lunes, 15 de agosto de 2022
domingo, 27 de diciembre de 2020
De Hafsa bint al Hayy, al-Rakuniyya
un amor de felonía.
Mis plañideras a sueldo
te llorarán por mí en el ocaso.
No me delatará mi garganta ya muerta,
ni podrá pronunciar nunca más tu nombre.
Las cantoras desmayarán las casidas
que bajo falso nombre te he escrito.
Enmohecidos laúdes se pudrirán de abandono
tras las celosía de los patios.
El ruiseñor de nuestros encuentros
será atravesado por flecha de mi ballesta.
Sólo la almohada de azahares
conocerá el amortiguado llanto
y la expiación de mi orgullo.
Quien te cantó entre los granados
es hoy mujer de zarza y ortiga,
por sus pezones rezuma
leche cuajada de adormidera.
¡Ay, qué muerte tan cuitada me diste!
¿Qué será de mí en las auroras
sin la brasa de tu piel
en el sepulcro frío mi lecho?
Por vestirme de luto me amenazan
por un amado que me han muerto con la espada.
¡Qué Dios tenga clemencia con quien sea
liberal con sus lágrimas,
o con quien llore por aquél que mataron sus rivales,
y que las nubes de la tarde,
con generosidad como la suya,
rieguen las tierras donde quiera que se vaya!
sábado, 26 de diciembre de 2020
INFINITO
INSOMNIO, de Gerardo Diego
Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo,
y tú, inocente, duermes bajo el cielo.
Tú por tu sueño, y por el mar las naves.
En cárceles de espacio, aéreas llaves
te me encierran, recluyen, roban. Hielo,
cristal de aire en mil hojas. No. No hay vuelo
que alce hasta ti las alas de mis aves.
cauce fiel de abandono, línea pura,
tan cerca de mis brazos maniatados.
yo, insomne, loco, en los acantilados,
las naves por el mar, tú por tu sueño.
miércoles, 16 de diciembre de 2020
DIARIO DE ABORDO DEL ESPECTÁCULO
El presente trabajo es fruto de la observación entre los meses de marzo y julio 2020 de la evolución en el marco ejecutivo de las Artes Escénicas inmersas en una situación excepcional e inédita. Durante esos meses, profesionalmente, tuvimos la oportunidad de estar en primera línea de la producción cultural en tiempos de pandemia, observando los cambios que se produjeron en las organizaciones, las modificaciones de las normativas y las reacciones del público entre otros muchos aspectos.
LEER EN www.olvidosdegranada.es
domingo, 13 de diciembre de 2020
Diálogos desde la prehistoria
Hay libros que cumplen otro doble papel, más allá del doble efecto, el neófito en el asunto, el seguidor de Millás que nada sabe de los arsuagas sapiens que hay por el mundo, disfrutará con esa prosa brillante, de fino espadachín, estilista de la idea, con sus ocurrencias en fin, con ese punto de vista puesto en el lugar más inesperado: esa cámara ingeniosa y prosística colocada donde el lector no la espera. Por otro lado, el aficionado a la divulgación de la paleontología –y de la antropología, incluso el estudioso— agradece el acercamiento, disfruta con esa sencilla manera de contar las grandes cosas. La divulgación bien hecha es un reto, y contar con dos homínidos como Arsuaga y Millás es un hito. A quien se le ocurriese acertó con la mezcla, como un cóctel inolvidable y trascendente: la pareja confiesa que fue una idea mutua: "―Tú y yo podríamos asociarnos para hablar de la vida; levantaríamos un gran relato sobre la existencia. ¿Lo hacemos? —dijo el escritor―. Lo hacemos —contestó el paleontólogo".
Hay misterios enormes, que pueden ser comentados con humildad y sencillez, con la larga mirada de la curiosidad que tan bien maneja Millás. La vida contada por un sapiens a un neandertal cuenta lo complejo de manera tan entendible que nos termina por parecer imposible que la vida resulte un arcano, pero como toda historia bien contada, como toda ciencia bien mostrada, deja los marmolillos bien señalados: las explicaciones son solo fotos fijas de una película en movimiento, la de la evolución humana, y el sabio sapiens muestra sus dudas tal y como el aprendiz neandertal anota la relatividad.
Cada capítulo se abre con el personaje Millás ―neandertal convencido, pero que se ofrece como animal homínido de laboratorio― en su mundo ordinario, dispuesto a lanzarse a la aventura paleontológica que el sabio ―irremediablemente sapiens, siempre tan ocupado― le ofrecerá ya sea en una visita a un museo, en una caminata por la sierra, en un banco de un parque, una incursión en una juguetería o el paseo por un mercado. Porque toda la evolución humana está ahí: en el objeto más común, y en el vestigio más insólito; en el lugar más insólito y en el paraje más común.
Uno se va acercando al final con la esperanza de que existan conversaciones futuras ―hay una promesa al final, un rayito de esperanza para la divulgación más divertida― entre ese sapiens determinadamente sapiens y ese otro neandertal que tan neandertalmente nos cuenta la historia de la Humanidad. Gracias, sabios.
Alfonso Salazar
miércoles, 9 de diciembre de 2020
La demolición del centro
La Voz de Granada, 11 de diciembre 2020
Como si fuese una gran metáfora, el centro urbano de Granada ha sido este otoño un gran decorado sin personajes, un plató vacío, una demolición de comercio y hostelería. Digo metáfora, porque de la misma manera el centro político granadino camino va de convertirse en un solar, en un desierto, un lugar no lugar, donde si alguien transita no es para quedarse.
Esa cuestión del centro político ha sido una pieza codiciada
en la política española desde la caída al vacío de Suárez. Por entonces, los
dos partidos mayoritarios despedazaron el centro y mantuvieron con pulso la
zona de nadie. Excepto la posición de los partidos periféricos (sí, los
nacionalistas: PNV, aquella CiU...) que siempre remaron para ambas corrientes y
negociaban lo mismo con su izquierda que con su derecha. Los inventos del
centro salían rana: Roca i Junyent, Suárez redivivo, UPyD... Hasta que el
retoño Rivera se hizo mayor y la fiebre naranja se extendió por el país, y
aquellos que habían buscado refugio a izquierda y derecha, o aquellos que no
eran ni profetas ni salvadores en su partido, se agruparon bajo la bandera del
centro y marcharon todos juntos a la Plaza del carmen, a San Telmo y a la
Carrera de San Jerónimo. Y sobre todo, al Palau del Parlament de Catalunya,
porque ese centro surgió de la periferia donde nadie se entiende para tomar el
país que no entiende nadie.
Cuando le fue propuesto a Rivera alcanzar la Moncloa
(aquella vez, recuerden, en que contaba con tantos diputados) y pudo apoyarse
en el PSOE para ser un vicepresidente hasta el infinito y más allá, quiso tomar
la derecha al asalto. Prefirió ser presidente de la derecha que vicepresidente
de un país. Ese es el problema del centro, que se suele tragar la derecha o la
derecha se les mete en el cuerpo y los posee.
Ahora estamos en esa involución. Ahora que las izquierdas
parecen entenderse, que incluso hablan con quien hasta hace bien poco queríamos
(todos) que se pudiera hablar -habla, pueblo, habla: porque son aquellos a
quienes pedíamos que enfundasen el jaleo a los pistoleros y enarbolasen la
virtud de la palabra en el templo democrático-, es ahora cuando la derecha, que
piensa que ha perdido dos brazos y solo mantiene una cabeza, recluta a los
resistentes diputados de la aldea centrista, corteja a los consejeros imprescindibles
de las comunidades, galantea con los alcaldes y ediles de cuando molaba el
naranja.
Lo dijo Aznar, cuando vio que su legado monolítico, que
lindaba en el centro con el PSOE de centro, estaba «troceado en tres, y eso es
muy mala noticia»... Ahora que Ciudadanos puede convertirse en absoluta
derecha, también conocido como “centroderecha” en su casa a la hora de comer, ahora
que las coaliciones electorales se tornarán partidos unidos, ahora que los
partidos naranjas y verdes serán solo corrientes en el gran mar azul de la
derecha, hay que señalar que el centro es necesario para la salud democrática.
El retorno de VOX al tronco común es cuestión de tiempo: se
trata de un contrapeso ahora poderoso que hace que el PP no olvide que hay un
electorado que quiere trazo grueso, le gusta el brochazo de los mensajes
populistas y el bailoteo en el filo de la navaja democrática.
Mucho se le debe a Catalunya, a los rebeldes oportunistas, a
la desafección de la izquierda, capaz de convertirse en nacionalista por encima
de socialista. El diálogo es el camino, pero el diálogo no encuentra su momento
cuando se vive en campaña electoral y Catalunya está en continua campaña
electoral. A Catalunya se le debe también la eclosión del centro, el hallazgo
de Ciudadanos; quizá ese fue su losa: cargar con una bandera en vez de levantar
el europeísmo, rechazar el fascismo, encarnar el motor de la reconciliación.
Eso da votos, muchos votos a la larga, pero no es un rédito inmediato.
Así que, adiós al centro, adiós a las multitudes naranjas,
adiós a los alcaldes que pueden negociar con unos y con otros, adiós a la
derechita cobarde. Rebienvenidos al mundo del blanco o negro.
Alfonso Salazar
miércoles, 18 de noviembre de 2020
La caída, de Luisa Castro
y el mar gana un centímetro a la tierra
cada dos milenios,
horada el viento la roca
en cuatro siglos
y la lluvia,
también la lluvia se toma su tiempo para caer.
Sé paciente con mi corazón
que suspira por una obra duradera.
Como el viento,
como la lluvia,
también mi corazón
se toma su tiempo para caer.
martes, 10 de noviembre de 2020
Granada siglo XXII
La Voz de Granada, 10 de noviembre 2020
Comenzamos a corroborar que no se podía hacer frente al puente de octubre con cincuenta policías en la calle. Comenzamos a confirmar las sospechas de que la resaca de la fiesta nos ha traído muerte y una Sanidad superada por la maldita circunstancia. Suben los números de hospitalizados, la curva de otoño mira desde la cresta de su ola a la de primavera. Cuando llegue el mes de enero seremos menos granadinos, con familias doloridas, paro y daño. En la fiesta del puente de octubre uno se imagina al coronavirus haciendo botellón, bailando hasta morir, de casa en casa, de barbacoa en barbacoa. Qué divertidos fuimos. Que nos quiten lo bailao.
Comenzamos a tener la convicción de que el modelo de ciudad se lo lleva el viento. El cierre de la hostelería, la caída del turismo, el entorpecimiento de la vida lectiva, hace que esta heroica ciudad que vive al pairo del turismo y la juerga no soporte el envite: no nos salva la actividad esencial, porque Granada, con el tiempo, se ha convertido en algo poco esencial. Ni la vacuna nos salvará del agujero en que nos metimos hace mucho tiempo. El turismo, la hostelería, es una digna y necesaria industria, pero también, una flaqueza, pues crea poca riqueza añadida y se tambalea ante pandemias, amenazas terroristas y otras calamidades. Nadie puede saber qué depara el futuro en un mundo incierto, pero obtenemos convicciones.
Tenemos ya la convicción de que Granada no puede ser el pub de España, la mayor disco conocida, la Ibiza rodeada de tierra. Hay que levantar la ciudad desde su cimiento, construir una ciudad que no solo viva del turismo y de la población universitaria, una ciudad que se hace a sí misma, apuesta por la Ciencia, el Conocimiento, la Cultura, la Creatividad, la Energía alternativa. Ese proyecto, estuvo ahí: el PTS es una de las consecuencias de un sueño que no ha cuajado por entero; el acelerador de partículas y todo su andamiaje industrial es otro sueño que alcanzar; la ciudad europea de la Cultura es solo un hito en el camino, un camino que debe ser más largo; esta tierra debe ser punta de lanza en la energía renovable. Abran ideas, abran el foro. Siéntense: hablen, piensen cuál debe ser la Granada de los granadinos del siglo XXII.
Quizá debiera sustentarse en la infraestructura que ofrece el turismo, la hostelería y una Universidad fuerte y reconocida. Hay Sierra y hay Alhambra, hay Costa y hay centro histórico de sobra. Pero hay que aprender de los tropiezos, hay que pensar un mundo futuro donde existen amenazas: estamos aprendiendo, tenemos la convicción, podemos comprobar que el mundo ya no volverá a ser lo que fue y que Granada debe arremangarse. Estamos en el camino que conduce a un futuro mejor. Hay lunes optimistas.
Alfonso Salazar
martes, 13 de octubre de 2020
Divino tesoro
La Voz de Granada, 13 de octubre 2020
Desde no se sabe cuándo vivimos una contradicción antropológica: la opinión de los adultos respecto a la juventud. De la juventud bien se espera lo mejor -un perfeccionamiento de la especie optimistamente resuelto- o bien se le recrimina lo peor, en una suerte que mezcla envidia, rencor y escándalo. Abandonada la juventud –aunque en esta civilización hay tantos se aferran a la adolescencia, al espíritu que parece no crecer, que niega asumir su experiencia y los años-, se la mira con la extrañeza que se ve crecer a hijos y sobrinos, como esos elementos queridos que vienen a sustituirnos y concatenar esa larga fila de sucesión de genes en que nos encontramos. «Juventud, divino tesoro» dijo el divino Rubén con toda seriedad, pero el tiempo convirtió el verso en frase oportunista. Que los adultos recriminan costumbres a los jóvenes, que los padres discuten con los hijos sucedió mucho antes del rock, de la juventud desenfadada y de los pantalones por debajo de los calzoncillos. Es un lugar común la incomprensión entre generaciones: hay y siempre hubo jóvenes que se comportaron como viejos, incluso como sabios, y ancianos que se rebelaron frente a la cronología. Por eso es cuestión de mirada: ¿qué jóvenes son aquellos que no observan las esenciales normas de distancia social, no se colocan la mascarilla cuando toca ni se protegen los unos a los otros? No depende solamente de una edad biológica y mental, sino de unas costumbres sociales y una demanda comercial, de una educación y un descubrimiento del mundo.
Como si de la Fiesta de la primavera se tratase -aquel macrobotellón que se presentaba con aviso y sobreaviso pero siempre pillaba de improviso-, la llegada de estudiantes a Granada, la apertura del curso universitario parece que nos hubiese pillado por sorpresa. Habrá que ver qué adulto se coloca en el grupo de ‘es que van como locos’ o en el ‘ya me gustaría a mí tener tu edad’, que son, groseramente, las representaciones en chascarrillo de esa contradicción antropológica. ¿Pudieron darse soluciones? Sí, una instrucción pública sobre la pandemia que apenas se ha hecho. Quien más quien menos se salta a la torera normas y recomendaciones: hay quien solo la manifiesta de boquilla y siempre siempre se rebela ese negacionista que llevamos dentro. Hay quien lleva un negacionista pequeñito, apenas insurrecto, un negacionista con espíritu de sometido. Hay quien lleva consigo un negacionista bandido, un impetuoso rebelde que cree que a la norma se somete el cobarde y que a él nadie le dice lo que hay que hacer: «¿Me va a decir usted a mí lo que tengo yo que hacer?». Ese rebelde se cree liberal; se puede considerar a sí mismo hasta anarquista; se puede considerar hijo de un espíritu español rebelde, desobediente, alegre y vocinglero; puede considerarse símbolo del descreído y que lucha contra las conspiraciones, pero solamente tiene el ánimo del fascista, del egoísta, del miserable. Números cantan, más allá de la carroña que muchos medios de comunicación hacen de la noticia.
Que sea en la juventud donde abunden esos atrevidos e inconscientes quizá haya que medirlo más que presuponerlo. Y si estaba medido o presupuesto, debían haberse tomado decisiones con antelación. En eso se basa la política: en adelantarse al acontecimiento, en saber que los botellones venían, que la fiesta iba a estallar. Lo demás, números descontrolados, policías y vecinos hasta la coronilla, estadísticas alegremente jóvenes, criterios epidemiológicos en juerga sin fin.
Alfonso Salazar
viernes, 9 de octubre de 2020
Vida en casa
Jesús Ortega
Comares
Granada
2020
Cuenta Ortega que en julio de 2008 Pere Portabella intervino en la casa, en el marco de la exposición de arte contemporáneo Everstill/Siempretodavía comisariada por Hans Ulrich Obrist. 2008 sería la puerta de la crisis y de los desahucios que corrieron por España plasmando cómo la crisis la pagarían los menos afortunados. Portabella vació la casa de la Huerta de San Vicente, dejó exenta la casa y los enseres estuvieron un tiempo cuidadosamente celados en un guardamuebles. En ese momento, los asiduos visitantes descubrimos que Portabella desahució el museo y nos mostró la casa. Ante las paredes desnudas pudo el autor de La caja de la alegría sentir el valor del lugar antropológico, el cimiento de la familia, el espacio de la vida: la casa más allá de la vivienda. Por entonces Ortega comenzó el comisariado de una exposición sobre la Huerta que recuperó y agrupó la memoria fotográfica del lugar, una memoria fundada en las fotos de familia, de aficionado, y otras de mayor intención, documentalística, de personas que durante los años más oscuros cruzaron el umbral de la Huerta, máquina en mano, con la conciencia de llegar a un espacio sagrado para la literatura. De aquella exposición deriva este libro, una historia fundamental de la historia de Granada y de España, que recorre casi cien años de modificaciones, rupturas y asedios.
La Huerta de San Vicente fue una casa en el campo. El campo de Granada es vega fértil, hoy espantada y casi en desuso, que abría la ciudad a un mar verde. La conversación que hace cien años podía darse entre la ciudad y su vega, conectadas por un suave tránsito de la pequeña ciudad al vergel, despareció en los años del desarrollismo que levantó una muralla de hormigón separando para siempre esa íntima relación mantenida durante siglos: esa mirada desde la Torre de la Vela a los huertos y, viceversa, esa admiración del perfil de Granada desde la Vega. La familia García Lorca, una familia de origen y querencia campesina, sí pudo disfrutar de aquella comunión, y en los años veinte del siglo pasado adquirió una propiedad en la Vega que renombraron en homenaje a doña Vicenta, la matriarca familiar. Allí, cuando los García Lorca se asentaron en otras ciudades de España y Europa, volvía la familia para pasar los veranos: los veranos granadinos van del Corpus a la Patrona (el último domingo de septiembre) y agrupaban a la familia a partir de san Federico, 18 de julio. Aquellos veraneos de los años veinte y treinta son catalogados por Ortega dando cuenta, conforme al valor fotográfico y una concienzuda documentación, para poder reconstruir los años del lugar y la familia, el orden cronológico creativo de Federico García Lorca, la intimidad de las conversaciones por carta, las visitas de familiares y amigos, la vida bajo el emparrado. A partir del aciago 36, los asesinatos sufridos en la familia y el consiguiente exilio, la Huerta persistió, habitada por caseros, por familiares más o menos cercanos, que cuidaron del legado familiar, que custodiaron en voz baja la memoria de un poeta sin par, pero silenciado adecuadamente, que protegieron sus manuscritos llevados y traídos de un lugar a otro, escapando a la vengativa mirada de la autoridad.
La Huerta sufrió el asedio del desarrollismo, supo de la impiedad política que confundió progreso con destrucción y legó una ciudad diezmada, y se salvó, casi de milagro, en unas condiciones que no son las deseadas, cercada por los altos edificios, por los muros que la separan del rumor inquieto de la circunvalación, rodeada de un parque que no es vega sino un remedo desdibujado, nada más que una evocación del pasado, un parque urbano sin mayor mérito que alojar una casa que forma parte de nuestro orgullo. Y aún los granadinos deben quedar agradecidos de que la piqueta inmisericorde no acabase con ella como hizo con tantas otras huertas de alrededor que no tuvieron la suerte de poder argumentar ser parte de la literatura universal.
Aquel pedazo de terreno con tanta vida y demasiada muerte sobrevivió y si bien no cumplió los anhelos familiares ―que deseaban un lugar que acogiese los fondos familiares, un teatro donde ejecutar su obra, el papel que en la actualidad ha cubierto el Centro Federico García Lorca―, la Huerta ha quedado para nosotros como ese lugar donde queda museizada la vida de familia del poeta, la vida de una familia granadina. Casi todo rastro de Lorca ha sido borrado de la capital granadina ―queda su casa natal en el cercano pueblo de Fuentevaqueros y la casa familiar de Valderrubio como todos ustedes saben―, casi todo ha debido ser re-construido, re-inventado, por eso iniciativas como La caja de la alegría resultan imprescindibles. Bienvenida la recuperación de la memoria, bienvenida la reconciliación con nuestra historia y nuestros muertos.
Alfonso Salazar
domingo, 27 de septiembre de 2020
Genealogía, de Erika Martínez
mi madre, en la consulta,
sintió que le crujía
de pronto la cadera,
mi hermana la clavícula,
mi sobrina la tibia,
mi pobre prima la muñeca.
Les siguieron mis cuatro tías
y mis firmes abuelas,
con sus costillas y sus muelas,
con sus sorpresas respectivas.
Entre todas, aquel extraño día,
se repartieron
hueso por hueso
el esqueleto
que yo no me rompía.
Tan distinta compañía
Los autobuses pueden atestarse: los viajeros van, codo con codo, mascarilla contra mascarilla. Los aviones van de ciudad a ciudad, codo con codo, mascarilla contra mascarilla. Pero los cines, los teatros, exigen mascarillas, pero codos separados. ¿por qué no se trata por igual a los unos y a los otros? ¿Por qué la cultura y las artes escénicas mantienen un nivel de exigencia de aforo menor a los del transporte? No se trata sobre los negacionistas idiotas, los objetores que viven en el limbo. Quizá la pregunta es mucho más dura: solo se puede con los débiles. ¿Por qué se mantiene ese escaso cuidado en el transporte? Cultura y Artes Escénicas cumplen como la Educación y todas cumplen como debe cumplir el Ocio. Pero no debe confundirse, ya está bien, el ocio con la Cultura: quien lo confunde posiblemente ha vivido en uno y no ha disfrutado la otra. Por supuesto que la cultura puede entretener, pero la Cultura «da al ser humano la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el ser humano se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden». No lo digo yo, lo dice la Declaración de México de la UNESCO, uno de los pocos instrumentos que nos indican qué es Cultura y qué no. En ese ámbito definitorio se excluye el ocio por el ocio (sí, tan necesario, la cervecita en la terraza, el esparcimiento), porque no cumple los requisitos culturales: no existe una «cultura de la cerveza» en el sentido cultural, es una metáfora, como lo es la «cultura del pelotazo». Puede no ser importante: pero algo es muy probable, puede que en poco tiempo el teatro, la danza, la música en vivo, se extinga, y recordemos cuando vayamos ―en un futuro―, en autobús que algún día ―en el pasado―, fuimos al teatro.
Cuando uno asiste a actividades culturales, generalmente, nadie vocifera, nadie levanta la voz, nadie habla ―¿habla usted en el cine? ¿Grita usted en el teatro? ¿fuma usted en el museo?―, son cuestiones que suelen suceder en el ocio, en la industria del entretenimiento, en el deporte de masas, en las corridas de toros (¿cuánto aforo se admite para la anunciada corrida de la Patrona?). Todo ello, no es cultura, aunque nos empeñemos en demostrar que el toro es cultura o el fútbol es cultura. Los toros no nos hacen «racionales, críticos y éticamente comprometidos», ni el fútbol tampoco. Por más que nos gusten ‘mules’ y muletas, por muy bien que lo pasemos en los unos y los otros, por mucho estómago encogido y sangre ardiente que nos provoque, por más que nos hagan disfrutar, tanto como en una terraza de bar, un fiestón con los amigos, un subidón de adrenalina. Esta opinión sobre qué es cultura, no es amigable ―no, no me hará tener más amigos― ni pretende serlo: hay actividades humanas que no son culturales y son igualmente maravillosas. Tampoco es una opinión amigable decir que, si podemos ir en un avión, si podemos ir en un autobús atestado hasta la puerta del cine ¿por qué nos separamos en uno y nos agolpamos en otro? Quizá convendría que nos mantengamos separados en los medios de transporte, así nos tratarían a todos por igual. Pero está claro: puede más la compañía aeronáutica que la compañía teatral, aunque le demos un mismo sustantivo.
Alfonso Salazar
EL MUNDO HA CAMBIADO
El mundo ha cambiado. Hay sectores sociales y económicos que están en permanente alarma ante lo recientemente conocido y lo inmediatamente desconocido. Los cambios en el mundo de producción cultural no podemos augurar si son temporales o, en algunos aspectos, serán definitivos. Las circunstancias nos han colocado al sector en primera línea de la trinchera del descubrimiento, de la experimentación.
Cuando se anunció aquel desconfinamiento en fases, el pasado mes de mayo, comenzamos a investigar, entre normativas y recomendaciones, qué nos afectaba, y surgieron las primeras dudas ¿cómo podremos producir cultura con aforos restringidos? ¿cómo haremos de los teatros, museos y auditorios espacios seguros? ¿cómo controlar las actividades culturales callejeras para evitar aglomeraciones? ¿cómo evitar que el público se acumule en entradas y salidas?
Durante el confinamiento vimos cómo artistas de todo género (profesionales, aficionados) ofrecían su trabajo al público a través de las redes, pero no se trataba de un ‘trabajo’, de un ‘negocio’ (sin perjuicio de que alguien lo haya hecho) sino de una expresión de solidaridad, de apoyo mutuo, ahí donde el arte se hace necesario como bálsamo en la vida del ser humano. Pero la producción cultural y artística, es un trabajo que exige la profesionalización. Los símiles deportivos, a veces son comprensibles: también en la cultura, en el arte, se comienza en el campo amateur (se puede seguir toda la vida en el campo amateur) pero las grandes obras, los mejores productos (en el lenguaje del mercado) surgen de la dedicación, de la especialización, de contar con los más experimentados en el equipo creativo y técnico. Esa excelencia depende de la profesionalización, de que quienes participan hayan hecho de tal tarea su exclusivo oficio. En definitiva, otra pregunta: ¿cómo ingresarán su sustento los profesionales y cómo podrán seguir dedicándose a su profesión, en un mundo donde no existen la cultura ni el arte en vivo tal y como lo conocíamos hace un año?
Desde tiempo inmemorial el arte se sostiene a través del mecenazgo, de aquellos que ‘consumen’ arte, que encargan artes. El artista, el productor cultural, precisa de una atención a sus necesidades básicas que generalmente son cubiertas por esos propietarios del arte, los que adquieren la obra. En nuestro mundo actual, en nuestro entorno social, el papel del mecenas ha sido tomado por la Administración, quien promueve y sostiene la actividad de los agentes culturales como un bien democrático, accesible a todos y necesario para el bienestar humano; y apoyado por el público, que compra sus entradas, que opina, aplaude u olvida. Pero ambas fuentes son necesarias: solo la industria del entretenimiento puede mantenerse con la fuente del consumo privado. Por eso, no se trata tanto de que muchos aspectos de la cultura (aquella menos rentable económicamente, pero más precisa socialmente) se sostengan gracias a la subvención pública, sino de que la cultura y el arte, como la protección del medio ambiente, son una inversión en el futuro de la Humanidad, que hemos acordado (lo dicen las leyes) que sean promovidos por la Administración, sin perjuicio del apoyo de entidades privadas. La cultura, como los parques públicos, no se financian con la venta de entradas. Es la diferencia entre un parque y un vivero. En el vivero se venden árboles, en el parque se disfruta de la sombra. La Administración financia los parques, cada cual financia (si acaso lo tiene) su jardín privado, el césped de la urbanización. Pero sin apoyo estatal no hay parques ni hay cultura. A lo sumo, quedará una jungla, lo salvaje.
El mundo laboral de la producción cultural no incluye solo a artistas, músicos, actrices, actores, artistas plásticos, bailarines, directores, directoras o coreógrafos, sino que cuenta con iluminadores y sonidistas, personal de taquilla y atención al público, controladores, personal de limpieza, oficinistas, administrativos, gestores, periodistas, analistas, gerentes, comerciales, editores de vídeo, managers de redes… Ese habitual concepto de ‘la gente que hay detrás’ ―comparen los créditos artísticos de una película con sus créditos técnicos― constituye el bloque más voluminoso de trabajadores de la producción cultural.
Valga esta introducción para poner en perspectiva el mundo al que se enfrenta la producción cultural: sin teatros abiertos, sin museos abiertos, sin salas ni auditorios abiertos (o a medio abrir), hay que buscar alternativas de producción.
Ni siquiera el mundo audiovisual y el de la grabación musical, que puede sostenerse a través del consumo desde casa y se apoya en la reproducción industrial y sin fin del producto, es ajeno al desplome que conlleva la pandemia. Pero las artes en vivo, las que se consumen en una convivencia, casi litúrgica, en un entorno compartido por los espectadores con los artistas y técnicos productores, en una situación que es irrepetible, precisan de reinvención e ingenio en este mundo de extraña normalidad que no sabemos si es transitorio o devendrá definitivo. Este mundo no puede quedarse a la espera de una vacuna, de hecho, debe reinventarse por si en un futuro, otra pandemia viene a recolocarnos y situarnos en la espera de otra vacuna. No podemos vivir en el bucle de la eterna espera de la eterna vacuna.
El sector de la producción cultural tiene poco referentes: los eventos deportivos alcanzan aforos muy superiores a la media cultural y su eco económico resuena en los medios; la industria del entretenimiento cuenta con un poder económico que supera con creces los empeños culturales; la hostelería y el comercio no es comparable: en la producción cultural el público, generalmente, está quieto, no habla, no vocifera (otro asunto es la industria del entretenimiento, de los macro conciertos). En la producción cultural el espectador puede disfrutar en solitario de la función teatral, de la visión de un cuadro, de la escucha en directo de un concierto de jazz. La ventilación, higiene limpieza y desinfección de los espacios, el uso de mascarilla y gel hidroalcohólico, resolver la compatibilidad del distanciamiento y la reducción del aforo, la observación de los planes de laborales y de contingencia, deberían ser elementos suficientes para la seguridad del sector. Pero estamos en el camino.
¿Cuáles son esas mimbres que conducen a la reinvención? Las preguntas están sobre el tapete: a corto plazo, el impacto de la reducción de aforos debe mitigarse con la emisión en directo, la ampliación de la base de espectadores a través del streaming, e investigar la experimentación en las sensaciones del espectador casero para que no ‘sienta’ que, simplemente, consume un producto televisivo, sino para acercarle la sensación de lo vivo e irrepetible, la convivencia en directo con otros espectadores, con artistas y con técnicos. Esta ‘hemipresencialidad’ la estamos experimentando continua y recientemente: hay ya actividades que compatibilizan público online y público en vivo en una misma función. Hay reuniones donde personas, unas sentadas junto a otras, comparten ideas con otras personas a través de videoconferencia. Vemos también cómo en televisión y en eventos deportivos se ha incorporado la idea del ‘público-plasma’, un público en su casa, reproducida su imagen en las gradas, que forma parte del espectáculo, pues no hay espectáculo sin espectadores.
A corto plazo las empresas de venta de entradas deberán actualizar sus sistemas de venta para poder vender por grupos familiares y que sea más aprovechable el aforo existente, observando la normativa. Actualmente vivimos en la duda de si debe darse prioridad a la separación de metro y medio (o dos metros, depende) o al límite de tantos por ciento de ocupación de aforo, que muchas veces entran en contradicción. Además, hay un planteamiento de 17 normativas diferentes al respecto en el país, una por Comunidad Autónoma y la especificidad de espacios y circunstancias es exigua.
A corto plazo (y a medio, y a largo) el papel de la Administración debe ser primordial. Sabemos que (como en muchos otros sectores) la pandemia va a llevarse por delante muchos negocios, compañías, proyectos, pero debe mantenerse y protegerse un entorno cultural sano y productivo. Tal y como deben mantenerse las especies de flora y fauna que corren el riesgo de extinción. Quizá muchos artistas y técnicos de la producción cultural deban reciclarse en otros sectores, pero hay que proteger ese entorno profesionalizado para que no se agoste. La recuperación de este sector, delicado por sus características duales de creación y negocio, donde convergen el carácter laboral y el carácter imaginativo y placentero, puede ser difícil. No se debe desestimar el valor de la producción cultural en el rumbo humano ni debe quedar restringido al dominio de los gigantes del entretenimiento, que terminarían por uniformarse, hacia el discurso único.
A medio plazo quizá hay que repensar el diseño de los espacios escénicos. Esta pandemia ha impuesto la separación de las butacas, como si todos los espectadores hubiesen mejorado sus condiciones de confort, con mayor espacio físico a su alrededor fruto de la necesidad de distanciamiento. Pero este rediseño y ampliación de los patios de butacas (que conllevaría repensar las acústicas, la visión de los escenarios) no es nuevo: cuando visitamos un antiguo teatro podemos apreciar el progreso en su diseño, donde había asientos de piedra hoy hay mullidos y aterciopelados asientos; allí donde el público se agolpaba, de pie, hoy está ordenados, separados los unos de los otros, una persona, una butaca; allí donde las necesidades se hacían junto al escenario, hoy existen servicios limpios y amplios; donde el espectador vivía entre sudor propio y ajeno, hoy disfruta de climatización… Valga otra metáfora: hasta no hace mucho se escupía en el suelo, en el autobús, en el bar: hoy en día esta actitud está proscrita por costumbre insalubre. Otra más: hasta mediados de los noventa el condón era considerado, sobre todo, un medio anticonceptivo cuyo fin era evitar embarazos no deseados; hoy en día, además, es un medio de protección higiénica y profiláctico cuyo fin es prevenir enfermedades. Quizá las costumbres de ayer, esas butacas puestas unas al lado de las otras, con espectadores desconocidos entre sí ocupando un mismo reposabrazos, con personas pasando por delante de otros espectadores, arrimando obligadamente el cuerpo, colocando las posaderas a la altura de los ojos para entrar y salir de una fila, nos parezcan mañana insanas y extrañas costumbres del pasado.
Esa reflexión sobre cómo serán los espacios conllevará repensar las producciones. Quizá los escenarios circulares puedan aprovechar mejor los aforos; quizá la duración de las creaciones sea una variable que contemplar, que reduzca tiempos de trabajo (salarios) y, manteniendo el precio, aumente la rentabilidad. Quizá haya que incluir elementos tecnológicos en escena que reduzcan costes salariales, es decir, cierta y limitada robotización de la representación. Son cuestiones que condicionarán la creación más próxima. Quizá haya que pensar en ‘otros’ espacios, en espacios de aforos más verticales; en una actualización de los espacios (como en los autocines, como ‘parking-concert’) que permita la asistencia en grupos-burbuja o haga compatible la asistencia en vehículo y la asistencia en butaca; pensar en espacios donde el público se mueva, ‘pase’ a través de distintos boxes en grupos reducidos para ver el total de la representación. Todo es conjetura y ‘cultura-ficción’.
La batalla va a estar en el aprovechamiento de los aforos, en cumplir los distanciamientos, a los que quizá cada vez nos acostumbremos más y el público termine por exigir. Mayor comodidad, mayor salubridad, mayor precio, parece el axioma. La salubridad para todos, siempre ha sido un concepto poco pro-capitalista. Sí lo es la exclusivista comodidad para unos pocos, el signo de la distinción: los asientos de primera clase donde poder estirar las piernas son más caros; las habitaciones para un solo enfermo cuestan dinero; el palco privado, la autopista, la atención privilegiada por parte de un médico tiene un coste; si se quiere un reservado en una discoteca hay que pagarlo. Estamos camino de una ‘primera clase’, de la comodidad, de la salubridad. ¿Cómo se obtiene un rendimiento económico? Indiscutiblemente los defensores de los antiguos conceptos exigirán volver al uso intensivo del espacio. Los buses urbanos de los ochenta tenían poca regularidad e iban atiborrado; se fueron vaciando a fuerza de ampliar viajes y limitar aforos. Los cines pueden ampliar pases, pues los costes de repetir no implican multiplicar todos los salarios, pero ¿y el teatro y la música? Si la tecnología no viene a aportar soluciones, y, cuidado, hay un concepto de economía básica que nos señala que en este ámbito se da una llamada ‘enfermedad de costes’ (aumento de los salarios en trabajos que no han experimentado un aumento de la productividad laboral), pocas más soluciones quedan que ampliar los espacios, aumentar los precios o desaparecer.
Pero si hace unos meses el mundo era de una manera, si atravesamos ahora un rumbo hacia lo desconocido, solo nos salvará que cada día conocemos algo más, trazamos ese futuro inmediato conforme a la experiencia del pasado inmediato, paso a paso. Tiene mucho que ver con el futuro y con el pasado, como si el presente no existiese, ese espacio temporal de la reflexión. Una reflexión y un ingenio que ahora hacen más falta que nunca.
Alfonso Salazar
sábado, 18 de julio de 2020
Descubrir el truco
RBA
Barcelona
2020
viernes, 12 de junio de 2020
Javier Egea y el sueño del vampiro
Raro de luna
Esdrújula Ediciones 2020
Granada
viernes, 5 de junio de 2020
Ritos de verano
Suenan las campanas. Una luz primaveral atraviesa las plazas casi vacías y por primera vez en la vida de muchos la expresión ‘aire limpio’ tiene cierto sentido. No hay rastro de Semana Santa ni Día de la Cruz, primavera extraña, pero la naturaleza ha hecho su trabajo y apenas nos dimos cuenta. Hace falta volver al trabajo, hace falta recordar quiénes somos y a qué hemos venido. El verano llega en pocos días y hay que desconfinar del armario la ropa ligera, los acarreos playeros, nuestro traje de vacaciones. Necesitamos que vuelva la gente a los aeropuertos, los puertos y las costas, aunque ahora sabemos, lamentablemente, que dependemos de un hilo, que nuestra economía se sustenta en el exterior, que necesitamos ser más motor y menos garaje.
Cada verano, desde hace siglo y pico, los granadinos y granadinas suben al monte de la Alhambra, como en romería nocturna, y allí se encuentran con el arte de la música y la danza. Un ritual que ha estado a punto de ser barrido de la historia, pero que resistirá, como no ha sucedido con tantos otros acontecimientos que marcan la rutina social del planeta: Juegos Olímpicos, singulares macroencuentros deportivos de toda disciplina, festivales al aire libre, que hacen el verano más verano, que dan sentido a las bajas tardes, al refresco de la noche, al runrún de las noticias y la televisión. Este año, el Festival de Música y Danza de Granada, arriesgando, llegará a su cita con la ciudad. Será un poco más tarde, será con un programa de contingencia, pero estará en Granada. El esfuerzo es formidable, hay que levantar un festival de la nada en pocas semanas, hay que poner cada cosa en su sitio, hacer que la máquina vuelva a funcionar. Hay que volver a tomar la ciudad y, como siempre, tras la cola de la primavera traer música, llevar danza.
Perder el símbolo de nuestro verano era un precio alto. Podría haberse pagado, pero los símbolos salen adelante y se imponen en la realidad, sea la nueva o sea la vieja, retando al desasosiego y los medrosos. Hay que someterse a medidas, normas que apenas se conocen, ratios que surgen mañana, presupuestos que son ayer, miedos que son hoy, tensiones, noches sin dormir, desvelos. Más allá, alrededor, mucha gente, muchísima, aporta su punto de vista, su reflexión, en este mundo de cultura y farándula para volver a los teatros y las calles. Por eso es el momento de que ninguna institución ceje, de que tomemos lo que fue nuestro y sigamos cumpliendo el rito veraniego de la celebración de la música y la danza. Puede ser con un aforo más limitado, pero no podemos dejar de ser lo que fuimos. Puede ser con lo inesperado, pero tenemos que ser la ciudad que somos.
Alfonso Salazar




