viernes, 15 de noviembre de 2013

MIS IMPRESCINDIBLES

Aún siendo consciente de los difícil y arbitrario de una lista de preferencias, mis alumnos del Curso de Escritura Creativa, del módulo ESCRIBIR Y SENTIR, me piden que elabore una lista de aquellas obras literarias que considero imprescindibles. Se entiende que para la formación de un lector. Y como ese lector soy yo, aquí van mis preferencias. Uno con esto, queda retratado.

(solo 150 y no están todos)



¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick
13 barras y 48 estrellas, de Rafael Alberti
A sangre fría, de Truman Capote
Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll
Azul, de Rubén Darío
Bartleby, el escribiente, de Herman Melville
Canto a mí mismo, de Walt Whitman
Carmilla, de Joseph Sheridan Le Fanu
Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez
Cinco horas con  Mario, de Miguel Delibes
Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique
Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievsky
Crónicas marcianas, de Ray Bradbury
Cuaderno de Nueva York, de José Hierro
Cuentos completos, de Edgar Allan Poe
Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga
Cuentos, de Antón Chéjov
Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand
Diez negritos, de Agatha Christie
Don Juan Tenorio, de José de Zorrilla
Drácula, de Bram Stoker
El Aleph, de Jorge Luis Borges
El almuerzo desnudo, de William Burroughs
El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez
El baile, de Irène Némirovsky
El caballero y la muerte, de Leonardo Sciascia
El collar de la Paloma de Ibn Hazm
El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas
El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad
El crimen del cine Oriente, de Javier Tomeo
El decamerón, de Giovanni Bocaccio
El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce
El evangelio según Jesucristo, de José Saramago
El extranjero, de Albert Camus
El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa
El gran Gatsby, de Scout Fitzgerald
El guardián entre el centeno, de JD Sallinger
El hombre delgado, de Dashiell Hammet
El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes
El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina
El lamento de Portnoy, de Philip Roth
El lector, de Bernhard Schlink
El libro de la selva, de Rudyard Kipling
El libro de las maravillas, de Marco polo
El mal poema, de Manuel Machado
El mundo de Juan Lobón, de Luis Berenguer
El nombre de la rosa, de Umberto Eco
El poema de la rosa als llavis, de Joan Salvat Papasseit
El policía que ríe, de Maj Sjöwall y Per Walhöö
El rayo que no cesa, de Miguel Hernández
El señor de los anillos, de JRR Tolkien
El tercer hombre, de Graham Green
El topo, de John Le Carré
El túnel, de Ernesto Sábato
El viejo y el mar, de Ernest Hemingway
Epigramas, de Ernesto Cardenal
Epístolas morales a Lucilio, de Séneca
Ese dulce mal, de Patricia Highsmith
España, aparta de mí este cáliz, de César Vallejo
Expedición de catalanes y aragoneses contra turcos y griegos, de Francisco de Moncada
Ficciones, de Jorge Luis Borges
Follas novas, de Rosalía de Castro
Frankenstein, de Mary Shelley
Guerra y Paz, de Leon Tolstoi
Habitaciones, de Louis Aragon
Hamlet, de William Shakespeare
Historia Universal de la infamia, de Jorge Luis Borges
Historias de cronopios y famas, de Julio Cortázar
Huérfanos de Brooklyn, de Jonathan Lethem
Iluminaciones, de Arthur Rimbaud
Inventarios, de Mario Benedetti
La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender
La canción del verdugo, de Norman Mailer
La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca
La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza
La conciencia de Zeno, de Italo Svevo
La conjura de los necios, de John Kennedy Toole
La divina comedia, de Dante
La espuma de los días, de Boris Vian
La fuga, de Eduardo Mignogna
La hora estelar de los asesinos, de Pavel Kohout
La Ilíada, de Homero
La isla del tesoro, de Robert L. Stevenson
La máscara de Dimitrios, de Eric Ambler
La metamorfosis, de Franz Kafka
La Odisea, de Homero
La plaza del Diamante, de Mercé Rodoreda
La promesa, de Friedrich Dürrenmatt
La realidad y el deseo, Luis Cernuda
La vida es sueño, de Calderón de la Barca
Las aventuras de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle
Las cenizas de Ángela, de Frank McCourt
Las cenizas de Gramsci, de Pier Paolo Passolini
Las flores del mal, de Charles Baudelaire
Las mentiras de la noche, de Gesualdo Bufalino
Las moradas, Teresa de Jesús
Las personas del verbo, de Jaime Gil de Biedma
Lectura fácil, Cristina Morales
Libro del Buen Amor, de Arcipreste de Hita
Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa
Lolita, de Vladimir Nabokov
Los armarios vacíos, Annie Ernaux
Los fantasmas del sombrero, de Georges Simenon
Los jinetes del alba, de Jesús Fernández Santos
Los mares del sur, de Manuel Vázquez Montalbán
Los niños tontos, Ana María Matute
Los pazos de Ulloa, Emilia Pardo Bazán
Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift
Luces de Bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán
Madame Bovary, de Gustave Flaubert
Miss Lonelyhearth, de Nathanael West
Moby Dick, de Herman Melville
Mystic River, de Dennos Lehane
Nada, Carmen Laforet
Niebla, de Miguel de Unamuno
Nuestros antepasados, de Italo Calvino
Obras incompletas, de Gloria Fuertes
Oliver Twist, de Charles Dickens
Otra vuelta de tuerca, de Henry James
Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa
Paroles, de Jacques Prevert
Paseo de los tristes, de Javier Egea
Persuasión de los días, de Oliverio Girondo
Peter Pan, de J. M. Barrie
Pisando los talones, de Henning Mankell
Plata quemada, de Ricardo Piglia
Poemas, de Heinrich Böll
Poemas, de Vladimir Maiakovsky
Poesía completa, Conde de Villamediana
Poesía completa, de San Juan de la Cruz
Poesía completa, Gabriel Bocángel
Poesía completa, Garcilaso de la Vega
Poeta de guardia, Gloria Fuertes
Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca
Primavera en Eaton Hastings, de Pedro Garfias
Rayuela, de Julio Cortázar
Rebelión en la granja, de George Orwell
Rimas, de Gustavo Adolfo Bécquer
Robinson Crusoe, de Daniel Defoe
Rubayat, de Omar Kheyyam
Si esto es un hombre, de Primo Levi
Si te dicen que caí, de Juan Marsé
Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino
Soleá, de Jean-Claude Izzo
Soledades, de Antonio Machado
Sonetos del portugués, de Elizabeth Barret-Browning
Sonetos, de Francisco de Quevedo
Suite francesa, de Irène Némirovsky
Todos nosotros, de Raymond Carver
Tristana, de Benito Pérez Galdós
Un día volveré, de Juan Marsé
Un mundo feliz, de Aldous Huxley
Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain
Una habitación propia, Virginia Woolf
Una investigación filosófica, de Philip Kerr
Veinte poemas de amor, de Pablo Neruda
Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne
Vida de este chico, de Tobias Wolf

miércoles, 6 de noviembre de 2013

RETRATO (s) de MANUEL y ANTONIO MACHADO




RETRATO
(Manuel Machado)

Esta es mi cara y ésta es mi alma: leed.
Unos ojos de hastío y una boca de sed...
Lo demás, nada... Vida... Cosas... Lo que se sabe...
Calaveradas, amoríos... Nada grave,
Un poco de locura, un algo de poesía,
una gota del vino de la melancolía...
¿Vicios? Todos. Ninguno... Jugador, no lo he sido;
ni gozo lo ganado, ni siento lo perdido.
Bebo, por no negar mi tierra de Sevilla,
media docena de cañas de manzanilla.
Las mujeres... -sin ser un tenorio, ¡eso no!-,
tengo una que me quiere y otra a quien quiero yo.

Me acuso de no amar sino muy vagamente
una porción de cosas que encantan a la gente...
La agilidad, el tino, la gracia, la destreza,
más que la voluntad, la fuerza, la grandeza...
Mi elegancia es buscada, rebuscada. Prefiero,
a olor helénico y puro, lo "chic" y lo torero.
Un destello de sol y una risa oportuna
amo más que las languideces de la luna.
Medio gitano y medio parisién -dice el vulgo-,
Con Montmartre y con la Macarena comulgo...
Y antes que un tal poeta, mi deseo primero
hubiera sido ser un buen banderillero.
Es tarde... Voy de prisa por la vida. Y mi risa
es alegre, aunque no niego que llevo prisa.


 RETRATO
(Antonio Machado)

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

viernes, 1 de noviembre de 2013

EL NÚMERO PI de Wislawa Szymborska




Digno de admiración es el número Pi
tres coma catorce.
Todas sus siguientes cifras también son iniciales,
quince noventa y dos porque nunca termina.
No deja abarcar sesenta y cinco treinta y cinco con la mirada,
ochenta y nueve con los cálculos
sesenta y nueve con la imaginación,
y ni siquiera treinta y dos treinta y ocho con una broma o sea comparación
cuarenta y seis con nada
veintiséis cuarenta y tres en el mundo.
La serpiente más larga de la tierra después de muchos metros se acaba.
Lo mismo hacen aunque un poco después las serpientes de las fábulas.
La comparsa de cifras que forma el número Pi
no se detiene en el borde de la hoja,
es capaz de continuar por la mesa, el aire,
la pared, la hoja de un árbol, un nido, las nubes, y así hasta el cielo,
a través de toda esa hinchazón e inconmensurabilidad celestiales.
Oh, qué corto, francamente rabicorto es el cometa
¡En cualquier espacio se curva el débil rayo de una estrella!
Y aquí dos treinta y uno cincuenta y tres diecinueve
mi número de teléfono el número de tus zapatos
el año mil novecientos sesenta y tres sexto piso
el número de habitantes sesenta y cinco céntimos
centímetros de cadera dos dedos una charada y mensaje cifrado,
en la cual ruiseñor que vas a Francia
y se ruega mantener la calma,
y también pasarán la tierra y el cielo,
pero no el número Pi, de eso ni hablar,
seguirá sin cesar con un cinco en bastante buen estado,
y un ocho, pero nunca uno cualquiera,
y un siete que nunca será el último,
y metiéndole prisa, eso sí, metiéndole prisa a la perezosa eternidad
para que continúe.

domingo, 13 de octubre de 2013

12 DE OCTUBRE

«Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. Casi todos los edificios, cualquiera que fuera su tamaño, estaban en manos de los trabajadores y cubiertos con banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas; las paredes ostentaban la hoz y el martillo y las iniciales de los partidos revolucionarios; casi todos los templos habían sido destruidos y sus imágenes, quemadas. Por todas partes, cuadrillas de obreros se dedicaban sistemáticamente a demoler iglesias. En toda tienda y en todo café se veían letreros que proclamaban su nueva condición de servicios socializados; hasta los limpiabotas habían sido colectivizados y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro. Camareros y dependientes miraban al cliente cara a cara y lo trataban como a un igual. Las formas serviles e incluso ceremoniosas del lenguaje habían desaparecido. Nadie decía señor, o don y tampoco usted; todos se trataban de «camarada» y «tú», y decían ¡salud! en lugar de buenos días.



Yo estaba integrando, más o menos por azar, la única comunidad de Europa occidental donde la conciencia revolucionaria y el rechazo del capitalismo eran más normales que su contrario. En Aragón se estaba entre decenas de miles de personas de origen proletario en su mayoría, todas ellas vivían y se trataban en términos de igualdad. En teoría, era una igualdad perfecta, y en la práctica no estaba muy lejos de serlo. En algunos aspectos, se experimentaba un pregusto de socialismo, por lo cual entiendo que la actitud mental prevaleciente fuera de índole socialista. Muchas de las motivaciones corrientes en la vida civilizada —ostentación, afán de lucro, temor a los patrones, etcétera— simplemente habían dejado de existir. La división de clases desapareció hasta un punto que resulta casi inconcebible en la atmósfera mercantil de Inglaterra; allí sólo estábamos los campesinos y nosotros, y nadie era amo de nadie.»

George Orwell (Homenaje a Cataluña)

sábado, 12 de octubre de 2013

AQUELLOS OJOS MÍOS DE 1910, de Federico García Lorca

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
no vieron enterrar a los muertos,
ni la feria de ceniza del que llora por la madrugada,
ni el corazón que tiembla arrinconado como un caballito de mar.


Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
vieron la blanca pared donde orinaban las niñas,
el hocico del toro, la seta venenosa
y una luna incomprensible que iluminaba por los rincones
los pedazos de limón seco bajo el negro duro de las botellas.


Aquellos ojos míos en el cuello de la jaca,
en el seno traspasado de Santa Rosa dormida,
en los tejados del amor, con gemidos y frescas manos,
en un jardín donde los gatos se comían a las ranas.


Desván donde el polvo viejo congrega estatuas y musgos,
cajas que guardan silencio de cangrejos devorados
en el sitio donde el sueño tropezaba con su realidad.


Allí mis pequeños ojos.


No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío.
Hay un dolor de huecos por el aire sin gente
y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo! 

viernes, 20 de septiembre de 2013

DIARIO DEL HORROR

En 1942, la joven parisina Hélène Berr inicia un diario. Pero es judía. Anagrama publicó en 2009 un sobrecogedor texto donde se narra en primera persona la persecución nazi en la capital de Francia.




Hélène Berr fue una joven parisina que disfrutaba de largos paseos por el Boulevard Saint-Germain, los Jardines de Luxemburgo, los Campos Elíseos, en el año 1942. Decidió en abril, con veintiún años, comenzar a escribir un inocente diario. En aquellas primeras entradas nos contaba sobre sus amistades, los domingos en la casa de Aubergenville que servía de solaz a la familia, sus clases en el Instituto Inglés de la Sorbona, donde prepara un estudio sobre Shakespeare, las reuniones de amigos para interpretar música romántica, sus escarceos amorosos correspondidos y no correspondidos con diversos chicos. Inocente, a pesar de que la Batalla de Francia había sucedido dos años atrás -a pesar de que por aquel tiempo Irène Némirovsky sería deportada y fallecería en Auschwitz-, la vida de Hélène Berr era la típica de una chica burguesa que disfruta el sol primaveral de París, sus clases de violín, donde el hecho de que dos de sus hermanos se encuentren en la zona libre (libre, pero sujeta al régimen de Vichy) parece solo una contrariedad. Sus preocupaciones, al principio, van de un doloroso panadizo en el dedo a los cambios de humor de Gérard Lyon-Caen, un chico con el que había algo más que una amistad.

Una joven volátil, entusiasmada y enamorada de todo lo que la vida podría depararle. Estancias bajo los frambuesos campestres, ilusiones que traen los títulos académicos conseguidos y alegría ante el verano que se anuncia en 1942, cuando conoce a un encantador joven, Jean Morawiecki, a quien le une la devoción por la música romántica rusa. Pero Hélène Berr era judía. Y París, 1942 y Judaísmo eran los ingredientes precisos para la barbarie nazi.

La barbarie empieza en el Diario como si nada: su madre avisa a Hélène de la obligación de llevar una estrella amarilla cosida a la ropa. Se rebela, pero acepta llevarla como un símbolo de valentía. Las miradas compasivas, las repugnantes, las indiferentes, de las gentes que habitan las elegantes calles de París, pasan por el diario. Como la humillación de viajar en el último vagón, impuesta a los judíos en junio de 1942, a petición de las autoridades alemanas, por el prefecto del Sena. Son dos avisos que comienzan a remover la conciencia de la joven Berr. El encarcelamiento de su padre en el campo de internamiento de Drancy, aquel mismo mes de junio –“siempre hace bueno en las catástrofes”, escribe con candidez-, terminan por dar al Diario un cariz distinto, que en aumento hará aflorar la figura de la perseguida, la víctima consciente y limitada en su rebelión. Se alista a la UGIF, la asociación israelita impulsada por el Estado Francés para que sirviera de enlace entre la población judía y las autoridades nazis. Había quien pensaba que era un salvoconducto. Pero allí ahonda en la tragedia que le rodea, en los efectos de las retenciones y las deportaciones, la destrucción de las familias, la situación de abandono de menores judíos a los que Hélène lleva a pasear a las afueras de París, a quienes acompaña al médico, para quienes intenta localizar a sus padres desaparecidos. Jean Morawicki parte hacia España para alcanzar el norte de África, donde piensa adherirse a las fuerzas de la Francia Libre. Todo está cambiando: “vivimos hora tras hora, ya no semana tras semana”.

Llega el silencio. De noviembre de 1942 a octubre de 1943 el diario queda abandonado prácticamente. Ha nacido la consciencia del horror. Hélène sabe que hay dos partes bien diferenciadas en su relato. Hay apuntes anteriores que avisan, como cuando el pequeño Bernard le confiesa, tras la deportación de su madre y su hermana: “estoy seguro de que no volverán vivas”. La redada del Velódromo de Invierno que dirige Eichmann, de julio de 1942, se extiende en desapariciones y confinamientos. A partir de octubre del 43, Berr asume su obligación de “escribir sobre la realidad”. Ya no se trata de un diario de jovencita acomodada, sino una reflexión sobre su tiempo. Introduce debates basados en el Evangelio, análisis y referencias de obras literarias (Los Thibault de Roger Martin de Grand, Los Hermanos Karamazov de Dostoievsky, La vida de los mártires de Duhamel, El inmoralista de André Gide), toma notas para un trabajo sobre Keats, que nunca terminará, y la poesía del inglés se cuela en sus páginas. El Diario pasa a ser una prueba de vida.

Todo ha cambiado definitivamente: “ahora el sentido del humor me parece un sacrilegio”, escribe. Los alemanes detienen a compañeras de la UGIF, institución que se pensaba estaría a salvo de las redadas. Llegan noticias, rumores, de gases en campos de concentración. Los temores de la detención se suceden. Berr deambula por un París que parece no querer saber nada. Los cristianos se asombran de las historias que cuenta: no dan crédito. Exageraciones de judíos.

Hasta aquella parada en la escritura el diario estaba escrito hacia ella. Ahora, toma como auditorio a todos los que la escucharán en el futuro, a Jean Morawieczi, a quien dedica sus anotaciones. “Descansaremos cuando estemos muertos” remedando una cita de Chéjov, de El Tío Vania, anota. Huir o quedarse. Arrepentirse en el futuro, de cualquier manera. Nunca se sabe cuando llegará el golpe definitivo. Reflexiona sobre la condición de judío, eso que ella nunca se consideró. Los otros marcan, se anuncian las consideraciones de Sartre: es el antisemita quien creó al judío.

Ante el aluvión de detenciones, los rumores, las duras anécdotas que desbroza, las dudas sobre la información que llega –incluso sobre Katyn-, los Berr se trasladan y dejan su casa en Elisée Reclus –a metros de la Torre Eiffel- para refugiarse en pisos de conocidos. El Diario calló el 15 de febrero de 1944. Faltaba medio año para la liberación de París. Un mes más tarde, lo que queda de la familia Berr es detenida en su casa, adonde han vuelto: quizá fuese el cansancio, quizá la valentía o la comodidad. Quizá simplemente una confianza excesiva en su estrella.

El día que cumple 23 años, Hélène Berr es deportada con sus padres. Antoinette muere a fines de abril en una cámara de gas. Raymond es asesinado a finales de septiembre del mismo año en Auschwitz III. Hélène es evacuada de Auschwitz y en noviembre está internada en Bergen-Belsen, donde muere Ana Frank en marzo del 45. La joven Berr sobrevive poco más un mes. Pocos días antes de la liberación del campo muere de tifus, como la pequeña holandesa, como Irène Némirovsky.

Se ha comparado el Diario con el homónimo de Ana Frank. Pero el Diario de Ana Frank nunca ha superado pruebas de veracidad. Ha sido un excelente caldo del que han bebido los negacionistas. La obra de la ucraniana Irène Némirovsky –su Suite Francesa- se acerca al punto de vista de la segunda parte del Diario de Berr, si bien es cierto que no solo la calidad literaria les separa, sino la intención. Némirovsky escribe una novela que se trufa de la realidad, de la tempestuosa huida de París de 1940, de la estancia en los campos de la Francia de Vichy, donde soldados alemanes conviven con los pueblerinos. Una novela inacabada, que tenía en su estructura, anotada por la autora, una última parte denominada La Paix. La historia contada por Berr está a pie de calle. Podemos pasear con ella del Barrio Latino a Neully, de La Concorde al Campo de Marte. Y podemos acompañarla en los últimos meses, donde la consciencia del horror asaltó las notas del Diario.

Referencias:

Diario Helene Berr , Anagrama, 2009




Mapa de París, con indicaciones de los lugares que refleja Berr en su novela 


(https://maps.google.es/maps/ms?msid=200433027945728965407.0004e3eb74ace1c2cbff1&msa=0&ll=48.858503,2.3176&spn=0.073298,0.132351)



viernes, 13 de septiembre de 2013

El Rapto de Europa

Con un breve de Matías Verdón: "Cachurro y los querubines"


MÁS VALE CARTA EN MANO


LA SEMAINE


El viajero de sí mismo, de Pablo Rokha

Voy pisando cadáveres de amantes
y viejas tumbas llenas de pasado,
cubierto con cabello horripilante
del gran sepulcro universal tragado.

Acumulo mi yo exorbitante
y mi ilusión de Dios ensangrentado,
pues soy un espectáculo clamante
y un macho-santo ya desorbitado.

Mi amor te muerde como un perro de oro,
pero te exhibe en sus ancas de oro.
Wínétt, como una flor de extranjería.

Porque sin ti no hubiera descubierto
como una jarra de agua en el desierto
la mina antigua de mi poesía.