrañas (al que dedicó algunos de sus artículos más perspicaces iniciando el hermoso género de la reflexión intelectual sobre el terreno de juego mucho antes de Valdano), la obra de Vázquez Montalbán queda a nuestra disposición para el disfrute y la fascinación, mirando siempre más allá, desde las atalayas que llevan a la montaña del Tibidabo.

Al parecer entregó su última novela, esa vuelta al mundo jalonado de desgracias y guerras, la última aventura de Carvalho, ex agente del FBI, de la KGB, barceloní puro, mezclado, gallego del Raval. Ojalá fuese justo a tiempo y ambos marchen de la mano. Con seguridad Carvalho, esa madrugada de aeropuerto, le indicaba a Vázquez Montalbán el nombre de los pájaros de Bangkok, por fin.

(Publicado en IDEAL de Granada, el 18 DE OCTUBRE DE 2003)

domingo, 1 de febrero de 2009

DETECTIVES EN LA GUANTERA 08: MARIO, EL CONDE, DE LA HABANA




No es Mario Conde nombre único para banqueros caídos en desgracia. Mario, llamado el Conde, es un policía viboreño, que tras más de diez años en la Central sigue preguntándose por qué se hizo policía. Sólo descubrió por qué dejó de serlo.

Cuatro novelas forman el cuerpo central donde el cubano Leonardo Padura narra las andanzas de Mario, el Conde, en el año de 1989, cuando todos los muros se caían abajo en la Europa del Este pero perduraban los muros y bloqueos sobre Cuba, muros por dentro y por fuera. En las cuatro estaciones de aquel año se desarrolla esa tetralogía. Mario Conde es un hombre que busca una historia escuálida y conmovedora que contar. No tiene aún los 36, es policía pero quiso ser escritor. Casi ninguno de sus amigos es aquello que quiso ser: casi todos venidos de aquel Preuniversitario del barrio de La Víbora. Carlos el Flaco –que ya no es flaco, dice Padura, como un epíteto continuo, desde que una bala en Angola lo dejó postrado en una silla de ruedas-; Candito el Rojo al filo de la ley y, posteriormente, Biblia en mano; Andrés, el médico, el hombre triunfador que guarda la amargura de su existencia para el final; el Conejo, que considera que todo lo explica la Historia pero nada explica su vida; Jose, Josefina, la cocinera –no podía faltarle la cocina a un detective, aunque en este caso más que cocina es magia creativa, o cómo cocinar con casi nada-; Tamara, la dulce Tamara, que pensó que su marido era impoluto y resultó no ser el chaval perfecto del “Pre”, el compañero de Partido.

Secundado por una pandilla muy bien trazada, a la que se unen su jefe, el Mayor Antonio Rangel, y su escudero, el sargento Manolo Palacios, Mario el Conde resuelve casos que, casi siempre, tienen que ver con los escenarios de su pasado. Busca, como una lagartija busca el sol, un amor que caliente la existencia sombría y desierta, como el páramo de su refrigerador. Intenta historias, rompe cuartillas, bebe ron hasta la ingesta dolorosa, desayuna duralginas para la resaca, se acompaña de un pececillo en casa que morirá de inanición, y pasea La Habana, la vieja y la nueva, con paso de tristeza infinita, como un bolero continuo.

Esas cuatro novelas del 89 tienen dos codas finales. Una primera, Adiós, Hemingway, devuelve a Mario Conde a la resolución de un antiguo hecho: el hallazgo de un cuerpo enterrado en la casa de Ernst Hemingway, muerto que data de la época del suicidio del norteamericano. Padura se sirve de Conde, fuera ya de la policía y dedicándose a la compraventa de libros de segunda mano, para expiar sus culpas y solventar sus pasmos con el autor, con el maestro desvencijado, forjando un homenaje en la prerevolución. La segunda coda, y la más reciente en la línea temporal, La neblina del ayer –título escogido entre los versos del tremendo bolerazo de Expósito-, sucede casi quince años después. Pareciese que tras la vida de El Conde y sus amigos se dibuja un perfil de Cuba, una pequeña historia en sus cincuenta años de Revolución. Desfilan homosexuales apartados como lepra de la sociedad, bujíos ilegales donde regarse con una cerveza, contrabando, cigarrillos de marihuana a los que seguir como pista –qué tiempos aquellos en que un cigarrillo, y no un alijo, eran una buena pista-, hombres del Gobierno que se sirven de su poder para enriquecerse con un lector de CD, cualquier otra baratija, una buena caja de puros, o preparan su pequeño éxodo a Miami… Retornados sospechosos, gusanos ricos y pobres, y de fondo, el gran ciclorama del Trópico, los huracanes como metáfora, los grandes coches invencibles del 56 que transitan los bulevares, donde los edificios coloniales dan sus últimas boqueadas.

Con un lenguaje que ensalza la cercanía, Padura nos mete de lleno en el ritmo musical de la conversación cubana, en las artes de Josefina para preparar un plato de Camagüey, en las colas de la escasez, en los partidos de béisbol que paran la ciudad y llena la televisión, en los bares donde el ron se termina –es decir, que ya no queda más, definitivamente- antes de las seis de la tarde, en el aroma dulzón de un buen cigarro y en esa podredumbre que rodea a todas las ciudades, con sus muertecitos por medio. Y café, mucho café.

El diseño que ofrece el autor nos introduce también en un proceso estacional que nos hace acompañar a los protagonistas por el invierno, la primavera, el verano y el otoño. Ese esquema guardan las primeras cuatro novelas, el ascenso y descenso de Mario Conde por su escaso convencimiento de ser un policía y esa caída del caballo, proporcionada por la máquina burocrática. Se desbroza así todo el paisaje de La Habana, desde las terrazas cercanas a la Rampa donde el mar sacuda el calorín hasta la llegada del huracán que promete lavarlo todo. Cuatro estaciones habaneras con codas y sobre todo la final, asentada, donde contemplar qué caminos tomó el régimen, de dónde vinieron y adónde llegaron aquella generación nacida en la Revolución, a quienes tanto les prometieron –y tanto les ordenaron- y llegados su medio siglo se perdieron, o tuvieron la necesidad de seguir creyendo: aunque sea en otra cosa.

Porque de creer y de fe tratan las novelas Padura Fuentes: la fe inquebrantable en el ser humano: ya sea la masa amorfa de Carlos el Flaco, amoratado de ron oyendo Credence; de la entereza de Andrés pidiendo salir del país, por la vía de la legalidad, a pesar de la purgas; la sustitución que hace Candito de la vida fácil del palo por los cantos adventistas. Y creer, sobre todo, en el propio Mario el Conde, descendiente de canarios, de un abuelo que se le murió cuando prohibieron pelear a los gallos y ya no podía afilar sus espolones, ya solamente espolones de la memoria.
Con un grave conocimiento de la música de la época –la que se podía oír en Cuba, al fin y al cabo la generación del autor y la de los personajes es la misma-, de la literatura norteamericana y sus preferencias, de la vida de sus mayores y con un plano sentimental de La Habana en la cabeza, Padura destila páginas contundentes, historias que seguir con fruición, consiguiendo al fin aquella historia escuálida y conmovedora que Mario el Conde siempre quiso escribir. Ciertos guiños nos indican que pudiese ser así. Que esta historia de cuatro estaciones habaneras y dos codas, con neblina y autor borracho, sea la novela que Mario el Conde escribió.

La serie de Mario, el Conde, de La Habana:
Pasado Perfecto, Tusquets, 1991, 2000
Vientos de cuaresma, Tusquets, 1994, 2001
Máscaras, Premio Café Gijón de Novela 1995, Tusquets, 1997, 2001
Paisaje de Otoño, Tusquets, 1998, 2002
La neblina del ayer, Tusquets, 2005, también en Círculo de Lectores
Adiós, Hemingway, Tusquets, 2006

Para más información:
novelanegra.org
tusquets
unperroandaluz

Enero 2009, Alfonso Salazar.

viernes, 12 de diciembre de 2008

DETECTIVES EN LA GUANTERA 07: FABIO MONTALE




Hay series de detectives donde la presencia de la ciudad lo domina casi todo. Lo hemos visto con Gunther y Berlín –y Viena-; con Brunetti y Venecia; con Carvalho y Barcelona; con Holmes y Londres; con Adamsberg y París; y comarcas como Scania para Wallander o la mítica ciudad de Vigátà para Montalbano. Pero Fabio Montale no sólo vive en Marsella, sino que Marsella es la verdadera protagonista de su trilogía.

Jean-Claude Izzo, el autor, era marsellés hasta el tuétano. Y el protagonista de Total Khéops, Chourmo y Soleá, Fabio Montale, también. De hecho hay en el charnego, escéptico y enamoradizo detective mucho de su autor. Marsella es una ciudad de aluvión, una vieja dama mediterránea, esquilmada por la Mafia, la incompetencia política y vestida con la nostalgia de esas ciudades que conservan el esplendor del pasado en sus ruinas. El autor y el protagonista son hijos de inmigrantes, gentes del sur, de España, Italia, Argelia… Crecidos en la muy republicana Francia, que se lamía las heridas de una Segunda Guerra Mundial, donde se le supuso victoriosa, cuando se lanzó a la carrera colonial para nutrir la grandeur, y que a finales del siglo XX se veía envuelta en la pez adiposa del Frente Nacional, la corrupción y la desesperanza.

Los barrios parisinos –Francia y París, así decía mi vecino: “Dos de mi hijos trabajan en Francia, el otro no, el otro trabaja en París-, los banlieu estallaron a principios del siglo XXI en un castillo de fuegos artificiales y coches ardiendo donde resonaban unos ecos extrañados del 68: era la miseria la que afloraba, no ya el deseo de cambio y revolución, sino la segregación a través de los años, el estancamiento étnico. Pero los pobres siguen siendo los mismos pobres y punto.

En ese inicio de la historia actual, esos años noventa que supusieron la asunción de la inmigración como fenómeno, la población inmigrante ya no era de mayoría europea, trasladada a Europa desde Europa, sino con una mayoría de otro continente buscando su parte de la felicidad. Fruto fue en gran parte del fermento del colonialismo -que sirvió para llenar las filas de los deportistas de élite franceses con hijos de los territorios de ultramar y las calles de hombres y mujeres desamparados-, que dejó la garganta del país atragantada y sin saber digerir.

Pero no sólo fue París. Marsella, la gran señora de la Provenza, también en provincias, es un ejemplo de mezcla, de caldereta variada. Allí es donde Izzo coloca a su sosias Montale, en los barrios casi derruidos sobre los que rapiñan las grandes inmobiliarias, en los proyectos de modernización de los puertos camino de convertirlos en parques temáticos, en un sistema donde cala el ordenamiento mafioso. Barrios desafortunados que persisten en su maltrato, intratables para los métodos tradicionales del Estado. El olvido echa unas raíces de tal profundidad que sobre la basura crece la basura con más fuerza. Olvido social.

Montale, aficionado al buen vino, enganchado al pastís, la gastronomía tradicional y el whisky, es en la primera novela un policía rebajado a los más difíciles suburbios, donde trata de negociar la vida con los expulsados del paraíso europeo, ese que casi siempre está en el septentrión. Defraudado, no podrá seguir en el Cuerpo. Porque además recaen sobre él la historia del barrio, como una losa, la mismísima historia de Marsella. Los amigos desaparecidos, los atracos con muerte en farmacia, niñas violadas, putas antillanas que le dan cariño, periodistas perseguidos, amables viejos, amigas de la juventud que son amores imposibles, mafiosos pudientes con restaurán, camellos sin futuro.

Hay un pesimismo europeo que recorre la trilogía de Marsella. La pérdida final de confianza en una organización social saludable. Los palos del sombrajo de la liberté, egalité y fraternité han sido barridos por el temporal de la posmodernidad. La política hizo el resto. El panorama es desquiciante y los personajes de Izzo habitan ese inframundo de los sentimientos y la pérdida ideológica. Aunque Marsella conserve su luz inalterable, su belleza de puerto griego de focidios, de cala histórica, venerando el día de la llegada del cuerpo yacente y hermoso de Rimbaud o la leyenda de Protis y Gyptis. Y en el paisaje la animosidad de sus barrios tradicionales, la calma del pequeño paraíso en Les Goudes, donde Montale habita una cabaña. El tráfico insoportable de sus rondas y avenidas, el azul del mar que puede dañar la vista, las islas frente al puerto. Y la poesía. Izzo, también poeta, destila en su trilogía continuas referencias, que hasta los gañanes conocen. Los poemas de Louis Brauquier, marino; o los ritmos de rap que asolan los suburbios marselleses –y que dan título a la primera novela. La poesía se desliza entre copas de pastís y mauresque, vino de Cassis y chupitos de Lagavulin.

Nada es ajeno: ni los incendios mediterráneos de verano. Pero en la trilogía de Montale, es la presencia del mar la que se convierte en una constante. No podía ser menos tratándose de Marsella. Montale pesca, vive noches en el mar, prepara las doradas a la brasa los domingos. Incluso en el mar suceden las tragedias. Y del mar provienen la mayoría de los personajes y las cosas: del Magreb los barbudos con el Corán bajo el brazo –muchos de ellos junto a una 9 mm-, los cargamentos de estupefacientes, los ilegales, los naúfragos, los tesoros, los amigos retornados de Djibuti, Santo Domingo, Numea, Indochina.

Pero como dice IAM –un grupo de rap-, y asume el propio Izzo, “las dos plagas de Marsella son el caballo y el Frente Nacional”. Las conspiraciones islámicas quedan en pañales frente a las confabulaciones de la Mafia y la Camorra con los delincuentes locales, la policía, los políticos más allá de la derecha y la internacionalización de la economía criminal, en competencia.
Marsella, Izzo y Montale forman las tres columnas de un formidable pórtico. Un canto a la belleza de las ciudades del Sur y sus podredumbres. Son a menudo amores secretos los que se comparten con una ciudad, lo dijo Camus. Un argelino.

La serie de Fabio Montale:
Total Khéops, Akal, 2007
Chourmo, Akal, 2004
Soleá, Akal, 2005

Para más información:
http://fabiomontale.free.fr/
http://es.wikipedia.org/wiki/Jean-Claude_Izzo
http://www.jeanclaude-izzo.com/

Octubre 2008, Alfonso Salazar.

jueves, 16 de octubre de 2008

DETECTIVES EN LA GUANTERA 06: KURT WALLANDER




Hasta la aparición estelar de la pareja Lisbeth Salander-Mikael Blomqvist de la mano de Stieg Larsson, el rey de la intriga en Suecia se llamaba Kurt Wallander, personaje de abundante y variada serie de aventuras firmadas por Henning Mankell. Ambos autores, aún en ciertas distancias biográficas que luego reseñamos, tienden a un curioso paralelismo. En la misma fría Suecia ambos autores se dedican, a través de sus personajes, a despellejar la costra de sociedad reluciente y perfecta a la que los países nórdicos están abonados: herencia de la siembra de Maj Sjöwall y Per Wahlöö, pioneros en los sesenta. En aquel radiante y perfecto Estado del Bienestar llevado a su extrema expresión, un detective de la policía de Ystad, en la dulce y sureña -pero amoratada- Escania, resuelve casos escabrosos, que pueden conducir a conexiones con la inmigración ilegal, el fraude por internet, la confabulación internacional o el asesinato en grupo en apacibles e inocentes parques del incipiente verano.

Los paralelismos persisten en la azarosa peripecia del testamento de Larsson. Fallecido poco antes de la publicación de su exitosa primera novela –mal traducida en España como Los hombres que no amaban a las mujeres-, Larsson era un escritor sin los cincuenta cumplidos que llevaba adelante una revista de investigación política, emparejado sin casar con una arquitecta. Murió sin testamento en 2004, y prácticamente sin nada que testar, excepto su saga “Milenio”, protagonizada por los antedichos Blomqvist y Salander, prevista para siete entregas, cumplidas tres y dormitando una en su ordenador. Su padre y su hermano son los únicos herederos. Su mujer, la que compartió años con él, se ha quedado a dos velas y con el manuscrito –en el ordenador, dice- de la cuarta entrega. Esperen en España: como pronto, se anuncia la publicación de la segunda para otoño. En Francia, es un poner, ya conocen las tres finalizadas.

Centremos el asunto: Larsson, experto en movimientos neofascistas europeos e incluso consultado repetidas veces por la INTERPOL sobre el asunto, viaja a Etiopía a finales de la pasada década, y dicen algunos reputados periódicos que escribió entonces un testamento donde legaba todo a un sindicato comunista sueco. Stieg parece elaborar un nuevo giro de thriller desde su tumba.
He aquí una similitud, una conexión nórdico-africana: Mankell también es un habitual de África. Dirige un teatro en Mozambique. Casado con una hija del gran Bergman, es un tipo sencillo que cumple los setenta y vive en la mismísima ciudad que su inspector seis meses el año. El resto en el África meridional.

El argumento del testamento de Larsson sería un caso perfecto para Wallander, no por lo que haya que investigar, sino por sacar a la superficie la miseria moral de Occidente. A eso se dedica Mankell, a casos de asesinato que suceden en la calima de los Mundiales de Fútbol, mientras los suecos felices admiran la melena de Larsson –pero éste no es Stieg, sino Henrik, el jugador que fue del Barça-, en cualquier lugar del mundo.

Porque Mankell es un pionero de la globalización del asesinato y como en un efecto mariposa lo sucedido en una esquina de África o la sufrida Centromérica, repercute con toda su malandanza en un pueblo aparentemente feliz de la feliz Suecia.

Pero el personaje de Wallander, es un detective a la antigua usanza, al que incluso Federico Jiménez Losantos –el conspicuo- le ha sacado virtudes conforme a su puesta en solfa del Estado del Bienestar frente a los “radicales” detectives mediterráneos. La singularidad de Mankell proviene del punto de vista socialdemócrata de su reflexión, bien distinto del abiertamente comunista o pérfidamente nostálgico de las certidumbres totalitarias derrumbadas con el Muro de Berlín que exhiben los autores mediterráneos como Montalbán, Montalbano, Markaris y demás (ahí va eso, apunto).
La pifia el ínclito Losantos en que Montalbano no es un autor, pero dejémoslo pasar porque, en parte, es cierto. Sin el agradable ambiente familiar de algunos de sus colegas mediterráneos –Brunetti, Jaritos-, sin el gusto por la gastronomía y la admiración de la vida –Carvalho, Montalbano-, Wallander anda en la tristeza del hombre solo con hija adolescente, la que va a seguir su saga, necesitado de amor, de amigos, de novia y de esperanza.

Porque, a pesar de Losantos (siempre me coloca Lozanitos el corrector automático del ordenador, qué perfidia) esa reflexión sobre la socialdemocracia huérfana de Palme, conduce a la ausencia de esperanza, lo que sufre nuestro detective. Las novelas de Wallander destacan por su desesperanza total. En el idílico ambiente de su Escania subyace la mierda insepulta. De entre todas sus novelas Pisando los talones es quizá la obra maestra. Un Wallander envejecido, posiblemente enfermo, con su sorprendente, anciano y emprendedor padre recientemente fallecido –que se empeñó en ver Egipto antes de morir: siempre África- tiene que enfrentarse a la muerte de varios jóvenes y a la desaparición de uno de sus compañeros de Comisaría, cuya vida privada descubrirá en su investigación, una vez muerto. Hermosa metáfora: conocer a los cercanos cuando ya, definitivamente, no estarán.

Mankell tardó en acariciar el éxito, veinte y pico años de esfuerzo hasta que empezó a agarrar los tres pelos de la ocasión casi calva, cercano a los cincuenta. Pero ese brío, esa constancia es una recompensa para los lectores. Mantiene una literatura tan depurada, con una sencillez para forjar la dependencia del lector que nosotros, los masoquistas que nos leemos doscientas páginas de una sentada, agradecemos.

En el escenario, como los grandes detectives, un formidable elenco de secundarios: una mujer que es su superior –Suecia es, por suerte, Suecia-, compañeros de todo pelaje, asesinos de empeño gratuito en el dolor y la sordidez, descerebrados y luminosos jóvenes, inmigrantes esclavizados, y como condimento mucha mugre bajo la opulencia, a flor de piel, permítase la imagen.

Paisajes lluviosos, tardes grises, poca alegría. Pero una escritura corajuda y contundente. Mankell no traiciona la esperanza de enfrentarse a una novela con vocales en mayúscula. Un maestro. De aquellos Mankell estos Larsson. O como disfrutar lo que viene del norte.


La serie de Wallander (todos publicados en Tusquets, en rústica o bolsillo):
Asesinos sin rostro (2005), sucede en 1990.
Los perros de Riga (2005), sucede en 1991.
La leona blanca (2004), sucede en 1992.
La quinta mujer (2004), sucede en mayo de 1993.
El hombre sonriente (2005), sucede en octubre de 1993.
La falsa pista (2003), sucede en 1994.
Pisando los talones (2004), sucede en 1996.
Cortafuegos (2006), sucede en 1997.
La Pirámide (2006), recopilación de varios relatos.

Con la inclusión de Linda Wallander, su hija, como detective:
Antes de que hiele (2006), sucede en 2001.

Para más información:
Lo que dice Federico Jiménez Losantos
Librería negra
Ojos de papel
Cinco Días

Y de Stieg Larsson
Los hombres que no amaban a la mujeres (Destino, 2008, y también Círculo de Lectores, 2008)

Sobre Stieg Larsson:
La Vanguardia
El País
Ediciones Destino
Negra y criminal

Sobre el testamento de Larsson ver:
http://www.parasaber.com/ocio/libros/mundo-libro/articulo/hombres-amaban-mujeres-stieg-larsson-millennium-fenomeno/10603/
http://www.estocolmo.se/cultura08/080531-STIEG.htm

Agosto 2008, Alfonso Salazar.

viernes, 26 de septiembre de 2008

DETECTIVES EN LA GUANTERA (EXTRA 1): NOVELA NEGRA MEDITERRÁNEA

Charla realizada por Alfonso Salazar en el encuentro Homenaje a la Novela Negra, Mesa redonda ¿Hay una novela negra mediterránea?, Atenas, Instituto Francés, 31 de mayo 2006



El sencillo planteamiento del título de esta charla parece una contradicción: negro y Mediterráneo. Generalmente se asocia el Mediterráneo a la luz, al color, a los cielos claros y azules. Pero Chester Himes murió en Benisssa, Valencia, mirando el Mediterráneo. Tan negro como su literatura, aquel de quien Jean Giono dijo que cambiaba todo Hemingway, Dos Passos y Fitzgerald a cambio de Chester Himes, era la esencia de la novela negra, el perfil último de los bajos fondos preñados para la literatura. En ese escenario surge la novela negra, Nueva Cork, Chicago, años 20, cine negro. Denominaciones con origen francés. Blanco y negro, inseparables del rostro de Humphrey Bogart predestinado a ser Marlowe. Iconos que se levantaron desde los cimientos de entreguerras de Hollywood.

Vinieron esos benditos lodos de la novela policial, donde se cultivaron los jardines de Poe, Conan Doyle y Ágatha Christie. En esos barros afloraron Hammet, Chandler y el mismísimo Himes. Decía Chandler que el tránsito de la novela policíaca tradicional a la novela negra ocurre cuando el crimen se aleja de los jarrones venecianos (ojo, de marca mediterránea, pregúntenle a Donna Leon o Brunetti) y es arrojado al callejón de mala muerte de las grandes ciudades. Eso fue así durante años del siglo XX. El adjetivo “negro” es un rizo editorial. En EEUU desconocen el término.

Esa es quizá la primera piedra a derivar sobre Novela Negra y Mediterráneo. Fruto del Grand Tour, aquellos viajes iniciáticos de los jóvenes cachorros de la alta burguesía angloamericana por las románticas ruinas italianas, egipcias y griegas, que fueron moda durante el siglo XIX. Muerte en el Nilo utilizó esta ubicación, donde nunca llegamos a saber qué resulta más exótico, si el paisaje de las Pirámides o un detective belga. Con la salvedad que traza el uso de la Historia en la novela negra (larga discusión podría aquí abrirse que los secretos esotéricos, como herramienta, siempre enturbian), muchos escritores se sintieron atraídos por el Mediterráneo como turistas ocasionales o como residentes enamorados del paisaje, las gentes y la buena vida. El icono que hoy en día puede ser el Caribe lo era el Mediterráneo, centro de pasiones, mitos del turismo. Como lo fue la Costa Azul en Simenon, quien realizó su grand tour en 1934.

>Pero el mejor ejemplo de uso de la escenografía mediterránea lo haría Eric Ambler en La máscara de Dimitrios, considerada la novela fundacional del thriller. Su influencia en autores como John Le Carré o Frederick  Forsyth es patente. Pero la riqueza de Eric Ambler es difícil de igualar. El descubrimiento del cuerpo muerto de un hombre (Dimitiros) conduce por un terrible recorrido por la Europa de entreguerras, que recuerda al teatro diseñado por Boris Akunin para su Gambito Turco del inefable Fandorin, salvadas sean las distancias históricas.

>Aparte de la escenografía, podemos contar con consumados actores mediterráneos envueltos en turbios asuntos. Personajes, la mayoría de las veces paridos por anglosajones: así son pioneros en el devenir histórico el Marco Didio Falco de Lindsey Davies y  Gordiano el sabueso de Steven Taylor en la Roma de hace dos mil años.

La novela negra mediterránea, objeto de este encuentro, ¿podría centrarse en la muestra de una “forma de ser”?. Sabemos que hay que transitar con mucho cuidado por esos términos en el resbaladizo sistema antropológico y cultural. No hay siempre Historia común de mediterráneos, ni religión, ni idioma, siquiera un mar común, una enorme plaza acuática, una dieta semejante que prefiere los sabores con carácter, el aceite, el vino y las brasas a la manteca, la cerveza y las cocciones. El Mediterráneo es un espacio histórico de lucha, masacre, miedo, hostilidad y explotación –aún en nuestros días. La antropología –cuyo objeto es la cultura- con Kroeber, Mead y Benedict a la cabeza, ha dicho mucho sobre la personalidad de “los pueblos”. Incluso ha trazado estudios bufonescos, como aquel de Gorer en que se empeñó en relacionar el adiestramiento de los japoneses en los hábitos de limpieza con brutalidad y sadismo durante la Segunda Guerra Mundial o cómo el uso de fajas en los bebés rusos del XIX provoca la propensión revolucionaria en el siglo XX. Deberíamos investigar quién pagó y encargó aquel estudio. El psicoanálisis de las culturas es un precipicio sin baranda.

Pero sí podemos hablar del mito mediterráneo, su iconografía trascendente. No es asunto vano que Highsmith busque ubicar personajes en el Mediterráneo: lugar de placeres, exotismo para gentes del norte, sol, alegría de vivir, anuncios de agencias de viajes. Un entorno ideal para que los viajeros adinerados, protagonistas de sus novelas, dieran rienda suelta a su depravación: culpa, mentira y crimen.

El cine de Hollywood, ese que encumbró el rostro de Marlowe en el afilado perfil de Bogart, es un referente de identificación. En las imágenes subsiste el mito. ¿Existen referentes suficientes en el cine europeo para la novela mediterránea? Hay excepciones como A pleno sol de Climent de la antedicha Highsmith. Pero en general, resulta un fraude (aunque hay tantos gustos como dominios de Internet). Baste una breve referencia a Vázquez Montalbán, que tras la aplicación de algunas de sus novelas a una serie de televisión, mató al director Aristiráin en una de sus novelas, como venganza. Montalbán quería a Philippe Noiret como Carvalho y a Anna Galiena como Charo. Claro, que también Chandler quería a Cary Grant para Marlowe... Pero la conclusión es que, por el momento, no ha habido ningún halcón maltés en el cine mediterráneo, a pesar del adjetivo.

Entrando en faena, hay tres aspectos que me interesan acerca del planteamiento de este seminario y que se suelen plantear como aspectos propios de la novela negra mediterránea: el social, la atención al placer de los sentidos y una dicotomía barrio urbano-entorno rural.

Predomina una suerte de serial de muchas novelas negras realizadas en el Mediterráneo. Como los grandes folletines que se nutrieron de una sucesión de casos (los grandes narradores del siglo XIX, las novelas por entregas, los pulp, las novela de kiosco que se cambiaban…), el entorno social y la preocupación por reflejar la injusticia –más que la realidad norteamericana de exposición de la podredumbre- se plantea como marca de la casa mediterránea. Podemos comprobarlo, por poner dos joyas fuera de series detectivescas, en El crimen del Cine Oriente de Tomeo o en Tarántula de Jonquet.

Muchas novelas negras mediterráneas se desarrollan en ambientes casi rurales (por ejemplo en la Vigatá de Camilleri), y cuando sucede en ciudades (la Atenas de Markáris, la Jerusalén de Batya Gur) la presencia de los barrios es capital. Pero son barrios que podrían estar en el Mediterráneo, y con poco maquillaje, en cualquier lugar del mundo. El hard boiled estadounidense se centra en los corazones decrépitos de las grandes ciudades, la vida bajo los puentes de los scalextric –pero también pueden ser los cayos de Florida, o el bullicio de Nueva Orleans-.

El ejemplo rural en la novela negra española se inicia con el Plinio de García Pavón, maltrecho en los anales por su vinculación a la derecha –a la época de la peor derecha española, los años del franquismo-. Pero no hay que remontarse tan atrás, los escenarios rurales son también abono para Bevilacqua y Chamorro, los guardia civiles de Lorenzo Silva. Esos ambientes, propensos a la tragicomedia negra, tienen algo de realismo mágico, de asesinos chapuceros, más en ristra que en serie, poniendo algo dulce al cóctel del mal trago.

Se dice que los criminales de las novelas mediterráneas se mueven por algo más que herencias, ajustes de cuentas o intereses económicos muestran la sociedad irrespirable de Mankell y el dúo Sjöwall-Wahlöö. Se mueven por pasiones oscuras y lealtades embrolladas. Cada cual escribe de lo que conoce: la influencia de los entornos sociales determinan argumentos, ambientes. El escritor mediterráneo que escribe en el escenario mediterráneo recurre a la predominancia social, a sus aspectos principales. Irremediablamente, el entorno de familia extensa, de amistades, de vida en la calle y el bar aflora en la novela que toma esta referencia social.

Entre los placeres que se destacan en la novela negra mediterránea está la gastronomía. Carvalho disfruta de su propia capacidad culinaria, Montalbano de la trattoria de Calogero, Jaritos del arte de Adrianí, Brunetti (aunque de madre literaria americana) de la sorpresiva capacidad de Paola. Los asesinos mediterráneos –que hasta pueden disfrutar de la gastronomía- parecen ser apasionados, menos psicóticos y perversos que brazos ejecutores de tradiciones y creencias. El origen está más en el adjetivo carvalliano que en el adjetivo mediterráneo. En el Mediterráneo también se puede comer mal, como hace el Méndez de González Ledesma. La realidad, que todo lo pisa, ha introducido –y cada vez con mayor presencia- los negocios inmobiliarios, el fútbol, la corrupción política, la inmigración, convirtiendo muchas novelas negras en la voz de su tiempo, práctica dickensiana. Pero podríamos contemplar un no sé qué poético y sentimental –tan presente en la obra de Izzo-, con algo más de fatum que de maldad en algunas de las novelas agrupadas bajo el aroma del mediterráneo.

“En España no podía haber novelas policíacas porque sólo había torturadores”. Lo dice el catedrático de la Universidad de Granada Juan Carlos Rodríguez. Existe un toque sociopolítico de izquierdas –o descreídos, hastiados, cínico, nihilistas, desencantados- en muchos detectives mediterráneos. Los detectives reestablecen el orden, pero ese orden puede ser un orden conservador (como el de Conan Doyle o Christie) o un orden democrático formal. En España, Plinio era un jefe de la guardia municipal del Ayuntamiento de Tomelloso, una pequeña ciudad de La Mancha. Sus novelas tuvieron éxito en los años 60, principios de los 70, justo casi hasta la muerte del dictador. Plinio –y Pavón- no eran franquistas, pero sí de alguna manera, no eran antifranquistas. Se trata de por qué hay detectives, frente a policías. Carvalho no es policía –si acaso algo parecido en un pasado siempre muy umbrío-, es un detective que va por su cuenta, como los duros del cine negro. No es en vano que Carvalho viaje hasta Argentina y se vea envuelto en casos referidos a los “desaparecidos” de la dictadura, pro sensibilidad ideológica. Pero es que Carvalho es de izquierdas, y eso le dio cierta prestancia de más en el ambiente literario. Los detectives y policía de herencia carvalliana, si no son de izquierdas, alguna querencia manifiestan aunque sean tipos que sobreviven a su oficio. A parte de la calidad literaria, Plinio nunca militó, y no trascendió. Tony Romano abandonó la policía, o la policía le abandonó. Hasta los guardiaciviles de Lorenzo Silva, no encontramos el toque demócrata en las fuerzas del orden. Era inevitable.

Este aspecto ideológico también remarcó la novela clásica negra: mirar hacia atrás, hacia los cimientos de estos lodos. Ross McDonald siempre mira hacia la Depresión, en constantes flashbacks, donde se incubaron todos los males. Carvalho, y en cierta manera Plinio, lo hacen hacia los restos de la Guerra Civil Española y la Dictadura Franquista. El propio Carvalho mirará, después, hacia el naufragio del gobierno socialista, Camilleri hacia la Mafia y la Segunda Guerra Mundial, Brunetti hacia la descomposición de la moral política. Todo muy mediterráneo. Como la aceituna negra, cargada de aceite. Como el naranjal que vio Chester Himes por última vez.

Fuentes

Encuentro de Novela Negra en Barcelona 2005 (El País)

Mesa redonda ¿hay una novela negra mediterránea?, 31 de mayo 2006