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domingo, 8 de abril de 2018

NOLAN LÍQUIDO

Christopher Nolan
José Abad
Cátedra
Madrid
2018


LEER EN LOS DIABLOS AZULES





Pudiese parecer que diez películas dirigidas y menos de cincuenta años no es suficiente equipaje para que un director sea objeto de estudio. Es cierto que hubo directores de carrera más corta, pero fue el tiempo el que puso las obras en su lugar it los estudios en las bibliotecas. Sin embargo, como bien ha apreciado José Abad en su último libro publicado por Cátedra, Christopher Nolan bien merece este miramiento.

No sólo porque la obra cinematográfica de Nolan haya puesto patas arriba el arte de contar historias, a través de la luz, en las últimas dos décadas sino porque la lectura que hace el autor de la obra nolaniana parte de una premisa fundamental: todo arte ha de entenderse en su contexto histórico, pues son testimonio de su época. La obra del londinense lo es, trate sobre superhéroes, sobre enfrentamientos entre ilusionistas a finales del siglo XIX o futuros cercanos y apocalípticos. Abad toma como línea argumental el descubrimiento del rastro de las reflexiones de Zygmunt Bauman en la obra de Nolan, o mejor explicado: hace una interpretación de la obra de Nolan conforme a los postulados del filósofo polaco. Lo hace a partir de la metáfora de la modernidad líquida (la sociedad líquida, el amor liquido) por la cual las sociedades occidentales contemporáneas se fundan en el capitalismo extendido y globalizado, la privatización del servicio público, la extraordinaria revolución de la información, la tecnología y la comunicación, y en definitiva el profundo cambio en las relaciones sociales que arrumban al ser humano fuera de la colectividad e inserto en su yo mismo. Otros dirán posmodernidad, aquí diremos liquidez. El hallazgo da visión formal y profunda al repaso histórico de la obra cinematográfica del cineasta londinense que hace Abad. Nolan es un autor que nunca tuvo propensión al cine independiente y siempre tuvo claro que era en el mainstream donde conseguiría llegar a una mayoría de público. Es una opción que conlleva establecerse en los grandes presupuestos, en el huracán y desprecio crítico, en la difícil convivencia con las estrellas cinematográficas y en un entusiasmo contenido por las historias que pueden chirriar en las mentes biempensantes de las grandes compañías cinematográficas.

Nolan ha conseguido sobrevivir en ese mundo con una asombrosa naturalidad. No ha necesitado una formación indie, una concesión de sus principios ni una escalada hacia el éxito agarrado a las mamas de otros directores triunfantes. Prácticamente el éxito le llegó solo y sin eximirse de la experimentación narrativa y temática. Quizá la claridad de ideas y sobre el lugar que el cine ocupa en la cultura popular, quizá la crianza en el imaginario del cine de los ochenta (Spielberg, Lucas) sin desprenderse de los grandes clásicos y del cine más intelectual, hacen de Nolan el primer director absolutamente líquido del panorama cinematográfico. El libro de Abad es más que oportuno y a estas alturas se hace necesario. Es un buen momento para reflexionar sobre las realidades artísticas actuales en muchos más caracteres que el titular y el artículo periodístico o crítico sobre la obra en marcha de un autor trascendental.

Su trabajo (hasta el momento presente) se puede dividir en cuatro grandes bloques, con uno de ellos recientemente inaugurado. En su primera serie de películas abunda la experimentación con el thriller, fase representada sobre todo por Memento (2000) y su estructura descoyuntada, e Insomnia (2002) paradigma del extrañamiento (y extrañeidad adiciona Abad conforme a Augé). Posteriormente, y para sorpresa de muchos críticos que tenían la esperanza en que la carrera de Nolan se dejaría llevar por una poética al borde, el director de Londres –conocedor ya de las trampas de Hollywood- aceptará embarcarse en la aventura de restituir a Batman con su poderosa trilogía del caballero oscuro (Batman Begins en 2002; The Dark Knight en 2008; y The Dark Knight Rises en 2012). José Abad, en el capítulo que dedica al hombre murciélago, repasa a conciencia la historia cinematográfica de los adalides de DC Cómics, devenida casi siempre al rebufo del impulso de Marvel, a pesar de que Superman y Batman fuesen pioneros en la extensión de la historieta al audiovisual. Pero esta opción de Nolan, atreverse con una visión de Batman que hiciese compatible un discurso propio, humano y a la vez espectacular, no se trata de una sencilla opción alimenticia. Hay mucho más detrás del caballero oscuro, como nos hace descubrir Abad, tal y como lo hay –y habrá con mayor o menor suerte- detrás de la saga que coloca a Superman como el hombre de acero, en esta misma década nuestra, y que el trabajo de productor de Nolan puso en manos de Zack Snyder (el atrevido reintérprete del cómic en 300 y Watchmen) con Man of Steel (2013) y Batman v Superman (2016).

Entre medias, mientras Nolan se embarcaba en la restitución de Bruce Wayne –y del Joker-, no descuidó en absoluto sus otras preocupaciones: películas a las que las productoras no podían negar su financiación, aunque sus argumentos fuesen arriesgados (a veces menos de lo que podría exprimirse de ellos) y en cualquier otro momento, o a propuesta de cualquier otro director habrían dormido para siempre en los cajones de las mesas de los despachos de los grandes productores. Intercaladas con las obras sobre Batman, Nolan nos ofreció The Prestige (2006), Inception (2010) y Interstellar (2014), obras que se acercan a la maestría y donde el director muestra tanto su interés por el simulacro de la realidad, la ficción, el sueño y la interpretación del mundo como por la flaqueza humana, el tesón colectivo y el desempeño individualista.

La historia continúa y, con seguridad, Abad deberá revisitar su monografía dentro de diez años si Nolan persiste en su ritmo creativo. La última aventura del cineasta (Dunkirk, estrenada hace un año) abunda en la interpretación de los anhelos humanos a través de la guerra estableciendo en su narrativa un interesante puzle de tiempo y espacio que toma como motivo uno de los orgullosos momentos heroicos de la historia de su país. Aunque no sea tanto patriotismo como reflexión ante la violencia, muerte y destrucción puede abrir la puerta de un nuevo cine histórico británico. Última entrega para una sólida carrera que explora lo líquido. Vean a Nolan y lean a Abad.

Alfonso Salazar

miércoles, 30 de agosto de 2017

MUNDO CONOCIDO, KNOW WORLD

El siguiente mapa (incluimos también una versión en inglés) traspone culturas históricas que en el mundo han sido al mapa del Mundo Conocido de Canción de Hielo y Fuego (Game of Thrones). Se han utilizado indicios climatológicos, de vecindad, y sobre todo de características culturales y de organización social. Así, en tanto el frío Norte de Poniente puede identificarse sin muchas dudas con las culturas nórdicas europeas, Braavos puede identificarse con Venecia, o Dorne con la España medieval. Otras ubicaciones han seguido una candencia conforme a la localización en el mapa del mundo real, es decir, sabemos que en la Bahía de los Esclavos no predominan etnias orientales, pero están al este, y de alguna manera resultan exóticas para los habitantes de Poniente y como tal las contemplan los personajes.


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viernes, 6 de mayo de 2016

YO SOY MÁS DE SERIES

Yo soy más de series
AAVV
Esdrújula 2016

LEER EN LOS DIABLOS AZULES



Uno de los autores de este recopilación reflexiona sobre la ficción televisiva, que aporta una apertura de miras en el arte de contar de la que carecíamos. En los últimos cuarenta años, la nueva narrativa ha escalado en calidad, ha convencido a los grandes estudios y ha propuesto una reflexión sobre el fenómeno.

Decía Julio Cortázar que mientras el cuento puede compararse con la fotografía, la novela se emparejaría con el largometraje. Los cuentistas, decía el más parisino de los habitantes de Banfield, escogen un suceso que actúe en el lector como un fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad; y lo trabajan en escasez de tiempo, con profundidad. El novelista divaga por los personajes, y es al final preso de sus propias elecciones, esclavo de sus personajes y del armazón de verosimilitud que él mismo ha creado. Una imagen captada por un Cartier-Bresson, decía, explota, agita un campo más amplio que el reducido ángulo que abarca la cámara. El largometraje es un orden abierto, capta una realidad más amplia, multiforme desarrollando elementos parciales, acumulativos. El personaje es fundamental en la novela, añadiríamos, mientras en el cuento prevalece el hecho, sometido a alta presión.

Pero Cortázar no conocía (los apuntes que utilizamos se publicaron en La Habana en 1970), el fenómeno de la serie televisiva. En los últimos cuarenta años, la serie de televisión ha escalado en calidad, ha convencido a los grandes estudios y envalentonado a las cadenas, ha absorbido a las estrellas del star system y ha propuesto una reflexión sobre el fenómeno. El libro Yo soy más de series, publicado por Esdrújula Ediciones, es un compendio de sesenta textos de otros tantos autores, coordinados por Fernando Ángel Moreno y Víctor Miguel Gallardo, que presentan un fresco del mundo de la ficción televisiva de las últimas décadas. El prólogo es del sutil Jorge Carrión, que tanto nos ha enseñado sobre el mundo de la serie con su fundacional Teleshakespeare de hace un lustro.

La selección agrupa 60 títulos que van desde alguna serie procedimental de los sesenta a los fenómenos transmedia más recientes. La clasificación, decisión necesaria, ubica los textos de manera genérica —drama, género negro, comedia, fantasía, género histórico— pero establece en algunas notas a pie de página un diálogo que los coordinadores han sabido captar entre los distintos textos recibidos, como un coloquio de generación que subyace entre los invitados.

La serie televisiva no es un fenómeno reciente, pero sí lo es que sea tratada como objeto de estudio y reflexión. Algunas voces eruditas, que siempre pondrán en solfa el interés más popular, las tratan con desdén e ignoran que todo fenómeno artístico, en esta era que vivimos, no será ajeno a las verdades y las mentiras, las pasiones y las desgracias, ni se sustrae a la época del gran capital, sino que todos conviven, muestran el presente, diseñan el futuro y con mayor o menor fortuna pretenden ser arte que emocione, con un discurso emotivo e inteligente. Ni más ni menos que los empeños que señalaba Cortázar. Quien no vea esa proyección de inteligencia y sensibilidad en Bands of brothers, A dos metros bajo tierra, The wire o Breaking bad, padece de privación del sentido o vive de epifanías artísticas que le llevan a un lugar que casi ninguno de nosotros frecuentamos.

Desde nuestro punto de vista, hay tres tipos básicos de series. En primer lugar, las miniseries, que no dejan de ser largometrajes muy largos. No son de las que abundan en Yo soy más de series, pero podríamos poner como ejemplo el Yo, Claudio de la BBC basado en los libros de Robert Graves.

Le siguen las series procedimentales, aquellas que reproducen un caso por episodio, casi siempre de la misma manera, hijas del folletín y de la novela de kiosko. Puede que una trama superior atraviese cada una de las diversas temporadas pero basadas en el personaje —o en el grupo de personajes— reproducen esquemas de uno a otro episodio, convenciendo al espectador de una repetición ritual, siempre la misma pero siempre nueva, y que a veces se permite experimentos y dobles capítulos. Pensemos en House, en El príncipe de Bel Air, en Canción Triste de Hill Street o Expediente X, algunas de las que ustedes pueden encontrar en el libro. Este modelo es un recurso cómodo para la serie cómica, de escasa media hora y personajes planos.

En tercer lugar, los dramas seriales, los hermanos mayores de los culebrones, las series de tramas largas que familiarizan al espectador con unos personajes a quienes llegan a conocer mejor que al vecino de al lado —aunque conocer personajes es el fundamento de las series de televisión—. En los grandes dramas seriales, las temporadas se multiplican, los cliffhangers (mecanismo de guion que sirve para crear suspense) se reproducen fractalmente: mantienen el interés antes del corte publicitario, de un episodio a otro, de una temporada a otra. Los grandes dramas seriales —piense en Juego de tronos, en Los Soprano, House of cards— alargan tramas hasta la extenuación, tiran del espectador, lo absorben.

Han aparecido subgéneros: el spin off (utilizar a un personaje secundario como centro de otra narración), que puede tomar carácter de serie alternativa: pensemos en Cheers y Frasier; o de secuela/precuela (Better call Saul y Breaking bad), y los casos de miniseries, que cuando fusionan con los dramas seriales eclosionan en las series-antología, donde cada temporada es una serie en sí, en un espacio, tiempo o tema que vincula a unas temporadas con otras. Son un fenómeno tan reciente que en algún caso deberán esperar a una segunda edición de este libro: están True detective o Fargo, pero lo fundó —de alguna manera— David Simon con The wire.

Yo soy más de series viene a cumplir con la realidad. Las series de televisión son cumbre de la creación audiovisual del cambio de siglo. Se hicieron un hueco en el imaginario colectivo a partir de los años sesenta y han avanzado hasta copar gran parte del consumo cultural. Se nutren del cine clásico y de la literatura. La serie como objeto de estudio nos aporta una apertura de miras en el arte de contar de la que carecíamos en los tiempos en que Cortázar planteó aquella comparación. Por eso habría que preguntarse qué habría dicho Julio, con quién habría comparado este fenómeno que tanto abunda en el personaje y su comportamiento. Arriesgando, podríamos decir que siguiendo aquella comparación la fotografía ha ocupado el lugar del poderoso microrrelato y del aforismo, el cuento el del largometraje, y la novela el de la serie televisiva. El prodigio nos ha planteado un nuevo acontecimiento creativo: la serie inconclusa, aquella que es cancelada por su productor y que deja al creador sin más que poder decir y al lector sin más que disfrutar. Son nuevas obras inacabadas pero elevadas en su categoría artística, obras por las que los laicos enfermos de serie rezamos: porque algún día algún productor se apiade y nos muestre el final de Deadwood. Los mismos que pedimos que Yo soy más de series tenga segunda temporada y no se cancele.

*Alfonso Salazar ha participado en el libro Yo soy más de series y presenta el programa de radio en internet La vida en serie.

sábado, 20 de febrero de 2016

STAR WARS: FILOSOFÍA REBELDE PARA UNA SAGA DE CULTO

Inicio una colaboración con Los diablos azules, de InfoLibre, que espero nos dé mucho que leer.

Star Zars: Filosofía rebelde para una saga de culto
Carl Silvio/Tony M. Vinci (eds)
Errata Naturae, 2015

LEER EN LOS DIABLOS AZULES


En el año 2007 Carl Silvio yTony M. Vinci, dos seguidores de la saga Star Wars recopilaron en un libro diversos ensayos de especialistas norteamericanos, de áreas muy diversas, para reflexionar sobre el fenómeno. Por entonces conocíamos una trilogía, denominada “original” y una segunda o “precuela”. En 2007 Star Wars era presentado como un mito cultural, pleno de simbolismo, que había pasado del mero entretenimiento entretejido de universos imaginarios y merchandising a ser objeto de reflexión, en la línea abierta por una cultura post-pop que busca significados trascendentes en todos los significantes. El pasado mes de noviembre la editorial Errata Naturae, siempre atenta y atrevida, tuvo la feliz y oportuna idea de publicar este trabajo compilatorio y ofrecerlo a los lectores españoles con la traducción de Miguel Ros González. Es buen momento repasar lo pasado cuando se avecina el futuro en Star Wars.


El libro consta de ocho ensayos, que van desde la interpretación de la influencia del capitalismo tardío en la configuración de la saga, hasta las distintas versiones del feminismo que destilan una y otra trilogía. El motor de la recopilación ensayística se centra en la comparación de aquella serie de películas de finales de los 70 e inicios de los 80 y aquella otra que cruzó el umbral del siglo XX al XXI. Entre una y otra no sucedieron pocas cosas en este pequeño planeta de esta otra galaxia tan, tan cercana: pasaron Reagan y Thatcher, cuyas políticas allanaron la imposición de la versión avanzada del capitalismo actual; la Perestroika, la caída de la Unión Soviética y su cinturón de acero; la proclamación de Fukuyama del fin de la historia; y el 11-S, el terrorismo internacional y la justificación de las guerras de castigo contra las guerras santas. No debe sorprendernos que ambas trilogías sean tan diferentes, cuando nacen en circunstancias históricas con diversas versiones del sistema capitalista, en constante descarga de actualización. Nos lo avisa Silvio: hemos presenciado la sustitución de la fabricación por la producción y el intercambio de servicios e información, la descentralización, el sometimiento de la cultura humana a la lógica del capital y una tecnología cada vez más compleja y dominante, de la que casi todo pende, y hemos sobrevivido en el capitalismo global, en el tardocapitalismo, capitalismo de tercera fase, postindustrial, multinacional, o como queramos llamarlo, pero siempre "la forma más pura de capital que jamás haya existido", según Frederick Jameson. Que George Lucas se hubiese sustraído a esta influencia de evolución capitalista habría sido un exceso que la industria del entretenimiento no se podría permitir, y que acaso la reconocida ambición del cineasta no habría consentido. Sea en el discurso de género, en la sexualidad, el racismo, la religión o el feminismo -que son algunos de los asuntos tratados por esa variada selección de colaboradores- cada trilogía se puso al ritmo que marcaban los tiempos, modificándose según la demanda de los fans, la corrección política o siendo un borroso espejo simbólico del periodo que entonces vivimos, como pretenden demostrar algunos de estos breves ensayos.

Silvio y Vinci, que abren la selección, se centran en las circunstancias políticas, económicas e históricas que marcaron el surgimiento de cada trilogía, para reinterpretar qué quiso decir George Lucas en tal película, en tal suceso, en cual escena y para señalar, sobre todo, qué pudimos entender entonces y qué entendemos ahora. No solo tratan acerca de los reajustes del capitalismo, sino del enfrentamiento entre el elogio de la individualidad, el héroe solitario de la trilogía original, y el fracaso colectivo de la precuela, mostrado en la caída de la República y el advenimiento del Imperio. Interesante es el cambio que sufre la consideración de la Fuerza entre una y otra trilogía, que pasa de ser una intuitiva energía que conduce a la bondad a mostrarse como una sustancia en la sangre medida en midiclorianos y que se transmite entre generaciones, como un material genético único cuyo nivel celular te lleva hacia el oficio de jedi, irremediablemente. Hermosa metáfora de cómo medimos ahora, cómo medíamos entonces.

Quien esto escribe se alimentó en la primera adolescencia de aquella primera entrega, cuando aún era solamente La Guerra de las Galaxias; pasó de puntillas por la segunda oleada; y aún no ha entrado, por un exceso de desconfianza quizá, en la tercera que se avecina. No ha frecuentado los universos paralelos y expandidos de Star Wars que se han extendido más allá de las fronteras de la Federación. A través de internet, se lo aseguro, pueden visitarse extensos y procelosos estudios que profundizan en un enjambre de intertexto, wikia, fandom, que adormecen, asustan y resultan casi tan inexplorables como el agujero negro que hay en el centro de la Galaxia. En todo caso, un panorama de opinión y acumulación de información difícilmente abarcable para un solo ser humano, es decir, tal y como a día de hoy resulta el conocimiento, sea tecnológico o económico.

Pero es interesante discutir si Lucas fue el tremendo profeta del entretenimiento, el recuperador del cine de aventuras, el creador de un nuevo universo, lejano, muy lejano, o simplemente el vendedor de una sucesión de clichés, que pasó por el aro de la industria del entretenimiento, de la exigencia del fan y del discurso oportunista. Es indudable que Lucas, como reconoce en un reciente documental de Laurent Bouzereau, bebió de las funciones de Vladimir Propp, aplicó el viaje del héroe de Campbell y jugó con los arquetipos junguianos, piezas que combinadas son fundamento –con ilusión y recursos- del éxito comercial o el best séller, por su larga herencia y su suave fusión con el imaginario colectivo. Pero no es en vano que los colaboradores de esta compilación de breves ensayos mencionen a Marx, a Freud , a Benjamin, a Althusser… Reflexionar sobre los fenómenos de la cultura popular requiere basarse en la producción de pensamiento que marcó el siglo XX y siempre procede cuando desmenuzamos el cine más o menos sesudo y la producción televisiva de mayor calidad, punto en el que convergen las áreas de conocimiento y aparece la piedra de toque para la reflexión. Y se agradece este esfuerzo, este ponernos a pensar desde lo particular a lo general, y provocarnos el interés por lo que se avecina: una trilogía-secuela hecha desde el capitalismo en fase terminal, desigual y salvaje.

Alfonso Salazar