sábado, 11 de octubre de 2014

CIEN AÑOS DE HISPANIDAD

Hace unos cien años que un político asturiano y alfonsino propuso la celebración de la efemérides del día en que Rodrigo de Triana avistó Guanahaní. Un abogado gijonés propuso como primera denominación Día de la Raza, de la raza española, se entiende. El artífice fue el gijonés Faustino Rodríguez-San Pedro, un antepasado de Rodrigo Rato, que por entonces presidía la Unión Ibero-Americana. La fiesta fue convocada y se extendió por todo el territorio y los estados americanos. En 1917 el Ayuntamiento de Madrid asumió la celebración y al año siguiente fue sancionada ley por el rey Alfonso XIII para que la fiesta se instituyera de manera nacional, una fiesta que la Unión Ibero-Americana celebraba en su domicilio desde 1914, y sirvió al municipio madrileño para darle un toque entusiástico a sus fiestas populares de otoño.

Muchos de los “estados prósperos” americanos a los que se refería el gijonés en su convocatoria también publicaron legislaciones que reconocían tal efeméride, tomando como título desde el Columbus Day de los EEUU hasta el Día de la Identidad y Diversidad Cultural en República Dominicana, pasando la fiesta desde Chile hasta México. Cada país le coloca un título, y España mantuvo el de “Raza” hasta que el alavés Ramiro de Maeztu insistió en adoptar la denominación de “Día de la Hispanidad” y así lo reconoció el gobierno franquista cuarenta años más tarde, en un Decreto en el que subrayaba el «inolvidable privilegio de la República Argentina y de su insigne Presidente don Hipólito Irigoyen de extender a todo el ámbito de la Hispanidad la celebración de la Fiesta del Descubrimiento, hasta entonces limitada a sencillos y conmovedores actos rituales, sin reconocimiento oficial». Irigoyen dijo en 1917 que el doce de octubre consagraba “esa festividad en homenaje a España, progenitora de naciones, a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos afirmar y mantener con jubiloso reconocimiento».


Detrás del término “hispanidad” se puede rastrear a Unamuno, al periodista socialista Luis Ariquistain y sobre todo a Maeztu, por entonces embajador de Buenos Aires, quien se hizo eco de la propuesta del sacerdote, también vasco, Zacarías de Vizcarra (autor de libros con títulos tan jugosos como Vasconia españolísima. Datos para comprobar que Vasconia es reliquia preciosa de lo más español de España) establecido en Argentina desde joven, que reflexionó acerca de lo impropio del concepto de raza –nada que ver con la inexistencia del concepto desde el punto de vista antropológico– sino porque Hispanidad, decía, «constituye una unidad superior a la sangre, al color y a la raza de la misma manera que la 'Cristiandad' expresa la unidad de la familia cristiana, formada por hombres y naciones de todas las razas, y la 'Humanidad' abarca sin distinción a todos los hombres de todas las razas, como miembros de una sola familia humana. Es una denominación que a todos honra y a nadie humilla».

Venía al pelo su coincidencia con el Día de la Virgen del Pilar, que establece, en el oscurantismo de la leyenda, la relación de Hispania con el apóstol Santiago, allá por el año 40 DC, cuando en una visita a Caesaragusta se le apareció la virgen al pie de una columna de jaspe que, parece ser, María dejó allí antes de su Asunción. La fiesta de la virgen la asumió el municipio de Zaragoza en el siglo XVII cuando proclamó a la virgen patrona de la ciudad. De esta manera, se entrelazan en el calendario Hispanidad y Cristiandad, cumpliendo el fin nada imprevisto de Vizcarra, esto es, que la estirpe española y «toda la Hispanidad, debe cumplir todavía dos brillantes misiones en la Cristiandad, para salvar a la Humanidad en su más terrible crisis: 1.º Debe derrotar al Anticristo y a toda su corte de judíos, con el signo de la Cruz (...), 2.º Debe España completar la obra iniciada en Covadonga, Las Navas, Granada y Lepanto, destruyendo completamente la secta de Mahoma y restituyendo al culto católico la catedral de Santa Sofía, en Constantinopla».


Pero no fue la paternidad única. Ricardo Monner Sans, catalán y cónsul de España establecido en la Argentina, donde en 1892 había organizado el primer homenaje a Cristóbal Colón en Buenos Aires, andaba obsesionado con la pureza de la lengua española e introdujo en un discurso que pronunció en 1918 la apostilla de que le repugnaba el título de Fiesta de la Raza, «ya que hoy, en el siglo XX, no acierto a ver más que una raza, la humana (…) A mi parecer, y bien puedo andar descarriado en mi raciocinio, el día 12 de octubre de cada año, no es la fiesta de ninguna raza; es, a lo sumo, y ello ya es mucho y grande e interesante para nosotros, la fiesta de la gran familia española (...) Apellidar Fiesta de la raza a lo que es sencilla y netamente fiesta de la familia hispanoamericana, se me antojó siempre inadmisible hipérbole, pues pugna con la lógica y con la historia».

La denominación fue refrendada en 1981, pero tuvo que enfrentarse a cierta oposición que reclamaba el día del refrendo de la Constitución Española, el 6 de diciembre de 1978, como Día Nacional. La Ley 18/1987 ratifica como festividad nacional de España el día asociado al Descubrimiento, y «establece el Día de la Fiesta Nacional de España en el 12 de octubre», aunque prescinde de la denominación «Día de la Hispanidad» aunque sin derogar formalmente lo establecido en 1981, andando así a medio camino, descontentando a los unos –aquellos que siguiesen el espíritu de Vizcarra y a los otros que querían concebir el V Centenario como un “encuentro” entre culturas.

Es, de todas las maneras, interesante considerar cómo el origen de la celebración se alumbra en un preciso momento: pocos años después del desastre en las Filipinas y Cuba, en un arranque de patriotismo que mira hacia atrás para olvidar qué hay delante. La postura parece que se mantiene incólume.


Pero ¿qué vigencia tiene hoy en día la fiesta? Sabemos que no hay ninguna fiesta que esté exenta de una tendenciosa ideología que remita al enaltecimiento de valores determinados en su momento histórico. Ni una fiesta se salva de que fuese alumbrada en una relación con el calendario litúrgico, con el profano, por seguimiento o por oposición. Es una predilección acostumbrada de quien manda y ordena la de predisponer al pueblo en la celebración para mayor gloria de cualquier idea: no se salva ninguna. Incluyamos las celebraciones de "años dedicados" a tareas sociales que propone habitualmente la Unesco, las magnas celebraciones religiosas o los desfiles militares que celebran el día en que comenzó –o fracasó– una revolución o un golpe de estado.

A día de hoy la Hispanidad anda revuelta en su propio feudo de fundación. Sus nacionalismos intrínsecos, que siempre se han sentido en segunda división, vuelven en el péndulo histórico a reclamar la independencia. La Historia ha dado la victoria a un nacionalismo español y unionista frente a los rebeldes nacionalismos catalanes, aragoneses, leoneses, castellanos o vascos, que llegan a ser tantos o más que Comunidades Autónomas, con mayor o menor fortuna. España, que fue las Españas durante tanto tiempo, es un producto histórico aglutinado desde la capitalidad de Madrid –que a veces puede ser opuesta al concepto de “castellano”–, fundado por la dinastía borbónica, y que se ha sostenido en los últimos siglos enredado en el concepto de cristiandad, de unidad, de oposición a los nacionalismos de la periferia y finalmente, por singularidad en tópicos. Hasta el siglo XIX España seguía siendo un territorio que se extralimitaba de la península ibérica, que había aplastado los fueros singulares de sus territorios con los decretos de Nueva Planta de Felipe V, que no dejaron de ser una consecuente decisión ante un condado catalán que manifestó preferencia hacia las dinastías austriacas frente a la constante amenaza francesa más allá de los Pirineos durante la Guerra de Sucesión.


Pero el siglo XIX trajo el nacionalismo como una canción romántica y apasionada. Ese fue el fortalecimiento de Europa, con sus agrupaciones máximas –como en el caso de Alemania o Italia– y sus disgregaciones mínimas que fraguan a partir de 1900, pues Europa pasará de 24 países en 1906 a 46 a finales del siglo pasado.

Si el ejemplo en el siglo XIX era la Francia unida se justificaría históricamente ese empeño nacionalista español, pero no podemos perder de vista su fundamento en el espíritu católico, muy diferente al espíritu ilustrado y ciudadano del francés. De ahí que los intentos reorganizadores en el siglo XIX, como la I República, recojan los afanes cantonalistas y se plantee la primera constitución federalista en 1871, que jamás vería la luz. A partir de ahí, España descarrila en un proceso reaccionario que desembocaría en la derrota de la República y la revolución, proyectos que observaban la reestructuración y modernización del Estado atendiendo a demandas históricas de los territorios, auspiciados por los movimientos románticos de regionalismo y nacionalismo, como la renaixença catalana, el rexurdimiento gallego, el aranismo vasco o el nacionalismo andaluz.

La extraña situación de denominación del territorio surgido tras la Guerra Civil, cuando el país no era ni Reino ni República, indujo al franquismo a acuñar el concepto de Estado Español como régimen político –un concepto jurídico avanzado en la constitución de la II República–; curiosamente esta denominación ha sido utilizada para evitar el uso de la denominación España por parte del nacionalismo periférico y ciertas posturas conciliadoras progresistas.


Los planteamientos federales, que posiblemente casaban mejor con el papel histórico de los territorios de aquellas Españas del Antiguo Régimen, cayeron en el olvido del centralismo, pero se avivan en momentos de zozobra: ya sea desde la lucha armada y sangrienta con el franquismo por objetivo –y excusa, cosa que el tiempo terminó por quitarle razones–, en la quiebra de los conceptos de solidaridad, ante el desplante del españolismo más burdo, y en ese enredo entre lenguas diversas –que nunca han sido reconocidas como riqueza y sí muchas veces como pesos muertos ante la supuesta eficiencia del castellano como koiné–, de identidades patrias, plasmado en la prodigiosa confluencia de ideologías tan opuestas como partidos agrarios, obreros y liberales, siempre coincidentes en la necesidad de la separación. Son singulares situaciones que podemos observar en la escasa defensa de la cultura no escrita en castellano por parte de las instituciones españolas, como si el catalán o el gallego fuesen realmente algo ajeno.

La propuesta catalana que se afianza en el referéndum que la Generalitat quiere llevar adelante, que ha chocado con la más rápida reacción de un Tribunal Constitucional jamás vista en la historia de nuestra democracia, se da en un momento en que el concepto de Hispanidad –de Día Nacional, o como terminemos llamándolo–, se encuentra en sus horas más bajas. Los vaciamientos por la parte izquierda, más preocupada por la situación social de los ciudadanos que por una denominación nacional, el enrocamiento por la derecha, que a veces parece volver al concepto de Vizcarra –y se sustentan, muy esquematizadas, en una interpretación de la Constitución del 78, aquella que perdió la batalla del Día Nacional–, y las templadas posturas centristas que invocan el proceso de europeización como coartada ante el nacionalismo periférico, sitúa el tema del nacionalismo en ese campo casi apolítico que agrupa a muy diferentes tradiciones ideológicas y se llama "sensibilidad".


Es posible que la cuestión de los nacionalismos españoles sea una cuestión sentimental, aunque al fondo aflore la cuestión económica, como la basura en un jardín. Si fuese así, la "falta de cariño" manifestada a lo largo de la historia por el centralismo español, no deja de ser el principal depósito de gasolina que enciende una y otra vez la mecha. Si la postura democrática consiste en dar voz a los ciudadanos, el hecho de que los diversos territorios españoles no puedan decidir su futuro es un asunto que debe enhebrarse con destreza y cuidado entre la constitucionalidad y la Ley.

Posiblemente se limite la cuestión a conocer quiénes son los que tienen derecho a decidir sobre su futuro: si los ciudadanos de un territorio en particular o los ciudadanos de todo el conjunto. Ese camino apenas transitado da por hecho ese derecho a decidir, aunque quede por decidir el cuerpo del sufragio pasivo. La discusión sobre este cuerpo electoral tiene antecedentes en nuestro país: en los referéndums propuestos para decidir el camino que tomarían los procesos autonómicos, que tuvieron sus bases en el municipalismo, nunca fue el cuerpo general de la ciudadanía española, sino los cuerpos particulares de los territorios los que se constituirían a través del proceso.

Quizá existen otras vías, denostadas tanto por los tibios y despreocupados como por los unionistas y los separatistas. Esas terceras vías abogan por la denominación de federación o confederación del concepto de compromiso que fue el “autonómico” –que este sí, es “Marca España” y desconocido en el resto del mundo– o bien, aparcar por el momento, y otra vez, decisiones sentimentales que arraigan desde hace siglos en territorios del país. Aparcar es dejar a futuras generaciones volver a enfrentarse al dilema. Los nacionalismos no desaparecen ni siquiera bajo el mayor paraguas de las transnacionalidades, como el europeísmo. Todo lo contrario. Y ni siquiera hemos hablado de banderas, símbolos, himnos y selecciones nacionales de fútbol.

Alfonso Salazar

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