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domingo, 13 de diciembre de 2020

Diálogos desde la prehistoria

LEER EN LOS DIABLOS AZULES

La vida contada por un sapiens a un neandertal
Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga
Alfaguara
Madrid
2020

Portada de La vida contada por un sapiens a un neandertal, de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga.

Conocíamos las grandes virtudes como contador de historias y otras cosas de Juan José Millás. Conocíamos el vasto conocimiento de Juan Luis Arsuaga. En La vida contada por un sapiens a un neandertal se han conjuntado los planetas y ha nacido una unión que esperamos no se disuelva, ahora que le hemos cogido el gusto. Millás convierte al sabio Arsuaga en un personaje y se convierte a sí mismo en un sujeto de estudio. El libro tiene doble efecto, se degusta y se ingiere –se devora, se deglute—, a la vez: se degusta cuando resuena en el cerebro una frase, un hallazgo; cuando te ves a ti mismo haciendo esas pruebas físicas que Millás hace con su propio cuerpo para descubrir el milagro de la bipedestación, por ejemplo; y se ingiere porque los capítulos se hacen pocos, las páginas se hacen escasas para tanta sed, como el agua en la sabana.

Hay libros que cumplen otro doble papel, más allá del doble efecto, el neófito en el asunto, el seguidor de Millás que nada sabe de los arsuagas sapiens que hay por el mundo, disfrutará con esa prosa brillante, de fino espadachín, estilista de la idea, con sus ocurrencias en fin, con ese punto de vista puesto en el lugar más inesperado: esa cámara ingeniosa y prosística colocada donde el lector no la espera. Por otro lado, el aficionado a la divulgación de la paleontología –y de la antropología, incluso el estudioso— agradece el acercamiento, disfruta con esa sencilla manera de contar las grandes cosas. La divulgación bien hecha es un reto, y contar con dos homínidos como Arsuaga y Millás es un hito. A quien se le ocurriese acertó con la mezcla, como un cóctel inolvidable y trascendente: la pareja confiesa que fue una idea mutua: "―Tú y yo podríamos asociarnos para hablar de la vida; levantaríamos un gran relato sobre la existencia. ¿Lo hacemos? —dijo el escritor―. Lo hacemos —contestó el paleontólogo". 

Hay misterios enormes, que pueden ser comentados con humildad y sencillez, con la larga mirada de la curiosidad que tan bien maneja Millás. La vida contada por un sapiens a un neandertal cuenta lo complejo de manera tan entendible que nos termina por parecer imposible que la vida resulte un arcano, pero como toda historia bien contada, como toda ciencia bien mostrada, deja los marmolillos bien señalados: las explicaciones son solo fotos fijas de una película en movimiento, la de la evolución humana, y el sabio sapiens muestra sus dudas tal y como el aprendiz neandertal anota la relatividad.

Cada capítulo se abre con el personaje Millás ―neandertal convencido, pero que se ofrece como animal homínido de laboratorio― en su mundo ordinario, dispuesto a lanzarse a la aventura paleontológica que el sabio ―irremediablemente sapiens, siempre tan ocupado― le ofrecerá ya sea en una visita a un museo, en una caminata por la sierra, en un banco de un parque, una incursión en una juguetería o el paseo por un mercado. Porque toda la evolución humana está ahí: en el objeto más común, y en el vestigio más insólito; en el lugar más insólito y en el paraje más común.

Uno se va acercando al final con la esperanza de que existan conversaciones futuras ―hay una promesa al final, un rayito de esperanza para la divulgación más divertida― entre ese sapiens determinadamente sapiens y ese otro neandertal que tan neandertalmente nos cuenta la historia de la Humanidad. Gracias, sabios.

Alfonso Salazar

viernes, 9 de octubre de 2020

Vida en casa

 LEER EN LOS DIABLOS AZULES

La caja de alegría. Federico García Lorca en la Huerta de San Vicente
Jesús Ortega
Comares
Granada
2020





Pocos lugares existen tan significativos para la historia española del último siglo como la Huerta de San Vicente, fue allí donde la familia García Lorca vivió sus últimos años y fue desde allí de donde salió Federico, para no volver, en el mes de agosto de 1936. En esa casa, campo cercano a la ciudad, escribió algunas de sus más reconocidas páginas. Jesús Ortega ha sido coordinador de las actividades culturales de la Huerta de San Vicente durante años y fue uno de los componentes de las primeras promociones de guías de la Casa-Museo, un lugar, casi secreto, de peregrinación para lorquistas desde los tiempos de la posguerra. Su conocimiento del espacio le habilita para poder reconstruir un lugar con historia que es mucho más que la historia de un lugar.

Cuenta Ortega que en julio de 2008 Pere Portabella intervino en la casa, en el marco de la exposición de arte contemporáneo Everstill/Siempretodavía comisariada por Hans Ulrich Obrist. 2008 sería la puerta de la crisis y de los desahucios que corrieron por España plasmando cómo la crisis la pagarían los menos afortunados. Portabella vació la casa de la Huerta de San Vicente, dejó exenta la casa y los enseres estuvieron un tiempo cuidadosamente celados en un guardamuebles. En ese momento, los asiduos visitantes descubrimos que Portabella desahució el museo y nos mostró la casa. Ante las paredes desnudas pudo el autor de La caja de la alegría sentir el valor del lugar antropológico, el cimiento de la familia, el espacio de la vida: la casa más allá de la vivienda. Por entonces Ortega comenzó el comisariado de una exposición sobre la Huerta que recuperó y agrupó la memoria fotográfica del lugar, una memoria fundada en las fotos de familia, de aficionado, y otras de mayor intención, documentalística, de personas que durante los años más oscuros cruzaron el umbral de la Huerta, máquina en mano, con la conciencia de llegar a un espacio sagrado para la literatura. De aquella exposición deriva este libro, una historia fundamental de la historia de Granada y de España, que recorre casi cien años de modificaciones, rupturas y asedios.

La Huerta de San Vicente fue una casa en el campo. El campo de Granada es vega fértil, hoy espantada y casi en desuso, que abría la ciudad a un mar verde. La conversación que hace cien años podía darse entre la ciudad y su vega, conectadas por un suave tránsito de la pequeña ciudad al vergel, despareció en los años del desarrollismo que levantó una muralla de hormigón separando para siempre esa íntima relación mantenida durante siglos: esa mirada desde la Torre de la Vela a los huertos y, viceversa, esa admiración del perfil de Granada desde la Vega. La familia García Lorca, una familia de origen y querencia campesina, sí pudo disfrutar de aquella comunión, y en los años veinte del siglo pasado adquirió una propiedad en la Vega que renombraron en homenaje a doña Vicenta, la matriarca familiar. Allí, cuando los García Lorca se asentaron en otras ciudades de España y Europa, volvía la familia para pasar los veranos: los veranos granadinos van del Corpus a la Patrona (el último domingo de septiembre) y agrupaban a la familia a partir de san Federico, 18 de julio. Aquellos veraneos de los años veinte y treinta son catalogados por Ortega dando cuenta, conforme al valor fotográfico y una concienzuda documentación, para poder reconstruir los años del lugar y la familia, el orden cronológico creativo de Federico García Lorca, la intimidad de las conversaciones por carta, las visitas de familiares y amigos, la vida bajo el emparrado. A partir del aciago 36, los asesinatos sufridos en la familia y el consiguiente exilio, la Huerta persistió, habitada por caseros, por familiares más o menos cercanos, que cuidaron del legado familiar, que custodiaron en voz baja la memoria de un poeta sin par, pero silenciado adecuadamente, que protegieron sus manuscritos llevados y traídos de un lugar a otro, escapando a la vengativa mirada de la autoridad.

La Huerta sufrió el asedio del desarrollismo, supo de la impiedad política que confundió progreso con destrucción y legó una ciudad diezmada, y se salvó, casi de milagro, en unas condiciones que no son las deseadas, cercada por los altos edificios, por los muros que la separan del rumor inquieto de la circunvalación, rodeada de un parque que no es vega sino un remedo desdibujado, nada más que una evocación del pasado, un parque urbano sin mayor mérito que alojar una casa que forma parte de nuestro orgullo. Y aún los granadinos deben quedar agradecidos de que la piqueta inmisericorde no acabase con ella como hizo con tantas otras huertas de alrededor que no tuvieron la suerte de poder argumentar ser parte de la literatura universal.

Aquel pedazo de terreno con tanta vida y demasiada muerte sobrevivió y si bien no cumplió los anhelos familiares ―que deseaban un lugar que acogiese los fondos familiares, un teatro donde ejecutar su obra, el papel que en la actualidad ha cubierto el Centro Federico García Lorca―, la Huerta ha quedado para nosotros como ese lugar donde queda museizada la vida de familia del poeta, la vida de una familia granadina. Casi todo rastro de Lorca ha sido borrado de la capital granadina ―queda su casa natal en el cercano pueblo de Fuentevaqueros y la casa familiar de Valderrubio como todos ustedes saben―, casi todo ha debido ser re-construido, re-inventado, por eso iniciativas como La caja de la alegría resultan imprescindibles. Bienvenida la recuperación de la memoria, bienvenida la reconciliación con nuestra historia y nuestros muertos.

Alfonso Salazar

sábado, 18 de julio de 2020

Descubrir el truco

El cerebro ilusionista. La neurociencia desde la magia
Jordi Camí y Luis M. Martínez
RBA
Barcelona
2020



Al arte, nada humano le es ajeno. Si el ilusionismo participa de todas las materias humanas desde hace miles de años, es obviamente un arte. Ha sido vilipendiado y minusvalorado, considerado un arte menor, arrinconado por esa adultocéntrica visión de que las artes que incluyen a la infancia –o que, directamente, tiene facetas que la atienden con esmero— es arte sin importancia, banal, menguado. Ha sido defenestrado por vendedores de espiritualidad y por médiums, por su aparente cercanía a lo sobrenatural. Ha sido menospreciado por quienes buscan un truco, se sienten burlados y no aprecian la belleza del juego. Pero el ilusionismo, ya se celebre en los grandes teatros, en los circos o en las fiestas de cumpleaños –oficio honorable, como el de payaso, primer escalón en el contacto de la infancia con el arte y la ficción— supera ese desapego, con pátina de falsa intelectualidad, para soportarse en una amplia gama de conocimiento humano y seguir mostrando al público el arte de lo posible y de lo imposible.
En El cerebro ilusionista los científicos Jordi Camí Luis M. Martínez vienen a poner negro sobre blanco la implicación milenaria del ilusionismo en su constante búsqueda de respuestas, descubrimiento de habilidades, invención de soportes, instrumentos y técnicas. El ilusionismo no es ajeno a casi ninguna de las ciencias humanas, y es quizá el arte que mayor relación mantiene con el otro lado: traza el puente –a veces visible, a veces invisible— entre el arte y la ciencia. Psicología, física, química, matemática, óptica, son algunas de las ciencias que pueden vislumbrarse tras un sencillo juego de magia. Y por supuesto, narrativa, interpretación, habilidad, ensayo, práctica, esfuerzo, imaginación, seducción. En El cerebro ilusionista se muestran algunas de las razones y técnicas que los ilusionistas han trabajado, empíricamente, desde hace cientos de años y que ahora son iluminados por la neurociencia. Es un tratado capital sobre los efectos de la magia en el cerebro y del cerebro en la magia. No solo se muestra el esqueleto de las técnicas mágicas, y por tanto es de máximo interés para ilusionistas aficionados y profesionales (pues explican muchos aspectos que son aprendidos desde la práctica, no desde la teoría), sino que alumbra al profano para adentrarse en ese camino marcado por el ilusionismo que ha transitado espacios desconocidos de nuestro cerebro, hallando claves y métodos a los que ahora la ciencia da explicación. Explicación al profano, pues teóricos (como AscanioTamariz) han reflexionado sobre el ilusionismo y sus técnicas, dado nombre a lo que solo era práctica y ahondando en la senda indagada por otros magos desde la antigüedad.
El teórico Ramón Mayrata señalaba que la magia se reduce a unos cuantos efectos (desaparición, reconstrucción, adivinación, desafío de las leyes físicas y poco más), que lo mismo da hacer desparecer una carta que un elefante, pues en esencia es lo mismo. Tras esos efectos resuenan los deseos humanos de una vida que no respetase las leyes de la vida: desparecer, levitar, teletransportarse, resucitar, conocer el futuro. Ese latido de los deseos humanos es el alma del arte.
No nos consideramos engañados cuando el cerebro reconstruye una realidad, o una ficción, y el novelista nos deja, como lectores avezados, plantear nuestras hipótesis, aun a la espera del giro definitivo de la historia. Podemos maravillarnos ante el efecto literario. Así sucede con el efecto mágico cuando somos capaces de apreciar la habilidad y el atávico proceso que está tras de sí, cuando no nos atenemos, como espectadores, a la simplísima postura de averiguar dónde está el truco o sentirnos, erróneamente, engañados. Aplicar esta postura a la visión de un cuadro impresionista (desvelar el efecto engañoso del color y la forma, desconfiar de la transmisión de la información) nos conduciría a una indolencia que no nos permitiría disfrutar del arte de la pintura. Así sucedería con otras artes si nuestro empeño como receptores se centrase en desvelar la técnica del suspense cinematográfico o en sospechar, si es verdad o no, lo que narra el texto literario y acogernos solamente a las historias basadas en la realidad (que para frustración de quien solo soporta el arte de lo real, no es más verdad que lo ficticio). Con el ilusionismo sucede tal cual, hay quien se empeña en descubrir el truco, inconsciente de que es el arquitecto quien conoce el secreto de la cúpula por su formación y dedicación y es el músico quien conoce el efecto de la armonía por sus años de estudio. Es el mago quien conoce la técnica por sus años dedicados a la habilidad, la práctica, el tiempo invertido en una pasión. A los demás, como ante cualquier otra obra de arte, solo nos queda sentarnos, maravillarnos y disfrutar, permitir que nuestro cerebro construya una realidad diferente que desafía las leyes establecidas a través de la percepción.
Alfonso Salazar, julio 2020.

viernes, 12 de junio de 2020

Javier Egea y el sueño del vampiro

Leer en Los diablos azules de Infiolibre

Raro de luna
Esdrújula Ediciones 2020
Granada



Hace treinta años se publicó Raro de luna, de Javier Egea. Se convirtió en un libro raro: difícil de encontrar, pues su primera edición, en Hiperión, contaba con unos dibujos de Rafael Alberti y se convirtió en codiciada pieza de coleccionista; raro en su momento poético, pues abría una inesperada deriva en la poesía denominada de la experiencia; y raro porque procedía de un poeta excepcional, fronterizo y heterodoxo, quien de cada libro hacía una argumentación monumental de fondo y forma.
Raro de luna se ha reeditado este extraño y rarísimo mes de mayo de 2020 por la editorial Esdrújula, culminando un proceso iniciado hace unos años por el cual se han publicado todos los libros principales de Javier Egea: los tres primeros (Serena luz del vientoA boca de parir y Argentina 78) en e-book y los tres siguientes, los considerados libros principales (Troppo marePaseo de los tristes y Raro de luna) tanto en papel, como digital. Estas ediciones completan la antología realizada por Jairo García Jaramillo para la misma editorial, A pesar de sus ojos, y siguen la estela abierta por el estupendo trabajo realizado por Bartleby con la edición de la obra poética completa en la colección dirigida por Manuel Rico.
Cada libro de Javier Egea, insisto, es una tesis poética en sí mismo, un libro narrativo, completo, compacto, indagatorio, arriesgado. Si Troppo mare era un libro "desde la soledad y sobre la soledad", como indica el prologuista; Paseo de los tristes, en palabras del mismo, muestra "la rebeldía en forma de esperanza". En el primero el escenario es el mar (la almeriense Isleta del Moro, un fascinante paisaje adonde llega el autor a finales de los setenta); en el segundo la ciudad de Granada, con un recorrido urbano que se remata en la calle que da título al libro. En Raro de luna el escenario es el bosque (entrevistos los cipreses de la Alhambra), pero sobre todo el escenario es el sueño, o la construcción del sueño, en su sentido más psicoanalítico, en su sentido surrealista, que a veces parecen sinónimos en el poeta.La actual edición de Raro de luna se abre con una ilustración de Juan Vida e incluye el prólogo original de Antonio Jiménez Millán, de 1990; se cierra con un estudio del mismo profesor publicado hace pocos años y revisado para esta ocasión. Raro de luna es un libro que lleva treinta años esperando una oportunidad. Quizá fue un libro visionario, adelantado a su tiempo. Ojalá su tiempo sea ahora, o sea siempre. Javier Egea, fiel a su tradición abría una tesis, un estilo y un tono en cada libro y los cerraba con cada libro. Su anterior proyecto, que pudo facilitarle un tranquilo camino si hubiese explotado la veta, lo abandona para adentrarse en el inconsciente, en una aventura apasionante. Su posterior proyecto (Sonetos del diente de oro), inacabado, sería un reto de poesía narrativa, un homenaje a la estructura clásica del misterio (Simbad, Scherezade, un secreto), con una poética gráfica evocadora del cómic; pero han leído bien: en soneto.
Hay muchos guiños en la obra de Egea, un profundo conocimiento de los recursos clásicos, un magistral oído poético y un compromiso ideológico firme, inquebrantable. En Raro de luna se desarrolla un dominio de la estructura poética que tiene escasos referentes en la creación nacional de las últimas décadas: el contenido del libro es la construcción del sueño, trazando el camino que va del romanticismo al surrealismo ―ese "romanticismo de las profundidades" en palabras de Raymond― y deriva de la propia práctica psicoanalista del poeta ―el poeta reta al psicoanalista con una reproducción del "objeto sueño"―. Pero en sus formas, donde se abstiene la puntuación ―como en Chambres de Louis Aragon, quizá como en los sueños, donde no hay ni punto ni coma―, retoma estrofas del Siglo de Oro, como si el encofrado que aplicase el poeta no se correspondiese con el esperado por el lector habituado, ni por la crítica que le fue contemporánea. Esa contradicción aparente deambula y sonambula por el libro, alucinado por el sueño: irracionalidad ilusoria pues se trata de un ejercicio de absoluta consciencia creativa.
El guía del libro será el vampiro, siempre marginal, en potencia erótica, azogue del inconsciente, y este sí, vínculo entre románticos y surrealistas. Como señala el profesor Juan Carlos Rodríguez, una referencia imprescindible para la poesía de Egea (forman, de hecho, un díptico de teoría y práctica poética): "Vampiro es cuerpo ilimitado, rebelde, libre, sin formas ni sujeciones, no es reflejo de nada".
El destino del libro es un poema final adonde se llega desde la Escalera del agua del Generalife, y a través del bosque y de las Islas negras, evocadoras de piratería, aventuras y perlas ocultas. Tanto el prologuista como Paula Dvorakova señalan que los grandes libros de Egea se forjan en torno a un gran poema final, donde se repiten los motivos mostrados a lo largo de la obra, como sucede en los armazones musicales. Jiménez Millán apunta un importante hecho que da mayor relevancia al análisis: el poema final fue una construcción inicial, es el que dio pie a la elaboración de casi todo el libro. Descubrimos así el empeño orfebre de Egea, el cuidado exquisito de las formas y su absoluta coherencia, ahora desvelada, con los fondos: nada es casual porque en este mundo capitalista todo es causal.
Con estos elementos: los cautivadores bosques de la Alhambra, el vampiro nocturno, ese "raro de luna" que evoca el claro de luna musical, la escisión y la sombra, las claves del sicoanálisis y unas formas clásicas estrictas, sinuosas, no es de extrañar que el libro fuese fundacional pero insólito. Absolutamente raro pero imprescindible.
Alfonso Salazar


viernes, 21 de febrero de 2020

LA MITAD IGNORADA

Madréporas
 Silvia Mistral
Ramón Gaya (Ilustrador); Mónica Jato (Prologuista)
Cuadernos del vigía, Madrid-Granada, 2020

Las olvidadas
Carlota O´Neill
Dioni Mora Macías (Ilustrador); Rocío González Naranjo (Prologuista)
Cuadernos del vigía, Madrid-Granada, 2020




Leer en Los Diablos Azules

La editorial Cuadernos del Vigía, en los últimos años, ha tomado el interesante rumbo de la recuperación de textos que se perdieron tras la derrota de la República. Al trabajo desarrollado en la reivindicación de la figura de Max Aub (con la reedición de sus ‘campos’ esa memoria de un hombre y de un país) se suma ahora la edición de ‘La mitad ignorada’, una colección de textos dirigida por Jairo García Jaramillo, que bucea y recupera textos de las autoras de la República y el exilio. Carmen de Burgos, Concha Méndez, Elisabeth Mulder y Carmen Conde han sido los primeros nombres elegidos para encabezar esta colección que está llamada a darnos grandes descubrimientos, gratos reencuentros y esperadas reconciliaciones con autoras olvidadas.


Las últimas autoras en añadirse a la lista son Carlota O´Neill y Silvia Mistral. La primera fue hija del diplomático Enrique O´Neill mexicano y la escritora Regina de Lamo. De Carlota, que fue confinada en la prisión del Fuerte de Victoria Grande de Melilla, tras la ejecución de su marido en julio de 1936 -el ingeniero y aviador republicano Virgilio Leret-, se publica el relato ‘Las olvidadas’. El relato fue escrito en aquel presidio militar del que fue liberada al final de la guerra tras sufrir diversos consejos de guerra. Tras su puesta en libertad tuvo que luchar por la custodia de sus hijas y vivió escribiendo bajo los seudónimos de Laura de Noves y Carlota Lionell. Es imprescindible no olvidar el empuje sindicalista y feminista de O´Neill, cómo promovió el teatro proletario durante la República, para no caer en la acusación simplista de colaboracionista del franquismo, cuando realmente escribió folletines y otros textos para sobrevivir y poder, finalmente, exiliarse a México y Venezuela. Quienes la acusan, no habrán leído ‘Una mujer en la guerra de España’, sin duda. O´Neill pertenece a una familia donde hay que destacar a Rosario Acuña, Regina Flavio y Lidia Falcón, pioneras del feminismo. 

‘Las olvidadas’ es un relato que refleja la vida en prisión, tal y como le sucede a la autora, donde convive con prostitutas y cabareteras, denunciadas por los propios militares que poco antes las visitaban en los antros donde eran explotadas. Allí narra la historia de la Oliva, modelo de Romero de Torres, y de su amiga Carmen, una historia cargada de amor, celos y pasiones que, quizá por esa razón, pudo sacar el cuaderno donde fue escrito, indemne, de la cárcel. Aunque el desenlace escabroso del relato hace dudar que, siquiera, leyeran el cuaderno los censores de la prisión. El relato cobra interés por su procedencia, lo que bien explica Rocío González Naranjo en el prefacio -cuando nos narra el descubrimiento de este texto escrito durante el cautiverio en el legado de la autora, diligentemente guardado por la familia Leret O´Neill-, pero también por su singularidad: hay un lenguaje alambicado en la narradora, jalonado de palabras imposibles o muy desconocidas, palabras técnicas aplicadas en situaciones cotidianas, que bien pudieran tener su razón en, como dicen los editores, una suerte de ejercicio léxico de la autora ‘para su cansado cerebro’. Pero este lenguaje, inaccesible a veces, contrasta con el llano de las protagonistas, con acento cordobés, sevillano, y reproducido tal cual. La fidelidad de la autora al lenguaje muy andaluz y el contraste con el lenguaje exclusivo hacen pensar en un modo de muletazo a la censura. No ha debido ser una edición fácil recuperar el texto, se percibe en el mismo cierta premura de la autora, pero estas pequeñas fallas dan al texto aún mayor vivacidad, como si fuese la transcripción de aquel cuaderno. Como si presenciásemos la escritura (y la toma de notas de sus conversaciones con las compañeras presas) en directo, en un banco del presidio. Así recuerda Carlota en sus memorias cómo escribía en prisión: ‘colocaba sobre las rodillas una caja de madera donde guardaba los peines y encima las cuartillas en el suelo, el tintero; brazos y codos al aire…’. 

De la segunda, Silvia Mistral, se publica una pequeña joya: ‘Madrépora’. Hay poquísimas muestras de literatura que aúnen maternidad y exilio. La vida de Silvia Mistral es una vida que va y viene por el Atlántico. Nacida en 1914 en La Habana, de padres españoles, emigró a la península y luego volvió a la isla caribeña, para, otra vez, volver de nuevo a España con su familia, impelida por la esperanza puesta en la España que nacía el 14 de abril de 1931. Aquella repatriación trajo de vuelta a casi 1000 españoles –‘sobrevivientes de la crisis económica norteamericana iniciada en 1929, del desempleo, la lucha contra el terror machadista’- que terminarían en su mayoría en las cunetas y las trincheras, o como Mistral, de vuelta al Caribe en el viaje del exilio vía Francia y México, acompañada del anarquista Ricardo Mestre. Cuando Silvia Mistral emprende el viaje del exilio está embarazada, y ‘Madrépora’ son las reflexiones y emociones transcritas de aquel viaje por la vida, que conducirá al nacimiento, ya en México, de su hija. Es un texto escrito para la recién llegada a la vida, pero donde se entrelazan la vivencia de la maternidad, la experiencia hermosa, con la prueba desgarradora del exilio. Mónica Jato lo explica acertadamente en el prólogo, donde expone la división en partes del texto, en un orden cronológico que conduce desde el embarazo al nacimiento, pero –y a la vez- ese viaje del pasado al presente, y de España a México, país de acogida y definitivamente, país de la familia Mestre-Mistral y de su hija, una madrépora que echa raíces en tierra nueva.

La maternidad es una experiencia única, irrepetible, pues cada embarazo y cada parto tienen una historia propia, la del ser humano que está llegando, la del ser humano que le da la vida y el viaje que inician desde ese preciso momento en que el cuerpo se abomba. Esa experiencia brillante en las palabras de Silvia Mistral no es solo una experiencia física –que también- sino que afina de tal manera el adjetivo y la metáfora que la convierte en una implosiva experiencia sentimental e histórica. El parto, que es la misma vida, se hace metáfora de la vida. Silvia Mistral habla de la vida que hay que vivir, de la vida que se muestra hacia delante: una vida futura que debe reconciliar con las ganas de vivir, el deseo y la esperanza de la superviviente agradecida, consciente y al fin libre.

Alfonso Salazar

domingo, 26 de enero de 2020

VOLVER A LORCA

Lorca
Carlos Edmundo de Ory
Edición de Ana Sofía Pérez Bustamante 
El paseo
Sevilla
2019




Leer en Los Diablos Azules

La bibliografía sobre Federico García Lorca ha sido, y sigue siendo, rica y profusa. A veces incluso, confusa. Sin embargo, más allá de las obras concienzudas de análisis literario, hay tres obras que, posiblemente, reflejen el espíritu histórico de la obra del autor granadino. Histórico en dos sentidos: porque son obras escritas con cierta contemporaneidad (ninguna se aleja más de tres décadas desde la desaparición del poeta), y porque ubican al granadino en el momento histórico del franquismo, en la nebulosa de su muerte y la eclosión del derrame iluminador de su obra, exento de dimes y diretes, descubrimientos y memoria, legados y valores, y previas todas ellas a la crucial obra de Gibson y sus coetáneos. Estas tres obras son: en primer lugar, la monumental investigación Miedo, olvido y fantasía de Agustín Penón, reelaborado por Marta Osorio y publicado por Comares en el año 2000 (y completado por una sabrosísima correspondencia con Emilia Llanos publicada por la misma editorial en 2015). En segundo, Lorca, el poeta y su pueblo de Arturo Barea, publicado en los años cincuenta en Buenos Aires (con una precedente edición en inglés) y reeditado por el Instituto Cervantes en 2018; y la reciente Lorca de Carlos Edmundo de Ory, que agrupa diversos ensayos del autor gaditano, muchos de ellos inéditos en castellano y que han sido publicados recientemente por El Paseo en una versión al cuidado de Ana Sofía Pérez Bustamante, responsable del cabal estudio preliminar.


Este retrato progresivo en tres obras ofrece la posibilidad de conocer el pulso de la imagen de la obra lorquiana en los años cuarenta con Barea, en los cincuenta con Penón y en la década de los sesenta con Ory. En tanto que Barea hace un trabajo pionero de difusión de la obra lorquiana, que pretende poner al alcance del público inglés, Ory lo hace por encargo en Francia de Éditions Universitaires en 1966 con motivo del 30 aniversario de la sublevación que originó la Guerra Civil y conllevó el asesinato del poeta granadino. La obra de Penón es una obra sin remate, como hacia dentro, aspirada y asfixiante, que hubo que destejer y descubrir. En todo caso las tres coinciden en haber sido escritas en el tiempo inmediato posterior a la muerte del poeta, sin amplios soportes académicos (Ory puede consultar a Díaz-Plaja, Mora Guarnido, Morla Lynch y poco más), y son textos reconocidos con posterioridad, silenciados durante el franquismo y recuperados con tanta distancia que el interés en acometerlos los convierte en curiosos fósiles, como pensamientos que han permanecido en el ámbar de otras latitudes o en el exilio interior de los cajones y las librerías de viejo.

El Paseo ha recuperado esta serie de ensayos del gaditano Carlos Edmundo de Ory elaborados cuando ya vivía en París, adonde le lleva un exilio basado en el hastío más que en el convencimiento ideológico o el compromiso político, ansioso por descubrir nuevas formas, por profundizar en el mundo origen de todos los ismos brillantes del siglo XX. La afinidad de Ory con Lorca es sorprendente: fruto del encargo, el gaditano rebusca en su memoria (Carlos Edmundo supera los 40 cuando recibe el cometido) y parece que retornaran los ecos de la juvenilia, el influjo poderoso de la poesía neopopular lorquiana y viniesen a alumbrarle caminos antes hollados y ahora olvidados a los que el poeta se presta, ávido, volver a recorrer. Ory vive alejado de Lorca por entonces, investido de una postura ácrata, antitodo, desechada la dehesa andaluza, olvidado el origen y la canción de infancia. No hay paralelismo entre los recorridos de ambos andaluces: el uno de la baja, gaditana y luminosa; el otro de la alta, la granadina y frondosa: dos paisajes que marcan dos caracteres y culturas, a veces tan contradictorias que cuesta trabajo, para quien lo vive, conciliar la idea de un país común. Ni la edad, ni la guerra, ni la muerte permitieron el paralelismo, aunque ambas figuras –Lorca y Ory— formen parte de la pasión poética, en la defensa y ataque por parte de los lectores, en el carácter marcadísimo de su poesía y en su legado herético.

Ory trama una serie de ensayos determinados por temáticas que conforman una lección magistral sobre el devenir de la obra lorquiana, sus lugares comunes, sus debilidades y fortalezas, sus influjos e influencias. El libro avanza cronológicamente sobre la obra poética —aunque podamos apreciar, sin duda, pues somos sujeto de conocimiento, ecos de la vida del poeta que hemos conocido en otros libros, en otras historias, en otro relato—, desde los primeros poemas hasta la obra ultimísima, incluso en la reflexión, que siempre cabe, de una obra inacabada, inconclusa, decapitada antes de los 40 que prometía haber seguido revolucionando el mundo literario. En ese avance, Ory desmenuza el mito del Sur, el gitanismo, el orientalismo lorquiano que alumbrará el Romancero y todos sus epígonos; el misterio del color verde y la presencia de los animalillos en la obra del poeta (un alarde casi antropológico o ecológico); el uranismo adivinado y divino; la aventura surrealista; y dos sonadas concordancias que nos descubren al Ory más sagaz, minucioso y alerta: el débito de las imágenes lorquianas a las que trabajase el poeta premodernista Salvador Rueda y la sincronización del granadino con el trabajo que desarrolla simultáneamente Desnos en Francia, el poeta surrealista que tendría un desenlace tan fatal como Lorca en el campo de concentración de Terezín, víctima del tifus pocos días después de la liberación. A la relación entre Rueda y Lorca dedica una sorprendente y trabajadísima coda final muy afinada: una comparativa de léxico e imaginería que entronca contundentemente los ecos lorquianos en la tradición del Sur.

Si bien deja de lado toda la obra dramática y la obra en prosa (el encargo era sobre la poesía), no desatiende el cordón umbilical que hace a Ory lorquiano: la música, el sentido musical reflexionado y embebido de la obra del poeta granadino. Esa tonalidad, y la familiaridad de la muerte, los une a ambos poetas como miembros de los visionarios, de los sacerdotes malditos investidos por la palabra espiritual y alegre.

Alfonso Salazar

sábado, 21 de diciembre de 2019

BUSCANDO 500 LIBRAS

Mil rusos muertos
Ginés Cutillas
Sílex
Madrid
2019


Leer en Los Diablos Azules

Hace noventa años Virginia Woolf publicó Una habitación propia, una reflexión sobre la creatividad y la independencia, una declaración que buscaba el espacio de la literatura hecha por mujeres en las primeras décadas del siglo XX. Aquel ensayo fue fruto de una serie de conferencias encargadas a la autora, donde reflexionaría ante auditorios femeninos universitarios. Ha quedado como gráfica revelación la necesidad de que la mujer creadora cuente con una habitación propia un lugar indeclinablemente suyo, y una dotación económica suficiente para poder disfrutar de la libertad creativa, sin someterse a las exigencias de la dependencia y las obligaciones laborales alienantes. Esa independencia Woolf la estimó en 500 libras, una cantidad que consiguió por herencia y le abrió el campo de la autonomía financiera.

Noventa años más tarde conozco muchas mujeres creadoras –o que quieren serlo— sin habitación propia. Muchas alumnas de los talleres que imparto luchan a diario por hallar un espacio en casa donde poder desentenderse de los reclamos familiares y poder dedicar un poco de tiempo a sus pasiones creadoras. No es excusa: hay hombres a quienes también les sucede, pero para ellos, por lo general, escribir no es un ejercicio de reafirmación individual. Eso atañe a la habitación, pero faltan las 500 libras, un asunto que afecta tanto a hombres como a mujeres por igual.

Ginés Cutillas también le encargaron una serie de conferencias, en este caso sobre microrrelato –en el cual es un autor referencial— y literatura hecha por mujeres. La amplia documentación precisa le condujo a imbuirse en los hechos y reflexiones sobre la literatura femenina. Un terreno donde poco a poco se salvan las visiones dicotómicas y podremos, en futuro cercano y en pie de igualdad, desatender sexo y género para enfrascarnos en un mundo literario más allá de los clichés. Esas fotos fijas marcan una literatura femenina empática —eficiente, propicia para entablar la identificación autora/lectora—, y la literatura masculina que fluctúa entre la fantasía evasiva y la academia sesuda. Pero en tanto avanzaba el ensayista por esa habitación de Virginia, reparó en la carencia de las 500 libras, en su propia carencia. Los escritores y (casi todas) las escritoras han conseguido su habitación propia, o su rincón en casa, muchas de ellas cada vez más pequeñas, pero carecen de la autonomía financiera que les permita dedicarse a la creación.

Este hecho afecta a un número de autores y autoras altísimo. Lo conocemos con cercanía: compañeros y compañeras que optan por la dedicación exclusiva se privan de mucho, viven con poco. La mayoría dedica casi todas sus horas a otro trabajo: con suerte, a uno que puede estar en íntima relación con la creatividad literaria; en otros casos en abierta enemistad con el mundo literario, donde escribir es una práctica inconfesable que parece no hacerse en una habitación, sino en un armario. Al trabajo de condumio dedican las mejores horas del día y sacan tiempo para sus cuentos, poemas y novelas de ratos libres, noches largas, mañanas madrugadoras. Es decir, hay casos de reconocidos autores en los que la consideración laboral de la práctica literaria Hacienda no la consideraría más que una afición, puntual, poco relevante en la declaración de IRPF.

Cutillas cuenta entonces, a partir de su caída del caballo, su propia odisea: la narración de la preparación de las conferencias comprometidas (y todo el proceso de documentación y consulta) se entremezcla con las reflexiones y acciones que emprende con el fin de buscar sus 500 libras, aquellas que le permitan dedicarse a la creación, sin empacho. Nos cuenta cómo se deshace de un trabajo tirano, cómo reflexiona sobre las renuncias, cómo avanza y retrocede, revela sus preocupaciones y sus aflicciones, y, muy al contrario del ensayo que desata el libro aquí no hay falsa ficción, sino confesión sincera.

No vamos a desvelar el final, no vamos a contar por dónde anda Cutillas ahora, si vive en una habitación propia, si tiene las libras suficientes, si sigue leyendo a escritores rusos muertos. Avancemos solo que al final implosionan las dos motivaciones: el tiempo y el espacio. Se enredan esa habitación de la literatura femenina, abierta ya de par en par, y esa búsqueda de la independencia, de la autonomía, de la conquista del suficiente tiempo para ejercer su trabajo de creador. No se trata de reclamar el tiempo artístico porque sí, ni de que sea financiado por un estado protector. Más bien es una abierta reflexión sobre la alineación laboral, el mal encaje de la creatividad en el sistema, el círculo vicioso de la escritura que no recibe a cambio ni una mísera libra con la que poder pagarse la propia habitación.

Alfonso Salazar

domingo, 1 de diciembre de 2019

¿QUIÉN ES FASCISTA?

Quién es fascista
Emilio Gentile
Alianza Editorial
Madrid
2019




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En nuestra adolescencia sabíamos quién era facha. Al menos lo deducíamos por ciertos comportamientos y exhibiciones de símbolos. Eran pocos los que se exhibían, otros muchos se avergonzaban. Aunque fuese reciente la identificación con la dictadura, nos parecía algo muy añejo. En el caso de los jóvenes —aquellos condiscípulos en el colegio que llevaban una plaquita metálica con el águila de San Juan en la pulsera del reloj— ser y parecer facha exigía no solo una educación adecuada y sesgada, sino cierto sectarismo y sentido de manada. El Jueves se reía de los fachas a través del personaje de Martínez, y con el tiempo, definitivamente, se convirtieron todos en caricatura, en patrones de colonia, patria y gomina. Luego llegó el elogio de la bandera nacional, el patrioterismo, volvió el reino de la testosterona y la historia más contemporánea es otra.

Alianza ha publicado un librito de Emilio Gentile, el profesor italiano de La Sapienza, donde reflexiona sobre el concepto de fascista. Gentile es un profesor de historia y considera que el fascismo, en distintas vertientes, es un concepto histórico irrepetible. Porque todos los fenómenos históricos, aunque la leyenda urbana diga otra cosa, son irrepetibles pues las condiciones (como en el experimento científico) no son reproducibles de manera idéntica. Gentile habla de ahistoriología cuando se comparan los movimientos de la derecha, demócratas o no, con el fascismo. Hace ahora cien años que se levantaron los primeros fascios de combate –en principio bastante ineficaces— en Italia, inspirados en modelos franceses, británicos, estadounidenses, y solo un par de años más tarde puede datarse el inicio del fascismo histórico, ese movimiento identificado con el Duce y que sí fue aplanador de la voluntad, vengativo, cruel y tenebroso.

En España el concepto fascista, más acá de las consideraciones históricas, tuvo otras connotaciones. Si el fascismo histórico mussoliniano miraba hacia delante y abominaba de la tradición, del carácter indolente del italiano, en España ese fascismo tuvo una manifestación hermana y émula, y otra manifestación torcida que se dedicó a ensalzar las glorias patrias perdidas, la camisa de una reina antiquísima, caudillos en sandalias y conquistadores de coraza y pelo en pecho. En España siempre hubo un temor a la modernidad, el deseo de cerrar puertas y ventanas, salvaguardar la(s) identidad(es) nacional(es) del invasor, eternamente rechazado en el imaginario colectivo.

Gentile plantea un libro de historia, montado sobre una falsa entrevista ante un auditorio de estudiantes, cosa que a veces peca de esa trampa notable de que la pregunta se hizo tras la respuesta —un cíclico encantado de que me haga esa pregunta: sí, muchas preguntas, pero hay que buscar en el título, y a lo largo del libro, muchos signos de interrogación—. Este método resta vivacidad y veracidad a un texto que debe ser un texto en busca de la verdad. Pero, más allá de esos detalles de planteamiento, que no de contenido, Gentile no defrauda, ya sea cuando muestra el populismo (popularismo) como una técnica más que una ideología, o cuando distingue entre el método democrático y el ideal democrático: este es una finalidad en sí misma recogida en los más universales documentos de acuerdo humanos; aquel es un método asumible por grupos autoritarios, totalitarios, reaccionarios, de cualquier índole que asaltan el poder a través del método democrático para abolir el ideal democrático desde dentro. Una historia conocida, un discurso de mitin que nos suena reciente. Y ese es el punto que prefiere Gentile, distinguir al fascista del neofascista, del neonazi, del conservador, del totalitario, del nacionalista antidemocrático, del nostálgico, del rancio, del vivan las cadenas. Solo nos falta considerar si el fascismo, ya, se ha convertido en nuestro lenguaje en el significante de una técnica más que en el significante de una ideología.

Alfonso Salazar

LA LUZ DEL SUR

Pequeña biografía de la luz
Alejandro Pedregosa
Esdrújula
Granada
2019




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Hay un eco machadiano en el último libro de poesía de Alejandro Pedregosa, no solo en la cita de apertura, no solo en la observación de la naturaleza que contagia a quien canta sus emociones cuando mira un roble, sino en esa luz, la luz última, los días azules de Machado. Con Pequeña biografía de la luz el poeta marbellí, que desde hace tanto reside en Granada, entronca en una tradición que se perdió entre aceras, taxis y mazacotes grisáceos. También en el discurso natural está la poesía del trabajo bien hecho, la poesía que hila fino, como la araña, y no se improvisa, la que requiere tiempo, maduración y oficio.

Hasta hace bien poco los paisajes poéticos se convirtieron en una tediosa sucesión de la soledad urbanita. En este libro la luz, ese topos literario, se incorpora, baja a la vida de la biografía para marcar un rumbo hacia la memoria –la del yo poético, la de otros— que redescubre el mundo cercano y desaparecido, el mundo no globalizado de las adolescencias de hace nada, cuando la adolescencia no era una enfermedad eterna que amenaza con convertir en adolescentes a los adultos –poseídos por el espíritu adolescente de las poses— y era una etapa de la vida fundada en el crecimiento, en el descubrimiento, en el miedo y la alegría, en apoyo en los padres y en los amigos. Podría citar muchos ejemplos, pero resulta interesante confrontar "Vara de medir", donde el niño protagonista crece conforme a la medida del cuerpo de su madre (a la altura del corazón, los hombros después, las cumbres rizadas del pelo materno más tarde: es este un poema que recordaremos, siempre), con el consecutivo "Elegía del primer maestro", un poema este que alumbra al quinqui poético. O con el poema hacia el final del libro que evoca la luz de las fotografías de septiembre donde se reunían los amigos para despedir las vacaciones. En esos juegos de personajes abunda el poemario, desde el abuelo a la camarera, personajes imprescindibles para el crecimiento del niño, pero nunca tanto como el padre que le da el primer libro o la madre: "Amanecer en casa de la madre/—el único lugar que llamas patria—".

Hay un eco de poesía antigua pero nueva, de ecos en los giros del verso que parecen ser romance, pero no lo son ("Canta el mirlo infinito a las tres/y media de la tarde"), de cantinela chispeante ("dulce muchacha que me acercas/el vino hasta la mesa"), de ubi sunt ("¿recordáis/nuestros cuerpos alados/saltando sobre el mar/en las tardes finales de septiembre?") y deseos de buen viaje, que el viaje sea largo ("Que llegada la vida en su mitad/el aire sea limpio en tu mañana").

El acierto de dar biografía a esa luz, a esa luz del crecimiento, está en que abre la puerta a contar la vida. Hay libros de poesía que pueden resultar un documento de vida, pero de vida abstracta, de vida hacia dentro, vida sufrida, vida de diario, a veces con los mismos elementos aburridos de la vida cotidiana. Hay otros, como es el caso, que se congratulan de la vida sucedida, de la vida crecida y en marcha, la que celebra la naturaleza (a veces encerrada sí, entre las alturas de los edificios, pero allí, allí el pájaro canta, como en el paseo marítimo la palmera señala la luz del cielo, como el naranjo mira la pared encalada en la parte de atrás de la casa). No se trata de un aroma campestre, sino de un aroma entre campestre y urbano que fue y ya no es, de cuando la periferia inaudita, el descampado, estaba a la vuelta de la esquina (no se pierdan "Cuando todo era campo", también lo recordaremos tanto tiempo). Es, al fin y al cabo, un aroma de escuela andaluza en Andalucía, de sol de diciembre, de playa, de juegos en la arena, de recuerdo marcado por los geranios colgados en las paredes de cal, fuegos artificiales, azules los veranos, de luz del Sur.

Alfonso Salazar

viernes, 20 de septiembre de 2019

LOS LIBROS LIBERADOS

Colección Los Galeotes
Instituto Cervantes
Madrid
2018-act
‘Lorca, poeta del pueblo’, de Arturo Barea
‘Vueltas sin regreso (Cartas)’, de Max Aub y Dionisio Ridruejo
‘Cien días de la vida de una mujer’, de Federica Montseny
‘Del surrealismo a Machupicchu’, de Juan Larrea

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Hay libros que merecen salvarse del olvido. Hay libros que no tienen lugar en el mercado capitalista. Es el mantra de “es el mercado, amigo”. En ese mercado hay productos que, ya, no tienen cabida. Libros raros, libros que no serán best seller, libros para unos pocos, libros que debe salvar la memoria común de los ciudadanos. Esa labor, desde tiempo inmemorial, esa labor de luchar contra la ley de la oferta y la demanda y centrarse en la labor de lo que es precioso para el arte y la memoria, es una labor que afrontaron en otro tiempo los mecenas y que hoy en día afronta el Estado, porque los mecenas –léase fundaciones, obras sociales- reculan.

El instituto Cervantes ha salvado diversos libros de la quema del olvido y los está publicando desde el año pasado en una interesante colección que lleva por título, espléndido, ‘Los Galeotes’. Como aquellos galeotes salvados de galeras por el Quijote, esto títulos son salvados del olvido por el Cervantes. Eternamente agradecidos. Entre los títulos se trabaja el exquisito gusto de recuperar las voces del exilio español, voces silenciadas que tuvieron su altavoz en el extranjero –sobre todo en la américa hispana- y que ahora al fin, están a disposición del lector curioso.

Son cuatro los títulos publicados hasta el momento, son cuatro autores que determinan la voluntad férrea de saltar las aguas del olvido y retornarlos. El primero de los títulos es el inestimable ‘Lorca, el poeta y su pueblo’ de Arturo Barea. Barea fue el autor de la sublime ‘La forja de un rebelde’ ese libro que sufrió los avatares de la lengua (perdida su versión en castellano, ahora solo tenemos su traducción del inglés al español que hizo su esposa, Ilse Kulcsar). La edición de este primer acercamiento a la figura de Lorca se hizo en Inglaterra en 1944, con las heridas de la Guerra española supurando y bajo el eco de los bombardeos alemanes. Este libro fue la espoleta para el arranque del estudio de la figura del poeta fusilado, así lo confiesa Gibson en el prólogo, y no sabemos a ciencia cierta (al menos lo desconozco) si Penón tuvo conocimiento.

El segundo libro de la colección, ‘Vueltas sin regreso’ es un estudio sobre las cartas cruzadas entre Max Aub y Dionisio Ridruejo en los años de la posguerra. Se trata de una afinadísima, aunque breve, correspondencia que muestra las grandes sombras y las pocas luces del franquismo, la lectura del exterior y la lectura del interior; el dolor de la guerra, la revolución y los sueños fracasados; la historia de una España que nunca pudo ser. La conversación entre el socialista y el falangista caído del caballo de la dictadura enseña el camino que debió transitarse en la Transición, a la que ni uno ni otro llegaron pues fallecieron ambos antes de la muerte del dictador.

El tercer título es ‘Cien días en la vida de una mujer’, la reunión de los opúsculos de la anarquista Federica Montseny en su huida de la España de la victoria y la represión. A Montseny se la recuerda como la primera ministra española de sanidad, una eficaz dirigente cenetista y una mujer que, procedente de una familia comprometida con el movimiento obrero –la familia Urales-Mañé-, tuvo que afrontar en momentos tan difíciles la disyuntiva entre la revolución y la defensa. Pero Montseny también era una curtida escritora que cuenta con la misma contundencia que otras autoras de su época (pienso en Victoria Kent, pienso en Irene Némirovsky) las absolutas dificultades que atraviesan en la Francia ocupada por el nazismo, el dolor que desprende, su preocupación por los más desfavorecidos en mitad de la catástrofe.

El cuarto libro reúne tres ensayos de Juan Larrea, otro escritor del exilio, donde desgrana un encuadre histórico y filosófico de los movimientos vanguardistas europeos a los que fue propenso, sobre todo el surrealismo y sus vínculos con expresiones culturales y literarias de Hispanoamérica, sobre todo en Argentina, donde termina sus días en el año 1980.

Gracias al Instituto Cervantes, ‘Los galeotes’ selecciona un esforzado elenco de remadores contra el olvido. Avanti. No se lo pierdan si quieren comprender la España de hoy en la España del ayer, aquella que estuvo repartida por el mundo.

Alfonso Salazar

miércoles, 5 de junio de 2019

FELICIDAD, NO SATISFACCIÓN

Las pequeñas alegrías
Marc Augé
Traducción de Claudia Casanova
Ático de los libros
Barcelona
2019

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Puede haber vejez sin rebeldía como hay juventud rebelde. Puede existir el cliché. Pero cada vez conozco más a viejos rebeldes, que no son tan viejos —endiablada palabra—, a ancianos incombustibles, a veteranos de la vida que, al fin, dicen lo que quieren cuando quieren, que han decidido que el convencionalismo es una pérdida de tiempo. Hay quien hace memoria cuando llega a esa veteranía, y recientemente la voz de los viejos escritores —insisto, habrá que revisar la palabra 'viejo', porque no hace honor, porque no se trata del objeto apartado— rompe como fulgor sobre la historia, como si realmente el fin de la historia, nos anunciasen, no está, no ha llegado, es otro producto mendaz de los vendedores de la correcta y comercial política.

Sin aspaviento, sin voz grave, sin indignación, pero con sabiduría —admiremos la indignación de nuestros viejos, queramos ser como ellos, lleguemos a ser como nuestros mayores, envejezcamos así—, Marc Augé, el antropólogo que nos dio a conocer un concepto capital como el no lugar –que últimamente lo he visto retratado en alguna literatura blanda como lo que no es—, ha alumbrado un librito breve, como si para decir lo preciso solo se necesitara la precisión: equilicuá. La traductora lo ha tenido complicado en el título, Las pequeñas alegrías: el francés original hace referencia a les bonheurs du jour, un intraducible juego que evoca a la vez una pequeña felicidad burguesa y un mueble que las damas de la Francia prerrevolucionaria utilizaban como escritorio.

Marc Augé habla de la felicidad, de ese producto que ahora quieren embalarnos, que ahora puede usted comprar por Internet, para el que ahora la ONU crea un observatorio, cosa que ahora alguien le puede entrenar para obtener, de un producto que anuncia ser la tendencia de la industria futura cuando las tareas más enojosas sean cumplidas por robots y el ser humano pueda dedicarse por completo a la consecución de la felicidad. Pero Augé, que con 84 años ya puede decir lo que le venga en gana, nos desengaña: elabora un listado de experiencias personales donde localiza esos trazos de la felicidad, esa breve existencia de las pequeñas alegrías: compartir aficiones, recordar vivencias, disfrutar con intensidad instantes de amor consciente, una película en compañía, contemplar un paisaje con la constancia de que solo en ese momento, en ese instante se puede contemplar ese paisaje, comer y evocar los sabores, cantar, silbar las canciones que conocimos de niños, la que la abuela enseñó a la madre y la madre a la hija, y alumbran la memoria como las potentes bombillas que de improviso se encienden en un sótano. El antropólogo también nos enumera desgracias, y acierta cuando expone la diferencia entre la felicidad y la satisfacción.

Leyendo Las pequeñas alegrías uno elabora su propio catálogo de pequeñas alegrías a las que recurrir en el momento de las pequeñas desgracias. Como bien nos avisa Augé en el epílogo, el listado de unas y de otras no tiene fin. Bueno, no tiene más fin que la vida. Augé nos invita a la felicidad del instante, a la pequeña alegría que se consigue cuando se lee Las pequeñas alegrías.

Alfonso Salazar