sábado, 31 de octubre de 2015

MARIANO

Hace unos días José Sánchez Montes nos invitó a ver un documental sobre el que ha estado trabajando los últimos años, titulado “Mariano Maresca: palabra a palabra”. Allí nos reunimos un grupo de personas, miembros de la familia Maresca y otros, cuyo nexo común y fundamental era y es la amistad o familiaridad con Mariano. Quien no conozca a Mariano Maresca no conoce a una de las instituciones primordiales de la Granada de la transición, un agitador intelectual del fin de siglo veinte y comienzos del veintiuno, un referente en la izquierda menos servil. Es un intelectual en el sentido de aquel que pone su intelecto al servicio de los demás. Durante más de cuatro décadas prestó servicio a la Universidad de Granada, en el Departamento de Filosofía del Derecho, y estuvo en todas las salsas culturales: las revistas Olvidos de Granada y La Fábrica del Sur, la trastienda de la otra sentimentalidad, fue columnista de El País, guionista de cine y televisión, presentador de libros sobresaliente y promotor de tantas y tantas cosas que tuvieron que ver en esta ciudad entre la música, el cine, la literatura y la reflexión. Siempre empuñó el raciocinio, el argumentario moral, la necesidad ineludible de no perder la postura ética, y la lupa brillante de una mirada crítica, competente.

Mariano tuvo hace unos años un ictus. Fue un mes de noviembre como el que se nos anuncia, pero en 2011. Entonces, aquel cerebro que tanto nos había sorprendido –sobre el que los amigos bromeábamos asombrados y llamábamos “disco duro”, pues no había película cuyos datos no pudiera ofrecer con fidelidad, canción cuya génesis desconociese o libro que no pudiese resumir en cuatro frases y con acierto- digo que aquel cerebro sufrió un apagón. Sin embargo, aquellas neuronas estaban acostumbradas a esfuerzos sobrehumanos desde la infancia, y desde el misterio de la neurología emergió la capacidad del ser humano que se sobrepone y comienza desde el principio a volver a andar sobre la palabra.


Palabra a palabra, como titula Sánchez Montes, Mariano Maresca volvió a la senda, pero de otra manera. Él lo define gráficamente como “la vida de antes” frente a la vida de ahora, donde todo es algo más difícil, pero es consciente del triunfo de la voluntad y la vida. Como amigos estábamos sorprendidos con el resultado de sus esfuerzos. Me contaba no hace mucho cómo una noche, de pronto, le llegó la comprensión del pensamiento de Locke, así como un chaparrón, como si unas cuantas neuronas hubiesen enlazado a través de un difícil paso y hubiesen recuperado ese filón de memoria escondido. Todos estamos orgullosos.

Jose ha tenido la paciencia y la visión clara de tomar nota con su cámara de todos esos avances, de montarlos y darles cuerpo, y a pesar de la rebeldía que pueda mostrar el homenajeado ante la crudeza de los ratos pasados y en virtud de su humildad, ha conseguido dejarnos para siempre la memoria de una batalla ganada a favor de la memoria. Gracias.


Alfonso Salazar, a punto de comenzar noviembre.
*La foto corresponde a los créditos del documental.




lunes, 7 de septiembre de 2015

viernes, 4 de septiembre de 2015

EL DETECTIVE DEL ZAIDÍN EN EL ZAIDÍN

Hace doce años el barrio del Zaidín cumplió cincuenta años. Era 2003, y Arial Ediciones publicaba Melodía de arrabal, la primera novela -que publica en estas fechas Palabaristas en ebook-, en la que aparecían Matías Verdón y todo el grupo de vecinos que lo han acompañado a lo largo de cuatro novelas, hasta la publicación de Para tan largo viaje, en 2014. Este año, por fin, Verdón y su corte de los milagros visitarán el Zaidín, gracia a la doble invitación que cursaron tanto la Biblioteca del Zaidín Francisco Ayala y los responsables de las Bibliotecas municipales de Granada, como la Asociación de Vecinos del barrio. Para quien escribe esto, es un honor que sus criaturas tenga tales oportunidades, primero la de encontrarse con los lectores y vecinos reales del Zaidín el próximo día 7 de septiembre, y además, disfrutar con ellos de una singular ruta literaria (como esas rutas que se suelen hacer en barrios vetustos y medio en ruinas) el sábado 11 de septiembre, en plenas fiestas de barrio.


domingo, 2 de agosto de 2015

CULTURA O AFICIÓN

Lo sabemos, pero hay que recordar una vez más que el sector cultural atraviesa desde hace seis años una crisis sin precedentes. Los planteamientos desde las administraciones públicas que se dieron desde mediados de los noventa germinaron en un potente sector que se nutría, esencialmente, del apoyo público -es cierto-, pero es que la cultura y las artes escénicas y vivas no tienen en nuestro sistema más viabilidad que el apoyo público. No solo la cultura, miren la agricultura, la industria automovilística o la bancaria. Sin embargo, en tanto en unos sectores el apoyo público se mantiene para evitar el desplome financiero o mantener puestos de trabajo –y ganancias empresariales-, en el sector cultural el apoyo público es la única vía de financiación. Algunas de las razones de ser del sistema subsisten en la carencia de una exigente educación que dé valor a la cultura y propicie que el espectador esté dispuesto a invertir las cantidades que son precisas en el consumo cultural –tanto como lo hace en el espectáculo del entretenimiento-, pero también persiste en sus cimientos una enfermedad de costes que se arrastra desde la eclosión del capitalismo y que se manifiesta en que los costes de las artes escénicas y vivas no son fácilmente reducibles a través de abaratamiento de los costes de producción con una producción en serie, como ocurre en el sector industrial de la cultura –el cine, la televisión y el libro-, y su valor aumenta sin posibilidad de minorar sus costes, como si fuese un fósil del mundo previo a la revolución industrial en un mundo postindustrial. Unan a ello que estas manifestaciones culturales se manejan entre la invención y la creación, con productos de riesgo que pueden fracasar para abrir la brecha de productos futuros, es decir, la cultura como inversión, no como gasto.


El caso es que el sector avanzó en los años noventa y principios de siglos hasta límites insospechados: en la Comunidad Andaluza, por ejemplo, se edificaron numerosos contenedores culturales –en su mayoría sin un plan de desarrollo artístico y humano-, dependientes de las instituciones públicas; se estimuló la creación de empresas y se premió el estricto cumplimiento de la legislación laboral y tributaria en un sector que hasta entonces se movía entre el amateurismo y la incipiente profesionalización; se abrieron vías de formación hasta entonces desconocidas, tanto en el sector de la interpretación como en el de la gestión y administración, con la implicación de las Universidades y de agencias públicas; se reflexionó, se pensó y se publicaron ríos de tinta entre el es y el debe ser de la cultura como sector.

Pero todo aquel sector que comenzaba a ser pujante, que podía vanagloriarse de su presentación política como motor económico del futuro, donde se mezclaron profesionales de la farándula y el espectáculo televisivo con tufo a Operación Triunfo con artesanos de la interpretación de las obras del Siglo de Oro y exploradores de músicas que estaban olvidadas en cajones de una sacristía cualquiera, aquel sector que vivía con el Estado como mecenas, de la implicación de las administraciones en su mantenimiento, despertó día a día en un mundo donde los recursos escaseaban y la coartada de las prioridades sociales funcionó como accionamiento para cerrar un grifo, que por otra parte nunca fue a mansalva.



Podríamos dedicar varias páginas a reflexionar sobre qué es cultura, pero nos desviaría del tema del presente artículo. Baste decir que cultura es lo que emancipa, lo que convierte al ciudadano en un ser crítico, emocionado, lo que en el lenguaje llano sería “nos hace ser más humanos”. No es aquello que sencillamente entretiene -¡qué importante es entretener!-, aquello que pertenece a un sector comercial y mercadeado que se sostiene con una globalización fundada en el modelo de las majors capitalistas. La cultura también entretiene, pero no solo entretiene.

El caso es que la ruina de esta microcultura, frente a esa macrocultura que comprendería el otro sector, el de las industrias culturales, y que siguen a menudo el modelo major entertainment, cristaliza en la programación de cualquier ciudad media: son las clases medias de intérpretes, gestores y empresarios -muy medianos y pequeños- de la cultura los que han visto cómo su medio de vida ha menguado, y les pueden decir ustedes que, al fin y al cabo, estaban haciendo cultura por encima de las posibilidades de la sociedad. Los síntomas del empobrecimiento no solo están en el ahogo y desaparición de las pequeñas empresas, en la escuálida resistencia a través de unos presupuestos públicos mermados, ante una ley de supervivencia donde los más fuertes, los menos dependientes o los mejor contactados perduran, sino en el panorama que se avecina: el campo del amateurismo campa a sus anchas donde antes había profesionales, sin que las administraciones –que parecen ahora desmemoriadas- hagan el más mínimo esfuerzo por corregir la situación. Más bien al contrario, la estimulan acuciados por unos presupuestos empobrecidos y una demanda que se mantiene.



Allí donde antes se programaba una compañía teatral forjada con esfuerzo, que cumplía con sus obligaciones tributarias y laborales, que generaba riqueza, se encuentra el espectador la labor de una compañía de aficionados –también encomiable e indiscutible cantera- que si bien cumple el expediente de la programación no aprueba en el estímulo económico del sector, sino que lo arruina. Allí donde antes se programaba una orquesta cuyo trabajo se esforzaba en el mantenimiento de un legado de siglos, encontramos orquestas jóvenes, que bajo el amparo y la justificación de la formación, vienen a sustituir a sus mayores abonando un terreno donde ellos mismos, en un futuro muy cercano, serán sustituidos por nuevos jóvenes en formación, en una espiral sin sentido. Allí donde los profesionales de la programación cultural, los productores, se esforzaban en diseñar nuevas propuestas y desbrozar el futuro de las artes escénicas encontramos programaciones hechas a salto de mata por funcionarios a los que muchas veces les cae encima una labor para la que no fueron preparados,  por la que no les contrataron, ni es por esa labor por la que realmente les pagan.

El apoyo público a este sector no tiene vuelta de página: bueno sí, su vuelta es una página en blanco, vacía. El IVA cultural –que si bien afecta sobremanera a la macrocultura, también incide en este sector microcultural, que pase lo que pase seguirá facturando sus servicios al 21 %-, las equivocadas ideas de algunas formaciones políticas emergentes que solamente optan por un sentido participativo de la cultura cuya accesibilidad se basa en la gratuidad para todos, y así olvidan las importantes bazas de la creación, la producción y la distribución, tanto como confunden accesibilidad con igualdad; los proyectos inconclusos de las leyes de mecenazgo que amenazan con verter por un mismo desagüe ayudas al cine, al deporte, a la investigación científica y al teatro –y sabemos hacia qué vertiente caerán las aguas, a buen seguro-, anuncian ya no solo un cambio rotundo de modelo, sino la desaparición de los viejos comediantes, de los músicos de cámara y de jazz, de los pedagogos artistas, de los diseñadores de una cultura del compromiso, que serán extinguidos por una apuesta por la cultura sin terminar de hacer, por un empoderamiento de la cultura como afición antes que como profesión.

Alfonso Salazar

jueves, 28 de mayo de 2015

CUATES NEGROS


GRANADA NOIR
28 DE MAYO 2015
19:30 horas. Conversación a dos: La ciudad, personaje literario. Salazar vs. Pedregosa Sinopsis de ‘Para tan largo viaje’ (Dauro): Año 1996. Recientemente el Partido Popular ha ganado las Elecciones Generales. Un crepuscular Matías Verdón, el detective del Zaidín, recibe el encargo de una anciana para hallar a su nieto desaparecido dos años atrás. Pero tras el escaparate de una familia recta, formal y célebre, se esconden misterios y secretos que el detective tendrá que desvelar con la ayuda de su inseparable Desastres. La historia de un largo viaje se cruza en la investigación de Matías Verdón, una historia que se hunde en la ciénaga de las guerras yugoslavas y que termina por tener unas implicaciones políticas que el detective no esperaba.
“Para tan largo viaje” es la cuarta entrega de la saga de ‘El Detective del Zaidín’.

ENLACE

domingo, 26 de abril de 2015

MESA REDONDA NOVELA NEGRA MEDITERRÁNEA

http://agenda.ideal.es/evento/la-novela-negra-mediterranea-471069.html


Con Juan Madrid, Clara Peñalver y Jesús Lens, el día 25 de abril 2015 en la Feria del Libro de Granada, sobre novela negra y mediterráneo.

PARA TAN LARGO VIAJE EN LA FERIA DEL LIBRO DE GRANADA

Con Jesús Lens y Juan Carlos Friebe en la Feria del Libro de Granada, 19 de abril 2015. Foto de Joaquín Puga.


lunes, 2 de marzo de 2015

CHAVS: CANIS DE GRAN BRETAÑA


Chavs: la demonización de la clase obrera es un libro de Owen Jones (Capitán Swing, 2012) que viene a profundizar en los fangos actuales de la brecha de la desigualdad, cuyo origen localiza en los lodos de las últimas décadas de neoliberalismo del siglo XX, aquellos que hundieron la política social en Europa, y específicamente en Gran Bretaña.

Owen Jones parte en su trabajo de una escena cotidiana: una cena de amigos donde se cuenta un chiste acerca de los “chavs”. Los “chavs”, parece ser, son aquellos descendientes de la orgullosa clase trabajadora británica de los años sesenta del siglo pasado: chicos y chicas con escaso futuro, sin trabajo fijo, una formación escolar exigua, que suelen vestir con ropa deportiva informal, pero de marca, lucen bisutería, pasean pitbulls, a veces llevan navaja, pueden procrear a los quince años, tienen nombres extraídos de culebrones o del mundo del espectáculo, exóticamente inapropiados para la sociedad seria (Wayne, Chantelle, Dazza, Britney) y a veces manifiestan comportamientos considerados agresivos. En España, conceptos como “choni” o “cani” pueden acercarse al concepto “chav”. Decimos que parece ser, porque Jones abre una polémica cuando bucea en la insondable procedencia de los términos que se han hecho recientemente populares y hacia los cuales no navegan los filólogos de la búsqueda del origen. Es un término de esos que están en evolución semántica, sin foto fija, que se desfigura, que abunda en los medios de comunicación, que comienza a aparecer en los modernos diccionarios y al que se atribuye un origen tan diverso como el inglés del siglo XIX, el romaní –chavó, chaval-, o simplemente se le achaca ser un acrónimo (de Council House Violent, o “violento de viviendas municipales”). Pero podemos estar de acuerdo en que es un término –como choni, como cani- esencialmente peyorativo.

En la cena de amigos que abre el libro, se hace un chiste sobre “chavs”. Pero ¿Y si en vez de “chav” el término utilizado en el chiste fuese otro? Como aquellos chistes de catetos o de gangosos que han caído en desgracia. Sería políticamente muy incorrecto y ahondaría en la risa injusta. Sin embargo, en Gran Bretaña, la caricatura del chav ha calado: un ejemplo de ello es Shameless, o ciertos personajes de Little Britain -que es humor, al fin y al cabo, donde no se deja títere incólume y caen bajo el martillo de la caricatura clases sociales, estereotipos y tópicos ingleses. El personaje “chav” existe en la cultura anglosajona del siglo XXI, puede identificarse en los barrios obreros, en el extrarradio de las grandes ciudades, y provoca además un rechazo que ha generado incluso páginas web donde se amenazan y localizan núcleos chavs por toda la isla, que han encontrado eco y seguidores en la prensa mayoritaria. Es un palmario ejemplo de odio de la clase media hacia la clase baja. El mensaje persistente es el paso del respeto, hasta el temor, en deriva a la condescendencia, y al fin el desprecio, hacia la clase trabajadora. Incluso, hay que huir de la clase baja si a ella se pertenece, no identificarse, repudiarla.

Famosos de la actual cultura popular británica se pueden identificar con esta imagen estereotipada: chicos y chicas que, procedentes de las capas menos afortunadas de la sociedad, triunfan y se colocan en el escaparate social y de los mass media, pero que mantienen esa imagen de chicos de barrio, entre el gamberrismo, la agresividad y con un pie encajado en la delincuencia juvenil. Ya sean Wayne Roonney, Lady Sovereign o participantes en Gran Hermano. Se les suponen “chavs” por su vestimenta, su comportamiento o sencillamente por sus intereses musicales y culturales. Y limitados a ciertos campos de la cultura: si desde tiempos de los Beatles –Stone Roses, Smiths, Verve- los grandes referentes del pop y el rock provenían de la clase trabajadora, a partir de los ochenta, con la irrupción de Oasis, proceden en su mayoría de la clase media.

Jones analiza el fenómeno desde el impacto de la figura chav en la prensa para pasar a investigar lo que considera la “demonización de la clase obrera”. Los medios de comunicación británicos se han centrado en difundir la idea de que entre las clases más bajas, a las que en muchos casos solo les queda recurrir a las ayudas sociales, abundan los parásitos sociales, gente que vive de subsidios, que no tienen ningún interés en emanciparse socialmente, en acceder a la escalera mecánica del ascenso social.


En un libro jalonado de datos, extractos de opiniones en prensa y con entrevistas tanto a miembros de antiguos gobiernos como a sencillos trabajadores de los barrios obreros británicos, Jones plantea preguntas que son muy incómodas: ¿Es el chav una consecuencia de la política neoliberal que inauguró el gobierno Thatcher y continuaron, sin mesura alguna, los gobiernos laboristas de entre siglo? ¿Dónde ha quedado aquella orgullosa clase obrera británica que organizada en sindicatos pudo poner de rodillas a gobiernos hace décadas? ¿Cuándo decidió Gran Bretaña convertirse en un país de consumidores sin productores?

“La demonización de la clase trabajadora no puede entenderse sin volver la mirada hacia el experimento thatcherista de los años ochenta que forjó la sociedad en la que hoy vivimos” escribe Owen Jones. La lucha emprendida por el gobierno de Margaret Thatcher a finales de los años setenta del siglo XX contra el que consideraba un excesivo control de los sindicatos obreros se saldó con una contundente victoria gubernamental. Se unieron muchos ingredientes en aquella década: el movimiento punk y el okupa; la poll-tax; la heroína y el aumento de la drogadicción en las zonas deprimidas; los hooligans, aguerridos hinchas de fútbol que se hicieron famosos y temidos en toda Europa por su agresividad y racismo; pero también la huelga minera, la prohibición gubernamental de construcción de vivienda social a los Ayuntamientos –en tanto el gobierno promovió que los inquilinos de viviendas protegidas pudiesen comprar sus casas a precios reducidos ofreciéndoles hipotecas al cien por cien-, la deslocalización de las empresas, el descenso de la sindicación, una reconversión industrial que trajo consigo el cierre de la potente industria siderúrgica inglesa, de su pujante industria del automóvil y el incremento de la inmigración procedente tanto de los países del este europeo como de las antiguas colonias del Imperio.


Con la distancia que dan los lustros pasados, podemos ver la mano de Friedman y la Escuela de Chicago tras las decisiones en política económica y monetaria de Thatcher –como también estaba sucediendo en el gobierno Reagan en EEUU. De aquellos tiempos viene el sarampión de la privatización de los servicios públicos y la desregulación financiera con el consiguiente incremento del sector financiero, el de la construcción y los servicios frente al alicaído sector manufacturero e industrial. Las finanzas y los servicios –la City- eran el futuro, producir era el pasado ¿Les suena?

El Gobierno Thatcher fomentó la cultura de que el éxito se medía por lo que uno poseía y glorificó la riqueza. En esta respuesta de Margaret Thatcher se encuentra sentido a gran parte de su legado: “Creo que hemos entrado a un periodo donde muchos niños
y gente han crecido con la idea de «¡Tengo un problema, es el trabajo del gobierno lidiar con ello!» o «¡Tengo un problema, iré y conseguiré una concesión para lidiar con ello!», «¡No tengo casa, el gobierno debe darme una!» y así le están arrojando a la sociedad sus problemas, pero ¿quién es la sociedad? ¡No existe tal cosa! Hay hombres y mujeres independientes y hay familias, y ningún gobierno puede hacer algo, excepto a través de la gente, y la gente primero tiene que luchar por sí misma. Es nuestro deber cuidar de nosotros y luego ayudar a nuestros vecinos y la vida es un negocio recíproco, donde la gente tiene sus derechos en mente, pero no sus obligaciones.” Al fin y al cabo, para Margaret Thatcher, “clase” solamente era un concepto comunista.

Los ataques thatcherianos a la industria y a los sindicatos propinaron un golpe mortal a la vieja clase obrera. En pocos años desparecieron los trabajos bien remunerados. Owen Jones rebusca dónde están los descendientes de aquellos duros y orgullosos trabajadores británicos del acero y el carbón, que fueron la vanguardia del movimiento obrero: trabajan en supermercados y centros de atención telefónica. Sí, trabajos menos duros y físicos, pero en grados de explotación similares a trabajos de hace más de cien años. La eliminación física del soporte laboral en los barrios obreros, la demolición del sistema de ayuda y vivienda social se emprendió simultáneamente con una política de desigualdad fiscal por la cual el desequilibrio impositivo favorecería cada vez más al segmento más rico de la población.

El vaciamiento de las propuestas socialdemocrátas de la tercera vía laborista tuvo en Tony
Blair un fiel continuador de la política thatcheriana, y así, pregonó en 1997 que la nueva Gran Bretaña era una meritocracia. Ello supone que los pobres y los desfavorecidos sean menospreciados. Hay una cuestión sociológica de fondo que el filósofo francés Pierre Bourdieu apuntó en Contrafuegos, 2 cuando se refería a una economía de la inteligencia: “De esta forma la nueva economía tiene todas las propiedades para aparecer como el mejor de los mundos (en el sentido de Huxley) (…) puede aparecer como una economía de la inteligencia, reservada a las personas «inteligentes» (lo que atrae la simpatía de los periodistas y de los cuadros «conectados»). La sociodicea adquiere aquí la forma de un racismo de la inteligencia. Desde ahora, los pobres no son pobres, como en el siglo XIX porque son poco previsores, malgastadores, intemperantes, etc. (por oposición el deserving poor), sino porque son imbéciles, incapaces intelectualmente, idiotas. En fin «solo tienen lo que se merecen», escolarmente”.

Entre la opinión de Thatcher, la declaración de Blair y el juicio visionario y doloroso de Bourdieu se encuentra ese sector de la sociedad considerado irresponsable, delincuente e ignorante, que ha desdeñado el ascenso social y es considerado en la actualidad una escoria. Para Jones, el estereotipo chav es utilizado por los gobiernos para justificar esa falta de compromiso que les obligaría a entrar en el fondo de los problemas sociales y económicos que generan la desigualdad.

El neolaborismo de Blair se empeñó en hacer desaparecer el concepto de clase social y por extensión la lucha de clases. Aunque el millonario Warren Buffet lo corrige con claridad: “La lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando”. Con el Nuevo Laborismo la desigualdad pasó a ser denominada “exclusión social”, en vez de “pobreza” (la clase social viene dada por las circunstancias, la “exclusión” es algo que sucede y donde la persona se implica como agente). Fue Blair quien propagó que “en Gran Bretaña ahora todos somos clase media”, en 2005, y por tanto la clase obrera pasaba a ser un concepto peyorativo, pues es la clase media la que implica cierta cultura y no es pobre. La idea es que cualquiera con talento puede progresar en la Gran Bretaña actual, pero lo diga Blair o Cameron, las clases sociales no desparecen por mor del ascenso social, y según Jones, todo está amañado en la sociedad británica con el objetivo de favorecer a la clase media. Educación y clase social siguen estando en íntima comunión.

Pero, si todos fuésemos clase media ¿cómo podría reconocerse ese mantra de la aspiración al ascenso social? En el concepto del nuevo laborismo hay una trampa, porque el punto medio de la escala salarial no está en la clase media, sino más abajo. No es ningún secreto que el Parlamento Británico –como casi todos los parlamentos europeos- no son un microcosmos de la sociedad y su sistema de clases. Abundan los representantes públicos criados en colegios privados, con contactos en la alta empresa y con un total desconocimiento de la vida real en los barrios reales.

El desmontaje de la clase obrera según Jones ha llegado al punto de identificar a este subgrupo social como un grupo étnico de excluidos sociales blancos, donde calan las apuestas nacionalistas radicales como el BNP, o el UKIP y la Liga de la Defensa Inglesa. Se trata de mirar la desigualdad y la pobreza con un enfoque racial. Hay un solo paso para decir que son los extranjeros los que quitan los puestos de trabajo a los trabajadores ingleses blancos. Ello implica que el multiculturalismo operante
enfrenta a grupos étnicos de trabajadores para que compitan por los mismos recursos y servicios públicos, cada vez más escasos. Así la clase blanca trabajadora quedaría retratada como pobre, vaga, racista, grosera y sucia. Un buen caladero para hacer chistes. Son considerados trabajadores, generalmente en paro y despreocupados por buscar trabajo, bastos y chabacanos, sin el discreto encanto de la burguesía, esa clase media que se reproduce a sí misma y se defiende, que mira con desprecio y escandalizada el burdo gusto televisivo, el ramplón estilo en el vestir y una incorrecta manera en el hablar.


La clase trabajadora, según Jones, ha sido demonizada, excluida del mundo de la política y de los medios de comunicación, confinada a Gran Hermano y la telerrealidad, una clase de la que hay que escapar. Los problemas sociales han sido convertidos en defectos personales: la pobreza es un vicio del carácter. Pueden así campar a sus anchas teorías como las de Charles Murray y Richard J. Herrnstein cuando propusieron que el cociente intelectual va a aparejado al nivel socieconómico. Los proletarios deben convertirse en emprendedores, para que corra por su cuenta el éxito o el fracaso.


Alfonso Salazar en www.olvidos.es, febrero 2015