viernes, 23 de septiembre de 2016

LOS HOMBRES DEL NORTE

Los hombres del Norte
John Haywood
Ariel, 2016

LEER EN LOS DIABLOS AZULES



En las aventuras juveniles que devorábamos hace unos lustros había ciertos personajes totémicos: piratas de Mompracem o de las Antillas, forajidos de Sonora, exploradores del Zambeze, cruzados en San Juan de Acre, proscritos ahorcados en York, y por supuesto, vikingos abriendo camino hacia Terranova. Estaban en los comics, las novelas, las películas… La fascinación por estos personajes impulsa al lector, en edad más madura, hacia el interés por discernir la realidad de la ficción, la crudeza histórica de la pasión aventurera. John Haywood ha añadido una muesca más al mapa que indaga en la historia vikinga, una cultura oscurecida por la ausencia de fuentes, por los mitos y falsedades que el ardor nacionalista y romántico dejó. Ni los vikingos llevaron cascos con cuernos ni tenían más profesión que el pillaje. Los hombres del Norte, editado por Ariel en traducción de Francisco García Lorenzana, es un análisis franco y llano, con cierto aire divulgativo, sobre la saga vikinga que comenzó para la historia a finales del siglo VIII de nuestro calendario y duró poco menos de cinco siglos.

La saga vikinga es el proceso de cristianización que convirtió a los territorios escandinavos, sujetos fuera de la historia en el 700, en reinos feudales totalmente integrados en la cultura europea hacia 1.200. Pero el camino fue largo, duro, sanguinario y apasionante. Haywood estructura el libro conforme a escenarios geográficos. Vikingos de los actuales estados de Dinamarca, Suecia y Noruega rodaron por todo el mundo conocido por los europeos medios de entonces, y algo más allá: rapiña en los reinos británicos, ocupación de las costas normandas, incursiones fluviales por las cuencas mediterráneas, fundación del reino ruso, colonización alrededor del círculo polar ártico, campañas bajo la égida de las cruzadas.

El libro recorre desde el oeste del Atlántico Norte hasta el Caspio. Cada uno de los pueblos vikingos, a los que vemos conformarse en reinos medievales siglo a siglo, con estirpes dinásticas entrelazadas, se embarcaban ya fuese bajo la capitanía de un jarl, de un incipiente conde o de un aventurero rey, para expandirse por las zonas que les eran favoritas para el saqueo y la colonización. Los daneses ocuparon parte de la Inglaterra actual, fundando el Danelaw y el reino de York, así como las costas normandas, donde su estirpe terminó por convertirse en germen de las dinastías europeas medievales.

Atacaron Frisia, combatieron en el Báltico, tomaron París y Ruán, remontaron el Guadalquivir, atacaron las Baleares, Sicilia y creyeron conquistar Roma cuando tomaron Luni, en Liguria. Los noruegos colonizaron Islandia, fundaron los asentamientos de Groenlandia, lucharon entre Escocia e Irlanda, se perpetuaron en las Islas de Man, las Shetland y las Orcadas. Los suecos atravesaron todo el continente europeo a través de las cuencas fluviales rusas y sus descendientes fundaron el reino de los rus, la ciudad de Kiev, alcanzaron Constantinopla y comerciaron en Samarcanda y Bagdad.

Son muchas las epopeyas que protagonizan vikingos históricos en Los hombres del Norte: Erik el Rojo, Harald Hadrada, Canuto el Grande, Svend Barba partida, Harald Diente azul, Magnus el Bueno, Rollo, Harald Piel gris, Olaf Tryggvason, Bjorn Brazo de hierro, y Hastein, Ivar Deshuesado y el legendario Ragnar Lodbrok, que la serie de televisión Vikings, producida por Michael Hirst ha puesto de moda. De todas las grandes aventuras, reseñamos en este artículo dos: las rutas comerciales varegas que atravesaron Rusia de norte a sur y la colonización de Groenlandia. Fueron empresas épicas que Haywood documenta con sencillez y narra con pasión. Los inquietos vikingos suecos, como se ha dicho, no solo se dedicaron al pillaje. Su intención también residía en la apertura de redes comerciales que cubrían en sus rápidos veleros y que dedicaban al intercambio de productos del Norte (ámbar, pieles, cuero, sogas de piel de foca) por codiciados dírhams, especias, sedas, espadas, vino de Crimea.

Las principales rutas de Europa Oriental fueron abiertas por el jaganato de los Rus, fundado por los suecos, donde gobernaron el famoso Rurik y sus hermanos a mediados del siglo IX. Estas rutas fluviales comenzaban en el Báltico, y atravesaban distintos ríos en dos rutas principales, una al oeste que utilizaba el Dvina Occidental hasta alcanzar el Dniéper, un largo y difícil viaje que podía incluir transporte de barcos y balsas a través de tierra, hasta el Mar negro. Desde allí se alcanzaba el Mar de Mármara por el Bósforo y la mítica Constantinopla. Era la ciudad deseada por los vikingos, cuyas murallas atacaron más de una vez y fueron derrotados. Pero los varegos, los vikingos suecos de Gotland, pudieron atravesar las puertas de Bizancio: desde el 988 se convirtió en costumbre que el emperador bizantino contase con una guardia compuesta por los feroces varegos, temidos guerreros, que progresaron en el control de la Corte durante al menos dos siglos. Sin embargo, había una ruta más delirante: de Staraja Ládoga, a poco más de 100 kilómetros del actual Leningrado, partía una ruta fluvial que recorría el río Vóljov hasta Nóvgorod y de ahí hasta el lago Ilmen y el río Lovat. Se porteaban los barcos hasta el nacimiento del Volga y tras más de tres mil kilómetros se alcanzaba el Mar Caspio, lo que posibilitaba comerciar con el califato abbasí, con capital en Bagdad.
La otra epopeya sucede a miles de kilómetros. Los noruegos habían colonizado Islandia, sobre todo su costa oeste, a partir de mediados del siglo IX y hacia el 930 la mayoría de la isla habitable había sido ocupada. Se gobernaba en mancomunidad, pero en constante relación con la corona noruega. Expulsado de la comunidad, Erik Thordvaldson, llamado el Rojo, arribó al sur de Groenlandia a finales del siglo X, con intención colonizadora. Fundó tres asentamientos costeros, y se estableció relación con las tribus paleoesquimales ubicadas al norte de la isla. La época climática bajo medieval o periodo cálido facilitó entre el siglo X y XIV una relación comercial de las colonias con Noruega e Islandia. Se supone que fue el hijo de Erik, Leif, quien alcanzó Vinlandia (Terranova). Estas colonias nórdicas en Groenlandia nunca alcanzaron un número de habitantes muy alto, quizá cinco mil personas, comerciantes de marfil de morsa, piel de foca, pero con una absoluta carencia de madera y hierro que les hacía depender de los reinos escandinavos. A mediados del siglo XIV las granjas y asentamientos coloniales comenzaron a desparecer. No se sabe si fue el enfriamiento climático o la presión de los pueblos inuit, el caso es que los últimos nórdicos desaparecieron lentamente.

Las últimas noticias sobre los colonos de Groenlandia se conocieron hacia 1418, cuando fueron saqueados por piratas que esclavizaron a gran parte de sus habitantes y llevaron a berbería. Ciertamente aquellos colonos, al contrario que las tribus inuits de Thule totalmente adaptadas al medio, persisitieron en sus modos de vida escandinavos, y cristianos, europeos. Cada invierno los glaciares avanzaban un poco más. Quizá los más jóvenes se enrolaron en los escasos barcos pesqueros que alcanzaban la costa y abandonaron sus viviendas. Los más viejos se quedaron en sus granjas, hasta que murieron. En 1492 el Papa Alejandro VI escribía sobre Groenlandia como una tierra perdida para la cristiandad. El mismo año en que Cristóbal Colón iniciaba sus viajes trasatlánticos que llevarían de nuevo a los europeos a Vinlandia. Otra historia, otra aventura.

Alfonso Salazar

viernes, 29 de julio de 2016

LÉVI-STRAUSS 100


En 2009, la muerte de Claude Lévi-Strauss me pilló leyendo una polémica que tuvo con Vladimir Propp allá por 1960-1964, con motivo de la publicación de la primera traducción del ruso al inglés del libro Morfología del cuento, editado en la URSS en 1928. Lévi-Strauss se sorprendió al descubrir que un folklorista (y antropólogo, y lingüista) treinta años antes, había ya desguazado el cuento y hallado un método científico, las funciones, que el propio Strauss ya hubiese querido para sí, para la interpretación ya no solo del Cuento, sino del Mito.

No voy a entrar en el fondo de la discusión que se trajeron entre estos dos pensadores, que andaban por la cincuentena (bien larga en el caso del petersburgués) y tenían la maquinaria mental a toda maquina. Pero sí quiero señalar cómo el bruxellois quiso a través del texto de Propp diferenciar el formalismo del estructuralismo, como si quisiera quitarse de en medio cierta herencia incómoda y vacua, y cómo Vladimir no se tomó nada bien el alegato de Claude de 1960, aunque este, en el fondo, lo que hace en su artículo es un elogio, tardío, pero agradecido a un antropólogo cuyos estudios no salieron de la Unión Soviética hasta muy tarde y que iban tres pasos por delante de los que, en ese campo concreto, se hacían al otro lado de la cortina de hierro.



Sin embargo, lo que era concienzudo trabajo en Propp podría ser hermoso lienzo de palabras y colores en Lévi-Strauss, con suertes aritméticas y metáforas cargadas de futuro. Es curioso contemplar, en esta edición de la discusión que editó Fundamentos en 1972 cómo el ego de ambos autores se sintió herido: el del franco-belga ante el hallazgo de un tipo que avant-la-lettre había utilizado el estructuralismo; el ego de Propp en lo que entendió como una ferrosa crítica, cuando subyacía el elogio inocente, casi celoso del francés. Por la respuesta de Propp de 1964 no queda claro, en el propio texto editado por Fundamentos, en qué idioma leyó el ruso el artículo de Strauss, ni por qué medio.
La cuestión es que la muerte de Lévi-Strauss me pilló leyendo esta trifulca y ahora lo he releído: no me sustraigo a publicar el breve apunte del post scriptum que dio al artículo defensivo de Propp, traducido por José Martín Arancibia.
"Indudablemente, cuantos han leído el estudio que dediqué en 1960 a la obra profética de Propp tienen que haberlo entendido como lo que pretendía ser: un acto de agradecimiento hacia un gran descubrimiento que precedió en un cuarto de siglo a los intentos de otras personas y míos, en la misma dirección.
Por eso he visto con sorpresa y amargura que el estudioso ruso, cuya merecida celebridad pensaba haber contribuido modestamente a granjeársela, ve en el escrito algo muy diferente: no la discusión, con el respeto debido, de ciertos aspectos teóricos metodológicos de su obra, sino una agresión llena de malicia.
Me abtendré de iniciar con él una polémica sobre este punto. Es evidente que motejándome de filósofo puro, demuestra ignorar mis trabajos etnológicos, y un útil intercambio de opiniones habría  debido basarse en nuestras respectivas contribuciones al estudio e interpretación de las tradiciones orales.
No obstante, cualquiera qye se ala conclusión que saquen de esta confrontación los lectores mejor informados, la obra de Propp conservará, ante sus ojos y los míos, el mérito imperecedero de haber sido la primera."
Elegancia, sin duda.

Alfonso Salazar

jueves, 21 de julio de 2016

CERVANTES Y SHAKESPEARE: ESCUCHAD LA MÚSICA

Sabemos que los dos genios no murieron ni el mismo día, ni en la misma fecha. A principios del siglo XVII Inglaterra y España no solo eran irreconciliables enemigos con religiones enfrentadas, ansias comerciales que colisionaban, cruzadas contra piratas en el Caribe, felicísimas armadas hundidas y apoyo y sustento de leyendas negras, sino que, además, no compartían el mismo calendario. La cosa venía de muy atrás, de cuando en Roma se tuvo en cuenta ese cuarto de día de más que cada giro de la tierra alrededor del sol sirve sobre los 365 días, cuestión que dio origen a los años bisiestos. Fueron unos once minutos anuales de más los que los astrólogos de Julio César pasaron por alto, y con el paso de los años y los siglos aquellos minutos se convirtieron en unos diez días. El papa Gregorio XIII decidió que ya era hora de ajustar cuentas, pues la Pascua perdía el paso litúrgico. España se puso al día, nunca mejor dicho, pero Gran Bretaña persistió en su propia medida del tiempo hasta 1752.

Aquel año de 1616, cuando en el imperio donde no se ponía el sol era 3 de mayo, en Stratford Upon Avon, cerca de Birmingham, era 23 de abril y William Shakespeare, febril, moría en casa. Miguel de Cervantes había muerto días antes, el 22 de abril de nuestro calendario actual. Así que la celebración del 23 de abril como Día del Libro en honor a estos escritores –y al Inca Garcilaso- instaurado en 1995 por la UNESCO -y que España celebraba desde 1930-, es solo una mala interpretación, intrascendente, que la leyenda en internet atribuye a Víctor Hugo, sin merecimiento posiblemente, pero que señala que ni William, ni Miguel, ni el Garcilaso peruano murieron aquel católico y gregoriano 23 de abril de 1616.



Cervantes y Shakespeare fueron dos gigantes de su tiempo que gozaron de la fama en vida, cosa que nos asombraría si miramos desde el ahora al pasado y contemplásemos cómo pasaron vidas oscuras tantos y tantos escritores a quienes la posteridad dio la fama, que no la contemporaneidad, pues en vida pasaron sin gloria, oscurecidos por otros triunfantes a los que la Historia dio solo sepultura y olvido. Ninguno de los dos disfrutó de grandes rendimientos económicos, pues anduvieron siempre enredados entre deudas -juego el uno y bebida el otro-, pero al menos sí disfrutaron de importantes reconocimientos literarios. Aunque las vías fueron bien diferentes. Cervantes, cuya pasión fue el teatro desde que en su infancia sevillana admirase los tablados de Lope de Rueda, no tuvo éxito en los corrales, donde arrasaba la comedia nueva de Lope de Vega, con quien tuvo sus más y sus menos. William, sin embargo, fue dueño de la gloria teatral de la ribera del Támesis, y triunfó en los teatros de la Rosa, el Telón, en el Globo… Si es que William, el actor, fue William el autor, el creador de drama y comedia que veneró Inglaterra. Por entonces se daba una profunda diferencia entre autor y creador, pues era el director de compañía el más relevante, quien en muchas ocasiones se apropiaba de la autoría, y quedaba el autor teatral como sencillo guionista. Pero el público adoraba a los autores. Lo supo Lope y lo supo Calderón. No lo conoció Miguel quien, avanzado a su tiempo, puso sus comedias y entremeses en imprenta, pues si el público no pudo disfrutar de su teatro en las tablas, pudo hacerlo en la lectura, abriendo el campo del teatro leído, que por entonces no era corriente. Al contrario, William publicó poco y desordenadamente en vida, y sería diez años después cuando dos de sus actores publican una recopilación de obras que es tan fundamental como generadora de dudas en sus atribuciones, el denominado First Folio.

Miguel triunfaba con El ingenioso hidalgo –luego “caballero”- don Quijote de la Mancha. Su Galatea fue años atrás un éxito en Francia, pero el Quijote arrasó en las listas de ventas de la época de media Europa. Se dice que William Shakespeare utilizó el pasaje de Cardenio para componer a medias con Fletcher una tragedia que se perdió en el incendio del Globe en 1658.



A principios del siglo XVII la obra de William desbordaba los círculos teatrales de Londres. Comenzaba el mito de Shakespeare, del actor testaferro de un autor oculto –Francis Bacon, Edward de Vere, Christopher Marlowe se han barajado como tales-, tesis que persiste hasta nuestros días, deudora posiblemente de un razonamiento clasista que impedía que el hijo de un comerciante venido a menos se convirtiese en ángel de las letras inglesas. Tal y como el hijo de un cirujano, nieto de un picapleitos, fue quien alumbró la novela española, y por extensión, la mundial. Ambos nacidos en pequeñas ciudades, de familias sin historia ni capital, sin poder ni gloria. Trabajadores de la palabra y su destino.

Nada fue igual tras las instauraciones de los legados de Cervantes y Shakespeare. No solo en uno u otro imperio –forjado el hispánico, en ciernes el británico-, sino en las letras europeas que alumbraron la literatura occidental. El influjo de uno y otro legado en la cultura planetaria ha sido formidable. Sus historias –versos, dramas, tragedias, comedias, novelas…- ocuparon y ocupan lienzos y carteles; copan escenarios pero también películas, series, dibujos animados…; sus personajes se hicieron escultura, sus rostros logos en camisetas, iconos; sus libros provocaron miles de libros que hablan a la vez sobre sus libros; se veneran edificios y tumbas, unas ciertas, otras falsarias donde reposan los autores o donde vivieron los personajes. Romeo, Quijote, Julieta, Sancho, Otelo, Dulcinea, Hamlet y tantos otros recorren la tierra entera, a través de museos, bibliotecas, colegios, universidades, televisores, cines, webs, carnavales, pequeñas salas y grandes teatros de ópera.

Desde esos primeros años del siglo XVII, cuando -en poco más de once días- las letras del mundo perdieron a sus dos capitanes, los músicos ávidos de historias recurrieron a las fuentes que William y Miguel ofrecían. Antes de editarse la segunda parte del Quijote, ya se había estrenado en París el ballet Don Quichot, dansé par Mrs Sautenir, en 1614, y desde entonces las versiones para ballet, teatro, zarzuela, ópera y musicales son material inagotable. Don Quijote se ha convertido a lo largo de los siglos en una referencia musical. Entre aquellos que se inspiraron en el Caballero de la Triste Figura destacamos: Henry Purcell, quien compone canciones para The comical history of Don Quixote de Thomas d´Urfey, un “musical” de la época compuesto solo setenta y ocho años después de la muerte de Cervantes; Georg Philipp Telemann con Burlesque de Quixotte y Don Quijote en las bodas de Camacho; una ópera buffa de Paisiello y un divertimiento teatral de Salieri; Félix Mendelssohn quien compone en pleno Romanticismo La boda de Camacho composición juvenil de la que no quedará del todo satisfecho; la poco representada ópera Il furioso all'isola di San Domingo de Gaetano Donizetti; y las canciones de Don Quijote y Dulcinea de Maurice Ravel. Hay tres obras que destacan sobre el resto: Don Quijote, la comedia-heroica de Jules Massenet, el poema sinfónico de Richard Strauss y El retablo de Maese Pedro de Manuel de Falla. Mucho después se encajaría en el tímpano de medio mundo las notas de El hombre de la Mancha de Mitch Leigh. Incluyan entre sus versiones más recordadas la francesa de Jacques Brel montada en 1968, tras cuyo estreno un inolvidable Darío Moreno en el papel de Sancho Panza, falleció.



La magnificente influencia mundial de don Quijote ocultó otras obras que pudieran basarse en comedias, entremeses y novelas ejemplares, pero rescatemos Das Wundertheater , basado en El retablo de las maravillas, de Hans Werner Henze. Muy pronto Cervantes y Quijote –y Sancho- se identificaron con España y lo español con una diversidad de estilos que demuestra la fantasía que promueve la inspiración quijotesca. Si nos referimos a los compositores españoles podemos remontarnos al Don Quijote de Manuel García de 1827,  El manco de Lepanto (1867) de Rafael Aceves, La venta de don Quijote (1902) de Ruperto Chapí o  El huésped del sevillano (1926) de Jacinto Guerrero. En el siglo XX constatamos la presencia de clásicos como Conrado del Campo con Evocación y nostalgia de los molinos de viento y Joaquín Rodrigo  con su Ausencias de Dulcinea. O la constante presencia del personaje en la obra de la Generación de la República: Ernesto Halffter entre otras obras nos dejó  la Canción de Dorotea, Don Quijote de la Mancha, la farsa heroica Dulcinea, y su hermano Rodolfo la ópera bufa Clavileño y Tres epitafios; Salvador Bacarisse legó Aventure de Don Quichotte y el Retablo de la libertad de Melisendra; Robert Gerhard, The Adventures of Don Quixote y versiones del ballet Don Quixot, entre otras. Persistió en el tema la generación de posguerra con Carmelo Bernaola (Don Quijote de la Mancha y Galatea, Rocinante y Preciosa), Antón García Abril (Canciones y danzas para Dulcinea y Monsignor Quixote), Ángel Arteaga (Andaduras de Don Quijote, Música para un festival cervantino), Ángel Oliver y Tomás Marco (El Caballero de la Triste Figura, Ensueño y resplandor de Don Quijote y Medianoche era por filo), hasta La resurrección de don Quijote de José García Román. Esta línea la culmina la ópera de Cristóbal Halffter, estrenada el año 2000. Son solo unas muestras de la influencia quijotesca  que confirman las palabras que dijo Sancho «donde hay música no puede haber cosa mala».
Ni danza mala. El Don Quijote coreográfico más importante es el que Marius Petipa, con música de Minkus, coreografió para el Bolshoi en 1869. En 1900 Gorky lo remodela y convierte en el que adoptan en su repertorio tanto el Kirov como el Bolshoi.  También habría que destacar la obra de grandes coreógrafos como Franz Hilverding, Jean-Georges Noverre, Auguste Bournonville, Ninette de Valois, Serge Lifar y George Balanchine.



Entre tanto, la obra de Shakespeare estaba destinada a forjar óperas, ese arte que en su tiempo aún no había nacido. Fue también Purcell quien abrió la veda cuando en 1692 se inspiró libremente en el texto de Sueño de una noche de verano para componer The fairy queen, a la que siguió después, en 1712, La Tempestad, junto a un Otelo  y un Romeo y Julieta. Otelo fue también el tema que retomó Gioacchino Rossini en 1816. En él insistiría Verdi, que también utilizó a Falstaff, ambas obras maestras, y Macbeth. Otelo y Falstaff son las dos últimas óperas de Verdi, ya octogenario, y la despedida es su única ópera cómica, un broche de comedia a una producción trágica. El siglo XX alumbró el brillante Sueño de una noche de verano de Britten.


Más allá de la ópera destacamos el ballet Romeo y Julieta de Prokofiev, un hito de la historia de la música. Resuena en la memoria la muerte de Tibaldo con vertiginosos violines y quince golpes de timbal: uno de los momentos más impactantes de toda la música. Shostakovich, el otro gran compositor ruso, escribió la banda sonora de la película Hamlet basada en Shakespeare. En la música orquestal, destaca el Macbeth de Richard Strauss, también Berlioz y Tchaikovski trataron el tema de los amantes veroneses. Bernstein escribió el musical convertido en famosa película West side Story, basado en el enfrentamiento entre capuletos y montescos pero trasladado a Nueva York. Stravinsky nos dejó Three Songs from William Shakespeare. Y Mendelssohn, escribió El sueño de una noche de verano cuya marcha nupcial, basta que sea tarareada, despierta el ansia de lanzar arroz y pétalos. La influencia de Shakespeare se ha dejado sentir hasta The Beatles, Elvis Costello, Bob Dylan y The Smiths. Ya lo dejó escrito en El mercader de Venecia: «el hombre que no tiene música en sí, ni se emociona con la armonía de los dulces sonidos es apto para las traiciones, las estratagemas, las malignidades… No os fiéis jamás de un hombre así. Escuchad la música».

Alfonso Salazar, junio 2016

domingo, 12 de junio de 2016

GOTAS DE SICILIA

Gotas de Sicilia
Andrea Camilleri
Gallo Nero, 2016

LEER EN LOS DIABLOS AZULES


Hay escritores conocidos por sus criaturas literarias. Vázquez Montalbán irá por siempre unido al nombre de Carvalho, como Miguel de Cervantes lo está a Quijote y Sancho o Conan Doyle a Sherlock. Apasionantes binomios, trinomios. También hay criaturas que devoraron a sus padres, como Pinoccio, Alicia o Frankenstein. En todo caso, el éxito de un personaje si no termina por oscurecer a su autor, pone en umbría el resto de su producción, y por extensión sus fuentes, sus trabajos experimentales, sus caminos menos conocidos. La poesía de Stevenson o de Nabokov caen bajo la sombra del Doctor Jekyll, John Silver y Lolita. Por eso, aunque Andrea Camilleri nos dio a Montalbano, hay más literatura, y mucha más Sicilia, más allá de Montalbano. Gotas de Sicilia es un librito publicado por Gallo Nero, en arriesgada y exitosa traducción de David Paradela, que ha sido recientemente publicado en la colección piccola.


Nacido en Porto Empedocle, 1925 (es decir, entrando en la décima década de vida), Camilleri forma parte de una maravillosa generación de escritores sicilianos. Con él forman una tríada asombrosa el enorme Leonardo Sciascia (1921-1989) y el sorprendente Gesualdo Bufalino (1920-1996). Camilleri practica una pasión casi prohibida, a la que muchos novelistas ponen mala cara: participar de la novela de género, practicar la saga continuada que fideliza lectores. Por eso no emplea el bisturí de Sciascia ni el vuelo majestuoso de Bufalino. Con ese fin creó a Montalbano -nombre de comisario que debe su nombre, valga su redundancia, al maestro Manuel Vázquez Montalbán-, un tipo que vive entre Vigàta y Montelusa, ficticias denominaciones del propio Porto Empedocle y Agrigento, quizá Ragusa. Estas novelas suceden en una cercana época, con móviles, ordenadores, televisiones locales; pero sí, y siempre, en amables trattorias con suculentos menús, personajes con reservado acento siciliano, cordiales cafés de media tarde y señores oscuros que dirigen el tejemaneje de la política y la realidad social.

Camilleri debe su fama a las aventuras de Montalbano y sobre todo desde que la RAI las llevó a la televisión, cosa que sucede casi anualmente desde 1999, pero tiene predilección por los ires y venires de un Sur que finalmente tomó el tren de la modernidad. Camilleri celebra Sicilia en varios libros memorables donde recoge el choque del progreso con la isla secularmente atrasada, sometida con toda naturalidad a la Mafia. En España se ha publicado parte de ese universo siciliano como La Pensión Eva o El Movimiento del Caballo, y su muy merecida, reconocida y deliciosa La concesión del teléfono.

Gotas de Sicilia fue publicado en Italia, originalmente, en 2001 como una breve colección de relatos que habían ido apareciendo en diversos medios en la década anterior. En ella Camilleri presenta cuentos y argumentos, concebidos algunos en los albores de la literatura camilleriana. Ahora, la publicación de Gallo Nero nos recobra al Camilleri brillante que cosecha Sicilia.

La colección es tan variada como deliciosa. Comienza con un discurso siciliano, sobre el que el traductor David Paradela trata en la nota final, inevitablemente. Ha afrontado el reto de traducir esa mixtura de dialecto e italiano que muestra el monólogo titulado El tío Cola, «pirsona limpia», donde el autor rememora, jura que es verídico, el discurso en confianza de un jefe mafioso (Nicola «Nick» Gentile), un tipo cuya vida recuerda a la de Lucky Luciano, pues como este volvió de EEUU a Italia para ayudar a las tropas norteamericanas en su desembarco siciliano y colaboró en la Operación Husky. Resaltamos la gran creación del traductor, el esfuerzo cristalizado en un parlamento vivaz y lustroso.

Le sigue un relato donde se rememora la infancia en Sicilia y el descubrimiento de la literatura en casa de uzz´Arfredo, un relato trabajado desde la sinceridad y donde se vive el homenaje a los grandes novelistas –Conrad, Maupassant, Melville, Flaubert, Dumas- que aguardaban a los adolescentes en las bibliotecas de sus mayores y que son la herencia recibida por el propio Camilleri.

El vino gusta a san Caló es una parte revisada de una novela de 1978 (El curso de la cosas) y un fresquísimo panorama de la devoción sureña y el difícil encaje de tradición y religiosidad, tan propio del Mediterráneo. Para muchas personas del norte esa convivencia entre costumbre pagana y religiosidad, plasmado sobre todo en las romerías, las procesiones de patrones, y por supuesto en la Semana Santa, es un hermético misterio o una chifladura. Pero quienes vivimos el Sur sabemos que es perfectamente compatible ser del Betis, concejal comunista y cofrade de la Macarena, en una suerte de conjunción ideológica que tiene mucho de alineación planetaria. Esta confluencia, muestra bien Camilleri, no solo puede generar una justificada extrañeza en el juicio del foráneo, sino que exige un continuo equilibrio y desequilibrio entre la religión formal y litúrgica, vertical y correcta, de la Iglesia Católica y el acervo pagano, callejero, social, colectivo y jaranero de la celebración popular. Uno lee el relato y puede sustituir a san Calogero por la virgen del Rocío o por cualquier cristo de la Andalucía subbética, interior y mítica.

Los primeros comicios es otra parábola sobre la fortaleza de las imágenes religiosas, y cómo un cristo hizo que la candidatura comunista ganase las elecciones en el pueblo de Camilleri en el año 1947. Un ejemplo más de la línea abierta por el anterior relato donde los aparentes choques culturales son balanceos armoniosos, muy alejados del mundo partido en dos y del tono anticomunista de los relatos de Guareschi que protagonizaron Don Camilo y el alcalde Peppone.

La tendencia de Borges a la falsa biografía, a la investigación de hechos fantásticos o irrelevantes con la aplicación de las más depuradas y científicas técnicas parecen apadrinar la Hipótesis sobre la desaparición de Antonio Patò, relato que fecundaría el libro La desaparición de Antonio Patò (Mondadori, 2000). Camilleri cita por segunda vez a Sciascia y trata un hecho intrascendente con la seriedad de un historiador para, cómicamente, deshacerse de las explicaciones más sencillas y dejar arrinconada la navaja de Ockam. De nuevo Viernes Santo, de nuevo la expresión popular preñada de afanes aparentemente religiosos deviene en asuntos más terrenales que divinos. Fascinante la explicación de la arquitectura teatral, su sagaz vinculación con Escher y la escalera de Penrose.

El sencillo microcuento El sombrero y la boina es de un nítido simbolismo que insiste en la resignación y entrega de los serviles hacia los poderosos, como sucede ante los bancos y la Mafia, y finalmente, Andanzas de un lunario presenta las vicisitudes de la prensa tradicionalista y antropológica de la época fascista, de cómo el Almanacco per il popolo siciliano derivó en el Lunario siciliano «periódico literario atento a los valores y las aportaciones isleñas». No exento de cierto humor y guasa Camilleri entrelaza el espíritu de toda la colección de relatos, de estas gotas sicilianas, en una frase que hace manifiesto el contraste norte-sur que ha inspirado la muestra: «Es hora de repudiar la mitología del Norte que redime al Sur», aforismo apuntado al hilo de la propuesta del periodista Telesio Interlandi (quien posteriormente «caería en la aberración antisemita») de que los italianos le den la vuelta al mapa, queden los Alpes en la base y tenga por cielo el Mediterráneo. Esto es, arriba Sicilia.

Alfonso Salazar

sábado, 4 de junio de 2016

LA NUEVA LUCHA DE CLASES

La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror.
Slavoj Žižek
Anagrama, 2016


Žižek ha sentado a Europa frente a sí misma y la ha zarandeado. Parece que la presencia de miles de personas apiñadas más allá de sus fronteras no ha sido suficiente aviso, parece que los atentados islamofascistas que irrumpen en los espacios de cotidianeidad europea, en la placentera vida corriente de algunos europeos, no es bastante. Acierta el filósofo esloveno en la apertura de La nueva lucha de clases -subtitulado «Los refugiados y el terror» y editado por Anagrama recientemente- cuando parte de las conocidas cinco fases del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. La Unión Europea persiste entre la segunda y la cuarta fase, según qué países, según qué ministros, políticos, medios de comunicación o sesudos tertulianos escuchemos. Hay europeos que siguen entre la ira y el miedo, hay otros que prefieren negociar, aunque sea a costa de engordar las arcas turcas que a su vez servirán para luchar contra los kurdos, que luchan contra el DAESH, que es uno de los motivos fundamentales del éxodo sirio, y vuelta a empezar. Algunos han entrado en depresión y no encuentran salida. Muy pocos alcanzan el estadio de la aceptación y resuelven que deben mirar, observar, trazar planes, puentes, salidas. Žižek está entre esos últimos, aquellos que ya han pasado -o se saltaron- las fases de negación del problema, la declaración de ira del racismo, la negociación sin camino y la depresión exánime.


El inmovilismo europeo no reside solo en los intereses ciertos del establishment que encuentra en la explotación del próximo y medio Oriente un negocio más, ni en el miedo y parálisis de los movimientos antiinmigratorios que amenazan con encaramarse al poder, sobre todo, en los países septentrionales. El inmovilismo no es fruto de los discursos populistas de esa derecha que emplaza a las clases populares europeas a una ilusoria lucha contra el inmigrante que ocupa sus imaginarios puestos de trabajo, sus imaginarios recursos públicos educativos y sanitarios, su imaginario lugar en la escala social de su imaginaria nación. El inmovilismo europeo reside también en el equivocado análisis que realiza la izquierda europea, que se escuda en las prácticas solidarias para calmar sus conciencias y se autoflagela con el látigo del legado europeo de igualdad y libertad.

Žižek enumera diversos tabúes que esta izquierda debe superar: empezando por la idea de que el Islam sea una resistencia eficaz al capitalismo, pues basta echar un vistazo a la muy adelantada adaptación de los países del Golfo al capitalismo, sintonizado perfectamente con el Islam. Sigue con el tabú la extendida idea progresista de que “todo enemigo es alguien con una historia que no hemos escuchado”, con el mantra de que el emancipador legado europeo es imperialista, racista, que la defensa del modo de vida europeo es protofascista. Sin embargo, es desde ese mismo legado desde donde se puede hacer la crítica: hermosa paradoja. Son los laicos izquierdistas quienes terminan tolerando a los extremistas católicos y musulmanes. Žižek avisa: no debemos confundir la crítica al Islam con la islamofobia, como no debe confundirse el respeto a la libertad religiosa con la permisividad de la presencia religiosa en la vida pública hasta el punto de que condicione las decisiones que nos afectan a todos y el Islam puede ser respetuoso con la creencia privada pero es nada tolerante con la manifestación pública disidente. La historia europea es una historia de liberación de la sociedad civil del peso judeocristiano en la cultura y la vida pública. La Ilustración, aunque Žižek no lo diga, fue el punto de partida de un laicismo que durante dos siglos ha forjado la conciencia de Europa. La misma conciencia que ahora le lleva a un círculo vicioso y relativista.

Tal y como los fundamentalistas no se toleran entre ellos, islamofobia y eurofobia son las dos caras de la misma moneda, en el teatro de las potencias enfrentadas la lucha no va en serio. USA y Rusia no hacen lo que dicen que deben hacer, como no lo hacen turcos, saudíes, israelíes… Hay tantas divisiones dentro del Islam militante y fanático entre suníes y chiíes como los hay entre las potencias del otro lado del choque de civilizaciones. Hay un reparto de intereses que ocasiona que un exiguo ejército en una franja del mundo esencialmente desértica, rodeada de ejércitos curtidos y voluminosos, resista sin problema. Hay algo de pantomima, de sospecha.

En La nueva lucha de clases, Žižek se explica con meridiana claridad. Expone con sencillez el efecto del capitalismo global y del neocolonialismo económico y sus efectos en los países africanos y asiáticos, la irrupción de nuevos modelos de explotación que tanto se parecen a los modelos esclavistas y que recorren todo el mundo del capitalismo global desde Shanghái a Dubái, pasando por ciertos barrios y polígonos industriales del primer mundo.

El éxodo de refugiados hacia Europa tiene mucho que ver con el deseo de una vida mejor. Toda esperanza de mejorar de vida tiene sentido en la lucha de clases. Ante un mundo cambiante, donde las grandes migraciones parecen su futuro, en un planeta donde los nuevos climas, la escasez de agua y de energía puede ser su hábitat, cabe preguntarse si el capitalismo es el hecho de naturaleza humana que nos dicen que es o no se trata de un modelo de reproducción indefinida. Habla Žižek de cuatro grandes antagonismos: la amenaza de la catástrofe ecológica, el fracaso de la propiedad privada (que excluye el “capital cognitivo” y la infraestructura compartida), los nuevos descubrimientos biogenéticos y las nuevas formas de apartheid –nuevas esclavitudes en suburbios-. En definitiva, la brecha entre Excluidos e Incluidos, brecha que puede abrirse sin fondo con la profundización en la privatización de la sustancia compartida de nuestro ser social, camino de la autodestrucción.

Un antiguo dicho hopi dice: «Nosotros somos aquellos a los que estábamos esperando». Para Žižek es la respuesta adecuada para los intelectuales de izquierda que esperan un nuevo agente revolucionario externo (un desastre ecológico que despierte a las multitudes), pero esa esperanza no es una señal divina del destino marcada en la izquierda, sino la constatación de que no va a venir nadie a hacer el trabajo que nos compete. El texto de Žižek analiza una escena en movimiento: el deseo emancipador que hace un año recorría Europa y refería la lucha de clases insistía en la solidaridad global con los explotados y oprimidos, de dentro y de fuera. Ese discurso ha sido suplantado por una cuestión liberal-cultural de tolerancia y solidaridad, de comprensión de culturas diferentes, de temor paranoico y de lucha contra el terror en un «espíritu permanente de emergencia». Al final las víctimas de los ataques terroristas serán los refugiados y los vencedores los partidarios de la guerra total: los racistas antiinmigración europeos y su reverso islamofascista.

Alfonso Salazar

viernes, 6 de mayo de 2016

YO SOY MÁS DE SERIES

Yo soy más de series
AAVV
Esdrújula 2016

LEER EN LOS DIABLOS AZULES



Uno de los autores de este recopilación reflexiona sobre la ficción televisiva, que aporta una apertura de miras en el arte de contar de la que carecíamos. En los últimos cuarenta años, la nueva narrativa ha escalado en calidad, ha convencido a los grandes estudios y ha propuesto una reflexión sobre el fenómeno.

Decía Julio Cortázar que mientras el cuento puede compararse con la fotografía, la novela se emparejaría con el largometraje. Los cuentistas, decía el más parisino de los habitantes de Banfield, escogen un suceso que actúe en el lector como un fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad; y lo trabajan en escasez de tiempo, con profundidad. El novelista divaga por los personajes, y es al final preso de sus propias elecciones, esclavo de sus personajes y del armazón de verosimilitud que él mismo ha creado. Una imagen captada por un Cartier-Bresson, decía, explota, agita un campo más amplio que el reducido ángulo que abarca la cámara. El largometraje es un orden abierto, capta una realidad más amplia, multiforme desarrollando elementos parciales, acumulativos. El personaje es fundamental en la novela, añadiríamos, mientras en el cuento prevalece el hecho, sometido a alta presión.

Pero Cortázar no conocía (los apuntes que utilizamos se publicaron en La Habana en 1970), el fenómeno de la serie televisiva. En los últimos cuarenta años, la serie de televisión ha escalado en calidad, ha convencido a los grandes estudios y envalentonado a las cadenas, ha absorbido a las estrellas del star system y ha propuesto una reflexión sobre el fenómeno. El libro Yo soy más de series, publicado por Esdrújula Ediciones, es un compendio de sesenta textos de otros tantos autores, coordinados por Fernando Ángel Moreno y Víctor Miguel Gallardo, que presentan un fresco del mundo de la ficción televisiva de las últimas décadas. El prólogo es del sutil Jorge Carrión, que tanto nos ha enseñado sobre el mundo de la serie con su fundacional Teleshakespeare de hace un lustro.

La selección agrupa 60 títulos que van desde alguna serie procedimental de los sesenta a los fenómenos transmedia más recientes. La clasificación, decisión necesaria, ubica los textos de manera genérica —drama, género negro, comedia, fantasía, género histórico— pero establece en algunas notas a pie de página un diálogo que los coordinadores han sabido captar entre los distintos textos recibidos, como un coloquio de generación que subyace entre los invitados.

La serie televisiva no es un fenómeno reciente, pero sí lo es que sea tratada como objeto de estudio y reflexión. Algunas voces eruditas, que siempre pondrán en solfa el interés más popular, las tratan con desdén e ignoran que todo fenómeno artístico, en esta era que vivimos, no será ajeno a las verdades y las mentiras, las pasiones y las desgracias, ni se sustrae a la época del gran capital, sino que todos conviven, muestran el presente, diseñan el futuro y con mayor o menor fortuna pretenden ser arte que emocione, con un discurso emotivo e inteligente. Ni más ni menos que los empeños que señalaba Cortázar. Quien no vea esa proyección de inteligencia y sensibilidad en Bands of brothers, A dos metros bajo tierra, The wire o Breaking bad, padece de privación del sentido o vive de epifanías artísticas que le llevan a un lugar que casi ninguno de nosotros frecuentamos.

Desde nuestro punto de vista, hay tres tipos básicos de series. En primer lugar, las miniseries, que no dejan de ser largometrajes muy largos. No son de las que abundan en Yo soy más de series, pero podríamos poner como ejemplo el Yo, Claudio de la BBC basado en los libros de Robert Graves.

Le siguen las series procedimentales, aquellas que reproducen un caso por episodio, casi siempre de la misma manera, hijas del folletín y de la novela de kiosko. Puede que una trama superior atraviese cada una de las diversas temporadas pero basadas en el personaje —o en el grupo de personajes— reproducen esquemas de uno a otro episodio, convenciendo al espectador de una repetición ritual, siempre la misma pero siempre nueva, y que a veces se permite experimentos y dobles capítulos. Pensemos en House, en El príncipe de Bel Air, en Canción Triste de Hill Street o Expediente X, algunas de las que ustedes pueden encontrar en el libro. Este modelo es un recurso cómodo para la serie cómica, de escasa media hora y personajes planos.

En tercer lugar, los dramas seriales, los hermanos mayores de los culebrones, las series de tramas largas que familiarizan al espectador con unos personajes a quienes llegan a conocer mejor que al vecino de al lado —aunque conocer personajes es el fundamento de las series de televisión—. En los grandes dramas seriales, las temporadas se multiplican, los cliffhangers (mecanismo de guion que sirve para crear suspense) se reproducen fractalmente: mantienen el interés antes del corte publicitario, de un episodio a otro, de una temporada a otra. Los grandes dramas seriales —piense en Juego de tronos, en Los Soprano, House of cards— alargan tramas hasta la extenuación, tiran del espectador, lo absorben.

Han aparecido subgéneros: el spin off (utilizar a un personaje secundario como centro de otra narración), que puede tomar carácter de serie alternativa: pensemos en Cheers y Frasier; o de secuela/precuela (Better call Saul y Breaking bad), y los casos de miniseries, que cuando fusionan con los dramas seriales eclosionan en las series-antología, donde cada temporada es una serie en sí, en un espacio, tiempo o tema que vincula a unas temporadas con otras. Son un fenómeno tan reciente que en algún caso deberán esperar a una segunda edición de este libro: están True detective o Fargo, pero lo fundó —de alguna manera— David Simon con The wire.

Yo soy más de series viene a cumplir con la realidad. Las series de televisión son cumbre de la creación audiovisual del cambio de siglo. Se hicieron un hueco en el imaginario colectivo a partir de los años sesenta y han avanzado hasta copar gran parte del consumo cultural. Se nutren del cine clásico y de la literatura. La serie como objeto de estudio nos aporta una apertura de miras en el arte de contar de la que carecíamos en los tiempos en que Cortázar planteó aquella comparación. Por eso habría que preguntarse qué habría dicho Julio, con quién habría comparado este fenómeno que tanto abunda en el personaje y su comportamiento. Arriesgando, podríamos decir que siguiendo aquella comparación la fotografía ha ocupado el lugar del poderoso microrrelato y del aforismo, el cuento el del largometraje, y la novela el de la serie televisiva. El prodigio nos ha planteado un nuevo acontecimiento creativo: la serie inconclusa, aquella que es cancelada por su productor y que deja al creador sin más que poder decir y al lector sin más que disfrutar. Son nuevas obras inacabadas pero elevadas en su categoría artística, obras por las que los laicos enfermos de serie rezamos: porque algún día algún productor se apiade y nos muestre el final de Deadwood. Los mismos que pedimos que Yo soy más de series tenga segunda temporada y no se cancele.

*Alfonso Salazar ha participado en el libro Yo soy más de series y presenta el programa de radio en internet La vida en serie.

jueves, 21 de abril de 2016

LAS CAUSAS, de Jorge Luis Borges

Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.

(Historia de la noche)

viernes, 25 de marzo de 2016

EL ESTABLISHMENT: OCHO APELLIDOS BRITÁNICOS

El establishment
Owen Jones
Seix Barral, 2016

LEER EN LOS DIABLOS AZULES



Owen Jones nos sorprendió con Chavs: la demonización de la clase obrera (Capitán Swing, 2012) un concienciado análisis sobre qué ocurrió en Gran Bretaña para que el término clase quedase deshonrado y los nietos de los orgullosos obreros de la posguerra sean hoy objeto de burdos chistes. Jones se preguntaba por qué los miembros de la clase trabajadora se consideraban a sí mismos clase media e investigaba cómo el thatcherismo y el neolaborismo demolieron el empaque del sindicalismo, redujeron progresivamente la intervención estatal y desmontaron el Estado de todos en favor de un Estado para pocos.Lo hizo con números, datos, nombres, estadísticas.


Pero el comentarista británico había olido sangre cuando terminó Chavs: se atisbaba la élite, los aparatos ideológicos, los mitómanos del mérito individual, la oligarquía financiera y política que estimula la desigualdad social, como una nata agriada de la sociedad. Por eso llegó hace pocos meses a las librerías la traducción de Javier Calvo de The Establishment: And how they get away with it, en nuestro país bajo el título El Establishment. La casta al desnudo, editado por Seix Barral, con un subtítulo que es, sin duda, un lance oportunista. El Establishment es despedazado, desmenuzado para analizar sus trazas, sus componentes indispensables. No se confunda: no es una nueva teoría conspiranoica. Este Establishment tiene cara, nombre, opinión e historia. Es de carne y hueso, con la cuenta corriente repleta y unos objetivos claros. No es una liga de supervillanos, sino un sistema donde pueden sentarse juntos el decente y el psicópata. Por eso el asunto no está en la medida moral, sino en la posición de privilegio.

El Establishment británico se compone de una triunfante pléyade: los pioneros fueron aquellos que Jones denomina “escuderos”, intelectuales que hace cuarenta años defendían teorías sociopolíticas que se consideraban descabelladas, liberales nostálgicos que obviaban los efectos del laissez faire en la economía de los años 30. Agrupados en los think thank de la derecha, y a pesar del clima hostil, lograron el gran asalto con la crisis de los años 70: los think thank habían allanado el camino y las ideas promercado libre thatcheristas que se presentaban como las más sólidas y apropiadas para dar triunfo al político de turno. El antiguo Establishment de posguerra se tambaleaba, el marco de las finanzas internacionales fue desmantelado, junto con los acuerdos de Bretton Woods, en 1971. A partir de entonces ideas que podrían parecer lunáticas años atrás, se convertían en preceptos inevitables: mercado libre, dividendos en los servicios públicos, gestión privada como solución inmejorable, el efecto benéfico de las puertas giratorias, la voladura del sindicalismo , recorte de impuestos a las capas más ricas de la sociedad, fomento del temor a la huida del dinero de los poderosos a la vez que se eliminan los controles de capitales, la construcción de vivienda pública como anatema, la erosión de las barreras entre intereses privados y el Estado, esquizofrenia de monopolismo y competencia.

Junto a estos zapadores que allanaron el camino en connivencia con medios de comunicación, régimen político y las más fuertes corporaciones, está lo que Jones denomina “el cártel de Westiminster”. Sí, en sede parlamentaria se legisla a favor y los políticos invierten en su futuro. Sus señorías despotrican sobre el exceso de gasto público, exageran la existencia de humildes defraudadores de las ayudas públicas, pero son ellos los máximos beneficiarios de las mismas, y además se empeñan en la minoración de los tramos de impuesto a los más ricos y a las corporaciones poderosas, aunque sean conscientes de que son los que menos pagan y que nunca satisfacen lo que realmente deben. Al fin y al cabo, en esas corporaciones está su futuro laboral.

En 2002 Margaret Thatcher dijo que el laborismo de Blair mantenía saludablemente la llama de las políticas que ella misma había impuesto al país, como un credo salvador: una política contaminada por la gran empresa, las altas finanzas, los lobbys y las consultoras especializadas en posibilitar el fraude y el servilismo ante las riquísimas dictaduras petroleras.

Junto al cártel, los medios de comunicación como el más poderoso lobby del Establishment, incluida la BBC: aquí resaltan esa imagen mugrienta de la amistad y componenda entre Blair y Murdoch, y el nunca aclarado asunto de las escuchas telefónicas de News of the world. Le sigue la policía, antiguo sostén, ahora defenestrada por el propio Establishment, cumplido el servicio y domeñada la masa a través del mantra. Una policía que en Gran Bretaña siempre fue considerada parte del pueblo, no del Gobierno, y que fue crucial en la aniquilación del sindicalismo, la satanización de la protesta callejera y la huelga.

Se retrata a los amos de la City y los magnates defraudadores, las grandes corporaciones que gorronean al Estado. “El mercado libre que tanto le gusta al Establishment es una fantasía”, dice Owen Jones. En Gran Bretaña florece el socialismo, pero un socialismo solo para ricos y empresas. El sector privado quiere reducir el Estado, pero el capitalismo depende del estatalismo, de las infraestructuras viales y ferroviarias pagadas por todos los ciudadanos y que ejecutan las grandes corporaciones, muchas veces subsidiadas directamente, del desgravamen público, los gastos en formación de trabajadores a través de la Educación pública, la Universidad o los cursos de formación. O la “madre de todos los subsidios”: la salvación del sector financiero sufragada por el contribuyente. No fue el dogmatismo mercantilista el que acudió en rescate de los bancos: fue el Estado. Las clases humildes deben obedecer las reglas del capitalismo más despiadado, pero los bancos y las clases altas, no. Eso fue el rescate: “si sale cara, gano yo. Si sale cruz, pierdes tú”, como declara un director de la unión bancaria a Jones.

Por el libro pasan caras y nombres, retratos de la City, Wetsminster, el Strand... pero son tipos reconocibles. Aquí tienen otros apellidos: Rato, Fabra, Pujol, Granados, Díaz Ferrán, Blesa, Guerrero, Bárcenas. Ocho apellidos españoles.

Alfonso Salazar

miércoles, 23 de marzo de 2016

GATOS CALLEJEROS (canción)

Una medida incómoda del repente,
ni tanto tiempo como para acostumbrarnos,
ni tan poco tiempo como para sorprendernos.
Hemos visto morir tantos sauces
bajo los sueños locos de los arquitectos.

Entre las ruinas del centro comercial
¿a dónde van a morir los gatos callejeros?

A la vida se viene sin estar enseñado
el manual de instrucciones es un libro cerrado.
Canta el más irresponsable
de tus hijos mayores,
también el más pequeño.
Son las cosas que tienen los sueños.
Frescas noches de verano,
cálidos días de invierno.

Cuando sea sereno.

¿a dónde van a morir los gatos callejeros?

Alfonso Salazar, marzo 2016