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viernes, 9 de febrero de 2018

HISTORIOGRAFÍA PARA LA NUEVA DERECHA

En defensa de España. Desmontando mitos y leyendas negras
Stanley G. Payne
Espasa
Madrid
2017


LEER EN LOS DIABLOS AZULES





El último premio Ensayo Espasa ha optado por el don de la oportunidad. El libro ganador, En defensa de España, de Stanley G. Payne, es un catecismo de buenas prácticas historiográficas para la nueva derecha española. Con el argumento de desmontar leyendas negras y mitos, el hispanista se monta un recorrido por la historia de parte de la península ibérica que insiste en volver a levantar los mitos que terminan por enaltecer el espíritu de lo español, lo castellano, lo monárquico y lo católico. Así que, con la que cae de antiespañolismo, rebeldía periférica, republicanismo y lucha de bandera, ocasión que ni pintada: tres carabelas en su portada no tienen por qué ser presagio de buena singladura.

Por partes. Vuelve Payne a enarbolar el concepto de Reconquista, a envolverse en el pendón y la defensa de Castilla, la reserva espiritual de España, y en tanto mantiene para los godos pretéritos el espíritu de españolidad, se lo niega a los musulmanes asimilados, descendientes de norteafricanos —como los sojuzgados por la minoría goda—, que vivieron siete siglos en una misma tierra. Por eso el autor, porque el medievo musulmán no servirá a su propósito, pasa de puntillas. Sigue el previsible elogio de la monarquía hispánica de sus católicas majestades; se levanta en el segundo tercio y pasa imperial por el siglo y medio de Austrias, esos que gobernaban con total consciencia una adición de territorios y sabían que lo que hoy está bajo misma corona, mañana quizá no lo esté; se encuentra augusto en el florecimiento del Imperio, recio honor a los tercios y conquistadores, con debido silencio sobre las rebeldías territoriales; remate de época con salpicón de dos siglos y tanto de borbones salteados con repúblicas y dictaduras.

Se siente más seguro en el análisis del siglo XX. En la II República se dedica a dar estopa a los presidentes elegidos democráticamente –como si sus decisiones no fuesen mucho más legítimas que las que hubiese tomado cualquier Borbón en años anteriores, y posteriores— y a poner en solfa los resultados electorales de 1936 conforme a peregrinos argumentarios del primer franquismo; en la Guerra Civil da por sentado que fue mejor solución la dictadura que la revolución, que Durango y Guernica fueron meros accidentes del frente y que los números de muertos son exagerados; y en la dictadura, si bien creemos que Franco no merece un juicio histórico, ni es necesario que lo tenga, sí se le debe al franquismo (al que Payne se empeña en llamarlo pseudofascismo, semifascismo y otros eufemismos), un juicio que no llega y que libros como este vienen a demorar. No por equidistancia, sino por prevalencia. No hay la más leve alusión a la España que se fue al exilio. Ni una España, ni dos Españas, al menos tres. Debe ser que no forma parte de la leyenda negra.

En la Transición, su momento estelar, Payne se viene arriba, se mete en el libro y protagoniza reuniones históricas en EE.UU. donde se decidirá el futuro de España. Como lo leen. Sigue la deriva con defensa del rey, elogio y lamento de Torcuato Fernández-Miranda y lanzamiento de Suárez por el centro izquierda y el pozo de la ambición; sobreviene leñazo a la izquierda, revisión de la Transición como un momento de desmovilización política y modelo para el mundo. Por supuesto, todo es culpa del posmodernismo, el igualitarismo, el “buenismo” (cuando pasa Rodríguez Zapatero, le da un capón) y este sindiós de corrección política y relativismo de izquierda que define Trillo Figueroa como “ideología invisible” (ojo, Trillo el hermano, no el ex ministro). Y para rematar un buen rapapolvo a la memoria histórica (democrática), como si fuese el leviatán que nos conduce al desastre.

En fin, a buen entendedor y aunque lo disfrace de otra cosa, parece panorama de una eterna Guerra Civil, posiblemente iniciada en la Navas de Tolosa, por la que desfilan las sombras de abencerrajes, beltranejos, comuneros, moriscos, catalanes, afrancesados, carlistas, anarquistas, requetés y etarras. No es de extrañar que el escudo heráldico español esté cuarteado, dividido en tantos símbolos (compárenlo con el recio emblema de Francia, con la poderosa cruz griega de plata, con el águila federal alemán que a veces recuerda al de San Juan pasado por el cómic…). Este escudo solo lo cimenta una dinastía con una flor en su centro. Cosas que seguimos viendo en el siglo XXI.

Libros como este establecen la nueva propaganda, la adecuada revisión que espera la derecha (la nueva y la vieja derecha demócrata y democratable) para poder enfrentarse a su pasado y justificar sus ancestros ideológicos sin dolor. Es un libro de opinión, muy versada, muy documentada, que bebe de donde conviene, pero no defiende más que una opinión vieja, muy vieja, disfrazada de nueva. La Historia no obliga más que, como en el adagio, aprender del error pasado (cosa que el autor evoca), porque la Historia nos ha demostrado que no hay organización ni estructura que aguante para siempre, ni el Reich, ni la Catalunya triomfant, ni el París de la Comuna, ni la España de Franco —aunque algunas universidades y organizaciones religiosas se empeñen en los contrario—. Tampoco la Historia es llevada por la voluntad de un ser humano, como Payne quiere hacernos creer, ya sea por el designio en lo universal de los Reyes Católicos, por la ciclotimia del primer Felipe de Borbón, la ambición de Godoy, el calentón de un Primo de Rivera, los excesos de don Niceto Alcalá-Zamora o la fingida imprevisibilidad del dictador, que en este libro parece un pobre hombre obligado y abúlico, soñador del imperio africano, que tuvo que hacer lo que tuvo que hacer porque no había más remedio y bien justificado queda.

Todos ellos no son más que monigotes de las circunstancias sociales, económicas y culturales, del contexto internacional, dando igual el nombre del ser humano e importando mucho más su época, donde el apellido fue un accidente. Si a un estudiante de la Alta Austria le hubiesen elogiado su pobre obra pictórica y hubiese accedido a la Academia de Bellas Artes de Viena, quizá nos hubiéramos evitado un dictador llamado Adolf Hitler y hubiésemos ganado un mediocre pintor, pero ello no aseguraría que hubiésemos evitado el ascenso del nacionalsocialismo y su traca mortal. Tampoco es plan de echarle la culpa al jurado de acceso a la academia vienesa. Creo que esto me lo contaba un viejo músico francés. Este prurito alérgico de anti materialismo histórico de Payne le lleva a perder el rumbo, centrarse en los nombres de los hombres (y pocas mujeres) que presiden las paredes de los salones de pasos perdidos de la Historia, serios y pétreos en sus retratos de plano medio, y además, dedicarse a la historia ficción del qué hubiera pasado si… si Franco se hubiese levantado el 18 de julio con migraña, si don Niceto hubiese dejado gobernar a Gil-Robles, si Pepe Botella hubiese caído en gracia, si, si, si, Sisí emperatriz.

Para enjaretar este país, donde muchos de sus ciudadanos han superado desde hace años el rapto y muerte de la madre patria (a manos de la derecha y con ahogo de naftalina, práctica que se llevó por delante los símbolos, las tradiciones y más de medio orgullo histórico) hace falta más que reinventar la Historia, reinterpretarla y empezar a contarnos un cuento nuevo de dónde venimos y adónde vamos. Será un libro de gran éxito (como los de Pío Moa) para poder discutir en la mesa del gran cuñado, pero insiste en el empeño de la revisión, y sin entrar en el fondo de las cuestiones: veamos nuestra historia, relacionada con todos los pueblos que nos rodean, dejémonos de la visión etnicista (incluso la que proviene de los godos, se sustenta en la Iglesia católica y lo empuja una oligarquía imperial sin sentido del ridículo). Quizá lleguemos a la conclusión de que frente a la leyenda negra nos queda levantar la tortilla de patatas y el gazpacho. No es un mal inicio.

Alfonso Salazar

viernes, 22 de diciembre de 2017

HIELO Y FUEGO MEDIEVAL

Winter is coming. El mundo medieval en Juego de Tronos
Carolyne Larrington
Traducción de Aurora Ballesteros
Desperta Ferro
2017




Canción de Hielo y Fuego, de George RR Martin, convertida en Juego de Tronos por manos de la HBO y los showrunners David Benioff y D.B. Weiss se ha convertido en uno de los grandes fenómenos narrativos y de entretenimiento de los últimos años. Las sagas de héroes tienen mucha y buena acogida desde hace siglos, sean más o menos realistas, sean menos o más ficticias. Martin, el creador loco de la saga, aunque parece un tipo en las antípodas de JRR Tolkien, bebe de fuentes parecidas. El libro “Winter is coming: El mundo medieval en Juego de Tronos” de Carolyne Larrington y editado por Desperta Ferro viene a rebuscar las inspiraciones históricas y culturales de Canción de Hielo y Fuego para entroncar con las tradiciones, los cantares y leyendas, los usos de la guerra, la organización social, la adaptación climática, el carácter que la historia nos ha transmitido de cada una de las culturas que en la Europa medieval (sobre todo) fueron y de la visión que de Oriente tuvieron aquellos habitantes europeos.

El libro se organiza en un viaje que comienza en el Norte de Poniente recorre el resto de continente y atraviesa el mar Angosto camino de Essos, hasta el Mar Dothraki y más allá. Para los que no conozcan la serie, ni la serie de libros, este artículo puede convertirse en un exótico galimatías. Ruego me disculpen. La formación medievalista de la autora alumbra cada paso. Las referencias son claras y diáfanas. En esa inevitable comparación con Tolkien, el otro gran hacedor de mundos de la literatura anglosajona, Martin adolece de la tan intensa invención de universos del sudafricano, pero como buen divulgador, enriquece su ficción con elementos tomados de toda cultura, bien batidos y mejor presentados, con todas las virtudes del contador de historias, inspirado y preparado para mantener la tensión.

El libro está bien documentado, con abundante bibliografía, índice analítico y dos tipos de ilustraciones: las históricas (reproducciones de grabados, pinturas, esculturas, joyas…) y en otro grupo reconocible las ilustraciones aportadas por la propia editorial y extraídas de su revista de cabecera, en un tono de cómic antiguo, que evocan escenas medievales europeas y la cartografía y dibujos de los personajes de Canción de Hielo y Fuego que se inspiran en los personajes televisivos. Está claro que el libro no es un producto oficial. Ni falta que le hace.

Las leyendas que sustentan a los Caminantes blancos, los guerreros eunucos que recuerdan a los Inmaculados, las hermandades guerreras, las religiones precristianas y los viejos dioses, el cristianismo y la fe de los siete, el camino hacia Extremo oriente como el camino hacia las Montañas Rojas, Pentos como Venecia, el Muro de Adriano y el Muro de Brandon el Constructor, los cuervos de Odín, la psoriagris y la lepra, la guerra de las dos rosas, Lannister/Lancaster, Stark/York, etcétera, etcétera. La autora encuentra paralelismos en el mínimo detalle, por un lado acotando las venas inspiradoras de Martin, por otro lado glosando la habilidad, el vasto conocimiento y el esfuerzo y tesón del autor.

Juego de Tronos, que enfrentará su última temporada –televisiva- previsiblemente el año que viene, es también un mundo en expansión, como lo es la franquicia de Star Wars (fuera del paritorio en el mundo literario) y lo siguen siendo El Señor de los Anillos y la saga de Harry Potter. Todas estas sagas pisan con mayor o menor fortuna todos los mundos conocidos del capital y el consumo. Grandes productos del entretenimiento de entre milenios, se han adherido al acervo común, se han incrustado en las referencias culturales, se hacen inseparables del recuerdo, la pasión, la emoción y el descubrimiento de la antiquísima pasión humana de imaginar mundos, imaginar historias. Pero no sufran (suframos) los adictos, porque aunque llegue una última temporada le falta la extensión en videojuegos, los spin off, productos basados en el Mundo Conocido en épocas alternativas, secuelas y precuelas y, sobre todo, los últimos libros de George RR Martin, que ni los dioses antiguos y nuevos saben por dónde saldrán. Claro está que el invierno se le ha echado encima.

Alfonso Salazar

viernes, 13 de octubre de 2017

LA VIDA DE RAYMOND CHANDLER

La vida de Raymond Chandler
Frank Macshane
Alrevés, 2017

LEER EN LOS DIABLOS AZULES


De un tiempo a esta parte, afortunadamente, el género Noir suscita tanto interés como para que no quede circunscrito a la celebración de la veteranísima Semana Negra de Gijón. Granada Noir, Pamplona Negra, Getafe Negro, Las Casas Ahorcadas de Cuenca, el Congreso de Novela y Cine Negro de Salamanca y Valencia Negra se han hecho un hueco en la programación cultural española trazando un muy interesante circuito donde los escritores del género, cineastas, guionistas y sobre todo lectores, se encuentran y disfrutan de uno de los géneros más disruptivos de la historia literaria del siglo XX (y XXI). Si hay un nombre que aúna esa ascensión al reconocimiento artístico y la lealtad a una creación de género ese es el de Raymond Chandler.

Con motivo de la programación de Granada Noir (del 29 de septiembre al 8 de octubre de este año) se presenta la reedición de la biografía de Raymond Chandler publicada por Bruguera originalmente en 1977. El completísimo trabajo de Frank MacShane, La vida de Raymond Chandler, con traducción de Piral Giralt lo recupera la editorial barcelonesa Alrevés, cuando se cumplen cuarenta años de su primera edición.

Chandler fue un escritor que no fue escritor durante gran parte de su vida. Americano de nacimiento, por accidente, británico por formación y afecto, fue californiano nómada que inquieto, vivió en una continua mudanza. De carácter arisco, se casó con la mujer de un amigo –cuyo hijo luchó junto a él en la Gran Guerra- que tenía casi veinte años más que él. Borracho y mujeriego en diversas etapas, contable y aburrido oficinista, el pulp y Hollywood le dieron la oportunidad –y la aprovechó- de poder dedicarse en los últimos veinte años de su vida de sufrir y disfrutar de la creación de historias.

De su exigente trabajo surgió Philip Marlowe, ese detective duro y sentimental que desbrozó la senda abierta por Hammet y elevó el género Noir, lo puso en los anaqueles de las bibliotecas y los escaparates de las librerías –ya no solo en los kioskos-, lo editó en rústica y tapa dura, y forjó la idea –un continuo que llega hasta hoy- por el cual el crimen es cuestión social: corrupción política, dinero público para negocio privado, odio racial, violencia machista; no solo un juego de ingenio que reta al lector. Los jarrones venecianos expulsados al callejón fue la imagen recurrente (Chandler se la aplicó a Hammet en su ensayo El simple arte de matar, 1944). Aquellos jarrones de los saloncitos de palacetes londinenses de Agatha Christie que presenciaban los crímenes eran sustituidos por los gatos mudos que sobreviven entre la basura y la podredumbre de los callejones de los bajos fondos.
Junto con Hammett –con quien tan poco coincidió- son renovadores y maestros indiscutidos del género policiaco. Las siete novelas de Chandler son de una categoría literaria sorprendente en un campo en el que ningún lector, hasta aquel momento, esperaba tal calidad. Europa supo reconocérselo pronto. Chandler reveló el lado oscuro de la opulenta sociedad californiana en novelas como El sueño eterno, La hermana pequeña y El largo adiós. Ni es habitual en el perfil su tardía llegada al mundo literario ni su vida de insólito aislamiento. Por ello, porque muy poco se sabía de Chandler resulta imprescindible el estudio de Frank MacShane, quien se nutre del testimonio de quienes conocieron al escritor, de su correspondencia y sus textos inéditos.

El libro de Alrevés, una de las editoriales españolas que mejor catálogo negro presenta en España y que con más decisión apuesta por autores jóvenes, explica mucho sobre la evolución del hardboiled y sobre la vida exigente del escritor exigido de sí mismo. La vida de Chandler no fue apasionante, es cierto, pero hizo de la pasión su vida.

Alfonso Salazar

viernes, 14 de julio de 2017

ESCENAS DE LOS OCHENTA

Cine Aliatar
José María Pérez Zúñiga
Editorial Valparaíso, Granada, 2017

Publicado en Quimera, nº 404, julio-agosto 2017


Sobre la generación X comienzan a caer meses, años, canas y décadas. Los años 80 son un pasado que comienza a alejarse, y como todos los lejanos pasados, comienzan a brillar en su no retorno, obtienen un tono dorado sobre el recuerdo. José María Pérez Zúñiga ha tomado ese pasado y lo ha volcado en la novela “Cine Aliatar”. No destripamos nada si decimos que el cine, el ochentero principalmente, es pieza fundamental. El cine Aliatar fue uno de los símbolos de la Granada cultural, un hermoso edificio levantado en centro de una ciudad de posguerra, con un aprovechamiento del espacio y una fachada que se estudia en los libros de arquitectura.

Fueron muchos los cines de Granada que desaparecieron: Capitol, Astoria, Gran Vía, Olympia, Alhambra, Príncipe, Regio, Goya, Apolo, Palacio del cine… muchos de estos nombres se repetían de ciudad en ciudad, y seguro que en su ciudad, lector -si es otra distinta a Granada y tiene más de treinta y pico años- podrá recordar salas, halls y excavadoras tragándose, de la noche a la mañana, años de sueños y celuloide. De todos los nombres que se podía dar a un cine, Aliatar -por el suegro del último monarca granadino-, era excepcional. Intentó sobrevivir a la moda de los multicines y los edificios plurifuncionales. Quiso seguir siendo cine y hoy es discoteca. Los avatares del cine Aliatar en los años ochenta sirven a Pérez Zúñiga para tramar una historia de amor y abandono que se ilustra en los argumentos de las películas de entonces, con especial predilección por títulos como Blade Runner, Wall Street o Volver a empezar.

El protagonista es un proyeccionista, quien ha surfeado por encima de bobinas analógicas hasta ordenadores que todo lo controlan. Es inevitable, y el autor lo hace, evocar el Cinema Paradiso de Tornatore. Pero al contrario de aquella, en Cine Aliatar el protagonista aventurero solo lo es en las salas de proyección. Solo puede viajar en las funciones de tarde y noche. Son otros los que se van y vuelven, los que vuelan y cumplen argumentos de pantalla en la vida real. Amigos de fiesta, pubs y bares, novios por el paseo marítimo, noches de verano en la arena, indecisiones universitarias, padres injustos y madres achicadas, tiempos transitorios, un realista panorama de nuestra doradísima y desgastada juventud.

Sobre toda la narración que va de los ochenta hasta la primera década del siglo, se coloca, como ineludible explicación de ese presente, el pasado que retumba. Los años ochenta, como cierre de la Transición, confirmó a los jóvenes ochenteros en el papel de debutantes en un mundo más feliz, en un fango feliz, donde fue preferible no preguntar por las aguas que trajeron aquellos lodos. Pero el protagonista bucea en ese pasado, y en las distintas perspectivas, ideologías, victorias y derrotas que podían explicar el mundo de los callados, el de los serviles, el de los purgados y el de los tibios. Son quizá los pasajes más logrados de la novela, aquellos que evocan la campaña de la División Azul o la epopeya de los españoles que murieron en Mauthausen. No es la generación anterior a los protagonistas, aquella generación de nuestros padres que crecieron en la posguerra bajo el silencio y el cerrojazo franquista, sino la generación de los abuelos, una generación que a día de hoy sigue en parte sepulta e innombrada, perdida y sin recuperar. Se mantiene la herida aún abierta. La renuncia absoluta a la cruel herencia franquista debió ser la solución, la de los ochenta y la de ahora. Y ni se dio, ni se da, el paso definitivo.

Alfonso Salazar

sábado, 8 de julio de 2017

FANTASMAGORÍA

Fantasmagoría

Magia, terror, mito y ciencia
Ramón Mayrata

La Felguera, 2017

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Ramón Mayrata ha dedicado gran parte de su vida a investigar la íntima relación que Magia y Ciencia tienen y que deriva en los diversos caminos que la Historia ha dejado marcados. Uno de estos itinerarios es el que hizo derivar, de aquella magia con vocación sagrada, el ilusionismo escénico. Hemos disfrutado en más de una ocasión del amplio conocimiento de Mayrata, cuya formación antropológica le habilita para mantener una apertura en la profundización del saber que le hace no desdeñar ningún camino que quede por desbrozar. Trata con respeto la más equivocada de las conclusiones a las que pudieron llegar nuestros antepasados, con el fin de conocer las motivaciones, antes que quedarse en el mediocre desmontaje de la superchería y punto, al que un extremismo científico estancado en su paradigma, se suele apuntar. Este equilibrio solo sucede cuando el investigador se impregna de cierto relativismo imprescindible y de una hondura de conocimiento que ve más allá del efecto para buscar la causa.

El camino de la magia y la ciencia se unieron para siempre con la caída del Antiguo Régimen. La magia abandonó el mundo sacro para entrar en el escénico. Muchos avances científicos se habían logrado gracias al afán recreativo, ya desde la Grecia clásica, y la Edad Media y el Renacimiento no fueron menos. Los magos hacían uso de ciencias, que se encontraban en pañales, para avanzar en la creación de la sensación de lo posible. Fenómenos lumínicos, aplicaciones como la linterna mágica o la cámara oscura, que siguen siendo fundamentos científicos y artísticos en la actualidad, fueron dominio de los magos y los prestidigitadores.

De los muchos ámbitos donde los magos y otros precursores hollaron -pudo ser el paso del tarot a la baraja-, Mayrata se centra en el fenómeno de la fantasmagoría, el retorno de los muertos, la visión de lo imposible, el dominio de lo aterrador y lo espectral. Conocer el camino de la fantasmagoría es conocer mucho de la deriva del pensamiento, de la lucha entre la razón y el mito. El control de las masas se fundamenta en el control del sueño de las masas. Sucedía desde antiguo: “No estoy divulgando un secreto, sino mostrando la elaboración de una máscara, un procedimiento con el que se pueden crear efectivas representaciones, y que arroja luz sobre las supuestas apariciones milagrosas de los templos o el cortejo fantasmagórico de los dioses en los misterios de iniciación”.

Desde la Revolución francesa, el momento fundamental en que Luces y Sombras se separaron -la fantasmagoría escénica y la trampa sagrada trascendente- el mundo alumbró un nuevo concepto de magia: la ilusión sobre el escenario. Y la literatura abrió las puertas a la novela gótica, a la aparición del fantasma, del condenado y los muertos retornados a la vida. Hasta entonces los seres mágicos apenas eran visibles, los puentes entre un mundo y el más allá no estaban forjados. A partir de entonces, veremos lo que no existe, los fantasmas vendrán y volverán de un mundo a otro con asiduidad y familiaridad. Apunta Mayrata que el motivo puede residir en el desalojo del Más Allá, abandonado por el descreimiento, que obliga a una reabsorción de la pesadilla, el delirio y la alucinación por el mundo tecnológico y artístico del “más acá”.

La erudición de “Fantasmagoría” superará con creces las exigencias de décadas futuras y será referencia inevitable: La Felguera siempre tiene buen ojo. El libro agrupa gran parte del conocimiento mágico y lo enaltece, alumbra importante bibliografía, organiza el pensamiento hasta la fecha rescatando textos, hechos y un atrevido poderío en la cita oportuna de autores varios y de insólita venida al caso, enrolando en una misma tripulación a tipos de diferente estirpe como Platón, Giordano Bruno, Philidor, a Cagliostro y señora, Schröpfer, Buchinger, Cellini, Comus, Marat, Robespierre, Méliès, Rubén Darío, Hugo, Robertson, Goya… Pero también la obra de Shakespeare y de Cervantes, donde la ilusión siempre ha estado presente. El Quijote, como en casi todo, se hace fundamental entre gigantes que parecen molinos, viajes galácticos en caballos de madera y cabezas parlantes.

Detrás de cada fenómeno mágico, de cada elemento que forja la ilusión, hay un deseo humano que cumplir. La magia muestra sobre el escenario que es posible la desaparición y la aparición, la adivinación del futuro, volar o flotar, recomponer lo roto, deshacerse de las ataduras, desafiar las leyes físicas. La magia es el gran consuelo. Esa ha sido la canción eterna del ser humano: podemos cambiar las cosas y el orden del mundo. Aunque parezca imposible. Esa canción explotó durante el cambio que supuso el siglo de las luces: los conflictos sociales reventaron para siempre y abrieron la herida sepultada bajo el Antiguo Régimen. París fue el escenario, revueltas, sangre y guillotina, donde la fantasmagoría se proyectó en las tinieblas.

Alfonso Salazar

viernes, 16 de junio de 2017

LOS COLORES DE NUESTROS RECUERDOS

Los colores de nuestros recuerdos

Michel Pastoureau
Traducción de Laura Salas Rodríguez
Periférica 2017
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Vivimos rodeados de colores, los colores nos señalan los caminos correctos, las líneas de mapas que nos llevan de un lugar a otro de la ciudad, indican el luto o la alegría, el carácter, el día de fiesta en el calendario, el líder de una competición ciclista, los contendientes de un partido de fútbol. Los colores ofrecen seriedad y divertimento; los colores proponen la reflexión sobre la vida y la historia. Michel Pastoureau es historiador, especialista en colores, imágenes y símbolos, y escribió un delicioso libro que Periférica ha publicado recientemente con traducción de Laura Salas Rodríguez. El libro es una pequeña joya de recuerdo, introspección y ternura. Pastoureau destila conocimiento y pedagogía, a través de reseñas, anotaciones, breves ensayos sobre sencillos ámbitos de nuestro alrededor (el vestido, la vida cotidiana, las artes y las letras, el deporte, el mito y la simbología, la palabra) nos conduce por el camino de nuestras convenciones y nuestras creencias, de la memoria y la historia.

Humildes preguntas resueltas con historia: los colores de un maillot, el azul de los pantalones tejanos y el azul de la bandera francesa, el semáforo, el uniforme del árbitro, las casillas del ajedrez, el gato negro y Caperucita Roja, abren paso a temas más complejos mostrados con gran sencillez, como la persistencia del blanco y negro, la nomenclatura de los colores en nuestras diversas culturas (ahora y antes), el daltonismo, las elucubraciones de Wittgenstein o los emblemas de la heráldica.

Hay presupuestos que Pastoureau viene a confirmarnos: que moda y deporte han sido dos de los campos que más se han identificado con el ascenso y diversidad del color, así como que el blanco y negro, o el gris, es color de adultos, y los brillantes y chillones serán colores de los niños. Pero hay mucho más, con Pastoureau paseamos por el Montmartre de principios de los años cincuenta y la campiña veraniega de Normandía, por las abigarradas estaciones de metro y la gris Europa más allá del muro de los años setenta. Allí, en todos los paisajes, encontraremos explicaciones al color, ya sea el color imaginado que la memoria modificó, o el simbolismo del color, ya sea el color del aviso, el norte del progreso o el peso de la industria. Puede el lector descubrir el orden nada aleatorio de las cajas de lápices de su infancia (y descubrir su entronque con Aristóteles), degustar la diferencia entre decir “castaño” y decir “marrón”, discutir con el autor y consigo mismo sobre el beis, chocar con adjetivos imposibles o disfrutar de la imaginación del publicista para inventar nombres para los colores de la lencería.

El historiador, sin embargo, no abandona la relatividad: los nombres de los colores son convenciones, basadas en espectros de luz, en similitudes de apreciación por las que no apostaríamos que sean unívocas. Dice: “los colores del físico o del químico, pues, no son los del neurólogo o el biólogo. Como tampoco son los del historiador, el sociólogo o el antropólogo”. Pastoureau habla de los colores sin mostrarlos, sin recurrir a los catálogos de pantones, habla sencillamente, con palabras, con la expresión de la cultura sobre los pigmentos, los tintes y las pinturas: “El relativismo cultural se ha vuelto científicamente incorrecto y políticamente sospechoso. O «sí» o «no», nunca «quizá» (…) ya no queda espacio para el matiz, lo relativo, para la ambivalencia”.

Pastoureau ama el verde. Los europeos prefieren el azul. Hay quien prefiere el amarillo, color apartado, minoritario. Usted prefiere un color, utiliza ese mismo color –u otro- en su indumentaria diaria. Casi nadie prefiere el gris, el beis o el marrón. Elegimos colores, identificamos por colores. Había caramelos masticables de piña envueltos en papeles de color azul, los anillos olímpicos toman unos colores simbólicos que intentan reflejar los continentes, o no… Porque es una convención occidental. “En África, hasta fechas recientes, lo esencial no era saber si un color era rojo, verde, amarillo o azul, sino saber si era seco o húmedo, liso o rugoso, tierno o duro, sordo o sonoro”. Sí en el África “negra”.

Alfonso Salazar

lunes, 29 de mayo de 2017

DEL INFIERNO


José Abad. Editorial Nazarí, 2016.

Crítica publicada en Revista Quimera, mayo 2017


Del Infierno, de José Abad trata sobre un antiguo tema que está presente en la humanidad desde hace miles de años: el tema del doble. Los alemanes lo llamaron doppelgänger, el doble fantasmagórico de una persona viva, una especie de andarín de los caminos que es exactamente igual que uno mismo, un fenómeno que tanto la ciencia ficción como la literatura fantástica y la novela psicoanalítica han utilizado como recurso.

Todo doble evoca una dualidad. Nuestros entornos nos señalan dualidades abundantes, sensaciones enfrentadas. Hay calor y frío como hay humedad y sequedad, ruido y silencio, luz y oscuridad en las sensaciones; hay arriba y abajo, derecha e izquierda, cercano y lejano, dentro y fuera en el espacio; acción y reacción, pregunta y respuesta, olvido y memoria en el pensamiento; nacimiento y muerte, salud y enfermedad, fortuna y desgracia en la vida; pronto y tarde, antes y después, mañana y ayer en el tiempo; miedo y osadía, razón y emoción, corazón y cerebro, pobreza y abundancia, paz y guerra, piedad y saña, en el curso de la Historia, en el ámbito de la ética, en el campo de los sentimientos y la personalidad. Pero la categoría absoluta de duplicidad se establece en el Bien y el Mal, donde lidian los valores entre sí, ambos lados de la Fuerza.

La literatura gótica alemana legó el Doble como la inglesa trajo el Fantasma. El siglo XIX también legó el psicoanálisis. Tzevan Todorov plantea que el psicoanálisis suplantó al género fantástico en el siglo XX. Otto Rank, discípulo de Freud, aplicó el psicoanálisis a los diversos campos de la cultura, y dedicó un estudio psicoanalítico al Doble. Rank señala a ETA Hoffmann como creador del concepto, cuya influencia convertiría a Jekyll en el demoníaco Hyde de Stevenson. Dice Nietszche que el peor enemigo con quien puedes encontrarte eres tú mismo: tú mismo te acechas en las cavernas y los bosques, esto es en mitad de la naturaleza, donde reside el yo salvaje, antecesor, el ser antiguo preter-cultural. Hay más dobles: Goliadkin de Dostoievski, Wilson de Poe, Gray de Wilde, el prisionero de Zenda de Hope, el príncipe y el mendigo de Twain.

En estas fuentes se entronca Del infierno, de José Abad. El Doble resuelve su inquietud con dos explicaciones: o bien es fruto de la imaginación –o de la locura, esa imaginación malinterpretada- o es semilla de lo maléfico. Lean la novela y encuentren la elección del autor. Pero hay otra lectura del doble en la novela, también concéntrico como los círculos de infierno dantesco: Siena es la doble de Granada. Allá donde encuentra su doble es en una ciudad que era doble de la suya. Una ciudad que es doble de otra, por fuerza, tiene que incorporar todos sus habitantes dobles. Siena y Granada son ciudades monumentales, de resonancia histórica y con un importante patrimonio universitario: sus bares, apartamentos y comercios se dirigen al universitario y al turista.

Del Infierno rinde homenaje a La Divina Comedia de Dante en su título. La novela tiene una bajada concéntrica hacia el infierno del Doble. Se sostiene en un temor creciente a la figura del doble, contada desde la primera persona de un joven español recién llegado a Siena como Erasmus. Las resonancias de Dante y la presencia del Doble ofrecen una nueva lectura: no solo en el infierno se convive con el Doble, que muestra todo el Mal que albergamos, sino que el libro se convierte en una guía espiritual para el protagonista, a la espera del Purgatorio.

Alfonso Salazar
El Doble en el Infierno
Presentación en la Biblioteca de Andalucía, octubre 2016

Creo que no rompo ningún secreto cuando digo que Del Infierno, de José Abad trata sobre un antiguo tema que está presente en la humanidad desde hace miles de años: el tema del doble. Los alemanes, muy dados a este asunto, lo llaman doppelgänger, entendido como el doble fantasmagórico de una persona viva, una especie de andarín de los caminos que es exactamente igual que uno mismo, y a quien el prototipo original se puede cruzar cuando vuelve del mercado de Hamburgo o acompaña a los músicos de Bremen. Este doppelgänger será germen del fenómeno que tanto la ciencia ficción como la literatura fantástica y la novela psicoanalítica han utilizado como recurso.

Todo doble evoca una dualidad. Nuestros entornos nos señalan dualidades abundantes, sensaciones enfrentadas, antónimos que perviven en dos potentes simbologías: los dos extremos de la cuerda por un lado, y en la cara y la cruz de la misma moneda, por otro. Hay calor y frío como hay humedad y sequedad, ruido y silencio, luz y oscuridad en las sensaciones; hay arriba y abajo, derecha e izquierda, cercano y lejano, dentro y fuera en el espacio; acción y reacción, pregunta y respuesta, olvido y memoria en el pensamiento; nacimiento y muerte, felicidad e infelicidad, salud y enfermedad, viejo y nuevo, fortuna y desgracia en la vida; pronto y tarde, antes y después, mañana y ayer en el tiempo; miedo y osadía, razón y emoción, corazón y cerebro, pobreza y abundancia, paz y guerra, alegría y tristeza, piedad y saña, en el curso de la historia, en el ámbito de la ética, en el campo social de los sentimientos y la personalidad. Entre esos extremos que conviven y se muestran mutuamente necesarios, para que tengan sentido, queda cada ser humano. Pero la categoría absoluta de duplicidad se establece en el Bien y el Mal, sean lo que la relatividad quiera que sea, donde lidian los valores entre sí, ambos lados de la Fuerza.

En el Romanticismo, la literatura gótica alemana legó el Doble como la inglesa nos regaló el Fantasma, pero también el siglo XIX legó el psicoanálisis. El Doble evidencia siempre una crisis de identidad. Tzevan Todorov plantea que en el siglo XX el psicoanálisis suplantó al género fantástico. Es cierto que analizó a la luz del psicoanálisis lo que antes eran temas sobrenaturales, prodigiosos, aterradores o siniestros, y los convierte en temas desvelados, científicos, pero este hecho no evitará que la ficción persista en la fantasía como lo demuestran Borges, Cortázar, Saramago o Italo Calvino.

El vienés Otto Rank, discípulo de Freud, aplicó el psicoanálisis no solo a pacientes, sino a los diversos campos de la cultura, y dedicó un estudio psicoanalítico al Doble. Rank señala a ETA Hoffmann como el creador clásico de la concepción del Doble. En Los elixires del diablo el protagonista es perseguido por un doble, en ocasiones físico pero otras veces parte escindida de su psique. Es posible que Hoffman se inspirase en la esquizofrenia, como la que sufriría Strindberg, heredero de las tradiciones escandinavas, quien pone en boca de un personaje esta lapidaria frase: “aquel que ve a su doble morirá” y cuya obra más personal es la novela Inferno, donde narra sus desventuras esquizofrénicas y obsesivas. El Doble, pues, vive en el Infierno, o crea el Infierno allá donde aparece.

El elixir alquímico de Hoffmann se convirtió en la pócima que convertiría al sereno doctor Jekyll en el demoníaco míster Hyde en la novela de Robert Louis Stevenson. Dice Nietszche que el peor enemigo con quien puedes encontrarte eres tú mismo: tú mismo te acechas en las cavernas y los bosques, esto es en mitad de la naturaleza, donde reside el yo salvaje, antecesor, el ser antiguo preter-cultural. Hyde frente a Jekyll es el hombre desquitado de la civilización, cercano a la bestia, entregado a su naturaleza, que incluso se muestra –así lo repite Stevenson─ con apariencia simiesca.

La entrada triunfante en el terreno psicológico la hará Fiodor Dostoievski, en su obra El Doble donde la escisión de la personalidad del arribista funcionario Yákov Petróvich Goliadkin se muestra con la aparición de otro Súper-Goliadkin que libera sus frustraciones, sus anhelos y sus vicios, desatados sin ningún pudor. La sorpresa del doble de Dostoievsky, es que triunfa y manda al Goliadkin original y prototípico al manicomio. Podemos además citar a Edgar Allan Poe con William Wilson, La sombra de Hans Christian Andersen, Oscar Wilde con el Retrato de Dorian Gray, Guy de Maupassant con Él y El Horla. Y en otros planos literarios El prisionero de Zenda de Anthony Hope o El príncipe y el mendigo de Mark Twain.
En estas fuentes, en las de la novela psicológica del siglo XIX se entronca Del infierno, de José Abad. Sabemos que el autor viajó a Italia cuando era joven, y como todo escritor responsable, tomó su experiencia para contar las historias que pudieron suceder a otros. Trabajar desde el ámbito conocido, para transformarlo es siempre un buen punto de partida. Es curioso cómo el paisaje italiano, y en general el mediterráneo, fue tan querido por los autores románticos, sobre todo los anglosajones y alemanes que viajaban el sur en sus grands tours, una especie de vacaciones iniciáticas que realizaban jóvenes aristócratas para conocer las cunas de la cultura clásica y practicar idiomas. Esta moda fructificó, por ejemplo, en Historia de una excursión de seis semanas, compuesta por Mary y Percy Shelley, o en el Viaje a Italia de Goethe.

El Doble resuelve su inquietud con dos explicaciones: o bien es fruto de la imaginación –o de la locura, esa imaginación malinterpretada- o es semilla de lo maléfico. Lean la novela y encuentren la elección del autor. No vamos a destriparlo. Pero hay otra lectura del doble en la novela, también concéntrico como los círculos de infierno dantesco: Siena es la Doble de Granada. Si perdiésemos las referencias de calles y plazas, podríamos encontrar que la ciudad de la que parte el protagonista es la ciudad que encuentra en su viaje, y será la ciudad a la que retorna, como si cruzara continuamente el espejo. Allá donde encuentra su doble es en una ciudad que era Doble de la suya. Una ciudad que es doble de otra, por fuerza, tiene que incorporar todos sus habitantes dobles. Siena y Granada son ciudades monumentales, de resonancia histórica y con un importante patrimonio universitario: sus bares, apartamentos y comercios se dirigen al universitario y al turista.

Del Infierno rinde homenaje a La Divina Comedia de Dante en su título. La novela tiene una bajada concéntrica hacia el infierno del Doble. Se sostiene en un temor creciente a la figura del doble, contada desde la primera persona de un joven español recién llegado a Siena como Erasmus. Erasmus, ese otro viaje iniciático de las últimas décadas, el grand tour de nuestra época. Las resonancias de Dante y la presencia del Doble ofrecen una nueva lectura: no solo en el infierno se convive con el Doble, que muestra todo el Mal que albergamos, sino que el libro se convierte en una guía espiritual para el protagonista, a la espera del Purgatorio.

Alfonso Salazar

viernes, 5 de mayo de 2017

EL ODIO A LA POESÍA

El odio a la poesía
Ben Lerner
Traducción de Elvira Herrera Fontalba
Alpha Decay
Barcelona 2017

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El poeta y novelista estadounidense Ben Lerner aborda en El odio a la poesía una constante: la respuesta extrema que produce el género. En menos de cien páginas Alpha Decay ha publicado con traducción de Elvira Herrera Fontalba las cavilaciones del joven poeta de Kansas. Hay quien ama la poesía por encima de todas las cosas. Hay quien la detesta hasta lo indecible. Las acusaciones al género son varias, desde el infantilismo de su cultivo, la trascendencia que nunca se cumple, hasta el insultante culturalismo o la práctica del surrealismo que expulsa lectores a mansalva. Aunque las nombra todas ellas, el análisis de Lerner se remonta a una versión platónica de la poesía: la poesía como inefable, indecible expresión que resuena en el interior del poeta, incapaz por definición de exponerla a la tribu con toda su expresividad y contenido original. Como si existiese el poema que todo lo dice y todo lo expresa. Lerner achaca a esta búsqueda castigada con el fracaso el constante rechazo de lectores y críticos.


Platón abominaba de la poesía porque los poetas proyectaban imaginación sobre donde debía haber verdad: así debía ser en la República, donde el lenguaje no corrompiera y se dedicase a la filosofía antes que a la irracionalidad. Ese ataque milenario a la poesía la promovió a la categoría de arma peligrosa, de grave impacto político. Quizá el propio ataque platónico tenía ese objetivo, la sacralización de la poesía antes que su entierro, tal y como se santifica a los mártires. A partir de entonces, dice Lerner, la Poesía se puso a competir con la Historia y la Filosofía, como campos ajenos e irreconciliables. Parece que se refiriese a la Literatura, a la Ficción en general. Lerner atraviesa Renacimiento y Romanticismo para plantear como conclusión que la alternativa poética al enfermizo y materialista siglo XIX es un retorno a Platón, pues la custodia consiste en defender la débil sombra de la poesía –sombra de un poema mesiánico, que nunca llega-, consumida casi siempre por los malos poemas.

Para Lerner hay dos perfiles fundamentales que odian la poesía: aquellos que caen decepcionados por la falta de poder que a la poesía se le supone y aquellos otros que la detestan por su aire mistérico y porque no pueden comprender qué quiere decir el poema. Los poetas, incluso, admiran a los poetas que dejaron de escribir poesía, hastiados o convencidos de que no hubiese mejor poema que el silencio. Difícilmente los novelistas admirarían al que dejó de escribir novela, pues no se puede admirar el lucro intelectual cesante. Los poetas leen a los poetas y los lectores de poesía quisieran escribir poemas. No todos los espectadores de cine quisieran rodar películas. Pero casi todos aquellos que escribieron poesía, o que siguen haciéndolo –inconfesablemente- esperan que algún día sus versos queden grabados, en algún libro, en una revista, aunque sean cuatro versos y medio. Aunque detesten la poesía.

Sin embargo, a pesar de su sugestivo título El odio a la poesía solo se puede leer desde el conocimiento de la obra poética en lengua inglesa. No es para menos. No se puede argumentar la filia y la fobia poética sin descender al objeto. Desde la búsqueda del himno litúrgico y definitivo de Whitman al descubrimiento de malos –muy malos- poetas como el escocés McGonagall, desde el empeño genuino de Dickinson y Keats a recientes voces como Rankine, Lerner deambula por la poesía angloestadounidense en busca del concepto “genuino” de la poesía. No aclara qué es genuino, pero creo que no es su objetivo. Desfilan por sus páginas versos, bandazos de vanguardias, reflexiones sobre el significado de la vírgula, razonamientos sobre medida de versos y complicaciones de rima, discursos sobre igualdad social y poesía.

El odio a la poesía merecería su versión hispánica, porque el lector emerge del breve ensayo con la sensación de que ese odio no se sustenta en los poemas fracasados que buscan el poema original, ni en las consecuencias de la poética clásica griega. Ni siquiera puede interpretarse en el aire irónico que la búsqueda de lo genuino destila. Creo que hay abismos culturales entre la poesía hispánica y la escrita en lengua inglesa que dificultan hacer una traducción cultural adecuada. El esfuerzo de la editorial y los traductores no consiguen interpretar un discurso que quizá tiene mucho sentido en la filología inglesa y en la realidad literaria estadounidense –incluso conforme a su historia y política reciente- pero cuyos argumentos palidecen en el sentido hispánico de la poesía. No sé si para mejor o para peor, solo obtengo la sensación de que sería distinto.

Alfonso Salazar

viernes, 31 de marzo de 2017

EL SOL SOBRE LA NIEVE

El sol sobre la nieve
Ángel Talián
Balduque
Cartagena 2017

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Ángel Talián es una voz fresca y generosa. Tiene un pie en cada uno de los lenguajes poéticos del siglo: la muestra clásica y la poesía del slam y la improvisación. La gruesa vena de la interpretación marca para bien a los poetas y Talián sabe navegar ambos mares porque es actor y es poeta. En su escritura resuenan los ritmos de la poesía dicha y bien recitada, exenta en su último trabajo de las trabazones de la puntuación, y así, deja las palabras y los versos al esfuerzo recompensado que conlleva localizar la voz del poeta a través de su gramática y su exposición de ideas.

El sol sobre la nieve es un libro liminar, por donde se pasa de la poesía de la juventud a la poesía del adulto, amenazada por la decencia que seduce en el camino que lleva a los cuarenta. Se estructura en dos partes bien diferenciadas en el paisaje, el tono, la estructura y el discurso. Diferenciada en los astros y los fenómenos meteorológicos. En la luz y el frío, en el calor y el invierno, en el verano y la oscuridad. La primera parte abre con un “marco”, un pórtico lúcido con un poema expuesto como calcetín reversible, en ida y vuelta. Tales experimentos estaban reservados a la poesía de los límites y a brillantísimas oportunidades carnavalescas (puedo recordar una versión de los “duros antiguos” gaditanos, cantados del revés). Se trata de componer un poema en dos direcciones, que se lea del derecho y del revés. El gran hallazgo de Talián es ubicarlo en una razón mayor, anuncia el viaje de ida y el viaje de vuelta en un avión, porque tal elemento hace exactamente eso: es decir, Talián ubica el hallazgo en la mecánica y cobra mayor sentido la forma que en el sencillo juego del surrealismo o la inventiva gaditana.

A partir de este pórtico, El sol sobre la nieve se centra en el sol, en un luminoso sol californiano ideal para la vivencia del último viaje, de cuando éramos jóvenes. Pueden hallarse muchos ecos. Todo autor necesita ecos, todo autor es un eslabón más, un relevista que recibe un texto y debe llevarlo, a través de los años, a la siguiente línea, la siguiente generación. Talián ha recibido múltiples relevos de muchas voces de la poesía granadina –desde d´Ors a José Carlos Rosales-, pero también de los autores de los cincuenta, especialmente de Gil de Biedma, creando en muchos casos injertos de versos en los versos que se muestran compactos y poderosos, como relevos bien entregados en una única carrera.

Talián ficciona el viaje de la juventud, el recorrido por las carreteras del oeste americano, con todas las resonancias culturales que debemos encontrar entre California y Nevada. Los enfermos de los mapas seguimos el itinerario con el Google Maps abierto: aquí San Francisco, allí Yosemite, más acá, cerca del final, Las Vegas. El ritmo se acelera como el viaje del dodge, cabalgando el grupo de forajidos desde Berkeley al Gran Cañón, 666 millas, mirando el azul y frío Pacífico, Auster incógnito, los ríos en catarata de los parques nacionales, moteles de carretera, antiguas ermitas españolas y el mosaico aterrador de las gentes de San Francisco cuando Talián, hábilmente, transforma el Aullido de Gingsberg (He visto a las mentes más maravillosas de mi generación…) en un Maullido que se adelanta en el tiempo a la empresa de la postverdad, del trumpismo y de la Norteamérica ombliguista, temerosa y violenta.

La segunda parte del poemario abandona la juventud en la Costa Oeste para pasar a un paisaje centroeuropeo, nevado, en un largo poema que anda por la ciudad en tanto nieva. A mí los largos paseos siempre me evocan el Paseo de los Tristes de Javier Egea. Por eso me gustan los poemas de paseos, de gente que piensa, sufre y ama mientras anda. Porque son esos paseos que conducen de la más sencilla situación cotidiana a la reflexión recóndita. Y además, incluye la hermosa metáfora del viaje de Shackleton, en el tiempo de los héroes.

Alfonso Salazar

miércoles, 1 de marzo de 2017

O

O
Alejandro Pedregosa
Cuadernos del vigía
Granada
2017

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O es un título redondo. O es una exclamación sin hache. Exclamación, signo de interjección sobre la cabeza, es la consecuencia de leer O, tras leer las historias de O. Alejandro Pedregosa vuelve al cuento en esta cuidada edición de la granadina Cuadernos del Vigía, que sigue apostando por armar una selección absoluta con vocación mundial de cuentistas españoles. O sirve también al autor para exponer un juego de títulos. Siempre acompaña un personaje, una referencia, una guía para el lector, un juego de conocimiento y evocación en el nombre de los protagonistas. A un lado el protagonista –el nombre-, al otro el alto concepto. Separados por la “o”. Todos plantean la propuesta disyuntiva que ocasiona una íntima conexión de conceptos. En la antigüedad, y no tan atrás, ese “o” ponía a un lado el título oficial y al otro el que lo hizo conocido pero oficioso. O bien planteaba un segundo miembro aclaratorio. En O se combinan en el primer término del título personajes o nociones del imaginario cultural –de un muy amplio catálogo- con conceptos abstractos y absolutos en el segundo, combinación que propone, desde el inicio, un reto al lector: hallar ambas proposiciones en el relato y descubrir las implicaciones de la mitología de los comunes con la solemnidad conceptual que expone el título de cada cuento.


En la colección hay dos temas que el autor trabaja con sobriedad, a veces saludable comicidad, casi siempre con ternura. Uno, donde engloba la ayuda, el sacrificio, el compromiso, el cuidado. Personajes que cuidan de otros personajes. Sacrificios y compromisos con el otro. Jacob que cuida de Esaú, La Santa que cura al pastor, Sócrates arrepentido cuida al joven ejecutor, Fermín quisiera cuidar de Gretel… en casi todos los cuentos aparece una pareja, una dualidad que son multitud suficiente y se encuentran engarzados en su inicio y en su final.

El otro tema principal se refleja desde la mayoría de los títulos: triunfa el derrocamiento de las palabras generales, de los altos conceptos: Monarquía, Patriotismo, Vasallaje, que quedan reducidos a la cobardía, la trampa, la locura y el miedo. Tras el “o” disyuntivo aparece el descenso a las realidades cotidianas de la pobreza, la fraternidad, la esclavitud, la represión.

Para Alejandro Pedregosa no es nuevo el arte de contar relatos, relatar cuentos. A sus varias novelas publicadas (A pleno sol, Hotel Mediterráneo y la dupla de la España negra Un mal paso y Un extraño lugar para morir) y sus libros de poesía, hay que sumar que desde hace varios años colabora en periódicos como Ideal, Hoy, Sur, El correo o El Diario Vasco con una tradicional serie de relatos, habituales de estío. En ellos es frecuente que utilice las referencias culturalistas con cierta socarronería recurriendo tanto a mitos de los ochenta -como la canción del verano-, o a culturalismos de a pie, en la sana pretensión de que lo mítico también se encuentra en la sencillez de la cultura popular.

Técnicamente sus relatos no se sustentan en el juego de la sorpresa sino en el fundamento de remover la conciencia y suscitar la emoción, cosa que el lector siempre agradece, invitado al juego de la inteligencia y la ironía. Los ambientes son cuidados, dibujados con esmero y precisión. El trabajo de minería que exige el cuento, la búsqueda de la intensidad y el rechazo de lo extenso baldío se manifiesta con evidencia, sencillez y sin presión alguna. Acérquense a la galería, entren por los vericuetos del cuento. Disfruten de las reencarnaciones de Don Camilo y Peppone, de Herodes y Jonás, de Mambrú, Electra, Celestina y Patronio. Personajes que proceden de los cuatro puntos cardinales de la memoria literaria, de la tradición bíblica, de la mitología, la filosofía y el cuento infantil. Ellos han obtenido una nueva vida, tres páginas donde poner su nombre y su acervo al servicio de otros, en la piel de personajes del día de hoy. Tres páginas para recuperar su vida marcada por el destino irreversible. Tres páginas para que usted recupere la sonrisa y la confianza en la literatura. Ponga la boca redonda y diga “O”.

Alfonso Salazar

viernes, 17 de febrero de 2017

VOSOTROS, LOS MUERTOS

Vosotros, los muertos
Ginés S. Cutillas
Cuadernos del vigía
Granada
2016

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Hay géneros que en la longeva historia de la literatura parecen recién nacidos. Así sucede con el microrrelato. Ginés Cutillas propone en su ensayo Lo bueno si breve, etc… (Base, 2016) que serían textos de Azul, de Rubén Darío, los pioneros del género. Habría mucha tela que cortar en el asunto, mucho que hablar, para llegar a una conclusión de consenso: sí, lo que se llama microrrelato, o micro a secas, tiene sus reglas y muestra una evolución de progresión. Se liberó hace tiempo del cuento –o relato, elijan ustedes- y se separa de géneros semejantes en extensión para tomar entidad taxativa. Pueden achacarlo a la vertiginosa rapidez del momento, a la necesidad de la historia breve, directa y sorprendente. Pero el espíritu epigramático no es novedoso. Triunfa el aforismo, vuelva la greguería, sigan el micro.


Si el poema es construcción aérea, si las novelas pasables parecen canteras abiertas a la luz del día donde el nervio y la veta quedan a la vista, si las novelas complejas abundan en sus pasillos y galerías que excavan en el pensamiento y la sugestión, el microrrelato es estrecha pero profundísima perforación que busca el chorro petrolífero. Ha pasado el tiempo del microrrelato lindero de la anécdota, del chiste y del embeleco. El microrrelato condensa reflexión en su ficción, deja el paso posterior a la ficción escrita abierto en cruz.

Ginés Cutillas es uno de los más audaces representantes del género. Su evolución es una muestra de coherencia. Asombró hace siete años con la publicación de Un koala en el armario -también en Cuadernos del Vigía, su editorial cabecera en el sur-, donde se abría una carrera desde el microrrelato amable, insolente, juguetón y zalamero. Le siguió el ensayo antes dicho, Lo bueno si breve, etc… una reflexión fresca sobre el género, que de manera didáctica, directa y eficaz pone puntos claros bajo el epígrafe de “decálogo práctico”. Contiene una completísima bibliografía de micros y sobre micros que seguirá siendo durante mucho tiempo referencial. Ahora publica Vosotros, los muertos, un paso más en una trayectoria ejemplar.

Cualquier escritor vuelca todo su esfuerzo, incluso en la menos brillante de las obras. No tengan esa duda: es el mínimo respeto que debemos a un manojo de papeles escritos. Sin embargo, cuando el escritor se fija unos límites, en el tema o en la forma, su esfuerzo redobla y la admiración crece. Ginés Cutillas se marcó en este volumen un propósito decidido: no solo debía contar historias breves, precisas, sino que además, todas girarían en torno a la muerte. Han sido seis años de trabajo, y el micro exige un continuo buceo para sacar ideas cada día; no permite la relajación que propicia el sostén de las vigas de la novela, la divagación del verso que se deja llevar por su música, no propicia el razonable repertorio del relato menos breve. El autor confiesa que la cantidad inicial cuadriplicó la final: hay sesenta textos trenzados con cuidado, breves hasta la paradójica eternidad de lo fugitivo de una frase, amplios en la concisión de seis párrafos.

Todos los textos interpelan al lector: es la gran virtud del microrrelato, su tendencia –tan necesaria- a la elipsis favorece que la reflexión posterior del lector, ese momento que comienza tras el punto final, se expanda cuando el lector comienza a escribir imaginariamente sus preguntas, sus respuestas, sus corolarios, sus moralejas propias, su aprendizaje intelectual, cuando la conexión empática con el autor definitivamente cuaja. El efecto de la ficción se extiende multiplicando la palabra escrita, ocupando todo el espacio en blanco que deja en la página el microrrelato con interrogantes, guiones de respuestas, conversaciones definitorias del lector consigo mismo en una medida muy superior a la que cualquier género literario pueda deparar. La novela busca esos espacios de reflexión entre capítulos, a veces al borde un precipicio al que el siguiente capítulo tiende un puente. La poesía localiza esos espacios del lector consigo mismo en las cesuras. Al pie de cada microrrelato de Vosotros, los muertos hay un espacio en blanco, amplio, para sacar conclusiones.

No solo la muerte evocada desde el título, como una declaración de exclusión necesaria, es el hilo argumental. Hay muerte, y vista desde todos los ángulos -fuera de cuerpo, dentro de ataúd, simbólica, surreal, cruda-, pero hay también un fondo, como en los buenos platos, que hace referencia a la pareja, y sobre todo, a la familia, esa versión 2.0 del apareamiento. Y todo ello se desenvuelve con un desasosegante deje en el paladar del lector, una sensación constante de inquietud, conflicto y fantasmagoría. A veces miedo, a veces ternura. Con Vosotros, los muertos Ginés Cutillas labra el futuro del microrrelato.

Alfonso Salazar

viernes, 9 de diciembre de 2016

LO QUE SIGNIFICA TU NOMBRE

Lo que significa tu nombre.
Víctor Miguel Gallardo
Esdrújula, 2016

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Hay una tendencia en la literatura que arrancó con Philip K. Dick y es cautelosa ante los avances tecnológicos. Frente a la ilusión de Asimov y, en cierta manera, Bradbury, la ciencia-ficción se acerca a un pesimismo antropológico que fue inaugurado por Huxley y Orwell. Muchos de los cuentos que encontramos en Lo que significa tu nombre, de Víctor Miguel Gallardo (Esdrújula Ediciones 2016) entroncan en esa tendencia, que como reciente corriente filosófica y artística se denomina en castellano “concernismo” (del inglés, “concern”, preocupación) y se acerca a los planteamientos de los futuros cercanos o los presentes inmediatos en tanto la relación de la sociedad y el ser humano con la tecnología puede ser desastrosa e incontrolada. Puede considerarse un subgénero de la ciencia-ficción, del futurismo, inserto en la distopía, o no. Depende del empeño. Ustedes lo reconocerán en la serie Black mirror, en Utopía o The Walking Dead, pero es sobre todo, y avant la lettre, el legado de relatos de K. Dick los que soportarían cualquier examen.

Víctor M. Gallardo fue presidente de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, y el cargo, marca. Pero Lo que significa tu nombre no es solo un paseo por las variedades de la ciencia-ficción, ese oxímoron que tanto nos gusta. En este libro, el autor y editor, hace limpieza de los textos pasados, los fija, para abrir un nuevo ciclo, no sabemos si más o menos alejado del carácter de los relatos que componen este libro, ni siquiera nos atreveríamos a aventurar si persistirá en el mismo género o abrirá sus proyectos a la poesía, como ha hecho en un pasado cercano, o a la novela y el ensayo, lo que no sería una sorpresa.

Como Lo que significa tu nombre viene a empaquetar lo hecho, tiene tono de miscelánea y agrupa algunos textos publicados –prácticamente en la última década- y una buena cantidad de inéditos. Hice referencia al inicio a la preocupación tecnológica porque varios de los relatos se fijan en un probable cambio de paradigma en la sociedad humana, épocas de bonanza que son barridas por el dolor y la guerra. La condición de historiador del autor provoca una mirada realista, más que desalentada, hacia inexorables ciclos vitales. Más allá de esa preocupación tecnológica, en el libro destacan dos líneas de relato: unos sencillos, que tratan desde lo cotidiano, con una mirada pausada y extrañada. Otros, que abundan en hechos históricos, en la historia que pudo ser y no fue y en las guerras que pueden ser y no son. En algunos de ellos reluce una actualización de las relaciones sociales, a veces irremisiblemente dispuestas al fracaso, y en casi todos, una línea de amabilidad, incluso humorística, que viene a defender la necesidad de la validez del relato por sí mismo, más allá del cada vez más habitual final brillante y sorprendente que bordea el chiste, sobre todo cuando de microrrelato se trata. Si queremos la sonrisa, sáquela desde el principio.

Soldados por los barrancos de las sierras penibéticas, nazis que descansan en Donosti durante la II Guerra Mundial, amores tapiados, ciudades vacías, sexo en el bar, estaciones fantasmas, gente con suerte que se libra en el último momento de la matanza, fuerzas vivas del pueblo que se enamoran, navajeros, taxistas cleptómanos, camareros asesinos, coreanos en Hiroshima, asesinas por amor. Los personajes que pueblan Lo que significa tu nombre viven un mundo torcido que se empeña en derrotarlos. A veces triunfan. Pocas veces. El elemento de la distopía, a su pesar, pone su ojo sobre la especie humana. Lo que parece ser un amargado aviso es un esfuerzo por la esperanza. Algo llama la atención: no es necesario tramar el futurismo en las calles desoladas de un Nueva York abandonado o un París de steampunk. Lo que llegue también llegará a Pitres en la Alpujarra, a Tarazona o cualquier aldea de la Sierra de Gredos. El autor confiesa que fue el editor Luis G. Prado quien le abrió esa puerta hace unos años. Y lo manifiesta en una conclusión: no está tan lejos en el tiempo ni el espacio lo que puede ocurrir, seríamos nosotros quienes nos enfrentásemos, quienes tendríamos que luchar nuestro futuro. Si acaso llegase el armageddon, también lo haría, indefectiblemente, al desierto de los Monegros y a los barrancos granadinos. Por eso, muchos de los relatos se ubican en una Granada, a veces fantasmagórica, que puede estar a la vuelta de la esquina. Se trataría así de un concernismo cañí. Este recurso manifiesta una contundente apuesta por la glocalización traspuesta a la literatura. Lo global surge de lo local, y viceversa: New York puede ser el centro del mundo, pero la Alpujarra también existe.

Alfonso Salazar

sábado, 8 de octubre de 2016

FUERA DE LA LEY

Fuera de la Ley: Hampa, anarquistas, bandoleros y apaches.
Los bajos fondos en España (1900-1923)
La Felguera, 2016

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No es fácil seguir el rastro a La Felguera, al menos el rastro que el mundo de ahí afuera consideraría el real. Existe otro, el que ellos mismos cuentan: el de la sociedad secreta y sus comunicados, el fundamento de la resistencia cultural, el juego del secreto y la provocación, la historia de una revista que tuvo sus primeros números hace veinte años, y un puñado de agentes secretos, que son algo así como las bases en que se levanta su templo de conocimiento. El experimento pudo quedarse en uno de aquellos intentos de agitación en los tiempos de pre-internet y de deseo de colectivización social, cuando los sueños no se desparramaban por las redes sociales. Pero La Felguera, a diferencia de otros muchos cócteles que no soportaron el compromiso que exige el tiempo, persistió y se convirtió en una editorial rara, de esas que no viven en la búsqueda del mainstream, de esas que cualquier editor con dos dedos de frente llamará “romántica” en la peor de sus acepciones. La Felguera es la última esperanza indie. Se obcecaron para su catálogo en la larga fila de outsiders que caminaron entre nosotros, por eso se mueven entre revolucionarios, utópicos, fracasados, visionarios, pandilleros y asesinos.


Siempre es un buen momento para el lector inspirado visitar La Felguera donde puede encontrar raros libros de Burroughs, historias sospechosas de Valle Inclán o el affaire entre Conan Doyle y Houdini, por nombrar a vuelapluma tres pinceladas de su repertorio. Pero 2016 parece un año de consagración. Ha aparecido la imprescindible edición titulada Fuera de la Ley. En ella se trata del Hampa española, y de los anarquistas, bandoleros y apaches de principios del siglo XX. Entran a fondo en el forajido que sobrevivió en aquella España entre el Desastre de Cuba y el Desastre de Annual. Aquel país que existió entre ambos desastres era un país en convulsión: en tanto el resto del mundo se enfrentaba en una Guerra Mundial, Barcelona y Madrid se convertían en capitales del cabaré, el espionaje, el navajazo y la chulería.

Fuera de la Ley es una sucesión de reportajes entresacados de revistas y periódicos de la época elegidos con mimo y sentido de la oportunidad, estructurados a través de una serie de artículos de colaboradores de La Felguera –a buen seguro agentes secretos que quizá firmen con seudónimo- que a veces mantienen el tono reportero de hace un siglo. No hay equilibrio en el juicio -ni falta que hace- pues en muchos casos se trata de la opinión de aquellos que ya no están: los que salían a la calle lápiz en mano para relatar las miserias de las covachas, la alegría de la cocaína y el champán, el brillante reflejo de la navaja en el callejón. Ecos de Baroja, del mejor Eduardo Mendoza, incluso de Montero Glez o Luis Berenguer. El lector sacará sus propias conclusiones cuando se vea sumergido en la España apasionante de los años diez, aquella que supo sacar provecho del contrabando en unas u otras esferas; cuya clase obrera se organizó para librar a los obreros del yugo patronal –así se justificaban, así debe decirse- y sus patronos contrataron a pistoleros concienzudos para asesinar a líderes sindicales. En EEUU sucedería, pocas fechas después, una historia similar que Hollywood y la Ley Seca se encargarían de mostrar al mundo como una de las narrativas más apasionantes del siglo.

Como aquí no tuvimos Hollywood y cuarenta años silenciaron la realidad, aunque nos dieran a El Lute, era necesario recuperar la historia sórdida de los perdedores, de los ladrones y los asesinos. El libro se divide en diferenciadas partes: en primer lugar se nos muestra el hampa. Se nos presenta a nuestro Eliot Ness (o Sherlock, según se mire: Fernández-Luna) y a las tropas de golfos, chicos malos, ladrones y rateros organizados en categorías. Conocemos al mítico Fantomas, la Banda Negra y los lugares de querencia del hampa: cabarés, cafés cantantes, tabernas, cuevas… Aquí se incluye un estupendo archivo policial que señala la impresionante calidad de la documentación de la editorial. Cien hampones con sus fotos de frente y perfil, caracterizados antropométricamente y con cierto aire lombrosiano, con reproducción a mano de sus tatuajes más característicos, datos de delitos, arrestos, profesión y filiación entre otros. Lo más granado del hampa española al fin con rostro y datos.

Le sigue el enemigo número uno de la España oficial de los años diez y veinte. Los temidos anarquistas. Los que atentaban contra reyes y acababan con la vida de primeros ministros y emperatrices en balneario. Se comprendió como Sindicato –la CNT estaba recién nacida- que se organizaba en defensa de los trabajadores en huelga. Reseña importante la de La Canadiense y cómo el temor a la clase obrera organizada trajo la constitución del Sindicato Libre impulsado por la patronal. La star proletaria contra la browning burguesa, a tiros por el Raval o las Ramblas, era la real práctica de la lucha de clases. Aquí se añade una interesante lista negra de personas “asesinables” por las bandas promovidas por la patronal, con Pablo Iglesias -el de antes- a la cabeza (y Juan Peiró y Andreu Nin…) que bien pudo manejar el Barón König.

La cuarta parte se dedica a los bandoleros. No sin acierto se anuncia en la contraportada que en tanto en Barcelona se sucedían los acontecimientos de la Semana Trágica, en Andalucía resistían los bandoleros. Más de un intelectual anarquista buscó en el bandolerismo la legitimación de la acción directa. El bandolero como instrumento de redistribución de rentas, no con mucha suerte, sobrevivió en las sierras andaluzas hasta bien entrada la II República, como fue el excepcional caso de Pasos Largos. Pero los primeros años del siglo veinte fueron años de las partidas del Bizco Borge, el Melgares, la del Vivillo. Ver en el libro la foto del Pernales y el Niño del Arahal recién acribillados y considerar que es casi contemporánea a las de las protestas ciudadanas por la ejecución de Ferrer i Guardia aseguran que se trata este de un país que hace mucho tiempo ya vivía en dos velocidades.

Por último se rinde visita al espécimen importado: el temible apache parisino, émulo glamuroso del hampón nacional. A uno le queda la duda de si la movilización policial de la época fue motivada por la moda importada, la fascinación del tatuaje exótico, la peligrosidad callejera, o sencillamente por la inaceptable sustitución del chorizo nacional por unos gabachos malcarados. Imperdible la entrevista a la “reina de los apaches”.

Se cierra esta completísima documentación –no sé si he elogiado suficientemente la labor de recolección de fotografía- con un diccionario criminal preparado por un guardia civil en 1929, Pedro Serrano que nos muestra cómo el lenguaje sigue vivo entre nosotros, como el habla del hampa pervive en algún lugar de nuestro espíritu social.

Fuera de la Ley es ese tipo de libros al que uno siempre vuelve: adonde está la aventura.

Alfonso Salazar