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miércoles, 9 de diciembre de 2020

La demolición del centro

La Voz de Granada, 11 de diciembre 2020

Como si fuese una gran metáfora, el centro urbano de Granada ha sido este otoño un gran decorado sin personajes, un plató vacío, una demolición de comercio y hostelería. Digo metáfora, porque de la misma manera el centro político granadino camino va de convertirse en un solar, en un desierto, un lugar no lugar, donde si alguien transita no es para quedarse.

Esa cuestión del centro político ha sido una pieza codiciada en la política española desde la caída al vacío de Suárez. Por entonces, los dos partidos mayoritarios despedazaron el centro y mantuvieron con pulso la zona de nadie. Excepto la posición de los partidos periféricos (sí, los nacionalistas: PNV, aquella CiU...) que siempre remaron para ambas corrientes y negociaban lo mismo con su izquierda que con su derecha. Los inventos del centro salían rana: Roca i Junyent, Suárez redivivo, UPyD... Hasta que el retoño Rivera se hizo mayor y la fiebre naranja se extendió por el país, y aquellos que habían buscado refugio a izquierda y derecha, o aquellos que no eran ni profetas ni salvadores en su partido, se agruparon bajo la bandera del centro y marcharon todos juntos a la Plaza del carmen, a San Telmo y a la Carrera de San Jerónimo. Y sobre todo, al Palau del Parlament de Catalunya, porque ese centro surgió de la periferia donde nadie se entiende para tomar el país que no entiende nadie.

Cuando le fue propuesto a Rivera alcanzar la Moncloa (aquella vez, recuerden, en que contaba con tantos diputados) y pudo apoyarse en el PSOE para ser un vicepresidente hasta el infinito y más allá, quiso tomar la derecha al asalto. Prefirió ser presidente de la derecha que vicepresidente de un país. Ese es el problema del centro, que se suele tragar la derecha o la derecha se les mete en el cuerpo y los posee.

Ahora estamos en esa involución. Ahora que las izquierdas parecen entenderse, que incluso hablan con quien hasta hace bien poco queríamos (todos) que se pudiera hablar -habla, pueblo, habla: porque son aquellos a quienes pedíamos que enfundasen el jaleo a los pistoleros y enarbolasen la virtud de la palabra en el templo democrático-, es ahora cuando la derecha, que piensa que ha perdido dos brazos y solo mantiene una cabeza, recluta a los resistentes diputados de la aldea centrista, corteja a los consejeros imprescindibles de las comunidades, galantea con los alcaldes y ediles de cuando molaba el naranja.

Lo dijo Aznar, cuando vio que su legado monolítico, que lindaba en el centro con el PSOE de centro, estaba «troceado en tres, y eso es muy mala noticia»... Ahora que Ciudadanos puede convertirse en absoluta derecha, también conocido como “centroderecha” en su casa a la hora de comer, ahora que las coaliciones electorales se tornarán partidos unidos, ahora que los partidos naranjas y verdes serán solo corrientes en el gran mar azul de la derecha, hay que señalar que el centro es necesario para la salud democrática.

El retorno de VOX al tronco común es cuestión de tiempo: se trata de un contrapeso ahora poderoso que hace que el PP no olvide que hay un electorado que quiere trazo grueso, le gusta el brochazo de los mensajes populistas y el bailoteo en el filo de la navaja democrática.

Mucho se le debe a Catalunya, a los rebeldes oportunistas, a la desafección de la izquierda, capaz de convertirse en nacionalista por encima de socialista. El diálogo es el camino, pero el diálogo no encuentra su momento cuando se vive en campaña electoral y Catalunya está en continua campaña electoral. A Catalunya se le debe también la eclosión del centro, el hallazgo de Ciudadanos; quizá ese fue su losa: cargar con una bandera en vez de levantar el europeísmo, rechazar el fascismo, encarnar el motor de la reconciliación. Eso da votos, muchos votos a la larga, pero no es un rédito inmediato.

Así que, adiós al centro, adiós a las multitudes naranjas, adiós a los alcaldes que pueden negociar con unos y con otros, adiós a la derechita cobarde. Rebienvenidos al mundo del blanco o negro.


Alfonso Salazar

martes, 10 de noviembre de 2020

Granada siglo XXII

  La Voz de Granada, 10 de noviembre 2020


Comenzamos a corroborar que no se podía hacer frente al puente de octubre con cincuenta policías en la calle. Comenzamos a confirmar las sospechas de que la resaca de la fiesta nos ha traído muerte y una Sanidad superada por la maldita circunstancia. Suben los números de hospitalizados, la curva de otoño mira desde la cresta de su ola a la de primavera. Cuando llegue el mes de enero seremos menos granadinos, con familias doloridas, paro y daño. En la fiesta del puente de octubre uno se imagina al coronavirus haciendo botellón, bailando hasta morir, de casa en casa, de barbacoa en barbacoa. Qué divertidos fuimos. Que nos quiten lo bailao.

Comenzamos a tener la convicción de que el modelo de ciudad se lo lleva el viento. El cierre de la hostelería, la caída del turismo, el entorpecimiento de la vida lectiva, hace que esta heroica ciudad que vive al pairo del turismo y la juerga no soporte el envite: no nos salva la actividad esencial, porque Granada, con el tiempo, se ha convertido en algo poco esencial. Ni la vacuna nos salvará del agujero en que nos metimos hace mucho tiempo. El turismo, la hostelería, es una digna y necesaria industria, pero también, una flaqueza, pues crea poca riqueza añadida y se tambalea ante pandemias, amenazas terroristas y otras calamidades. Nadie puede saber qué depara el futuro en un mundo incierto, pero obtenemos convicciones.

Tenemos ya la convicción de que Granada no puede ser el pub de España, la mayor disco conocida, la Ibiza rodeada de tierra. Hay que levantar la ciudad desde su cimiento, construir una ciudad que no solo viva del turismo y de la población universitaria, una ciudad que se hace a sí misma, apuesta por la Ciencia, el Conocimiento, la Cultura, la Creatividad, la Energía alternativa. Ese proyecto, estuvo ahí: el PTS es una de las consecuencias de un sueño que no ha cuajado por entero; el acelerador de partículas y todo su andamiaje industrial es otro sueño que alcanzar; la ciudad europea de la Cultura es solo un hito en el camino, un camino que debe ser más largo; esta tierra debe ser punta de lanza en la energía renovable. Abran ideas, abran el foro. Siéntense: hablen, piensen cuál debe ser la Granada de los granadinos del siglo XXII.

Quizá debiera sustentarse en la infraestructura que ofrece el turismo, la hostelería y una Universidad fuerte y reconocida. Hay Sierra y hay Alhambra, hay Costa y hay centro histórico de sobra. Pero hay que aprender de los tropiezos, hay que pensar un mundo futuro donde existen amenazas: estamos aprendiendo, tenemos la convicción, podemos comprobar que el mundo ya no volverá a ser lo que fue y que Granada debe arremangarse. Estamos en el camino que conduce a un futuro mejor. Hay lunes optimistas.


Alfonso Salazar




martes, 13 de octubre de 2020

Divino tesoro

 La Voz de Granada, 13 de octubre 2020


Desde no se sabe cuándo vivimos una contradicción antropológica: la opinión de los adultos respecto a la juventud. De la juventud bien se espera lo mejor -un perfeccionamiento de la especie optimistamente resuelto- o bien se le recrimina lo peor, en una suerte que mezcla envidia, rencor y escándalo. Abandonada la juventud –aunque en esta civilización hay tantos se aferran a la adolescencia, al espíritu que parece no crecer, que niega asumir su experiencia y los años-, se la mira con la extrañeza que se ve crecer a hijos y sobrinos, como esos elementos queridos que vienen a sustituirnos y concatenar esa larga fila de sucesión de genes en que nos encontramos. «Juventud, divino tesoro» dijo el divino Rubén con toda seriedad, pero el tiempo convirtió el verso en frase oportunista. Que los adultos recriminan costumbres a los jóvenes, que los padres discuten con los hijos sucedió mucho antes del rock, de la juventud desenfadada y de los pantalones por debajo de los calzoncillos. Es un lugar común la incomprensión entre generaciones: hay y siempre hubo jóvenes que se comportaron como viejos, incluso como sabios, y ancianos que se rebelaron frente a la cronología. Por eso es cuestión de mirada: ¿qué jóvenes son aquellos que no observan las esenciales normas de distancia social, no se colocan la mascarilla cuando toca ni se protegen los unos a los otros? No depende solamente de una edad biológica y mental, sino de unas costumbres sociales y una demanda comercial, de una educación y un descubrimiento del mundo.

Como si de la Fiesta de la primavera se tratase -aquel macrobotellón que se presentaba con aviso y sobreaviso pero siempre pillaba de improviso-, la llegada de estudiantes a Granada, la apertura del curso universitario parece que nos hubiese pillado por sorpresa. Habrá que ver qué adulto se coloca en el grupo de ‘es que van como locos’ o en el ‘ya me gustaría a mí tener tu edad’, que son, groseramente, las representaciones en chascarrillo de esa contradicción antropológica. ¿Pudieron darse soluciones? Sí, una instrucción pública sobre la pandemia que apenas se ha hecho. Quien más quien menos se salta a la torera normas y recomendaciones: hay quien solo la manifiesta de boquilla y siempre siempre se rebela ese negacionista que llevamos dentro. Hay quien lleva un negacionista pequeñito, apenas insurrecto, un negacionista con espíritu de sometido. Hay quien lleva consigo un negacionista bandido, un impetuoso rebelde que cree que a la norma se somete el cobarde y que a él nadie le dice lo que hay que hacer: «¿Me va a decir usted a mí lo que tengo yo que hacer?». Ese rebelde se cree liberal; se puede considerar a sí mismo hasta anarquista; se puede considerar hijo de un espíritu español rebelde, desobediente, alegre y vocinglero; puede considerarse símbolo del descreído y que lucha contra las conspiraciones, pero solamente tiene el ánimo del fascista, del egoísta, del miserable. Números cantan, más allá de la carroña que muchos medios de comunicación hacen de la noticia.

Que sea en la juventud donde abunden esos atrevidos e inconscientes quizá haya que medirlo más que presuponerlo. Y si estaba medido o presupuesto, debían haberse tomado decisiones con antelación. En eso se basa la política: en adelantarse al acontecimiento, en saber que los botellones venían, que la fiesta iba a estallar. Lo demás, números descontrolados, policías y vecinos hasta la coronilla, estadísticas alegremente jóvenes, criterios epidemiológicos en juerga sin fin.


Alfonso Salazar


domingo, 27 de septiembre de 2020

Tan distinta compañía


Los autobuses pueden atestarse: los viajeros van, codo con codo, mascarilla contra mascarilla. Los aviones van de ciudad a ciudad, codo con codo, mascarilla contra mascarilla. Pero los cines, los teatros, exigen mascarillas, pero codos separados. ¿por qué no se trata por igual a los unos y a los otros? ¿Por qué la cultura y las artes escénicas mantienen un nivel de exigencia de aforo menor a los del transporte? No se trata sobre los negacionistas idiotas, los objetores que viven en el limbo. Quizá la pregunta es mucho más dura: solo se puede con los débiles. ¿Por qué se mantiene ese escaso cuidado en el transporte? Cultura y Artes Escénicas cumplen como la Educación y todas cumplen como debe cumplir el Ocio. Pero no debe confundirse, ya está bien, el ocio con la Cultura: quien lo confunde posiblemente ha vivido en uno y no ha disfrutado la otra. Por supuesto que la cultura puede entretener, pero la Cultura «da al ser humano la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el ser humano se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden». No lo digo yo, lo dice la Declaración de México de la UNESCO, uno de los pocos instrumentos que nos indican qué es Cultura y qué no. En ese ámbito definitorio se excluye el ocio por el ocio (sí, tan necesario, la cervecita en la terraza, el esparcimiento), porque no cumple los requisitos culturales: no existe una «cultura de la cerveza» en el sentido cultural, es una metáfora, como lo es la «cultura del pelotazo». Puede no ser importante: pero algo es muy probable, puede que en poco tiempo el teatro, la danza, la música en vivo, se extinga, y recordemos cuando vayamos ―en un futuro―, en autobús que algún día ―en el pasado―, fuimos al teatro.

Cuando uno asiste a actividades culturales, generalmente, nadie vocifera, nadie levanta la voz, nadie habla ―¿habla usted en el cine? ¿Grita usted en el teatro? ¿fuma usted en el museo?―, son cuestiones que suelen suceder en el ocio, en la industria del entretenimiento, en el deporte de masas, en las corridas de toros (¿cuánto aforo se admite para la anunciada corrida de la Patrona?). Todo ello, no es cultura, aunque nos empeñemos en demostrar que el toro es cultura o el fútbol es cultura. Los toros no nos hacen «racionales, críticos y éticamente comprometidos», ni el fútbol tampoco. Por más que nos gusten ‘mules’ y muletas, por muy bien que lo pasemos en los unos y los otros, por mucho estómago encogido y sangre ardiente que nos provoque, por más que nos hagan disfrutar, tanto como en una terraza de bar, un fiestón con los amigos, un subidón de adrenalina. Esta opinión sobre qué es cultura, no es amigable ―no, no me hará tener más amigos― ni pretende serlo: hay actividades humanas que no son culturales y son igualmente maravillosas. Tampoco es una opinión amigable decir que, si podemos ir en un avión, si podemos ir en un autobús atestado hasta la puerta del cine ¿por qué nos separamos en uno y nos agolpamos en otro? Quizá convendría que nos mantengamos separados en los medios de transporte, así nos tratarían a todos por igual. Pero está claro: puede más la compañía aeronáutica que la compañía teatral, aunque le demos un mismo sustantivo.


Alfonso Salazar


viernes, 5 de junio de 2020

Ritos de verano

La voz de Granada, 5 de junio 2020

Suenan las campanas. Una luz primaveral atraviesa las plazas casi vacías y por primera vez en la vida de muchos la expresión ‘aire limpio’ tiene cierto sentido. No hay rastro de Semana Santa ni Día de la Cruz, primavera extraña, pero la naturaleza ha hecho su trabajo y apenas nos dimos cuenta. Hace falta volver al trabajo, hace falta recordar quiénes somos y a qué hemos venido. El verano llega en pocos días y hay que desconfinar del armario la ropa ligera, los acarreos playeros, nuestro traje de vacaciones. Necesitamos que vuelva la gente a los aeropuertos, los puertos y las costas, aunque ahora sabemos, lamentablemente, que dependemos de un hilo, que nuestra economía se sustenta en el exterior, que necesitamos ser más motor y menos garaje.

Cada verano, desde hace siglo y pico, los granadinos y granadinas suben al monte de la Alhambra, como en romería nocturna, y allí se encuentran con el arte de la música y la danza. Un ritual que ha estado a punto de ser barrido de la historia, pero que resistirá, como no ha sucedido con tantos otros acontecimientos que marcan la rutina social del planeta: Juegos Olímpicos, singulares macroencuentros deportivos de toda disciplina, festivales al aire libre, que hacen el verano más verano, que dan sentido a las bajas tardes, al refresco de la noche, al runrún de las noticias y la televisión. Este año, el Festival de Música y Danza de Granada, arriesgando, llegará a su cita con la ciudad. Será un poco más tarde, será con un programa de contingencia, pero estará en Granada. El esfuerzo es formidable, hay que levantar un festival de la nada en pocas semanas, hay que poner cada cosa en su sitio, hacer que la máquina vuelva a funcionar. Hay que volver a tomar la ciudad y, como siempre, tras la cola de la primavera traer música, llevar danza.

Perder el símbolo de nuestro verano era un precio alto. Podría haberse pagado, pero los símbolos salen adelante y se imponen en la realidad, sea la nueva o sea la vieja, retando al desasosiego y los medrosos. Hay que someterse a medidas, normas que apenas se conocen, ratios que surgen mañana, presupuestos que son ayer, miedos que son hoy, tensiones, noches sin dormir, desvelos. Más allá, alrededor, mucha gente, muchísima, aporta su punto de vista, su reflexión, en este mundo de cultura y farándula para volver a los teatros y las calles. Por eso es el momento de que ninguna institución ceje, de que tomemos lo que fue nuestro y sigamos cumpliendo el rito veraniego de la celebración de la música y la danza. Puede ser con un aforo más limitado, pero no podemos dejar de ser lo que fuimos. Puede ser con lo inesperado, pero tenemos que ser la ciudad que somos.

Alfonso Salazar

viernes, 8 de mayo de 2020

Taberna Redes

La Voz de Granada 8 de mayo 2020

Echamos de menos el bar, y la terraza, y la caña, y los amigos. Natural, va en la costumbre. Esperamos que abran pronto -¡ya!- los bares, aunque sea con distanciamiento social, mamparas y aforos más reducidos. Entre tanto y desde hace tiempo, mucho antes del confinamiento, las redes sociales sustituyen, solo en algunas maneras, a los bares. La gente se cruza en las redes, se saluda, se observan, charlan, se añoran… Sucedáneos de bares.
En los bares, y en las tabernas, como todos los lugares donde nos frecuentamos hay de lo mejor y de lo peor. En los bares, y las tabernas, lo mejor y lo peor no tiene horario, pero el vocerío, las palabras gruesas y el insulto llega cuando se llevan unas copas de más y la hora de cierre está próxima.
Hemos pasado muchas horas en bares, conocemos de sobra la hora bruja, la figura rígida pero vacilante, la torpeza de lengua deslenguada, la exageración tabernaria. La red social como taberna abunda en ello, pero sin necesidad de haberse encajado cinco copazos. Se habla así de natural, con desparpajo, vaya el exabrupto por delante, porque no enmascara el alcohol y otras sustancias alegres sino el anonimato y la distancia. Hay una minoría vociferante que proviene de escuela de tertuliano mal deglutida.
Visitamos las redes sociales para saber, para conocer, para informarnos, para entender a los demás y entendernos. La mayoría del tiempo se disfruta con el ingenio, con la afilada mirada de los demás: brindamos un apunte certero, celebramos un comentario audaz, investigamos qué dijo quién. Pero otras veces, como en las tabernas, pisamos la cáscara en el suelo y sin serrín, nos pringamos las manos, nos salivan en la oreja, y comprobamos que el servicio de las redes sociales, como el de las tabernas descuidadas, está sucio e inservible, atorado de mierda, pestilente.
Lo que antes eran riñas de bar, chismes de taberna, murmuraciones sin fundamento, ahora se amplifican en bares abiertos veinte y cuatro horas, sin un camarero que pida bajar la voz y no molestar a los vecinos. Por eso, que una patraña, acerca del supuesto control gubernamental sobre los envíos de WhatsApp, haya sido llevada por una parlamentaria por Granada al Congreso deja la sensación de que las tabernas y sus engañifas, a través de las redes sociales, han entrado en las instituciones. Que un médico con proselitismo en redes vocifere patibulario, o que haya gente, mucha gente, que vive en una red de mentira continua, en un mundo paralelo para lelos, donde les meten bulos por la escuadra, es un fenómeno descomunal.
Dan ganas de dejar de escuchar el Congreso, leer las redes sociales y de ir al bar. Pero, al fin y al cabo, y más ahora, es en las redes donde podemos seguir viendo a los amigos y celebrar, así que andamos con cuidado, silenciamos al borrachín de la palabra, desconfiamos del cotilla a quien le salen bulos en los bolsillos y miramos con desconfianza a quien se nos acerca, vaya a ser que lleve un virus en su interior o es que se alegra de vernos. Quizá ese es el futuro: andar con cuidado por la vida y por las redes. Y como en la vida misma, no es plan esperar a que el Gobierno venga a sacarte del embrollo, ni que sea la policía quien localice al buloso y al bilioso, ni que la Guardia Civil persiga el fake y al navajero, ni que un tribunal distinga al memo que todo se lo cree, y todo bulo remata, del bribón que busca alarmar a la sociedad, quebrar la salud pública o, sencillamente, putear al prójimo. No hay que esperar a que alguien venga a salvarnos, sino que, como en la vida misma, uno pone de su parte: desmiente a quien miente, desoye a quien intoxica, compadece al que todo se traga, censura al grosero, bloquea al fanático y es, uno mismo, quien distingue la verdad de la mentira. Y si la cosa no amaina, pues recoges y te vas, como en los bares.

Alfonso Salazar

jueves, 23 de abril de 2020

Volver

La Voz de Granada, 10 de abril 2020

Las noticias están ocupadas por la guerra del siglo. En las guerras hay bombardeos, sí, reclutamiento, desabastecimiento y penuria. No es una guerra porque muchos vivimos un encierro con wifi y no hay un enemigo armado de misiles tras la frontera. Pero también las guerras suministran debacle económica, promueven tendencias fascistas y salvapatrias, retransmiten rumores y bulos, contabilizan pérdidas humanas, se excepcionan los derechos fundamentales, hay soldados mal pertrechados y se exige la reconstrucción social y económica. Las guerras también forjan solidaridad, sacrificio y heroísmo. Las guerras son inolvidables y marcan el recuerdo y la infancia para siempre. En las guerras también se piden certezas de futuro cuando el presente tiembla. Por eso parece una guerra.

Vivimos confinados, preocupados, unidos, atentos, aplaudiendo y aplaudidos. Las guerras terminan, y en esta no hay que negociar la paz con el enemigo. Todo pasará: volverán otras oscuras noticias los huecos de los noticiarios a ocupar. Las mascarillas volverán a ser un elemento laboral o la nueva indumentaria social, la ciencia vendrá a salvarnos, el papel higiénico dejará de ser el símbolo pueril de nuestros miedos, los trabajadores recuperarán sus trabajos, las familias regresarán a su ritmo cotidiano de vivir por separado, la televisión volverá al plató, las multitudes a los estadios, las casas de apuestas reaparecerán en el prime time, las drogas legales reocuparán la calle, los sueños volverán a ser solo sueños y no tanta pesadilla. Los perros saldrán a mear una vez al día para marcar un territorio disputado, los runners cruzarán veloces la noche y el día, los políticos retomarán la discusión bizantina donde la dejaron. Volveremos.

Todo pasará. La cuestión es si volveremos tal y como llegamos al confinamiento, indemnes, o bien volveremos arrebatados por la alegría de vivir. Esa será la reflexión: si necesitaremos más filósofos o más famosos. Si los psicólogos tendrán mucho trabajo o bien nos bastará refugiarnos en los strippers de la moral, los reyes del phishing y los tertulianos de voz en grito. Veremos si, sinceramente, nos acordaremos de aplaudir cada día al personal sanitario, el de limpieza, transportistas, cajeras, reponedores, policías, cuidadoras y cuidadores, la clase política que duerme poco… Veremos si realmente los seguimos considerando héroes, heroínas, o bien volveremos al redil, la admiración al mediocre, el perdón a la monarquía, el bandereo, la trifulca ideológica, la disputa política de baja mira, el cañoneo burdo y farlopero de quien desarma al rival con tres bufidos y dos insultos.

Sabemos que no volveremos tal cual, que los hábitos sociales pueden cambiar, que quizá nos acostumbremos a estar más anchos en los cines y los teatros, que el abrazo quizá se reserve a la intimidad. Puede ser que adquiramos hábitos que antes de ayer eran impensables. Hubo un tiempo, que los más jóvenes no conocen, en los que se fumaba en los lugares públicos, subíamos a un avión bebiendo un refresco en lata, no reciclábamos basura, llevábamos luto y velo un lustro, soltábamos a chorro humo por tubo de escape. Quizá a partir de pasado mañana adquiramos hábitos desconocidos, o infrecuentes, como cotidianos.

De todas maneras, ojalá volvamos como quien vuelve de un viaje transformador más que de una condena criminógena. Que realmente hayamos apreciado y reflexionado sobre lo importante, porque estas semanas ha quedado aparcado lo urgente, el intrascendente urgente del hoy por hoy, arrasado por la distancia social y la muerte. El mundo, el planeta, agradece aspectos que la economía deplora, que al sistema se le indigestan. Es cierto que algunos volverán con ganas de gastar lo que se están ahorrando estos días encerrados en casa. Que otros muchos no tendrán qué gastar porque lo han perdido todo. Que buscaremos la ayuda del Gobierno. Llegará el momento de valorar, ver quiénes hicieron lo que debían y quienes quisieron rapiñar, vender su mitin, sacar partido del dolor. Y será el momento de ver si, realmente, esta distancia entre nosotros ha servido para volver a acercarnos.

Alfonso Salazar

lunes, 30 de marzo de 2020

Miles de listos

La voz de Granada, 25 de marzo 2020

La pandemia del coronavirus ha hecho brotar, como fiebre, una plaga de listos. Los listos están detrás de un vídeo grabado modo ególatra, los listos amplifican una opinión de oídas como verdad irrefutable. Los listos van disfrazados de científicos alarmistas, están ocultos en nuestro propio miedo y afloran como si manifestando la tragedia pudiesen conjurarla.

Cada día aparecen nuevos listos, salvadores de la multitud, gentes que piensan que un gobernante pretende hacerlo mal, rematadamente mal, que el objetivo de quien gobierna es joder a la población. Los listos se dieron cuenta de la pandemia antes de que el virus apareciese, los listos se adelantan a su tiempo, anticipan los efectos a las causas, leen el pasado desde el futuro. Los listos –y las listas- sacan provecho de la muerte y se nutren de anciano muerto. Los listos comparan lo incomparable con tal de tener razón. Los listos no duermen porque piensan en cómo interpretar la realidad para asaltar la realidad. Los listos, aunque todo cambie cada día, aunque la comunidad científica aporte un grado de conocimiento a diario, se agarran a un dato y reman con él contracorriente. Los listos anuncian el apocalipsis para ayer.

Los listos se alían con los tontos para hacernos la vida más complicada. Los listos, y los tontos, creen que los virus paran en frontera. Los listos instan al sacrificio desde la oposición, reprenden a quien tome las decisiones, acusan a quien no les da lo que creen merecer. Los listos consideran que ellos sí, ellos sí que saben manejar esta situación. Los listos creen que con una sola pregunta en una sola rueda de prensa descubrirán una verdad. Los listos interpretan la parte como un todo. Los listos esperan con ansia lo peor para dar tensión y anuncios. Un listo achaca la gestión de una crisis a un interés partidista, tal y como el propio listo haría, tal y como el propio listo sueña que podría hacer si le diesen las riendas de esto. Un listo piensa que la acción de la política puede alcanzar y resolver cualquier asunto: incluso lo que escapa a la acción política. Un listo piensa que todo se reduce a una materia política tan gris como su alma.

Los listos, de dos modelos matemáticos, siempre elegirán el peor. Un listo no mide, un listo confina a tope o pide libertad de movimiento. Un listo no suele estar de acuerdo con otro listo, pero sí con un tonto que esté en su antípoda ideológica. Un listo emana mensajes por redes informando de lo peor, por si acaso pudiese salvar de no se sabe muy bien qué a no se sabe quién. Un listo informa de su reducido mundo como si fuese el mundo entero. Los listos consideran exageraciones los avisos y avisan de exageraciones. Ha llegado el momento de los listos, de los que se saltan los cauces, de los que se echan al monte pandémico, de los que prefieren decir en un futuro cercano el ‘ya te lo dije’. Un listo, una lista, no duda: jamás. Los listos nos tienen rodeados.

Alfonso Salazar

lunes, 17 de febrero de 2020

2031

La Voz de Granada, 17 de febrero 2020

El Centro Federico García Lorca sufre carencia de personal y la respuesta de las instituciones que forman su consorcio es la rebaja de su presupuesto. La Orquesta Ciudad de Granada tira de la pesada bola de su deuda y entra en el peligroso bucle donde se pregunta sobre su utilidad. La gestión de las principales instituciones, como el Parque de las Ciencias, deviene en una discusión fútil que reagrupa el poder centralista en Sevilla y arrincona la iniciativa de la ciudad. Los festivales de Granada menguan, algunos desaparecen sin sustituto, otros solo se nutren de ilusión y lo que deje una taquilla, porque las instituciones han empezado a hacer mutis por el foro.

Con estas mimbres ¿se puede ser ciudad cultural europea en un plazo de once años? Difícilmente. El trabajo ni se hizo ni se hace, es una cuestión de la personalidad esquizofrénica de nuestra ciudad. Lo tenía todo, pero no lo trabaja. Y quien trabaja lo hace por cuenta propia con mayor ilusión que apoyo. No vamos a volver a hablar de cómo proyectos de otras ciudades, tan cercanas, abocadas a otros destinos como motores económicos han sabido gestionar, con un esfuerzo de años, el relumbrón cultural y hacer de la cultura un motor más añadido a las poderosas turbinas del turismo. Ese motor, el de la cultura, era el nuestro y anda gripado. Esas otras ciudades supieron copar, estratégicamente, los puestos del partido en el poder autonómico cuando de la cosa cultural se trataba, y se daba un engrase perfecto con los jerifaltes, de cualquier otro partido, que estuviesen en el poder local. Aquí nada de nada, ni acuerdo: gresca, pereza e inaninidad.

Es posible que aún se esté a tiempo, si acaso se plantea lo importante por encima de lo urgente, si acaso se remangan todas las fuerzas políticas y trazan un plan ambicioso, un camino que recorrer; si ponen los medios para que así sea. La labor de las instituciones en el campo de la cultura, desengáñense, no es facilitar. Su función es tirar del carro, porque la cultura, como los parques públicos no se financian con la venta de entradas. Es la diferencia entre un parque y un vivero. En el vivero se venden árboles, en el parque se disfruta de la sombra. Granada debía ser una ciudad de parques culturales, de árboles de cultura, de una enorme sombra cultural cubriéndola toda. Una sombra que alcanzase hasta 2031 y mucho más allá.

Para ello, el empeño de las instituciones todas, de los partidos todos, pasa por unirse, por entenderse, por empeñarse, por rebuscar, por equilibrar, por conseguir financiación, imaginación y dinero debajo de las piedras. Pasa porque los centros culturales de Granada irradien y trabajen con personal suficiente, porque la oferta cultural sea cada vez de mayor calidad, pasa porque los proyectos sean viables e indiscutibles, surgidos del acuerdo y el apoyo. Porque esa es la labor: liderar el proyecto, ponerse al frente. Ser Capital Europea de la Cultura no soporta la reducción de un presupuesto.

Alfonso Salazar

martes, 4 de febrero de 2020

TRIDIMENSIONAL

La Voz de Granada, 4 de febrero 2020

La dimisión de Sebastián Pérez como presidente provincial del PP, debe entenderse tridimensionalmente, desde tres coordenadas: la primera, desde la difusa línea que separa las opciones de la derecha española, que emborronadas por la cuestión catalana –y la entrega a la españolidad- y el auge del populismo de VOX, ni siquiera la argamasa del poder está siendo capaz de cuajar. El jarmazo de Ciudadanos debería haber reforzado la postura del PP, pero la duda entre los posibles adelantamientos desde su derecha y su más a la derecha, generan duda, plantean una refundación de la derecha; ya lo dijo Aznar en su momento: cuando él se fue dejó una derecha, y ahora cuando mira, se encuentra con tres.

La siguiente coordenada es la que se refiere a la municipalidad. Indudablemente, como dice, Granada fue utilizada como moneda de cambio (¿por Málaga? ¿Murcia?) en la elección del gobierno municipal: no es una ficción. No hay otra explicación plausible para que una fuerza como Ciudadanos, que no había apenas ascendido en votos municipalistas, que conservaba un número escaso de concejales, se aupase al bastón de mando. Han pasado muy pocos meses, pero hay que recordar que por entonces se vivía el idilio de la entente Moreno Bonilla y Martín (dicho así, seguido, parece un bufete de provincias o una delantera olvidable), Cs andaba como un cohete y el PP vivía momentos bajos, muy bajos (aún no había explotado el cohete, ni el PP estaba en remontada). Además, se dio un nudo gordiano: a este alcalde solo lo puede desbancar la antinatural unión de los contrarios.

La tercera coordenada pivota en la identidad territorial. Más allá de esas ataduras consistoriales que maniataron a Pérez, ha de tenerse en cuenta que los desplantes a Granada se suceden con contundencia y dejan en mal lugar a los delegados del gobierno sevillanero. Parque de las Ciencias, centros educativos, Escuela Andaluza de Salud Pública, siembran un constante alejamiento del capitaleo, que ya se calentó con el AVE y el PTS. Además, ahora que la Junta cambia el logo –como si no hubiese otras cuestiones en que abundar- por una ‘A’ grande, a Granada quizá le parezca aún más lejana la Junta y su imagen, casi irreconocible, y le sonará a la ‘A’ de Alcampo.

Eso sí, Pérez no se va, solamente lanza un órdago a la dirección andaluza del PP, manejada desde Málaga (¿Málaga) y a la Secretaría general del Partido dirigida por Murcia (¿Murcia?). Expone su nulo entendimiento con el acuerdo suscrito con CS por parte de los jefes; muestra la poquísima simpatía entre los dos políticos que estaban llamados a dirigir la ciudad. Pero se queda, seguirá en la Plaza del Carmen, atento, por si cualquier día hay que pasarse a la oposición, por si un Ciudadanos mermado, vapuleado, opta por eso que llaman ‘España Suma’ y todas las derechas aznaritas vuelven a la misma, prieta fila, y un Sebastián renacido porta el estandarte.

Alfonso Salazar

domingo, 12 de enero de 2020

Toma tomada

La Voz de Granada, 12 de enero 2020

Una vez más, y van muchas, Granada debutó en el año como paladín del ridículo nacional. Todos los días 3 de enero nuestra ciudad abre los informativos y la prensa como espíritu nacional hecho carne, con una celebración cainita y absurda, anticuada y fastidiosa que solo contenta a tradicionalistas, a ultras y legionaristas, que enfebrece a ofendidos, que anima a malentender la historia. La ciudad debería reflexionar, seriamente, si esta es la fiesta por la que quiere ser conocida cada primero de año; si, ahora que el voto de derecha se radicaliza, merece la pena que el resto de partidos políticos pongan alfombra roja, maceros, pendones y bandas con himnos a un partido que mira hacia atrás.
Ya no se trata de defender una postura de interpretación histórica, de acometer con ciencia a los trasnochados conceptos de ‘reconquista’, ‘unidad nacional’ y otros ‘fakes’ con quinientos años de proselitismo: se trata de limpiarnos la cara cada 2 de enero y quitarnos esa caspa de encima. Está demostrado que ni siquiera los doctores en Historia podrán desalquitranar el Día de la Toma, que cualquier intentona de entendimiento, de renovación, de actualización, ha caído en el saco roto de la esperanza patria. Huele a rancio, a bandera apolillada. Ya no se trata de que hagamos observación constitucional, de que evitemos la intervención eclesial para poder respetar la religión en sí, merecidamente. Ya no se trata de que nos sirva de algo lo aprendido en la escuela: pocos, cada vez menos, son los que tuvieron que soportar aquella lección de Historia esquilmada, aquella lección de propaganda que la restauración democrática terminó por excluir de los libros de texto. No se trata de oponer el día de Mariana Pineda al de la Toma, camino que no conduce a ningún lugar: podría alentarse la Romería de San Cecilio, con esa hermosa historia de libros plúmbeos, inventados para quedarse en una tierra amada; podría ser el Día de la Cruz; podría ser cualquier otro día que concilie, cualquier otro día que mejore la imagen de la ciudad.
Dicen que hubo 500 personas en la plaza, que solo unos 2000 presenciaron la comitiva. Nunca tan pequeña inversión ha tenido tanto rendimiento. Nunca tan pequeña presencia, tan poca resonancia en la ciudad, tiene tanto efecto nacional. Incluso los pequeños partidos, casi triviales, se apuntan al carro. Incluso los partidos inflados, aquellos que hace un año eran de absoluta irrelevancia (y dada su consistencia ideológica es posible que allí retornen) protagonizan in pectore la fiesta. Una fiesta de la que solo se benefician los pequeños de mente. La Toma ha sido tomada, indudablemente.
Los pasos están claros, ya no solo se trata de pensar a lo grande (¿es una ciudad cultural aquella que aparece en prensa por mal airear ventarrones pasados, por malversar su propia Historia, por promover el pensamiento de la exclusión?), sino que se trata de no menearlo. De no asistir, de no participar, de eliminar de una vez por todas el día festivo local (que tampoco es que venga muy bien al calendario) y ahondar en otras tradiciones donde reconocernos todos los granadinos. Se trata de reducir la Toma a un acto inane, escasamente institucionalizado, descuidado, un día sin mayor trascendencia que el 16 de julio, día de la batalla de las Navas de Tolosa, que el 22 de julio, batalla de Arapiles, o el 11 de febrero, proclamación de la Primera República, días que no salen en la tele.

Alfonso Salazar

sábado, 21 de diciembre de 2019

Esa niña

La absoluta contradicción entre protección del medio ambiente y el sistema económico se da en la locura esquizofrénica de la Navidad. Cada vez que un Ayuntamiento ha contado el número de lámparas LEDS, para presumir; cada vez que ha medido un funcionario la altura de un árbol eléctrico, el diámetro de una bola, el número de barcazas de una noria; cada una de esas veces, en tanto una distribuidora eléctrica se frotaba las manos, descontábamos varios minutos para el agotamiento energético.
Se trata de un sistema, se trata de cómo vivimos en este sistema. Se trata de reflexionar a qué vamos a renunciar y empezar a pensar qué necesitamos y qué no. Se trata de elegir. Se trata de resolver la ecuación de la contradicción en la que vivimos: esa que se muestra entre estar en camiseta con la calefacción a tope o echarse una toca y ajustarse un batín; esa que permite volar en dos horas al quinto pino, mirar el paisaje por un móvil, fotografiarse a sí mismo y volver en dos días, en tanto podía haberse hecho las fotos al lado de casa, al fin y al cabo; la contradicción entre la sensación de libertad de disponer de coche y la bola con cadenas que es tener un coche; la contradicción entre fomentar el transporte público pero no actualizar la flota; la contradicción entre evitar comprar las bolsas de supermercado a 5 céntimos el euro y comprar verdura envuelta en plástico que meter en una bolsa de rafia; la contradicción entre ahorrarse dos euros comprando por internet aunque ese ahorro suponga un mayor coste presente y futuro en los costes de transporte… Hay muchas contradicciones y la conclusión es incómoda: decrecer, renunciar, reducir el consumo, colapsar la economía actual para buscar una economía alternativa.
Una niña lo ha dicho en voz alta. Es verdad que es una niña que parece enfadada. Yo quisiera haber estado tan enfadado como lo está ella cuando tuve 17 años, al menos por la cuestión que ella muestra el enfado. Quizá no es justo reivindicar que el único mundo posible será solo de los jóvenes, que todos los adultos de hoy son los culpables: el malestar está hoy y la responsabilidad es tanto por el futuro como por el presente. Esa niña, esa niña que hace que los adultos aniñados se enfurruñen, que los adultos acomplejados se quejen, que los adultos picajosos pidan que la niña vaya al colegio y calle, que los adultos conspiranoicos saliven; esa niña que nunca encendería millones de luces de Navidad con alegría desmedida, impúdica, que mirará con extrañeza las bolas gigantes de Navidad, que sabe que la alegría no está en el dispendio, esa niña que propone distinguir entre valor y precio, esa niña es la que me representa. La que representa a este adulto. Me representa en la multitud de los parques comerciales y bajo la luz obscena que confunde celebración con espectáculo. Feliz Navidad.
Alfonso Salazar

domingo, 1 de diciembre de 2019

S. Díaz


La primera sentencia sobre el caso de los ERE ha llegado tarde, tardísimo. En eso sí que se parece al caso Gürtel, todo llega tarde, las cuentas no hay con quien ajustarlas. La diferencia principal entre ambos casos, cuya comparación se utiliza siempre según ascua y sardina, no solo reside en que uno enriqueció bolsillos privados con dinero y prebenda pública y otro engrasó el proverbial clientelismo andaluz (léase sevillano, por favor). También reside en que en los papeles de Gürtel siempre sobrevoló aquellas siglas “M. Rajoy” y en los ERE, “S. Díaz” era ‘solamente’ secretaria de organización de la, ahora demostrada, agrupación socialista más corrupta: la capitalina, socialista y muy sevillana.
Los parecidos son muy razonables: apestan igual, como apestará el caso Pujol, como apestó el de las tarjetas de Caja Madrid, como ha apestado la gestión del bien público en este país desde donde alcanza la memoria: hemos crecido entre casos de corrupción. Tal y como se ha dopado a los partidos políticos en su carrera electoral, desatados de ley y orden, campando los perros con correa de longaniza hacia la carrera loca del nuevo caciquismo. Por eso, solo nos queda confiar en que la ley sigue su camino, que la judicatura no se achanta y que llega San Martín. Y entre tanto ya nos vale pedir que las leyes se ajusten, se reciclen y se nos revelen para controlar los descontrolados, sin psicosis pública, con formalidad jurídica y constancia política.
Pedir la cabeza de Sánchez es pedir la cabecita de un concejal madrileño de entonces, un mindundi que no aspiraba a gran cosa cuando la comilona sevillana estaba en auge. El PSOE nacional ya dio su propio ‘sorpasso’ sobre el PSOE andaluz -de ahí, posiblemente, aquel ajuste de cuentas en la elección de secretario general de 2017, donde la militancia tuvo claro que despegarse del embadurne sevillano era lo conveniente y mandó a S. Díaz a la oposición del partido-, entonces el partido socialista no quiso mancharse las manos sobre el tejemaneje con que se manipulaba el famoso granero de votos y con inteligencia, buscaron la alternativa, el secretario menos pringado.
Pedir en 2018 la cabeza de Rajoy era pedir la de quien era jefe de los jefes. Y aunque Gürtel sigue, pues Valencia y Madrid aún tienen que ajustar sus cuentas, la nueva dirección del PP se ha alejado de aquellas manos tiznadas y lo ha hecho efectivamente, subido a la montaña rusa de votos que ha sufrido en este mismo año: gran castigo en abril, gran perdón en noviembre, gran enemigo en flanco derecho, atención.
Los dos grandes partidos ya no están en la dinámica de la corrupción –confiemos- y los nuevos partidos parecen haber aprendido de la historia –esperemos-, así que nos queda esperar que el PSOE andaluz occidental llegue al siglo XXI, y echar una cuenta: sumar al dinero que nunca nos devolverán los bancos rescatados, los millones que la Gürtel hizo desaparecer y el dineral que los ERE repartió por la campiña sevillana.

Alfonso Salazar

domingo, 27 de octubre de 2019

ABRIR, ABRIR. NO CERRAR

LA VOZ DE GRANADA

Últimamente amenazan los cierres, los candados como símbolo del ahorro. Se prometen los cierres de centros de salud, de centros culturales. Cada vez que se cierra un edificio público la sociedad pierde un terreno, un lugar de encuentro, un espacio de servicio y cuidado. Todo cierre debería prever, solamente, su inmediata apertura tras la reparación precisa, nunca su cierre definitivo, su desaparición.

Sucede esta visión dispar con los locales privados, pues cuando cierran sus puertas cierran sus sueños. Allí donde el emprendedor y el politicastro verán una oportunidad de negocio, una revitalización de la economía, los ciudadanos y los poetas ven un fracaso, una ilusión frustrada, un inútil esfuerzo de amor y dedicación desperdiciado. Pero allí donde cierra un espacio público cierra una oportunidad de seguir adelante. Nos venderán las mejoras de las infraestructuras, la idoneidad, la eficiencia, pero no se engañen, solamente nos venden la moto con medio sillín.

El centro cultural de CajaGranada, donde estuvo la pecera del Centro Artístico, en el meollo de Granada, no renueva su cesión. Pero nadie sale al paso –perdón, si es que no me he enterado- para contarnos el relato del futuro, de la ilusión, de las cosas bien hechas. Ya no merece la pena contar los espacios culturales quebrados (CajaGranada tuvo otra sala de exposiciones, en San Antón: hoy es una tienda de modas). Contiguo al Teatro Isabel La Católica, el centro cultural de Puerta Real merece seguir constituyendo la referencia expositiva (y quizá más, sus salas pueden albergar más acciones) que apoye a las actividades culturales en el centro urbano y como apoyo al propio Teatro.

Algún iluso, como yo mismo, pensamos que el traslado de la mayoría de las oficinas municipales de la Plaza del Carmen al Complejo de Mondragones abría la posibilidad de que un edificio en pleno centro de la ciudad, como el Ayuntamiento, se convirtiese en el emblema de la Cultura Céntrica. Pero vamos hacia atrás. También nos cupo a los ilusos la esperanza de que el Centro Gran Capitán no solo se constituyese en sala de exposición, sino que todas sus instalaciones y edificios adláteres, si se diese ese desalojo de oficinas municipales, abriría la posibilidad de que la Biblioteca de Andalucía se encontrarse con un formidable y venerable edificio que diese a la Biblioteca el espacio que merece y al que se comprometió esta ciudad. Sí, quizá pensamos que Mondragones es el endriago que todo lo traga: ilusos, ya digo.

Pero se cierra, se cierra el centro de salud de Mirasierra para mandar ancianos en fila hacia las lomas de la Bola de Oro, se cierra el centro cultural de Puerta Real. Pero no se abre, no se abre la ciudad por fin. No se abren las puertas de la cultura, del servicio público de par en par.

Alfonso Salazar

domingo, 13 de octubre de 2019

Oración de por los indecisos


Benditos sean los indecisos, los que por la mañana piensan naranja y por la noche azul, los que pueden ir de la derecha al centro-izquierda sin despeinarse. Benditos los que confunden ‘más’ con ‘suma’ y ‘país’ con ‘España’. Benditos los que resuelvan castigar al Uno para levantar al Otro cuando castigaron al Otro y levantaron al Uno hace pocos meses. Sean benditos todos los que basculan su pensamiento político, aquellos que sin fidelidad carnetaria discurren de uno a otro lado ideológico como en pistas de skate.
Benditos los que eligen lo que les va en gana, los que no mantienen más lealtad que la que merece su futuro y nunca la que dispusieron en su pasado. Sean benditos los que duermen satisfechos la noche de reflexión y en la mañana feliz de la fiesta democrática toman café con churros y a pie de mesa deciden su voto y a pie de urna dan su recado a los sondeos de opinión. Lo sean aquellos que no se cuelgan una acreditación de interventor para no hipotecar su pensamiento a la probidad del partido –o la agrupación de electores-. Benditos aquellos que se acercarán a la cabina de los secretos con el alma abierta a la sugerencia y la inspiración del último momento con un variopinto puñado de papeletas entre los dedos.
Benditos sean los tránsfugas de pensamiento, de obra y omisión, de voto y de abstención, que son los que alimentan las encuestas, los vaivenes, los que empuñan el justiciero látigo de castigo al político inane. Benditos sean los españoles y españolas, benditas, que van a mover el juego de partidos, la sonda alimenticia de las tertulias y los desvelos de las candidaturas. Benditos sean los que pueden mover su apoyo por el arco parlamentario y que sean ellos quienes desatasquen los empates y los enroques. Benditos aquellos que se decidan a empujar las balanzas. Porque el resto, los convencidos del voto, los leales al suyo, los decididos incólumes por la abstención, van a dejar retratado el país tal y como estaba.
Sean benditos los que pueden mover los hilos de las coaliciones, los que sacarán la sonrisa de unos y el rictus de otros en la noche electoral, los que no aplauden ni lamentan, sino que observan y quienes a veces, en la soledad, se arrepienten y les basta pensar que quizá en pocos meses, haya otra oportunidad de elegir otra papeleta. Benditos sean los que quieren recibir todas las papeletas en casa, sea en uno o en varios envíos, para disponerlos sobre la mesa de camilla, leer con atención los programas, escrutar las listas electorales, descubrir los nombres escondidos, reconocibles, y decidan enviar a Sebastián Pérez al Senado, por ejemplo, si es que no dudan en colocar esa misma cruz sobre el improbable invento reciente del errojonismo, porque tanto les vale que vale tanto.
Benditos sean los votantes del Centro que no existe, los de la derecha con ancha tragadera, los de la izquierda oscilante. Benditos los que pendulan, los que protagonizan el trasvase del voto, los que piden que les devuelvan el voto prestado, los que confían en que, realmente, hay alternativa. Benditos sean porque de ellos son las próximas elecciones.
Alfonso Salazar

sábado, 5 de octubre de 2019

EN EL CLUB DE OPINIÓN DE LA VOZ DE GRANADA

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Autor: Alfonso Salazar

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jueves, 16 de mayo de 2019

La primera luna llena de primavera


En un momento dado de la historia antigua podemos imaginar que el sabio de la tribu se levanta, otea el cielo, mide las estrellas con su ojo de cristal y anuncia al pueblo –apiñado al pie del templo- que la primera luna llena de primavera, este año próximo, será el 19 de abril. A partir de ahí el pueblo se organiza: el administrador prevé sus cálculos de gastos comunales; el maestro programa sus enseñanzas; el loco –que hace teatro y danza- se ciñe al calendario; el cazador prevé su montería; las recolectoras preparan su salida al bosque y se adecuarán a la prescripción; el posadero prepara la paja mullida para la llegada de los viajeros; el mesonero acopia viandas por el mismo motivo; el leñador fija la recolección de madera para las fogatas; y el yuntero se apresta a preparar sus colleras, pues se anuncia la fiesta sagrada.
Así sería en la Antigüedad, cuando la luna llena de primavera, maldita luna, aparecía cuando le parecía y sometía el ritmo del pueblo, la constancia de los calendarios y las tareas al caprichoso movimiento de traslación, a esa sombra astral de la Tierra en su Satélite, un sacro momento que atiende a la disposición de los dioses. Esos pueblos de la Antigüedad veían la Luna, pero no sabían explicar el porqué del suceso. Nosotros, ya civilización ultraevolucionada, conocemos el porqué de las cosas, fabricamos telescopios que están alcanzando en este momento el confín de las estrellas, ponemos satélites artificiales enormes y minúsculos en órbita, desentrañamos agujeros negros, enviamos basura espacial y señales a las posibles civilizaciones que esperan a tantísimos años luz.
Cabe entonces preguntarse por qué el ritmo de un país en el siglo XXI se somete a la aparición de la primera luna llena de primavera, es decir, que la Semana Santa se celebre al tuntún de la Luna, maldita luna. En el año 325 se decidió que el domingo de Pascua sería el siguiente a la primera luna llena tras el equinoccio de primavera, es decir tiene lugar en algún momento entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Tal cual. Diecisiete siglos más tarde seguimos al tanto del astrólogo brujo que otea el cielo por la noche, y por tanto los cálculos de la economía, la comparación de los primeros trimestres (la evolución de la contratación, por ejemplo) es incomparable de un año a otro; las evaluaciones trimestrales de los centros educativos quedan desparejas en años como estos con una Semana Santa tardía; las actividades culturales se acumulan (miren este último fin de semana de sobrecarga cultural); el Corpus será cuando la luna quiera pues se celebrará sesenta días después del domingo de Resurrección; los hosteleros pierden la constancia y no saben a qué atenerse; los trimestres engordan o enflaquecen. Ah, maldita luna, que nos mantiene en la oscuridad de los tiempos antiguos.
Alfonso Salazar